Discurso de Gustavo Díaz Ordaz en su Cuarto Informe de Gobierno
Chapter 6
Está ya en marcha el proceso de reformas necesarias para coordinar los gastos del sector público, de manera que los recursos del Estado, humanos y materiales, se utilicen con el máximo de eficiencia posible.
Como ha sucedido en otros países que han emprendido una reforma a fondo, México también necesitará de años de preparación y años para realizarla.
La tarea, por su magnitud, no es fácil, ni susceptible de soluciones apresuradas o provisionales.
Existen graves dificultades técnicas, que no serán insuperables; barreras legales, que está en nuestra mano modificar convenientemente sin necesidad de alterar la esencia de nuestra estructura constitucional; intereses que resultarán perjudicados, pero que no nos detendrán en el propósito de modernizar el sistema administrativo del país, imperativo de la etapa actual de nuestro desarrollo.
Sin sentido de justicia social, el desarrollo económico sería un frío proceso deshumanizado y contrario a los fines esenciales perseguidos por nuestro pueblo a través de toda su historia; sin independencia, el desarrollo es una ficción que sólo conduce a intolerable servidumbre.
Nuestra posición económica es más firme cada año que transcurre, porque los mexicanos siguen trabajando esforzadamente; por que las inversiones se realizan sobre todo con el ahorro interno; porque la deuda pública externa y las inversiones extranjeras las admitimos en la medida en que resultan complementarias; porque cuidamos mucho de no contraer obligaciones que rebasen nuestra capacidad de pago, aun las más atractivas por su monto, plazo de redención e interés; porque procuramos ,en fin, destinar parte muy importante de nuestras inversiones hacia actividades altamente productivas, a sabiendas de que sacrificamos algo del bienestar actual, en aras de un futuro mejor.
El desarrollo económico es una tarea a largo plazo, que no puede ni debe festinarse. Continuaremos, pues, con cautela y paciencia, sabedores de que las conquistas logradas no son sino punto de partida para nuevos avances; pero cautela no quiere decir timidez, carencia de imaginación o falta de audacia.
El Estado Mexicano, surgido de un profundo movimiento revolucionario popular, dispone de los elementos jurídicos que lo autorizan para participar en distintos aspectos de la vida económica del país y es, además, factor importante y positivo en el proceso de nuestro desarrollo, tanto por la producción que realiza y los servicios que imparte, como por su capacidad para construir las grandes obras de infraestructura.
La idea del desarrollo abandonada a la acción espontanea de las fuerzas privadas de la producción, es actualmente inaceptable.
El desarrollo debe ser resultado de la acción consciente de la voluntad del pueblo que, racionalmente se propone alcanzar determinados fines, para satisfacer necesidades de las mayorías.
Por eso no puede prescindirse de la acción del Estado como su principal impulsor y como la única entidad capaz de armonizar los diferentes intereses de la comunidad, de tal manera que se logre evitar injustas concentraciones de riqueza y el aprovechamiento indebido de nuestros adelantos para beneficio de grupos minoritarios.
La teoría del desarrollo global de nuestro pueblo coloca en primer término los conceptos de justicia y equidad.
No sólo nos interesa aumentar la riqueza, sino su adecuada distribución social.
No sólo perseguimos el incremento de la producción de bienes y servicios, sino que sean capaces de satisfacer las crecientes necesidades de la mayoría del pueblo, de tal manera que los frutos se derramen entre todos los compatriotas, particularmente los más necesitados.
A los gobiernos de la Revolución Mexicana les preocupa primordialmente el hombre y su desarrollo cabal, en todos los órdenes, por encima de cualquier otra consideración.
El humanismo ha sido guía y meta de los tres movimientos fundamentales del país, Independencia, Reforma y Revolución, y sigue inspirando permanentemente nuestra acción económica, social y política.
En este año celebramos el trigésimo aniversario de la nacionalización del petróleo, una de las gestas más importantes de nuestra historia moderna.
Con ese acto, la Patria no sólo robusteció su plena soberanía, sino el dominio directo sobre las riquezas de nuestro subsuelo que, por mandato constitucional, pertenecen a la Nación.
El 18 de marzo de 1938 es una fecha que habremos de recordar los mexicanos, porque en esa ocasión el país entero, encabezado por el presidente Lázaro Cárdenas, dio ejemplo de dignidad y valentía en acatamiento a los principios jurídicos que la Nación se ha dado a sí misma.
El desarrollo económico del país se hizo posible, gracias a que entonces se ampliaron las bases de una autonomía e independencia que nadie puede ya discutir.
En ciertos momentos, los escépticos dudaron que tal acto de soberanía beneficiara a la Nación; ahora, hasta los más pesimistas ven que nuestro crecimiento de las últimas tres décadas está ligado al control que la Nación ha ejercido sobre esa fuente energética de primordial importancia.
La industria petrolera ha sido y es uno de los factores más dinámicos en el progreso de la economía nacional.
Los esfuerzos de muchos mexicanos han hecho posible su consolidación y desenvolvimiento.
Problema esencial sigue siendo el del sector agropecuario.
Su desarrollo es fundamental para el avance del país y sólo podrá lograrse mediante cuantiosas inversiones del Estado y de los principales grupos económicos, al mismo tiempo que con el esfuerzo mancomunado de muchos millares de mexicanos.
Se ha logrado crear una conciencia nacional de la necesidad urgente e ineludible de que todos concurramos en auxilio del campo con este doble resultado: mejorar las condiciones económicas del campesino y aumentar correlativamente el mercado interno.
Antes de iniciarse el reparto agrario, los bancos prestaban con garantía de la tierra; cuando no les pagaban la embargaban y, después no sabían qué hacer con las grandes extensiones improductivas que habían llegado a reunir.
Actualmente, a los ejidatarios que se dedican al cultivo del algodón y del melón -para no poner sino dos de los ejemplos más notorios- el sector privado les presta muchos millones de pesos al año, con magnífica recuperación, sin necesidad de la garantía real de la tierra.
Conclusión: es la productividad del sujeto de crédito, (sus capacidades personales, la posibilidad de explotación de la tierra, ganado, industria, etcétera) la que da verdadera seguridad.
Reconozco públicamente, como en otras ocasiones, la importante participación de la banca privada en el crédito al campo; insisto en que la amplíe más, preferentemente, si así lo quiere, a la pequeña propiedad, para dejar liberados mayores recursos oficiales destinados al ejido.
Millones de compatriotas han soportado estoicamente condiciones de vida precarias; no les pidamos más sacrificios; corramos en su ayuda. Los ojos de los pobres son ojos sin horizonte que no están reclamando nuestra indeclinable solidaridad: no estamos, en verdad como para hacer oídos sordos al callado sufrir de los de abajo.
Debemos dar acceso aunque sea a un modesto bienestar a esas grandes porciones de mexicanos: es urgente prender en sus ojos siquiera una esperanza.
Durante mi visita al vecino país del norte y en la oportunidad de hallarme en una Sesión conjunta del Congreso, traté de presentar, a grandes rasgos, una imagen del México actual, de sus problemas, de sus principios.
Demandé, a nombre de México -y oficiosamente de América Latina- mejores precios para nuestros productos y trato más equitativo en el comercio, intentando destacar que, para mucho de nuestros pueblos, éstas son cuestiones de vida o muerte, y la lentitud de nuestro desarrollo encierra un drama humano de incalculables consecuencias, por lo que implica de recursos naturales que no se aprovechan, de estéril pérdida de vidas, de desperdicio de energía creadora, de talentos que no llegan nunca a florecer.
Agregaba que la humanidad debe decidir si es más justo y más conveniente que unas cuantas naciones vivan en la opulencia rodeadas de países pobres, o en medio de otras naciones prósperas, aunque las primeras no lleguen a alcanzar excesiva riqueza.
"Lo que quiero decir -resumía- es que si deseamos sobrevivir y alcanzar la paz, debe producirse una verdadera revolución en las conciencias, que nos permita construir, entre todos, un mundo más justo."
Añadí: "Cada pueblo tiene el derecho de escoger el sendero que considere indicado, de acuerdo con su idiosincrasia, para buscar la libertad y la felicidad de los hombres que los integran; pero todos tienen la obligación de luchar porque la diversidad no se traduzca en conflicto."
"Del respeto sagrado que tenemos por nosotros mismos -hacía notar- nace el que profesamos a las demás naciones y que, a su vez, nos sirve de inconmovible apoyo para exigir que se nos respete."
Después de citar al gran mexicano Benito Juárez, cuando dijo que la democracia es el destino de la humanidad futura, la libertad, su indestructible arma y la perfección posible el fin a donde se dirige, concluí expresando:
"Hagamos cuanto sea necesario para vivir escuchando la voz profunda de nuestros pueblos, para obedecerlos y servirlos, que es esencia de las democracias; cuidando celosamente y acrecentando las libertades de todos los hombres; luchando para realizar la justicia social; persiguiendo infatigables el ideal de ser cada día mejores."
En la Duodécima Reunión de Consulta de la Organización de Estados Americanos, convocada para estudiar la acusación del Gobierno de Venezuela contra el de Cuba, por actos de intervención, nuestro voto fue congruente con el principio tradicional de México de respetar el derecho de cada pueblo a darse el sistema social y político que considere mejor, siempre que, en el ejercicio de ese derecho, respete el de los otros países que buscan su progreso por sus propios caminos.
En la misma reunión propusimos, y fue aceptada por unanimidad, la decisión de los gobiernos de los Estados miembros de dedicar nuestro esfuerzo al desarrollo económico y social de nuestros pueblos, en la inteligencia de que tales esfuerzos no se detendrán por el propósito de ningún Estado u organización para subvertir instituciones de otro.
Estamos empeñados en una larga y nada fácil tarea: la de integrar económicamente a América Latina.
Nos hemos fijados plazos y metas; nos esforzamos por cumplir unos y realizar las otras, pero creemos que si para ello diéramos pasos en falso, no solamente habríamos frenado el proceso, sino, quizá, nos veríamos obligados a retroceder.
Sin eludir ni soslayar los problemas y sin pretender que ninguno de nuestros países sacrifique intereses fundamentales, los pasos que demos deben ser firmes, realistas, para que contribuyan eficazmente a la construcción del complejo edificio que hemos resuelto erigir los latinoamericanos.
En las Organizaciones de Estados Americanos, reiteré la fé de México en los postulados de su Carta, expresando los fervientes deseos de que nuestro Hemisferio sea siempre una tierra de libertad, en la que los hombres convivan armoniosamente en paz; donde el respeto a la soberanía de cada uno de nuestros países sea el clima dentro del cual logremos el mejoramiento de todos, en la independencia, en la igualdad y al amparo del derecho.
"México -expresé- es un país de profunda tradición revolucionaria. Su historia, cargada de tragedias, es el resultado de grandes conmociones estructurales que no siempre fueron del grado de otras naciones. Sabemos bien, porque lo hemos sufrido en carne propia, lo que es el aislamiento en la esfera internacional, la presión externa, la crítica acerba y despiadada, la incomprensión de los esfuerzos realizados por un pueblo para labrarse un futuro mejor. Precisamente por esta experiencia dolorosa comprendemos y respetamos los intentos de otros pueblos para resolver, por vía propia, sus problemas materiales y espirituales, aun cuando no coincidamos con los caminos y los métodos elegidos."
Terminé firmando: "Debemos tener fe - lo repetiremos cuantas veces sea necesario - en que los hombres si somos capaces de entendernos unos con los otros, en los planos de la más elevada cooperación internacional."
Siempre hemos procurado ajustar escrupulosamente nuestra conducta internacional a los principios tradicionales que nos han orientado desde que éramos alborada de libertad, y en ellos nos apoyamos cuando nos vimos en el penoso caso de tener que desaprobar, como incompatibles con esos principios, recientes actos de todos conocidos.
El pueblo y el Gobierno de México están unidos en la convicción: a los checoslovacos y sólo a los checoslovacos, corresponde decidir acerca de su forma de gobierno y, en general, sobre su futuro, sin interferencia alguna, directa o indirecta, abierta u oculta, que provenga del exterior.
Los juegos Olímpicos van a celebrarse, por primera vez en un país de habla española; por primera vez, en una Nación latinoamericana; y por primera vez, el anfitrión va a ser un pueblo que no está catalogado entre aquellos que se encuentran en pleno desarrollo.
Al asumir la Presidencia, uno de los muy preocupantes problemas a que tuve que enfrentarme fue este grave compromiso que México había contraído; que podía resultar superior a nuestras fuerzas, por la magnitud del cálculo presupuestal que se había hecho, cuyo monto era capaz de desquiciar nuestra economía, así como por la enorme y complicada organización que exigía.
Agréguese a lo anterior que somos un pueblo con muchas necesidades insatisfechas y, por otra parte, las muy difíciles condiciones económicas con que se iniciaba el año 1965.
Ante estas preocupaciones, emprendí una muy amplia consulta en los distintos sectores, con miembros prominentes de partidos políticos, dirigentes obreros, campesinos y patronales; representativos de la banca, la industria, el comercio, la agricultura, la minería y la ganadería; con gente de la capital y de la provincia.
Estábamos a tiempo, entonces, de declinar, sin deshonor. Varias ciudades deseaban reemplazarnos.
Se pesaron consideraciones de toda índole, para llegar a la conclusión, abrumadoramente mayoritaria de que, un vez contraído, como lo había sido, no debía correrse el riesgo de cancelar el compromiso: podía perjudicarse gravemente nuestro crédito en los medios bancarios internacionales y deteriorarse nuestra economía interna, porque el pueblo en general, hasta los más apartados rincones del país se había hecho ya a la idea de que la capital de la República fuera la sede de los Juegos Olímpicos.
El impacto psicológico de desencanto podía provocar imprevisibles y peligrosas consecuencias.
Se tuvo también muy en cuenta que el sacrificio de ahora produciría benéficos aportes a la economía del país en general, aún a sabiendas de que la recuperación de parte de la inversión gubernamental tendría que ser a largo plazo.
Terminada la consulta, se tomó la decisión de continuar adelante, comenzar a trabajar de inmediato en la organización, tan compleja, que requiere un evento de esta naturaleza y reducir el desproporcionado presupuesto, ajustándolo a las reales posibilidades económicas de México, gastando sólo lo estrictamente indispensable para presentarnos con decoro, sin lujos inútiles.
Ello se logró gracias a que teníamos ya varias de las instalaciones necesarias, al escrupuloso manejo de fondos y a la forma exigente de llevar los arreglos para posibles recuperaciones.
Cuando hace años se solicitó y obtuvo la sede no hubo manifestaciones de repudio ni tampoco durante los años siguientes y no fue, sino hasta hace unos meses, cuando obtuvimos informaciones de que se pretendía estorbar los juegos.
Durante los recientes conflictos que ha habido en la ciudad de México se advirtieron, en medio de la confusión varias tendencias principales, la de quienes deseaban presionar al Gobierno para que se atendieran determinadas peticiones, la de quienes intentaron aprovecharlo con fines ideológicos y políticos y la de quienes se propusieron sembrar el desorden, la confusión y el encono, para impedir la atención y la solución de los problemas, con el fin de desprestigiar a México, aprovechando la enorme difusión que habrán de tener los encuentros atléticos y deportivos, e impedir acaso la celebración de los juegos Olímpicos.
Lo debido y lo legítimo puede obtenerse por los causes normales; pero no estamos dispuestos a ceder ante la presión en nada que sea ilegal o inconveniente, cualesquiera que lleguen a ser las consecuencias, por mucha importancia internacional que revistan los Juegos Olímpicos, el compromiso que México contrajo para celebrarlos en su suelo no mediatiza su soberanía.
Los desordenes juveniles que ha habido en el mundo han coincidido con frecuencia con la celebración de un acto de importancia en la ciudad donde ocurren: en Punta del Este, Uruguay, ante el anuncio de la reunión de los presidentes de América, se aprovechó la juventud estudiantil para provocar graves conflictos; la Bienal de Pintura de Venecia, muy reciente, de la que estaba pendiente el mundo de la cultura, fue interrumpida con actos violentos; las pláticas de París, para tratar de lograr la paz en Vietnam, que habían concentrado las miradas del mundo entero, fueron oscurecidas por la llamada "revolución de mayo".
De algún tiempo a la fecha a nuestros principales centros de estudio, se empezó a reiterar insistentemente la calca de los lemas usados en otros países, las misma pancartas, idénticas leyendas, unas veces en simple traducción literal, otras en burda parodia.
El ansia de imitación se apoderaba de centenares de jóvenes de manera servil y arrastraba algunos adultos.
Es penosos, pero conveniente, aclarar que los Juegos no son oportunidad de lucimiento personal, ni en lo interno ni en el exterior; dentro de México sabemos que es esfuerzo de todos y si logramos éxito, el éxito será también de todos; en el exterior nuestros nombres nadan significan.
El daño, en consecuencia, no será para las personas y aun en caso de que lo fuera, no tendría ninguna importancia.
Lo que cuenta es México.
Tenemos confianza en que no se logrará impedir la realización de los eventos deportivos en puerta; cuando más, se conseguirá restarles lucimiento.
Nuestra confianza no sólo se funda en la decisión de hacer uso de todos los medios legales a nuestro alcance, para mantener el orden y la tranquilidad internos a fin de que los nacionales y los visitantes tengan las garantías necesarias, sino también, y fundamentalmente, en que habrá una repulsa tan generalizada, tan llena de indignación por parte de millones de mexicanos, que hará que recapaciten quienes lo hubieren pensado, y nos parece muy difícil que un reducido grupo pueda así alcanzar sus propósitos.
Los obstáculos, algunos muy graves y molestos que han surgido en largo proceso, están superados; los problemas fundamentales, resueltos; listos los alojamientos para recibir a los competidores, entrenadores,
jueces, informadores, etcétera; las instalaciones deportivas, terminadas, tanto las que hubo que construir desde sus cimientos, como aquellas con las que ya contábamos y que fue necesario adaptar, modificar o ampliar; los sistemas de comunicaciones y de difusión, en operación; las otras viales y otras muchas más ya en servicio.
La parte que corresponde al Gobierno está, pues, realizada y prácticamente concluida.
Está previsto lo previsible, de tal modo que en condiciones normales, sólo cabrán fallas pequeñas, derivadas de la natural falibilidad humana.
Sólo resta la materialización final de nuestros esfuerzos y que, para muchos mexicanos, se convierta en realidad la ilusión de cumplir con decoro el compromiso contraído.
Este acontecimiento mundial, será una satisfacción muy legítima del pueblo mexicano; y le servirá para poderse demostrar a sí mismo, que es capaz de realizar grandes empresas, aunque aparentemente resulten desproporcionadas a su estatura y sus fuerzas, y será vital inyección de fe en lo futuros destinos de nuestra patria.
También constituye una oportunidad, que no se podrá volver a presentar en muchos años, de hacerle a México la más importante promoción.
No pretendemos engañar, aparentando lo que no tenemos.
Nos vamos a presentar ante el mundo, sin complejos, tal como somos; con defectos y virtudes, que no tienen un vigor físico; pero sí espiritual; país que posee algunas cosas y carece de otras; que ha logrado iniciar su desarrollo, pero tiene conciencia de que le falta gran parte del camino por recorrer; y sobre todo, como una Nación que sabe cumplir la palabra empeñada, como un pueblo capaz de superar todos los escollos que deben vencerse para llevar a término una obra.
Muy pronto, pues, casi todas las naciones del mundo harán ondear sus banderas en nuestro cielo al lado de la nuestra, en lo que México ha querido que sea no sólo una noble y sana educación física, sino también cultural; y que se inspira en el anhelo de conocer a nuestros semejantes para poderlos comprender, en un afán de solidaridad humana y en un deseo de paz entre los hombres.
Habíamos estado provincianamente orgullosos y candorosamente satisfechos de que, en un mundo de disturbios juveniles, México fuera un islote intocado.
Los brotes violentos, aparentemente aislados entre sí, se iban reproduciendo, sin embargo, en distintos rumbos de la capital y en muchas entidades federativas, cada vez con mayor frecuencia.
De pronto, se agravan y multiplican, en afrenta soez a una ciudad consagrada al diario laborar y que clamó en demanda de las más elementales garantías.
Mis previas advertencias y expresiones de preocupación habían caído en el vacío.
Desde la provincia, invité a ver con objetividad los hechos y de afrontarlos con serena ecuanimidad, convocando al diálogo.
El diálogo verdadero que significa la posibilidad de exponer los propios argumentos, al par que la disposición de escuchar los ajenos; deseos de convencer, por supuesto, pero también ánimo de comprender; el diálogo, que resulta imposible cuando se hablan lenguajes distintos; cuando una parte se obstina en permanecer sorda y, más todavía, cuando se encierra en la sin razón de aceptarlo sólo para cuando no haya sobre qué dialogar.
Exhorté a prescindir del amor propio, que tanto estorba para resolver los problemas.
Llamé a esforzarnos por reconquistar la paz, poniendo lo mucho que nos une, por encima de lo poco que nos separa.
Algunos, que no advirtieron que nada pedía para mí y que tomaron el gesto amistoso hacia ellos como signo de debilidad, respondieron con calumnias, no con hechos; con insultos, no con razones; con mezquindades, no con pasión generosa.
La injuria no me ofende; la calumnia no me llega; el odio no ha nacido en mí, y vuelvo a invitar para que, cada quien en su esfera, todos sumemos voluntades para cambiar el clima de intransigencia, por otro que permita abordar los problemas con ánimo ponderado y espíritu de justicia.
Doy yo los primeros pasos:
Reafirmo en esta solemnidad una vieja y muchas veces expresada convicción: mi respeto invariable a la autonomía universitaria.
En el último informe dije:
"Sería indeseable que el país se mantuviera apartado de corrientes renovadoras. Nada más distante de nuestro pensamiento que tratar de imponer la menor cortapisa a la libertad de discusión y de investigación. Concierne a los universitarios de México, sin intervenciones extrañas, actualizar las universidades e insertarlas en las necesidades de la vida contemporánea del país. Para hacerlo, cuentan con la libertad académica, que es fruto de la Revolución y con la autonomía, que también de ella surgió y que está garantizada por la soberanía del Estado."
"No sólo respetamos su libertad y su autonomía, si no las defendemos; pero no podemos admitir que las universidades, entraña misma de México, hayan dejado de ser parte del suelo patrio y estén sustraídas al régimen constitucional de la nación."