Part 1
Discurso de Eduardo Frei pronunciado en el teatro Caupolicán con motivo del plebiscito de 1980
27 de agosto de 1980
Después de tantos años, de nuevo nos encontramos aquí reunidos. Esta es una ocasión solemne. Representamos hoy la continuidad histórica de Chile y la voluntad de una inmensa mayoría de chilenas y chilenos.
La ocasión y el motivo no pueden ser de mayor trascendencia, porque se ha llamado al pueblo a un plebiscito para que apruebe el texto de una Constitución y una serie de artículos transitorios propuestos por los actuales gobernantes, y simultáneamente para que se designe para ocupar la Presidencia de la República, por a lo menos 9 años más, a la misma persona que la ha ocupado durante estos últimos 7 años.
Significado del plebiscito
Esta Constitución, gestada primero por un grupo designado por el gobernante, fue después modificada por el Consejo de Estado que él también eligió. Estos dos organismos representaban un sector muy limitado de la ciudadanía. La Junta, por último, revisó esos textos para terminar elaborando uno que empeora aún más las proposiciones que le fueron presentadas. Si comparamos lo que se dijo en Chacarillas y los proyectos de la Comisión Constitucional y, especialmente, del Consejo de Estado, podemos advertir un claro retroceso, que no imaginábamos imposible
Debemos comenzar por decir que uno es el texto constitucional y otro el cuerpo de artículos transitorios.
La Constitución sometida ahora a plebiscito entraría de hecho en vigencia el año 1990, de tal modo que se estará votando un proyecto que no tendría aplicación sino a fines de esta década. Durante ese largo período lo que regirá fundamentalmente son los artículos transitorios. De acuerdo con ellos, el presidente, que se autodesigna con nombre y apellido, y la Junta de Gobierno concentrarán el Poder Constituyente, el Ejecutivo y el Legislativo.
Podrán así modificar la Constitución, sometiendo las reformas a plebiscito en condiciones que hoy ya se conocen, y dictar las leyes interpretativas y orgánicas que completen la Constitución propuesta, las que se refieren, entre otras materias decisivas, al Tribunal Calificador, al sistema electoral y al Tribunal Calificador; a la organización de los partidos políticos; al funcionamiento del Congreso; al poder Judicial, a la Contraloría General de la República; al Banco Central; y a las entidades regionales y municipales. Es decir, quedará en sus manos conformar las instituciones más importantes de la vida de la nación.
Durante los próximos diez años no existirá ningún órgano de elección popular. No habrá, por tanto, Senado ni Cámara de Diputados, y los alcaldes tampoco serán elegidos por el pueblo. En este lapso, el actual jefe del Estado podrá decretar por sí solo estados de emergencia y de catástrofe; ejercer por períodos de seis meses, que son renovables, la facultad de arrestar a cualquier persona por el plazo de 5 días, ampliables en 15 más en caso de haberse producido, a su juicio, actos de terrorismo; restringir el derecho de reunión y la libertad de información; prohibir el regreso de chilenos al país, o expulsarlos del territorio o relegarlos hasta por tres meses, medidas éstas que no son susceptibles de recursos jurídicos de ninguna especie.
Estas no son sólo frías normas jurídicas, sino que afectan la vida, seguridad y libertad de cada chileno o chilena, que durante este prolongado plazo estarán privados de derechos esenciales.
Al término de esta década tampoco se llamará a elecciones, pues los comandantes en Jefe de las Fuerzas Armadas y el General Director de Carabineros, de acuerdo con el proyecto, propondrán a la ratificación de la ciudadanía la persona que deberá desempeñar el cargo de Presidente por otros 8 años, o sea, realmente hasta 1999, pudiendo ser propuesto el mismo general Pinochet.
El Presidente así ratificado deberá convocar a elecciones de senadores y diputados dentro de los nueve meses siguientes a su designación, es decir, en diez años más.
Si la ciudadanía no aprobara la proposición de la Junta, ésta y el general Pinochet continuarían, sin embargo, por un año más en funciones, y sólo entonces se convocaría a elecciones de Presidente y de Congreso y tendrían plena vigencia los preceptos permanentes de la Constitución propuesta.
Después de conocer las disposiciones ya señaladas, entrar en un análisis de otras nos parece ocioso.
Votar este proyecto de Constitución ilegítimo en su origen, inconveniente en su texto, que va a entrar e regir dentro de diez años, que seguramente será modificado en el curso de esta década, y cuyo verdadero alcance y significado se conocerán sólo cuando se dicten las leyes orgánicas, es un caso de ciencia ficción o una burla.
Por casi un cuarto de siglo el pueblo chileno será mantenido en interdicción cívica, privado de sus derechos ciudadanos. Quienes tenían 18 años en 1973 podrán elegir sus autoridades por primera vez cuando hayan cumplido 42 años.
No hay antecedentes en la Historia de Chile de un caso semejante, ni en cuanto al período ni a los poderes acumulados. Ni O’Higgins, ni Prieto, ni Bulnes pretendieron ni remotamente algo parecido.
El proyecto no es ni siquiera un intento de transición, sino una prolongación y consolidación del actual poder personal.
Todo esto es, en líneas fundamentales, lo que se somete a plebiscito.
No somos enemigos del plebiscito como forma de consulta popular. Al contrario. Pero queremos un plebiscito verdadero.
Los regímenes dictatoriales y totalitarios los utilizan de acuerdo a estas técnicas y nadie duda cuáles son sus resultados. Creo que no hay ejemplo en el mundo en que aquéllos hayan perdido un plebiscito.
Este es el tipo de consulta a la que se nos convoca.
Este plebiscito no es válido
Este plebiscito carece de validez y lo rechazamos porque no reúne las condiciones mínimas que garanticen su legitimidad.
- No es válido, porque no se puede llamar a un plebiscito cuando el país vive bajo estado de emergencia.
- No es válido, porque requeriría un sistema electoral que asegure la auténtica expresión del pueblo al que se confronta.
- No es válido, porque no existen registros electorales, y han transcurrido prácticamente siete años desde su destrucción, lo que revela la voluntad deliberada de no rehacerlos.
- No es válido, porque las mesas que recibirán los sufragios y harán su recuento están formadas por personas designadas por los alcaldes que, a su vez, son nombrados por el jefe de Estado.
- No es válido, porque todo el proceso de cómputo de votos y sus resultados, en sus dos primeras fases, está en manos de las autoridades, primero del alcalde y su secretario y después del gobernador solo, nominados ambos por el Ejecutivo.
El Derecho Constitucional, universalmente reconocido, señala las condiciones de cómo se deben efectuar los escrutinios. Son elementos objetivos, para que la voluntad del pueblo sea respetada. No se trata de confiar o desconfiar. Nadie puede imponer que se delegue este derecho irrenunciable, que constituye una forma de control aceptada y reconocida en todos los Estados de Derecho, y fue lo que Chile siempre reconoció a través de leyes electorales que se fueron perfeccionando mediante garantías que la derecha chilena fue la primera en reclamar y para lo cual se presentaron soluciones que fueron aprobadas y se convirtieron en leyes.
- No es válido, porque están proscritos los partidos políticos y, en consecuencia, no puede haber apoderados fidedignos que controlen la votación y la seriedad de los escrutinios.
- No es válido, porque no existe libertad de reunión ni de manifestaciones públicas. El hecho de estar aquí hoy no significa sino una excepción muy limitada y condicionada.
Pero quiero decir algo. Esta reunión se ha planeado en menos de 4 o 5 días. No ha habido...aquí no hay niños de escuelas traídos en filas, aquí no hay buses y movilización gratuita, aquí no hay listas en los organismos públicos para que la gente concurra. Y sin embargo, no sólo y uds son testigos, de esta inmensa multitud que se reúne en esta sala, sino de miles y miles y miles que han quedado en las calles, ya que a las 5.30 se ha rodeado el teatro y no se permitió entrar.
- No es válido, porque no existe libertad de información ni de expresión. Los que disienten no tienen acceso a la televisión, que en nuestro mundo es el principal instrumento de comunicación de masas, y muy escaso a las radios y a la prensa. Basta decir que el Sr Ministro del Interior al escribirme me dice "que no se puede obligar a los otros canales". Pero al menos existe una Televisión Nacional, que se creó precisamente en mi gobierno para servir a todos los chilenos!
- No es válido, porque todas esas restricciones se han intensificado al extremo desde que se llamó a consulta, de tal manera que una radio que había firmado un contrato para transmitir, se negó a hacerlo.
- No es válido, porque existe la permanente amenaza de detenciones, relegaciones o secuestros.
De modo que nadie puede engañarse: el resultado de este plebiscito está predeterminado. A través de estos métodos no se conseguirá legitimar el ejercicio del poder. Si el gobierno tuviera la seguridad de que en elecciones libres, abiertas e informadas, podría ganar, no recurriría a estos sistemas que la opinión pública nacional e internacional ya ha descalificado. Una minoría impone así a la inmensa mayoría del pueblo una fórmula política, económica y social.
Falsa alternativa
Pero hay algo más y de extrema significación.
El jefe de Estado no se ha limitado sólo a presentar una Constitución, sino que, además, ha asumido el papel de definir lo que es la alternativa en el caso que su proyecto no se apruebe. Se ha dicho, que si se rechaza esta Constitución se retrotraería al país al 10 de septiembre de 1973, con lo cual se pretende decir a los chilenos que quien vota que No está conduciendo a Chile al desorden y al caos. Esa es su tesis.
Se plantea así un falso dilema. Además de silenciar y atacar a la gran masa de opositores, se atribuyen el derecho a inventarle una caricatura de alternativa.
Se supone que quienes rechazan la Constitución propuesta quieren volver al pasado, y no a un pasado cualquiera, sino al 10 de septiembre de 1973. ¡Qué ficción tan absurda! ¿Por qué vamos a querer nosotros, que fuimos oposición clara y pública –cuando otros huían al extranjero o guardaban mañosos silencios-, volver al pasado? ¿Qué país del mundo puede ser retrotraído a siete años atrás? ¿Van a resucitar a los muertos y a los desaparecidos? ¿Van a estar en Chile los miles y miles de exiliados? ¿Han sido en vano estos siete años, en que el régimen no ha convencido a nadie? ¿No ha pasado nada en Chile? ¿No ha sido una dramática lección la pérdida de la libertad? ¿No han aprendido más de algo los chilenos? ¿Los centenares de miles de cesantes y el shock económico con su costo social no han dejado huellas? En el fondo, el dilema que se presenta es: O yo o el caos. La democracia no es el caos. Este país, como lo acaba de decir don Jorge Millas, no vivió 150 años en el caos. Los que verdaderamente conducen al caos son los que con un acto de coerción moral y física, plantean una disyuntiva inoperante que resultaría fatal.
Nadie tiene derecho a colocar al país en esa situación. Esta es una alternativa que cualquier persona, en un instante de reflexión honrada, no puede sino rechazar por absurda. No vamos a regresar al pasado. Eso es imposible.
Lo que queremos es mirar hacia el porvenir y buscar para Chile una salida racional, pacífica y posible, para que el país no viva en la regresión sino que evolucione de acuerdo a su personalidad histórica.
Un proyecto anti-histórico
Aprobar esta Constitución y sus artículos transitorios es una opción que contradice toda la Historia de Chile. Es la anti-Historia. Este país ha seguido en sus 170 años de vida republicana un proceso evolutivo siempre ascendente en busca de perfeccionar la democracia, asegurar la libertad y el imperio del derecho e integrar a todas las clases sociales en un progresivo desarrollo.
Es el camino que eligió Portales cuando se dictó la Constitución de 1833, y fue el aporte del Partido Conservador al organizar la República que nacía. Enseguida, el del movimiento liberal, que recogió las ideas que agitaban en ese entonces a las sociedades occidentales y que encontraron eco en una pléyade de hombres eminentes que honraron nuestro pasado e hicieron una decisiva contribución al avance del país. Después fue el del radicalismo, que elevó al primer plano a las clases medias que determinaron una transformación sustancial en la vida chilena. Luego el de la Democracia Cristiana, que expresó las nuevas exigencias sociales y buscó la incorporación de los trabajadores industriales, mineros y campesinos, y del mundo marginal. Por su parte, los movimientos de izquierda, por muchos años, sostuvieron, a su vez, las aspiraciones de un sector importante del proletariado.
Fue así como este país creció y fue un ejemplo admirado y respetado en América y reconocido en el mundo.
Sin duda que este proceso no fue lineal, que tuvo errores, vacíos y caídas, porque esa es la condición humana y la característica de todas las sociedades. Pero de cada crisis el país salió adelante y nunca volvió atrás.
Con oportunidad de Lircay surgió una república en forma; después de la revolución de 1891 no se estableció una dictadura y rápidamente se instauró un régimen de derecho. En 1893, dos años después de una guerra civil, se llamó a elecciones, y la reconciliación nacional fue tan cierta, que ya en 1906 el partido liberal-democrático, que representaba a los vencidos, se convertía en la primera fuerza política del país.
El año 1925, cuando hizo crisis el sistema parlamentario, se gestó una nueva Constitución, en un debate amplio y abierto, por una comisión en que participaron todas las fuerzas políticas de Chile e incluso destacadas figuras del movimiento militar. El señor Ibáñez, designado en elecciones, gobernó menos de cuatro años y renunció, a pesar de tener el respaldo inequívoco de las Fuerzas Armadas, para evitar, como lo dijera, que se derramara sangre de los chilenos. Después de un período breve, entró en vigencia plena la Constitución que nos ha regido por cerca de 50 años, lo que no es poco decir en un mundo tan turbulento y cambiante como el que nos ha tocado vivir.
Todas estas experiencias se fueron sumando en esta evolución para configurar nuestra existencia como nación. Chile no se construyó en la opresión ni en los caudillismos. La espina dorsal de lo que fuimos ha sido la libertad, el Estado de Derecho, la democracia, que funcionaron hasta durante las guerras.
Los partidos políticos y los gobiernos civiles fueron expresiones del sentir nacional, y contamos invariablemente con Fuerzas Armadas del más alto nivel, cuyos jefes, después de triunfar, no volvieron a planear cuartelazos, sino que dieron un ejemplo imperecedero de dignidad y de respeto a la democracia.
Este país, escaso de recursos en comparación con otros de nuestra América, tuvo un desarrollo económico creciente de acuerdo a los tiempos y llegó a obtener la tercera renta per cápita en América Latina; proyectó un desarrollo social que fue diseñando una sociedad cada vez más justa y más moderna, no digo perfecta, pero iba avanzando; instituciones estables; universidades que irradiaban influencia, con un prestigio notable en todo el continente. Era un país que nos enorgullecia de sus científicos, de sus literatos,de gran progreso cultural. Fue en esos años, que hoy se denigran, cuando una mujer y un hombre chilenos recibieron el Premio Nobel, y cuando el nombre de Chile era universalmente respetado.
No volveremos al 10 de septiembre
¿Para qué volver al pasado y no recuperar esa línea histórica y proyectarla hacia el porvenir? Una crisis, por grave que haya sido, no representa ni puede borrar el pasado de Chile. No era Chile un país en decadencia, como se han dado en decir los que distorsionan nuestra Historia. Que haya habido un trance crítico no es de extrañar. Otras naciones, aun las más poderosas, también han vivido las más amargas encrucijadas.
Esta fue la experiencia de Francia, Alemania e Italia y de otras naciones de Occidente. Después de trastornos dramáticos, con heridas y divisiones al parecer sin solución, todas ellas se recuperaron confiando en sus pueblos y sin miedo a la libertad. No buscaron pretextos para subyugar a sus pueblos, sino que para liberarlos.
El ejemplo opuesto esta en la historia, desde los zares hasta Irán. Y en estos últimos tiempos en Centro América, donde los extremismos de uno u otro color han sembrado la muerte y han hecho imposible la paz. Sus regímenes justificaban todas sus violencias diciendo que su objetivo es asegurar “el orden” y “eliminar al comunismo” , para terminar precipitando a esos pueblos en el caos -¡oh paradoja!- muchas veces en las manos de los mismos a quienes decían exterminar.
Este fue el camino de los Batista y de los Somoza. Este no puede ser el camino de Chile.
El camino de Chile fue y debe ser el que corresponde a una de las democracias más sólidas y antiguas del mundo. Puede y debe volver a serlo.
Estamos ciertos que al pretender dilatar por años el actual régimen nos está llevando a una situación que puede tornarse irreparable.
En estos meses el país ha observado un claro endurecimiento. Y ello, dígase lo que se quiera, es fruto de la inexistencia de un proyecto político, de la ausencia de una fórmula real de transición. No hay un acuerdo con el pueblo ni con las fuerzas sociales. Sólo se ofrece la prolongación de un régimen represivo. Todo se confabula para atacar y derrotar a otros; pero no para unificar, ni para concertar un proyecto de convivencia nacional.
Los caminos de la paz
Han pasado siete años durante los cuales se ha pretendido erradicar toda oposición y toda amenaza al “orden” . Curiosamente, ellas han recrudecido y hoy aún son más conminatorios, no sólo en las surgidas como se dice de la extrema izquierda, como lo han reconocido hombres que ocupaban altas situaciones y cargos , sino también las que han surgido en el propio interior del régimen. ¿Quién garantiza en cinco, diez o veinte años más esta situación va a mejorar?
La experiencia mundial, sin una sola excepción, prueba que los extremismos, y para qué decir los violentismos, han permanecido indemnes por más que se prolonguen los regímenes de represión.
El proyecto en plebiscito refleja el espíritu que inspira a sus autores: ellos no creen realmente que el pueblo chileno tenga capacidad para pensar, opinar, decidir y elegir.
Me ha tocado en suerte, en estos últimos años por pertenecer a la comisión Brandt, estar en numerosos países. He visto la transmisión del mando en Venezuela: pacífica, ordenada y respetable y es una democracia que tendrá 30 o 40 años. He visto la situación en Colombia, donde hay un juego democrático. He visto la transmisión del mando en Ecuador con una dignidad y una altura que era una verdadera lección cívica. Hemos visto ahora mismo como el Perú llegó a elecciones. Acabo de estar en el Brasil donde he visto un proceso democrático en marcha. Han vuelto todos los exiliados, la amnistía es total, funcionan los congresos estaduales, ha habido elecciones y la prensa es libre.
Yo me pregunto, ¿los chilenos somos inferiores a todos esos pueblos? ¿No podemos nosotros hacer lo mismo? ¿Acaso estos chilenos que eran un ejemplo en América Latina ahora no son capaces de hacer lo que hacen otros que antes nos admiraban?
Yo digo, todas las disposiciones de esta proyectada Constitución conducen a un sistema preventivo-coercitivo que regirá por casi 25 años. Eso es lo que arrastra a la división, al extremismo, a la violencia y al caos. No a la democracia.
Todo su contenido revela una confianza ilimitada en los mecanismos de concentración del poder, y una desconfianza igualmente ilimitada en el pueblo, en el Parlamento, en los partidos políticos, en los organismos de base y hasta en los municipios. No desconocemos la necesidad de una autoridad vigorosa para gobernar. Otra cosa es el cesarismo autocrático. El problema de fondo es que ninguna institucionalidad ni ley alguna pueden funcionar con normalidad si no representan la voluntad mayoritaria de la nación, libre y auténticamente expresada.
Ninguna amarra, concebida entre cuatro paredes e impuesta para resistir la legítima expresión del pueblo, puede tener vida estable. Ningún esquema funcionará si no existe un consenso básico sobre valores fundamentales que permitan una forma racional de convivencia.
Lo único efectivo y que puede salvar al país de la violencia, el odio y la revancha es que ese consenso se produzca cuanto antes. Mantener un régimen de fuerza continuado, apoyado en una minoría, inevitablemente agudizará el conflicto - oiganme los que están en esta sala- y la división entre los chilenos, y lo más probable –y experiencias hay por montañas-, es que por esta vía se precipite al país en otro régimen de fuerza en sentido contrario, o sea, que el péndulo vaya de un extremo a otro.
Imponer una fórmula como la propuesta significa que el conflicto crecerá por la inevitable y dramática dinámica de este círculo trágico de represión y protesta que sólo sirve a los violentistas de uno u otro extremo, que es en lo que no está ningún partido responsable. Así nos veremos abocados a situaciones cada vez más difíciles y a una división cada vez más honda entre los chilenos.
El diálogo y el consenso en esas condiciones será imposible, y la reconciliación y la paz serán cada día más lejanas. Todo nuestro esfuerzo es que no se radicalicen las posiciones y que no se destruyan los caminos de la paz para Chile.
La seguridad y la paz no pueden ser el fruto de continuos operativos y allanamientos o de peinar las poblaciones en busca de delincuentes, para después descubrir que están ubicados en otras partes y organismos.
En esas condiciones no hay seguridad para millones de chilenos, más aún cuando han desaparecido el amparo y las garantías jurídicas más básicas.
No estamos diciendo que no se proceda con energía para combatir el delito, la violencia, el terrorismo y la corrupción, pero todo el progreso humano ha consistido en hacerlo de acuerdo con la ley por autoridades elegidas por el pueblo que los enfrenten con los métodos de la democracia y no del terror.
Por eso rechazamos este proyecto constitucional y el plebiscito convencidos de que se nos lleva a un conflicto sin solución, pues se contradice la esencia de lo que es nuestro carácter nacional y se nos exhibe ante el mundo en una posición que sólo genera el sarcasmo o la compasión, después que concitábamos el respeto y la admiración
La verdadera alternativa
La verdadera alternativa no es volver al 10 de septiembre de 1973, sino encontrar un camino que nos permita ser lo que fuimos: una Patria libre y democrática, con instituciones renovadas de acuerdo a las nuevas realidades y exigencias.
Fundados en estas razones es que venimos a proponer una alternativa para Chile, que le permita retornar a la democracia debidamente renovada.
Para este objeto consideramos necesario:
- Que se organice de inmediato un gobierno de transición cívico militar, cuyos objetivos básicos serán establecer durante el plazo de dos a tres años como máximo las condiciones para restañar las heridas del pasado, restablecer la unidad nacional y la paz entre los chilenos, recuperar el pleno ejercicio del régimen democrático y garantizar la seguridad interna y externa de los chilenos. Durante este período de transición el gobierno retendrá las facultades legislativas.