Discurso de Carlos Salinas de Gortari en su Tercer Informe de Gobierno.
Part 5
Por eso, frente a los retos nuevos y viejos del país, debemos profundizar la respuesta inmediata y avanzar en los cambios estructurales de largo plazo que nos exige el interés nacional, no sólo de esta generación de mexicanos, sino de las siguientes. Sabemos, por la experiencia de otras recuperaciones económicas del pasado, que sus beneficios no se reflejan de inmediato para todos; por eso, además del crecimiento, promovemos el desarrollo social a fin de no quedarnos esperando y desesperando la paciencia de la población.
Tampoco echaremos por la borda lo que tanto trabajo ha costado alcanzar: estabilidad, baja inflación, eliminación de la pesada carga de la deuda. Por eso, tenemos una propuesta social en marcha para actuar desde ahora con la población y para su bienestar. Esta es Solidaridad. Me propongo continuar con el Programa durante toda mi administración mediante recursos crecientes para beneficio del pueblo mexicano.
Estructuralmente existe un reclamo generalizado de que se actúe en dos áreas fundamentales para la viabilidad futura de nuestra nación: el campo y la educación.
Las luchas agrarias han sido esenciales en la formación de nuestro país. Han sido batallas por libertad y justicia en el campo. De ellas tenemos lecciones útiles que aprender. Entre los hombres y mujeres del campo, la ignorancia no fue la causa de sus luchas, pues éstas se dieron como respuesta a realidades del país.
La pasión ha existido en sus movimientos, pero sobre todo la inteligencia y la razón; manifestaron una fe trascendente en el poder transformador de la ley y han contribuido al progreso de la nación.
Así, el movimiento campesino del Plan de Ayala de 1911 fue fundamento de la Revolución , ganó dimensión constitucional en el artículo 27, logró la primera codificación establecida al inicio de 1934 y, con toda razón, tomó forma masiva en la reforma agraria institucional por medio de las dotaciones ejidales y de las definiciones de la pequeña propiedad a partir de los años treinta.
En la actualidad, las luchas por libertad y justicia en el campo siguen siendo de enorme importancia y, por su moral histórica y su verdad, siguen y seguirán mereciendo nuestro profundo respeto, así como un apoyo apasionado y eficaz. Hoy los campesinos nos muestran en su esfuerzo cotidiano y en sus prácticas diarias que estas luchas se dan de manera diferente, con reclamos distintos, con dominio directo y social, construyendo en los hechos una nueva reforma campesina.
Precisamente por eso, y como lo han hecho en otros tiempos los gobiernos de la Revolución , el gobierno, representante de la nación y al lado de los campesinos, tiene que tomar hoy en cuenta las condiciones de la República y del mundo para responder a las luchas agrarias de esta generación.
Debemos partir del reconocimiento de nuevas realidades: nuestra población está creciendo, pero nuestro territorio es el mismo. Sólo en el campo viven hoy 25 millones de compatriotas, casi el doble de la población que había en todo el país en 1910, y su número va en aumento. Existen 25 millones de hectáreas de labor, de ellas cinco millones son de riego, mientras que la fuerza de trabajo en la agricultura es ya de seis millones de productores.
Ha crecido la producción pero la productividad no es suficiente. El minifundio se extiende tanto entre ejidatarios como entre pequeños propietarios y los campesinos tienen que trabajar más para sacar menos. En nuestro campo todavía hay mucha miseria.
El reparto agrario establecido hace más de 50 años se justificó en su época y es reconocido hoy en día por su compromiso con los campesinos. En su momento, llevó justicia al campo; pero pretender, en las circunstancias actuales, continuar por el camino de antes, ya no significa prosperidad para la patria ni justicia para los campesinos. No porque haya fallado la reforma agraria, sino por la propia dinámica social, demográfica y económica a la cual contribuyó la reforma.
Hoy la mayoría de los ejidatarios o de los pequeños propietarios es de minifundistas; dos terceras partes de los campesinos que siembran maíz tienen menos de tres hectáreas de tierra de temporal por familia; muchos sólo poseen surcos. Así no pueden satisfacer sus propias necesidades.
El gobierno está obligado por mandato constitucional a seguir repartiendo tierras, pero desde hace años los efectos del reparto son contrarios a su propósito revolucionario, y cumplirlo no responde al espíritu de justicia de la propia Constitución. Antes, el camino del reparto fue de justicia; hoy, es improductivo y empobrecedor.
Seguir por esa ruta sería traicionar la memoria de nuestros antepasados revolucionarios, defraudar a los campesinos ya beneficiados por el reparto y burlar a los que esperan nueva tierra, hombres y mujeres de carne y hueso, de ideas y sueños. Con toda razón se indignarían ante repartos de pura estadística, en el papel. Nos exigen claras opciones productivas con su participación en el trabajo y para el progreso nacional.
Por eso, llegó el tiempo de cambiar nuestra estrategia en el campo. Este es un momento clave. Consecuentes con los propósitos originales de libertad y justicia de la Revolución , por medio de nuestras mejores instituciones, vamos a sumarnos a las nuevas luchas de los campesinos.
Promoveré un programa integral de apoyo al campo con recursos adicionales para capitalizarlo, abrir opciones de proyectos productivos y de asociación, y proteger la vida en comunidad. Esto requiere también de reformas a la legislación agraria que mantengan claramente lo ya ganado y que faciliten las luchas futuras del pueblo campesino por su dignidad y bienestar.
En ello, la decisión habrá de corresponder a la Soberanía de este Congreso. No se trata de soluciones absolutas; tampoco de resolver el minifundio volviendo al latifundio. Pero sí de sembrar una nueva semilla de libertad y autonomía en el campo para que los campesinos puedan defender sus intereses y obtener bienestar, por ellos mismos, con el apoyo y el respeto del Estado.
Todo esto para que sus poblados, ejidos, comunidades, rancherías y otras formas de convivencia en el campo, sean más democráticos y sólidos, y para que el esfuerzo de su trabajo les dé mayores beneficios. Ratificaremos la vigencia de las tres formas de propiedad que establece la Constitución para el campo: ejidal, privada y comunal. El ejido permanecerá, pero promoveremos su transformación.
En 1915, la Ley Agraria zapatista tuvo por lema "Reforma, libertad, justicia y ley". En este espíritu y con el mismo fin, pero ante nuevas circunstancias y diferentes retos, los de nuestros tiempos, proponemos reformas para garantizar de nuevo la libertad de los campesinos mexicanos en sus luchas por la justicia y por un bienestar que redunde en bien de nuestro país.
La educación tiene que ser otra de las grandes prioridades de la acción del gobierno y de la sociedad. Los grandes momentos de la educación en México: la creación de las instituciones con Guillermo Prieto, Joaquín Baranda y Justo Sierra; la gran ofensiva contra el analfabetismo y en favor de la integración nacional de Vasconcelos, y la lucha por la cobertura de educación básica, las grandes definiciones de la educación y la creación de materiales educativos de Torres Bodet, se produjeron con una profunda motivación nacionalista. Buscaron forjar e integrar una nación y preservarla de las amenazas externas y de la dispersión interna.
La unidad que buscaron era el remedio para la disgregación, el aislamiento, las discordias de su tiempo. Por eso, la centralización federal a la que contribuyeron permitió unir a la nación en torno de valores comunes, de una misma lengua, de una historia propia.
Por el camino de la educación fortalecimos la integración nacional. La educación fue un instrumento de justicia que abrió oportunidades donde no las había, que eliminó cotos y frenos locales, que formó profesionales de la educación con seguridad en sus empleos y que dio un principio de equidad para todo mexicano.
Este esfuerzo, que prácticamente resolvió el problema de cobertura educativa básica, con el tiempo y con efecto de sus propias bondades, reconoce ahora sus límites y demanda el cambio. Necesita una reforma de calidad y vinculación con la comunidad en donde ocurre. Si estamos creando nuevas relaciones entre el Estado y la sociedad, ésta es una de las más significativas.
Por eso, su camino futuro exige la reformulación de los contenidos y métodos educativos con base en un principio nacionalista y con un nivel de calidad competitiva en el mundo.
Su vinculación a la sociedad que educa debe transformar su estructura, su equipamiento y su financiamiento. La gran tarea de evaluar el sistema educativo está completa y tenemos ahora no sólo un diagnóstico verídico y confiable de los problemas de la educación en todo el país, sino también diversos programas y métodos para lograr la educación que México necesita en las próximas décadas.
Somos una nación y tenemos un sistema educativo apoyado en la portentosa red de escuelas en todo el país. Pero, para la sociedad justa que queremos y para las exigencias del mundo de hoy, debemos acelerar los cambios. Mantendremos el sistema educativo nacional, pero haremos que la autoridad educativa se acerque a la escuela, alejada por el centralismo, y mejoraremos la administración.
La educación pública seguirá siendo laica, gratuita y, en la primaria, obligatoria, medio por excelencia de movilidad social. Recogeremos la riqueza de la diversidad regional. Fortaleceremos los procesos de evaluación, involucrando más a la comunidad y a la familia con la escuela. Acrecentaremos el uso de medios tecnológicos en la enseñanza. Atenderemos la seguridad en el entorno escolar.
Comprometeremos recursos presupuestales crecientes en términos reales para el sector educativo, canalizando más a resultados educativos de excelencia; haremos corresponsable a la sociedad en la provisión de recursos para la educación. Se profundizará en la interrelación curricular de los ámbitos nacional y regional, preservando y actualizando el libro de texto gratuito y ratificando la libertad de educación. Pondremos énfasis en los ejes básicos del curriculum, destacando la historia, el idioma, las ciencias, las matemáticas y el civismo.
También pondremos énfasis en el carácter académico del director y fortaleceremos el Consejo Técnico de las escuelas para que apoye el trabajo docente. Vincularemos más el sistema educativo medio y superior a la estructura productiva del país.
Debemos crear las condiciones para promover el movimiento hacia la excelencia educativa. La educación en México es una facultad concurrente entre la federación, los estados y los municipios, y así seguirá siendo. Tendrá ahora, sin duda, un peso nuevo orientado en mayor medida hacia el municipio y los estados, y no hacia la federación. Nuestro sistema educativo cuenta con muchos maestros de gran preparación y maestras de excelente capacidad.
Seguiremos elevando su nivel de vida para que alcancen el salario profesional. La propuesta de cambio permitirá que la de maestro sea una profesión apreciada y respetada socialmente, y que nuestros niños y jóvenes estén mejor preparados para el México del futuro.
Vamos a apoyar a las universidades públicas con el equipamiento que tanto necesitan. No se trata de subsidios abiertos e indiscriminados, sino de recursos destinados a proyectos probados de mejoría académica y a rehacerla infraestructura deteriorada por los años de crisis.
Mejor educación significará mejor distribución del ingreso, y permitirá aprovechar las oportunidades que nos abre la interrelación económica. No olvidemos que a las potencias económicas de Europa y de Asia las ha colocado en un lugar de privilegio la enorme calidad de su sistema educativo. Nuestro propósito es alcanzar esa calidad.
Mexicanos:
En nuestra nación hay vitalidad y esperanza fundada. Los cambios que hemos emprendido y los que tendremos que realizar amplían las oportunidades para la mayoría de los mexicanos. Algunos llevarán más tiempo que otros; todos requerirán de trabajar más, de redoblar el esfuerzo, de seguir actuando decididamente. Reafirmo que el país no se inicia ni concluye con una administración.
Trabajamos para el presente pero, sobre todo, para un mejor futuro. En el mundo de hoy una revolución que no cambia, sucumbe ante la fuerza de las transformaciones; pero revolución que cambia abandonando sus principios, pierde su esencia y también sucumbe.
Por eso, los cambios que estamos llevando a cabo permiten mantener viva a la Revolución mexicana; cambiamos los procedimientos porque vivimos nuevas realidades internas y externas.
Pero son precisamente estos medios renovados los que nos permitirán acercarnos más a los fines permanentes que nos marcó la gran Revolución de 1910: defender la soberanía y la integridad de nuestra nación; ampliar la justicia y las oportunidades para nuestros compatriotas; respetar la libertad y la dignidad del ser humano, y expandir la democracia y la participación organizada.
Pocas revoluciones de principios de siglo perduran todavía; hemos asumido el desafió de modernizar la nuestra por la vía nacionalista y popular, y vamos a triunfar. Lo haremos sentando mejores bases para muchos años por venir; lo haremos con objeto de construir mejores tiempos para nuestros hijos y para los hijos de nuestros hijos.
Avanzaremos con el pueblo y para beneficio de los mexicanos: los indígenas, los campesinos, los obreros, los empresarios, incluidos los pequeños y medianos, los profesionistas, los intelectuales, los artistas y las clases medias. Para los jóvenes, abriremos la educación de calidad y las oportunidades de empleo que demandan.
Con las mujeres, construiremos una sociedad que les dé seguridad y respeto, y que aproveche sus enormes talentos. Daremos a los estados y municipios las posibilidades reales de desatar su gran riqueza y creatividad local, para que la diversidad, canalizada a dar respuesta a los desafíos del país, sea la fuente renovada de la unidad nacional.
Habrá que trabajar más, pero en condiciones más dignas de vida; habrá que seguir esforzándonos, pero con acciones de bienestar al alcance de los mexicanos; habrá que seguir actuando, pero con resultados tangibles que muestren un horizonte mejor a las familias.
A lo largo de la historia, la tenacidad y la laboriosidad nos han permitido alcanzar nuestros anhelos y esperanzas.
Como Presidente de la República seguiré gobernando para todos mis compatriotas, sin distingos y sin excepciones, pero trabajaré más para los que menos tienen.
Iniciada la última mitad del periodo constitucional de mi mandato, mantendré un apego permanente a la realidad, sin olvidar lo mucho que falta por hacer, con mi lealtad inquebrantable a la nación.
Exigiré de mis colaboradores estricta disciplina, trabajo redoblado y entrega, sin distraer la atención del despacho que les ha sido encomendado para servir a la población.
Procuraré siempre que mi esfuerzo se refleje en la mejor calidad de vida de mis compatriotas.
Nuestra patria ha realizado grandes hazañas a lo largo de su historia.
Hoy tiene confianza en su vitalidad y está decidida a avanzar aún más y a realizar un esfuerzo superior, con el ánimo puesto en un mejor porvenir.
México tiene voluntad de unidad y de progreso.
Nuestras causas son de justicia y de orgullo; nuestro propósito es el bienestar del pueblo mexicano.
Hay esperanza en nuestra patria. Juntos, hagámosla realidad. Vale la pena. Es por nuestros hijos. Es por México.
¡Viva México, compatriotas!
Categoría:Documentos de Carlos Salinas de Gortari