Discurso de Arturo Alessandri en la Convencion Liberal (25 de abril de 1920)

Part 2

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La condición legal de la mujer en Chile permanece aún aprisionada en moldes estrechos que la humillan, que la deprimen y que no cuadran con las aspiraciones y exigencias de la civilización moderna. Carece ella de toda iniciativa, de toda libertad y vegeta reducida al capricho de la voluntad soberana del marido en forma injusta e inconveniente. Todas las legislaciones actuales reconocen, todos los pensadores del siglo reclaman para la mujer la elevada posición de su nivel moral, legal e intelectual, en la forma que corresponde a aquella parte tan noble y respetable de la sociedad, que tan alta e importante participación tiene en el desarrollo de la vida moderna. Nuestra legislación no puede continuar siendo a este respecto una excepción dolorosa en el concierto armónico del mundo civilizado

Nuestro organismo social entero, nuestro régimen constitucional, requieren en los momentos actuales reformas urgentes y radicales. El tiempo todo lo destruye, todo lo cambia, todo lo aniquila o lo transforma. La casa solariega en que nacieron nuestros antepasados se destruye y derrumba a través de los años; así también las instituciones de los pueblos, con la marcha ascendente del progreso, se envejecen y terminan por no corresponder a sus actuales y premiosas necesidades. Una serie interminable de problemas apremiantes requieren solución inmediata, impostergable. Necesitamos afrontarlos con valor y decisión sobre la base inconmovible de la justicia y el derecho, que constituye el cimiento único sobre el cual se construye la grandeza de los pueblos, pero, tomando también en cuenta las nuevas circunstancias sociales y la nuevas exigencias del progreso nacional.

En un momento inolvidable de su historia, la Francia se sintió conmovida por aspiraciones o ideales nuevos. Un soplo de renovación, un grito de protesta cruzó su suelo de un extremo a otro; el edificio secular de sus instituciones políticas y sociales crujió desde sus cimientos en una vibración de reforma, de sacudimiento y de vida. Cansada la masa inmensa de los privilegios que constituían el beneficio de unos pocos, se levantó al grito de "Libertad, Igualdad y Fraternidad", echando así los cimientos de la democracia universal. Alarmado el Rey por los gritos destemplados de la multitud, volvió sin embargo a su calma habitual a la voz halagüeña de un cortesano que le señalaba aquello simplemente como el bullicioso alarido de la canalla que pasa.

Si el monarca, en vez de prestar oídos al cortesano, hubiera sentido el alma de la Francia que rugía en aquellos alaridos, si hubiera auscultado sus vibraciones que exigían libertad, igualdad, fraternidad, habría ahorrado para su pueblo las sangrientas, las horrendas y dolorosas escenas del terror; sus conciudadanos, la posterioridad y la humanidad entera, le habrían levantado de un momento perenne de gratitud y de admiración, y habría perpetuado el recuerdo de la redención pacífica y grande, un pueblo tan grande como sus anhelos.

La Inglaterra también, como la Francia, sintió en 1830 palpitar en su seno ardientes aspiraciones de conquistar la libertad electoral, desconocida por ese pueblo hasta entonces. El monarca inglés, inspirado en el espíritu práctico inimitable de esa gran nación, lejos de oír la voz de los cortesanos que los instaban también a desoir los clamores de la canalla que pasa, convocó a su pueblo nuevas elecciones para la Cámara de los Comunes.

Triunfó en ella la reacción, el espíritu de resistencia; pero continuaron la agitación pública, la exigencia, el tumulto, porque no ceden el paso las corrientes de opinión cuando están realmente basadas en principios de justicia y conveniencia social. Y el monarca, atendiendo siempre a las aspiraciones lícitas del gran pueblo que regía, ejercitando sus facultades constitucionales, aumentó la Cámara de los Lores con nuevos nombramientos, se abrió paso la reforma reclamada, la evolución se hizo, se evitó la revolución, y la Inglaterra continuó, sin sacrificios ni dolores, majestuosa y más grande que nunca en la marcha indefinida de un progreso y engrandecimiento.

Así crece la Inglaterra, marchando siempre sin vacilaciones por las vías de la evolución para evitar la revolución y el trastorno.

Lecciones de la historia son estas que los hombres de Gobierno no deben jamás olvidar y que deben tomarlas como solemne advertencia para el bien de sus conciudadanos.

No quiero trastornos ni violencias; los abomino y anatematizo; los condeno con toda la energía honrada de mi espíritu. Quiero y exijo el respeto de todos los derechos fundamentales garantizados por nuestras instituciones; pero, para mantener el orden y la estabilidad social, es deber ineludible de los gobernantes atender, servir y solucionar todas aquellas necesidades públicas que tienen por base la justicia, que destruye el privilegio no basado en altas y nobles consideraciones de orden moral.

Hace muchos años se mantiene sin solución el problema del norte. Reiteradamente en mi vida parlamentaria he sostenido que debió resolverse hace ya largo tiempo. Los países no deben mantener sin solución, indefinidamente, los problemas internacionales, porque no pueden prever el futuro para saber cuál será el momento oportuno para afrontarlos. Pero, ya que esta solución no ha llegado, debemos buscarla y propiciarla todavía, a la sombra y dentro del cumplimiento estricto de los tratados vigentes, a cuyo cumplimiento están vinculados la fe y la honra de la República. Nuestro derecho es claro y, sostenido con severa dignidad, estoy cierto que abrirá camino, que se impondrá, como se impuso en otra de las épocas memorables de nuestra historia.

Los pueblos que nos miran, principalmente aquellos que acaban de liquidar la gran guerra sobre la base de los principios de derecho, de justicia y de respeto a los tratados, se inclinarán seguramente, dentro del criterio de ellos mismos, ante las razones de un pueblo fuerte en su derecho y en la justicia que reclama.

La humanidad atraviesa un período que pudiera llamarse de la reintegración y de la reconstrucción. Los Estados y los pueblos, unidos por una red inmensa de intereses morales y materiales, tienden a solidarizarse y a estrecharse más aún por nuevos y múltiples vínculos. Debemos también nosotros esforzarnos por desarrollar y estrechar nuestros lazos materiales con todos los pueblos del orbe civilizado, sobre la base de un mutuo intercambio de ideas y de pensamientos, ya que los vínculos morales son, en muchas ocasiones, más poderosos y sólidos que aquellos que sólo se basan en las relaciones meramente materiales. Pero nuestro país debe aportar también su contribución indispensable, como todo país civilizado, a la reconstrucción económica del mundo, mediante el desarrollo, convenientemente fomentado por el Gobierno, de su agricultura, de su minería, de sus industrias y de su Marina Mercante. El aumento constante de la producción y la facilidad de las comunicaciones deben constituir una preocupación de todos los momentos para los gobernantes de Chile.

Señores: os pido de nuevo perdón por haber abusado tanto de vuestra benevolencia en esta ocasión única de mi vida. Os he expuesto improvisadamente mis ideas, mis sentimientos y mis aspiraciones, olvidando, seguramente, muchos puntos; y también os pido por ello perdón, junto con hacer llegar hasta vosotros nuevamente la expresión sincera de mi gratitud, dejando constancia de la emoción que me embarga ante la inmensa responsabilidad que gravita sobre mis hombros en este instante solemne.

Yo quiero antes de terminar, haceros una declaración:

Ha sido costumbre oir a los que han tenido la satisfacción de alcanzar que ahora vosotros me discernís, que "no son una amenaza para nadie". Mi lema es otro: Quiero ser amenaza para los espíritus reaccionarios, para los que resisten toda reforma justa y necesaria: esos son los propagandistas del desconcierto y del trastorno.

Yo quiero ser amenaza para los que se alzan contra los principios de justicia y de derecho; quiero ser amenaza para todos aquellos que permanecen ciegos, sordos y mudos ante las evoluciones del momento histórico presente, sin apreciar las exigencias actuales para la grandeza de este país; quiero ser una amenaza para los que no saben amarlo y son capaces de hacer ningún sacrificio por servirlo.

Seré, finalmente, una amenaza para todos aquellos que no comprenden el verdadero amor patrio y que, en vez de predicar soluciones de armonía y de paz, van provocando divisiones y sembrando odios, olvidándose de que el odio es estéril y que sólo el amor es fuente de vida, simiente fecunda que hace la prosperidad de los pueblos y la grandeza de las naciones.

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