Discurso de Adolfo López Mateos en su Tercer Informe de Gobierno
Chapter 7
La magnitud del esfuerzo que el pueblo viene realizando por liberarse de la pobreza, de la ignorancia, de la incomunicación y de la insalubridad, hace patriótica la declinación de actitudes sectarias, que desde los extremos del retroceso o de la demagogia, pretende dificultar esas tareas y crear el desconcierto que facilite el alcance de sus respectivas finalidades.
Los mexicanos de buena fe no debemos detener ni desvirtuar la obra nacional, y hemos de unirnos resueltamente emprendiendo actividades creadoras, productivas y positivas, si queremos alcanzar etapas de estabilidad fecunda que se hallan a la vista.
El saldo que arrojan los primeros 50 años de la Revolución Mexicana, es altamente positivo, tanto en la obra material que han transformado el ambiente, como en la obra cultural que ha modificado al hombre y su existencia, haciéndolo más consciente de su destino.
Devalorar ese saldo solamente porque todavía quedan niveles que es necesario elevar y metas aún no alcanzadas, sería negar nuestra historia y fomentar una peligrosa deformación de nuestras perspectivas.
El impetuoso anhelo de rebasar siempre las metas alcanzadas, y la proyección del mañana tanto como los requerimientos del presente, no deben llevarnos a olvidar la obra del pasado.
Sin confianza y sin fe en lo que somos y en lo que hemos sido, estaríamos expuestos a extraviarnos en discutibles experimentos sin raíces en nuestra idiosincrasia.
Una propaganda tenaz, hábil y sistemática, un cierto afán de novedad, y el menor esfuerzo que implican las limitaciones irreflexivas, ha llegado a producir entre nosotros el contrasentido de que en nombre de un pretendido sentimiento revolucionario con ideario prestado, algunos quisieran enjuiciar y enfrentarse al Gobierno nacido de la Revolución, que está empeñado en realizar con intenso afán, y dispuesto a mantener, por encima de todo, la doctrina política- social que emanó de nuestro pueblo.
Ante este fenómeno, han buscado una oportunidad de relevancia oscuras fuerzas sociales, de sobra calificadas en la Historia de México, que entre nosotros postulan el retroceso o el estancamiento, que desean perpetuar la injusticia, eternizar la ignorancia y fundamentar sobre el fanatismo, el prejuicio y la miseria, un sistema de vida que el mexicano considera indeseable.
Al amparo de la libertad de pensar y de expresar ideas, ambas corrientes buscan ocasión propicia para propagar sus postulados en cualquier inquietud social que pudiera desembocar en la alteración del orden público.
Ante hechos semejantes, el Gobierno ha respondido con vigilante prudencia, pero con energía; procurando siempre retornar al orden y a la tranquilidad, con vías a la concordia, el ambiente nacional.
Es explicable que esas corrientes anhelen conquistar a la juventud procurando arraigo en las conciencias nuevas; pero una y otra vez fracasarán en sus intentos.
En cuanto madura el alma de la juventud mexicana, se acentúa su amor por la patria, por su historia, y por cuanto se desprende de su naturaleza y se afirma su resolución de continuar una de nuestras más hermosas tradiciones, que es la de luchar por la libertad, el progreso y la justicia social.
Una juventud que ama a su país, que se inspira en el ejemplo de sus grandes patricios -todos ellos paladines de la libertad- y que defienda lo que le es propio, sólo tiene una respuesta a la incógnita de la historia: seguir luchando sin reposo por que México sea lo que los mexicanos quieran, en la forma y con los medios con que los propios mexicanos desean lograrlo.
La juventud mexicana es insobornable e insospechable.
No enajenará su conciencia libre ni su amor a la justicia; no desmayará en su tarea por continuar la obra gigantesca que viene construyéndose desde Hidalgo, y en la que han sido ejemplares adalides, entre otros, Morelos, Juárez, Madero, Zapata y Carranza.
Si no tuviéramos plena confianza en nuestra juventud, no podríamos tener fe en México y en su destino.
Como efecto de las tensiones creadas por esos sectores, como fuerte capacidad publicitaria, se ha venido demandando un esclarecimiento y una justificación de las doctrinas sociales que inspiraron y que ahora fundamentan sustancialmente la Revolución Mexicana.
La insistencia de su demanda, en más de un momento ha trascendido el ámbito nacional y en ocasiones se ha nutrido de inspiraciones o presiones extranacionales, y parece pretender que se establezca que a cada momento, en todos los casos y en cuanta oportunidad se presente, se justifique y se defina la postura de nuestra patria como si esa postura no estuviera precisa para evidenciar su dignidad de país libre con propios y exclusivos derroteros históricos.
México ha señalado clara y repetidamente su camino.
Pueden así seguirlo enjuiciando interiormente si lo desean los grupos faccionales de inspiración propia o extraña; nuestra vertical postura internacional puede desconcertar, pero no engaña a ninguno de los países de las dos grandes tendencias sociales en pugna.
Cuando vez sea necesario explicaremos y justificaremos nuestro ser, irrevocable en el tiempo histórico y sólo modificable y perfectible por nuestros propios caminos y métodos, establecidos por nuestra singular experiencia nacional y decididos en libérrimos actos de esencia democrática.
Nuestra patria no permanecería como la unidad que es, a pesar de su historia contrastada, si no hubiera encontrado sus verdaderas vitales y culturales al través de los postulados de su muy propia y grande revolución humanista que ofrece perspectivas tan diversas como la independencia, la Reforma y la Revolución Social y que nos enseño la fecunda lección de que sólo los hombres y los pueblos libres son capaces del acto superior de ponderar valores y de crear los propios, sin que se les impongan por la presión o la violencia los que les son ajenos y antagónicos a su propia idiosincrasia.
Toda nuestra historia es producto genuino de nuestra existencia, de nuestra cultura, de nuestro ser nacional, y si las metas revolucionarias postulan una planificación de la vida para lograr la justicia social, lo hacen presuponiendo siempre libertades esenciales a la persona humana en cuyo beneficio y mayor dignidad habrá de realizarse plenamente esa justicia social.
Quienes se colocan en los extremos han querido calificar al movimiento revolucionario mexicano y al Gobierno de él emanado, dentro de una incolora posición de centro; nada más falso, con nuestro ideario y dentro de las normas constitucionales, nosotros venimos obrando radicalmente.
Somos los más exigentes en el cumplimiento de la Revolución, y los más afanosos en producir beneficios al pueblo.
Somos revolucionarios realistas y no soñadores utópicos, ni demagogos irresponsables.
Por eso mismo no permitimos retrocesos ni estancamientos, seguros como estamos de la determinación del pueblo mexicano para progresar con libertad, justicia social e independencia.
Hemos hecho los esfuerzos necesarios para asegurar la solidez interna y externa de nuestra moneda y para mantener así un desarrollo general sin incertidumbres y con un crédito nacional cada vez más firme.
Esta es una realización que se origina en nuestras normas legales que permiten sostener una economía impulsada por la iniciativa privada -que el Estado estimula y protege- y apoyada celosamente por la actividad del sector público que debe complementarla o suplirla en donde aquélla se muestre omisa o deficiente.
A ese hecho tan significativo de nuestra doctrina económica nacional deben responder ampliamente los inversionistas asumiendo las tareas que les corresponden y evitando las retracciones que pudieran poner en peligro el sistema en que vivimos.
La firmeza financiera del país, expresada en la solidez de su moneda, sólo puede mantenerse con mayor inversión y actividad redoblada.
De nada servirían los esfuerzos hechos para lograr la estabilidad monetaria, si produjeran la abstención de los particulares, poniendo en entredicho nuestra doctrina económica nacional que tantos sacrificios le ha costado al país sostener y realizar.
Sólo trabajando todos para hacer cada vez más sólida la posición económica de México, podremos defenderla con buen éxito.
De este hecho debemos tener clara conciencia.
Los sectores privado y público de nuestra economía deben trabajar hacia los mismos objetivos del progreso nacional.
Ha pasado ya el tiempo en que las actividades económicas se concretaban al lucro excesivo de unos cuantos o a la acumulación ostentosa de la riqueza, con una actitud contemplativa del Estado.
A medida que el país crece y se desarrolla, las obligaciones de los sectores privado y público aumentan en vez de disminuir; son siempre más altas las inversiones y reinversiones que se requieren, y ellas deben ser el destino fundamental de las utilidades, después de satisfacer los requerimientos social de la mano de obra.
Asimismo aumentan las necesidades para la inversión pública en todo lo que significa conquista y modificación del ambiente, y en lo que demandan los crecientes volúmenes de población que va ingresando al proceso general del desarrollo nuestro.
Los inversionistas particulares deberán disponerse a ampliar más sus actividades, a proporcionar más ocupación y a remunerarla mejor y más establemente; del mismo modo en que el Estado debe disponer de medios adecuados para multiplicar sus tareas.
Tales actividades han de emprenderse resueltamente.
Vivimos tiempos en que una vacilación puede producirnos daños sin medida.
Para continuar y perfeccionar el sistema económico que el país ha venido formando, debemos poner en juego tanto nuestro patriotismo como nuestro valor.
El ejemplo de los hombres que otrora defendieron la nacionalidad de peligros y agresiones, debe orientarnos para defender, fortaleciéndolo, nuestro sistema de vida nacional en todo lo que significan su cultura, su economía y sus principios políticos y sociales.
Por fortuna, la determinación patriótica de los empresarios progresistas se une ya resueltamente a los planes nacionales que postula el Gobierno revolucionario.
Vivimos un período de grave tensión internacional.
A pesar de las esperanzas de que disminuirían los hechos que informan la guerra fría, en el último año se han acentuado las inquietudes con la señalada actuación de las potencias mundiales.
Los problemas que se han venido presentando a la consideración internacional, se han hecho cada vez más agudos, y los signos actuales no son en forma alguna tranquilizadores.
Es evidente que los esfuerzos que se hicieron al final de la segunda guerra mundial para hallar un sistema de seguridad que consolidara la paz, y alentara el progreso de los países menos desarrollados, no han producido efectos satisfactorios.
Han sido las propias potencias encargadas de garantizar la seguridad las que vienen provocando la incertidumbre.
En vez de que sean destinados cada vez mayores medios para impulsar el progreso de todos los hombres, se acentúan los contrastes en el desarrollo y las desigualdades en el bienestar.
Sólo recientemente y por lo que toca a la América Latina, se ha abierto, en Punta del Este, un pórtico a las esperanzas de sus pueblos.
El retraso o la ineficacia de la acción acordada, producirá en muchos de ellos la amargura de una total desesperanza.
Los países mejor desarrollados cuentan ahora con medios productivos y destructivos de mayor alcance que cuando comenzó la guerra mundial antes citada.
A la vez, la esperanza de los pueblos menos desarrollados por alcanzar pronto las metas elementales de vida y civilización, se ha hecho menos firme, y algunos de ellos han tenido que enajenar su independencia de criterio o su libertad, a cambio de la protección y de la cooperación que la victoria ofreció a todos por igual para lograr y sostener las cuatro libertades.
El poderío que han acumulado, ha hecho a las potencias mundiales más ambiciosas y más agresivas.
Los nuevos alcances logrados en la ciencia y en la técnica, han producido, por lo pronto, más que ventura humana, amenazas recíprocas, tornándose en dramáticos peligros para todos los hombres.
Parecería que la capacidad humana para crear y para engrandecerse, compitiera peligrosamente con la tendencia a destruirse y a frustrar los objetivos supremos de la humanidad.
Las cuatro libertades por las que el hombre luchó en la última guerra mundial se han replegado.
No rigen en el mundo entero la libertad de pensar y de creer, ni el hombre de todas las latitudes se ha librado de la necesidad ni del temor.
En diversos grados, cada país ha procurado instituir sus libertades sin que el sistema haya sido, como se pensó, general para todos.
Los países menos desarrollados padecen de necesidades incontables, y el miedo de verse nuevamente envueltos en problemas ajenos a su desarrollo, conturba su libertad de creer y de pensar.
Los más desarrollados confrontan menos necesidades, pero mayores temores que deforman su sistema de pensar y de creer libremente.
El mundo aparece dividido en grupos de países afiliados por la aparente identidad de sus sistemas políticos y sociales.
En tanto que esa identidad no existe realmente, pues los sistemas de cada uno son diversos y ajustados a su idiosincrasia, los agrupamientos son en gran parte sólo adhesión a los núcleos de poder que se presentan en el mundo.
Esa circunstancia crea nuevos factores adversos a la tranquilidad internacional.
De poco serviría, sin embargo, pretender organizar otros grupos que sólo aumentarían las divisiones y romperían la concepción de una sola comunidad internacional amplia, democrática y libre.
La actitud que las grandes potencias han seguido frente a algunos problemas mundiales, en vez de producir la concordia, fomenta la incertidumbre.
Cuando el poder de algunas de ellas se retira de una región en disputa, la presión de las otras crece sobre el mismo lugar.
De ese modo, en vez de producir libertad, y de eliminar motivos de tensión, se multiplican las perturbaciones.
La tensión que padecemos se ha agravado en las últimas semanas en torno a Berlín y al caso alemán.
Es explicable el resentimiento de algunos pueblos contra la ciudad que fue el asiento primordial de un gobierno agresivo contra sus libertades, su independencia y sus creencias; pero en lugar de restaurarse una ciudad de paz, ajena a futuras amenazas, aquellos pueblos siguen mirando en Berlín el motivo fundamental de sus preocupaciones.
El destino de los habitantes de Berlín y de las Alemanias parece relegado e insignificante en la lucha por el poderío.
Es necesario que al considerarse la suerte de esa ciudad y de los alemanes, se tomen en cuenta sus propios anhelos, pues su ocupación militar se hizo para liberar a la población y no para sojuzgarla.
México -ya lo hemos expresado extensamente- sostiene una política internacional clara conforme a principios que han brotado de su experiencia nacional y de su ideario social.
Gracias a que en los momentos más intensos de crisis internacional nos hemos atenido a tales principios, nuestro país ha podido sostener soluciones que a la larga han sido más justicieras y equitativas, más conducentes a la paz y a la cooperación, y más tendientes a la liberación de todos los pueblos y de todos los hombres.
Con esa política, México ha sabido colocarse siempre en la ruta adecuada para comprender la independencia de pueblos antes dominados; para ofrecerles un ejemplo de conformación nacional y democrática y fundado en la libertad y en la justicia social.
Por eso mismo, México que no tiene otra fuerza que la de su moral internacional puede hacer un llamado a la responsabilidad de los dirigentes de los grandes países, a fin de que en la defensa de sus legítimos intereses no rebasan las limitaciones que les impone la presencia de otros pueblos que no son ni pueden ser considerados como objetos pasivos de sus determinaciones, sino como partes sustanciales de la humanidad con derecho a ser tomados en consideración en las decisiones fundamentales.
No hay problema que no pueda resolverse por la justicia, la comprensión y la buena voluntad entre las naciones, si sus gobernantes buscan la paz, mediante al respeto de los derechos ajenos.
Confiamos y confiaremos siempre en la paz del mundo.
Tenemos la convicción de que habrá de llegar un tiempo en que todo el gigantesco esfuerzo técnico y científico que las naciones poderosas hacen ahora para convertirse en supremos artífices del destino humano, beneficiará a todos los hombres, y será utilizado en provecho de la humanidad entera, concebida como una entidad con iguales objetivos, aunque con las diferencias que garanticen a cada quien el resguardo de su naturaleza propia e indestructible.
Por eso mismo hemos sido celosos defensores de la soberanía de todos los pueblos y de su derecho a la autodeterminación.
En ninguna parte esto nos interesa tanto como en nuestro propio Continente Americano, donde a pesar de las transitorias diferencias que surgen entre algunos países, seguiremos trabajando incansablemente para que impere la cordialidad, y para que sean resueltos conforme a la justicia los problemas que puedan presentarse.
Seguimos empeñados en perfeccionar los procedimientos que nos conduzcan a la creación de una zona de mercado común latinoamericano.
Es claro que la primordial directriz consiste en impulsar nuestro desarrollo continental, integrando en lo posible nuestras economías que se hallan en niveles semejantes: pero no es ajena a esa idea la de estrechar siempre más la vida de nuestros pueblos y de fundamentar mejor en nuestra América, la libertad, la justicia y el bienestar.
Por eso mismo en todos los casos en que se plantean proyectos de cooperación interamericana, reiteramos nuestra posición de que la ayuda o el crédito que se conceda o se ofrezca, deben estimular el progreso de cada país, sin afectar su soberanía, y mejorar a su población al destruir las barreras de la miseria, la insalubridad, la ignorancia y la incomunicación.
Esta congruencia política ha sido posible para mi Gobierno, por nuestra estabilidad nacional que es fruto de la Revolución Mexicana.
Las transformaciones que el país ha sufrido en medio siglo, han sido profundas, y nos han obligado a ajustar el ideario social hacia las nuevas metas que nos indica nuestro propio desenvolvimiento.
Lo hemos hecho sin vacilaciones y el país las ha recibido con la seguridad reafirmada en su progreso.
Una vez más me parece justiciero reconocer y declarar que en la solidez de nuestras instituciones, han sido incansables factores el Ejército Mexicano y todas las fuerzas armadas del país, de tierra, mar y aire.
En materia agraria rebasamos ya el aspecto de la división de la tierra y de su entrega a los campesinos y, sin mengua de continuarlo hasta el final, nos hallamos entregados a la resolución de los problemas de la organización de la propiedad ejidal y de la vida rural, a fin de que se haga más productora la población y consuma ampliamente los bienes de la industria.
Esa organización tiende al aprovechamiento de todos los recursos ejidales, al mejoramiento de la técnica en el uso del agua, de la maquinaria y de los fertilizantes, y a la estabilización del mercado agrícola para la protección de los precios y a la seguridad del ingreso de las familias del campo.
Dentro de una concepción técnica más adecuada y moderna, ejidatarios y pequeños propietarios vienen demostrando la unidad de la vida rural, y la fecunda cooperación entre los sectores de la población campesina.
En el aspecto obrero, el régimen revolucionario ha demostrado que el respeto de los derechos laborales, tanto como la elevación económica, técnica y cultural de la mano de obra, beneficia a la industria en general y hace posible la integración industrial del país, sin la cual no podremos cimentar la independencia económica de México.
En materia social, tanto obrera como campesina, nadie discute ya los fundamentales derechos que la Constitución Mexicana había establecido desde 1917, por cuya plena vigencia, ampliación y perfeccionamiento han trabajado y trabajan los gobiernos revolucionarios.
Siempre ha sido para nosotros, como personal convicción, como postulado de programa antes y como norma de actuación después de asumir el poder, indeclinable el respeto por la vida democrática de las organizaciones de trabajadores.
Nadie puede afirmar válidamente que hayamos intervenido en alguno de ellos con la mira de influir en sus determinaciones o en la elección de sus dirigentes.
La clase obrera mexicana tiene conciencia clara de su misión social e histórica, y decide por sí misma sus cuestiones internas.
Solamente quienes, desde posiciones sectarias inadmisibles para los propios trabajadores, pretenden vanamente alcanzar la dirección de los sindicatos o de las federaciones obreras para manejarlas de acuerdo con sus tendencias políticas, niegan la independencia de los mismos inculpándonos del fracaso de sus ambiciones.
Mi Gobierno respeta al sector obrero en su dignidad e integridad sociales, no sólo porque es una parte fundamental de la nación mexicana, sino porque debe ser especialmente protegido y estimulado en la plenitud de sus derechos.
No es tarea del Gobierno ni de sus funcionarios ejercitar las actividades democráticas de los sindicatos; son los trabajadores mismos, conforme a las leyes establecidas, los que viene asumiéndolas plenamente.
Los campesinos y los obreros saben los afanes del régimen que presido para que sus derechos sean respetados; la adhesión constante que de ellos recibimos es la mayor prueba de su comprensión a nuestras tareas, el mejor aliciente para continuarlas y el más firme respaldo a las instituciones revolucionarias mexicanas.
De nuestra Revolución se han originado los planes que mantenemos en marcha para aumentar y mejorar la educación nacional, en todos los grados; para ampliar los beneficios de la seguridad social y para satisfacer en la forma creciente como lo venimos haciendo, los requerimientos de la habitación popular.
En ninguno de estos renglones descansará la obra revolucionaria de mi Gobierno.
Como fruto del mejoramiento social que ha producido la Revolución, la vida democrática del país se ha asentado firmemente.
El progreso cívico es acelerado; en cada etapa electoral podemos comprobarlo.
El régimen de partidos políticos establecido por la ley ha sido eficiente en sus propósitos, y la ciudadanía ha sabido responder a la confianza depositada en ella.
Una vez más debemos recordar que la actividad democrática, en todos los órdenes de la vida nacional, no es tarea exclusiva del Gobierno, sino que corresponde por igual a los ciudadanos, a sus organizaciones sociales, y a los partidos políticos.
Puede afirmarse que a éstos corresponde siempre la iniciativa y al Gobierno queda encomendada la coordinación y la vigilancia de los derechos de cada quien.
En lo que toca al Gobierno mismo, la democracia institucional se destaca notablemente.
El respeto recíproco entre los poderes es completo, sin mengua de su mutua cooperación, puesto que son expresiones de una misma tendencia revolucionaria y tiene origen en la misma voluntad popular.
Dentro del sistema federal, hemos respetado siempre la autonomía de las entidades federativas y municipales, y sólo hemos intervenido a su requerimiento, en su auxilio, cuando sus problemas afectan el interés nacional o ponen en peligro la tranquilidad pública.
En el seno del Poder Ejecutivo, la subordinación jerárquica de los funcionarios no ha sido obstáculo para su libertad de acción, y para que todos y cada uno actúen con responsabilidad ante el pueblo mexicano, al que todos servimos celosamente.
Como Titular del Poder Ejecutivo, tengo clara conciencia de que el pueblo comprende todos los esfuerzos que hemos hecho en favor de la democracia y del mejoramiento cívico nacional.
Estimo justificado reconocer el esfuerzo legislativo y democrático de la XLIV Legislatura Federal que ayer concluyó sus funciones.