Discurso de Adolfo López Mateos en su Sexto Informe de Gobierno

Chapter 5

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Las cifras y datos que hemos dado y los que pueden elaborarse para cuantificar el trabajo de estos seis años, significarían poco si las obras emprendidas no estuvieran henchidas de nuestro entusiasmo amoroso, conjugado con la solidaridad y estímulo del pueblo.

Durante seis años me ha acompañado el pueblo, con su sólido respaldo, con su fe redoblada, con su cariño creciente.

Mi gratitud para él tiene la magnitud de su propia grandeza; de la grandeza de su generosidad que no conoce límite.

La obra que realizó nuestro Gobierno no siempre fue a la medida de nuestros deseos, pues hubo de ajustarse a los medios disponibles.

Constituye un cerco para la voluntad del gobernante tener que obrar dentro de lo posible; uno de sus desalientos consiste en saber cuántas cosas deberían hacerse, vistas las necesidades de su pueblo y, a la vez, conocer que no se cuenta con elementos para realizarlas todas.

Cuando el gobernante se hace esas reflexiones -no sin cierta amargura- y las guarda en su conciencia, no faltan quienes crean que ignoraba los hechos reales o que era negligente; pero frecuentemente lo cierto es lo contrario: al saber las deficiencias y limitaciones de los recursos, hace lo posible por reducir aquéllas e incrementar éstos, y llegado al límite de lo factible ajusta a éste su tarea, mientras escucha las críticas contra lo que podría considerarse su imprevisión o su ignorancia.

Durante el último año, venturosamente nuestra labor se realizó en circunstancias interiores y exteriores, que es bueno tener presente para valorar el sentido del desenvolvimiento de la vida nacional.

Tenemos la satisfacción de repetir que hemos logrado fórmulas institucionales, que permiten el cambio de los hombres en la dirección gubernativa, sin que peligre la paz pública, se altere la vida del país o se rompa la continuidad del esfuerzo nacional para nuestro desarrollo.

Por eso observamos con agrado que las operaciones electorales que han de llevarse a cabo, para la renovación de los gobernantes influyen cada vez menos en el mantenimiento del ritmo de trabajo.

Los mexicanos ahora se preparan, organizan y asisten a las elecciones generales, sin que el proceso de las tareas en marcha o en preparación, se detenga por temores o incertidumbres.

Asimismo, a pesar de la influencia que tienen sobre nuestra vida los acontecimientos que ocurren fuera del país -y que significan mucho para nosotros, en lo material o en lo moral-, el ambiente nacional es menos vulnerable a las alternativas perjudiciales que de aquéllos pueden derivarse.

Nuestra solidaridad nacional nos da estabilidad y firmeza y nos produce el respeto de nuestros amigos, unido a las muchas consideraciones que de ellos recibimos.

En el proceso electoral para la renovación de los Poderes de la Federación, la actividad de los partidos políticos ha mejorado notablemente las tendencias nacionales se definieron mejor; nuestro régimen representativo ha afinado sus perfiles; el pueblo pudo votar con tranquilidad, sin cortapisas ni presiones, y la responsabilidad de toda la ciudadanía tuvo una brillante ocasión de manifestarse.

Todo eso, que es producto de la estabilidad social y política del pueblo mexicano, ha revertido fortaleciendo más aún la cohesión y tranquilidad de nuestro país.

La tranquilidad que el país presenta después de las elecciones, es la manifestación indudable del consenso popular con su limpieza y sus resultados.

Nos enorgullece esa tranquilidad, tomados en cuenta sus orígenes y sus consecuencias, sobre todo en una época en que otros pueblos que parecían haber alcanzado definitivamente las metas democráticas, se hallan sometidos a perturbaciones que amenazan y oscurecen su porvenir.

Triunfaron los candidatos de la tendencia revolucionaria mexicana.

Con su victoria, se han acrecentado las obligaciones de todos los sectores que creen y luchan por el progreso y por la justicia social; de los hombres que han actuado en diversas fases de la Revolución; de las nuevas generaciones que han recibido su legado; de los dirigentes sociales que trabajan por el mejoramiento de sus sectores; de los profesores e intelectuales que influyen sobre las conciencias nacionales; de los que creen en un México perfectible y lo quieren más justo y más venturoso para todos.

En la medida en que la tendencia revolucionaria es y ha sido la que origina y fortalece la estabilidad nacional, aumenta su responsabilidad para sostener, y mejorar la unidad de los mexicanos

Después de un proceso electoral tan transparente como el que culminó el pasado 5 de julio, con la franca aceptación que de sus resultados han hecho los partidos contendientes, tenemos la certeza de que el nuevo gobierno representa la voluntad del pueblo y se halla respaldado sólida y ampliamente por él.

Me considero conocedor de las virtudes personales de los electos, especialmente del ciudadano que, por voluntad expresa y arrolladora del pueblo, habrá de sucederme en la investidura que ostento, y por eso, es mayor que nunca mi tranquilidad sobre el futuro de México.

De esa circunstancia me felicito y felicito al pueblo mexicano, por conducto de vuestra soberanía.

Si el pueblo, en las recientes elecciones, votó mayoritariamente por la Revolución Mexicana, serán sus postulados y su programa los que sigan alentando la vida nacional.

Por eso, nada debemos procurar los mexicanos con más entusiasmo, durante los años que vienen, que la unidad inquebrantable en torno a nuestra patria, la firme adhesión a los principios que ella ha definido en el curso de su historia y la confianza en las perspectivas que ofrece el porvenir de la nación.

Entre tanto, la situación del mundo no es del todo tranquilizadora.

Podríamos decir que hemos progresado en el desarrollo de las fuerzas que trabajan por la paz, pero no están ni con mucho vencidas las que sueñan con la agresión y con la guerra.

De tiempo en tiempo, en uno o en otro contiene, esas fuerzas parecen revivir y actualizarse.

La situación del mundo de la postguerra, cuyo fenómeno principal es la llamada guerra fría, ha derivado hacia zonas de menor tensión y de mayor entendimiento.

Los términos del poder político, económico y militar del mundo, parecen haber cambiado.

La polarización dual de la capacidad atómica bélica, se modifica ante la presencia de nuevos países con fuerza nuclear, que no por ser menos poderosa implica menores peligros.

La afiliación de los países en bloques, fenómeno que parecía dominar el panorama mundial, ha perdido rigidez y deja entrever la diversidad de circunstancias en que viven muchos países que parecían uniformes en su estructura y objetivos.

Cada vez adquieren mayor conciencia sobre sus problemas comunes, los pueblos que se hallan en vías de desarrollo y es más que coincidente, el planteamiento de sus problemas fundamentales.

En lo económico, las comunidades comerciales que se han organizado y están en marcha, han modificado el agrupamiento de las naciones; en lo político, el incremento de estados independientes crea problemas a la organización internacional y afecta las perspectivas de su orientación futura.

Por otra parte, las disensiones que han surgido entre países que parecían unidos en bloques compactos, demuestran que el mundo internacional es mucho más variado de lo que pudo parecer en los años inmediatamente posteriores a la terminación de la Segunda Guerra Mundial.

Continúa el proceso por cimentar la convivencia pacífica entre las naciones, sin importar su raza, idioma, creencias o sistema político-social.

Hasta que no se afirme definitivamente, ese proceso seguirá en los años que vienen y a él debemos aportar continuamente nuestro más limpio apoyo.

Hemos pugnado por dar a la convivencia, no sólo el signo de la amistad sino como forma política una estructura económica mediante la renovación de los términos del comercio mundial.

Si los pueblos todos llegan a comerciar libremente, si las barreras arancelarias de los más desarrollados descienden y los productos de los menos desarrollados, pueden entrar fácilmente en sus mercados; si los países en desarrollo pueden defenderse de la invasión comercial que para ellos significaría la reciprocidad arancelaria con los industrializados; si el comercio no encuentra obstáculos por motivos políticos; si los productos primarios son bien remunerados; si los países menos desarrollados pueden importar suficientes bienes para su desarrollo, sin perjuicio de su estabilidad monetaria; si los créditos se facilitan para abarcar todos los sistemas comerciales; si el intercambio comercial se somete a revisiones y constantes afinamientos que corrijan su injusticia; es indudable que la convivencia pacífica entre los países puede fortalecerse y asegurarse su prosperidad.

Así lo hemos creído y por eso nos esforzamos en ampliar, defender, diversificar y alentar nuestro comercio exterior.

Un comercio mundial ordenado y activo, dentro de las nuevas perspectivas que comienzan a plantearse, es base para que pueda sobrevivir la civilización de la que participan ya, aunque no en igual medida, todos los pueblos de la tierra.

Los países no pueden encerrarse en sí mismos, permanentemente, para lograr su mejoría.

Si bien lo fundamental, para su desarrollo, ha de ser el esfuerzo de sus nacionales, para que éste sea venturoso y fecundo, se requiere que no tropiecen en el exterior con cortapisas injustas ni restricciones artificiales.

Muchos pueblos de economía limitada, planean coordinarse para progresar mejor, convencidos de que la atomización económica no es el camino acertado.

Esta unión o coordinación de países semejantes entre sí, hará más fácil el logro de sus metas y mejorará su comercio y su capacidad de desenvolvimiento.

Entre tanto, en el panorama mundial aparecen otros signos adversos.

Gran parte de las dificultades que se afrontan, son producto de la propaganda o de la desviación de la verdad, a que se ha sometido a muchos pueblos, que así quedan incapacitados para comprender las nuevas realidades surgidas en otros países.

Las fuerzas interesadas en disfrazar la verdad, respecto de lo que sucede en la vida de las naciones, son las responsables de que el entendimiento entre ellas no sea más espontáneo y realista.

En medio de esas circunstancias mundiales que contemplamos, México ha de seguir, firme, la ruta de sus doctrinas y de sus convicciones.

En lo futuro se llegará a convenir en que teníamos razón en nuestras actitudes, a la luz de nuestra experiencia nacional.

Los principios que México sostiene no son nuevos, sino muy antiguos, tan viejo casi, como la civilización occidental, principios que sustentan que los pueblos, como los individuos han de ser libres, cordiales y capaces de definir sus propios destinos, sin presiones ajenas y sin provocaciones, para poder convertirse en sujetos activos y pasivos de la cooperación internacional y en factores de la paz continental y mundial.

Las poblaciones de todos los países, tienen derechos a superarse y los habitantes de los Estados de la Comunidad Internacional, deben estar capacitados para buscar su felicidad personal y la de sus familias.

Nada de lo que constituye la entraña de la cultura y la civilización occidentales, nos conduce a afirmaciones contrarias; para nosotros, las instituciones sociales, culturales y políticas, nacionales e internacionales, son para el bien del hombre, para concurrir a la realización de la persona humana y no a su avasallamiento o frustración.

Tales son los viejos principios que México sostiene y sostendrá en cada ocasión, en que un conflicto interno o externo lo requiera, aunque no altere el ritmo de su vida nacional.

Antes de terminar este Informe quisiera que renovemos, en un acto colectivo, nuestra fe en el destino de México, que nos empeñemos en consolidar nuestra unión nacional y que destinemos todo nuestro esfuerzo para hacer que la justicia social y la prosperidad alcancen a todos los mexicanos.

Nuestra actuación será más fecunda en cuanto logremos que nuestros hijos sientan, como nosotros, el orgullo de llamarse mexicanos y continúen empeñados en trabajar por la grandeza del país.

Señores diputados, señores senadores:

He mencionado en este Informe, algunas de las metas alcanzadas en un sexenio de singular esfuerzo.

A pesar de las condiciones internas y externas, no siempre favorables, en que tuvo que cristalizar este esfuerzo, en muchos aspectos importantes de la vida y de la economía nacionales, en sólo seis años, se pudo duplicar lo existente en el país e iniciar nuevos campos de actividad creadora.

Durante el sexenio recorrimos varias veces el territorio nacional, en viajes que suman más de 200,000 Kilómetros por todos los medios de transporte.

En las miles de poblaciones visitadas, en contacto con el pueblo conocimos en diálogo directo sus aspiraciones, sus problemas, sus carencias; y pusimos en realizar aquéllas, en atender los otros, en amenguar éstas, no sólo nuestro esfuerzo y los recursos disponibles, sino nuestro corazón; porque sabemos y sentimos que sólo quien ama al pueblo puede comprenderlo y servirle bien.

No hubo sector alguno de mexicanos, que fuera desatendido por la acción solícita del Gobierno.

Conocimos los problemas de todos y nos esforzamos, hasta el límite de lo posible, en resolverlos.

Lo saben bien los campesinos y los obreros, los servidores públicos y las fuerzas armadas, los industriales, los banqueros y los comerciantes, los estudiantes y los maestros, las madres de familia y los jóvenes.

Con todos dialogamos, y en ese diálogo surgió siempre la comprensión y, a menudo, luces y recursos para vencer obstáculos, para encontrar fórmulas constructivas, para hallar, en suma, satisfacción a sus demandas.

He sostenido repetidamente que para la Revolución Mexicana, el hombre, el pueblo, no son un medio para cumplir los fines del Estado, sino todo lo contrario; es el Estado un medio para cumplir los altos fines del hombre y del pueblo.

Por ello, todas las tareas del Gobierno se conjugan para elevar sus niveles de vida en todos los órdenes, para servirle con integridad y eficacia.

Es el pueblo el que forma su gobierno y le da los medios para el desempeño de sus tareas; por eso puedo afirmar, una vez más, que toda la obra llevada a cabo en este sexenio, es solamente obra suya y producto de su redoblado esfuerzo.

Hay en el mexicano un entrañable, dinámico afán de mejoramiento, de progreso personal y colectivo; a él obedecen gran parte de sus luchas seculares y su decisión sostenida de perfeccionar, cada vez más, sus instituciones políticas y sociales; que lo guíe en esos propósitos es lo que quiere de su Gobierno; para eso lo elige y para eso lo apoya.

Hace un sexenio el pueblo de México me escogió de entre sus filas para entregarme la responsabilidad de dirigirlo, durante seis años, en sus esfuerzos, en sus afanes, en su lucha por labrar su destino.

Si durante ese lapso mi empeño y el de mis colaboradores, acertaron reducir el ámbito de la insalubridad, de la ignorancia, de la pobreza, de la inseguridad y de la injusticia; si pudimos lograr campos de actividades más amplios y mejores para el quehacer del mexicano; si fuimos capaces, sin apartarnos de la doctrina de nuestra Revolución ni del cumplimiento de sus leyes, de perfeccionar nuestras instituciones jurídicas y políticas; si unimos más a los mexicanos en su amor y en sus deberes para con México; si logramos ensanchar el horizonte de la patria y mantener intacta su soberanía y enhiesta la dignidad nacional, será el pueblo quien debe decirlo, y a su fallo inapelable me someto lealmente; de sus filas provengo y a ellas habré de reintegrarme en breve, humildemente, como un hermano más que, cumplida su guardia, vuelve a confundirse con todos sus hermanos.

Contestación del Dip. Manuel Gurría Ordóñez, Presidente del Congreso.

Señor Presidente:

La representación nacional ha escuchado con interés el relato del esfuerzo de un pueblo guiado por la voluntad y la mente de usted en la tarea gigantesca de alcanzar metas superiores.

Ningún hombre es incólume a la experiencia del poder.

Uno es el hombre que entra y otro muy distinto el hombre que sale.

A lo largo de seis años hemos visto gobernar a usted, señor Presidente, entregando su vida toda y marcando a la nación rumbos no sólo en las grandes realizaciones materiales sino en la misión más difícil de armonizar pasiones, sembrando la concordia, la unión de todos.

Entrega usted un México engrandeciendo no sólo en lo físico sino en lo espiritual.

Nos ha usted enseñado que las batallas que se pelean con fe se ganan siempre; que debemos conservarnos serenos ante las emergencias, porque sólo de la serenidad surge el pensamiento inteligente, el valor y la inspiración.

Referirnos aunque fuera brevemente a cada uno de los capítulos por usted abordados, tendría el cansancio de la repetición; todos son importantes y todo ha sido hecho con el pensamiento puesto en la patria.

Pero donde resalta más su extraordinaria visión de estadista, su serenidad ante los problemas y su profunda convicción de que la verdad, el derecho y el bien nunca podrán ser vencidos, es en el aspecto internacional.

Allí, frente a la razón de la fuerza, usted ha opuesto como Juárez, pretendía, la fuerza de la razón y del derecho.

De pie, como acostumbra estar su pueblo.

México ha dicho su verdad en defensa de los débiles y ha sostenido como principio indeclinable, que son sólo los pueblos, y no los intereses que pretenden explotarlos, los que pueden establecer normas de conducta colectiva.

La autodeterminación, el respeto a la voluntad de las mayorías, la no intromisión en asuntos de otros países y el cumplir con la palabra empeñada, son los principios de una política internacional que ha permitido a México señalar caminos manteniendo viva la fe en la libertad, en la democracia, y en el respeto de la dignidad del hombre.

Gracias a esta política llena de limpios acentos democráticos, expresión cabal del tañido jubiloso de la campana de Dolores que un día llamara a nuestros padres a luchar por la libertad, gracias a esta política, México es respetado y no tenemos ni compromisos secretos ni obligaciones inconfesables y podemos decir con orgullo que somos mexicanos y que por este solo título somos hombres libres.

Ayer en un pasado que todavía mantenemos vivo en lo que tiene de grandeza, y de vigencia, dijimos que el respeto al derecho ajeno entre los individuos como entre los pueblos es la paz, y ahora, con usted, seguimos sosteniendo, como en su histórico discurso del 14 de octubre de 1959 ante el Consejo de las Naciones Unidas que no hay conflicto que no pueda solucionarse pacíficamente y que la paz del mundo se funda en el principio de la seguridad y de todos y en el derecho que es la norma invariable que ampara al hombre en el seno de la sociedad.

Una paz sin justicia sería opresiva y una paz sin progreso estéril inacción.

Con la devolución de El Chamizal al seno de la patria habrá de entregarnos dentro de breves meses un país más grande, siendo también, por la acción de su régimen más grande en lo cultural, en su desarrollo económico, en los derechos de sus hombres y en mejores oportunidades de educación para sus hijos.

Es para los mexicanos motivo de significado orgullo el rango internacional que la solución de este problema ha tenido.

Nos satisface el tono cordial de las conversaciones sostenidas con el señor Presidente Johnson de los Estados Unidos de Norteamérica, al examinar con amplitud el problema de la salinidad de las aguas del Río Colorado, adoptándose medidas provisionales mientras se logra una solución definitiva que ya ha sido planteada en las conversaciones de alto nivel que contiene su informe.

En el aspecto interior, el clima de concordia, de trabajo, y de paz que vive la República se debe en parte muy importante a los multiplicados esfuerzos de usted por mejorar el nivel de vida de todos los ciudadanos.

De lo ejecutado en el capítulo de inversiones públicas, queda patente una tesis rectora que es preciso subrayar aquí; para la Revolución de México el hombre es y sigue siendo lo primero.

El desarrollo del país es esencialmente mexicano, tanto por sus metas como por los medios que se utilizan para lograrlas.

Nuestras relaciones con el exterior en materia económica se hacen en forma complementaria a los recursos nacionales.

Si la obra constructiva de la administración es extraordinaria, debemos señalar que ésta tiene el hondo sentido social de servir al mexicano para mejorar su ambiente y darle un mejor nivel de vida, esto es aparentemente intangible, pero tiene tal alcance y profundidad que nos permite aseverar sin exageración que estamos acabando de integrar una patria con un nuevo tipo de mexicano; con toda clase de derechos y amplísimas oportunidades de educación, seguridad social y mejores instituciones políticas para el ejercicio de la libertad y la democracia.

Además, es preciso subrayar que el gasto del Gobierno Federal en materia de Administración , es relativamente pequeño aun en comparación con la forma de administración de la empresa privada.

Nuestro gasto del ejército y armada, viene a ser uno de los más bajos del mundo y no es simplemente un gasto en armamentos y equipo bélico, sino además contribución a mejorar educativamente y en salubridad, a la colectividad nacional.

Preocupación principal de su gobierno ha sido el tema Agrario, porque la historia de México, se ha dicho y con razón es la lucha del hombre por la posesión de la tierra.

El apoyo al ejido no excluye el respeto y el apoyo a la pequeña propiedad.

La política que usted ha llevado a cabo en ese ángulo de nuestra vida, merece el aplauso de la mayoría de esta representación nacional.

Inició usted la Reforma Electoral, que con acento propio nuestro, distinto a lo que pasa en el mundo, no permite ver aquí representantes de todos los partidos y no permitirá escuchar su voz en relación con los problemas más importantes, después de que el pueblo realizó una elecciones única en nuestra historia y ejemplares en un mundo convulso, donde ratificó clamorosamente el programa social de la Revolución y expresó su voluntad de seguir adelante.

En materia educacional el esfuerzo hecho en el país ha sido impresionante.

De 1,343 millones de pesos el presupuesto se elevó a 4,536 millones.

Se ha construido un aula cada dos horas, titulado 29,360 nuevos profesores y capacitado 17,472 que carecían de títulos.

Se crearon 22,000 plazas docentes para ciclos posprimarios y se han distribuido 114 millones de ejemplares de libros de texto gratuito.

Millones de niños concurren a las Escuelas del Estado y el plan de once años, la escuela prefabricada, el impulso sin precedentes a la educación técnica, el apoyo decidido a las Universidades de los Estados, lo que significa nacionalizar la cultura en lugar de centralizarla con toda razón, todos estos esfuerzos se traducen en el abatimiento espectacular del analfabetismo que si todavía en 1960 fue de 36.39% para este año habrá descendido al 28% en una República de tan intenso crecimiento demográfico como es la nuestra.

Frente a esta obra impresionante, hay otra labor llena de ternura, de íntima expresión humana, la de dar pan al niño que no lo tiene al través de esa generosa campaña de desayunos escolares que usted por modestia, señor Presidente, no ha podido subrayar con el énfasis que ella misma tiene, de esa labor que dirige en México la compañera de su vida, esa mujer nobilísima, maestra y madre ejemplar, cuya mano se extiende siempre para enjugar una lágrima o para calmar un sufrimiento, me refiero a la maestra que figura ya en el corazón del pueblo de México, y que se llama doña Eva Sámano de López Mateos ante la cual nos descubrimos con el mayor respeto.

Señor Presidente: