Discurso Apologia De La Hispanidad Pronunciado En Buenos Aires
Chapter 1
Discurso pronunciado en el Teatro «Colón», de Buenos Aires, el día 12 de octubre de 1934, en la velada conmemorativa del «Día de la Raza»
Lector: Estas palabras que vas a leer acaso llegaron a ti en la alta noche llena de inquietudes –una más en el suplicio de incertidumbres por la suerte de un trozo de la Patria entre las manos de los bárbaros–; y llegaron a lomos de ondas entre dos noticias anodinas que no lograban sino colmar tu confusión y tus temores para derramarse como un sedante sobre tu alma.
Hoy vienen, en cambio, hechas letra impresa, a desasosegarte con la exaltación de una esperanza luminosa, prendida sobre un recuerdo de grandezas y sobre un tesoro de posibilidades.
La misma que ganaba en la noche de fiesta del Colón, a un público mal dispuesto, por lo común, a un rendimiento como el que la voz de la vieja nación gloriosa en labios del Dr. Gomá, provocaba en los hondos entresijos raciales del alma nacional de unos pueblos mozos.
Ministro de la Hispanidad maravilloso tenia por fuerza que ser éste que, como ministro de Dios, tan alta jerarquía tiene ganada, no tanto en las honras como en la escala de valores positivos del corazón y de la inteligencia.
Porque el Dr. Gomá, en la línea de las más poderosas inteligencias de la Iglesia española contemporánea –los Torras y Batges, los Balmes, los Amor Ruibal, los Arintero–, aún más que por su alta dignidad de Arzobispo Primado de España, debe el renombre que goza y la categoría que se le reconoce universalmente a su vastísima cultura y a su fuerte razón teológica.
Sus obras «La Eucaristía y la vida cristiana», «Valor educativo de la Liturgia», «Los Evangelios explicados», «El matrimonio y el divorcio»… hablan no del vulgarizador –como su modestia gusta de calificarse–, sino del profundo conocedor de las arduas disciplinas, que ya había sabido reconocer en él el Sumo Pontífice, cuando le confirió el cargo de ponente en la Junta de Teólogos consultores reunida para el estudio de la definición del dogma de la Asunción.
De su sentido patriótico entrañable –y esta es otra de sus acusadas características– está transido este magnífico discurso del ilustre sucesor del inolvidable Cardenal Segura, en la Silla Primada de Toledo, que vas a leer. Supo hacerlo resaltar con tino, al servirle de introductor ante él público de Buenos Aires, Martínez Zubiría; el que con su labor literaria ganó para el seudónimo «Hugo Wast» tan merecida nombradía.
Este discurso, que rueda ya las repúblicas de América en centenares de miles de copias, y en el que se expone de un modo magistral la doctrina para cuya defensa y difusión nació ACCIÓN ESPAÑOLA, es el que ahora, lector, tienes ante tus ojos.
Introducción
Nunca, en funciones de orador, me sentí sobrecogido como en estos momentos. Me encuentro como desplazado, porque todo aquí es para mí nuevo: el sitio, un teatro fastuoso en vez de un templo; un auditorio cultísimo, en que se concentra la flor de una civilización; el tema, que deberá versar sobre la Raza, y que sólo de lejos podrá rozarse con las doctrinas del magisterio episcopal; y, sobre todo, el enorme desnivel entre esta asamblea y este orador. Porque yo he venido aquí sin el bagaje de un ideario que pueda llenar las exigencias de vuestro pensamiento, sin esta autoridad que sólo puede dar un nombre especializado en cuestiones de americanismo o consagrado por la elocuencia, y sin lo que en estos momentos se requiere para dar tono a un discurso: una palabra rica para reproducir, como en un arpa, los movimientos del espíritu o el relampagueo de una imaginación que no tengo; cálida, para que produzca en los corazones el entusiasmo o la emoción; fuerte, intencionada y dúctil, para fundir en uno vuestro pensamiento y el mío: que en todo esto consiste la elocuencia, y ésta, la soberana de las almas, fue siempre más propicia a los jóvenes que a los viejos, para quienes, dice Cicerón, naturaleza ha reservado los dones pacíficos y lentos del buen juicio y del consejo.
Pero no me arredra este cúmulo de factores adversos. Son más y de mayor fuerza los que me alientan. Es la invitación, llena de fraternal afecto, del Sr. Arzobispo de Buenos Aires, que, interpretando el sentir hispano de este gran pueblo, del que es pastor insigne, llama al Primado de España para que interprete el sentido de hispanidad de esta fiesta de la Raza y evoque por unos momentos nuestra unidad de origen, de historia y de destinos, en la caduca Europa y en esta América, lozana y pujante. Es esta lengua, vuestra y mía, que acá injertaron los españoles en los pueblos aborígenes y que dentro de un siglo será el vínculo social de cien millones de seres humanos. Es el alma latina, y especificando más, el alma española, asiento de la hidalguía, madre de la claridad espiritual meridiana, que ha llenado ambos mundos con el hálito del amor que funde y con este sentido cristiano que acá y allá forma el subsuelo de la vida. Es esta fe la fe de Jesuristo, que empujó a nuestros mayores a salvar el Atlántico; que arrancó de la idolatría a los viejos pobladores de América; que realizó la visión de Miqueas, porque por ella pudo levantarse en todo meridiano la Hostia pura y Blanca, “oblatio munda”, desde las bajas Antillas a los Andes, de la tierra de Magallanes a Beering, y desde la que hoy el Amor de los amores, vuestro Jesús y mi Jesús, ha dominado inmensas multitudes, fundido el pensamiento en el mismo dogma y el corazón en la misma caridad. Es la misma autoridad espiritual, el gran Papa Pío XI, que ha querido dar a este Congreso Eucarístico un sello particular de unidad, enviándole la representación más alta y más identificada con él, el Emmo. Cardenal Pacelli, a quien todos, vosotros y yo, rendimos el homenaje de nuestra admiración por ser quien es y de nuestro rendimiento por lo que representa.
Y en esta unidad múltiple, yo no puedo sentirme ni desplazado ni aturdido, porque me encuentro como en mi patria y entre hermanos, y sé que se me oirá, no como se oye, con alma escrutadora, la disertación fría de un sabio, si yo pudiera serlo, sino como se escucha a un hermano o a un padre que habla con el corazón y los brazos abiertos. En ellos os estrecho a todos, y ello me da desde este momento derecho a vuestra benevolencia.
Os la pido y la espero hasta para el mismo tema que voy a exponer. Porque pudiesen no coincidir nuestros pensamientos. Aunque atados, vosotros y yo, por estos vínculos de unidad de que os hablaba, no todos pensamos ni sentimos igual en las cosas que Dios ha dejado a las disputas de los hombres. Españoles, americanos de veinte naciones, hijos de Portugal, Francia o Italia, rendimos culto a unas palabras que son como denominador común que nos hace vibrar al unísono a todos: cristianismo, progreso, cultura, patriotismo, tradición y otros conceptos que son como el ideal de todo pueblo; y estas otras que concretan más el sentido de esta fiesta: la hispanidad, la Raza, el americanismo…
Pero dejad que formule unas preguntas, ante las que forzosamente se diversificará el sentir de este auditorio: ¿Qué parte tuvo España en el descubrimiento de América? ¿Llevó bien o mal la obra de la conquista y colonización? ¿Sacó España de su obra todo el partido a que tenía derecho? O, por el contrario, ¿fue una codiciosa explotadora de lo que la casualidad, más que su valer, pusiera en sus manos?
Más: las naciones americanas se independizaron de España; ¿qué parte tuvo la madre en la acción de sus hijas? ¿Es que fue madrastra durante siglos, o tirana, o inepta? España, en las historias que han predominado, durante siglos, sobre su actuación en América, desde Las Casas hasta un libro reciente que nos llena de afrenta, ¿ocupa el lugar justo que le señalan los hechos, no las malas voluntades, o, por el contrario, son la exageración, la mentira, la calumnia las que la han desplazado, deshonrándola?
Son múltiples las cuestiones que el americanismo suscita: ¿Tiene que retirarse Europa de América? ¿Es España la que tiene mayores destinos en ella? Los pueblos latinos de Europa y de América tienden a solidarizarse; ¿qué pensamiento debe predominar en esta gran solidaridad, qué ideal: el religioso, el económico, el social o político? ¿Qué denominación es la más adecuada, en esta solidaridad, la de pueblos latinoamericanos o hispanoamericanos? ¿Es la historia, es la etnografía, es el espíritu, donde hemos de buscar la convergencia de los hechos y su empuje a un ideal?
Ramiro de Maeztu acaba de publicar un libro en “Defensa de la Hispanidad”, palabra que dice haber tomado del gran patriota señor Vizcarra, y que ha merecido el “placet” del académico don Julio Casares; pero ¿podemos levantar bandera de hispanidad a la faz de Europa, del mundo entero, enamorado, lleno de codicias, como está, de todas estas Américas opulentas? Para los mismos españoles, ¿cuál deberá ser lo que diríamos forma sustancial de la hispanidad? ¿Qué dosis de religión o de laicismo, de autoridad o libertad, de sangre o pacto, de pensamiento social o político debe entrar en el concepto de hispanidad para que nos dé una fórmula eficaz de utilidad y progreso, de elevación solidaria a las alturas del espíritu, que debe tener la supremacía en toda civilización digna de tal nombre, y que debe ser el alma de todo progreso y bienestar material?
Ya veis que no oculto nada en el vasto panorama, ni hurto el cuerpo a ninguna de las cuestiones gravísimas que suscita el problema americanista. Inútil, por otra parte, empeñarse en echar a vuelo todo el enjambre de ideas que en ellas se encierran. Mejor será tomar un concepto de línea simple y clara, agrupar a su rededor, por afinidad, las ideas de orden secundario que puedan robustecerlo y desechar aquellas otras que no tengan valor lógico o histórico.
Y esto sí que, en esta Fiesta de la Raza, quiero hacerlo con lealtad de caballero español y con celo de Obispo, que en todo debe procurar el esplendor de la Cruz que lleva sobre el pecho y la glorificación de Jesucristo, de quien es Apóstol. Mi tesis, para la que quiero la máxima diafanidad, es ésta:
“América es la obra de España. Esta obra de España lo es esencialmente de catolicismo. Luego hay relación de igualdad entre hispanidad y catolicismo, y es locura todo intento de hispanización que lo repudie”. Creo que esta es la pura verdad. Si no lo creyera, no rompería por ella una lanza. Ahora sí: cuantas estén a mi alcance. Y, Quijote o no, a su conquista voy, alta la visera, montado en la pobre cabalgadura de mis escasos conocimientos y de mi lógica, pero sin miedo a los duendes del laicismo naturalista, a los malandrines de la falsa historia, o a los vestigios envidiosos de la grandeza de mi patria.
América es la obra clásica de España
América es de ayer; pero ayer es, para la historia, el lapso de cuatro siglos y medio que nos separan de su descubrimiento. Y, no obstante, la emoción histórica de este momento en que un continente vastísimo surge de entre mares inmensos, cabeza y pies adentrados en los polos opuestos de la tierra, poblado por razas desconocidas, con sus mil lenguas y sus dioses incontables, con climas que corren desde las zona tórrida a los hielos polares; esta emoción, digo, y el ideal que de ella pudo nacer, ya no hace vibrar el alma del mundo. Es que el mundo, egoísta, ha preferido echarse sobre las Américas con ansia de mercader –iba a decir con hambre de Sancho– y no a sopesar y encauzar, con alma hidalga, los valores espirituales del magno acontecimiento.
Este es el fondo único de todos los problemas del americanismo: el concepto materialista o espiritualista de la vida y de la historia. Tal vez la humanidad hubiese cantado con mejor plectro el hecho inmortal, si no hubiera sido España, la entonces envidiada y temida, hoy la cenicienta de Europa, la que arrancó al Atlántico sus seculares secretos. Quizá hubiera sido mayor la gloria, para las Américas y para la historia, si no se hubiese torcido el movimiento inicial de la conquista, espiritualista ante todo.
Y, no obstante, el hecho está ahí, el más trascendental de la historia; y ésta pide una interpretación y una aplicación legítima del hecho. Porque «la mayor cosa después de la creación del mundo –le decía Gómara a Carlos V– sacando la encarnación y muerte del que lo crió, es el descubrimiento de las Indias». Colón descubriendo las de Occidente y Vasco de Gama las de Oriente, son los dos brazos que tendió Iberia sobre el mar, con los que ciñó toda la redondez del globo. «El mundo es mío, pudo decir el hombre, con todas sus tierras, sus tesoros y sus misterios; y este mundo que Dios crió y redimió, yo lo he de devolver a Dios.» Este fue el hecho, y este debió ser el ideal. La grandeza del hecho la cantaba Camoens cuando decía:
Del Tajo a China el portugués impera De un polo a otro el castellano boga Y ambos extremos de la terrestre esfera Dependen de Sevilla o de Lisboa.
El ideal lo proclamaba la gran Isabel la Católica en su lecho de muerte, cuando dictaba al escribano real su testamento: «Atraer los pueblos de Indias y convertirlos a la Santa Fe Católica». Nuestro gran Lope pondrá más tarde este doble ideal en boca del conquistador de Méjico:
Al Rey, infinitas tierras, A Dios, infinitas almas.
Dejemos a los hermanos de Portugal sus legítimas glorias. A España le corresponde la mayor y la mejor, porque Colón fue el Adelantado de los mares, a quien siguió la pléyade de navegantes a él posteriores, y porque les arrancó el más rico de los mundos. Y esta gloria de Colón es la gloria de España, porque España y Colón están como consustanciados en el momento inicial del hallazgo de las Américas, y porque, cuando el genio del gran navegante terminó su misión de descubridor, España siguió, un siglo tras otro, la obra de la conquista material y moral del Nuevo Mundo.
¡Excelsos destinos los de España en la historia, señores! Dios quiso probarla con el hierro y el fuego de la invasión sarracena; ocho siglos fue el baluarte cuya resistencia salvó la cristiandad de Europa; y Dios premió el esfuerzo gigante dando a nuestro pueblo un alma recia, fortalecida en la lucha, fundida en el troquel de un ideal único, con el temple que da al espíritu el sobrenaturalismo cristiano profesado como ley de la vida y de la historia patria. El mismo año en que terminaba en Granada la reconquista del solar patrio, daba España el gran salto transoceánico y empalmaba la más heroica de las reconquistas con la conquista más trascendental de la historia.
Ningún pueblo mejor preparado que el español. La convivencia con árabes y judíos había llevado las ciencias geodésica y náutica a un esplendor extraordinario, hasta el punto de que las naciones del Norte de Europa mandaban sus navegantes a España para aprender en instituciones como el “Colegio de Cómitres” y la “Universidad de los Mareantes”,, de Sevilla. Libre España de la pesadilla del sarraceno, sabia en el arte de correr mares, situada en la punta occidental de Europa, con una Reina que encarnaba todas las virtudes de la raza: fe, valor, espíritu de proselitismo cristiano, recibe la visita de Colón, desahuciado en Génova y Portugal. Y España, que podía haber dedicado su esfuerzo a restañar sus heridas y a reconstruir su rota hacienda y a reorganizar los cuadros de sus instituciones civiles y políticas, oye a Colón, cree en sus ensueños, que otra cosa no eran cuando su primera ruta, fleta sus famosas carabelas y envía sus hombres a que rasguen con su pecho de bronce las tinieblas del Atlántico. Y hoy se cumplen cuatrocientos cuarenta y dos años desde que las proas de las naves españolas besaban en nombre de España esta tierra virgen de América. Tendido quedaba el puente entre ambos continentes.
América es la obra de España por derecho de invención. Colón, sin España, es genio sin alas. Sólo España pudo incubar y dar vida al pensamiento del gran navegante, que luchó con nosotros en Granada; a quien ampararon los Medinaceli, a quien alentó en la Rábida el P. Marchena, a quien dispensó eficaz protección mi insigne predecesor el gran Cardenal Mendoza; que halló un corazón como el de Isabel y hombres bravos para saltar de Palos a San Salvador. Sin España no hubiese pasado de sueño de poeta o de remembranza de una vieja tradición la palabra de Séneca: «Algunos siglos más, y el océano abrirá sus barreras: una vasta comarca será descubierta, un mundo nuevo aparecerá al otro lado de los mares, y Tule no será el límite del universo.»
Al descubrimiento sigue la conquista. Cuando se funda –ha dicho alguien– no se sabe lo que se funda. Cuando España, el día del Pilar de 1492, abordaba en las playas de San Salvador, no sabe que tiene a uno y otro lado de sus naves diez mil kilómetros de costa y un continente con cuarenta millones de kilómetros cuadrados. Ignora que lo pueblan millones de seres humanos, partidos en cien castas, con una manigua de idiomas más distintos entre sí que los más diversos idiomas de Europa. No sabe que la antropofagia, la sodomía, los sacrificios humanos, son las grandes lacras de Aztecas y Pieles Rojas, Caribes y Guaraníes, Quechuas, Araucanos y Diaguitas. No importa: España es pródiga, no cicatera; tiene el ideal a la altura de su pensamiento cristiano; no mide sus empresas por sus ventajas, y se lanzará con toda su alma a la conquista del Nuevo Mundo.
Imposible hablar de la conquista y colonización de América. Una epopeya de tres siglos no cabe en una frase; y la obra de España en América es más que una epopeya: es una creación inmensa, en la que no se sabe qué admirar más, si el genio militar de unos capitanes que, como Cortés, conquistan con un puñado de irregulares un imperio como Europa, o el espíritu de abnegación con que Pizarro, el porquerizo extremeño, vencido por la calentura, traza con su puñal una línea y les dice a sus soldados, que quieren disuadirle de la conquista: «De esta raya para arriba, están la comodidad y el Panamá; para abajo, están las hambres y los sufrimientos, pero al fin, el Perú»; o el valor invicto de aquellos pocos españoles que sojuzgan a los indios del Plata, «altos como jayanes –dice la historia–, tan ligeros que, yendo a pie, cogen un venado, que comen carne humana y viven ciento cincuenta años», fundando la ciudad de Santa María del Buen Aire, hoy la Buenos Aires excelsa; o el celo de Obispos y misioneros que abren la dura alma de aquellos salvajes e inoculan en ella la santa suavidad del Evangelio; o el genio de la agricultura, que aclimata en estas tierras las plantas alimenticias de Europa, que llevarán la regeneración fisiológica a aquellas razas y que hoy son la mayor riqueza del mundo; o el afán de cultura que sembró de escuelas y universidades estos países y que hacía llenar de libros las bodegas de nuestros buques; o aquel profundo espíritu, saturado de humanidad y caridad cristiana, con que el Consejo de Indias, año tras año, elaboró ese código inmortal de las llamadas “Leyes de Indias”, de las que puede decirse que nunca, en ninguna legislación, rayó tan alto el sentido de Justicia, ni se hermanó tan bellamente con el de la utilidad social del pueblo conquistado.
Se ha acusado a España de codicia en la obra de la conquista: “Auri rabida sitis “–decía en frase exagerada Pedro Mártir–“ a cultura hispanos avertit”. España, no; muchos españoles, sí, vinieron a las Américas tras el cebo del oro; como acá vinieron muchos extranjeros mezclados con las expediciones españolas; como muchos otros, piratas, para quienes era mucho más cómodo desvalijar los galeones que regresaban a España con el botín. Pero el oro vino más tarde; antes tuvieron que pasar los españoles por la dura prueba de la miseria y del clima tropical que los diezmaba.
¡Que los españoles fueron crueles! Muchos lo fueron, sin duda; pero ved que la dureza del soldado, lejos de su patria y ante ingentes masas de indígenas, había de suplir el número y las armas de que carecía. Y ved que la primera sangre derramada sobre aquella tierra virgen, es la de los treinta y nueve españoles de la “Santa María”, primeros colonos de América, sacrificados por los indios de la Española.
La obra de España en América está hoy por encima de las exageraciones domésticas de Las Casas y de las cicaterías de la envidia extranjera. Es inútil, ni cabe en un discurso, reducir a estadísticas lo que acá se hizo, en poco más de un siglo, en todos los órdenes de la civilización. Al esfuerzo español surgieron, como por ensalmo, las ciudades, desde Méjico a Tierra del Fuego, con la típica plaza española y el templo, rematado en Cruz, que dominaba los poblados. Fundáronse universidades que llegaron a ser famosas, en Méjico y Perú, en Santa Fe de Bogotá, en Lima y en Córdoba de Tucumán, que atraía a la juventud del Río de la Plata. Con la ciencia florecían las artes; la arquitectura reproduce la forma meridional de nuestras construcciones, pero recibe la impresión del genio de la raza nueva; y el gótico, el mudéjar, el plateresco y el barroco de Castilla, León y Extremadura, logran un aire indígena al trasplantarse a las florecientes ciudades del Nuevo Mundo. La pintura y la escultura florecen en Méjico y Quito, formando escuela; trabajan los pintores españoles para las iglesias de América, y particulares opulentos legan sus colecciones de cuadros a las ciudades americanas. Fomentan la expansión de la cultura la sabia administración de Virreyes y Obispos, las Audiencias, castillo roquero de la justicia cristiana, los Cabildos y encomiendas, que forman paulatinamente un pueblo que es un trasunto del pueblo colonizador.
Porque esta es la característica de la obra de España en América: darse toda, y darlo todo, haciendo sacrificios inmensos que tal vez trunquen en los siglos futuros su propia historia, para que los pueblos aborígenes se den todos y lo den todo a España; resultando de este sacrificio mutuo una España nueva, con la misma alma de la vieja España, pero con distinto sello y matiz en cada una de las grandes demarcaciones territoriales.
Yo no sé si os habéis fijado en estas rollizas matronas que nos legó el arte del Renacimiento y que representan la virtud de la caridad: al aire los senos opulentos, de los que cuelgan mofletudos rorros, mientras otros, a los pies de la madre o asomando por encima de sus hombros, aguardan su turno para chupar el dulce néctar. Es España que hizo más que ninguna madre; porque engendró y nutrió, para la civilización y para Dios, a veinte naciones mellizas, que no la dejaron, ni las dejó hasta que ellas lograron vida opulenta y ella quedó exangüe.
Porque la obra de España ha sido, más que de plasmación, como el artista lo hace con su obra, de verdadera fusión, para que ni España pudiese ya vivir en lo futuro sin sus Américas, ni las naciones americanas pudiesen, aun queriendo, arrancar la huella profunda que la madre las dejó al besarlas, porque fue un beso de tres siglos, con el que la transfundió su propia alma.
Fusión de sangre, porque España hizo con los aborígenes lo que ninguna nación del mundo hiciera con los pueblos conquistados: cohibir el embarque de españolas solteras para que el español casara con mujeres indígenas, naciendo así la raza criolla, en la que, como en Garcilaso de la Vega, tipo representativo del nuevo pueblo que surgía en estos países vírgenes, la robustez del alma española levantaba a su nivel a la débil raza india. Y el español, que en su propio solar negó a judíos y árabes la púrpura brillante de su sangre, no tuvo empacho de amasarla con la sangre india, para que la vida nueva de América fuera, con toda la fuerza de la palabra, vida hispanoamericana. Ved la distancia que separa a España de los sajones, y a los indios de Sudamérica de los pieles rojas.