A Christmas Story Man in His Element: or, A New Way to Keep House

Chapter 4

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No fuera lícito pasar en silencio, hablando de esta materia y de los modelos del habla castellana, a una de las glorias de España, que conquistó con sus virtudes una corona inmortal en el cielo y otra de inmarcesibles flores en la república de las letras. Santa Teresa es un modelo perfecto del poeta cristiano: tierna, afectuosa, expresando con dulcísimos ecos los sentimientos de su corazón, no se siente impulsada por la musa de Tíbulo a entonar elegías amatorias, ni coge con mano trémula la lira de Safo; su estro es más sublime, su inspiración desciende del cielo; el amor de Dios la consume, la abrasa, y sus acentos son tan puros como los que pudieran dirigirse a la esposa de los cantares.

Acercándonos más a nuestros tiempos, no sería tampoco justo dejar en olvido, y más hablando en este recinto, a uno de nuestros ilustres compañeros, muerto no ha muchos años, cuando acababa de consagrar el último tercio de su vida a la traducción de los salmos y de otros libros sagrados. Pocos ejemplos semejantes se habrán visto en el mundo de lo que pueden el tesón del estudio, la fe viva y sincera, el anhelo de trasladar a su patria una adquisición de tan subido precio. El Sr. González Carvajal, siguiendo las huellas de fray Luis de León, y emulándole a veces, adquirió para si no pequeña fama, y enriqueció con sus obras nuestra literatura.

Por estas ligeras indicaciones se echará de ver que estoy completamente de acuerdo con los principios que con tanto acierto y maestría ha expuesto el Sr. Donoso Cortés; pero tal vez, si mi propio juicio no me engaña, la misma afición a su asunto, la tendencia de su entendimiento a generalizar las ideas y el ímpetu de su imaginación ardiente y lozana, le han llevado más allá de los justos límites en alguna de las proposiciones que ha dejado asentadas.

¿Es por ventura tan cierto como el orador ha pretendido que «las fuentes de toda poesía grande y elevada, son el amor a Dios, el amor a la mujer y el amor al pueblo; de tal manera que la poesía pierde las alas con que vuela allí donde los poetas no pueden beber la inspiración en esos manantiales fecundos?» ¿Es tan cierto como se supone que «allí donde se da el nombre de Dios a la criatura, de mujer a una esclava, y de pueblo a una aristocracia opresora, pueda afirmarse, sin temor de ser desmentidos por los hechos, que la poesía con toda su pompa y majestad no existe?».

A mí, Señores, me falta aliento (lo confieso) para pronunciar una sentencia tan severa: creería imitar a los primitivos cristianos, cuando, llevados de un extremado celo, destruían las obras maestras de las artes por odio al paganismo. A mí me place más admirar juntamente las bellezas del Vaticano y la terrible majestad del Coliseo de Roma; contemplar el Moisés de Miguel Ángel y la Venus de Praxíteles, los portentos de Rafael y los grutescos conservados en las thermas de Tito.

Mi razón, y mi corazón aún más todavía, condenan y abominan los errores y torpezas del gentilismo, la hermosa mitad del género humano condenada a vil servidumbre, y la esclavitud que deshonraba a las naciones más cultas de la antigüedad; pero no puedo persuadirme de que no hubiera verdadera poesía , grande, magnifica, sublime en el suelo que vio nacer á Homero, a Sófocles, a Eurípides, cuyas obras inmortales aún sirven de modelo al cabo de tantos siglos; y otro tanto decirse pudiera de la patria de Virgilio y de Horacio.

Lejos de que atestigüen los hechos que sólo prospere y florezca la poesía en aquellas naciones en que se ha dado ensanche a los derechos y libertades del pueblo, no parece sino que la suerte, por antojo o capricho, se ha complacido en amontonar ejemplos en contrario.

Cuando la república de Atenas vio socavada su antigua constitución por el influjo y prepotencia de un solo hombre, brillaron con toda su pompa las letras y las artes en el famoso siglo de Pericles.

Al hundirse la república romana y entronizarse el imperio, que había de ser escándalo del mundo, resplandece el siglo de Augusto.

Andando luego los tiempos, en las propias regiones, cuando iban ya en decadencia las repúblicas de Italia, menguando con ellas la libertad al paso que crecía la corrupción de Roma, se presenta coronado con una aureola de gloria el siglo de León X.

En Francia la época más brillante de su poesía fue el siglo de Luis XIV, del Monarca que tuvo en menos los derechos de la nación, hasta llegar a decir en la embriaguez del desvanecimiento: El Estado soy yo.

En Inglaterra coincidió una de las épocas mas gloriosas de su poesía y literatura con el reinado de Carlos II, que anunciaba ya la especie de maldición que pesaba sobre su dinastía, difícil de hermanar con las instituciones tutelares de la Gran Bretaña.

Aun sin salir de nuestra misma patria, el siglo de oro de nuestra poesía fue cabalmente el mismo que vio espirar en mal hora las libertades de Castilla y los venerados fueros de Aragón.

No es esto decir (¡ni lo permita Dios!) que esté reñida la poesía con la libertad, y que sólo pueda florecer a la sombra del despotismo. Mi ánimo, al hacer esta brevísima reseña, ha sido meramente indicar cuán aventurado es, así en materias literarias como en otras más graves, asentar principios demasiado absolutos.

Volviendo ahora al tema del discurso del Sr. Donoso Cortés, lo que está fuera de toda controversia es la rica mina de poesía que encierran los libros sagrados, y con cuánta utilidad y aprovechamiento pueden beneficiarla los escritores modernos.

Cabalmente en nuestros días hemos visto el ejemplar más señalado que puede ofrecerse a la admiración de los hombres.

Entregada la Francia a la revolución más espantosa a fines del siglo pasado, volcado el trono y conmovida la sociedad hasta en sus últimos cimientos, los templos también se desplomaron; y por vez primera se dio al mundo el escándalo de proclamar los legisladores el ateísmo, y proscribir del modo más sangriento al culto y a sus ministros.

Mas cuando al cabo de algunos años comenzó a calmarse el delirio y la sociedad volvió a entrar en caja, notose desde luego el inmenso vacío que había dejado la religión; vacío que no pueden llenar todas las instituciones humanas. Pues en aquella hora suprema, cuando había que proveer a aquella necesidad urgentísima, en medio de una sociedad descreída, amamantada con la leche de la revolución, pocas cosas contribuyeron tanto a reconciliar a la nueva generación como los sublimes preceptos y máximas del Evangelio, como la célebre obra de Chateaubriand, El Genio del Cristianismo. No era posible a la sazón resucitar las disputas teológicas que habían conmovido a la Francia en otros tiempos; ni hubiera bastado el genio del gran Bossuet para atraer a un pueblo indiferente a la senda del catolicismo, casi abandonada y desierta. Era menester sorprender el ánimo de una nación inestable y movediza, sedienta de novedades, que después de la tormenta revolucionaria, rendida de cansancio y mal contenta, anhelaba encontrar alguna creencia que le ofreciese asilo y reposo; era preciso hablar a la imaginación antes que al entendimiento; cautivar más bien que instruir; presentar con toda la pompa y gala de la poesía la religión proscrita, que había salido ilesa, y aún más pura y gloriosa de tan tremenda prueba, a pesar de los dardos de la impiedad y de la cuchilla de los verdugos.

Señores, antes de dar fin a este breve discurso conviene repetirlo una y otra vez : dedíquense los jóvenes con ardor y respeto al estudio de los libros sagrados, seguros de encontrar en los Salmos del Profeta Rey, en los dulces cantares de Salomón, en el célebre cántico de Habacuc, en los terribles acentos de Isaías, rasgos sublimes, dignos modelos y fecundas inspiraciones de la poesía más noble y elevada.

He dicho.

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