A Christmas Story Man in His Element: or, A New Way to Keep House

Chapter 3

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Por eso, el pueblo es la persona trágica por excelencia en las tragedias bíblicas. Al pueblo se dirige la promesa y la amenaza; el pueblo es el que acepta y sanciona la ley; el pueblo es el que rompe en tumultos y rebeliones, el que levanta ídolos y los adora, el que quita jueces y pone reyes, el que se entrega a supersticiones y agüeros, el que bendice y maldice a un tiempo mismo a sus profetas, el que ya los levanta sobre todas las magistraturas, ya los destroza con atrocísimos tormentos; el que magnifica al Dios de Israel y recibe con himnos de alabanza a los dioses egipcios y babilonios; el que, puesto en el trance de escoger las iras del Señor y sus misericordias, en el ejercicio de su voluntad soberana renuncia a sus misericordias y va delante de sus iras. En Israel no hay más que el pueblo: el pueblo lo llena todo, al pueblo habla Dios, al pueblo habla Moisés, del pueblo hablan los profetas, al pueblo sirven los sacerdotes, al pueblo sirven los reyes, hasta los salmos de David, cuando no son los gemidos de su alma, son cantos populares.

Las pompas de la monarquía duraron poco, y se desvanecieron como la espuma. Fueron David y Salomón príncipes temerosos de Dios, amigos del pueblo, en la paz magnánimos y en la guerra felicísimos; gobernaron a Israel con imperio templado y justo, y su prosperidad pasaba delante de sus deseos; el último fue visitado por los reyes del Oriente, levantó el templo del Señor sobre piedras preciosas y le enriqueció con maderamientos dorados; la fama de sus magnificencias y de su sabiduría más que humana se extendió por todas las gentes. Pero cuando estos príncipes dichosos bajaron al sepulcro, luego al punto comenzó a despeñarse la majestad del imperio, sin que nunca más tornara a volver en sí; dividiéronse las tribus, y, rota la santa unidad del pueblo de Dios, se formaron de sus fragmentos dos imperios enemigos, dados ambos a torpezas y deleites. Siguiéronse de aquí grandes discordias y guerras, furiosos temporales y horrendas desventuras. Los reyes se hicieron idólatras y adoraron los ídolos; los sacerdotes se entregaron al ocio y al descanso. El pueblo se había olvidado de su Dios, y las muchedumbres tumultuaban en las calles.

En medio de tan procelosas tempestades, y corriendo tiempos tan turbios y aciagos, despertó Dios a sus grandes profetas, para que hicieran resonar en Judá el eco de su palabra y sacaran de su profundo olvido y hondo letargo a los reyes idólatras, a los sacerdotes ociosos y a aquellas bárbaras muchedumbres, dadas a sediciones y tumultos. Jamás en ningún pueblo de la tierra, antiguo ni moderno, hubo una institución tan admirable, tan santa y tan popular como la de los profetas del pueblo de Dios.

Atenas tuvo poetas y oradores; Roma, tribunos y poetas. Los profetas del pueblo de Dios fueron poetas, tribunos y oradores a un tiempo mismo; como los poetas, cantaban las perfecciones divinas; como los tribunos, defendían los intereses populares; como los oradores, proponían lo que juzgaban conforme a las conveniencias del Estado. Un profeta era más que Homero, más que Demóstenes, más que Graco; era Graco, Homero y Demóstenes a un mismo tiempo. El profeta era el hombre que daba de mano a todo regalo de la carne y a todo amor de la vida, y que, mensajero de Dios, tenía el encargo de poner su palabra en el oído del pueblo, en el oído de los sacerdotes y en el oído de los reyes. Por eso los profetas amenazaban, imprecaban, maldecían; por eso dejaban escaparse de sus pechos, poderosas, tremendas, aquellas voces de temor y de espanto que se oían en Jerusalén cuando venía sobre ella con ejército fortísimo y numerosísimo el rey de Babilonia, ministro de las venganzas de Jehová, y de sus iras celestiales.

Los poetas cesáreos miraban siempre, antes de hablar, los semblantes de los príncipes. Los oradores y los tribunos de Atenas y de Roma tenían puestos los ojos, antes de soltar los torrentes de su elocuencia, en los semblantes del pueblo; los profetas de Israel cerraban los ojos para no lisonjear ni los gustos de los pueblos ni los antojos de los reyes, atentos sólo a lo que Dios les decía interiormente en sus almas; por eso hicieron frente a los odios implacables de los príncipes, que, habiendo puesto su sacrílega mano en el templo de Dios, no temían ponerla en el rostro augusto de sus profetas; por eso resistieron con constantísimo semblante a la grande indignación y bramido popular, creciendo su constancia al compás de la persecución y al compás de las olas de aquellas furiosas tempestades, sin que se doblegasen sus almas sublimes al miedo de los tormentos; por eso, en fin, casi todos, o entregaron sus gargantas al cuchillo o buscaron en tierras extrañas un triste sepulcro.

Yo no sé, señores, si hay en la Historia un espectáculo más bello que el de los profetas del pueblo de Dios luchando armados con el solo misterio de la palabra, contra todas las potestades de la tierra. Yo no sé si ha habido en el mundo poetas más altos, oradores más elocuentes, hombres más grandes, más santos y más libres; nada faltó a su gloria: ni la santidad de la vida, ni la santidad de la causa que sustentaron, ni la corona del martirio.

Con los profetas tuvo fin la época de la amenaza; con el Salvador del mundo comienza la época del castigo. Antes de poner término a este discurso hagamos todos aquí una estación; recojamos el espíritu y el aliento, porque el momento es tan terrible como solemne.

Sófocles escribió una de las más bellas tragedias del mundo, que intituló Edipo rey. Esta tragedia ha sido traducida, imitada, reformada por los más bellos ingenios, y a nosotros nos ha cabido la suerte de poseer con ese título una de las tragedias que más honran nuestra literatura clásica.

Pero hay otra tragedia más admirable, más portentosa todavía, que corre sin nombre de autor, y a quien su autor no puso título, sin duda porque no es una tragedia especial, sino más bien la tragedia por excelencia. Son sus actores principales Dios y un pueblo; el escenario es el mundo, y al prodigioso espectáculo de su tremenda catástrofe asisten todas las gentes y todas las naciones. Entre esa gran tragedia y la de Sófocles, a vuelta de algunas diferencias, hay tan maravillosas semejanzas, que me atrevería a intitularla Edipo pueblo.

Edipo adivina los enigmas de la esfinge, y es reputado por el más sabio y el más prudente de los hombres; el pueblo judío adivina el enigma de la humanidad, oculto a todas las gentes, es decir, la unidad de Dios y la unidad del género humano, y es llamado por Jehová antorcha de todos los pueblos. Los dioses dan a Edipo la victoria sobre todos los competidores y le asientan en el trono de Tebas. Jehová lleva como por la mano al pueblo hebreo a la tierra de promisión y le saca vencedor de todos sus enemigos. Los dioses, por la voz de los oráculos délficos, habían anunciado a Edipo, entre otras cosas nefandas, que sería el matador de su padre; Jehová, por la voz de los oráculos bíblicos, había anunciado a los judíos que matarían a su Dios. Un hombre muere a manos de Edipo en una senda solitaria; un hombre muere a manos del pueblo de Dios en el Calvario; este hombre era el Dios de Judá; aquel hombre era el padre de Edipo. Yo no sé lo que hay; pero algo hay, señores, en este similiter cadens de la Historia, que causa un involuntario pero profundísimo estremecimiento.

Ya lo veis, señores: unos mismos son los oráculos y una misma la catástrofe; ahora veréis cómo una misma ceguedad hace inevitable esa catástrofe y hace buenos aquellos tremendos oráculos.

Edipo sabe que mató a aquel hombre en aquella senda; pero su conciencia está tranquila, porque su padre era Polibio; Polibio estaba muy, lejos de allí, y el que murió, a sus manos era desconocido y extranjero. Los judíos saben que mataron al hombre de Nazaret, saben que le pusieron en una cruz en el monte Calvario y que le pusieron entre dos ladrones para más escarnecerle; pero su conciencia está tranquila; su Dios había de venir, pero aún estaba lejos; su Dios había de ser conquistador y Rey, y había de rugir como el león de Judá, mientras que el hombre de la cruz había nacido en pobre lugar, de padres pobres, y no había encontrado una piedra en donde reclinar su frente. «Si eres hijo de Dios, ¿por qué no bajas de la cruz?», dijo el pueblo judío. «Si el que murió a mis manos me había dado el ser, ¿cómo al darle la muerte no saltó el corazón en mi pecho?» « ¿Cómo es que no me habló la voz de la sangre?», esto dijo el rey parricida. Y el pueblo matador de su Dios y el hombre matador de su padre se complacieron en su sagacidad, y escarnecieron a los oráculos y se mofaron de los profetas.

Pero la Divinidad implacable, que calladamente está en ellos y obra en ellos, los empuja para que caigan y quita la luz de sus ojos para que no vean los abismos. Ambos se hallan poseídos de súbito de una curiosidad inmensa, sobrehumana. Edipo pregunta a Yocasta, pregunta a Tiresias, pregunta al anciano que sabe su secreto: «¿Quién es el hombre de la senda? ¿Quién es mi padre? ¿Quién soy yo?» El pueblo judío pregunta a Jesús: «¿Quién eres? ¿Eres, por ventura, nuestro Dios y nuestro Rey?» El drama aquí comienza a ser terribilísimo; no hay pecho que no sienta una opresión dolorosa, inexplicable, increíble; ni frente que no esté bañada con sudores, ni alma que no desfallezca con angustias.

Entre tanto, la cólera de los dioses cae sobre Tebas: la peste diezma las familias y envenena las aguas y los aires. El cielo se deslustra, las flores pierden su fragancia, los campos su alegría. En la populosa ciudad reina el silencio y el espanto, la desolación y la muerte. Las matronas tebanas discurren por los templos, y con votos y plegarias cansan a los dioses. Sobre Jerusalén la mística, la gloriosa, cae un velo fúnebre; por aquí van santas mujeres que se lamentan, por allí discurren en tumulto muchedumbres que se enfurecen. Todas las trompetas proféticas resuenan a la vez en la ciudad sorda, ciega y maldita, que lleva al Calvario al justo. «Una generación no pasará sin que vengan sobre vosotras, matronas de Sión, tan grandes desventuras, que seréis asombro de las gentes; ya, ya asoman por esos repechos las romanas legiones; ya cruzan por los aires, trayendo el rayo de Dios, las águilas capitolinas. ¡Jerusalén! ¡Jerusalén! ¡Ay de tus hijos! Porqué tienen hambre, y no encuentran pan; tienen sed, y no encuentran agua; quieren hacer plegarias y votos en el templo de Dios, y están sin Dios y sin templo; quieren vivir, y a cada paso tropiezan con la muerte; quieren una sepultura para sus cuerpos, y sus cuerpos yacen en los campos sin sepultura y son pasto de las aves.»

Edipo sale de su alcázar para consolar a su pueblo moribundo, y gobernando los dioses su lengua, los toma por testigos de que el culpable será puesto a tormento y echado de la tierra; lanza sobre él anticipadamente la excomunión sacerdotal; le maldice en nombre de la tierra y del cielo, de los dioses y de los hombres, y carga su cabeza con las execraciones públicas. El pueblo judío, tomado de un vértigo caliginoso, poseído de un frenesí delirante, puesto debajo de la mano soberana que le anubla los ojos y le oscurece la razón y ardiendo en la fragua de sus furores, exclama diciendo: Que su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos. ¡Desventurado pueblo! ¡Desventurado rey! Ellos pronuncian su propia sentencia, siendo a un tiempo mismo jueces, víctimas y verdugos. Y después, cuando los oráculos bíblicos y los délficos se cumplieron, los torbellinos arrancan al pueblo deicida de la tierra de promisión, y el parricida huye del trono de Tebas.

Edipo fue horror de la Grecia; el pueblo judío es horror de los hombres. Edipo caminó con los ojos sin luz, de monte en monte y de valle en valle, publicando las venganzas divinas; el pueblo judío camina, sin lumbre en los ojos y sin reposarse jamás, de pueblo en pueblo, de región en región, de zona en zona, mostrando en sus manos una mancha de sangre, que nunca se quita y nunca se seca. Prefirió la ley del talión a la ley de la gracia, y el mundo le juzga por la ley que él mismo se ha dado; dio bofetadas a su Dios, y ha ya diecinueve siglos que está recibiendo las bofetadas del mundo; escupió en el rostro de Dios, y el mundo escupe en su rostro; despojó a su Dios de sus vestiduras, y las naciones confiscan sus tesoros y le arrojan desnudo al otro lado de los mares; dio a beber a su Dios vinagre con hiel, y con beber en ella a todas horas el pueblo deicida, no consigue apurar la copa de las tribulaciones; puso en los hombros de su Dios una cruz pesadísima, y hoy se inclina su frente bajo el peso de todas las maldiciones humanas; crucificó, y es crucificado. Pero el Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob al mismo tiempo que justiciero, es clemente; mientras que los dioses ningún otro consuelo dejaron a Edipo sino su Antígona, el Dios que murió en la cruz, en prenda de su misericordia, dejó a sus matadores la esperanza.

Entre la tragedia de Sófocles y esa otra tragedia sin nombre y sin título, cuya maravillosa grandeza acabo de exponer a vuestros ojos con toda su terrible majestad, hay la misma distancia que entre los dioses gentílicos y el Dios de los hebreos y los cristianos; la misma que entre la Fatalidad y la Providencia; la misma que entre las desdichas de un hombre y las desventuras de un pueblo que ha sido el más libre de todos los pueblos y el más grande de todos los poetas.

He terminado, señores, el cuadro que me había propuesto presentar ante vuestros ojos; sí os parece bello y sublime, su sublimidad y su belleza están en él, como trazado que, ha sido por el mismo Dios en la larga y lamentable historia de un pueblo maravilloso; si en él encontráis grandes lunares y sombras, esas sombras y esos lunares son míos; por ellos reclamo vuestra indulgencia; vuestra indulgencia, señores, que nunca ha sido negada a los que, como yo, la imploran y a los que, como yo, la necesitan.

DISCURSO DE CONTESTACIÓN DEL PRESIDENTE DE LA R.A.E.

SR. D. FRANCISCO MARTÍNEZ DE LA ROSA.

SEÑORES: El brillante discurso que acabáis de oír, justifica cumplidamente la acertada elección de esta ilustre Academia al admitir en su seno a un orador acreditado ya en la tribuna parlamentaria, muy versado en la historia, y que cultiva con igual aprovechamiento el vasto campo de la amena literatura.

La materia que para su peroración ha escogido, por más que nos haya indicado haberlo hecho para encubrir la pequeñez de su merecimiento con la grandeza del asunto, es tal vez la más a propósito para que haya podido desplegar a porfía las dotes que especialmente le distinguen: la profundidad de sus pensamientos , la agudeza de ingenio, y la pompa y gala de dicción para revestir dignamente imágenes atrevidas y elevados conceptos.

Remontándose a la altura que la sublimidad del asunto requería, el Sr. Donoso Cortés ha presentado como en relieve las infinitas bellezas de la Biblia: del libro por excelencia, como le ha llamado el orador; de ese libro, del que decía Rousseau que si no estuviese escrito por la mano de Dios, sería más grande el historiador que el héroe.

En él van a buscar los sabios el origen del mundo; y su luz divina los alumbra y conduce, en tanto que la antorcha de la filosofía brilla apenas en la densa tiniebla de los tiempos..... Mas a proporción que la ciencia moderna ahonda más y más en el seno de la naturaleza, se confirman y robustecen las verdades estampadas en los libros sagrados, que el escepticismo presuntuoso del pasado siglo había osado combatir o poner en duda.

En la Biblia se custodian como en un tabernáculo los principios eternos de moral grabados por el dedo de Dios en nuestros corazones: y de aquel manantial purísimo han brotado las verdades más consoladoras para el humano linaje; el origen divino del hombre, obra de Dios y hecho a su semejanza; la igualdad de todos los hombres, no sólo iguales, sino hermanos; su libertad para obrar, no esclavos del destino, ni vil juguete de celosas deidades, sino por su propia voluntad y albedrío; pudiendo encaminarse por la senda de la virtud hasta merecer en los cielos eterna recompensa.

El orador nos ha bosquejado con pincel atrevido y fácil la fisonomía original del pueblo hebreo, llamado con razón el pueblo de Dios; sus vicisitudes, sus trabajos, su portentosa historia, única en los anales del mundo, sin modelo ni copia. Ora escuche la voz de Dios desde la falda del Sinaí encendido como una hoguera, ora siga la misteriosa columna de fuego por la inmensidad del desierto, ora vea apagarse la luz del sol sobre la cima del Gólgota, anuncio para el pueblo deicida de eterna noche y de perpetua desventura, la nación hebrea, así en la buena como en la mala fortuna, ya gima esclava en castigo de su idolatría, ya recobre su libertad por la misericordia del Dios de Israel, ora vea destruida la ciudad santa y derribado el templo, ora se mire condenada a vagar errante por el ámbito de la tierra, como peregrino apestado, sin poder pronunciar en parte alguna el dulcísimo nombre de patria, la nación hebrea presenta siempre un carácter propio, peculiar, que la distingue y separa de todas las naciones del mundo.

En la poesía de los libros sagrados se retrata como en un fiel espejo la historia de ese pueblo célebre; escuchamos sus querellas y lamentos en la servidumbre, sus cánticos de guerra en los combates, sus himnos de alabanza al Dios de los ejércitos después de la victoria. Si oímos tronar la voz de los profetas anunciando la cólera del ciclo, es que el pueblo de Dios, ciego y descarriado, camina por la senda de perdición a su infalible ruina; si en el colmo de la prosperidad y poderío levanta un magnífico templo al Dios de Israel, pasmo del mundo y asombro de las gentes, sus poetas son reyes, y los acentos de David y de Salomón ensalzan con magnifica pompa los atributos del Altísimo, cuya gloria pregonan juntamente los cielos y la tierra.

Así no es maravilla que muchos vates, y de los más famosos de los tiempos modernos, hayan ido a beber en aquellos purísimos raudales, para dar libre vuelo a su fantasía y proporcionar a sus obras exquisitos primores y bellezas.

Sólo empapándose, por decirlo así, en la lectura de los libros sagrados, pudo Milton presentar a nuestra vista el apacible cuadro del Paraíso, recién salido de la mano de Dios, sin huella inmunda ni una flor marchita; aquella criatura celestial, compañera del hombre, pura y sin mancilla, y los sabrosísimos coloquios de nuestros primeros padres, parecidos a los amores de los ángeles; así como en los mismos libros sagrados halló los colores sombríos para pintar el reato de la primera culpa y el castigo del hombre, arrojado por siempre jamás de aquella mansión de delicias. En otro poema famoso, de que con razón se envanece Italia, hallamos una confirmación no menos palmaria del influjo de la religión en los triunfos de la poesía.

La Jerusalén libertada, del Tasso (por más que la censurase con escaso conocimiento un célebre crítico francés), encierra gran número de bellezas, no falsas y postizas, sino reales y de buena ley; siendo de advertir que muchas de ellas provienen de la grandeza misma del argumento y de la elevación que le presta el sentimiento religioso, móvil principal de aquella empresa. No es una conquista cualquiera la que emprendieron Godofredo y sus esforzados compañeros; es la conquista de la Tierra Santa, el rescate del sepulcro del Salvador, la liberación del terreno en que estampó su divina planta, y que después regó con su preciosísima sangre. Y este fin elevado, altísimo, sublime, que se anuncia desde las primeras palabras contrarestado por todo el poder del infierno, y por las fuerzas unidas del África y del Asia, suspende desde luego el ánimo, embarga la atención y cautiva el entendimiento.

Pues sí de la epopeya pasamos a la tragedia, veremos igualmente hasta qué punto ha podido un famoso poeta aprovecharse de los libros sagrados para componer una obra maestra. La Athalia de Racine es en mi concepto la mejor tragedia del teatro moderno, así como el Edipo Rey, de que nos ha hablado el Sr. Donoso Cortés, me parece la mejor tragedia que nos haya legado la antigüedad.

Si la ocasión y el tiempo lo consintieran, tal voz daría margen a muchas e importantes reflexiones presentar el cotejo, o por mejor decir el contraste entre uno y otro modelo; pues él solo bastaría para demostrar palpablemente la verdad que ha sentado el Sr. Donoso Cortés, cuando ha dicho la inmensa distancia que separaba al pueblo hebreo y a las naciones gentílicas de la antigüedad.

El Edipo de Sófocles es el tipo de la tragedia griega; allí se ve la mano del infortunio persiguiendo, acosando, abatiendo bajo su peso a los príncipes más poderosos; allí se ostenta en toda su crudeza la inexorable fuerza del destino, superior a los dioses y a los hombres, marcando aun antes de nacer la frente de sus víctimas, arrastrándolas a su pesar por la senda del crimen, y abandonándolos después, sin consuelo y sin esperanza, a todo el rigor de su enemiga suerte.

En la Athalia, por el contrario, se ve resplandecer el principio de la unidad de Dios y de su eterna justicia, luchando con las abominaciones de la idolatría, que le disputa el cetro del mundo: aquella mujer desnaturalizada no se cree inocente como Edipo, ni descansa tranquila en el testimonio de su conciencia: esta la persigue y atormenta noche y día, en el trono, en el lecho, mostrándole sus propias manos manchadas con sangre de los suyos, recordándole la usurpada corona, y presentando de continuo ante sus ojos aterrados al que ha de ser instrumento de la justa venganza del Altísimo.

El adivino Tiresias, en la tragedia griega, más bien que inspirado por los dioses, parece el órgano fatal del destino, ciego como él e implacable; el sumo sacerdote en la tragedia francesa es el profeta del Dios de Israel, manso y apacible con el niño rey, entusiasmando en su favor a los levitas con los ecos de su sagrada lira, y prediciendo con tremendo acento nuevos escándalos y nuevas desventuras.

Ni han sido únicamente poetas extranjeros los que han sacado ricos materiales del tesoro de los libros sagrados; que en nuestra misma patria no han faltado clarísimos ingenios que de la propia suerte se han hecho dignos de perpetua fama. De todos modos nuestros poetas, a quienes se ha dado el sobrenombre de divinos, prodigado con escaso acuerdo, tal vez ninguno lo ha merecido tanto como Herrera, y cabalmente, porque el profundo estudio de los libros sagrados y su atrevida empresa de trasladar a nuestros idiomas las bellezas bíblicas imprimieron a algunas de sus composiciones el sello particular que las distingue y realza. ¿Dónde sino en los libros sagrados tomó aquellas imágenes valientes, aquellos conceptos sublimes, aquellas locuciones atrevidas, enfáticas, aquellos giros peregrinos que mostraron hasta dónde puede llegar el habla castellana, que no satisfecha con ostentar la majestad de la lengua latina aspiró a seguir el vuelo del griego y del hebreo, sin quedar deslucida en su glorioso empeño?

Más modesto que Herrera, y no menos prendado de las bellezas de los libros sagrados, puede decirse que el maestro fray Luis de León les debió en grandísima parte el lugar preeminente que con razón ocupa entre nuestros vates. Los conceptos, la expresión, la sencillez sublime, más pura y cándida que la sencillez griega, todo anuncia el divino origen de donde se tomaron tantas bellezas, bellezas imitadas después con más ó menos éxito por el maestro González y otros discípulos de aquel gran poeta.