Chapter 2
Como á los cuatro días se apareció por yo el dijunto Aguirre con otros dos cargueros. Desde que lo vide me dio no sé qué recelo, porque al pobrecito -mis palabras no le ofendan- le agusta el aguardiente, y me pareció qu'estaba con traguitos. No bien arreglaron la barbacoa, alzaron con yo; Aguirre solo por la punta de abajo, y los otros dos por la cabeza; y cogieron falda arriba. Cuando llegamos al Alto ¡dice á llover! y determinaron descargame dizque pa que descansara; pero fue pa ellos beber aguardiente. Aguirre sacó la cacha, y entre los tres se la metieron íntegra. Sin escampar siquiera, me alzaron otra vez ; y en una casita que había más abajo me volvieron á descargar; y yo, desde al alar onde me tendieron reparé, por un roto del encerao, que compraron trago otra vez y que volvieron á llenar la cacha. Antoces les dije que yo me sentía muy malo, que me dejaran ai; pero Aguirre dijo que ni bamba, qu'estaban comprometidos con el padre Inacito á poneme en el sitio muy temprano, y que no fuera cobarde, que me tomara un traguito, y vería cómo me componía mucho. Tanto me jeringaron, mi padre, todos tres, que tuve que meteme el trago. No me pareció que me hubiera sentao mal, y les dije que siguiéramos, pues. Pero más valía que me les hubiera ranchao: me cogieron á carrera tendida, y encomencé á zangolotiame en aquella barbacoa como árguenes en un muleto. Yo les suplicaba por Dios que andaran más despacio, que me acababan de matar, que se caían con yo; y pior lo hacían. Aguirre principió á grojiar: "que aquí llevamos al dijunto Dimitas Arias que se murió puaá en Volcanes"; y, haciendo que lloraba, decía:
"No murió de calentura Ni de dolor de costao, Sino de una corneaíta Que le dió el toro pintao".
-¡Ah, salvajes! -prorrumpió el sacerdote, poseído de santa indignación.
-Eso era del aguardiente, mi padre; ellos no estaban en su sentido. Yo sentía que la cacha iba pasando de mano en mano; y seguían con la groja del dijunto. Y como los dijuntos montañeros hay que llevalos muy ligero, porque la sepoltura los tira, me llevaban volando. ¡Me matan estos verdugos! -grité yo casi llorando del desespero y la fatiga. Y no había acabao de decilo cuando el Aguirre se resbaló, y yo caí con todo y guaduas, y al caer me salí de la cama, y fui á dar puallá muy abajo contr'una piedra. Ai mismo se me fue el mundo, y me aicidenté.
El Tullido hizo una pausa, y el Cura una mueca que parecía un puchero. Por disimular su emoción, volvió á sacar lumbre y á encender.
-Cuando volví en sí -prosiguió el narrador encendiendo otra vez el cigarro- estab'el padre Inacito encomendándome l'alma. No supe cuándo llegamos al sitio; pero, entre gallos y media noche, me acuerdo que la casa se llenó de gente, que sonaba el esquilón y que el padre me trajo á Nuestro Amo... y que yo lo recibí con mucha devoción.
Como la gente d'este sitio es tan buena, no me desamparaban un momento en esos días: todos creían que me moría más hoy, más mañana. A yo me manijaban unos ratos los hombres; otros, las mujeres; pero como yo no perdí enteramente la conocencia, yo auservaba que Vicenta no estaba con yo, ni la vía por parte ninguna, y se me ponía á ratos que se había muerto en el trabajo; mas sin embargo, no oía llorar criatura ni nada.
Como l'iba diciendo, yo siempre ponía cuidao á ver si oía á Vicenta y á la criatura; pero habían tapao la puerta del cuartico con un'estera, y á yo me tenían en un rincón de la sala, casi tapao con unos trapos que colgaron de unos varales. En ocasiones me parecía oír la prenuncia de Vicenta, como hablando pasito, pero pronto vía que eran pareceres míos no más; y ultimadamente, mi padre, yo no estaba más que pa gritar con los dolores que padecía y pa preparame á buena muerte.
El padre Inacito estaba cada momento á mi cabecera, pulsándome, ayudando á bregame, rezándome l'oración á mi padre San José y á otras devociones muy preciosas.
Un día oí que me dijo:
Hombre Dimas, d'esta no te morís.
Y comenzó á consolame, diciendo que yo lo que tenía era rematís, y que me había descompuesto en la caída; pero que no más me fortaleciera un poquito, iba á mandar por un componedor muy hábil; y que ya le había escrito á un dotor de la Villa contándole mi achaque, pa que mandara la receta.
Antoces le dije:
-Bueno, mi padrecito, pero ¿Vicenta sí es muerta? No me lo niegue.
El se riyó con una risa que tenía, muy sabrosa, y levantó los trapos de la cama, y fue y levantó l'estera del cuartico, y dijo:
-Vicenta, hablále y asomá la cara pa que te vea.
Yo no la vide bien; pero sí le oí que me dijo:
-No tenga pensión, mijo: desde aquí de mi cama lo'stoy acompañando: fue que quedé algo enferma.
Y yo dije, muy confundido:
-¿Pero esto qué contiene?
Y el padre me contestó:
-Lo que contiene es que te quedaste sin conocer la pinta: el muchachito se lo llevó mi Dios á los tres días de nacido: la víspera de traerte lo enterrámos.
Aquí dio un suspiro El Tullido, hizo pausa, y luégo, con tono que quería hacer jovial y resultaba amargo, agregó:
Y sin conocer la pinta me quedé.
-¿Cómo fué...? -repone el sacerdote con aire de vacilación-. ¿No tuvo más hijos?
-No, mi padre -murmuró el pobre hombre un tanto conmovido- desde el día que caí con ese mal, hasta volveme como estoy, no volví á servir pa nada. La crianza qu'iba hacer Vicenta con los hijos, la ha tenido que hacer con yo... Porque, ya ve, mi padre, que casi me tiene que lidiar como á un chiquito.
-¿Pero ni un día siquiera pudo levantarse?
-Ni uno, mi padrecito. Lo qu'es el suelo no lo he vuelto á pisar. La pobre Vicenta, en lugar de marido, lo que le quedó fue un estorbo... No me valieron medecinas de ningún dotor; como tres componedores trajo el padre, y no hicieron más que atormentame: no me valió nada. Mi Dios no quiso sino que yo compurgara aquí mis culpas, porque me pusieron medidas del Señor Caído del Hatogrande, y el padre Inacito fue allá á pagar una promesa que mandámos... y tampoco me valió. De día en día m'iba engorobetando más. Primero se me jueron juntando los muslos con el estómago, después, las canillas con los muslos, y asina me he ido quedando tieso como fierro, lo mismo que compás de carpintero cuando se mogosea. Lo que fue dolores sí se me fueron quitando poco á poco; después me volvían por tiempos; pero ya hace muchos años que no siento nada. Un dotor que vino á ver á la mujer de Don Juan, se admiró de que yo no estuviera embobao o loco, dizque porque tengo no sé qué quebradura en el espinazo y no sé cuántas cosas más. Pero ¡bendito sea mi Dios! De fatuo sí que me parece que no tengo nada; antes me parece que tengo más conocencia que cuando era mozo y alentao.
III
El Tullido, engolosinado con la mucha atención que le prestaba el sacerdote, prosiguió el relato, que por vía de prontitud y claridad, terminaremos de nuestra cuenta y cosecha.
Cuando el padre Ignacio, protector declarado de Dimas, persuadióse de que éste era un inválido, se dio á entender que era preciso inventar algo para libertarlo del hambre. Desde luégo, se le ocurrió hacer de él un maestro-escuela. Viérase entonces al buen sacerdote tomar soleta todas las tardes, lloviera que tronara, en dirección de El Sapero, á cas de Vicenta; viéraslo haciendo el pedagogo con un discípulo que en su vida había agarrado cartilla, ni tenido noticia cierta del uso de la tinta, y á quien impedían estudiar los dolores del cuerpo y las tristezas del espíritu. Entre pizarra y catón, entre papel y citolegia se fueron endilgando aquellos cursos, y hoy deletreo, mañana junto sílabas; ora palotes, ya signos, día llegó en que Dimas era hombre de escribir -con lirismo ortográfico, se entiende-, cuando se le dictase y de lanzarse él solo en una lectura tan de recorrida, que ni punto final, ni el interrogante más pintado, eran parte á detenerlo, ni á que cambiara en un ápice siquiera aquel tonillo piadoso de novena que tomó desde el comienzo, y que lo mismo para él que para el Cura era lo supremo del arte. Y á tanto alcanzó en esto de lectura, que, en voz alta y acentuando cada vez más el estilo, se apechugó todo el Arco Iris de Paz y toda La Familia Regulada. Oyéndole estos primores, pasaba el padre Ignacio las horas muertas, y le chorreaba cada baba que ni parvulillo en dentición.
No menos avanzado se andaba en caligrafía: con ser que la posición era harto incómoda, la pluma, si muy parada y casi cogida del arranque, iba resbalando por el papel sin trepidar un punto. Y, bien que el estilo del maestro fuera clásicamente morante, el discípulo se mostró desde el pricipio original y personalísimo, sobre todo en letra gorda. ¡Y cuenta si sabía garbear! Caracoles rasgueaba, al arrancar mayúsculas, que parecían cachumbos de vitoriera; palos y rabillos más eran cosa de dibujo, y su rúbrica, la de Pilatos pintiparada. Para "echar cuentas" lo tenía el cura poco menos que por un Newton, y en cuanto á saber la doctrina y explicarla, se quedaban en pañales los doctores de la Iglesia. En suma, que á los nueve meses escasos le discernió el grado. Fue aquello desde el púlpito, donde poseído de la elocuencia que da el entusiasmo, hizo el panegírico de El Tullido y anunció la gran nueva de que al día siguiente se abriría la escuela bajo su inmediata vigilancia.
No hay para qué encarecer si la exhortación tuvo efecto, siendo esta escuela la primera que se abría en el pueblo y teniendo un patrón de aquel calibre.
Con ser que la sala era espaciosa, el Cura se vio y se deseó para acomodar aquel muchacherío, sin revolver las hembras con los machos, ni los de siete años con los de quince o dieciséis. Otra clasificación no se intentó siquiera, ni había para qué; pero sí hubo distribución de días y de materias: martes y viernes enteros, para doctrina; los días restantes, para lo demás; y medio sábado, para toma de lecciones. A más de este plan, que poco á poco se fue perfeccionando, ideó el cura la cama-carreta, la caja-escritorio y el palo con el rejo; que lo que fue el chuzo lo inventó El Tullido mucho tiempo después.
Todo discípulo, bien fuese un mocosuelo de seis años o un grandullón de quince, pagaba una peseta mensual o su equivalente en especies. Así era que, á fin de mes, llevaban: el almud de maíz o el cuartillo de fríjol, los hijos de labradores; sus dos libras de carne filtrajosa, los del carnicero, y así cada cual su parte, siendo pocos los que llevaban los dos reales. Amén de esto, El Tullido recibía á menudo de mano de sus discípulos o de las madres, regalos de tabacos, de cuartos de cacao, de bizcochos, etc., con lo cual se daban marido y mujer la gran vida, tomándose al día cinco cocos de chocolate de harina, con mucho quesito y muchísima arepa de maíz sancochado, fuera de los almuerzos de espinazo y las comidas de fríjoles con tropezón de marrano.
Tal era el famoso establecimiento de cuyas aulas salió toda la sabiduría de los viejos del pueblo.
A los pocos años de fundado, pudo el padre Ignacio morir tranquilo con el auge de su protegido. Ni aun en su testamento lo olvidó: lególe la imagen de mi padre San Roque con todo y nicho, y un Niño Dios quiteño, en el cual cifró El Tullido las delicias y el consuelo de su vida, si no fue que le antojase ver en él la pinta aquella que no alcanzó á conocer.
Era tan lindo y tan gordito. Sentado muy orondo en su dorada silla de copete, con su mitra de plata y su túnica bordada de lentejuelas, con su carita tan lozana y sus mejillas arreboladas, parecía un obispito de gran parada. En la diestra llevaba el mundo, y en la izquierda, una flor que El Tullido hacía renovar todos los días. Sobre tan buenas partes, tenía el Niño la de poderse vestir, la cual daba lugar á las contemplaciones y al mimo por el lado de los trapos.
Estas imágenes, lo mismo que una de la Cueva Santa, otra de la Virgen de Valvanera, y algunas más en cromolitografías empolvadas y roñosas, ocupaban una tabla á modo de aparador, colocada arriba del ventanillo, y que llenaba todo el lado del Callejón de El Sapero. En el centro, el nicho de San Roque, en cuyas alas de escaparate estaban pintados en la parte interior -y no por Vásquez seguramente- una Santa Rita muy escurrida y tocada y un San Pedro Alcántara, muy esqueletudo y miedoso, con tamaña calavera en una mano. Un pañito bordado de hilo rojo, agitado de día por el viento, perseguido de noche por las moscas, colgaba á los pies del Niño. Por delante, por los lados, por todas partes, con simetría primitiva, lucían candeleros de barro, frascos con flores de botón de oro y de siempreviva y ramilletes de flor de uvito.
IV
En aquella escuela sui generis, la disciplina era cosa desconocida, claro está. Novillos hubo hasta de semana entera; en la clase misma, fuese por acción o por omisión, casi todos se salían con las suyas, si bien los chuzones y latigazos lograban tal cual vez meter en cintura, siquiera por un día, á más de un revoltoso.
Pero en la época en que lo presentamos, el Maestro estaba ofuscado con un diablo de muchacha que le tenía perdida la escuela, y á quien, por motivos especiales, no podía dar pasaporte, pues era nada menos que Carmen, la de la muestra inglesa, hija del difunto Aguirre, el de la cacha de aguardiente, y de su vecina Encarnación, vecina á quien él debía muchísimos favores.
No había qué hacer con la indómita: ni por las buenas, ni por las malas, ni haciéndose el desentendido, sacaba de ella el pobre Maestro cosa de provecho. Y era lo peor que ni siquiera inquina le podía cobrar. ¿Cómo, cuando ella tenía por él y por la señá Vicenta los mayores miramientos? Carmen corría por candela cada vez que se le apagaba el tabaco; Carmen ayudaba á pilar el maíz y le atizaba el fogón á la vieja; Carmen le traía el tarro de agua, y era de verla con aquella guadua dos veces más alta que ella. En cuanto llegaba el maestro Feliciano, ya estaba Carmen inquiriendo si era la hora de la afeitada, á fin de buscar papeles para limpiar la navaja, aprontar el platoncillo de agua tibia y conseguir el trapo enjugador. Era un verdadero brete cuando el Maestro determinaba que lo llevaran á misa: desde el sábado por la mañana tomaba la acuciosa el ajuar dominguero de la cama-carreta para devolverlo á la noche, aplanchadito y con todo el azul de Prusia que el caso exigía, y ella misma enfundaba las almohadas, tendía el rodapié bordado de ojetes, tapaba las pobres mantas con la histórica colcha de zaraza, en la cual se reproducía hasta por veinte veces "una señora montada en un caballo muy chisparoso", que era el encanto de los muchachos. No bien el maestro Feliciano y sus hijos alzaban con el Tullido, ya estaba Carmen al pie de la cama, y ni en la calle, ni en la iglesia lo despintaba, hasta traerlo á la casa. Los domingos iba siempre á comprar al mercado, y, unas veces hojaldres; otras, empanadas o siquiera dulunsogas o pepinos, nunca le faltaba el regalo para su Maestro; sin contar los manojos de coles y los de cebolla que á menudo le llevaba de la hermosa huerta que cultivaba Encarnación; sin contar las malvarrosas y claveles con que ofrendaba al Niño Dios. En fin, que la rapaza, en medio de su travesura y de su desaplicación, era una providencia para el pobre matrimonio. Y como su casa estaba á un paso de la escuela, la hallaba siempre á mano la señá Vicenta para cualesquiera menesteres.
Con la misma facilidad, con el mismo entusiasmo con que los desempeñaba, insurreccionaba la escuela y le armaba al Tullido unos líos, que el pobre se mareaba, columpiándose entre el deber y la gratitud. Un sentimiento análogo, bien que inconsciente, animaba á toda la turbamulta escolar con respecto á Carmen; pues todos, ya de un modo, ya de otro, tenían algo que agradecerle; esto sin contar las roscas de pandequeso que le hurtaba á Encarnación y luego repartía en la escuela en menudos pedazos. De aquí el que hasta los más grandulazos y puestos en orden se prestasen á todo enredo, á todo desorden iniciado por ella. Tal cual vez le entraban arrechuchos de aplicación y decía: "¡Estudiemos hartísimo muchachos!". Y el hartísimo consistía en chillar hasta quedar roncos; y todos la seguían, y todos quedaban atronados y dispuestos á darse al descanso y á la diversión después de tal hazaña.
El Maestro, habituado al fin al mariposeo y al vocear de los muchachos, podía perfectamente descabezar un sueño en plena sesión; y pocas veces dejaba de hacerlo al mediodía, hora en que le entraba el perro.
El, que cerraba el ojo, y Carmen que principiaba. Era una criatura invencionera que cada día añadía algo nuevo á la pizpirigaña (que por acá se ha llamado siempre pizingaña), al esconde la rama y á otros juegos infantiles. Pero lo más frecuente en estos retozos clandestinos, era alguna fantasía que se le ocurría de pronto, como banda de música, en que los popos de vitoriera hacían de clarinetes, las cartillas arrolladas, de bajos, y los muebles, de tambora. En cierta vez hizo un muñeco de pañolones y, arrojándolo á la banca de los machos, exclamó: "Recojan el botaíto", y el botadito pasó de mano en mano muy acariciado y agasajado por todos. Cayó esto tan en gracia que casi siempre le pedían por unanimidad el botado, nombre con el cual quedó bautizada la invención. Y así, al tenor de ésta, iba sacando mil boberías, para la edificación de los alumnos y la buena marcha del establecimiento. Verdad que estos regocijos acababan siempre con rejo á la redonda, que ni estando muerto el Maestro dejara de sentir el alboroto; pero esto en nada arredraba á la Carmela, porque su divisa era aquella de que "después de un gusto...", que, al fin y al cabo, vino á ser divisa de todo el muchacherío.
El santo varón, con serlo tanto, se daba al Diablo; y á la rapaza, los dictados más depresivos, amenazándola con el destierro perpetuo de la escuela. Poníase ella como una Magdalena, y juraba y perjuraba que nunca volvería á hacer nada reprensible, y la enmienda duraba hasta la primera ocasión de acreditarla, con ser que á la indina la aterraba la idea de no volver á la escuela.
El Maestro, por su parte, trataba de hacer esfuerzos para pelearse con Morfeo, pero al fin se persuadió de que era en vano, y dióse á pensar que no pudiendo él, como no podía con el sueño, cuánto menos había de poder Carmela con ese genio que Dios le dio. Tan lógicos razonamientos, unidos á los favores referidos, acabaron de inclinar al Maestro en favor de esta chicuela, que necesitaba de tan poco para loquear, según le viniera el humor.
También le daba mucha guerra el monitor de la arena, hijo de Don Juan Herrera, uno de los magnates más morrocotudos del pueblo, y no porque fuese de la laya de Carmela, sino por altanerote y levantisco, y porque toda cuestión con los condiscípulos la dirimía á pescozones. Con él había siempre alguna bronca casada para la salida, si no era que la armase en plena sesión; y, aunque Toto salía siempre mal ferido en la refriega, no por ello se dejaba de retos ni baladronadas.
Para tal Reinaldo, tal Armida. A poco de haber entrado á la escuela, estando en la clase de escritura, se le acercó la Aguirre con muchísimo misterio, y le dijo al oído:
-¿Querés que seamos novios, ole Toto?
Quedóse el requerido pensándolo un momento, y, al cabo, contestó:
-Cuando salgamos te digo.
-No; decíme ya -exigió ella.
-Pues bueno, ole -resolvió él, como quien corta el nudo gordiano.
Consistía la vacilación del muchacho en que Carmen, á más de poco garbosa, era muy cachetona y carisoplada, á causa del ahoguío que padecía; pero al mismo tiempo admiraba Toto en ella unas trenzonas muy crespas y unos dientes de pocelana: fuera de que no le parecía nada chinche ni acusona. Las roscas de pandequeso acabaron de decidirlo. Fueron acusados ante el Maestro, que se echó á reír exclamando:
-Asina tenía que suceder. Como nos dejen con vida todo está bueno.
En un principio, los novios no se mostraron muy entusiasmados, porque ni en la escuela, ni en las hogueras y juegos de la plaza, ni en las cabalgatas en palo de escoba allende El Sapero ni en el mataculín, ni en el columpio se buscaban demasiado, y acaso el noviazgo se hubiera vuelto tablas, si el Maestro, primero, y luego los discípulos no hubieran contribuido á anudar estos dos corazones.
Fue el caso que El Tullido -y detrás de él toda la escuela- vio en las trapisondas de Toto alguna conexión con los enredos de Carmela, y viceversa. De tal suerte se poseyó de esta idea, que si Carmen jugaba, regañaba á Toto; si éste reñía, Carmen era la culpable. Los ponía de enemigos malos, de barrabases, de mataperros y de otras cosas que no había por dónde agarrarlos, cargando sobre ellos todas las culpas que se cometían en la escuela.
Estos denuestos agradaban por demás á los condiscípulos, pero ninguno les encantó tanto -acaso por lo terrible de las circunstancias- como el de Perjuicios que les espetó cierta memorable ocasión en que la novia, por instigación del novio, sacó de debajo de la cama de señá Vicenta no sé qué utensilio. ¡Qué horror el de aquel día!
Desde entonces se quedaron con el mote de los Perjuicios. Y como quiera que el precepto gramatical sobre los nombres epicenos no cuela á los chiquillos, dieron á la hembra la desinencia femenina, y Carmen se quedó Perjuicia, y por Perjuicia se le conoce aún en su pueblo.
De todo esto resultó que los Perjuicios aceptaron incondicionalmente, como se estila ogaño, la solidaridad que se les achacaba. Al salir de una sesión, prorrumpió ella, apacionada por su causa:
-Por la pica que este Tullido y todos estos zambos de la escuela nos levantan testimonios, nos hemos de querer hartísimo yo y Toto, y hemos de hacer hartas cosas.
-Sí, ole; -aprobó Toto con grande efervescencia-, mas que nos pelen.
Perjuicia sobre todo tomó el asunto con el fanatismo y alarde de las hembras cuando abrazan las causas políticas y religiosas, cuando se les antoja que van á meter mucho ruido y á representar el gran papel.
¿Leoncitos á Carmela? Desde ese día llevó más pandequeso del que llevara en antes; llevó algarrobas y corozos grandes, para tener el gusto de regalárselo todo á su Perjuicio y dejar á los demás "como perros velones". Desde ese día inventó los buches de agua arrojados á media sala; retrató la calavera de San Pedro Alcántara en las planas propias y ajenas, perfeccionó "el Judas"; y en verdad que quedaba diabólica con aquellos párpados sanguinolentos doblados hacia arriba, con aquella bocaza destarrayada hasta las orejas, con ambos índices parados como cachos, y más que todo, con ese estrabismo de ojos, que era su grande especialidad. Estos horrores, y otros muchos que sería largo de enumerar, los hacía sin que El Tullido se durmiera con lo cual se llevaba unos ramalazos de padre y señor mío.
Tres cuartos de lo mismo le acontecía á Perjuicio. Sin alardear mucho del amor á su prometida, se dejó decir en una clase que no estudiaba, ni rezaba la doctrina, ni escribía si á Perjuicia no le daba la real gana; y cuando El Tullido, después de ordenar silencio general, fue á sermonearle por esta bocarada, el faccioso metió un corcoveo que á poco más se viene abajo el Niño Dios. (¿Sabe usted lo que es corcoveo? -Es un silbo sumamente agudo y destemplado que se produce cruzando los dedos de ambas manos, apretando las palmas e insuflando el aliento por la juntura de los pulgares, y que dice clarito: corcoveo, corcoveo).
El Maestro, aturdido con tal onomatopeya, levanta el pelo para acabar con el silbante; mas de pronto se suspende, y, convirtiendo la cara á las vigas, exclama con profunda amargura:
-¡Dios mío, Dios mío, revestíme de paciencia pa no hacer un hecho con este perverso!
Da luego un acecido y grita á los muchachos:
-¡Váyasen todos antes que mate uno!
Era un rapto, un desate nervioso que nunca había sentido. En esta repentina, inusitada exaltación se le agolparon en la cabeza sus miserias de enfermo, sus angustias de maestro, el lote de desgracia que le había tocado en suerte.