Part 4
Mas como la muchacha no era ninguna pintada en la pared, y como siempre fue de la humana condición eso de pasar de un extremo á otro, Carmen Aguirre, con todo su ñapanguismo, con todo y el mote de Perjuicia, se les impuso al fin y al cabo con su carácter insinuante, con su corazón bondadoso y, más que todo, con el amor á su marido y con el estricto cumplimiento de sus deberes de esposa y de madre; y á tánto alcanzó en el corazón de sus suegros, que á pretexto de que Toto tenía que ausentarse con frecuencia como minero que era, determinaron de común acuerdo traérsela á su casa; en la que Carmen vino á ser como un centro que recibía, para devolverlo con creces, el cariño todo de la familia.
"¡Qué matrona!" -repetía Don Juan, este espejo de los optimistas-. "¡Es hasta bonita este diantre de Perjuicia!".
Pero así y todo, le echó su buena reprimenda por la carcajada y el desorden aquello: "¡Haber interrumpido con esa montañerada aquella manifestación suprema del progreso!".
VII
Víctima de él -que no hay progreso que no las haga- fue desde luego el infeliz "Tullido".
Siempre había creído el pobre que con la invalidez vitalicia y sus consecuencias, lo tenía Dios más que probado. Pero cuando vio subrogada su escuela por las gratuitas y para él acabadas del Gobierno; cuando presintió el mendrugo arrojado por la caridad y surgió en su conciencia la idea de que era un hombre inútil, un parásito obligado de la savia ajena, vino para aquella alma triste el Getsemaní de sus dolores.
¡Qué amargura la de ese cáliz inagotable! La fe que henchía aquel corazón sencillo, se conturbó en la crisis. Ansias de morir le asaltaron. Morir no para unirse á su Dios, sino para dejar aquella vida miserable, onerosa, á una pobre anciana que él había envuelto y precipitado en su desgracia, y á un pueblo á quien él debía sustento, consideraciones, tal vez prestigio. Tiempo hacía que su organismo, anulado por el sufrimiento, para nada entraba en la dicha de vivir; tiempo hacía que aquel sér humano se había dado cuenta y razón de que su parte animal era como un sarcasmo de naturaleza, como una prueba inaudita de la Providencia. Por eso la vida la refería toda al espíritu, al corazón. Pero he aquí que de repente, por un hecho tan común como inopinado, aquella actividad se encontró sin objeto en qué emplearse. Con la desbandada de la escuela, con la lobreguez de su casa, acabóse para él ese campo que cultivar; el calor en antes no apreciado de efecto y de ternura que le daban sus alumnos -hijos suyos por el espíritu. ¿Si Dios querría también anularle las facultades del alma, después de haberle anulado las del cuerpo? ¿Si sería él uno como cadáver insepulto? ¿Si sería eso la existencia?
¿Y Vicenta?, Vicenta la santa viejecita, en vez de un consuelo en su desgracia, vino á ser para El Tullido como un remordimiento. Sí, porque aquella mujer, toda abnegación y cariño, no le apagaba la sed de ternura que le abrasaba el alma en aquel desierto de su vida.
La anciana había dejado el calor del fogón y pasaba los días junto á la cama de "su viejito", remendando los pobres guiñapos o hilando los nevados copos que le diera la caridad de Encarnación. La pobre viejecilla se arrecía de frío en aquella sala húmeda, donde soplaban los cierzos de esas alturas andinas.
Solitarios como la tristeza, silenciosos como la virtud, se acurrucaban los dos esposos todo el día, y el otro, y el siguiente. El pan de la caridad que á nadie falta en nuestras aldeas, ¿quién sino Perjuicia debía traerlo?
En cuanto la rapaza, en medio de su aturdimiento, pudo darse cuenta de la situación de su Maestro, ocurriósele en su inventiva, salir ella misma á recoger el condumio para el par de viejecitos. Agobiada por enorme cesto, no había casa á donde no se llegara con su muletilla. "La limosna p'al tullidito"; y en esta costumbre perseveró la muchacha hasta casarse. De ahí en adelante, sostuvo ella misma al Tullido á sus propias expensas. Hizo más: recabó de Toto y de su suegro que le reedificasen al infeliz Maestro la vieja casa, que ya se venía abajo. Las oraciones, ese hermoso regalo con que la pobreza recompensa al rico que la socorre, las elevaban á tarde y á mañana el par de ancianos por su bienhechora.
Sin embargo, la nostalgia de niñez, esa necesidad que arrecia con los años, que se hace apremiante en la senectud, seguía experimentándola, sin definírsela, aquel viejo sin hijos, aquel Maestro sin discípulos. Seguía cada vez más abrasadora, la sed de aquel desierto; vino el espejismo: soñaba despierto con los Perjuicios, con Cleto Villa, con los gorgojos, con la chusma de rapazuelos que antes lo enloquecieran.
En ese sér, ajeno á las luchas y á los placeres de la vida, privado de los goces del amor y de la paternidad, inerte, deformado, sin vida corpórea; el espíritu, tanto más activo cuanto obraba solo en aquella ruina humana, tenía que perder la noción de la realidad, del vivir, para vagar por las regiones del delirio. La monomanía de afecto á la niñez, lenta, vacilante en un pricipio, fue acentuándose poderosa, dominante -chochez o locura, nadie supo definirlo.
Es lo cierto que aquel Niño Jesús, á quien siempre había querido tánto y tributado el culto ferviente y tierno del cristiano á su Dios, á su Dios que quiso humanarse en la niñez desvalida, vino á ser para aquel loco, no una imagen, ni siquiera la representación del más grande misterio de su religión, sino una criatura en carne y hueso, sangre de su sangre: su hijo, su unigénito, Dimitas Arias, el sér más hermoso de la creación.
Fue bajado de su altar y despojado de sus ropajes e insignias, para ser luego envuelto, como en el portal de Belén, en los pobres harapos de la cama del Tullido. Lo arrullaba con los cantos de las madres á sus niños, y se quedaba dormido abrazado á la prenda de su corazón, para despertar, sobresaltado, con este grito: "Me lo mata! Me lo mató ese Aguirre!".
Vino la enseñanza: Dimitas deletreaba, Dimitas escribía en la arena, leyó después de corrida e hizo planas que ni soñadas. Locura extraña, delicada en su misma extravagancia: nunca se le ocurrió que su hijo necesitase de alimento: nada para el cuerpo, todo para el espíritu. Vestíale á veces sus galas episcopales y le ponía en la manita, no la flor de otro tiempo, sino el báculo, que no era otro que el chuzo de macana, aquel chuzo formidable. Entonces, Dimitas era el obispo Gómez Plata, que venía á confirmar todos los niños del sitio. Con Su Ilustrísima rezaba el rosario, y daba tiempo á que él le contestase las avemarías. ¡Qué dulces debían resonar en el alma de aquel loco las oraciones en boca de su hijo, ese varón preclaro de la Iglesia! Y siempre los sobresaltos por los peligros que corría su niño; por las asechanzas de Aguirre.
La señá Vicenta, esa alma de Dios ocho veces bienaventurada, no era para acobardarse demasiado con las locuras de su marido, ni menos aún para definirlas y apreciarlas. Bien se le alcanzaba que esta chochez era harto extraña en un hombre que ella había considerado siempre tan sabio y tan religioso. Así y todo, no podía menos de reír al oírle tántos disparates.
La noticia de las "ideas" del Maestro corrió por todo el pueblo desde el pricipio, y muchas personas fueron á verle, con achaque de llevarle algún socorro, para satisfacer solamente la groserota novelería. "¡...cito!"-les decía la señá Vicenta á los visitantes-. Y agregaba paso: "El siempre está distraído, el pobre Tullidito. Tan siquiera no está furioso".
Cuando los grandes certámenes, estaba el Maestro Dimas en el apogeo de su locura.
Perjuicia iba á verlo á menudo, y salía cada vez más impresionada con sus extravagancias y más compadecida de su demencia.
VIII
Se acercaba la gran festividad del orbe cristiano, la fiesta por excelencia de los hogares antioqueños: aquella que, con su idílica sencillez y santa poesía, obliga á la familia á congregarse, atrae á los miembros ausentes, hace pagar el tributo de lágrimas á los muertos queridos y cultiva los afectos más puros del corazón. Ni en la casa más pobre de estas montañas deja de celebrarse. En nuestras aldeas, los mendigos imploran, no ya el bocado de pan, sino la moneda para hacer en su choza los platos obligados de nochebuena. Y es que nuestro pueblo no ve en esta festividad una costumbre tradicional y religiosa únicamente, que ve un deber ineludible de cristiano: en el fogón donde no se hace la "nochebuena" se revuelca el Diablo, y toda la casa queda contaminada.
En la de Don Juan Herrera había comenzado el brete desde la antevíspera. Aquella cocina era un embolismo, un caos de cedazos y coladores, de pailas y de cazuelas, de trastos y de cacharros de toda especie. Las señoras de la casa se multiplican: cuelan, ciernen, amasan, baten. Aquí chirrían los buñuelos; allá revienta la natilla; acullá se cuaja el manjar blanco. Corre el bolillo sobre la pasta de hojuelas; el mecedor no cesa entre el hirviente oleaje; forma copos de espuma la superficie del almíbar; en esta piedra muelen la yuca y la arracacha; en aquélla, la canela y la nuez moscada; en artesas y platones blanquean los quesitos y las cuajadas; campan la manteca y la mantequilla en hojas y cacerolas; saltan los huevos en cascadas amarillas. Se sofoca ésta desmenuzando, atiza aquélla por todas partes; unas mandan, otras piden. Los chicos todo lo husmean, todo lo tocan, de todo se antojan, de todo comen. Cuál se ofrece para traer los azahares, cuál para soplar la forja, cuál para acarrear la vajilla. Los grandes entran, indagan, salen, tornan á entrar, tornan á salir, y, ahora buñuelo, luego raspado, cuando llega la hora del banquete está toda aquella gente más para agüitas de apio que para manjares.
Perjuicia corre con la distribución: las delicadezas y filigranas para el Cura, para el señor Fiscal; los buñuelos ingentes para las Zutanitas y Menganitas; la enorme batea de natilla de quesito y la cuyabrona de buñuelos de cargazón para los presos de la cárcel; en fin, la ración para el pobre, el plato que bendice la abundancia del rico. Al Tullido, como era de rigor, le reservaba de todo con opulencia y largueza.
Todos los afanes anticipados de la Perjuicia eran para tener libre el día siguiente, á fin de fabricar, en compañía de Cleto Villa, y de algunos chicos, el pesebre del Tullido. Desde niña había sido una de las más asiduas á estas deliciosas faenas, en las que tomaban parte, especialmente para acarrear los materiales, casi todos los muchachos de la escuela, razón por la cual el tal pesebre era clásico en el pueblo. Perjuicia no dejó ni un año de ayudar en la empresa, á pesar de sus obligaciones de señora de casa y de madre de familia.
Ella y Cleto se proponían aquel año hacer una maravilla; y no sólo por sentimiento de piedad y por diversión, sino porque ambos á dos habían mandado la novena al Niño, para que le quitara al Tullido "las ideas".
Desde las siete de la noche, la casa del Tullido era un hervidero con la gente que entraba y que salía.
¡Nunca en el pueblo se vio prodigio como aquél! Ocupa todo el testero de los santos. La puerta del cuarto de señá Vicenta quedó casi cegada, con sólo una abertura por donde la viejecita podía pasar de lado raspándose y magullándose. Hasta el vértice de aquella pajiza techumbre llegan las guaduas que se cruzan en arcos ojivales; más abajo se entrelazan los chusques, formando tupida, erizada bóveda de verdura; cuelgan de las vigas racimos dorados de plátano guineo, gajos descomunales y artificiosos de naranjas y enormes ramos de espigas rojas de cardo y de flor de uvito; ringleras de palomas de cuerpo de cera negra y de cola y alas de papel plegado en forma de abanico medio abierto, se mecen al extremo de hebras sutiles; la naranjuela, ese recurso decorativo de tierra fría, se columpia en gargantillas desde las vigas, pende en festones por las paredes, se apiña en mazorcas sobre la tabla de los santos, y en todas partes alegra con su púrpura y su tersura metálica; decora el nicho de mi padre San Roque grandioso arco de género blanco, abullonado en bombas regulares, separadas por lazadas de madejas de lana de los colores más escandalosos; la Virgen de Valvanera, la de la Cueva, todos los santos, quedan sepultados bajo el tapiz espeso de colchón de pobre y colchón de rico, y sobre él resalta ostentoso un zodíaco de amarillas flores de muerto. Bajo este solio, un terruño antioqueño de asperezas, de escarpas prodigiosas. En la cumbre de un picacho se yergue, cual si fuera la apoteósis de nuestra democracia, una negra gigantesca de cera con tamaña batea de buñuelos en la cabeza. Búrlase con olímpica sonrisa de una ciudad liliputiense que le queda al frente, en el borde de vertiginoso precipicio: es Belén de Judá. Sus magníficos palacios de cartón recortado, sus grandiosas basílicas de tabla de pino se le antojan monumentos levantados al monstruo de la tiranía y al mito tenebroso del fanatismo. Por las gargantas, por los desfiladeros, por las hondonadas se apelmaza el capote color de rosa, el de verdor pálido; los líquenes blancos que semejan esponjas, los mechones de musgo oscuro y afelpado, la oreja y la barba de palo. Plumajes de guacamaya y de cardenal, de toche y de gallos de monte alfombran los ribazos y se tornasolan en las pendientes. En la base frontal de la obra de Cleto Villa y de Perjuicia se entretejen helechos, cardos, parásitas y todos los prodigios de nuestras selvas. En el centro, el santasantorum: un sudadero de junco por techumbre; por columnas, dos popos forrados en el mismo papel que tapiza la sala de Don Juan; á lado y lado, como guardianes del recinto, sendos reyes de espadas recortados primorosamente por la fina tijera de Perjuicia; detrás de ellos, dos caracoles marinos, ornato de las mesas de misiá Nicolasa; un pañuelo de seda verde vela el misterio. En candeleros de barro dispersos acá y allá; en alcayatas clavadas á las paredes, en tres arañones de palo que cuelgan de las vigas, arde como una gloria todo el sebo que labró Encarnación.
Todo era allí alegría y bullicio. Sólo El Tullido permanecía indiferente en esta función que él mismo había motivado. Recostado en su camilla, que ostentaba las galas de renovación, estrechaba en sus brazos, en místico silencio á su Dimitas.
Los pesebristas, entre tanto, se hallaban en mil apuros y secreteos. Consultada la señá Vicenta, les dijo: "No tienen pa qué: él no lo afloja. Si no consiguen otro, se pierde este pesebre tan precioso. Ni se lo propongan porque se enfada".
Esto que tal oye la Perjuicia, llama á Cleto Villa "a palabra y perdón", y salen ambos muy apurados calle arriba. ¿Conseguir niño en noche como aquélla? ¡Un milagro! Y aquí de los recursos de Perjuicia. La que inventó el mataculín en redondo y el botadito, mal podría desmentirse en esta circunstancia suprema. Fuése á su despensa, hizo bajar una de las turegas de maíz que colgaban de una viga, y luego, con la mejor mazorca y algunos trapajos viejos, formó un muñeco: cátate á Dimitas. Llegóse á poco al lugar del conflicto, sentóse junto á la camilla y principió á hacerle mil carantoñas y zalamerías á su Maestro. Cuando menos lo pensó Cleto Villa, Perjuicia le metía por debajo de la ruana al Dimitas verdadero, en tanto que, volviéndose al Tullido, le decía con mucho cariño:
-No vaya á destapar á Dimitas, que puede darle ceguera con tanto velerío.
-Aquí lo tengo empuñao en el rincón -murmuró el pobre loco con transporte, estrechando la mazorca.
A poco principiaron la novena.
Mucho hubiera gozado el Maestro con la leyenda de Perjuicia: aquel tono gemebundo y atragantado, las voces disparatadas, el irrespeto á los signos de puntuación, hacían de aquella novena, leída con tanto fervor, una de esas plegarias que suben al cielo "en olor de suavidad".
¿Le concedería Dios lo que pedía? Tal vez sí: cuando, al acabar una jornada, hizo pausa, oyó, y lo oyeron todos, que El Tullido roncaba: dormía tan poco últimamente, que esto le auguraba mucho bueno á la peticionaria.
A poco de haber terminado la novena, declaró Cleto que iban á ser las doce -las doce de aquella noche en que florece en la tierra la yerbabuena y se postra la Virgen de rodillas en el cielo-, y todos se prosternaron á rezar el Gloria in excelsis Deo, leído por Perjuicia en el Eucologio Romano; luego, por medio de una jaculatoria que allí mismo improvisó, formuló ella su petición, y todos guardaron silencio para hacerla.
Aún no se han levantado los fieles, cuando el velo verde se descorre, y el Niño Jesús, en traje episcopal, con el mundo en la diestra y un platico de natilla en la siniestra, aparece, esplendente, glorioso, sobre el disco inflamado del sol. Edison del grande invento fue Cleto Villa: un papel engrasado y detrás una candileja.
Hubo un paréntesis de jolgorio admirativo; siguió luego el rosario, y lentamente fueron retirándose los concurrentes.
Sólo han quedado los Perjuicios, Cleto Villa y uno que otro admirador. Apagada la luminaria, se acerca Perjuicia al Tullido y le dice con ese tono infantil y chancero con que trataba á todos los pobres y desgraciados:
-Ole, Tullidito, ¿quiere que comamos nochebuena?
-No lo molestés -le dice su marido-, déjalo dormir en sana paz.
Sentáronse todos á desacalorarse para la salida, y El Tullido, con el habla tartajosa, medio borrada, de los dormidos, murmuró:
"Ven, mi Niño amado.
Ven, no tardes tánto".
-"...¡cito! -exclama la señá Vicenta- le está rezando á su Dimitas...".
A la madrugada siguiente, cuando la anciana fue á llevarle el desayuno, lo encontró muerto, abrazado á la mazorca.
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