Dimitas Arias

Part 3

Chapter 34,060 wordsPublic domain (Wikisource)

¡Si le tumbarían la escuela esos enemigos! Eso ya no era escuela, eso ya no era nada, ni una merienda de negros. Más respeto le tenían á un palo que á él; y abusaban por su desgracia; porque no podía valerse ni arrojar de la escuela al malvado, puesto que Don Juan lo había socorrido siempre y acababa de regalarle una cobija. No podía arrojar á Carmen tampoco, porque así ella como su madre lo tenían obligado con tantas finezas. Y lo mismo daría porque la escuela toda se la tenían perdida aquellos enemigos. ¡Valientes muchachos tan terribles eran los de ahora! El, que enseñó á todo el sitio, no había manejado nunca una canalla como ese par. ¡Y de novios y mataperreando juntos, cómo se irían á poner! Si él pudiera dejar ese diantre de escuela. Pero ¿cómo?, ¿quién lo mantendría? Y si no ponía remedio al mal ¿con qué cara iría á cobrarles plata á los padres, para que vinieran los hijos no sólo á perder el tiempo, sino á aprender maldades? ¡Ay! Si esa pobrecita Vicenta pudiera trabajar en algo, siquiera para comer agua negra. Pero ¿en qué iba á trabajar una pobre vieja? Harto había hecho la infeliz en bregarlo á él con tan buena voluntad, en conformarse con no tener marido sino un gusano. Gusano no, que éstos tan siquiera se arrastraban por el suelo, y él estaba ahí en esa cama como en un cepo. Si tuvieran algún hijo que velara por ellos. ¡Que Dios no le dejase perder su alma al cabo de la vejez! Que si era su santísima voluntad que Vicenta tuviese que salir á implorar el bocado, le diera valor para soportar esa vergüenza, para recibir la limosna con humildad. ¿Por qué se habría puesto así, tan desesperado, después de haber sufrido tánto, tántos años, tranquilo y resignado?

Volvió la cara hacia el Niño Dios y con el alma le dijo:

Mi niño querido, mi único consuelo en esta vida, ilumináme lo que he de hacer pa arreglar esto. Mandáles aplicación y formalidá á estos niños, pa que yo pueda seguir en mi escuelita, pa que pueda conseguir el pan nuestro de cada día; pa que no tenga que pedilo. No me dejés de tu mano, niño adorado.

Y aquí siguieron varios padrenuestros y otras oraciones.

La señá Vicenta, maravillada al comprender que la escuela había salido sin que ella diese el aviso de ordenanza, entró á informarse de la novedad, y en cuanto vio al Maestro tan cariacontecido y con señales de haber llorado, murmuró, como hablando consigo misma:

-Es'es que est'enfermo.

-Ello no, hija; estaba aburrido y largué muy ligero; pero no tengo nada.

-En la prenuncia se le ve qu'est'enfermoso. ¡Y se acerca á la cama y le pasa la mano por frente y cabeza.

-¡Qué achaque he de tener! No sea embelequera. Es que hoy me ha agarrao el flato (El Tullido, como toda la gente del pueblo en Antioquia, decía siempre flato por tristeza).

-Eso sí'stá malo -replica la viejecita arreglándole la colcha- porque como yo lo vea siempre contento, lo demás ai va.

-Eso se me pasa, hija. ¿No ha visto, pues, que yo siempre estoy tan alegre?

-Pues por eso me choca verlo asina. Tal vez es que tiene mucha de la fatiga con toíta la bulla que han hecho hoy esos muchachos. Voy á trele la comidita.

Y salió.

¡Esta sí era la que se iba á ir para el cielo con todo y ropa! ¡Valiente mujer! Toda la vida bregando con un tronco de carne tirado en una cama, y siempre con el mismo modo y siempre con el mismo cariño, sin descuidarlo un momento... cuando otras por ahí... casadas con hombres alentados y buenos mozos... El, siempre era muy malo cuando no le agradecía á Dios esa mujer que le dio. Era mucho el purgatorio que iba á chupar por su poca conformidad, por su mucho desagradecimiento.

En tantos años de sufrir, no recordaba El Tullido haber experimentado una angustia como la de ese día, y nunca las notas de su desgracia le parecieron tántas y tan lamentables.

De ello sacó en limpio que era un hombre comido de pecados, á quien todavía le faltaba "mucho palo" para ponerse en buen punto de cristiano y aprender á conformarse con el querer de su Divina Majestad.

Esa tarde no dio escuela, sino que mandó llamar al cura quien, después de confesarlo, le aplicó todos los bálsamos y unturas espirituales del caso, aleccionándolo, además, sobre el modo como debía obrar con los Perjuicios, los cuales, por de contado, figuraron no poco en este largo parlamento.

V

Amaneció aquel lugar envuelto en niebla tan espesa, que entre las cocineras que madrugaron á coger el agua en los chorros de la esquina del Cabildo, hubo choque y quebrazón de ollas y calabazos. El Sacristán, arrebujado en su bayetón, y en su manteo, el Cura, hicieron sonar los zuecos en las empedradas aceras y tocaron á misa; más de un perro, hecho una rosca, tiritaba por ahí contra alguna puerta; las vacas, echando vaho por todo el cuerpo, reclamaban sus crías en los cercados; éstas contestaban desde adentro, pero nadie salía á los ordeños; parajitos cantores no se oyeron, sino que la lora del Cura, después de pedir repetidas veces al lorito real que sacara la pata, entonó el Santo Dios con lengua más estropajosa que de costumbre. Despeinadas y flechudas, se andaban por todas partes las gallinas, escarba que más escarba, comadreando si Dios tenía qué; en tanto que unos puercos protestaban de la argolla y de la horqueta con gruñidos de amenaza, hociqueo en las paredes, estregamiento contra las esquinas.

No bien los tules aquellos se descorrieron, y el rayo amortiguado de un sol anémico despuntó por detrás de la torre, se abrieron los balcones de la casa de Don Juan y misiá Nicolasa salió á tender en la baranda los pañales del pequeñuelo; y detrás de ella, otras madres, que, á falta de balcones, extendieron los trapajos en taburetes, frente á las puertas de sus respectivas casas. Un capítulo de gallinazos, graves y meditabundos, que también asoleaban sus ropas en las alturas de la basílica y en el palacio municipal, se desgajaron cautelosos, atraídos sin duda por aquellas bayetas de parvulillo, mientras que otros, más muchachos y traviesos, se agolparon al frente de la carnicería, por ver si lograban una parvidad de piltrafa. Abrió el herrero la fragua; los de la renta, el estanco; señó Benjumea, el ventorrillo; Don Juan Herrera, la tienda; y principió el palpitar febricitante, el hervir de la gran metrópoli.

¡Qué tiene qué ver la de Semíramis! Grandiosas fábricas de vara en tierra, de bahareques, de techumbres de rabihorcado, ahora juntas, ahora dispersas; altos y bajos relieves de boñiga en muros y pavimentos; mosaicos de chorretas y rayones por dondequiera; avenidas alfombradas de yuyo-quemao, de abrojo, de espadilla.

Filigranas de espartillo y de helecho visten los muros de huertos encantados; sobre los aleros de paja y de terrón se espacian la verbena y la sarpoleta y se desata en bucles la acedera; extienden los morales sus espinosas ramazones á través de las verjas de macanas; por los valladares de madera preciosa de caunce y de sietecueros, se entretejen la batatilla y la batata; túpenlos y refuérzanlos el lengüebuey y el barbasco... tal vez para que ninguna vaca invasora vaya á perderse entre aquellas formidables vitorieras que, cual las huestes napoleónicas, han sepultado las mafafas, confundido los achirales, invadido hasta el cogollo los arrogantes platanales, puesto en duda la existencia de los chiqueros, borrado las fronteras y enredado la geografía de aquellos continentes.

Cual la insensatez humana que paga tributo al lodo inmun-do, bordan las márgenes de El Sapero sauces llorones que lo besan; chachafrutos que le riegan sus pétalos purpúreos; borracheros que le adulan con la grosería de sus perfumes y la hipérbole de sus flores; dragos que enrojecen sus hojas por adornarlo.

En las ciénagas, vestidas de espadaña, agitan los yarumos su follaje de doble faz; en las hondonadas se yergue el zarro, esa palmera de la tierra fría; en los collados ostenta la flor de mayo su ríspido ramaje y su tricolor eflorescencia; descuélgase por las breñas el colchón de pobre; el helecho se prodiga por dondequiera; y por allá, de trecho en trecho, como caricatura de cuostodia, se empina, desairada y grotesca, tal cual mata de girasol.

Cubre este lujo pesetero de la naturaleza un riñón atrofiado de los Andes. Sobre él á horcajadas está el pueblecito. Los gallinazos, esos poetas que giran en la altura, deben contemplarlo desde allá como el delineamiento de un alacrán. Las dos callecitas de El Alto, curvadas asimétricamente, son las antenas; la plaza larguirucha, el cuerpo; las tres calles que medio arrancan de ella á lado y lado son las patas, y, por último, forma la cola con todo y nudos, la llamada Calle abajo. De modo que la escuela viene á quedar en la ponzoña. La paja de los techos, las paredes húmedas o empolvadas, el humo, las telarañas, el abandono, hacen de aquella aldea una mugre, un harapo de villorrio. El cielo que lo cobija parece de zinc lo mismo en invierno que en verano. Tiene la hermosura de la miseria, la poesía de la tristeza, la nota pintoresca del desamparo: dijérase una gitana convertida en pueblo.

Consta de muy buena tinta que El Tullido tuvo una noche toledana y que, á pesar de ello, no dejó de llamar á las cuatro de aquella mañana á la señá Vicenta, para rezar de cama á cama el rosario, los padrenuestros del Carmen y los actos de fe, como tenían de costumbre. Cuando hubieron terminado, salió la buena mujer tiritando para la cocina. Y en qué apuros se vió para hacer llamarada, pues, aunque enterró muy bien la noche antes, el frío había penetrado la ceniza; y aquella brasa moribunda no quería revivir. A fuerza de soplos, de pujos y de encarnizarse los ojos, obró el milagro de hacer entrar por el deber á aquella leña aterida. A poco la chocolatera de barro, acariciada por dos lenguonas rojas que la lamían por los flancos, cantaba en delicioso gorgoreo, en tanto que el tiesto encaramado en las tres piedras, se estremecía rabioso, al sentir en sus abrasadas concavidades la frialdad de aquella masa que se le pegaba como una ventosa; pues primero se cortara la cabeza señá Vicenta que dejar al "viejito" sin su arepa caliente al desayuno. ¡Y cómo se le enternecía la pajarilla al buen hombre, al oír el cuchillo raspa que rasparás, y el molinillo de raíz, que se volvía tarumba entre aquella onda espesa y perfumada! Después de apecharse el coco "cebado por dos veces", tuvo tiempo de echar una tongadita de sueño.

Que no fue tan corta que se diga, porque en mañanas como esa los discípulos tardaban en llegar, y no por dormilones, sino porque, á más de la "ranchada de la leña", de que no escapaba ni la casa de Don Juan, los chicos se entretenían en la calle apostando á cuál "echaba más ñeblina". Y qué bocazas las que abrían aquellas criaturas para arrojar el aliento, y qué de risas y comentarios cuando algún "señor" asomaba á su puerta e iba despidiendo, entre bostezos y estremecimientos de frío cada bocanada que ni fumando tabaco.

Vedados le estaban estos placeres á la pobrecita Perjuicia, pues Encarnación no la dejaba madrugar, por miedo de que le atacase el ahoguío con esos fríos matinales; razón por la cual llegaba la última á la sesión de la mañana.

Las siete de ésta serían cuando salió de casa, aspirando el aroma de un enorme clavel, de ésos que por entonces significaban "amor vivo y puro", que llevaba para obsequiar al Niño Dios.

Ufana por demás con la ofrenda, se llegó á la escuela, dio los buenos días al Tullido, se informó de su salud -atención que nunca omitía- y estiró la flor á Cleto Villa, que, por ser el más mañoso de los chicos, era el encargado de ponerla en la manita del Niño. Pero cuando el muchacho, después de encaramado en un taburete, iba á verificar tan delicada operación, le gritó el Maestro en tono de regaño:

-Detente Cleto; no le ponga eso al Niño Dios.

-¿Por qué, Maestro? -exclama Perjuicia en extremo sorprendida.

-¿Por qué? Porque él no recibe sino flores que vengan de manos de una niña obediente y respetuosa; de unas manos puras... y las suyas están manchadas.

-Sí, ya sé -gimió la chica, emperrándose á llorar á todo pecho-. Eso fue porque Toto... ¡Jí! ¡Jí!... chifló ayer el corcoveo... ¿Yo qué culpa tengo, ah?

-Sí tiene la culpa, sí la tiene, porque usté y él se han pautao pa cometer faltas y pa irrespetar á su Maestro. Por eso el Niño Dios no le quiere su flor. Llévesela y vaya á la iglesia, y ai, junto al altar de mi padre San Cayetano, está el retablo de mi padre San Miguel con el Diablo á los pies... Póngasela á Lucifer, que ése sí le recibe su flor. ¡Vaya póngasela corriendo, que allá la está esperando!

Por este registro sí no había entonado el Maestro, y los niños estaban aterrados. ¡Y qué bonito estaba diciendo esas cosas: sin ponerse bravo ni nada, sino como el Curita cuando echaba las prédicas!

Perjuicia, entre tanto, con la cara apoyada en un brazo, y éste contra la pared, seguía sollozando.

El Tullido suspende un instante su filípica, y luego, dirigiéndose de nuevo á la muchacha, le dice:

-¿Qué es que no se mueve? ¿No le digo que el Diablo l'est'esperando? Y usté no debe hacerlo aguardar: las niñas endiabladas, como usté, deben ir todos los días á hacerle la visita. ¿No ve que él es el que las manda?

-Por la Virgen, Maestrico -grita Perjuicia desesperada, tirándose de rodillas- no me mande p'onde el Diablo, no me mande, que yo no soy endiablada... ¡No me mande, no me mande...! ¡Yo no lo vuelvo á hacer, no lo vuelvo á hacer, Maestrico de mi vida! Yo le obedezco á usté todito lo que me diga... Yo no vuelvo á ser juguetona ni necia... Pégueme si quiere; déme rejo.

-No, yo no le pego; no se afane. ¿Para qué le voy á pegar? ¿No ve que usté no está sino pa darle gusto al Diablo?

-Al Diablo no, Maestrico -plañe Perjuicia- ¡Yo no lo vuelvo á hacer; no, por Dios!

Y sigue de rodillas, y de rodillas se va hacia atrás y se viene hacia adelante, y se mesa el pelo y se estriega los ojos, convulsa, desesperada.

El Maestro recordando que el Cura lo ha motejado de falto de entereza, sigue en su propósito, aunque se le vuelva cuesta arriba al ver cuál se pone la muchacha.

-Levántese de ese suelo -le manda en tono más severo que antes- y déjese de hacer papeles, que yo no le creo.

Y dirigiéndose á una muñeca de las más gorgojas que se estaba acurrucadita en un rincón, le dice cariñoso:

-Vaya usté, mija, tráigame á su casa una florecita pal Niño.

-¿En casa, caso hay bonitas? -replicó el ángel con un mohín de lástima de lo más encantador.

-Eso no le hace, mijita. Tráigame de las que haiga.

Felicísima con la distinción, corre á cumplir su cometido.

Carmen, sintiendo que á su pena se agrega algo como un ultraje, y, concentrando toda su amargura, toda su humillación en un chillido muy largo, se arrastra de hinojos hasta la camilla del Maestro, y, hundiendo la cara en los tendidos, sigue sollozando.

La niña coloradita y jadeante, torna á poco con una rosa amarilla, de esas que llaman de muerto, y dice:

-No había sino de esto que güele muy maluco.

-Está muy linda -replica El Tullido, recibiéndole aquella pobre flor-, y anque no estuviera: el Niño Dios la recibe con mucho agrado, porque ésta sí viene de manos puras y virtosas. Tóme, Cleto, póngasela.

Dejara de ser mujer Carmen Aguirre si, á pesar de su quebranto, no hubiera levantado la cabeza para ver la flor. Tan luego como el Niño la tiene en su manecita, se alza la cuitada y exclama:

-¡Quítesela, por Dios, Maestrico, que eso está muy feo y jiede mucho!

-Está muy preciosa... y el Niño no la va á güeler.

Ella, entonces se retira á su puesto á llorar en silencio sus tristezas.

El Tullido, como para borrar la impresión que esta escena produjo, como para aturdirse él mismo mandó:

-¡Ea, pues, muchachos, una leyenda bien sabrosa!

Y la gran chillería se arma.

Cuando se iba calmando gritó una muchacha:

-Maestro, ¡Carmela está con el ahogo!

Y, en efecto, Carmela parecía en lo supremo del ataque: levantaba la cabeza y abría tamaña boca para poder respirar, dando unos acecidos y produciendo unas hervezones y unos levantamientos de pecho, que inspiraba compasión.

-Si está con el mal, váyase pa la casa -le dijo el Maestro, echando el resto de valor, porque ya se le quería figurar que se había desmedido en el castigo.

Perjuicia, haciendo todo el alarde posible de enfermedad, se tocó con el pañolón como una viuda, no dejando fuera sino la punta de la nariz. Le pareció muy del caso un patatús horrible; pero por más que lo provocaba y lo fingía, el patatús no se quiso presentar, por lo cual hubo de contentarse con salir agarrándose de la pared y de las puertas: ¡estaba tan desfallecida!

Por haber enfermado de las glándulas dejó de asistir Perjuicio por tres días á la escuela, pasados los cuales compareció en ella muy satisfecho y campante. Llegada la hora de pontificar en la arena, se apercibió para ello el monitor insigne; pero... ¡cepos quedos! -el Maestro le dice:

-Opa, hijo, no se mueva de su puesto.

Y, revolviendo la vista por toda la clase, añade:

-Salga usté, Cleto, á enseñar en la arena. Usté es el monitor de hoy pen delante.

¿Viste á un general cuando lo degradan? Lo que éste puede sentir es nada, comparado con lo que sintió Toto Herrera. El, el hijo de Don Juan, el más valiente de toda la escuela, suplantado por ese bobo, por ese pobretón de Cleto Villa. ¿Cómo no se abría la tierra y se tragaba todo el Sitio? Caía cada lágrima por los cachetes de Perjuicio como arveja.

VI

¡No hay qué hacer con el progreso! Es un Micifús artero, perseverante, que espera el momento preciso, el cuarto de hora de los pueblos, para echarles el zarpazo.

Tal pensaba, más o menos, Don Juan Herrera cuando discurría, que era á toda hora, sobre el incomparable adelanto de aquella población. Con él opinaban todos sus convecinos: para ellos no parecía el progreso cosa indefinida, toda vez que habían puesto punto final al de su pueblo: de allí no se podía pasar, era el non plus ultra. En realidad de verdad, aquella aldea había conseguido en veinte años lo que en muchísimos no lograra. ¡Qué de cosas sucedidas en tan corto tiempo! El asalto fue por este orden: una vía comercial que rompió el aislamiento de esa comarca; creación de escuelas oficiales; minas y fincas que se montaron y que, dándole valor á las tierras y ocupación á los brazos, atrajeron no pocos inmigrantes; tejares que supeditaron la paja; tapias que derogaron los bahareques; un Cabildo chorrudo que echó agua y levantó pila; y, por último, una enormidad de suceso, un colmo que casi deja pasmado á Don Juan y á sus turalatos convecinos; una Legislatura munífica que erigió aquella parroquia en cabecera de circuito.

"¡Ah, el Circuito!" -y Don Juan abría aquella boca, y abría aquellos ojos, y abría aquellas patas. Ese Circuito que llevó tantos hombres sapientísimos, que estableció el foro, que elevó el pueblo á la categoría de ciudad, que postergó, que puso bajo su planta aquellas aldeas limítrofes tan antipáticas, tan aborrecidas ¡Qué triunfos, qué glorias! Todo allí asumió un carácter eminentemente ciudadano: el jipijapa del Cura fue reemplazado por la teja clásica, y, no contento con la vieja iglesia, no sosegó hasta crear una junta e iniciar los trabajos de un nuevo templo; las grandes damas pasaron de la alpargata á la babucha de cordobán; mermaron un veinte por ciento zuecos y bayetones; esteblecióse zapatería; pusieron letreros en tres o cuatro tiendas; pintáronse como ocho casas; se empapelaron la del alcalde y la de Don Juan Herrera, y tuvieron bombas y mesa central; Doña Nicolasa no volvió á admitir pañales en sus balcones, con ser que Toto le había llenado la casa de Perjuiciecitos, pues iba ya para diez años que se había casado con Carmela.

Todo esto era nada comparado con la instrucción; á más de las escuelas oficiales, abriéronse dos colegios para hombres y para mujeres, y no se oía sino "platel de educación" por aquí, "plantel de educación" por allá. El de señoritas era un sueño; hasta las casaderas, y aun papandujas y quedadas fueron á abrevar sus espíritus en aquella fuente de sabiduría.

Estamos en noviembre. La ciudad se reviste de todas galas para concurir á la "fiesta suprema de la civilización". La comunidad, vestida heterogéneamente al gusto de cada alumana, atraviesa la plaza, al son de la Garibaldina que tocan dos clarinetes, un bajo y la retumbante tambora del maestro Feliciano; precede aquel mujerío sabiondo, Doña Carmela Bedoya de Pulgarín, la pedagoga ilustre; síguelo la embelesada turbamulta. En la nave central están en rueda todos los taburetes del pueblo, el gran tablero de vaqueta embetunado y la ostentosa mesa de los "réplicas y catedráticos", paramentada con las colchas de damasco de misiá Nicolasa. Lo más granado de la ciudad ha acudido; aún vibran los últimos bolillazos de Feliciano, cuando misiá Cornelia toca la campanilla y dice: "Se va á dar pricipio al apto". Hace una señal con los ojos, y, de en medio de la comunidad, sale una muchacha, chirriando los guasintones.

¡Cuán hermosa e interesante! Viste un ornamento de merino azul de cielo, escotado y de manga troncha; áurea soga de filigrana le da tres vueltas en el cuello, le pende por delante y se coge en una cadera con un prendedor de águila; recógele una redecilla la enorme castaña; cuatro cachumbos le cuelgan á cada lado; luce zarcillos de lámpara griega, y, en el copete, un ramo de flores de mano de varios colores. ¡Qué esplendor! Es Ester Solina Herrera, la seca-leche de misiá Nicolasa, el mismo de Don Juan. De pie, cerca á una mesa donde están las planas y los dibujos, estira en redondo la mano, relumbrante de pedrerías, y dice:

"Señores: El magnífico espectáculo que hoy tenéis la satisfacción de presenciar, es de las fiestas más espléndidas que se celebran en las naciones civilizadas, por que es la que hace la educación en la bella y elegante carrera del saber: Pues bien, señores, educad vuestras hijas y ellas serán felices...".

Esta arenga, obra maestra del Doctor Forero, el famoso abogado de la "ciudad", iba electrizando la muchedumbre; mas de repente aquello no fue ya electricidad: fue el pasmo. No era para menos: El discurso aquel tenía su paso, su escena culminante: ello fue que de pronto dice Ester Solina: "Valdréme aquí de las palabras de María", y se postra de hinojos, y cruza los brazos, y echa toda la "Maunífica", desde el "engrandece" hasta el "por los siglos". El Cura chocoliaba; se sonaba Don Juan por disimular los pucheros; misiá Nicolasa palidecía de emoción ante la belleza y el saber de su pimpollo.

Siguió luego el examen de francés. El Fiscal, que era el profesor, abre un texto de Ollendorff, y le dice á una niña:

-Bueno, señorita Tangarife, sírvase usted verterme al francés las frases que yo le vaya diciendo en español.

Tosió y dijo:

-¿Tiene usted miedo?

La señorita Tangarife, á pesar de sus rubores, pronunció muy claro:

- ¿Abé bu per?

¡Los ojos que abrió aquella gente...! A Perjuicia le acomete tal risa que no tuvo más remedio que romper por donde pudo, con la boca taponada con el pañuelo, y salirse al atrio á desahogar el ataque. Tres o cuatro viejas, contagiadas, la siguen, y detrás una porción de muchachos y noveleros. El Fiscal cambiaba de colores; Don Juan estaba en ascuas con su nuera.

"La cabra siempre tira al monte", se decía el viejo, y eso que quería mucho á Perjuicia; con una de esas querencias por reacción que son las más intensas.

Porque fue mucho lo que se opuso al casamiento de Toto, y muchísimo más misiá Nicolasa: no podían concebir cómo sangre de Herreras y Rebolledos fuera á mezclarse con la de aquella zambita, hija de un borracho y de una mujer tan de todo el máiz como Encarnación. Pero el mozo, á que cuentas debía descender de algún aragonés, metió cabeza y, quieras que no, los españoles de sus padres tuvieron que tragarse "la Aguirrona", que decía misiá Nicolasa.