Didacticidades

Chapter 4

Chapter 46,674 wordsPublic domain (Wikisource)

“Lo que se hace sin pasión, no perdura”. Dijo Goethe y por ello, este ensayo lo he realizado con el apasionante propósito de mostrar que a través del arte, podemos conducir al adolescente hacia su eclosión sensible, dotarlo de un criterio crítico abierto, darle una visión magnífica de la vida en pos de un mundo mejor, donde la verdad, el bien y la belleza se levanten para desterrar el odio, la testarudez, la envidia, la humillación, los intereses mezquinos y todas esas lacras que retienen a hombres y mujeres en el estancamiento de su alta conciencia; donde la compresión y la amistad sean los caminos para fortalecer la solidaridad humana. Durante muchos años, casi desde el inicio de mis actividades docentes, me ha inquietado profundamente el problema sobre el cual reflexiono en este texto. La tecnificación de la vida moderna ha ido separando al hombre de su rasgo profundamente humano: la creatividad y tal parece que lo perseguido es construir simples máquinas que realicen su parte correspondiente en el engranaje cibernético social. Se va despojando poco a poco, por el avance científico y tecnológico rutinario, el contagio emocional que produce la expresión de la sensibilidad. Y no es que vaya en contra de la ciencia y de la técnica, porque sería retroceder al pensamiento medieval y aún más allá de las etapas míticas. Al contrario, de acuerdo estoy en que debe fomentarse su avance, pero nunca a costa de olvidar el paralelo sensible. Acaso por esto, los grados de neurosis aumentan cada vez más: agresividad, asesinatos, delincuencia, abusos, suicidios... Demostrar que a través del arte podemos contribuir a formar seres humanos integrales, responsables y solidarios, pues se atiende a ese complemento innato de buscar lo bello despertando la creatividad, constituye el apasionado propósito arriba mencionado. La ciencia en sus conceptos va cambiando, pero el arte contiene “ab aeterno” los diversos planos de la vida y al proponerse educar con el arte, no sólo se tiene consecuencias para la sensibilidad estética propiamente dicha, sino también para la existencia intelectual, afectiva y moral. Término este último, en su sentido de amor y responsabilidad. No en el de convencionalismos sociales de poderes hipócritas, sino el que acentúa dar lo mejor de nosotros a los demás para que a su vez, los demás den lo mejor de sí a la sociedad donde convivan. Lo que se pretende con este ensayo, no es convencer para formar artistas ni mucho menos dar teorías para la enseñanza de alguna actividad artística en específico. Las escuelas destinadas a preparar artistas se encargan de ello; aquí, desde un punto de vista formativo, se desea considerar al arte como un recurso para una educación neohumanística, esto es: integralmente hacer emocionar, comprender, reflexionar al alumnado hasta conseguir un espíritu abierto a las fuerzas creadoras de la cultura y de la civilización, es decir, un ser maduro psíquica y socialmente que vibre conmovido ante el trabajo creativo de los artistas: poetas, músicos, pintores, escultores, bailarines, novelistas, dramaturgos, cantantes y todo el gran abanico de creadores, sin descuidar, por supuesto, lo que debe saberse y practicar de la ciencia y de la técnica actuales. Esto es, contribuir al desarrollo armónico e integral de toda la gente; de todo el ser humano nuevo, el que debe surgir en el siglo XXI. Y por qué no, también cooperar a la formación de los futuros artistas y del adecuado público perceptor de las artes antiguas y venideras. Etimológicamente pocos lo ignoran, la palabra arte, procede del latín “ars, artis” que tiene relación a su vez con el verbo griego “airen”: emprender, principiar a obrar y de “Arthon”, con el significado de miembro y que corresponde al “Arius” de los latinos. El arte en su concepto primigenio no expresaba otra cosa que la acción de los miembros, de los órganos necesarios de la voluntad. De ahí: articulación, en equivalencia de coyuntura; articular, que no es otra cosa que un preludio de las palabras, empezar a obrar el órgano de la voz, e inerte, el individuo que no tenía articulaciones, que no se movía, que no tenía arte. A estas primeras acepciones se han agregado sucesivamente las ideas de industria, habilidad, maña, perfeccionamiento. Joan Corominas en su famoso Diccionario Crítico Etimológico, define al arte como “Conjunto de preceptos para hacer bien algo; del latín “Ars, Artis”. F. Habilidad, profesión” y estudiando su evolución semántica, ya en la lengua española, nos dice que en la Edad Media, desde el Cid hasta Amadís y Elio Antonio de Nebrija, significaba engaño, fraude y especialmente en la locución “sin arte”, es decir sin engaño, honestamente. Esta expresión es usual en el Conde Lucanor y en Juan Ruiz Arcipreste de Hita (Libro de Buen Amor). Agrega que Nebrija comienza a atribuirle el significado de grado de perfección al escribir la primera gramática, así considerada, con el nombre de Arte de la Lengua Castellana (1492). Continúa Corominas: “El Arte en el sentido de las bellas o nobles artes, es debido a una imitación del francés, todavía desaprobada por Antonio Capmany, historiador y filólogo español, nacido en Barcelona en 1742, muerto en 1813; autor de un Teatro histórico crítico de la elocuencia española. En 1803 fue ya reconocida como necesaria por Rafael María Baralt, escritor venezolano que se estableció durante largo tiempo en Madrid, llegando a ser miembro de la Real Academia de la Lengua. Escritor correctísimo al cual se le debe una historia de Venezuela pero, sobre todo, un Diccionario de Galicismos, obra que ejerció poderosa influencia sobre los escritores de su tiempo. Vicente García Diego dice en relación con el arte: “que es la disposición para hacer una cosa; su origen etimológico: lat. Ars, Artis. En catalán Art, en español, Arte, al igual que en italiano, art en francés. Aceptado en lenguas germánicas, sajonas, eslavas y en general, en todas las lenguas de la familia indoeuropea. Por otro lado, el Diccionario de la Lengua Española de la Real Academia Española de la Lengua, nos dice: “Ars, Artis. Ambiguo.” Y nos da cuatro definiciones conceptuales: “1. Virtud, disposición, industria para hacer alguna cosa. 2. Acto o facultad, mediante los cuales, valiéndose de la materia, de la imagen o del sonido, imita o expresa el hombre lo material o lo inmaterial y crea copiando o fantaseando. 3. Conjunto de preceptos y reglas necesarias para hacer bien alguna cosa. 4. Libro que contiene los preceptos de la gramática latina.” Como se ha visto, en su origen etimológico, la palabra Arte concuerda con el vocablo griego “Tecné, tecnés”, referente a lo hecho con maestría y que lleva implícito el sema (rasgo mínimo de sentido) de acción, de realización. En lengua española se bifurcan los significados y de la dicción helénica se produce la palabra técnica: “conjunto de procedimientos y recursos de que se sirve el hombre para realizar cualquier actividad, siempre con el fin de obtener buenos logros”. Por tanto, se puede percibir claramente, tanto por su primitiva acepción, como por el concepto que encierra, que la palabra Arte denota la acción del hombre sobre una realidad individual y social. No obstante, aún la definición de Arte, está oscura y no podemos situarla exclusivamente en un juicio genético-lingüístico. En nuestro intento por esclarecer este primer problema, encontramos que desde épocas distantes, siempre ha existido un afán por definir esta actividad característica del ser humano, con las más variadas intenciones. Veamos algunas. En el Mahabharatha de los antiguos hindúes se dice: “el medio para llegar los dioses es la belleza”; los griegos lo consideran “una divina locura”; en la Edad Media es “una imitación de la naturaleza”; “El arte es el que contiene en sí, más universalidad y variedad de cosas” afirma Da Vinci; “El arte no es una conjunto de reglas, sino una armonía de caprichos” señala Rubén Darío; “El arte es una creación y nosotros deberíamos contentarnos humildemente con pedir las lecciones de arte a las obras de los artistas”, dice Rabindranath Tagore; “El arte es la filosofía realizada” define Hebbel, dramaturgo y filósofo; “El arte es el espejo mágico hecho para reflejar los sueños invisibles en pinturas visibles y que se emplea para verse el alma” explica Bernard Shaw, dramaturgo. Podríamos citar muchos autores más, pero la extensión de este artículo lo impide. Como se reflexionará, la definición tradicional de arte lo confunde con la de técnica, y llamamos tradicional a la aceptada irreflexivamente por muchos, aún hoy, como “conjunto de reglas para hacer bien algo”. Si se piensa un poco, esto constituye una falacia, puesto que muchas obras perfectas en su seguimiento de normas no son artísticas. Por más que se sigan reglas externas, como en recetario, no se logra crear de tal modo una obra maestra del arte. El arte no se circunscribe a preceptos, parciales intentos de hacer una obra; es indispensable antes que nada la vibración emocional. El arte es como un torrente impetuoso. Brota al impulso de la sensibilidad creadora que se enfrenta al medio donde se desenvuelve, toma elementos del mismo y los realza sin otro molde que lo sensible del artista; logra una equivalencia de la realidad con su fantasía e imaginación; como diría Bajtin, la refracta. El arte refleja así una inmensa riqueza de valores latentes en él y que despiertan en el momento de la contemplación y del goce; en el instante de la comunicación estética, de la identificación de una parte de nuestro mundo con el que se encierra la obra de arte. Y en esto radica su universalidad: su capacidad como lenguaje para expresar la vitalidad humana que al ser percibida estremece de equivalencias emocionales la visión del mundo de sus perceptores. Marta Simpson, destacada investigadora contemporánea, dice: “El arte es para todos. No sólo para el rico coleccionista, no sólo para el iniciado conocedor de misterios esotéricos, sino para todos nosotros. Sepámoslo o no, el arte ha influido mucho con nuestra formación. Debe y puede ser una parte vital de nuestra existencia, porque puede ser sentido por todos. Nos pertenece a todos; es nuestra herencia, y si no entramos en posesión de esta riqueza que nos aguarda, que está a nuestra disposición, estamos desperdiciando algo, mucho, que puede hacer nuestra vida más placentera y más interesante”. Así el arte, con su carácter de universalidad, viene a ser expresión estética, impactante, de formas de comunicación. El artista con su trabajo, estructura la expresión, le da forma, función y comunica una realidad individual y social a los espectadores. El arte es para todos y está en cada uno de nosotros, por eso se puede afirmar que todos en un momento de la vida somos o hemos sido artistas. Unos pocos siguen siéndolo. Los demás con frecuencia frustran su habilidad para crear, aunque subsiste la de percibir; pues son educados al margen de su capacidad para sentir y apreciar. La misma autora dice: “No trates de conocer el nombre del artista. El artista eres tú, tú mismo”. Si sentimos profundamente un cuadro, una pieza musical, un poema, es porque corresponde a nuestra particular forma de vivir o de sufrir, de gozar o de pensar y estará integrándose a nuestro ser en intensa vibración emocional. Al proyectarnos en una determinada obra de arte realizamos una especie de comunión, comunicación estética, entre el artista, la obra y nuestro universo interior. Y para explicar mejor una posible definición de Arte con todos los elementos vistos y reunidos hasta ahora, habría que considerar lo relativo a su origen, a su gestación. El impulso creador del arte, dice Arqueles Vela, nace de la necesidad de “manifestar las impresiones y sensaciones producidas por la fuerza vital acumulada en la lucha por la existencia”. Esto es, surge por la acumulación de experiencias que el ser humano en un instante específico de su vida psíquica requiere darles un ordenamiento, una estructura, y verlas manifestadas con determinados elementos: color, movimientos, palabras, sonidos, etcétera. Quienes son capaces de ordenar los elementos dispersos y darles forma artística, están realizando los intentos por hacer arte. Crean signos estéticos. “Las excitaciones, continúa el crítico de arte mencionado, de carácter sensitivo que han permanecido inmóviles durante un período del proceso sensorial, por carecer de intensidad, en cuanto alcanzan un poder mayor de energía determinada por el desarrollo sensible, se convierten en vibración interior que constituye un movimiento provocado por la necesidad de responder a las vibraciones del mundo externo, con una vibración interior compuesta de las sensaciones que han intensificado la visión inmediata de las cosas, se transforma, a su vez, en un imperativo de manifestar con palabras, líneas, sonidos, colores, volúmenes, espacio, las excitaciones producidas por la fuerza vital acumulada. Y de ahí surge el fenómeno artístico, en cuanto el movimiento se sujeta a su orden o ritmo.” El arte, pues, y ya su etimología lo presiente, surge de la acción del ser humano ante la realidad del mundo, de la naturaleza, de los valores, de los fenómenos. No surge exclusivamente, como quieren los materialistas, sólo del trabajo; ni como dicen los idealistas, de la esperada inspiración. El arte nace al impulso de la necesidad de manifestar las sensaciones, las emociones, los sentimientos, los pensamientos de una individualidad frente a la convivencia social. No es producto del descanso ni sólo del ocio; es la lucha por alcanzar lo supremo de la vida. Nace de la acumulación de experiencias sensibles que la propia dinámica de la existencia va otorgando y que el humano necesita expresar. Por eso, podemos afirmar que el arte es un lenguaje cuya expresión armónica de lo individual y de lo social se manifiesta con un fin de comunicación estética, es decir, estremecedora, sensible, impactante. De esto se desprende que el ser humano contemporáneo en sus intentos por descubrir formas artísticas diversas a las conocidas, concluye solamente por proyectar parcialidades de un estilo de vida que lo circunda. Sin trascender a los valores humanos eternos, las expresiones estéticas fracasan en una constante repetición de hallazgos, sin vislumbrar siquiera lo futuro. Y es claro que en una sociedad determinada, acosada por la necesidad de aceptar cambios en su estructura arcaica e inoperante, surjan intentos de transformación. El hombre se ha nutrido de una cultura de siglos que le han brindado plenos instantes de goce, pero que no corresponde totalmente a las inquietudes actuales del mundo en trance. La angustia se apodera subrepticiamente de su espíritu y lo lanza al cultivo de actividades estrafalarias con el fin de procurarse placer material y espiritual, con lo que ocluye a veces en lo ridículo. Algunos se degradan en artificios, desesperados ante la inercia y sólo se convierten en derruidos estériles. De tal manera se encuentra al ser sensible confundido en la encrucijada de nuestro tiempo que sus afanes terminan en una lucha imprecisa, malograda en sus anhelos de vértigo. Se buscan nuevas concepciones en el arte sin percatarse de que para ello, es necesario modificar la sociedades que han agotado sus recursos estéticos, su capacidad para expresar la belleza en planteamientos acordes con los momentos actuales y no se va siquiera en intentos, al encuentro anticipado de lo advenidero. Además, la existencia de grandes conglomerados urbanos, acrecienta el problema de la creación artística, la vorágine citadina la carcome; al tiempo la nulifica; el dinero la prostituye; la máquina la ultraja; la ignorancia la asesina. Se agitan las muchedumbres en iresivenires con el deseo de ganar el sustento diario, sin importarles nada que no sea la propia comodidad. Y la sociedad, fragmentada en grupúsculos contrapuestos que sólo persiguen aparentes mejoramientos, sucumbe en el vórtice agónico de un fin que no termina. Así, en medio del caos producido por las formas sociales en tránsito entre las ideas que mueren y las que nacen: entre sucesos que palpitan, aunque no hayan emergido; entre actitudes que sucumben y que sólo dan paso a interrogantes sin respuesta precisa; entre la balumba de calumnias, de convencionalismos, de odios, de hipocresías, de egoísmos, de falsas posturas intelectuales, de comercialismo vacuo; en un mundo que está acabando y otro que se vislumbra, el arte ocupa el sitial destinado a reflejar este inquieto proceso del mundo que nos ha tocado vivir y colaborar a construir una nueva visión de la praxis. No en balde Platón decía: si cambia la música, cambia el Estado, donde la música designaba entonces, como sabemos a las Musas. El hombre actual, acaparado por la actividad industrial y comercial incesante, aunado esto a nuestro momento de transición de sociedades, impulsa formas borrosas en el arte. Así la expresión artística se llena de dificultades para ser apreciada en su plenitud. Son tantos los estímulos de vida contemporáneos que los estilos en el arte también lo son. Y ante esta complejidad, la comunicación estética suele dificultarse. Pocos entienden las tendencias de la pintura actual; muchos detestan la poemática concreta o visual de algunos poetas; los cineastas herederos de Fellini, de Kurosawa o de Greenaway son incomprendidos para las mayorías. El arte, como el hombre, como toda la cultura, se enfrenta a un grupo de valores y los destinos humanos están por decidirse. Sin embargo, en mi opinión, el arte aún ofrece el amplio panorama, por ser eterno, para volver a la prístina búsqueda de la felicidad social e individual y la educación debe propiciar este retorno a la plenitud humana en pos de apartarla de la nueva barbarie en la que parece hundirse el mundo globalizado de hoy. Los jóvenes son, según la expresión de Rodin, “los edificantes de la belleza” y en su inicio ante los valores, los estéticos ocupan primeros planos, porque el arte es, de modo eminente, un medio de expresión y comunicación individuales en el seno de una colectividad que lo necesita, aunque parezca no requerirlo. Corresponde, como lo veremos después, a la afirmación del yo y el despertar del pensamiento personal y social. Se conjuga también con la preponderancia de la imaginación. Además, la contemplación estética, en las diversas expresiones artísticas, como lo atestiguan las encuestas diversas efectuadas por mí en diversos medios escolares, es una de esas actividades desinteresadas que gustan a la gente joven y que la realizan a pesar de la escuela. Por otro lado, en el aspecto social, los jóvenes de hoy presencian lo que antaño requería ciertas prebendas; los medios de difusión masiva de la información, televisión; radio, cine, videojuegos, internet, you tube, publicitarios, etc. convertidos en verdaderas escuelas, propagan ideologías con frecuencia negativas, equívocas o manipuladas, y lo esotérico de la inalcanzable cultura va desapareciendo. Hoy todo puede saberse a través de los medios. Esto hace afirmar que la niñez, la adolescencia y la juventud de hoy, son influidas hasta la saciedad con culturas comercializadas y la hipersensibilidad de los jóvenes recibe constantes descargas de los mass media que los excitan y los llenan con frecuencia de trebejos, repletos de confusiones, aceptados como verdaderas muestras de imitación y modelaje, donde guías o ejemplos distorsionantes: “pseudoartistas”, más negociantes que estetas; deportistas por dinero y hasta políticos ambiciosos e hipócritas que se promueven regalando pan y circo en pos del voto joven, etc. les dan una visión falsa o comodina de la realidad. Además, el mundo adulto de hoy, confundido ante los avances engañosos de las facilidades, que no atina a centrarse (por su también mala educación pues padece los fracasos de las reformas educativas del siglo veinte) ni percibe con claridad su evolución, en lugar de incrementar la experiencia positiva que requiere el desenvolvimiento armónico de los jóvenes, hace caso omiso o impone juicios pedantes e irreflexivos sobre la cultura en general y el arte, en particular. De esta manera, como paradoja, la mayoría de los jóvenes desprecia las bellas letras, la música selecta, las exposiciones, las conferencias. ¿Y por qué? Pues sencillamente porque no se le da lo que él requiere y porque aún no tiene el acervo sensible, ni los conocimientos indispensables, que le permitan identificarse con esas manifestaciones de la cultura, de la cultura adulta podríamos decir. Y así, a la falta de verdadera educación, se entrega a su propia “literatura”, la más de las veces producto de la comercialización pornográfica; a su propia “música”, la que le brindan los negociantes del “arte”; de todo lo que le hacen considerar como suyo y rechaza al mundo adulto que lo refuta, que lo censura, que lo fustiga y le niega atención o comprensión. El adolescente, el joven; ve la falsedad de sus superiores en edad y se rebela en los movimientos conocidos desde tiempo inmemorial, pues a mayor complicación de la vida social, a mayor desintegración de lo humano por la máquina, mayor número de grupúsculos juveniles: lagartijos, tarzanes, pachucos, rebeldes sin causa, hooligans, hippies, darketos, cholos, skatos, emos, ninis... Culturas juveniles dicen los taxonómicos sociólogos. Sin duda que la falsa educación de todas las épocas, concebida como erudición absoluta y no como aprendizaje para vivir y comprender la vida; los pésimos padres envueltos en prejuicios medievales y los profesores retrógradas, aferrados a conceptos sin evolución y arcaicos; a los individuos conflictivos que no han sabido sublimar sus miserias y disfrazan sus frustraciones con abusos a la ingenuidad de vocaciones artísticas juveniles constituyen algunas de las causas identificables para promover una educación a través del arte. Una educación que haga partícipe a los educandos del entusiasmo creador que reflejan en los programas televisivos o en las presentaciones tumultuarias de sus “ídolos” y sean ellos los personajes de su propio desarrollo sensible que los conduzca a la fugaz plenitud del momento artístico. Y aunque resulta parcial y utópica, cuando el adulto esté científica, artística, moral y emocionalmente preparado, tanto que sea capaz de transformar las circunstancias que conforman los sistemas sociales conocidos y dé a los jóvenes libertad dirigida, porque el libertinaje es dañino, para que utilicen sus medios expresivos particulares y les dé oportunidad de manifestar en creación sus energías bullentes, y al hablar de creación no quiero decir maestría artística, habrá un mejoramiento en las relaciones humanas de dos edades diferentes, aunque sucedan en un solo hombre. Así se podrá conducir a los jóvenes con graduación educadora hacia su integración adulta. Cada individuo es uno y muchos a la vez en el transcurso de sus edades. El adulto, el maduro, está en la actividad que le corresponde. Los jóvenes están en la búsqueda de ello y debemos otorgarles oportunidades para que lo encuentren en su plenitud. El arte puede ayudarnos a esto, al ser uno de los caminos que han de conducir al joven hacia el hallazgo de un mundo nuevo y del suyo propio, porque encierra una manifestación de la conciencia, de la ideología y de la práctica social. Si los momentos que vivimos son de gran trascendencia para el destino del ser humano, el arte, “anhelo de vivir más intensamente y hacer imperecedero lo fugitivo del mundo y de la condición humana; al plasmar en formas los estados de vigilia y de sueños provocados por la vida sensible”, hará vivir plenamente al joven, al estudiante nuestro de cada día, pues como señala Spranger “el arte corresponde perfectamente a las actividades psíquicas de los jóvenes, satisface necesidades de su ritmo interior, su necesidad de dramatizar la vida y su busca de lo insólito y lo ideal”. Si el gran fin del arte es lograr la comunicación estética que haga vivir experiencias sensibles, vicarias y con frecuencia nuevas, en pos de descubrir equivalencias de vida asentada en el objeto lenguaje artístico y contribuir al desarrollo mental y la adaptación social del ser humano, es el período de la adolescencia el que parece ser, sobre todo, sensible a las influencias de este tipo. De modo constante los estudios sobre psicología de los adolescentes dicen que en esencia, lo característico de esta edad es el aumento del sentimiento del yo, de la inteligencia, de la valoración del mundo y el despertar del instinto sexual. Ahora bien, misión de las instituciones educativas es ayudar al alumno a vivir cada estadio biológico-psíquico de acuerdo con los más altos valores del espíritu; atentas a las particularidades que las enmarquen con el fin de prepararle para las siguientes, pues quien vive cada una de sus edades con intensidad, jamás las añorará ni verá frustrada su existencia. La plenitud humana se va alcanzando de acuerdo con la plenitud de vida que las personas realicen y de manera propositiva, la escuela fomente y desarrolle con sistematización y práctica. Por esto, antes de continuar, necesitamos precisar nuestros conceptos sobre lo que es en realidad el adolescente, sujeto educativo de nuestra labor; concretar sus motivaciones y comprender sus reacciones para buscar así, los medios apropiados en su dirección formativa e informativa. Pero, ¿qué es un adolescente? Como lo dije en mi libro La clase de español y su proyección educativa hacia 1968 , muchos hablan y hablan de él, afirman, niegan, refutan, convencen, explican... mas en verdad, ¿alguna vez se han adentrado al mundo de la adolescencia? Al mundo real, no al descrito en libros, de lo que se supone es, sin tamizar los contextos socioculturales en donde se encuentra. ¿Han logrado compenetrarse en la confusión, a veces angustiosa, de quienes comienzan a descubrir su propio yo? ¿O simplemente se han vuelto curiosos espectadores de esta etapa de la vida humana sin reflejar propósitos formativos, informativos, mediatos, inmediatos, directos e indirectos, precisos para su observación? Cuantos hay que fustigan a los muchachos, sin comprender lo difícil de la edad por la que atraviesan y tal parece que olvidaron los días en los cuales fueron también adolescentes y, lo peor, abandonaron un enfermizo afán moralizante, sin formación científica, se humilla, en vez de estimular apropiadamente a quien está a la búsqueda de originalidad; lucha por situar su yo en el mundo externo. No se le orienta con tino ni se respeta la personalidad de quien está sembrado de dudas; sólo encuentra en abundancia, comparaciones y reprimendas. ¿Y por qué? Porque los que tratan con ellos, además de los docentes, no todos por fortuna, carecen de preparación científica psicopedagógica que deben tener, aunque sea mínimo, aquellos que se relacionen en algo con la educación y sus educandos. Un adolescente es un ser simple y complejo a la vez, con características propias, determinadas por los inicios de su integración biológica social y síquica; un adolescente es “expectación, curiosidad, duda, ingenuo atrevimiento, ocurrencias geniales, poemas de amor, ensoñaciones, osadía, vergüenza, malicia inocente, erotismo, sed de tortura, anhelo de comprensión, deseo de conocer, afán de causar impresión, de ser tomado en cuenta, de llevar la contraria, ensimismamientos, lágrimas furtivas, ansias de impregnarse con la existencia, de rebelarse, de probar sus fuerzas, de cantar, de gritar, de correr, de investigarse a sí propio. Un adolescente es desgano, rabia oprimida, acción, pereza, preguntas, inquietud, dinamismo, gritos, grosería, heroísmo, a veces no saber que ofende, cartas apasionadas, recaditos celosos, palabras obscenas, escandalosa alegría, desorientada sexualidad, insulto, burla, odio, llanto, entrega. Un adolescente es prueba continua, enfrentamientos fingidos, desafíos, ira, miedo, angustia, temor al ridículo, lenguaje esotérico, verse en el espejo, olor acre, arrepentirse, orgullo, egolatría, exhibicionismo, inseguridad a carcajadas o en sonrisas despectivas. Un adolescente es búsqueda de emociones, enamorarse del amor, noviazgos, flirteos, afán por saber y precisar conceptos: bueno, malo, justo, verdadero,. Un adolescente es un necesitado de comprensión y de ayuda sin que se dé cuenta, es un sentirse indefinible, es un querer mucho y sentirse impotente: es vehemencia de triunfo, de forma. Es un anhelo de cariño, se afecto, de impulso, de apoyo: es nada menos que quien está aprendiendo a ser humano. Es indudable que este manojo de altibajos emocionales llamado adolescente tiene sus causas para ser así, apenas señaladas en párrafos anteriores: las profundas transformaciones fisiológicas que experimenta al llegar a la pubertad y el enfrentamiento por vez primera, de su individualidad frente al medio social y cultural adulto. La pubertad, del latín pubertas: inicio de la vellosidad en la región púbica, es como sabemos, una de las más características manifestaciones de la adolescencia en la cual, los llamados caracteres sexuales secundarios muestran su aparición, esto es, como toda persona culta lo sabe, las diversas transformaciones físicas y fisiológicas que el cuerpo del hasta entonces niño principia a sufrir, aunado por tanto a la generación de los primeros espermatozoides y óvulos, según el sexo, entre los 11 y 15 años de edad aproximadamente. Estos cambios biológicos se reflejan en la esfera psíquica del joven y van transformando a su vez la vida interior del adolescente. Surge poco a poco una nueva concepción del mundo, de la naturaleza, de los fenómenos, de la existencia, de la sociedad. Y si en el niño todo es objetivo, concreto; en el adolescente “esa mirada objetivadora adquiere valores y capacidad subjetivos, porque lo que se observa o desea descubrir no sólo es el misterio de la realidad, sino lo íntimo, su YO.” Su quién soy yo y cómo lograr lo que espero de la vida. La adolescencia tiene así una tarea por cumplir, como cada etapa de la existencia humana: La adquisición de un conocimiento de sí mismo, de sus posibilidades y de sus imitaciones, en una palabra, su situación en el conglomerado social; ubicación de su personalidad. La adolescencia es una edad en la que se revelan y activan las emociones y las capacidades recién descubiertas; un período de ansiedad y de cambios en el que se siente el placer y el dolor de crecer y madurar. La causa fundamental de estos fenómenos, por tanto, reside en las profundas transformaciones orgánicas del adolescente, en las nuevas fuerzas que le invaden como resultado del nuevo metabolismo producido por la falta de hormonas dominantes en la infancia y por la iniciación de la sexualidad. Esta actividad somato-fisiológica, aunada a su enfrentamiento con la sociedad y con la cultura, hace al adolescente un individuo hipersensible. Todo lo que ve, siente, escucha, palpa, produce efectos perdurables en su espíritu. Su aguda sensibilidad y su naciente conciencia de sí, convierten en una pequeña crisis cualquier cambio corporal. La preocupación por su apariencia es tan grande que oscurece lo demás. Sólo cuando ha llegado a aceptarse tal como es, libera su abundante energía y la encauza hacia otros fines y actividades Por lo anterior, el adolescente carece de estabilidad emocional; su personalidad es variable y falta de carácter. Actúa en un momento determinado como un completo adulto y un minuto después se comporta infantilmente. La inseguridad se prende del joven, chicas o chicos, y la manifiesta en rebeldía; quiere sentirse tomado en cuenta y adopta diversas posturas: malcriado, pedante, gritón, fantasioso, cómico, peleonero o mal hablado. Y esto es sin duda, por el estado particular de sensibilidad afectiva. Necesita, de tal manera, responder a la sucesión rápida de nuevas exigencias que la vida le plantea. Por lo mismo para no entorpecer la evolución de muchachos y muchachas y contribuir a hacer más sano su desarrollo afectivo, la educación debe aprovechar las ocasiones que le proporciona esta etapa de integración sicológica para mostrarle los caminos de su integración. En la adolescencia la emotividad se enriquece y para comprender la adolescencia no basta atenerse a los datos de la biología ni tampoco a los datos sociales. El verdadero problema psicológico, en el estudio de la integración de las influencias orgánicas y sociales en una individualidad que las soporta, al mismo tiempo que los transforma, es de carácter cultural. Y el papel del educador consiste, justamente, en equilibrar estos dos impulsos con el fin de favorecer los progresos de la personalidad creadora. Nunca más que entonces, la educación necesita ser amistad y lo que más importa, no es la formación intelectual, sino la formación del carácter y, más precisamente, la del yo cuyo movimiento naciente, su afirmación como ser tomado en cuenta creativa, es capital. Por estos motivos, la adolescencia, etapa hipersensible, ofrece un amplio panorama para ser educada a través del arte. Y no me refiero con esta afirmación a una tecnificación de aptitudes, sino a la presentación del arte como el espejo donde el adolescente encuentre respuestas a las interrogantes frecuentes de su pequeño e inmenso universo. Además, si el arte se presenta como un medio de ampliación de los conocimientos del hombre, tanto de su psiquismo como de sus apariencias, la adolescencia es la edad del encuentro con el arte y la educación a través de él, no es más que el proceso de apertura del joven espíritu a las influencias que provienen de la realidad. Si el adolescente está a la búsqueda de su propio yo para situarlo en el mundo, en el universo, en la sociedad, es necesario, indispensable, que quienes dedicamos a educar a los jóvenes, veamos la importancia de realizar tal actividad de afirmación creadora dentro de la mejor y mayor armonía. Hemos dicho que el adolescente es un manojo de altibajos emocionales y que el arte, es la expresión de la realidad individual y social del ser humano con un fin de comunicación estética que genera equivalencias emocionales y refracta la vida a través de la imaginación y la fantasía. Por esto, la escuela y el maestro, para no entorpecer la evolución de los muchachos y contribuir a hacer más sano su desarrollo afectivo, social y cultural, ha de aprovechar para educar a los educandos, las ocasiones que proporciona este período de integración. Una de ellas, quizá la más intensamente humana, la encontramos en el arte. La escuela y el Maestro han de saber cuáles son las metas psicológico-creativas que deben alcanzar los adolescentes, e incluso los post adolescentes, con el propio esfuerzo antes de llegar a la edad adulta y también, cómo puede sacarse partido de la sensibilidad más viva manifestada durante esta edad para poner remedio a los defectos anteriores de integración creadora a la comunidad. Y el arte puede ayudar a ello. La adolescencia es, ante todo, se ha repetido en el desierto tantas veces, una crisis por ser original, en la cual el adolescente debe está dispuesto de modo cuasi natural, a liberarse en el plano afectivo e intelectual de los que hasta entonces lo habían protegido, padres, familiares, maestros. A éstos últimos les corresponde el compromiso de transformar completamente las actitudes rebeldes de muchos adolescentes en un acorde deseo de la independencia que pide el joven y el arte ocupa un lugar pleno para tal realización: en la pintura, en el cine, en el teatro, en la escultura, en la danza, en la fotografía, en la video acción, etc. ; en todo aquello que le despierte panoramas de plenitud humana, aunque no importe, de manera fundamental, el logro de rangos profesionales o comerciales. El arte debe funcionar en las escuelas como encauzador de emociones que de otra manera pueden abocarse a drogadicción, alcoholismo, delincuencia, neurosis, problemas mentales. A veces los adolescentes parecen locos porque en ellos se dan los niveles de fantasía, imaginación y poeticidad que con frecuencia pocos comprenden y muchos desprecian. La Escuela y el maestro requieren de tal manera, hacer una plena distinción entre las metas que el adolescente debe alcanzar por sí mismo en el terreno de su formación como persona y metas que contribuyan a una auténtica madurez por medio de la vivencia artística. Metas, sin duda, de carácter socio cultural. Sin embargo, la formación intelectual, falsamente intelectual porque abusa de la erudición y de los datos inútiles, aprendido todo eso a la fuerza y desde arriba, no surgido de las necesidades psíquicas que da la escuela y las lecciones bastante incoherentes que se desprenden de sus programas, no alcanzan a llenar las búsquedas adolescentes. Y las manifestaciones artísticas pueden contribuir a entusiasmar las durezas de esas escuelas robotizadas. Cuando los chicos y chicas salen de los “reclusorios”, así les llaman, se van a escuchar su música, a bailar lo que la basura comercial les ofrece; a sentarse en algún banquillo de jardín o banqueta de la calle a tocar guitarra, flauta o alburear; a indagar en la internet lo temas que les apasionan (buenos o malos) o buscar en un video club, las películas de moda, etc. La escuela deja escapar esas inquietudes, en vez de fundar, por ejemplo, clubes artísticos. Son pocos los centros de enseñanza que utilizan tipos de actividades, entre la contemplación y el goce artísticos, para que los jóvenes puedan tener ocasión de interpretar variedad de papeles y formar de este modo, su sentido moral, su conciencia de sí y su personalidad. Y lo que es peor, con una disciplina destructiva, pues sólo intenta inmovilizar al joven alumno para que únicamente haga lo que el adulto cree conveniente, aunque no lo sea, se trata de educar a quien desea libertad. D. Wall señala atinadamente que: “toda escuela y todo hogar basados en un principio de represión”, yo afirmaría que también toda sociedad, “donde los muchachos están privados de todo derecho, prisioneros en una compleja red de obligaciones sin estímulos y llenos de malos ejemplos, preparan el conflicto entre generaciones, rasgo característico de nuestros tiempo”. Por esto, la hipersensibilidad del adolescente debe manejarse con sumo cuidado; ni con energía despótica, ni con sentimentalismos dulzones. Debe ser conducida con indulgencia y comprensión, con equilibrio, con fundamentos veraces, ayudando deliberadamente, sin que ellos se den cuenta, a aprender mediante diversas experiencias, cómo han de comportarse con el prójimo y cómo han de ir aclarando sus inicios en el mundo de los valores, de los móviles e ideales humanos eternos. Por esto, la escuela y el maestro que dan a los adolescentes la impresión de tratarlos con naturalidad, como seres responsables; que son capaces de respetar sus opiniones, incluso si no las comparten, pueden ayudarlo a alcanzar un desarrollo psicológico, social y cultural armónico, completo y sano. Se les conduce a reflexiones autónomas que los encaucen en una existencia espiritualmente creativa. Y es aquí donde se comienza a vislumbrar, aunque ya desde Confucio se decía: “La educación comienza con la poesía, se afirma con la autodisciplina y se consuma por la música”, que a través del arte, no sistematizado como enseñanza artística para hacer profesionales, sino como un medio de proyección emocional, de descubrimiento, podemos contribuir a un sano desenvolvimiento de los jóvenes, porque ellos descubren en el arte, las fuerzas que dominan la vida psíquica de todo ser humano y facilita la penetración en el fondo de su propio yo, en cuanto la dinámica de sus sentimientos y emociones se pone en juego en la realización de cualquier actividad de esta índole. Debesse afirma que “el yo empírico del niño se opone al yo reflexivo del adolescente. Este descubrimiento, esta revelación del yo ocurre en gran parte gracias al contacto con el arte.” Y según algunos sicólogos, este descubrimiento se enlaza sobre todo en el cine y en la lectura. Debesse piensa que “los adolescentes leen de otro modo que los niños. Buscan en los libros el eco de sus vivas preocupaciones, y respuestas a las preguntas que se plantean. No tardan en preferir a la novela de aventuras, la novela a secas y la poesía, que los ayudan a conocerse. En contacto con el héroe experimentan un choque que les descubre, ya sea por analogía o por contraste, su propia imagen.” Las solas asignaturas aisladas de un plan de estudios, donde las horas de clase no se dirigen a conducir al alumno adolescente hacia su integración emotiva, intelectual y motriz, retrasan su desarrollo e incluso pueden falsarlo. De aquí que a veces ciertas actividades extraescolares satisfacen sus necesidades fundamentales de manifestarse como seres sensibles: excursiones, fiestas, concursos, bailes, etc., que corresponden, entre otras, a la necesidad de sentirse indispensable a los demás; necesidad de crecimiento e independencia; necesidad de establecer relaciones apropiadas con personas del otro sexo; necesidad de someter a prueba las convicciones de los mayores y necesidad de ubicar su propio yo. El maestro y la escuela han de conducir la hipersensibilidad del adolescente hacia una eclosión correcta en la que los muchachos vivan intensamente su edad, satisfagan positivamente sus necesidades afectivas, psíquicas y comiencen a proyectar su personalidad dentro del grupo social al que pertenecen. El arte es uno de los caminos, el otro es lo hemos dicho la ciencia, que confluyen en la integración moral del futuro hombre. El maestro y la escuela deben aprovecharlo, porque quizá, no haya otro medio más abundante en experiencias latentes que el mundo del arte.