Diario del piloto de la Real Armada, D. Basilio Villarino, del reconocimiento, que hizo del Río Negro, en la costa oriental de Patagonia, el año de 1782

Part 9

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A las 4 de la tarde llegó un indio ladino, y un esclavo de _Chulilaquin_ con dos caballos de diestro, ponderándome la fineza de _Chulilaquin_ por haber muerto á _Guchumpilqui_ en defensa nuestra, y que aquellos dos caballos los traian para que fuesen en ellos dos soldados, para que esta noche los ayudasen contra los Aucaces. Estos venian como asustados, y con mucho empeño á llevar los dos hombres que pedia su cacique. A este le dije le dijese, que mi gusto era defenderlo, y que no solamente 2, sino 20 le mandaria: pero que estos soldados no entendian la lengua de los indios, ni tampoco sabian pelear, sino al lado de su capitan; y que si yo llegase á tiempo le socorreria, y sino que trajese su gente y toldos para donde yo estoy, y entonces que no tuviese miedo, aunque viniesen mas indios que yerba tiene el campo. Se fueron los indios, y yo me acampé á la banda del S, parage de los mas proporcionados que hay para en caso de haber algun encuentro.

Mandé toldar las embarcaciones, alistar las armas, cargándolas de nuevo; montar los pedreros y esmeriles, y dormir toda la gente á bordo: porque, aunque en los semblantes y expresiones se vé el miedo que tienen estos indios, y á no ser cierto lo que dicen, parece mucha política para estos bárbaros, no obstante son muy diestros en el arte de engañar; y por esto me pusieron esta noche en mayor cuidado, pero lo cierto es, que con los Aucaces, ó con nosotros hay alguna revuelta ó intento, que si no llega á tener efecto, será porque no hallan hueco; si bien, que no dejo de pensar que los Aucaces pueden venir á vengarse de los que mató, robó y cautivó _Chulilaquin_, y que tambien ahora habrán muerto alguno. Pero la muerte de _Huechumpilqui_ no la tengo por cierta, por lo que pude comprender y deducir de las respuestas de Maria Lopez á las preguntas que le hice: pero el querernos hacer creer esta muerte, es solo por obligarnos y vendernos la fineza.

Aquí se halló en una pequeñita isla un manzano chico, á quien quitaron los marineros hasta 200 manzanas. Navegué este dia al NO 5° N un cuarto de legua de distancia.

DIA 18.

Toda la noche se llevaron los teruteros en continuo alboroto, por la orilla del rio á la parte del N. Amaneció con el viento al O fuerte con algunos aguaceros, por lo que no fué posible el continuar rio arriba, ni aun examinar un paso que está inmediato, á ver si tenia paso para las embarcaciones.

A las 3 de la tarde ví venir una nube de indios á toda prisa, á distancia de una legua: llegaron á bordo primeramente 4, que fueron los dos hijos del _Cacique Viejo_, Manuel y Julian, la _Cacica Vieja_, y Teresa. Esta trajo una oveja de regalo, y la cacica otra: fué llegando la indiada, y á las 4½ de la tarde llegó _Chulilaquin_ con el vestido de galones y su baston. Me hizo, por medio de la lenguaraza, un razonamiento digno de oirse.--Primeramente, ponderó su voluntad hácia nosotros: despues ponderó la siniestra intencion y alevosos hechos de los Aucaces con los cristianos, como andaban solícitos, buscando ayuda para matarnos, á cuyo fin habia venido el cacique _Guchumpilqui_, solicitando su ayuda y la de su gente; y que para empeñarlo en el asunto, le decia que yo venia de mala fé á matar los indios con capa de amistad. Pero que no pudiendo sufrir esto, lo mató inmediatamente en desagravio nuestro; y que por este motivo se habian juntado todos los Aucaces contra él, y que sin duda alguna venian á darle esta noche el avance. Y así, que habian salido huyendo á refugiarse á la sombra de sus leales amigos, porque sabia que perderian la vida sus amigos los cristianos, antes que permitir su ruina: y así, que aquí tenian un fugitivo que buscaba mi amparo y patrocinio, y que fiaba de mi amistad saldria con mis soldados en defensa suya cuando llegase el lance.--Lo obsequié bastante, y le ofrecí firme amistad; y que estando él y su gente junto á nosotros, nadie le ofenderia. Toda la indiada estaba á caballo á la orilla, y yo con todas las armas prevenidas, las chalupas á son de combate y las mechas encendidas. Procuré animarlo mucho, y hacerle ver la poca gente que eran todos los Aucaces para nosotros. Disparé un cañonazo á su solicitud, para que los indios lo viesen y oyesen el estruendo; todo lo cual hacia el entender á los indios, ponderando la fuerza de nuestras armas. Y yo se la encarecia bastante, y que diesen gracias á _Pepichel_ por haberle en este aprieto socorrido con tan buenos amigos. Me dijo que tenia noticia que el _Cacique Negro_ habia dicho en el establecimiento del Rio Negro, que el baston que le habian regalado lo habia cortado para rebenque, pero que allí estaba el baston para que se viese la mentira, y que era prenda que él estimaba mas que otra alguna. Con una hora de noche se retiró á sus toldos, que distan como tiro y medio de fusil de nosotros, dejándome encargado por repetidas veces el socorro de nuestras armas.

Se quedó la lenguaraza, porque dijo que tenia que hablarme en secreto, por lo cual supe el lance de _Chulilaquin_ con _Guchumpilqui_, y fué, que, habiendo este venido con yeguas, ponchos y otras cosas, á rescatar una hija que tenia _Chulilaquin_ que no ha mucho le habia cautivado, ya el ajuste hecho y entregado el rescate al cacique _Chulilaquin_, un hijo de este, porque _Guchumpilqui_ no le habia dado nada, sacó la daga y le dió dos puñaladas, estando sentado, y luego mataron á un indio que habia traido consigo. Asimismo me dijo, que el cacique Francisco no habia querido entregar á Miguel Benites, y que habia sublevado á todos los Aucaces contra nosotros; y que no tenia que advertirme, respecto á que ya conocia bien á Francisco, que el mayor sentimiento suyo y de los Aucaces era el que se poblase el Choelechel, y hubiese cristianos en este rio. Que tampoco tenia que fiarme del _Cacique Viejo_, porque este y Francisco eran una misma cosa: que ella ya estaba cansada de andar entre los indios, y que con tal que no la entregase á ellos, se quedaria con una muchachita pequeña: que por ella, á fin de matarla, entregaria Francisco los tres desertores nuestros, pero que podiamos tomar los tres desertores, y ella quedarse. Que de Francisco ya no habia que esperar otra cosa que robos de ganado y de cristianos, y de buscar confederados que le ayudasen contra nosotros. Dicho esto se fué, y yo alargué de tierra las embarcaciones cuanto me permite la seguridad posible, lo incómodo del sitio, para que nadie pueda salir ni entrar á bordo; habiendo recogido toda la gente y las chalupas con los toldos puertos, porque la noche se puso cerrada en agua.

DIA 19.

Toda la noche estuvo lloviendo, y los indios en continua griteria á caballo: amaneció lloviendo, y así anocheció. Están los indios tan llenos de miedo, que ellos mismos confiesan, que los oprime tanto, que aun tienen miedo de llorar; y esto que es número de indios considerable.

Esta mañana se fué la _Cacica Vieja_, y dejó á la lenguaraza Teresa: esta me pidió que por Dios la llevase á bordo, así porque no, la matasen los Aucaces, como porque no queria andar mas entre los indios; y porque tiene una niña que dice quiere ser cristiana. Me pareció obra de caridad el admitirla, y tambien interesante, porque sabiendo ella los designios de los indios, se puede por su medio conseguir el saber alguna cosa que convenga, por lo cual la admití á bordo.

A las 4 de la tarde llegó un indio de chasque á _Chulilaquin_, mandado por un cacique amigo, por el que le avisaba que los Aucaces de seguro llegaban mañana á avanzarle, pues ya estaban cerca aguardando á que descanzasen los caballos para entrar en la refriega, y que de camino decian que habian logrado la ocasion de llevar bastantes cristianos cautivos.

Es constante que siempre tuve alguna desconfianza, y al principio no quise creer de modo alguno la muerte de un cacique tan principal y respetado por sus robos y atrocidades, como era _Guchumpilqui_: pero son ya tantos los indicios y señales que he visto, que me fué preciso creerlo. Casi de noche trajeron algunos indios los toldos debajo de la artilleria de las chalupas, y no hallar lugar á donde meterse.

La lenguaraza Teresa me dijo que era cierto que los Aucaces tenian determinado sorprendernos, y que para observar nuestros movimientos habia mandado _Guchumpilqui_ á Ignacio Delgado, que era de su gente, y que tenian pensado el regalarnos ó vendernos algunas vacas para que saliese la gente á carnearlas á fuera, y entonces que á su salvo nos tenian muertos, y se apoderaban de la carga de las chalupas: y que haciendo esto no poblarian el Choelechel, ni les estorbarian el paso á los campos de Buenos Aires, que es de donde se surten de ganado. Y á la verdad, ellos no lo entienden, porque la mejor ocasion era de dia, cuando toda la gente va desnuda, arrastrando por espacio de mediodia, una chalupa, dejando la otra sola y precisamente varada, y luego vuelve en busca de esta, dejando la otra en la misma disposicion.

Me dijo asimismo, que el número de Aucaces era grandísimo, y que estos indios que paraban junto á nosotros, no eran nada en comparacion de los que vendrian á buscarlos.

Me dijo asimismo, que los dos marineros, Mariano Gonzalez y José Navarro, que estaban muertos, pero no por mano de los indios; pues _Guchumpilqui_ los habia entregado á las chinas para que los matasen. Reflexionando en todo esto, y que pasa ya de un mes que no hallé parage en este rio tan defendido como el en que me hallo, porque todo es varadero, y se pasa por donde quiera á caballo sin que se le moje la cincha, tengo pensado detenerme aquí el dia de mañana, fortificar el sitio; y en todo caso tengo mas de 100 soldados, (digámoslo así) en los indios de _Chulilaquin_, quienes precisamente han de pelear por defender sus vidas: y así como él viene buscando nuestro socorro, podemos decir que hemos hallado nosotros socorro en él: porque si los Aucaces, sabiendo que estamos juntos y _aunados_, (como dicen estan persuadidos) vienen á avanzarnos, ciertamente que mejor lo harán cuando nos hallen solos é indefensos, los marineros con una embarcacion á cuestas arrastrando, que ni para abajo ni para arriba se puede navegar dentro de ella, porque en todas partes vara, y la otra sola y varada de la misma suerte.[21]

El hecho de _Guchumpilqui_ en llevar los expresados dos marineros, despues de haberlo yo regalado y obsequiado mucho, y de haber venido embarcado el cacique Roman y el indio José, dá á conocer su intencion, y que de ningun modo apetecen los Aucaces nuestra amistad; y que si pudiesen, hubiera hecho con todos nosotros lo mismo y de mejor gana, pues les interesaba mas: y esto se puede esperar tengan pensado aquí, que es lo mismo estar en el rio que en tierra, porque su caudal de agua no estorba á pasarlo de un lado á otro, pero ni aun de galoparlo. Aquí estoy en un pozito corto, pero no es menester casi nadar para llegar á las chalupas; y en todo caso mas vale esperarlos aquí que no media legua mas arriba, (en caso que se puedan subir las chalupas) ni 25 leguas abajo, pues en ellas no hay parage como este.

DIA 20.

Se llevó lloviendo toda la noche, y los indios estuvieron sosegados: talvez seria por haberles yo dicho que gritaban de miedo, porque los hombres de valor y de espíritu, y que tenian esperanzas de vencer á su enemigo, lo esperaban callado; y que primero se debia oir el ruido de las armas y los clamores del contrario, que los gritos, que, sin motivo, estaban dando al aire.

Luego que fué de dia, pasé á reconocer el campo inmediato, y héchome cargo de él, pensé el modo de fortificarlo: y para esto mandé llamar á _Chulilaquin_, avisándole que viniese de gala, con el baston y vestido que se le habia dado en nombre del Rey, mi amo, á quien él debia obedecer; y que tragese consigo los indios de mas suposicion: hízolo así inmediatamente.

Habia yo prevenido á los patrones, oficiales de mar y marineros, se aseasen lo mejor que pudiesen; y que dejando hachas y azadas á bordo, prontas á fin de desmontar un pedazo de sauceria y barrancas para igualar el terreno, bajasen conmigo á tierra la mitad de la gente, y los mas aseados y de mejor presencia, armados; y quedándose la otra mitad de guardia en las embarcaciones. Luego que llegó _Chulilaquin_ al puerto que le habia señalado, lo recibí con amistad, y por medio de la lenguaraza Maria Lopez le hice un razonamiento segun me dictó en esta ocasion mi corto alcance: diciéndole, que él y sus indios habian venido fugitivos á ampararse de mí, tan asustados y temerosos de que sus contrarios les quitasen sus vidas, las que apenas podian respirar. Que yo les habia ofrecido favorecerlos: pero que las dos noches antecedentes no habia yo tenido cuidado alguno, porque sabia que no habian de venir á avanzarlos, como ya se lo habia dicho siempre: que él se me presentaba afligido, pero que ya hoy en el dia era otra cosa, porque los Aucaces habian ya tenido bastante tiempo para juntarse y prepararse suficientemente para seguirlos y acabarlos. Que él mismo les habia mandado á decir que estaba protegido de nosotros; y que en tal caso, siempre que dichos indios se determinasen á venir á avanzarle, que precisamente vendria un número crecidísimo; y que así estuviese atento y pensase bien en lo que le iba á decir.

Que yo era uno de los mas chiquitos criados que tenia el Rey de España, cuyo Señor tenia dominios en todas las cuatro partes del mundo: que se hiciese cargo de que, estando este Señor tan lejos de Buenos Aires, que se tardaba caminando de dia y de noche, seis, siete y ocho lunas, atravesando la mar sin ver tierra hasta llegar á donde estaba. Estando nosotros tan lejos de su presencia, todos le obedeciamos; y que primero perderiamos las vidas que dejar de obedecerle, y de cumplir en todo su voluntad, sin faltar en nada al mas mínimo precepto suyo.

Que ademas de las inmensas tierras que poseia este Gran Señor, tenia tantos tesoros y riquezas, cual el no era capaz de comprender; y mandaba tanta multitud de gentes, cual él no era capaz de imaginar. Que reparase en que, siendo yo uno de sus menores esclavos, se venia él á amparar de mí, y que de seguro podia yo solo con aquellos pocos soldados que me acompañaban, defenderlo de cuantas indiadas pudieren venir, acabando y haciendo pedazos con mis cañones á todos cuantos intentasen ofenderle: y que valia mucho mas tenerme á mí por amigo, que tener por amigos á todos cuantos indios y caciques abrigaba el continente. Pues yo solo valia y podia favorecerlo mas que todos ellos juntos; y que si así era el esclavo mas chico, que se hiciese cargo cuan poderosísimo seria el Señor. Que el vestido que me cubria me lo daba este Gran Señor: que él me daba de comer, me daba riquezas y estimacion: que yo gustosísimamente le servia y obedecia: que estas embarcaciones y cuanto venia en ellas era suyo, con gente y todo; y que de su mandado veniamos por este rio. Que todo aquel que no quisiese obedecerle, perderia la vida; y que era este Señor tan poderoso y de tan buen corazon, que á todos sus criados nos tenia mandado el que favoreciesemos á todos los indios, porque les tenia mucha lástima, sabiendo lo pobres é infelices que eran en todo. Esto es, pobres de hacienda y pobres de saber, pues andaban continuamente entre estos cerros, llenos de sustos, pereciendo de hambre y frio, y viéndose precisados á robar para poder vivir; y que á esto se seguian las muertes, y el andar continuamente por este motivo vagantes, fugitivos, y llenos continuamente de miedo, y que la benignidad de este Señor tan grande nos mandaba que atendiesemos á la pobreza de los indios, socorriéndolos y amparándolos á todos, pero particularmente á los amigos y fugitivos que viniesen á ampararse, como á él le sucedia. Que reparase en que de su mandado lo favorecia yo, y lo habia favorecido el Super-Intendente, y todos los cristianos del Rio Negro: que aquel vestido y baston que traia se lo habia dado este Gran Señor, y que se hiciese cargo los favores que le debia, y le habia hecho y hacia á todos los indios sin conocerlos.

Que yo ahora iba á tomar su defensa por mi cuenta, como este Señor mi amo me lo mandaba; pero que para esto era preciso que él y todos sus indios hiciesen en un todo cuanto les mandase sin faltar un punto en nada, y que no tuviese cuidado ninguno de sus enemigos, estando yo en su defensa: que los hariamos pedazos, aunque se juntasen mas indios que yerba tenia el campo, (toda esta relacion hacia yo en alta voz, y lo mismo hacia la lenguaraza Maria Lopez, estando toda la indiada en círculo y ella, _Chulilaquin_ y yo en medio): pero que para esto era indispensable que él y todos los indios me obedeciesen, y fuesen leales vasallos del poderosísimo Rey de España, como yo la era, que en cualesquiera partes del mundo, donde se arbolase su bandera, debian todos estar obedientes á él.--A todo se convino, haciendo de cuando en cuando relacion á sus indios de los favores que recibia; y acabado esto le dije que dijese conmigo, él y todos: _¡Viva el Rey!_ A cuyo tiempo se largó la bandera y un cañonazo, con mucha aclamacion y griteria de todos los indios y cristianos.

Hizo despues _Chulilaquin_ un razonamiento á sus indios, en que les ponderaba lo mucho que le debian, pues por la amistad que él tenia con los cristianos se veian libres de la muerte, y de perder sus haciendas, mugeres é hijos; y que diesen gracias á Dios de haber hallado en esta ocasion un tan buen amigo: que debian todos mirarme y respetarme como á un padre, pues tomaba á su cuenta su defensa. Se repitió por los indios la griteria y algazara.

A este tiempo hice señas á las tripulaciones que ya estaban prevenidas, para que con la mayor viveza desmontasen los sauces, y allanasen el terreno para que los indios se admirasen. Esto se hizo tan á lo vivo y con tanta presteza, que se quedaron los indios admirados. Mandé á todos los indios y chinas conducir todos los sauces cortados á todos los parages que eran necesarios para la fortificacion: de modo que en breve hice una especie de trinchera por medio de una zanja y sauces, poniendo estacas y atravesando palos en unas partes, y en otras cortando el terreno, la cual no pueden romper los caballos en ningun avance, dejando solo un boquete para entrar y salir á una sola parte de la orilla del rio. Esta entrada tiene solo 18 varas de ancho, y en ella prolongué las chalupas, montando la artilleria en los costados que decian hácia aquella parte. Les mandé deshacer todos los toldos y conducirlos adentro: se los mandé hacer allí juntos, y no separados como suelen. Todo lo egecutaron puntualmente, de modo que á las 2½ de la tarde estaba todo hecho.

Despues llamé á _Chulilaquin_ con todos los indios y á la lenguaraza, y les ponderé el favor que me debian. Les dije que ellos ignoraban el arte de pelear, que para que viesen mi buen corazon, que reparasen como los guardaba, metiéndolos á ellos en casa, y poniéndome yo á la puerta á recibir los golpes, porque á ellos no los lastimasen: que ya veian el modo, la disposicion y ligereza de mi gente, y el modo como los guardaba. Todo lo cual entendido por _Chulilaquin_, (que es uno de los hombres mas capaces y reflexivos que he tratado) me dió la gracias, abrazándome muchas veces, que _Pepechel_ le habia traido su mejor hermano. Hizo relacion, y le hizo entender á los indios los motivos porque yo habia hecho todo aquel aparato, y como me quedaba á la entrada por guardarlos á ellos. Se repitió la griteria, y al instante mataron una yegua la mas gorda que tenian, para regalar á las tripulaciones, y una oveja y dos cabritos para mí, (excesivo regalo para estos indios). A los marineros les regalaron piñones y manzanas, y no sabian que hacerse todos, y cada uno de por sí, con nuestra gente.

Al anochecer mandé que todos los indios ensillasen sus caballos, y estuviesen sosegados hasta que yo les avisase para seguir á los que se escapasen de la artilleria, y que se pusiesen cuatro indios en los mejores caballos á trechos de media á media legua, por el camino de los Aucaces, para traer la noticia. Les dí la seña, que era, _¡Viva el Rey!_ Quedaron tan satisfechos y tan llenos de valor, que ya parecian otros hombres.

Hecho esto, llegó un indio huido de los Aucaces, y dijo, que estos ya estaban cerca, que venian á avanzarlos; pero que hallado en el camino á la _Cacica Vieja_, les dijo que juntasen mas gente, ó que no viniesen, porque estaban los cristianos con _Chulilaquin_, y que venian á morir; y así, que fuesen á buscar más gente, y que por esto se volvieron. Esta noche dicen que llegó otro con la noticia de que decian los Aucaces, que los cristianos eran buenos esclavos.

DIA 21.

Se pasó la noche sin novedad. Amaneció con el viento al O récio, y en exceso frío. Estuvieron los indios muy contentos, y _Chulilaquin_ de vestido y baston.

Hoy acaeció entre estos salvajes una gran fiesta, y la mayor entre ellos, por haber alcalizado su pubertad la nieta de este cacique.

A las 5 de la tarde vino un indio con la noticia de que los Aucaces habian mandado llamar á los Peguenches de uno y otro lado de la Cordillera, para venir contra nosotros; y estos que habian respondido si habian de venir á buscar balas, y que no quisieron: por lo que los Aucaces estaban enteramente desmayados.

DIA 22.

Amaneció nublado, y el viento al O friísimo y récio, sin darme lugar á poder hacer ningun reconocimiento, de cuyo modo se mantuvo todo el dia. A las 11 de la mañana llegó un indio de entre los Aucaces, y dijo, que estos habian convidado á los Peguenches de la una y otra parte de la Cordillera, para que los ayudasen contra nosotros, y que estos habian respondido que no querian venir á guerrear con los cristianos, porque no sacarian de ellos otro fruto que muchas balas. Que asimismo procuraron ellos solos venir sin el auxilio de los Peguenches, pero no queriendo muchos caciques acompañar á los otros, por quien eran solicitados, llegaron á enojarse los unos con los otros, de modo que se trabó una contienda en la cual murieron muchos.

A las 3 de la tarde vino á bordo la muger del cacique Francisco, á la que agasajé como siempre.

Al ponerse el sol les dí el santo á los indios, y largué embarcaciones de tierra. A las 9 de la noche se dejó caer un aguacero fuertísimo, con viento OSO duro; cesó este, y cayó nieve hasta las 2 de la mañana; y prosiguen los indios los bailes, en obsequio de lo acaecido á la nieta de _Chulilaquin_.

DIA 23.

Amaneció en calma: las montañas cubiertas de nieve, y los llanos del rio de una grande helada. A las 8 de la mañana compré un caballo, y salí con el bote á reconocer el rio _Catapuliche_, sirgando á la cincha; y á este tiempo se fueron Domingo Goytia y José Oyólas, en dos caballos que me prestaron, el uno, _Chulilaquin_, y el otro, un hijo suyo, á reconocer por tierra el _Huechu-huechuen_. Al mismo tiempo llevaron una mula que prestó _Chulilaquin_, para traer cargadas de manzanas: fueron acompañados del marido de Maria Lopez, hermano de _Chulilaquin_ y de un sobrino suyo, indio ladino. Al mismo tiempo fueron otros indios y chinas á buscar manzanas.

Yo llegué á la boca del _Huechu-huechuen_, y reconocí su entrada: baja por un despeñadero con rapidísima corriente, por entre espesas peñas, y es de tanto caudal como el _Catapuliche_. Desde su boca hasta la Cordillera en línea recta hay una legua. Seguí el _Catapuliche_, y habiéndolo navegado una legua aguas arriba, arrastrando por el fondo del botecillo vacio, llegué á donde desplayándose un poco el rio, no permitió paso para el bote. Aquí fuí por tierra y salieron 5 indios á la furia por un cerro arriba: luego salieron otros 3 á toda prisa, y se repartieron tal vez, dando noticia á otros indios, de que íbamos nosotros. No pudiendo pasar mas adelante, volví á las 4 de la tarde. Al anochecer dí el santo á los indios, y largué las embarcaciones, y no vinieron todavia los dos marineros ni los indios que los acompañaban, ni otros que al mismo tiempo salieron á buscar manzanas.

DIA 24.