Diario de a bordo del primer viaje de Cristóbal Colón

Part 5

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Partió del puerto y río de Mares al rendir del cuarto de alba para ir a una isla que mucho afirmaban los indios que traía, que se llamaba Babeque, adonde, según dicen por señas, que la gente de ella coge el oro con candelas de noche en la playa, y después con martillo dice que hacían vergas de ello, y para ir a ella era menester poner la proa al Este cuarta del Sudeste. Después de haber andado ocho leguas por la costa delante, halló un río que parecía muy caudaloso y mayor que ninguno de los otros que había hallado. No se quiso detener ni entrar en algunos de ellos por dos respectos: el uno y principal porque el tiempo y viento era bueno para ir en demanda de la dicha isla de Babeque; el otro, porque si en él hubiera alguna populosa o famosa ciudad cerca de la mar se pareciera, y para ir por el río arriba era menester navíos pequeños, lo que no eran los que llevaban; y así se perdiera también mucho tiempo, y los semejantes ríos son cosa para descubrirse por sí. Toda aquella costa era poblada mayormente cerca del río, a quien puso por nombre el río del Sol. Dijo que el domingo antes, 11 de noviembre, le había parecido que fuera bien tomar algunas personas de las de aquel río para llevar a los Reyes porque aprendieran nuestra lengua, para saber lo que hay en la tierra y porque volviendo sean lenguas de los cristianos y tomen nuestras costumbres y las cosas de la Fe, «porque yo vi y conozco -dice el Almirante- que esta gente no tiene secta ninguna ni son idólatras, salvo muy mansos y sin saber qué sea mal ni matar a otros ni prender, y sin armas y tan temerosos que a una persona de los nuestros huyen ciento de ellos, aunque burlen con ellos, y crédulos y conocedores que hay Dios en el cielo, y firmes que nosotros habemos venido del cielo, y muy presto a cualquiera oración que nos les digamos que digan y hacen el señal de la cruz. Así que deben Vuestras Altezas determinarse a los hacer cristianos, que creo que si comienzan, en poco tiempo acabarán de los haber convertido a nuestra Santa Fe multidumbre de pueblos, y cobrando grandes señoríos y riqueza y todos sus pueblos de la España, porque sin duda es en estas tierras grandísimas sumas de oro, que no sin causa dicen estos indios que yo traigo, que hay en estas islas lugares adonde cavan el oro y lo traen al pescuezo, a las orejas y a los brazos y a las piernas, y son manillas muy gruesas, y también hay piedras y hay perlas preciosas e infinitas especierías; y en este río de Mares, de donde partí esta noche, sin duda hay grandísima cantidad de almáciga y mayor si mayor se quisiere hacer, porque los mismos árboles plantándolos prenden de ligero y hay muchos y muy grandes y tienen la hoja como lentisco y el fruto, salvo que es mayor, así los árboles como la hoja, como dice Plinio, y yo he visto en la isla de Xío, en el Archipiélago, y mandé sangrar muchos de estos árboles para ver si echarían resma para traer, y como haya siempre llovido el tiempo que yo he estado en el dicho río, no he podido haber de ella, salvo muy poquita que traigo a Vuestras Altezas, y también puede ser que conviene al tiempo que los árboles comienzan a salir del invierno y quieren echar la flor; y acá ya tienen el fruto casi maduro ahora. Y también aquí se habría grande suma de algodón y creo que se vendería muy bien acá sin le llevar a España, salvo a las grandes ciudades del Gran Can que se des cubrirán sin duda y otras muchas de otros señores que habrán en dicha servir a Vuestras Altezas, y adonde se les darán de otras cosas de España y de las tierras de Oriente, pues éstas son a nos en Poniente. Y aquí hay también infinito liñáloe, aunque no es cosa para hacer gran caudal, mas del almáciga es de entender bien, porque no la hay salvo en dicha isla de Xío, y creo que sacan de ello bien cincuenta mil ducados, si mal no me acuerdo. Y hay aquí, en la boca de dicho río, el mejor puerto que hasta hoy vi, limpio y ancho y hondo y buen lugar y asiento para hacer una villa y fuerte, y que cualesquier navíos se puedan llegar el bordo a los muros, y tierra muy temperada y alta y muy buenas aguas. Así que ayer vino a bordo de la nao una almadía con seis mancebos, y los cinco entraron en la nao; estos mandé detener y los traigo. Y después envié a una casa que es de la parte del río del Poniente, y trajeron siete cabezas de mujeres entre chicas y grandes y tres niños. Esto hice porque mejor se comportan los hombres en España habiendo mujeres de su tierra que sin ellas, porque ya otras muchas veces se acaeció traer los hombres de Guinea para que aprendiesen la lengua en Portugal, y después que volvían y pensaban de se aprovechar de ellos en su tierra por la buena compañía que les había hecho y dádivas que se les había dado, en llegando en tierra jamás parecían. Otros no lo hacían así. Así que, teniendo sus mujeres, tendrán ganas de negociar lo que se les encargare, y también estas mujeres mucho enseñarán a los nuestros su lengua, la cual es toda una en todas estas islas de India, y todos se entienden y todas las andan con sus almadías, lo que no han en Guinea, adonde es mil maneras de lenguas que la una no entiende la otra. Esta noche vino a bordo en una almadía el marido de una de estas mujeres y padre de tres hijos, un macho y dos hembras, y dijo que yo le dejase venir con ellos, y a mí me aplogó mucho, y quedan ahora todos consolados con el que deben todos ser parientes, y él es ya hombre de cuarenta y cinco años.» Todas estas palabras son formales del Almirante. Dice también arriba que hacía algún frío, y por esto que no le fuera buen consejo en invierno navegar al Norte para descubrir. Navegó este lunes, hasta el sol puesto, dieciocho leguas al Este cuarta del Sudeste hasta un cabo, al que puso por nombre el Cabo de Cuba. Martes, 13 de noviembre

Esta noche toda estuvo a la corda, como dicen los marineros, que es andar barloventeando y no andar nada, por ver un abra, que es una abertura de sierras como entre sierra y sierra, que le comenzó a ver al poner del sol, adonde se mostraban dos grandísimas montañas, y parecía que se apartaba la tierra de Cuba con aquella de Bohío, y esto decían los indios que consigo llevaban, por señas. Venido el día claro, dio las velas sobre la tierra y pasó una punta que le pareció anoche obra de dos leguas, y entró en un grande golfo, cinco leguas al Sursudoeste, y le quedaban otras cinco para llegar al cabo adonde, en medio de dos grandes montes, hacía un degollado, el cual no pudo determinar si era entrada de mar. Y porque deseaba ir a la isla que llamaban Babeque, adonde tenía nueva, según él entendía, que había mucho oro, la cual isla le salía al Este, como no vio alguna grande población para ponerse al rigor del viento que le crecía más que nunca hasta allí, acordó de hacerse a la mar y andar al Este con el viento que era Norte; y andaba ocho millas cada hora, y desde las diez del día que tomó aquella derrota hasta el poner del sol anduvo cincuenta y seis millas, que son catorce leguas al Este, desde el Cabo de Cuba. Y de la otra tierra del Bohío que le quedaba a sotaviento comenzando del cabo del sobredicho golfo, descubrió a su parecer ochenta millas, que son veinte leguas, y corriase toda aquella costa Essueste y Oesnoroeste. Miércoles, 14 de noviembre

Toda la noche de ayer anduvo al reparo y barloventeando (porque decía que no era razón de navegar entre aquellas islas de noche hasta que las hubiese descubierto), porque los indios que traía le dijeron ayer martes que habría tres jornadas desde el río de Mares hasta la isla de Babeque, que se debe entender jornadas de sus almadías, que pueden andar siete leguas, y el viento también le escaseaba, y habiendo de ir al Este no podía sino a la cuarta del Sudeste, y por otros inconvenientes que allí refiere se hubo de detener hasta la mañana. Al salir del sol determinó de ir a buscar puerto, porque de Norte se había mudado el viento al Nordeste, y si puerto no hallara fuérale necesario volver atrás a los puertos que dejaba en la isla de Cuba. Llegó a tierra habiendo andado aquella noche veinticuatro millas al Este cuarta del Sudeste. Anduvo al Sur... millas hasta tierra, adonde vio muchas entradas y muchas isletas y puertos, y porque el viento era mucho y la mar muy alterada no osó acometer a entrar; antes corrió por la costa al Noroeste cuarta del Oeste, mirando si había puerto, y vio que había muchos, pero no muy claros. Después de haber andado así sesenta y cuatro millas halló una entrada muy honda, ancha un cuarto de muía, y buen puerto y río, donde entró y puso la popa al Sursudoeste y después al Sur hasta llegar al Sudeste, todo de buena anchura y muy hondo, donde vio tantas islas que no las pudo contar todas, de buena grandeza y muy altas tierras llenas de diversos árboles de mil maneras e infinitas palmas. Maravillóse en gran manera al ver tantas islas y tan altas, y certifica a los Reyes que las montañas que desde anteayer ha visto por estas costas y las de estas islas que le parece que no las hay más altas en el mundo ni tan hermosas y claras, sin niebla ni nieve, y al pie de ellas grandísimo fondo; y dice que cree que estas islas son aquellas innumerables que en los mapamundos en fin de Oriente se ponen. Y dijo que creía que había grandísimas riquezas y piedras preciosas y especiería en ellas, y que duran muy mucho al Sur y se ensanchan a toda parte. Púsoles nombre la mar de Nuestra Señora, y al puerto que está cerca de la boca de la entrada de las dichas islas puso puerto del Príncipe, en el cual no entró, mas de verlo desde fuera hasta otra vuelta que dio el sábado de la semana venidera, como allí aparecerá. Dice tantas y tales cosas de la fertilidad y hermosura y altura de estas islas que hailó en este puerto, que dice a los Reyes que no se maravillen de encarecerías tanto, porque les certifica que cree que no dice la centésima parte: algunas de ellas que parecía que llegan al cielo y hechas como puntas de diamantes; otras que sobre su gran altura tienen encima como una mesa y al pie de ellas fondo grandísimo, que podrá llegar a ellas una grandísima carraca todas llenas de arboledas y sin peñas. Jueves, 15 de noviembre

Acordó de andarías estas islas con las barcas de los navíos, y dice maravillas de ellas y que halió almáciga e infinito liñáloe, y algunas de ellas eran labradas de las raíces de que hacen su pan los indios, y halló haber encendido fuego en algunos lugares. Agua dulce no vio; gente había alguna y huyeron. En todo lo que anduvo halló fondo de quince y dieciséis brazas, y todo basa, que quiere decir que el suelo de abajo es arena y no peñas, lo que mucho desean los marineros, porque las peñas cortan los cables de las anclas de las naos. Viernes, 16 de noviembre

Porque en todas las partes, islas y tierras donde entraba dejaba siempre puesta una cruz, entró en la barca y fue a la boca de aquellos puertos y en una punta de la tierra halló dos maderos muy grandes, uno más largo que el otro y el uno sobre el otro hechos una cruz, que dice que un carpintero no los pudiera poner más proporcionados; y, adorada aquella cruz, mandó hacer de los mismos maderos una muy grande y alta cruz. Halló cañas por aquella playa que no sabía dónde nacían, y creía que las traería algún río y las echaba a la playa, y tenía en esto razón. Fue a una caía dentro de la entrada del puerto de la parte del sudeste (caía es una entrada angosta que entra el agua del mar en la tierra): allí hacía un alto de piedra y peña como cabo y al pie de él era muy hondo, que la mayor carraca del mundo pudiera poner el bordo en tierra, y había un lugar o rincón donde podían estar seis navíos sin anclas como en una caía. Parecióle que se podía hacer allí una fortaleza a poca costa, si en algún tiempo en aquella mar de islas resultase algún rescate famoso. Volviéndose a la nao, halló los indios que consigo traía que pescaban caracoles muy grandes que en aquellas mares hay, e hizo entrar la gente allí y buscar si había nácaras, que son las ostras donde se crían las perlas, y hallaron muchas, pero no perlas, y atribuyó a que no debía de ser el tiempo de ellas; que creía él que era por mayo y junio. Hallaron los marineros un animal que parecía taso o taxo. Pescaron también con redes y hallaron un pez, entre otros muchos, que parecía un propio puerco, no como tonina, el cual dice que era todo concha muy tiesta y no tenía cosa blanda sino la cola y los ojos, y un agujero debajo de ella para expeler sus superfluidades. Mandólo salar para llevarlo que viesen los Reyes. Sábado, 17 de noviembre

Entró en la barca por la mañana y fue a ver las islas que no había visto por la banda del Sudoeste. Vio muchas otras y muy fértiles y muy graciosas, y entre medio de ellas muy gran fondo: algunas de ellas dividían arroyos de agua dulce, y creía que aquella agua y arroyos salían de algunas fuentes que manaban en los altos de las sierras de las islas. De aquí yendo adelante, halló una ribera de agua muy hermosa y dulce, y salía muy fría por lo enjuto de ella: había un prado muy lindo y palmas muchas y altísimas más que las que había visto. Halló nueces grandes de las de India, creo que dice, y ratones grandes de los de India también y cangrejos grandísimos. Aves vio muchas y olor vehemente de almizque, y creyó que lo debía de haber allí. Este día, de seis mancebos que tomó en el río de Mares, que mandó que fuesen en la carabela Niña, se huyeron los dos más viejos. Domingo, 18 de noviembre

Salió en las barcas otra vez con mucha gente de los navíos y fue a poner la gran cruz que había mandado hacer de los dichos dos maderos a la boca de la entrada de dicho puerto del Príncipe, en un lugar vistoso y descubierto de árboles: ella muy alta y muy hermosa vista. Dice que la mar crece y descrece allí mucho más que en otro puerto de lo que por aquella tierra haya visto, y que no es más maravilla por las muchas islas, y que la marea es al revés de las nuestras, porque allí la luna al Sudoeste cuarta del Sur es bajamar en aquel puerto. No partió de aquí por ser domingo. Lunes, 19 de noviembre

Partió antes que el sol saliese y con calma; y después al medio día ventó algo el Este y navegó al Nornordeste. Al poner del sol le quedaba el puerto del Príncipe al Sursudoeste, y estaría de él siete leguas. Vio la isla de Babeque al Este justo, de la cual estaría sesenta millas. Navegó toda esta noche al Nordeste escaso, andaría sesenta millas y hasta las diez del día martes otras doce, que son por todas diez y ocho leguas, y al Nordeste cuarta del Norte. Martes, 20 de noviembre

Quedábanle el Babeque o las islas del Babeque al Essueste, de donde salía el viento que llevaba contrario. Y viendo que no se mudaba y la mar se alteraba, determinó de dar la vuelta al puerto del Príncipe, de donde había salido, que le quedaba veinticinco leguas. No quiso ir a la isleta que llamó Isabela, que le estaba doce leguas, que pudiera ir a surgir aquel día, por dos razones. La una porque vio dos islas al Sur: las quería ver; la otra porque los indios que traía, que había tomado en Guanahaní, que llamó San Salvador, que estaba a ocho leguas de aquella Isabela, no se le fuesen, de los cuales dice que tiene necesidad y por traerlos a Castilla, etc. Tenían dice que entendido que en hallando oro los había el Almirante de dejar tornar a su tierra. Llegó en paraje del puerto del Príncipe; pero no lo pudo tomar, porque era de noche y porque le decayeron las corrientes al Noroeste. Tomó a dar la vuelta y puso la proa al Nordeste con viento recio; amansó y mudóse el viento al tercero cuarto de la noche, puso la proa en el Este cuarta del Nordeste: el viento era Sursudeste y mudóse al alba de todo en Sur, y tocaba en el Sudeste. Salido el sol marcó el puerto del Príncipe, y quedábale al Sudoeste y casi a la cuarta del Oeste, y estaría de él a cuarenta y ocho millas, que son doce leguas. Miércoles, 21 de noviembre

Al sol salido navegó al Este con viento Sur; anduvo poco por la mar contraria. Hasta horas de vísperas hubo andado veinticuatro millas. Después se mudó el viento al Este y anduvo al Sur cuarta del Sudeste, y al poner del sol había andado doce millas. Allí se halló el Almirante en cuarenta y dos grados de la línea equinoccial a la parte del Norte, como en el puerto de Mares; pero aquí dice que tiene suspenso el cuadrante hasta llegar a tierra que lo adobe 118 Por manera que le parecía que no debía distar tanto, y tenía razón, porque no era posible como no estén estas islas sino en... 119 grados. Para creer que el cuadrante andaba bueno le movía ver dice que el Norte tan alto como en Castilla, y si esto es verdad mucho allegado y alto andaba con la Florida; pero ¿dónde están luego ahora estas islas que entre manos traía? Ayudaba a esto que hacia dice que gran calor; pero claro es que si estuviera en la costa de Florida que no hubiera calor sino frío. Y es también manifiesto que en cuarenta y dos grados en ninguna parte de la tierra se cree hacer calor, y si no fuese por alguna causa de per accidens, lo que hasta hoy no creo yo que se sabe. Por este calor que allí el Almirante dice que padecía, arguye que en estas Indias y por allí donde andaba debía de haber mucho oro. Este día se apartó Martín Alonso Pinzón con la carabela Pinta, sin obediencia y voluntad del Almirante, por codicia, dice que pensando que un indio que el Almirante había mandado poner en aquella carabela le había de dar mucho oro, y así se fue sin esperar, sin causa de mal tiempo, sino porque quiso. Y dice aquí el Almirante: «otras muchas me tiene hecho y dicho» Jueves, 22 de noviembre

Miércoles en la noche navegó al Sur cuarta del Sudeste con el viento Este, y era casi calma. Al tercer cuarto ventó Nornordeste. Todavía iba al Sur por ver aquella tierra que por allí le quedaba, y cuando salió el sol se halló tan lejos como el día pasado por las corrientes contrarias, y quedábale la tierra a cuarenta millas. Esta noche Martín Alonso siguió el camino del Este para ir a la isla de Babeque, donde dicen los indios que hay mucho oro, el cual iba a vista del Almirante, y habría hasta él dieciséis millas. Anduvo el Almirante toda la noche la vuelta de tierra e hizo tomar algunas de las velas y tener farol toda la noche, porque le pareció que venía hacia él, y la noche hizo muy clara y el vientecillo bueno para venir a él. Viernes, 23 de noviembre

Navegó el Almirante todo el día hacia la tierra, al Sur siempre, con poco viento, y la corriente nunca le dejó llegar a ella, antes estaba hoy tan lejos de ella al poner del sol como en la mañana. El viento era Esnordeste y razonable para ir al Sur, sino que era poco; y sobre este cabo encabalga otra tierra o cabo que va también al Este, a quien aquellos indios que llevaba llamaban Bohío, la cual decían que era muy grande y que había en ella gente que tenía un ojo en la frente, y otros que se llamaban caníbales, a quien mostraban tener gran miedo. Y desde que vieron que lleva este camino, dice que no podían hablar, porque los comían y que son gente muy armada. El Almirante dice que bien cree que había algo de ello, mas que, pues eran armados, serían gente de razón, y creía que habrían cautivado algunos y que porque no volvían dirían que los comían. Lo mismo creían de los cristianos y del Almirante al principio que algunos los vieron. Sábado, 24 de noviembre

Navegó aquella noche toda, y a la hora de tercia del día tomó la tierra sobre la isla Llana, en aquel mismo lugar donde había arribado la semana pasada cuando iba a la isla de Babeque. Al principio no osó llegar a la tierra, porque le parecía que aquella abra de sierras rompía la mar mucho en ella. Y en fin llegó a la mar de Nuestra Señora, donde había las muchas islas, y entró en el puerto que está junto a la boca de la entrada de las islas, y dice que si él antes supiera este puerto y no se ocupara en ver las islas de la mar de Nuestra Señora, no le fuera necesario volver atrás, aunque dice que lo da por bien empleado por haber visto las dichas islas. Así que llegando a tierra envió la barca y tentó el puerto y halló muy buena barra, honda de seis brazas hasta veinte y limpio, todo basa. Entró en él, poniendo la proa al Sudoeste y después volviendo al Oeste, quedando la isla Llana de la parte del Norte, la cual, con otra su vecina, hacen una laguna de mar en que cabrían todas las naos de España y podían estar seguras, sin amarras, de todos los vientos. Y esta entrada de la parte del Sudeste, que se entra poniendo la proa al Sursudoeste, tiene la salida al Oeste muy honda y muy ancha; así que se puede pasar entremedio de las dichas islas; y por conocimiento de ellas a quien viniese de la mar de la parte del Norte, que es su travesía de esta costa, están las dichas islas al pie de una grande montaña que es su longura de Este Oeste, y es harto luenga y más alta y luenga que ninguna de todas las otras que están en esta costa, adonde hay infinitas; y hace fuera una restinga al luengo de la dicha montaña como un banco que llega hasta la entrada. Todo esto de la parte del Sudeste, y también de la parte de la isla Llana hace otra restinga, aunque ésta es pequeña, y así entremedias de ambas hay grande anchura y fondo grande, como dicho es. Luego a la entrada, a la parte del Sudeste, dentro en el mismo puerto, vieron un río grande y muy hermoso y de más agua que hasta entonces habían visto, y que venía el agua dulce hasta la mar. A la entrada tiene un banco, mas después adentro es muy hondo de ocho y nueve brazas. Está todo lleno de palmas y de muchas arboledas como los otros. Domingo, 25 de noviembre