The Honor of the Big Snows

Chapter 2

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Quevedo: Créame, compañero, que estoy convencido y que seré un apóstol de la Junta. En verdad que se puede esperar mucho de estos señores y de los que ocupan su lugar en adelante. Ellos saben las necesidades del país; han de desear por fuerza el remediarlas, por amor a sus hijos y descendientes. Con este fin averiguarán lo que se hace en otras tierras; y como tomarán a punto el distinguirse por este camino, así como antes se distinguían por hacer daño (la verdad sea dicha), será una mamada el tenerlos de superiores. La confianza, el desinterés, la moderación, la frugalidad, la beneficencia, se arraigarán, porque estarán en estimación y porque yo le oí decir muchas veces a un viejo, mi maestro, que hasta los vicios y las virtudes entraban en las modas, y que así ha habido ciudades enteras de soldados, de estudiantes y de otras cosas, como ladrones, etc., y lo que es más, que hoy se veían hombres salvajes en las mismas tierras en que antes eran todos grandes oradores, arquitectos, etc., y que esto provenía, de su constitución.

Argote: Ahora que dice usted constitución; pues, esto es lo que se va a hacer aquí, Dios mediante.

Quevedo: ¡San Telmo me valga! Pues eso lo oí decir que era tan difícil, que casi en ninguna parte se había acertado, y traía a colación a un tal Licurgo, Solón, Dracón, y a un inglés Locke y que la de una tierra no servía para otra, y muchas cosas más.

Argote: Es muy cierto, pero no por eso nos hemos de abandonar ni echar de barriga. Hay, amigo, ciertas cosas que están reservadas para determinado tiempo, como ahora digamos, la vacuna, ¿quién lo creería? También hay otras que las ha dificultado la misma sabiduría de los que las emprenden, y su propia perspicacia les hace ver por todas partes mil embarazos que no hay. No hablo de la verdadera sabiduría, sino de los que quieren hacer creer que son unos zahoríes, o que ven debajo de tierra.

Quevedo: Ya entiendo. Conque, dígame usted ¿qué es preciso para acertar? Porque si se yerra, saldremos todos por un cuerno.

Argote: Buena intención; aplicación a leer y consultar; renuncia al amor propio por el amor de la patria; docilidad para ceder a la razón, aunque se oiga en boca de un enemigo o inferior; pausa para no precipitar su concepto y generosidad para confesar su engaño; firmeza para resistir a la seducción o peligro; dulzura y paciencia para persuadir, sin orgullo de querer primar; respetar las preocupaciones y combatirlas con sagacidad; en suma, sacrificar sus pasiones al bien general y proponerse la consecución de esto a toda costa.

Quevedo: Difícil es, pero posible, cuanto usted dice, y yo no lo veo lejos por el conocimiento que tengo de los que están nombrados. Dios quiera que sean todos así.

Argote: Sí serán: la Providencia protege visiblemente los sucesos presentes, y se confundiría usted si supiese lo que esto ha costado en otras partes.

Quevedo: Es así, y yo lo atribuyo a la bondad de las gentes, y también a que aquí hay aquellos grandes estorbos que en otras partes: considero esto como un edificio que va a construirse en suelo llano, a excepción de tal cual matorral o peñasco que se quita con la hacha o un poco de pólvora; y así dicen que los pobres diablos de los bostoneses y otros que hay en San Martín han hecho unas buenas ordenanzas, que no han podido los mismos franceses, ingleses, etc.; pero, amigo, las cosas se mudan con el tiempo, y entonces no servirá todo lo hecho, aunque sea muy bueno... Dígame, ¿y será posible mudar también esa ordenanza que dice usted?

Argote: La misma facultad y más ilustración habrá entonces, salvo que adoptemos aquella máxima de los tiranos, de que la autoridad se degrada revocando sus providencias, aunque sean bárbaras. Ningún pueblo puede renunciar a la facultad de mejorar su pacto social.

Quevedo: Ya usted se me ha remontado; basta. Pero, dígame antes. Yo doy por hecho todo, y diera mi vida porque se verificase luego, luego; y si el diablo mete la cola, y alguno de estos virreyes nos desbarata nuestros proyectos o paraísos, como dicen los colegiales, ¿qué haremos entonces? Quid erit nobis?

Argote: Entonces nuestra suerte y la de nuestros hijos será peor que la muerte y el infierno. Nos tratarán como pueblos conquistados: esto es, se harán dueños de nuestras vidas y haciendas. ¿Oye usted lo que hacen los franceses en España? ¿Ya sabe usted lo que hicieron los moros en la Península? Ya veo lo que hicieron y hacen los españoles en estas tierras con los indios y...

Quevedo: Sí, lo sé por mi desgracia, y tiemblo de cólera, ¿pero con nosotros?

Argote: Con nosotros harían algo más, por dos razones: la primera, porque éstos son peores, y mientras la causa es más mala, necesita medios más violentos para sostenerse; la segunda, porque ésta será una guerra civil, que es la mayor calamidad que puede padecerse de tejas abajo.

Quevedo: Demos caso que así sea. Luego que se aquieten las cosas, volveremos a nuestro sosiego y al estado antiguo con corta diferencia.

Argote: Respira usted por la herida, compadre de mi alma, pero se engaña. Oiga usted lo que sucedería, y es lo mismo que ha sucedido siempre. Si un tirano de éstos llegase a sojuzgarnos, empezaría por degollar a los más ricos, para tener tierras y plata conque premiar a sus soldados; después se seguiría con todos aquellos que por su respeto, valentía o habilidad, pudieran hacer algo contra él. Para mantenerse con opulencia, había de hacernos pagar a todos, así como para tener gente de su facción; si éstos nos hacen algo, o nos arrebatan algo, será de balde el quejarnos, porque ha de querer más tenerlos contentos que hacer justicia. Después querrá guerrear con los de Buenos Aires o Lima, y para esto embarcará por fuerza a nuestros hijos, que morirán allá lejos, de lo que se alegrará mucho; en fin...

Quevedo: Cuando así sea, que todo es muy natural, lo hará con los que han andado en estas novedades, pero no con los que las hemos repugnado.

Argote: Esa misma cuenta se han hecho en todos los reinos divididos en partidos: el más débil llama un vecino que le ayude; viene éste, y aprovechándose de la desunión, se apodera, saquea, mata y apalea a los unos después de los otros, y hace lo que el león de la fábula. Después lloran su necedad cuando no tiene remedio, y conocen que los ha puesto en tal estado el no haberse acercado a tratar entre sí de sus verdaderos intereses, el haberse dejado llevar de malos consejos y arrastrar de odios pueriles y de sentimientos tontos y frívolos, y que, si hubieran cedido racionalmente cada uno de su parte y se hubieran unido, estuvieran libres, ricos y respetados de los mismos que los oprimen, los desprecian y azotan.

Quevedo: Se me hace tan difícil creer que ninguno de estos señores tenga tal pensamiento y que su intento no sea guardar estas tierras para el Rey.

Argote: Mejor las guardaremos los que tenemos interés en guardarlas, y por lo que toca a que no tengan tales pensamientos, yo no me fío; amigo, esto de mandar es muy dulce, y tenga usted entendido que siempre que se puede cometer un delito sin riesgo y con grande esperanza, se comete sin falta; fuera de que la experiencia enseña que en iguales casos cada uno agarra lo que puede. Sepa usted que cuando hubo en España, ahora años, otra guerra parecida a ésta entre Felipe V y el Emperador de Alemania, el mismo abuelo de Felipe quiso quitarle un pedazo de su corona, y los gobernadores de Indias pensaron en quedarse de reyes en sus gobiernos, porque decían que con la muerte de Carlos II debía suceder lo mismo que con la de Alejandro Magno, en que sus capitanes se quedaron cada uno con un pedazo de las tierras de su amo... ¡Cáspita! Aquí no somos legos... ya se acordará usted como hablaban de Napoleón ahora tres años, que lo ponían en los cuernos de la luna y vea usted la que nos ha jugado. Dejémonos de lesuras y asegurémonos; cerremos los oídos a los que nos quieren engañar y dividir. Nuestra intención es buena, y Dios la ha de amparar, y caiga el que cayere.

Quevedo: No lo dudo. ¿Y si Fernando VII se escapara, o lo dejaran venir?

Argote: Lo recibiríamos con el alma y la vida, y sería el monarca más sinceramente amado de sus vasallos; entonces, vería grabados en nuestros corazones los motivos de nuestra conducta... Las lágrimas no me dejan hablar.

Quevedo: ¿Y si viniese una orden del Consejo de Regencia para obedeciésemos a Napoleón José, porque así convenía al servicio el Rey?

Argote: Eso tememos; pero, aunque lo mandase el Papa y todos los consejos del mundo, no lo haríamos; porque el Rey no lo puede querer, y esa sería una tramoya, o una orden que darían de miedo y sin facultad. El modo de evitarla es cerrarnos a la banda, y no salir de lo dicho: Fernando VII, o nadie. Y de aquí no nos saca ni la Bula... Bien pueden llover órdenes, Elíos y Carrascos.

Quevedo: ¿Y si el Rey volviese a Madrid, o vencedor de sus enemigos o por un don del cielo, o por muerte de Bonaparte u otro accidente?

Argote: ¡Ah compadre de mi alma! moriría de gusto yo y cuantos le aman como yo: entonces, aunque fuese rodando sobre cubierta, o pidiendo limosna, iría sirviendo a los enviados de Chile a presenciar el acto más grande que me he figurado muchas veces cuando he estado con calentura y se ha exaltado mi imaginación y mi amor hasta hacerme llorar.

Quevedo: Vaya ¿y cómo se figura usted que sería eso? ¿Y qué es lo que dirían?

Argote: Entrarían a un salón, cuyas venerables murallas estarían despojadas de los preciosos tapices que robaron los infieles aliados, pero adornadas con la sangre de aquellos pocos heroicos españoles que perecieron el funesto 2 de Mayo, víctimas de su lealtad; la guardia sería un pueblo de hombres mutilados por sus malos conciudadanos, y cuyas cicatrices les honrarían más que las encomiendas y bordados con que se suplía antes la falta de mérito. En medio de este conjunto de hijos y amigos del Soberano, estaría el bueno, el desgraciado Fernando, que, extendiendo sus brazos, abriría campo a nuestros chilenos; llegarían éstos, harían ademán de posternarse y serían levantados con benignidad. La ternura y los sollozos causarían un silencio interesante. Al fin tomaría la palabra alguno de los diputados, y diría...

Quevedo: Aquí te quiero ver, escopeta mal cargada: ya me parece que lo escucho.

Argote: Diría: “Señor, la Providencia te destinó para regir aquellos vastos y preciosos terrenos. Los hijos de los que los conquistaron para vuestros abuelos los han conservado con más riesgo y contra mayores dificultades que tuvieron que combatir sus antepasados. Sufrieron por espacio de tres siglos la insultante política con que se postergaban sus personas y se debilitaba el país. Sólo se les concedía un comercio de monopolio, pasivo y destructor aún para la madre patria. Aguantaron el imprudente despotismo de un privado de vuestro padre, que, abusando de la confianza, prostituyó la nación y saqueó los pueblos. Ya que la enorme separación les imposibilitó de venir a morir en vuestra defensa, se han despojado de lo único que podía contribuir a vuestro servicio; y nada habrían reservado, si los mismos vasallos predilectos que los mandaban a vuestro nombre los hubiesen excitado o dado ejemplo. Finalmente, en la violenta crisis en que puso a la España la inicua prisión de vuestra sagrada persona, los americanos todos a un mismo tiempo y con la misma resolución declararon que, o eran de Fernando VII o de nadie, y desecharon con horror las más lisonjeras seducciones a que concurrieron vuestros propios ministros, los órganos mismos de vuestras determinaciones. Aunque esta felonía debió hacerlos más cautos, obedecieron a cuantos tomaron vuestro respetable nombre en diversas provincias de la Península. Aunque divisaron la falta de conformidad entre la instalación de estas autoridades y las disposiciones para tales casos, cerraron los ojos en obsequio de la buena causa y en la esperanza de veros así restituido al solio. Con igual paciencia disimulaban que aquellos cuerpos no tenían la confianza de la nación y que todos los días le sustituían otros. Notaban un empeño visible en desfigurar las noticias de vuestra suerte, exagerando unos y disminuyendo otros las ventajas nacionales, o sus desgracias; lo que les anunciaba que entre vuestros vasallos había variedad de deseos o intenciones. Sabía que muchos de éstos (entre ellos algunos de opinión que os debían gran favor) os habían vendido abiertamente. Se les anunciaba que muchos dependientes de éstos estaban comisionados para persuadir a los inocentes americanos, y que vivían entre ellos. Observaban en los mandones y sus satélites aquellos rasgos de despecho con que la autoridad vacilante y caduca suele imponer terror, por no hermanarse a usar de la generosidad y prudencia que habrían estimulado el amor y respeto de los pueblos. Sus misteriosas resoluciones, sus medidas equívocas, sus inconsecuencias, su procaz altanería, su descuido en uniformar las opiniones y establecer la confianza recíproca, su estudio en irritar y dividir los ánimos que habían de conciliar; todo manifestaba que sólo cuidaban de mantener sus facultades en medio de la ruina de la nación, o a costa de ella, preparándose para ser árbitros de nuestra suerte en caso de perderse la España, o de quedar en una languidez que la imposibilitase de contener su audacia. Veían nuestros fieles americanos con inexplicable dolor que los negocios se complicaban más cada momento; que las naciones enemigas y aún las aliadas podían formar pretensiones a que hiciesen acceder las angustias; que la distancia, la guerra y la malicia de vuestros mandatarios estorbaban el conocimiento del verdadero estado de las cosas; que se les impedía precaver e indagar los intentos contra vuestros sagrados derechos. Por esto, y a imitación de sus buenos hermanos los buenos españoles, desconfiaron de todo el mundo y principalmente de los que podían abusar de vuestro real nombre, y tomando sobre sí toda la responsabilidad y todo el riesgo, y haciendo justicia a su propia lealtad, íntimamente unida a su felicidad, formaron la única resolución capaz de conservaros en todo evento aquellos dominios. Sus personas, sus fortunas y su honor, inherentes a aquellos terrenos, y su anterior irreprensible conducta, fueron una garantía que no podían prestar las sanguijuelas advenedizas, que sólo valían por un accidental carácter que querían perpetuar a fuerza de engaños, violencias, y tal vez traiciones. Si acaso no fue precisa y absolutamente necesaria esta determinación, tened presente, amado Príncipe, que fue la más segura; que el éxito ha correspondido y declarado la intención; que desde entonces se administró rectamente la justicia en vuestro augusto nombre; que se economizó vuestro erario; y que aquellos países se han puesto en el feliz estado que desearon vuestros progenitores y que no consiguieron por la sabida crueldad de sus oficiales. En fin, si erraron aquellos remotos vasallos en el modo, sus fines eran laudables, y tolerarán con resignación la desgracia de haberos desagradado por la gloria de haberos servido...”. Me parece ver a Fernando con los ojos arrasados de lágrimas, descender del trono, y con la misma majestad con que Fernando el Católico quitaba los grillos al que descubrió el Nuevo Mundo, abrazar a los que lo conservaren, y que mostraba el mismo horror a los Abascales, Elíos y Cisneros, que tuvo aquél a los Bobadillas, Aguados, Cañetes, etc.

Quevedo: Me parece esto cosa viva. Daría un mes de sueldo por que hubiesen oído esta conversación todos los demás porteros; yo los traeré para que se persuadan, y desengañen a otros de que la Junta es absolutamente necesaria y por consiguiente justa; que debemos esperar de ella bienes que no tendríamos de otro modo; que si por nuestra desgracia se arruina, nos vendrían con su destrucción males horribles, y esto a todos sin distinción, y que el remedio es nuestra unión, franqueza, desinterés y cautela contra los revoltosos; que hacen muy mal los que siembran especies contrarias a ella, porque, si antes tuvieron disculpa en opinar cuando se examinaba su importancia, después de establecida y recibida por la mayor parte es un delito grave, una traición, un pecado, es gana de incomodarse inútilmente el andar alborotando y hablando sin saber contra una resolución que ha necesitado y aún forzado su misma conducta... Ya sobre esto hemos hablado, y verá usted en lo que paran estas tonterías malignas.-- A Dios: a barrer y cortar las plumas. Volveré.

(Entra apresuradamente un joven oficial de Granaderos)

Oficial: Argote, estás aquí romanceando muy despacio, cuando te andan buscando para que abras la sala de la Excelentísima Junta.

Argote: ¿Pues qué hay?

Oficial: Acaba de llegar un expreso de Buenos Aires, avisando que el furioso Elío trata de bombardear aquella ciudad, y que acaso hará un desembarco.

Quevedo: ¡Jesús mil veces! ¿No lo decía yo? ¡Tiemblo de oírlo! ¿y con qué carácter viene este señor Elío?

Oficial: De Virrey y Capitán General

Argote: ¿Y sabe usted si han nombrado virreyes para Pamplona y Valencia?

Quevedo: No, porque allá gobiernan las juntas.

Argote: Muy bien, ¿con que aquí sólo son malas? Vaya, vaya.

Oficial: Vendrá nombrado por el Rey. Basta, chitón.

Quevedo: Ni aún eso; se sabe que sólo trae una media firma de un sujeto no conocido, y que lo envía el comercio de Cádiz.

Argote: ¡Malditos cartagineses, esponja de nuestra sangre! Esta es la gloriosa defensa con que nos acatarran; por eso nos aseguran que Bonaparte no los conquistará. Ya se ve pues, así nos chupan la sustancia para pasarla al tirano de quien son de corazón. Esta es la religión, el patriotismo y la política mercantil. Venga Aníbal, que no faltarán Fabios y tal vez Escipiones.

Quevedo: ¿Y qué quieren los de Buenos Aires?

Oficial: Que vayan de aquí tropas a socorrerlos.

Quevedo: Ni por pensamiento. Las que hay aquí son pocas; las necesitamos, y esto sería romper con Lima. ¡Jesús!

Argote: No confunda usted a Lima con el Virrey de Lima.

Oficial (Poniéndose el sombrero y terciando el cuerpo): Ese idioma pérfido e hipócrita es el que usan los aleves que tratan indirectamente de destruirnos y reducirnos a la servidumbre, igualmente que a sus propios hijos, a quienes detestan en su corazón. De este modo hacen vacilar a las almas cobardes; malvados esteliones, enemigos irreconciliables del hombre, que so pretexto de desear nuestro bien y con una reserva inicua nos llevan al precipicio. Deben ir tropas al auxilio de Buenos Aires. Yo soy el primero que marcharé, y ya lo he pedido como una gracia; lo mismo harán mis compañeros, y esto debe hacerse por mil razones: 1ª. Porque así manifestamos que somos hombres de bien y que reinan en nosotros el honor y valor que son la verdadera base de un pueblo digno de figurar en el mundo; 2ª. Porque Buenos Aires es una fortaleza avanzada que nos cubre, es la primera obra de nuestra fortificación, y allí debemos empezar nuestra defensa; 3ª. Porque si Buenos Aires es tiranizado, lo seremos nosotros precisamente y cuanto se diga en contra no es ignorancia, es picardía; 4ª. Porque de este modo los obligamos a que nos correspondan en caso igual; 5ª. Porque ésta es la única escuela en que podemos formarnos para ser útiles a la patria; 6ª. Porque así adquirirá Chile el concepto que merece y que lo ponga a cubierto de intentos hostiles de los extranjeros y de los españoles aliados de Bonaparte; 7ª. Porque...

Argote: Basta, basta. El lorito es una alhaja. ¡Joven gallardo! Dios te guarde y te colme de bendiciones, para que seas honor de tu patria y consuelo de tu anciano y venerable padre, a quien tengo envidia. ¡Digo renuevo! De aquellos españoles esforzados Que la cerviz de Arauco no domada no domada Pusieron duro yugo por la espada (Ercilla).

Fin del libro 1º. Impreso en la Villa de las Juntas, casa de Patricio Vera, calle del Pópulo. H.P.M.S.C.S.D.C.C.M.

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