The Honor of the Big Snows

Chapter 1

Chapter 14,176 wordsPublic domain

Diálogo de los Porteros, de Don Manuel de Salas

Deus Nobis Haec Otia Fecit.

Lo dedica a don Francisco Esteban de Olivera, Teniente de Alguacil Mayor y Fiel Ejecutor de esta capital, su maestro el Reverendo Padre fray José de Erazo, del Orden de Ermitaños.

Mi amado discípulo: ¿A quién podré dirigir estas producciones de mi profundo ocio, sino al que miro como su autor? Tú lo eres, querido Pancho, porque este pensamiento me vino de haberte oído decir la otra siesta que todos debíamos servir a la patria con lo que cada uno tiene. Recorrí en mi memoria cuanto poseo, y hallé que el tiempo era el bien de que más abundaba y que podía consagrar al público sin hacerme falta. Ya tú sabes que el tiempo, que no supo definir Aristóteles, ni pudo nuestro gran padre, es cosa preciosa; y de esto hago homenaje a un público a quien debo tanto favor, pues, según tu sabes, todos me quieren. Con todo, te encomiendo la protección de mi obrita, que se libertará de censura y acaso de ir a la confitería o a la botica, si tu respetable presencia, tu desembarazo y terrible bastón se emplean en defenderla. No extrañes que haya elegido por actores a los porteros: éstos lo huelen todo; son ordinariamente habladores; están a tiro de saber o maliciar cuanto pasa, pues están colocados al fin de sus cuerpos y al principio de la muchedumbre, como uno de los verdaderos linderos, o mojones de la sociedad; son, como dice Marmontel hablando de los grandes, en la corte los hombres del pueblo, y entre el pueblo los hombres de la corte. Tuyo, Erazo

La verdad en campaña, o verdades para gente de campo o campestre, o la verdad traducida a lengua vulgar. Diálogo entre Argote, portero de la Excelentísima Junta, y Quevedo, portero del Ilustrísimo Cabildo.

Argote: Compañero, ¿cómo va?

Quevedo: Mal, compañero: ya no tengo cabeza ni pulmones para oír y contestar cuanto se dice y disparatea sobre las novedades del día. Acabo de presenciar una conversación en los baratillos, que me ha consternado. Don Carlos Cachipuchi ha sostenido con dureza la inutilidad de esta Junta y las malas resultas que nos ha de traer, de modo que no sé qué pensar, ni qué sea usted capaz de responder.

Argote: Y dígame usted ¿sabe Cachipuchi lo que es junta? ¿Sabe si hay necesidad de formarla? ¿Sabe las ventajas buenas o malas que puede proporcionar? Y sobre todo ¿sabe usted si habla sin pasión o interés?

Quevedo: Lo supongo que así.

Argote: Pues supone usted mal; y esta falta de examen que nace de la ignorancia o pereza es el origen por lo común de la diversidad de opiniones, de las disputas, de los errores, y de la mayor parte de nuestras penurias. A esto se agrega que nuestra miseria nos hace juzgar por mejor aquello que de pronto nos acomoda más, sin consultar lo futuro ni el bien de los demás. En este caso están los que usted oye, por ellos se desengañarán.

Quevedo: Pero dígame señor, ¿no estábamos mejor, o a lo menos, no estábamos bien así como estábamos antes? Pues ¿Para qué son estas novedades?

Argote: No, amiguito; no estábamos mejor ni bien, y aún cuando lo estuviésemos, no podía durar ese manejo, y era preciso que se mudasen las cosas.

Quevedo: Esta es mi confusión y mi pregunta ¿qué precisión había de esto?

Argote: Yo se lo diré a usted. Nuestro buen Rey tenía un privado, que, abusando de un favor y confianza que no merecía...

Quevedo: Lo dirá usted por Godoy, que envileció la nación, la empobreció, la desarmó, trató de matar al príncipe nuestro señor, de hacerse Rey de los Algarbes, y, finalmente, vendió a su patria y a su amo al infiel Bonaparte, que hace una cruel guerra de tres años a esta parte, reteniendo en cautiverio a toda la familia real... Bien está, pero ¿por eso debemos aquí quitar a los que mandan en virtud de cédulas reales?

Argote: Cuando usted me quitó la palabra para decirme las maldades de Godoy, creí que concluyese explicando las resultas que ocasionó el ejemplo de este señor, que era Duque de Alcudia, Príncipe de la Paz, Grande Almirante, Generalísimo del ejército y marina y...

Quevedo: Basta, ya sé que era cuanto cabe en lo posible, y que sin tener el título de Rey, lo era en sus facultades y autoridad; pero esto ¿qué tiene que hacer con la junta?

Argote: Escuche usted si quiere saber las cosas a fondo. Pues, este monstruo de la fortuna y del demérito vive entre los franceses, y emplea en servirlos contra su favorecedor una vida que debe a la generosidad de nuestro Rey. A su imitación hacen lo mismo los ministros, generales, grandes, y así todos los que por su nacimiento, empleos, honra, religión, etc., deberían sacrificarse. Provincias enteras se han rendido a los enemigos, muchas ciudades han entregado las llaves, los más pintados admiten gobiernos, títulos y grados del tirano, pelean por él, y...

Quevedo: Allá se las campaneen; pero nosotros, que estamos lejos de la borrasca, estémonos quietos, enviémosles plata, y encomendémoslos a Dios.

Argote: Bueno es eso y muy justo; pero, abramos los ojos, y respecto de que tenemos un alma nacional con tres potencias, obremos de modo que nuestra adhesión al Rey y a la España sea efecto de una voluntad libre, y no de una ciega deferencia a personas que acaso y sin acaso nos entregarían como bestias a Bonaparte o a otro como él, o que se erigirán nuestros dueños, y que para llevar a cabo cualquiera de estos pensamientos, nos tratarían con la última crueldad.

Quevedo: Eso, y perdone usted, no es creíble de los señores que nos gobernaban.

Argote: No sólo es muy creíble, sino muy natural y casi preciso.

Quevedo: ¡Válgame Dios! Me asombra, me descalabra usted con sus proposiciones, que a ser verdaderas ya no había que tratar. Aún en ese caso falta que se manifieste que la Junta es la precaución contra esos males.

Argote: Oiga usted. En España eran señores que gobernaban Godoy, Azanza, O' Farril, Morla, Mazarredo, Obregón, Hermosilla, Salcedo, Urquijo, y en Buenos Aires también lo era el Marqués de Sobremonte; pues todos los primeros, con otros mil, se pasaron a los franceses, entregaron a Madrid y la mitad de la España, y enviaron órdenes para que nosotros les obedeciésemos; el otro entregó la capital de su virreinato a los ingleses. Todos daban por razón que no podían defenderse, y el motivo es que son unos pícaros, que sólo tratan de conservar sus empleos, aunque los mande el diablo y perezcan los pobres pueblos y los hombres de bien.

Quevedo: Vuelvo a decir que estos malvados están allá; aquí, gracias a Dios, estamos libres de tan mala ralea.

Argote: Compañero, usted es muy bueno, o me tiene por tonto, o no habla de buena fe, porque al cabo, al cabo...

Quevedo: No, compañero, no me crea usted sarraceno. Hace muchos años que como el pan de Chile, tengo ojos y conozco la gente.

Argote: Pues, amigo, ¿será posible que usted crea que todos los malévolos se han quedado en la Península y que tasadamente han venido los buenos? Aún cuando así fuese y los hubiesen separado con un harnero, si rigen en éstos los mismos principios que en aquellos, parece muy racional el desconfiar.

Quevedo: Eso sí que no me persuadirá usted.

Argote: Pues véalo con los ojos. Todos los empleados conocen que sólo ejercen sus ocupaciones por nuestra tolerancia; que por la renuncia de Carlos IV quedaron vacilantes, pues sólo dura una autoridad sustituida, mientras existe aquel de donde dimana. ¿Entiende usted?

Quevedo: Si, ya caigo. ¿Y cómo, cuando murió Carlos III, siguieron todos en sus oficios sin novedad? Yo estaba entonces en Málaga.

Argote: Eso fue porque se expidió una cédula en que el Rey nuevo les nombró a todos; y esto se ha hecho siempre en iguales ocurrencias.

Quevedo: Conque, si nuestro buen Fernando VII no tuvo tiempo de hacerlo, están todos en el aire. Ya... Ya...

Argote: A más de eso, ya sabe usted que los más empleados son y deben ser temporales, amovibles a la voluntad del Soberano, y que ordinariamente con el nombre de ascenso se trasladan los que sirven de unas provincias a otras, para evitar los inconvenientes de la perpetuidad. También sabe usted que los retenía en sus obligaciones el recelo de los recursos del trono: con que, no habiendo nada de esto, debían estudiar cómo mantenerse en el caso de que la España sea totalmente dominada de los enemigos, y el arbitrio más fácil era hacer que estas tierras siguiesen la misma suerte de la Península, con lo que labraban mérito para Bonaparte, quien envió muchos sujetos españoles a proponer esto mismo a los virreyes, presidentes, intendentes, etc.; y esto no me lo han contado, porque yo he visto con estos ojos las listas encima de la mesa del patrón, y que las envió al señor Carrasco un don Luis Onís, Ministro de España en las colonias inglesas o Estados Unidos de América. ¿Qué tal?

Quevedo: En hora buena; lo creo porque es muy natural; pero eso será bueno para los empleados. ¿Y qué me dirá usted de los españoles europeos, que tanto repugnan la Junta? Estos no tienen empleos que sostener y son muy fieles.

Argote: Sí, lo serán; pero advierta usted que los que no tienen empleos, tienen una opción declarada a ellos, tienen derecho a la preferencia en todo sobre los naturales, y quieren conservar aquel predominio que les han dado nuestra moderación y la indiscreta hospitalidad. Por no perderla, desearían que nos sometiésemos a los franceses, para que siempre pendiésemos de la tierra santa. Sienten que con este motivo se haya aclarado que nosotros somos vasallos del Rey de España, pero no de la España sin su Rey, que ellos han vendido; juramos a Fernando y no a José, ni a otro que ocupe violentamente el solio. Miran con dolor una reforma que fijará el gobierno en manos nacidas en el país, y que necesitarán para hacerse dignos de la confianza pública de un patriotismo, instrucción y demás virtudes que ellos no tienen. Observan que la variación en el comercio va a privarlos de aquel monopolio que los enriquecía a costa de hacernos andar desnudos, o de poner la ley al fruto de nuestro sudor y de mantenernos en la ignorancia, pereza y vil sumisión.

Quevedo: Todo eso es así; pero ¿no hay una real orden que arregla la sucesión en los mandos de Indias?

Argote: Maldita orden, contraria a la voluntad del Rey y a los intereses de la nación, dictada en una posdata por el mal Godoy, al tiempo, sin duda, que le esperaban en la comedia; orden que con el mayor desprecio nos exponía a ser mandados por un inepto, por un infame como Carrasco. Vaya... no hable Ud. de eso.

Quevedo: Conque, no debiendo gobernarnos ni los antiguos por caducos y sospechosos, ni los comprendidos en la real orden, porque no tengamos otro Carrasco, ¿quién debe mandar?

Argote: La Junta, la Junta, la Junta.

Quevedo: Pero ¡válgame Dios! esta Junta es una cosa de que no se habla en ningún libro, y si fuera materia tan llana como usted dice, estarían dadas disposiciones para hacerla, así como lo demás, y esto lo he oído decir a varios doctores y a buenos abogados.

Argote: No serán muy buenos. Querrán encontrar en Febrero, Elizondo, Colón, o la Curia Filípica citada una ley del Fuero Juzgo que diga: “Si aconteciese que los francos o galos viniesen de allende de los montes Pirineos y con mano desacatada arrebatasen a nuestros hijos y descendientes de nuestra real alcurnia y los encerrasen en cautiverio contra el derecho divino y humano, y si en esta cuita nuestros ricos homes, castellanos y favoritos hiciesen la follonería de pasarse a su bando, entonces los pocos que se digan leales y honrados hidalgos harán juntas para gobernar a nombre de los susodichos, y guardarles su heredad y patrimonio para cuando Dios sea servido mejorar sus horas”.

Quevedo: Yo no digo tanto, pero a lo menos quisiera una cosa parecida.

Argote: Pues la hay, y muy clara para los que no tienen cataratas en los ojos o en el corazón; y si no, oiga usted y tenga paciencia; mire, compadre, que los hombres deben saber lo que les compete, para que no los manejen como bestias, ni los hagan creer en brujas.

Quevedo: Vaya... Diga usted, que se me ha despabilado el sueño.

Argote: Supuesto que es preciso que haya quien nos gobierne, porque nunca faltan hombres aviesos entre nosotros o entre nuestros vecinos, han convenido en todas partes en nombrar alguno o algunos que administren justicia y que manden a los que pelean por defender la tierra y bienes de los demás. En muchos pueblos nombraban a los más ancianos, en otros a los más virtuosos y valientes, y así según la costumbre de cada tierra, y de aquí tomaron su principio los reyes. Ahora, pues, como éstos se habían de morir por fuerza, advirtieron que era mejor, o menos malo, que entrasen en su lugar sus hijos, que no padecer las tropelías que había al tiempo de elegir sucesor, así como las hay cuando se eligen provinciales, alcaldes, y ahora en las elecciones de diputados, que se arden los capitulares.

Quevedo: Eso dígamelo usted, que me lleva el diablo de ver tanta mentira, enredo y simpleza como se cometen en esos días, sin qué ni para qué.

Argote: Pues por eso el pueblo o común de las gentes resolvió este orden de sucesiones y dio facultad a sus príncipes para que, cuando se ausentasen o dejasen hijos pequeños, nombrasen quienes gobernasen el reino; y estos mismos reyes dispusieron que, cuando no tuviesen tiempo de nombrar o no pudiesen hacerlo por muerte, enfermedad, etc., se juntasen los principales y eligiesen cinco o tres sujetos para que gobernasen.

Quevedo: Ya entiendo, ¿con que esto será lo que llaman Consejo de Regencia?

Argote: Eso mismo, pero, se entiende, cuando está bien hecho y con arreglo a la ley; que en sustancia es lo propio que volver el pueblo a hacer lo que hizo al principio y nombrar quien lo gobierne ínterin crece, sana o vuelve el que nombró para que gobernase en propiedad.

Quevedo: Entre paréntesis ¿luego el pueblo hace al Rey? ¿Y cómo yo he oído siempre que los reyes vienen de Dios?

Argote: Todo viene de Dios, así como, v.g., los obispos, lo curas y los demás; pero los primeros por mano del Rey, y los otros por mano de los mismos obispos. Los reyes vienen de Dios por mano del pueblo y para bien del pueblo. Lo que Dios permite es diferente de lo que Dios ordena; y si no, es preciso que usted confiese que José Bonaparte reina por Dios, y que el socarrón de Carrasco gobernaba por Dios; pero nos separamos del asunto, volvamos.

Quevedo: Conque ¿y qué tacha le pone usted al Consejo de Regencia de Cádiz?

Argote: El ser de Cádiz. Pero éste no es el asunto precisamente; no nos apartemos de la Junta. Yo le traeré a usted un estudiantito de Buenos Aires, vivo como una chispa, que le explicará a usted la cosa de modo que no deje respuesta. Este dice, a lo que me acuerdo, que no se juntaron los que debían, y en prueba de ellos trae que no fueron de su tierra, y menos de ésta, y que no somos moco de pavo para que se nos mire tan abajo, y que, pues no concurrimos, no debemos tener parte en sus cosas, y que si no nos avisaron y esperaron, hay gato encerrado, y que en cama angosta me meto en medio, y en caso de duda, la mujer sea la cornuda. Es gracioso; yo lo traeré una noche de éstas. Volvamos a la Junta.

Quevedo: Ya estoy enterado de que en España pudieron y debieron hacer Junta; y no entiendo, si he de decir verdad, por qué los mismos que las hicieron allá las repugnan tanto aquí. ¿Pues no somos todos unos?

Argote: Me hace acordar esto de lo que en días pasados oí hablando uno de huevos. Ahí verás lo que son pasados por agua. Confieso, amigo, que esta preguntita me hace olvidar toda la frialdad que saqué de mi tierra y la pachocha que cultivé al lado de mi difunto patrón; y también le prevengo a usted, acá para entre los dos, que esta terquedad maliciosa, estos dicharachos injuriosos, este empeño en fomentar noticias falsas, y este conato en separarse de nosotros, al tiempo mismo que les tratamos con amor y con franqueza, que les brindamos con los bienes que ofrece la tierra y los que le procuramos; tanta ingratitud y dureza pueden al cabo, al cabo... ya usted sabe que tantas veces va el cántaro al agua... tanto se ortiga al buey manso... Dios nos libre: sólo deseo la paz, y que vivamos como hermanos, amigos, conciudadanos, parientes, y... tiemblo... tiemblo...

Quevedo: He oído decir que en España se trataba de hacer una nueva constitución, y que para ese fin se juntaban las Cortes y pensaban en presentar al Rey, cuando volviese, este plan de reforma. Ojalá así sea para que no vuelvan a suceder tantas desgracias y que todo se aquiete.

Argote: Así es, y tanto, que el Marqués de Ustariz, anciano respetable y miembro de la Junta Central, decía al tiempo de morirse: “Nada hemos hecho, si no formamos una constitución que asegure nuestra libertad y nos ponga a cubierto de favoritos”. Esto se puso en la gaceta impresa, esto se miró como un rasgo de una virtud sublime; y porque en Indias les imitamos, porque queremos hacer presentes los engaños con que se alucinaba al Rey, porque queremos concurrir del modo posible a esa misma reforma, que se considera como el último bien, por eso Cachipuchi y otros de su jaez...

Quevedo: Valga la razón; no son sólo los Cachipuchis, hay muchos de la tierra. Yo los conozco; son peores.

Argote: Yo también, y todos sabemos que esto mismo ha sucedido en otras partes. No pueden todos en un propio día pensar de un mismo modo. Las prevenciones de la niñez; aquel vano terror que se les ha inspirado desde la cuna; la natural pereza que prefiere el momentáneo y efímero interés presente a la felicidad que cuesta trabajo, gasto, o riesgo; la ignorancia de sus derechos y de su dignidad en que se les ha educado; en fin, tantas razones que no me deja proferir la cólera...

Quevedo: Consuélese, compañero, con que es corto y se disminuye el número de los neófitos y menor el de los infieles a la patria y a ellos mismos: ya van olvidando las erradas ideas que les habían inspirado. El ejemplo de los hombres de probidad, aún de los mismos europeos de juicio y rectitud, los va poniendo en el camino de la razón. Yo habría hecho lo mismo, si desde mi niñez se hubiese tratado de engañarme y si en el tiempo presente escuchase a las personas de mi confianza que acordes me intimidaban con razones que antes no había oído contradecir, principalmente con unos hechos que me contaban tan contrarios a la verdad.

Argote: Esta política infame debería bastar para desengañarnos y descubrirnos el fin que se proponen los mandones y sus secuaces. Aseguro a usted que si, como soy el último, fuese el primero de mi Junta, les hubiera cargado sobre esto la romana; pero, bien pueden variar de conducta por el mal que pueden hacer y el que pueden recibir. Acuérdese usted de aquel refrán: Se curan llagas, pero no malas palabras.

Quevedo: En todo el mundo hay hombres caprichudos, majaderos, interesados, sediciosos; pero son pocos, como los caimanes, tigres y lobos. Todo hasta ahora va saliendo bien y se verificará, espero en Dios, lo que oí leer el otro día en una gaceta o carta escrita por los bostoneses a los de Caracas, en que les decían: “Y vosotros, que por las dichosas circunstancias en que os habéis hallado recogéis palmas que no están regadas con sangre... os deseamos unión y fraternidad”. En otra escrita en Cartagena se dice: “Su situación es semejante a la de los niños: hacen pininos, se asustan y caen; hacen esfuerzos y vuelven a levantarse. Discuerdan en sus opiniones sobre las cosas llanas y evidentes. Será algo difícil vencer las malas ideas a que se les ha acostumbrado por tan largo tiempo y las preocupaciones adquiridas en sus primeros años. Se debe esperar que la verdad y los principios sanos encontrarán sucesivamente aceptación. Parece que, como la luz progresa de oriente a poniente, se sentirán los mismos efectos en el mundo moral e intelectual”. Yo encomendé esto a la memoria, porque me pareció muy bonito y chusco.

Argote: ¡Ah! Compañero de los diablos... Esto me saca de paciencia. Así han pensado los que nos han gobernado, y lo peor es que nos han enseñado a pensar como ellos.

Quevedo: Pues ¿qué hay, compañero, para tanto enojo? Yo le sigo a usted la corriente.

Argote: Ahí está el daño. Conque ¿le parecen a usted esas cosas bonitas y chuscas? No son sino unas verdades como unas casas. Con ese mismo estilo de usted nos han mantenido en la oscuridad y miseria; pero buenos pensamientos que leíamos en los pocos escritos útiles que dejaban por descuido pasar a nuestras manos, los tachaban de quimeras y cuentos, o los llamaban proyectos sólo buenos para libros, como si los libros no enseñasen lo mismo que se hace en todo el mundo. Estoy cansado, podrido de oírles decir a boca llena y arqueando las cejas, esto no es adaptable; no lo permiten las circunstancias locales. ¡Ah cabrones! Y si trataba de algo benéfico algún amigo del país, o venía alguna orden de nuestros buenos reyes para adelantamiento nuestro, se apolillaba en la secretaría, o se empantanaba en un expediente eterno, en lo que eran maestros.

Quevedo: Bueno está; ahora veremos esos primores. Lo cierto es que hace muchos días que oigo esto mismo, y todavía...

Argote: Esta es otra cantinela con que los díscolos aburren a los que emprenden cualquiera cosa nueva, por buena que sea. Afectando ignorar, o ignorando realmente las dificultades que hay en la ejecución de las cosas, la falta de medios para verificarlas, el tiempo que es necesario para prepararlas, las oposiciones que ellos mismos hacen, y otros mil inconvenientes que es preciso vencer a fuerza de constancia, paciencia, sigilo, actividad y valor, quisieron que se hiciesen en el día por encanto torres en el aire. Con todo, amigo, se ha hecho mucho y se hará seguramente a pesar del muerto y quien lo vela.

Quevedo: Quisiera tener un apuntito de uno y otro para chafar a unos tontarrones que me muelen sobre esto.

Argote: Yo se lo prometo a usted, y mientras tanto, sepa usted que ya se han hecho considerables ahorros en la Real Hacienda; que se han establecido cuerpos de artillería, caballería, granaderos; que se han empezado a formar nuevas milicias, las que se disciplinarán cuando lo permitan las ocupaciones de que subsisten los soldados; que se trata de traer armas y aún de hacerlas aquí; que se han empezado a dar pasos para mejorar los colegios y la educación de la juventud; que se ha pedido una imprenta; que se ha prohibido la matanza de yeguas, tan perjudicial para la agricultura y defensa del reino; que se ha franqueado el comercio a los extranjeros, con lo que nos vestiremos barato, tendrán giro nuestros hijos, y saldrán los frutos de la tierra que se pierden, y otros que cultivaremos con ocasión de tener a quien venderlos. Se han mandado poner escuelas en todos los conventos; se ha quitado a los pobres indios el tributo que los hacía unos vagos y nuestros enemigos; se ha...

Quevedo: Vaya, vaya, esto es otra cosa, y ya creo que debemos esperar mucho si continúan así. Dios lo quiera.

Argote: Sí lo querrá, porque quiere y protege todo lo justo. Deje usted que las cosas se afirmen; que las gentes se apliquen a pensar en su bien y que vean acogidos con benignidad sus pensamientos; que vean honrados sus discursos, y que cada uno pueda lisonjearse de ser autor de alguna cosa útil a sus paisanos. Deje usted que se tranquilicen las cosas, y que se sustituya el honor y espíritu público a la ratería, al empeño de tirar para su raya, y verá aquí verificado lo que dicen los libros; verá usted reinar la franqueza, la abundancia y las comodidades; crecerá la población; estarán todos ocupados, y no habrá tantas muertes, embriagueces y robos; seremos felices. Sí, amigo, contribuyamos todos, que todos podemos, y si no, no sirvamos de embarazo. Criemos a nuestros hijos en estos sentimientos; ayudemos a la Junta, que ha tenido la generosidad de excitarnos a que le digamos cuanto se dirija a nuestro bien.