Chapter 4
Así, que no menos eran estimulados por su propio honor que por los premios; ya para que las amistades heredadas de sus mayores no pasasen a otros, ya por no padecer la nota de que, reputados por desidiosos, y que no valían para llenar los empleos, se viesen privados de ellos; o, conseguidos, no supiesen conservarlos. No sé si habrán llegado a vuestras manos estas noticias antiguas, que se conservan todavía en las bibliotecas de los antiguos, y se recopilan con especialidad por Muciano; y creo que ya tiene compuestos y publicados once libros de Actas y tres de Cartas sobre estos asuntos. De ellos puede entenderse bien que Cn. Pompeyo y M. Craso fueron excelentes, no sólo en el valor y armas, sino en ingenio y elocuencia; que los Léntulos, los Metelos, los Lúculos, los Curiones y demás próceres colocaron mucho trabajo y cuidado en estos estudios, y que ninguno en aquellos tiempos llegó a gran valimiento sin la elocuencia. A todas estas cosas se agregaban el esplendor de los reos y la grandeza de las causas, lo cual contribuye mucho para la elocuencia. Porque va mucho en que tengas que orar, o sobre causa de hurto, o sobre fórmula y entredicho, o de soborno de comicios, o sobre aliados saqueados y ciudadanos asesinados; cuyos delitos, aunque es mejor que no sucedan, y se ha de tener por mejor aquel estado de la ciudad en que nada de esto padezcamos; no obstante, cuando acontecían, suministraban abundantísima materia a la elocuencia; pues crece la valentía del ingenio con la grandeza de los asuntos; ni puede hacer alguno una oración esclarecida y de lucimiento, si no se le presenta una causa apropiada. No a Demóstenes, según creo, hicieron brillar las oraciones que compuso contra sus tutores; ni hicieron a Cicerón grande orador las defensas en favor de P. Quintio o de Licinio Archias; colmáronle de esta fama Catilina, Milón, Verres y Antonio. No porque el Estado tuviese interés en producir malos ciudadanos, para que tuviesen los oradores abundante materia para orar, sino que digo esto para que -como a cada paso repito- tengamos presente el punto de la cuestión y sepamos que me refiero a aquellos casos que sucedieron más fácilmente en tiempos revueltos de inquietud. ¿Quién ignora ser más útil y mejor disfrutar de la paz que ser atormentados en guerra? Y, sin embargo, más excelentes guerreros da de sí la guerra que la paz. Semejante es la condición de la elocuencia, porque cuantas más veces se presente el orador como en batalla, cuantos más ataques diere y sostuviere, y cuanto mayor fuere el contrario, tanto más esforzado será quien tome sobre sí las luchas fuertes; y será tenido por tanto más eminente y ensalzado, y condecorado con aquellas causas públicas, y andará en boca de los hombres: cuya índole es tal, que no quieren las cosas de seguras y aman las inciertas.
XXXVIII
Paso a la forma y costumbre de los antiguos juicios, la cual, aunque ahora está más en consonancia con las exigencias de la justicia, es indudable que en el antiguo foro se ejecutaba en mayor grado la elocuencia, pues en él ninguno era precisado a perorar dentro de poquísimas horas, eran libres las prórrogas de las sentencias, cada uno se prescribía la duración de su oración, y no se tasaba el número de los días ni de los Patronos. Cn. Pompeyo fue el primero que en su tercer Consulado restringió y puso como freno a la elocuencia, de tal suerte, no obstante, que todo se tratase en el foro, según las leyes, y a presencia de los Pretores, ante los cuales eran mayores los negocios que antes se acostumbraban a ejercer; de lo cual es la más cierta prueba que las causas Centunvirales, que ahora obtienen el principal lugar, eran en tal extremo deslumbradas con la brillantez de aquellos juicios, que no se lee ningún discurso escrito de César, ni de Bruto, ni de Celio, ni de Calvo, ni, en fin, de ningún orador célebre, dicho ante los Centunviros, excepto las oraciones de Asinio, que se intitulan a favor de los herederos de Urbinia, dichas por Polión hacia el medio tiempo de Augusto, después que el largo sosiego de los tiempos, el continuado ocio del pueblo, tranquilidad del Senado y el gobierno de este gran Príncipe habían apaciguado, así como todas las demás cosas, a la elocuencia.
XXXIX
De poco momento, y acaso digno de risa, parecería lo que voy a decir; pero lo diré por lo mismo, y para reír. ¿Cuánta vileza podremos pensar que atrajeron a la elocuencia esos ropones, en que, como metidos en saco, y como embutidos, hablamos con los Jueces? ¿Cuánto vigor podremos creer que quitaron a la elocuencia los auditorios y los archivos, en los cuales se exponen ya, por lo común, las principales causas? Porque, así como los caballos generosos son probados en la carrera y largo espacio, así vienen a ser de algún modo el campo de los oradores; por lo cual, si no corren libres y desembarazados, se debilita y quiebra la elocuencia; aun en el mismo cuidado y anhelo del cuidadoso estilo obtenemos un sentido contrario al que deseábamos, pues muchas veces pregunta el Juez: «¿Cuándo va a empezar?», y a su pregunta tiénese que empezar. Frecuentemente el muy importuno manda callar a los documentos y testigos; ya uno, ya otro, entre estas cosas, se presenta, y se trata de la cosa como en desierto. Mas al orador le es precisa la aclamación y el aplauso, como si estuviese en un teatro; cosas que acontecían todos los días a los antiguos oradores, cuando tantos y tan nobles no cabían en el foro; cuando asistían a los que estaban en riesgo las clientelas, las tribus, los Comisarios de los Municipios y departamentos de Italia; cuando en los más de los juicios creía el pueblo romano ser cosa de su inspección ver lo que se decretase. Es cosa sabida que C. Cornelio, M. Escauro, T. Milón, L. Bestia y P. Vatinio fueron acusados y defendidos delante de la concurrencia de toda la ciudad, de suerte que podía avivar y enardecer a los más fríos oradores la misma contienda del pueblo apasionado por unos o por otros. Existen escritos de tal naturaleza, que aquellos que los pronunciaron no necesitan otros títulos de gloria para ser juzgados.
XL
Además de esto, las oraciones continuas al pueblo, y el derecho que le era concedido de oponerse a cualquier poderoso, y la jactancia misma de la enemiga, cuando muchos de los oradores no se las ahorraban ni aun con P. Scipión, o con Sula, o con Cn. Pompeyo, e introduciéndose los histriones en los oídos del pueblo, según es condición de la envidia, para provocar a los varones más principales, ¡cuánto ardor estimulaba a los ingenios, cuánto fuego a los oradores!
No hablamos de asuntos pacíficos y sosegados, y que necesiten suavidad y moderación; esa grande y eminente elocuencia es hija de aquel desahogo que los necios llaman libertad, compañera de las turbulencias, aguijón de un desenfrenado pueblo sin sumisión, sin esclavitud, contumaz, temerario, arrogante, que no se cría en las bien arregladas ciudades. ¿Qué orador hemos oído citar a Lacedemonia?, ¿cuál es de Creta?, cuyas ciudades se reputan de una severísima educación y rigurosísimas leyes, Tampoco hemos conocido la elocuencia ni de los macedonios, ni de los persas, ni de alguna otra nación que estuviese gobernada con cierto supremo imperio. Algunos oradores hubo entre los rodios, muchísimos entre los atenienses; entre los cuales, todas las cosas, el pueblo, todos, los no instruidos, todos, por decirlo así, lo podían todo. También nuestra ciudad, mientras anduvo suelta; mientras se acaloraba en partidos, en disensiones y discordias; mientras no hubo paz en el foro, ninguna unión en el Senado, ninguna rienda en los juicios, ningún obsequio a los superiores, ni restricción en los magistrados, dio, sin duda, la más valiente elocuencia, así como el campo inculto produce ciertas hierbas más lozanas. Pero ni importó tanto a la República la elocuencia de los Gracos para sufrir sus leyes, ni Cicerón compensó con su muerte su fama de orador.
XLI
Así, la parte de antiguo que queda a los oradores, es buena prueba de no ser enmendada la elocuencia, ni a deseo de la ciudad bien arreglada; porque ninguno nos llama a la defensa, sino algún delincuente o infeliz. ¿Qué Municipio viene a nuestro patrocinio, sino es algún pueblo cercano agitado de una doméstica disensión? ¿A qué provincia defendemos, sino saqueada y maltratada? Y, en verdad, hubiera sido mejor no querellarse, que buscar la defensa. Y si se hallase alguna ciudad en que ninguno delinquiese, sería entre los inocentes ocioso el orador, como entre los sanos el médico. Porque así como el arte de curar tiene menos ejercicio y hace menores progresos en aquellos pueblos que gozan de una salud robustísima y perfecta, así entre las buenas costumbres, y entre aquellos que están dispuestos a la sujeción de un príncipe, es menor y más oscura la gloria de los oradores. Y ¿qué necesidad hay de largos pareceres en el Senado, puesto que los buenos prontamente se uniforman? ¿Qué necesidad hay de larga arengas al pueblo, cuando acerca de la República no deliberan muchos, ni la plebe poco instruida, sino uno, el más sabio? ¿Qué necesidad hay de espontáneas acusaciones, cuando tan pocas veces y tan escasamente se delinque? ¿Qué necesidad hay de unas defensas encarnizadas y desmedidas, cuando la clemencia del que ha de sentenciar sale al paso a los que padecen? Creedme, ¡oh buenos y elocuentísimos varones, dentro de lo que procede!, si vosotros hubierais nacido en aquellos siglos, o esos a quienes admiramos hubieran florecido en éstos, y algún numen hubiera mudado de repente vuestras vidas y vuestros tiempos, ni a vosotros os habría faltado aquel extremado aplauso y gloria, ni a ellos medida y equilibrio. Pero ahora, por cuanto ninguno a un mismo tiempo puede gozar de una grande fama y sosiego, goce cada cual del bien de su siglo, sin murmurar del otro.
XLII
Había dado fin Materno. Entonces Mesala dijo:
-Cosas hay de que quisiera se hablase más si hubiese más día.
-Harase después -replicó Materno- a tu gusto; y, si algo te ha parecido oscuro en este mi discurso, conferenciaremos otra vez sobre ello.
Y levantándose inmediatamente y abrazando a Aper, dijo: «Yo te delataré a los poetas». Mesala le replicó: «Y yo a los anticuarios». «Y yo a vosotros, a los retóricos y declamadores».
Riéronse, y nos despedimos.
Categoría:Clasicismo Categoría:Literatura de la Antigua Roma Categoría:Obras de Tácito
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