Chapter 1
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I
Mucho tiempo ha que deseas saber de mí, Justo Fabio, por qué causa, habiendo florecido en los pasados tiempos en ingenio y fama tantos excelentes oradores, ahora el nuestro, falto de ellos y sin aplauso, apenas conserva el uso del nombre mismo de orador, pues así llamamos únicamente a los antiguos; pero a los elocuentes de estos días, causídicos, abogados, patronos y cualquiera otra cosa menos oradores. A esta tu pregunta no me atreviera yo en verdad a responder y tomar sobre mis hombros el peso de tan grande cuestión en tales términos, que haya de juzgarse mal de nuestros ingenios si a esto no llegan mis alcances, o de mi modo de pensar, si no quiero decir mi parecer, en el caso de que hubiera yo de preferir el mío y no de reproducir cierta conversación de hombres muy discretos, según las circunstancias de ahora, que yo, siendo muy joven, les oí, y en la que estaban tratando esta misma cuestión. Así que el trabajo no está en el ingenio, sino en la memoria, con que poder acordarme de todas aquellas cosas que de boca de estos claros varones escuché, discurridas con sutileza y dichas con gravedad; y declarar con la misma elegancia, con las mismas razones y el mismo orden, las diversas causas que cada uno exponía bastante razonables, manifestando su interior modo de pensar y discurrir; pues no faltó quien, tomando el partido contrario, después de haber censurado y despreciado mucho a los antiguos, antepusiera la elocuencia de nuestro tiempos a la de aquellos.
II
Porque al día siguiente en que Curiacio Materno había recitado su tragedia de Catón, teniéndose noticia de que había ofendido los ánimos de los poderosos, como que, olvidándose él de sí, sólo había pensado como Catón en el argumento de aquella tragedia, y esparciéndose sobre esto un grande murmurio en la ciudad, vinieron a su casa Marco Aper y Julio Secundo, ingenios entonces los más excelentes de nuestro foro, a los cuales no sólo oía yo con grande afición en los Tribunales, sino que frecuentaba su casa y los acompañaba en público con un vehemente deseo de aprender y cierta viveza juvenil, de suerte, que escuchaba con ansia sus diálogos y discusiones, y aun hasta los sermones de sus reservadas pláticas, y si bien muchos opinaban poco favorablemente, diciendo que Secundo no era expedito en el decir, y que Aper había conseguido la fama de elocuente más por genio y natural, que por instrucción y literatura, no tenían razón; porque ni carecía Secundo de un lenguaje puro, limado y bastante fluido, ni Aper dejaba de estar instruido en las comunes Artes; pero más era en él el desprecio que hacía de las letras, que la falta de instrucción en ellas; aparentando conseguir mayor gloria de su aplicación y trabajo, si daba a entender que su talento no había habido menester de que otras Artes le prestasen sus auxilios.
III
Luego, pues, que entramos en el aposento de Materno, le hallamos sentado con aquel libro en las manos que el día antes había recitado. Entonces Secundo dijo:
-¿Nada, Materno, te asustan las hablillas de los malévolos, ni te impiden que te embeleses con las picantes expresiones de tu Catón? ¿Por ventura has vuelto a tomar en las manos este libro para reconocerle con más cuidado, y después de corregidas algunas cosas que hayan dado ocasión de una interpretación maligna, publiques a Catón, si no mejor, al menos más confiado?
Entonces Materno:
-En él leerás -dijo- lo que un Materno se debe a sí mismo, y podrás juzgar de lo que has oído; y si algo dejó de decir Catón, lo dirá en la siguiente recitación Thyestes, pues ya he ordenado esta tragedia, y dentro de mí mismo la tengo ya formada, y por eso me doy prisa a dar esotra cuanto antes al público, para que, dejado a un lado este cuidado pueda dedicarme enteramente a este nuevo trabajo.
-¿No te fastidian tanto -dijo Aper- esas tragedias que, olvidando la afición a las oraciones y causas, consumas todo el tiempo, antes en la Medea, y ahora en el Thyestes, puesto que están llamándote al foro las causas de tantos amigos, el patrocinio de tantas colonias y Municipios, a quienes apenas podrías dar abasto, aunque no te cargaras de nueva ocupación con tus tragedias de Domicio y Catón; quiero decir, que agregaras a las tragedias griegas las historias y personajes romanos?
IV
Entonces Materno:
-Me cogería de susto tu severidad, si no se hubiera hecho ya casi costumbre entre nosotros esta repetida y continuada contienda; porque ni tú dejas de acusar e ir contra los poetas, ni yo, a quien echas en cara la desidia de las defensas, de ejercer este patrocinio de defender contra ti el arte de la poesía. Y ahora me alegro más, por habérsenos presentado un juez que, o me mande no hacer ya más versos o, lo que tiempo ha estoy deseando, me precise también con su autoridad a que, saliendo de las estrecheces de las cosas forenses en que sobradamente he sudado, me dedique a cultivar esta más sagrada y más augusta elocuencia.
V
-Yo, a la verdad -dijo Secundo-, antes que Aper me recuse por juez, haré lo que suelen los buenos y modestos jueces, que es excusarse de conocer en aquellas causas en que se echa de ver, que una de las partes tiene ganada la inclinación de ellos. Porque, ¿quién ignora que ninguno tiene más estrechez conmigo, ya por la amistad, ya por trato de compañeros, que Saleyo Baso, varón no menos bueno que consumado poeta? Y por cierto, si el arte de la poesía se acusa, ninguno otro reo hallo de más consideración.
-Bien descuidado esté -dijo Aper-, tanto Saleyo Baso como otro cualquiera que fomente el estudio de la poética y la gloria de los poemas, si no se dedica a defender causas. Mas yo, puesto que he encontrado un árbitro de esta demanda, no permitiré que sea defendido Materno con acompañamiento de muchos, sino que yo a él mismo ante vosotros le acusaré de que, habiendo nacido para la elocuencia varonil y oratoria, con que poder al mismo tiempo adquirir y defender amistades, ganar relaciones y proteger provincias, abandone un estudio, en comparación del cual no puede imaginarse otro en nuestra ciudad, ni más copioso para la utilidad, ni más fecundo en deleites, ni más decoroso para el honor, ni más lúcido para la fama de la ciudad, ni más ilustre para la celebridad de todo el Imperio y de todas las naciones. Porque, si han de dirigirse a la utilidad de la vida todas nuestras miras y acciones, ¿qué cosa hay más apercibida que ejercitar aquella arte con que siempre armado puedas libremente servir de defensa a los amigos, de auxilio a los extraños, de salud a los que peligran y, al contrario, poner miedo y espanto a los envidiosos y enemigos, y tú mismo estar seguro y como fortalecido con un como perpetuo poder e imperio? Cuya fuerza y utilidad bien se deja ver en la defensa y patrocinio de otros cuando las cosas suceden prósperamente; pero si llega a sentirse el ruido del peligro propio, no en verdad la loriga y la espada es en la batalla parapeto tan fuerte como la elocuencia en favor de un reo que peligra, pues es al mismo tiempo arma defensiva y ofensiva con que igualmente puedes defender y acometer, ya en el Tribunal, ya en el Senado, ya en presencia del príncipe. ¿Qué otra cosa más que su elocuencia, hallando contrarios a los senadores, opuso poco ha Eprio Marcelo, quien, arrestado y sobre sí, dejó burlada la sabiduría de Helvidio, elocuente a la verdad, pero poco experto, y aún tierno en semejantes contiendas? No hablaré más acerca de la utilidad, a cuya parte creo no se oponga en nada mi amigo Materno.
VI
Paso a explicar el gusto que trae consigo la elocuente oratoria, cuyo deleite no se goza por un solo instante, sino casi todos los días y casi a cada hora. ¿Qué cosa más dulce para un ánimo noble y bien educado, criado, digámoslo así, para los más puros deleites, que ver llena y concurrida siempre su casa de los hombres más distinguidos, y saber que esto le viene, no por causa de riqueza u orfandad, ni por la administración civil de algún empleo, sino por sí mismo? Antes bien, concurren los hijos huérfanos y poderosos a ver a un joven y pobre para que tome a su cargo los riesgos de sus amigos o los suyos. ¿Hay, acaso, algún deleite tan grande de las más copiosas riquezas y el más encumbrado poder que mirar a todos, ya ancianos y de mayor edad, ya confiados en la gracia de toda la ciudad, confesando que, en medio de la abundancia de todas las cosas, no tienen en sí un bien, que es el mejor y más principal? Además, ¡qué acompañamientos y despedidas de togados! ¡Qué aspecto en público! ¡Qué acatamiento en los Tribunales! ¡Qué gusto al levantarse a orar, y estar en pie, viéndose rodeado de silencio, y que en él solo fijan todos su vista; apiñarse el pueblo, rodear el circo, y mover al oyente a cualquier afecto de que el orador se revistiere! Mas lo que hasta aquí refiero son los placeres más conocidos y que están a la vista aun de los de pocos alcances; mayores son otros más ocultos y que solamente los conocen los mismos oradores; porque, ora traiga una oración bien limada y pensada, siempre recibe un como contrapeso y balanza constante, así del deleite como del mismo decir; ora traiga nuevo y reciente trabajo, no sin algún sobresalto del ánimo, este mismo afán recomienda el suceso y lisonjea el gusto. Pero cuando se arresta a hablar de repente, esta misma temeridad produce mayor placer; porque sucede en las obras de ingenio lo mismo que en el campo, y es que, aunque se siembren otras muchas veces, y se cultiven por mucho tiempo, son más gratas las que da de sí el suelo.
VII
Y en verdad, si he de hablar de mí mismo, aquel día en que se me presentó la vestidura de senador, o en que, siendo yo hombre nuevo y nacido en una ciudad de ningún favor, recibí la cuestura, o el tribunado, o la pretura, no fue para mí más alegre que todos los demás, en que, tal cual es la mediana facultad mía de orar, me toca defender con buen suceso a un reo, o tener algún pleito feliz ante los centunviros, o sacar a paz y a salvo ante el príncipe a sus mismos libertos y procuradores. Entonces me parece a mí subir sobre los tribunados, las preturas y consulados, y aun tener lo que, de no nacer con uno, ni se concede por derecho imperial ni viene por el favor. ¿Qué comparación tiene la fama o nombre de cualquier arte con la gloria de los oradores, que no solamente son ilustres en la ciudad entre los que tienen negocios y cuidados, sino también entre los mozos y jóvenes, que, desde luego, tienen buen natural y dan de sí buenas esperanzas? ¿Cuáles nombres ponen antes los padres a sus hijos? ¿A quién primero y más frecuentemente nombra por su nombre el imperio vulgo y la plebe, y los señala con el dedo? También los forasteros y viajeros, después de haber oído antes hablar de ellos en los Municipios y colonias, apenas se apearon en la ciudad preguntan por ellos, los buscan y quieren conocerlos.
VIII
Me atrevería a apostar que este Marcelo Eprio, de quien hablé poco ha, y que Crispo Vibio -porque con más gusto me valgo de ejemplos nuevos y recientes que de los remotos y olvidados- no son menos conocidos en los extremos términos de la tierra que en Verceli o en Capua, de donde se dicen naturales. Ni a esto contribuye el que el primero tenga doscientos millones de sestercios y que el segundo posea trescientos -aunque a esta tan gran riqueza pueda pensarse que han llegado por la utilidad que les viene de la oratoria-, sino la misma elocuencia, cuya divina esencia y celeste poder produjo, a la verdad, muchos ejemplares de todos los siglos, manifestando a qué grado tan alto de fortuna hayan llegado los hombres con la fuerza de su ingenio. Pero, como he dicho arriba, estos ejemplares son más cercanos a nosotros; y tales, que no necesitamos saberlos de oídas, sino que los tenemos ante los ojos. Porque cuanto más bajo y menos conocido nacimiento han tenido, y cuanto más notable ha sido la pobreza y escasez de bienes que los rodeó al nacer, tanto más ilustres y esclarecidos ejemplares son para demostrar la utilidad de la oratoria; pues sin el brillo del nacimiento, y sin patrimonio, ninguno de ellos educado con cuidado, y el uno de figura poco recomendable, han llegado a ser por espacio de muchos años los más poderosos en la ciudad, y mientras quisieron, los príncipes del foro; y ahora los primeros en la amistad del César, casi todo lo gobiernan y son mirados por el mismo príncipe con grande acatamiento. Porque Vespasiano, anciano venerable y varón prudentísimo, bien conoce que los restantes amigos suyos están apoyados sobre aquello que de él recibieron y en lo que está en su mano conceder a ellos mismos y prodigar a los demás; y que, en cambio, Marcelo y Crispo trajeron consigo a su amistad lo que no recibieron ni puede recibirse del príncipe. El menor lugar ocupan entre tantas y tan grandes utilidades los blasones, timbres y estatuas; lo cual, sin embargo, no es de despreciar, ni menos las riquezas y el valimiento; todo lo cual más fácilmente hallará quien lo vitupere que quien lo deseche. Vemos, por cierto, llenas de estos honores, ornamentos y facultades las casas de aquellos que se dedicaron desde su mocedad a las causas forenses y al estudio de la oratoria.
IX
En cuanto a los poemas y versos, en los cuales desea Materno gastar toda su vida -pues desde aquí tomó principio su discurso-, ni acarrean dignidad alguna a sus autores, ni fomentan sus utilidades; a lo más, consiguen un breve deleite y un aplauso hueco y sin fruto. Y si no, dime, Materno -aunque no sea gustoso a tus oídos esto mismo que digo, y adelante diré- , ¿de qué sirve el que Agamenón o Jasón hablen elocuentemente en sus tragedias? ¿Quién por eso ha vuelto a su casa defendido por ti y agradecido a tu defensa? ¿Quién es el ahora o saluda o acompaña a Saleyo, excelente poeta entre nosotros, o, si se le quiere dar un título más honorífico, excelente adivino? Mas si un amigo suyo, si un pariente, si él mismo, en fin, se hallase en algún negocio apurado, acudirá a Secundo, aquí presente, o a ti, Materno; no porque eres poeta, ni para que hagas versos en su favor, ya que estos le nacen a Baso en su casa, y muy bellos y agradables, pero cuyo suceso es que, después de haber gastado un año entero, y empleado todo el día y la mayor parte de la noche el tiempo en forjar un libro, disponerle a la luz pública, tienen que rogar de propio intento y halagar a algunos para que se dignen escucharlo; y esto no de balde, porque tiene que buscar casa prestada, levantar en ella circo para auditorio, alquilar asientos y repartir esquelas; y aunque el éxito de sus recitaciones sea el más feliz, todo aquel aplauso no dura tres días, como sucede en una planta o flor cortada que no llega a cierto y sazonado fruto. Ni de allí saca amistad alguna o clientela, ni lleva a su casa el gusto de haber hecho un beneficio duradero en la memoria de alguno, sino voces vagas y huecas, y un gozo pasajero. Ha poco que alabamos la liberalidad de Vespasiano, como asombrosa y eminente, por haber dado a Baso quinientos mil sestercios; cosa grande, a la verdad, haber merecido con su ingenio el agrado del príncipe; pero ¿cuánto mejor sería, si así lo permitiesen los propios haberes, venerarse a sí mismo, obsequiar su ingenio y probar su liberalidad? Añádase a esto que los poetas, si han de trabajar y hacer algo digno de ellos, tienen que huir del trato de los amigos, privarse de las diversiones de la ciudad y abandonar las demás ocupaciones, y, como ellos dicen, retirarse a los bosques y selvas, esto es, a los desiertos.
X
Pero ni aun la fama y buena opinión, a la cual únicamente se dedican, afirmando ser el único premio de todo su trabajo, es igual entre poetas y oradores, porque ninguno conoció poetas medianos, y buenos, pocos. ¿Cuándo llega a extenderse por toda la ciudad la fama de unas medianas recitaciones, para que digamos que pueda ser conocida en tantas provincias? ¿Quién hay que, o bien venga de España, o bien de la Asia, dejando en silencio a nuestros galos, y llegando a la ciudad, pregunte por Saleyo Baso? Y si acaso quiere verle, visto una vez, pasa adelante, y con esto se contenta, como si hubiera visto alguna figura o estatua. Ni quiero que estas mis razones se tomen en tal sentido que se entienda que yo quiero espantar de hacer versos a aquellos a quienes la naturaleza les negó el talento oratorio, si es que con este estudio pueden pasar con gusto el tiempo ocioso y conseguir algún nombre y fama; porque yo tengo por cosa sagrada y venerable a toda la elocuencia y a todas sus partes; y no solamente creo que deben anteponerse a los estudios de las demás artes o vuestro coturno o los nobles acentos del poema heroico, sino también la gracia de los versos líricos, los amores de los elegiacos, la acritud de los yambos, las agudezas de los epigramas y cualquiera otra especie que tenga la elocuencia. Sólo las he contigo, Materno; porque, dirigiéndote tu naturaleza al alcázar de la elocuencia, prefieres desviarte del camino; y estando en condiciones de alcanzar lo más arduo, te quedas en lo menos importante. Y del mismo modo que si hubieras nacido en la Grecia, en donde es loable ejercitarse en las artes de la palestra, y los dioses te hubieran concedido las fuerzas y vigor de Nicrostato, no permitiría que aquellos membrudos brazos, hechos a propósito para la lucha, se aflojasen con el tiro ligero del dardo o el disco; así yo, desde los auditorios y teatros, te llamo al foro y a las causas; esto es, a las verdaderas luchas; principalmente cuando no puedes acogerte al efugio que favorece a otros de que está menos expuesto a ofender el estudio de los poetas que el de los oradores; porque hierve en ti el vigor de tu bella naturaleza, y ofendes, no por causa de algún amigo, sino por tu Catón; ni esta ofensa puede paliarse, o con el cumplimiento de la amistad o de la abogacía, o con haberte puesto a orar con ímpetu de repente en un caso fortuito; pues no puede menos de parecer que has elegido bien de pensado un personaje notable, y que hable con el carácter correspondiente a su fama. Bien sé lo que a esto puede responderse: que por esta parte se adquieren aprobaciones; y por la otra, en los mismos auditorios se alaban estas cosas, y se anda luego en boca de todos [...] Deja, pues, a un lado la excusa de la quietud y descuido cuando tomes un contrario superior; bástanos a nosotros conservar las controversias particulares y de nuestro siglo; y si al llevarlas a la práctica nos fuese preciso ofender alguna vez los oídos de los poderosos por causa de algún amigo que peligra, quedará aprobada la fidelidad del oficio y excusada la libertad.
XI
Habiendo dicho esto Aper con bastante acritud, como acostumbraba, y con grave rostro, empezó Materno con voz suave risueña: Heme prevenido -dijo- a acusar a los oradores no menos tiempo del que Aper ha gastado en alabarlos -pues juzgaba que de la laudatoria de ellos hiciese digresión para acusar a los poetas y echar por tierra el estudio de la poesía-; subsanó esto con cierta habilidad, permitiendo que hiciesen versos aquellos que no estuviesen en disposición de ejercitar el foro. Mas yo, así como en el ejercicio de las causas puedo hacer algo, y acaso sobresalir, así también he empezado felizmente a conseguir en la recitación de tragedias alguna fama, principalmente desde que el Nerón quebrantó la maligna potencia de Vatinio, que profanaba, además, el sagrado de los estudios; y hoy creo, si es que tengo alguna celebridad y nombre, haberlo granjeado más por la gloria de los poemas que por las oraciones; y, así, he resuelto quitarme ya de la faena del foro; ni echo de menos esos acompañamientos y séquitos, o las repetidas salutaciones; ni las estatuas y timbres que, aun sin desearlo yo, se me entraron en mi casa. Porque hasta ahora, mejor que con la elocuencia, conservo mi estado y tranquilidad con la inocencia; ni espero tener ocasión jamás de orar en el Senado, sino en defensa de alguno que se halle en peligro.
XII
En cuanto a los bosques, selvas y lugares retirados, que reprendía Aper, a mí me causan tanto placer, que los cuento entre los principales frutos de los versos; porque éstos no se componen en medio del bullicio, ni teniendo de espera al litigante ante la puerta, ni entre el luto y el llanto de los reos, sino que el ánimo se retira a los lugares puros e inocentes y goza de los recintos sacros. Estos fueron los principios de la elocuencia, éstos sus templos; con este hábito y culto se introdujo, para bien de los mortales, en aquellos castos pechos aún no contaminados de vicios; así lo afirmaban los oráculos. Porque el uso de esta interesada y sanguinaria elocuencia es reciente e hijo de la relajación de las costumbres, y como tú, Aper, decías, sustituido en lugar de arma afilada. Mas aquel venturoso, y a nuestro modo de hablar, aquel siglo de oro, escaso de oradores y de delitos, abunda de poetas y adivinos, que cantaban los generosos hechos y no defendían los ruines; ni otros algunos tuvieron mayor honor ni más sagrado; en primer lugar, entre los dioses, cuyas respuestas, según es fama, daban a conocer, y a cuyos banquetes asistían; y en segundo lugar, entre los hijos de los dioses y los sagrados reyes, entre los cuales no hallamos a ningún abogado, sino a Orfeo, a Lino; y si más hondamente quieres apurarlo, al mismo Apolo. Pero si estas cosas te parecen con exceso fabulosas y fraguadas por el capricho, al menos me concederás, Aper, que no logró menor gloria entre los hombres Homero que Demóstenes; ni que se ciñese a más estrechos confines la fama de Eurípides y Sófocles que la de Lisias de Hypérides; aún hoy hallarás muchos que no aprecien tanto la gloria de Cicerón como la de Virgilio; ni tiene tanto nombre ningún libro de Asinio o de Mesala como la Medea de Ovidio o el Tiestes de Vario.
XIII
Ni yo, la verdad, temeré comparar la fortuna de los poetas, y aquella feliz cohabitación que he referido, con la vida inquieta y desasosegada de los oradores, aunque a éstos les hayan elevado a los consulados sus contiendas y las defensas de los reos. Para mí es de mayor aprecio el tranquilo y apartado retiro de Virgilio, en el cual, ni estuvo privado de la gracia de Augusto ni de la celebridad para con el pueblo romano. Testigo de esto son las cartas de Augusto; testigo, el mismo pueblo; el cual, oídos en cierta ocasión en el teatro los versos de Virgilio, que, por casualidad, se hallaba presente, y de espectador, le veneró, como hiciera con Augusto. Ni aun en nuestros tiempos habrá crecido Pomponio a Afro Domicio, ni en la dignidad de su carrera, ni en la perpetuidad de su fama. Porque Crispo y Marcelo, ejemplos que me propones, ¿qué tienen en esta su fortuna que desear? ¿Acaso porque temen o porque son temidos? ¿Acaso porque aun los mismos que solicitan sus favores se indignan de tener que debérselos; o porque, atados con la adulación, ni parecen nunca bastante esclavos a los que mandan, ni a nosotros bastante libres? ¿Cuál es este gran poder suyo? Otro tanto suelen poder los libertos. A mí las dulces Musas, como dice Virgilio, apartado de inquietudes y cuidados, y de la necesidad de obrar algo cada día contra mi intención, llévenme a aquellos sagrados recintos y a aquellas fuentes donde no sufra más, lleno siempre de miedo al desatinado y resbaladizo foro y una pálida fama; llévenme donde no me despierte el rumor de los que vengan a saludarme o del anheloso liberto; ni, incierto de lo porvenir, escriba un testamento en lugar de una hipoteca; ni posea más que lo que pueda dejar a quien yo quiera cuando llegue mi hora fatal y el fin de mi vida, y me pongan sobre el túmulo, no triste y espantoso, sino alegre y coronado; ni nadie por mi memoria consulte ni pida.
XIV
Aún no bien había concluido Materno, exaltado y como fuera de sí, cuando Vipstano Mesala entró en su aposento, y habiendo sospechado, por la atención de cada uno, que la plática era asunto de gravedad, dijo:
-¿He venido, por ventura, a mala sazón, estando vosotros tratando alguna secreta consulta, o en la meditación de alguna causa?