Part 3
Pero si, dejando aparte aquel mejor y más perfecto género de elocuencia, se ha de escoger una forma, quisiera, en verdad, más la vehemencia de C. Graco, o la madurez de Craso, que los afeites de Mecenas o el retintín de Galión; por tanto, deseara más vestir al discurso con una toga recia, que adornarle con vestidos brillantes y de mujer prostituida. Ni tampoco es oratorio, o, más bien, no es varonil, ese culto de que usan los más de los abogados de nuestros tiempos, expresando aires teatrales con la afectación de las palabras, poca gravedad en las sentencias y licencia en la composición, y jactándose los más de lo que debe causar vergüenza escuchar, reputando por alabanza, gloria e ingenio, el que se canten y dancen sus Comentarios. De donde tiene origen aquel feo e impropio, pero frecuente aplauso, con que se dice que nuestros oradores hablan con soltura, y los histriones danzan con elocuencia. No negaré que Casio Severo, al cual sólo se atrevió a nombrar nuestro amigo Aper, puede ser llamado orador, aunque en la mayor parte de sus libros haya más energía que vigor real. Fue, en efecto, el que, desentendiéndose del orden de las cosas, dejados a un lado la escrupulosidad y decoro de las palabras, mal vestido aun de las mismas armas de que usa, y descubierto su flanco, las más veces con el deseo de herir, no pelea con regla, sino que riñe sin arte. Pero, como he dicho, comparado con los que después vinieron, excede en mucho a los demás, ya en la variedad de la dicción, ya en el chiste urbano, y ya, en fin, en el nervio de la expresión; a ninguno de aquellos nombró Aper, ni se atrevió a sacarlos como a campo de batalla. Yo esperaba que, censurados Asinio, y Calvo, y Celio, nos presentase otro escuadrón, y citase muchos más, o siquiera otros tantos, con que pudiésemos oponer uno a Cicerón, otro, a César, y, en fin, a cada cual el suyo. Contento, por ahora, en nombrar a cada uno de por sí a los antiguos, no se atrevió a alabar a ninguno de los posteriores sino en general y en común, temiendo, a lo que creo, no ofendiese a muchos si escogía a pocos; porque, ¿quién hay entre los que concurren a las ejercitaciones, que no esté persuadido en nombrarse antes de Cicerón o después de Gabiniano? Mas yo no recelaré nombrarlos a cada uno de por sí para que, más fácilmente puestos a la vista los ejemplos, se vea con qué grados se ha ido debilitando y se ha disminuido la elocuencia.
XVII
-Date prisa -dijo Materno-, y cuida más bien de cumplir lo prometido, pues no deseamos concluir que los antiguos fueron más elocuentes, porque por mí, en verdad, no lo niego; sólo buscamos las causas que tú poco antes dijiste que acostumbrabas a tratar con más apacible elocuencia, y admirando la de nuestros tiempos antes que te irritase Aper impugnando la de tus antepasados.
-No me he ofendido -dijo- con la disputa de Aper, ni tampoco será decente que os ofendáis vosotros si alguna cosa por casualidad disonase a vuestros oídos, puesto que sabéis bien que es ley de este género de pláticas decir su parecer sin que trascienda el daño a la amistad.
-Pasa adelante -dijo Materno-, y puesto que has de hablar de los antiguos, usa de la antigua libertad, de la cual hemos degenerado más que de la elocuencia.
XVIII
Y Mesala:
-No escondidas causas quieres saber, Materno, ni de ti mismo, ni de este Secundo, o de este Aper ignoradas, aunque me dais el cargo de sacar a plaza lo mismo que nosotros todos sentimos. Porque, ¿quién ignora que, no solamente la elocuencia, sino también las demás artes, se desviaron de esa antigua gloria, no por falta de hombres, sino por desidia de la juventud, descuido de los padres, ignorancia de los maestros y olvido de la usanza antigua?, cuyos males, teniendo su primer origen en Roma, difundidos después por Italia, ya corren por las provincias, si bien los nuestros están más a nuestra vista. Yo hablaré sólo de la ciudad y de estos defectos propios y nacidos en nuestras casas, los cuales pasan inmediatamente a nuestros hijos, y se van amontonando por todos los grados de la vida. Pero antes hablaré de la severa disciplina de nuestros antepasados sobre el modo de educar a los hijos y formarles el corazón. En primer lugar, desde el principio, el hijo que le daba a cada uno su casta madre, no en la choza de una alquilada nodriza, sino en el seno, y entre los brazos de la buena madre, era educado, cuya principal loa era saber cuidar de su casa y mirar por sus hijos. Escogíase alguna parienta de anciana edad, a cuya probidad y acreditada conducta era encargado el gobierno de toda la familia, en cuya presencia, ni era permitido hablar cosa que fuese notada de torpeza, ni hacer lo que pudiese parecer indecoroso; y no solamente templaba con cierta santidad y modestia los estudios y tareas, sino también los recreos y juegos de los muchachos. Así sabemos que se gobernaban en su educación Cornelia, madre de los Gracos; Aurelia, de César; y Atia, de Augusto; cuya enseñanza y severidad tenían por mirar el que el natural de cada uno, sencillo y puro, y no viciado con ninguna maldad, recibiese en lo íntimo de su ánimo las artes liberales, y que ya se inclinase a la milicia, ya a la jurisprudencia, ya al estudio de la elocuencia, sólo en esto se ocupase, y todo entero lo aprendiese.
XXIX
Pero ahora el niño recién nacido es entregado a alguna criaduela griega y se el agrega uno que otro esclavo, el más vil de todos los de la casa, y de los que nada valen para servicio alguno serio; el tierno ánimo del niño se empapa desde luego de las patrañas y prejuicios de éstos; ni a nadie de los de la casa se le da nada de lo que se diga o haga delante del amo niño, puesto que si aun los mismos padres avezan a sus hijos a la bondad ni a la modestia, sino a la lascivia y a la burla perversa, por cuyo medio se introduce la desenvoltura y el menosprecio de lo propio y de lo extraño. Aun más; me parece que los vicios peculiares de esta ciudad se engendran en el vientre de la madre, el aprecio que se hace de los histriones y la pasión por los gladiadores y luchadores a caballo, en cuyas diversiones, ocupado y poseído el ánimo, ¿cuánto lugar deja para las buenas artes? ¿A quién hallarás que en las casas hable de otra cosa? ¿Qué otras conversaciones de los jóvenes oímos, si alguna vez entramos en los auditorios? Ni aun los maestros gastan otras pláticas con sus oyentes más frecuentes que éstas; acarrean los discípulos, no por haber examinado ellos la buena conducta y el talento, sino el atractivo de sus cortesías y la añagaza de la adulación.
XXX
Dejo aparte el estudio de las primeras letras, en las cuales se pone poco esmero: ni se gasta mucho tiempo en la gramática, en entender los autores, y en estudiar la antigüedad, ni en el conocimiento filosófico e histórico de las cosas, ni del hombre, ni de los tiempos, sino que se apresuran para ir a oír a los que llaman retóricos, cuya influencia mostraré bien pronto cuán escasa haya sido al introducirse en Roma, y cuán poca autoridad haya tenido entre nuestros antepasados. Para esto es menester volver los ojos a aquella enseñanza, que hemos oído haber usado a aquellos oradores, cuyo inmenso trabajo y cotidiana meditación y ejercicio en todo género de estudios se deja ver en sus libros. Bien conocido tenéis el tratado de Cicerón intitulado Bruto, en cuya parte última -porque la primera se emplea en la narración de los oradores antiguos- refiere sus propios principios, sus pasos, y como cierta educación de su elocuencia, que aprendió el Derecho civil bajo la dirección de Q. Mucio, que recibió la instrucción en todas partes de la filosofía, ya de Filón, Académico, ya de Diodoro Estoico; y que no contento con estos maestros, que había tenido la proporción de oír en Roma, viajó por la Acaya y Asia para aprovecharse de todos los conocimientos de las varias artes. Así que, por vida mía, en los libros de Cicerón es fácil advertir que no les faltó la instrucción científica ni en la geometría, ni en la música, ni en la gramática, ni en ninguna arte liberal. Él tuvo conocimiento de su sutileza dialéctica, él de la utilidad de la parte moral, él de las causas físicas de las cosas y sus movimientos. Así la admirable elocuencia de este varón esclarecido, abunda y rebosa de mucha erudición, de la instrucción en muchas artes y de todas las ciencias; ni la energía del discurso se ciñe en tan breves y estrechos límites como la de las demás artes, sino que es orador, aquel que sobre toda cuestión puede hablar con lucimiento y adorno, con disposición a persuadir, según el decoro de las cosas y ocasión de los tiempos, con deleite de los oyentes.
XXXI
De esto estaban persuadidos aquellos antiguos oradores. Para conseguirlo, conocían que era menester no declamar en las escuelas de los retóricos, ni ejercitar su lengua y voz en controversias fingidas, apartadas enteramente de la verdad, sino embeber su ánimo de aquellas artes en que se disputa de los bienes y males, de lo honesto o lo torpe, de lo justo e injusto. Esta es la materia en que se ejercita el orador, porque en las causas judiciales frecuentemente hablamos de la equidad, en las deliberativas, de lo útil; en las demostrativas, de lo honesto; pero de forma que, a veces, todas estas cosas se mezclan recíprocamente, acerca de las cuales ninguno puede tratar copiosamente y con variedad y ornato, sino el que tiene conocimiento de la humana naturaleza, de la fuerza de las virtudes, de la malicia de los vicios y la inteligencia de aquellas cosas que no se colocan ni entre los vicios ni las virtudes. De estas fuentes también nace el que pueda instigar o suavizar más fácilmente la ira del juez aquel que sabe lo que es ira, y con más presteza le impela a la compasión aquel que sepa qué es misericordia y con qué afectos del ánimo se conmueve. Versado el orador en estas artes y ejercicios, aunque tenga que hablar en presencia de jueces airados o codiciosos, envidiosos o tristes, será dueño de los resortes todos de sus espíritus, y según lo requiriese la naturaleza de cada uno de ellos, echará mano y templará la oración con los instrumentos prevenidos y aparejados para la obra. Hay jueces a quienes hace mayor impresión cierto género de decir apretado y recogido, y que con prontitud cierra cada argumento; para con éstos aprovechará haberse ejercitado en la Dialéctica. A otros deleita más la oración extendida e igual y sacada de los comunes conocimientos. Para mover a éstos nos prestarán algo los peripatéticos; éstos nos darán lugares convenientes y ya dispuestos para toda disputa; los académicos, la contienda; Platón, la alteza; Xenofonte, el gusto. Ni desdirá del orador tomar algunas exclamaciones honestas de Epicuro y Metrodoro, y usar de ellas según lo pidiere el asunto. Mas no instruimos a un sabio virtuoso o a un compañero de los estoicos, sino a aquel que debe conocer a fondo determinadas artes y gustarlas todas. Y por esto los antiguos oradores, además de comprender la ciencia del Derecho civil, al mismo tiempo estaban bien instruidos en la gramática, música y geometría. Porque en las causas que frecuentemente ocurre, o en muchas o en casi todas, es menester el conocimiento del derecho, y en las más son necesarias estas otras ciencias.
XXXII
Ni valga la réplica de que basta que para la ocasión nos enseñen algo sencillo y uniforme. Porque, en primer lugar, de un modo usamos de lo que es propio, y de otro, de lo que es prestado; y es claro que hay mucha diferencia en proferir uno lo que posee, de lo que otro le preste. En segundo lugar, el poseer la instrucción en muchas artes, aun cuando trate otra cualquier cosa, sirve de adorno, y cuando uno menos se piensa, sobresale y se aventaja. Y esto lo entiende no sólo el docto y erudito oyente, sino que hasta el pueblo lo conoce; y de tal suerte le alaba, que le reputa por hombre que ha estudiado con solidez, que ha corrido toda la carrera de la elocuencia, y que es orador del todo; mas yo afirmo que éste, ni puede existir, ni ha existido, sino cuando, a la manera del que sale al combate, armado de pies a cabeza, haya quien se presente en el foro preparado con el conocimiento de las artes todas, lo cual, de tal modo se tiene en poco precio por los elocuentes de este tiempo, que dan lugar en sus causas a que se le noten la hez de nuestra habla cotidiana, y otros defectos feos y vergonzosos, por donde se conoce que, ignorando las leyes, no tienen noticia de los decretos del Senado; se burlan de intento del derecho de los ciudadanos y miran con horror el estudio de la sabiduría y los consejos de los prudentes. De este modo arrojan a la elocuencia como echada de su reino al pequeño recinto de pocos conocimientos y sentencias, de suerte que la que en otro tiempo señora de todas las artes, llenaba el espíritu con una brillante comitiva, ahora escatimada y cercenada, sin aparato, sin honor, y me atreveré a decir sin nobleza, se aprende como uno de los oficios más viles. Luego esta es, a mi parecer, la primera y principal causa de habernos desviado tanto de la elocuencia de los antiguos oradores. Si se quieren testigos, ¿cuáles nombraré más fidedignos que, entre los griegos, a Demóstenes, de quien se sabe que fue muy frecuente en oír a Platón? No dice Cicerón, si bien me acuerdo, con estas mismas palabras, «que cuanto había adelantado es la elocuencia lo había adquirido no en las oficinas de los retóricos, sino en los espacios de la Academia». Otras causas hay grandes y de mucho peso, las cuales es justo que vosotros declaréis; porque, en verdad, yo he satisfecho ya mi cargo, y según es costumbre mía, ya habré defendido a muchos, que si por casualidad oyeran esto, tengo por cierto que dirían haberme yo recreado en mis necedades, alabando como necesaria al orador la ciencia del derecho y la filosofía.
XXXIII
Pero Materno replicó:
-No solamente me parece que no has cumplido con tu encargo, sino que apenas lo has empezado, y sólo has mostrado ciertos embozos y primeros trazos. Porque has dicho en qué cosas solían instruirse los oradores antiguos, y has mostrado la diferencia entre nuestra desidia e ignorancia en contraposición de sus laboriosísimos y amenos estudios; mas ahora de ti espero lo que resta, y es, que así como me has hecho ver lo que ellos sabían y lo que nosotros no sabíamos, hagas también que oiga en qué ejercicios los jóvenes ya introducidos en el foro solían robustecer y alimentar sus talentos; porque tú, según creo, no negarás que la elocuencia no se encierra sólo en saber el arte y la ciencia, sino que también, y aun esto es más necesario, es menester facilidad y experiencia, y esto mismo parece que aprueban éstos con su semblante.
En efecto; habiendo asentido a esto mismo Aper y Secundo, Mesala, como tomando de nuevo el hilo, dijo:
-Puesto que he demostrado bastante, según mi juicio, los principios y semillas de la antigua elocuencia, haciendo ver en cuáles artes los antiguos oradores solían instruirse e informarse, proseguiré ahora hablando de sus ejercicios, aunque, en verdad, las mismas artes ya tienen su ejercicio, porque ninguno puede comprender cosas tan variadas y recónditas, si no agrega a la ciencia, la meditación; a la meditación, el vigor intelectual, y a éste, la práctica de la elocuencia; por todo lo cual se colige que es uno mismo el cambio de percibir lo que se dice y de expresar lo que se percibe. Y si a alguno pareciesen estas cosas más oscuras, y separando la ciencia del ejercicio, al menos concederá que un ánimo aparejado y lleno de estas artes vendrá más dispuesto a aquellos ejercicios que parecen propios de los oradores.
XXXIV
Así que entre nuestros antepasados, el joven que se preparaba al foro y a la elocuencia, instruido ya en la enseñanza doméstica, lleno también de los estudios liberales, era conducido por el padre o pariente a aquel orador más visible en la ciudad. Acostumbrábase a seguir a éste, a acompañarle, estar presente a sus oraciones, ya fuese en los tribunales, ya en las arengas al público; de suerte, que aprendía a oír las confutaciones, a verse en las competencias, y, digámoslo así, a pelear en batalla. Inmediatamente adquirían así los jóvenes grande práctica, mucha firmeza y mucho más juicio estudiando en medio de la claridad y entre los mismos riesgos en donde ninguno dice algo sin conocimiento, o en contradicción que pueda tachar el juez, o echar en cara al contrario, o con que sean despreciados los mismos abogados. Así eran instruidos, desde luego, en la verdadera y pura elocuencia, y aunque imitasen a uno solo, conocían a todos los patronos de aquellos días en la mayor parte de las causas y juicios. Tenían a la vista la varia concurrencia del pueblo, de cuyos diversísimos oídos podía escucharse fácilmente qué cosa era en cada uno, o digna de alabanza, o que mereciese el desagrado. Así no faltaba tampoco un escogido y excelente maestro que presentase, no una falsa imagen, sino el aspecto real de la elocuencia, ni contrarios, ni émulos que peleasen no con varas de esgrimir, sino con arma blanca, ni un auditorio siempre lleno, siempre nuevo, compuesto de envidiosos y favorecedores, dispuestos a no pasar en silencio ni los defectos ni los aciertos. Porque bien sabéis que esa grande y duradera fama de la elocuencia se adquiere no menos en los bancos de la parte adversa que en los propios; antes bien, se levanta allí con más vigor y se corrobora de modo más duradero. Y a la verdad, bajo la dirección de semejantes maestros, aquel joven de que hablamos, discípulo de los oradores y del foro, presenciando las causas, instruido y acostumbrado con la experiencia ajena, y a quien, con la continuación de oír, le eran conocidas las leyes, no le asustaban los nuevos semblantes de los jueces, era frecuente a su vista la costumbre de las asambleas, y le eran muchas veces conocidos los oídos del pueblo; entonces, ora emprendiese una acusación, ora una defensa, él solo y por sí era desde luego hombre para cualquier causa. A los diez y nueve años de edad, acusó L. Craso contra C. Carbón; a los veintiuno, César contra Dolabela; a los veintidós, Asinio Polión contra C. Catón; Calvo contra C. Vatinio, no muy desiguales en tiempo; y esto con tales oraciones, que aun hoy día les leemos con asombro.
XXXV
Pero nuestros jóvenes ahora son conducidos a las escuelas de esos que se llaman retóricos, cuyo género de hombres existió aun antes de Cicerón, y no agradaron a nuestros antepasados, como lo prueba el que los censores Craso y Domicio les mandaron que cerrasen, como dice Cicerón, la palestra del descaro. Pero, como yo decía antes, son llevados ahora los jóvenes a las escuelas, en las cuales no sabré decir si traen más daño a los ingenios, o el mismo lugar, o los condiscípulos, o el género de los estudios. Porque en el lugar no hay respeto alguno; y, además, nadie entra en él sino otro ignorante como ellos. En los discípulos no hay algún aprovechamiento; pues muchachos entre muchachos, y aun entre mozuelos, hablan y son escuchados con igual descuido. El género de los ejercicios es, por lo general, contrario al fin que con ellos se persigue. Porque entre estos retóricos ser trazan dos especies de materias: las suasorias y las controversias. Las suasorias se destinan a los muchachos, como de menor momento y que requieren menos inteligencia. Las controversias se señalan a los más robustos; ¡pero tales son ellas, por vida mía, y tal es su composición llena de cosas increíbles! Y se sigue que, así como la materia dista mucho de la verdad, tal se forja la declamación. Así, sucede que los premios de los tiranicidas, o las elecciones de las prostitutas, o los remedios de las pestes, o los incestos de las madres, o cualquier cosa de aquellas que cada día se controvierten en la escuela, y que rara vez o nunca se tratan en el foro con tanto ahínco; y cuando llega el caso de venir ante los verdaderos jueces [...]
XXXVI
[Materno:] [...] pensar la cosa; no podía hablar nada con bajeza, nada con abatimiento. La magnífica elocuencia es como la llama: con el material, se fomenta; con el impulso, se aviva, y, enardeciéndose, brilla. El mismo medio también adelantó en nuestra ciudad la elocuencia de los antiguos. Porque aunque los oradores de aquellos tiempos consiguieron aquellas cosas que era justo se concediesen a una República pacífica, quieta y feliz, no obstante, con esa perturbación y desenfreno les parecía haber conseguido muchas cosas cuando, mezclado todo y careciendo de una cabeza que dirigiese, tanto sabía cualquier orador cuanto podía persuadir a un pueblo desenfrenado. De aquí tanta multitud de leyes a nombre del pueblo; de aquí las arengas de los magistrados, que duraban en los rostros hasta bien entrada la noche; de aquí las acusaciones de reos poderosos y las enemistades vinculadas en las familias; de aquí las facciones de los principales, y las frecuentes contiendas del Senado contra la plebe; todo lo cual, aunque traía dividida la República, daba motivo a ejercitar la elocuencia de aquella edad, y parecía ser colmada de grandes premios. Porque cuanto más podía cada uno en orar, tanto más fácilmente lograba empleos, tanto más sobresalía en los mismos empleos sobre sus compañeros, tanto más favor se adquiría de los magnates, más autoridad entre los padres, más conocimiento y fama para con la plebe. Veíanse llenos de clientes, aun de las naciones extranjeras; mirábanlos con acatamiento los magistrados al mismo tiempo de partir a las provincias; obsequiábanlos éstos mismos después de vueltos de ellas. A éstos parece que voluntariamente convidaban las preturas y los consulados; éstos, aun estando sin empleo, no estaban sin mando; pues manejaban con su consejo y autoridad al pueblo y al Senado. Antes bien: se habían persuadido ellos mismos que ninguno podía conseguir o conservar en la ciudad puesto alguno visible y eminente sin la elocuencia; ni hay que maravillarse, pues eran sacados aun contra su voluntad a orar en presencia del pueblo: y era poco decir brevemente en el Senado su parecer, si no lo defendía con ingenio y elocuencia; y también cuando tuviesen que responder por sí mismos si eran acusados por envidia o por algún delito; cuando eran precisados a ser testigos y dar su declaración en público, sin que valiese la excusa de ausencia o el darla por escrito, sino que eran obligados a orar en propia persona y delante del concurso. Así, a los más altos premios de su elocuencia se agregaban grandes conexiones y utilidades; y se tenía por gran cosa, y de mucha gloria, ser elocuente; y, al contrario, por de menos valer, parecer mudo y sin lengua.
XXXVII