Diálogo de los oradores

Part 2

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-Nada de eso -dijo Secundo-; antes bien, me hubiera alegrado que hubieses venido más temprano, pues te hubiera causado placer, no sólo el discurso elegante que ha hecho nuestro Aper, exhortando a Materno a que pusiese todo su ingenio y estudio en orar causas, sino también la oración de Materno en defensa de la poesía festiva, y como convenía defender a los poetas, pero satírica, y con estilo más semejante al de éstos, que al de los oradores.

-A mí -dijo Mesala- me hubiera servido de indecible placer oír semejante discurso, y, a la verdad, me complazco en que vosotros, que sois varones excelentes y los oradores de nuestros tiempos, empleéis vuestros talentos, así en los negocios forenses y en el ejercicio de las declamaciones, como también en unas disputas que alimentan el ingenio y facilitan un gustosísimo recreo de erudición y literatura, no sólo a vosotros que disputáis de estas cosas, sino también a aquellos a cuyos oídos llegare su noticia. Así, por vida mía, no menos veo ser digno de aprobarse en ti o Secundo, el que, habiendo escrito la vida de Julio Africano, hayas dado a todos esperanza de componer más libros de esta especie que plausible en Aper el no haber dejado aún de ejercitarse en las controversias, queriendo más ocupar su tiempo, como acostumbran los nuevos retóricos, que como solían los antiguos oradores.

XV

-Entonces, Aper: ¿No acabas aún, Mesala, de admirar los estudios rancios y antiguos, y ridiculizar y despreciar los de nuestros tiempos? Porque muchas veces oí de ti esto mismo, cuando, olvidado de tu elocuencia y la de tu hermano Aquilio, te empeñabas en probar que ninguno en nuestros días era orador, y esto con tanta mayor arrogancia, según creo, cuanto menos temías la opinión de algún maligno sobre estas cosas, negándote a ti mismo aquella gloria que otros te conceden.

-Ni yo me arrepiento -dijo- de lo que entonces proferí, ni creo tampoco que Materno, o tú mismo, pensáis de otra manera, aunque alguna vez disputéis contrario. Y deseo conseguir de alguno de vosotros que indague y dé la razón de esta enorme diferencia que yo mismo repetidas veces entre mí examino, y lo que para algunos sirve de consuelo, acrecienta en mí la dificultad de la cuestión, porque veo que aun entre los griegos sucedió, que distan más Eschines y Demóstenes de este sacerdote Nicetas, y de todo otro que haya hecho resonar los recintos de Éfeso o Mitilenas con los clamores declamatorios, que lo que Aper o Africano, o vosotros mismos, distáis de Cicerón o Asinio.

XVI

-Habéis movido -dijo Secundo- una cuestión muy grande y digna de tratarse; pero, ¿quién podrá explicarla más cumplidamente que tú, a cuya suma erudición y aventajado ingenio se llega el estudio y la meditación?

Y Mesala respondió:

-Propondré mi modo de pensar, si antes hubiere conseguido de vosotros que ayudaréis mi discurso.

-Por parte de los dos -dijo Materno- yo lo prometo, porque Secundo y yo cumpliremos las partes que entendiéremos, no que las hayas omitido, sino dejándolas para nosotros, pues tú poco antes has dicho que Aper suele discordar en esto, y él mismo bastante a la descubierta, ya ha rato que se prepara en contrario, y muestra que no lleva a bien este nuestro unido modo de pensar sobre la excelencia de los antiguos.

-No -dijo Aper- permitiré que nuestro siglo, sin ser oído y defendido, sea con esta vuestra conspiración condenado. Pero, primero os haré una pregunta: ¿quiénes son los que llamáis antiguos? ¿Qué época fijáis de oradores con la significación de este nombre? Porque yo, cuando oigo decir antiguos, entiendo que son ciertos antepasados nacidos en remotos tiempos, y se me representan Ulises y Néstor, cuya edad sobrepuja a nuestro siglo casi en mil trescientos años; mas vosotros sacáis a Demóstenes e Hypérides, los cuales está bien averiguado que florecieron en los tiempos de Filipo y Alejandro, a quienes aún les sobreviven. De lo cual se manifiesta que no median entre nuestra edad y la de Demóstenes más que cuatrocientos años, cuyo espacio de tiempo, si lo refieres a la pequeñez de nuestros años, acaso parecerá largo, si a la naturaleza de los siglos y proporción de esta inmensa duración es muy breve y no hay mucha distancia. Porque si, como escribe Cicerón en su Hortensio, el año magno y verdadero es aquel en que segunda vez volverá a existir la misma constitución de cielo, y aquél comprende doce mil novecientos cincuenta y cuatro años de los que ahora usamos, vuestro Demóstenes, a quien llamáis antiguo, empezó a existir, no sólo en el año en que nosotros, sino casi en el mismo mes.

XVII

Pero paso a los oradores latinos, entre los cuales soléis anteponerme, no a Menenio Agripa, según creo, que puede parecer antiguo a los elocuentes de nuestro tiempo, sino a Cicerón, César, Celio, Calvo, Bruto, Asinio y Mesala, a los cuales no veo, a la verdad, por qué los aplicáis más bien a los tiempos antiguos que a los nuestros, porque, hablando de Cicerón, fue muerto a 9 de diciembre, según escribe su liberto Tirón, siendo cónsules Hircio y Pansa, en cuyo año el divino Augusto se sustituyó a sí mismo y a Q. Pedio por cónsules en el lugar de Pansae Hircio. Pon cincuenta y seis años que después el divino Augusto gobernó la República; añade veintitrés de Tiberio; próximamente cuatro de Cayo; veintiocho de Claudio y de Nerón; aquel largo y único año de Galba, Otón y Vitelio, y, en fin, seis que llevamos de este feliz principado en que Vespasiano dirige la República, y suma ciento veinte años desde la muerte de Cicerón hasta hoy día, que es la vida de un hombre. Porque yo en la Britania vi un anciano que aseguraba haberse hallado en aquella batalla en que intentaron apartar y arrojar de sus playas a César, que metía la guerra en los Britanos. Así que, si el cautiverio, o la voluntad, o la suerte, hubiera traído a Roma a este hombre, que, armado, resistió a César, eso mismo pudo oír a César y Cicerón y asistir a nuestras acciones. En el último reparto, vosotros mismos visteis a muchos viejos que contaban haber recibido más de una vez el congiario de manos del divino Augusto, de lo cual puede inferirse que pudieron ellos oír a Corvino y Asinio. Porque Corvino duró hasta la mitad del principado de Augusto, y Asinio, hasta casi el fin de él. Ni dividáis tampoco el siglo, y llaméis añejos y antiguos oradores a los que el oído de unos mismos hombres pudo conocer, y como unir y atar.

XVIII

He dicho esto de antemano, a fin de que, si alguna alabanza se adquiere en los tiempos por la fama y gloria de estos oradores, pueda yo mostrar que es común a las dos épocas, y aun más cercana a nosotros que a Sergio Galba, C. Lelio, C. Carbón y cualesquiera otros que con razón podríamos llamar antiguos. Porque son oscuros, ásperos, toscos e inelegantes, y tales, que ojalá no los hubieran imitado ni vuestro Calvo, ni Celio o el mismo Cicerón. Pero ya quiero tratar el asunto con más fuerza y aliento, exponiendo también de antemano que con los tiempos se mudan los caracteres y modos de decir; así como comparado Cayo Graco con Catón, el viejo es más lleno y copioso, así también es más pulido y adornado que Graco, así Cicerón más claro y de un gusto más fino y elevado que los dos, y Corvino más suave, más dulce y más estudiado que Cicerón. Ni examino quién es el más elocuente; me contentaré por ahora con haber probado que no es uno mismo el carácter de la elocuencia; que en esos mismos que vosotros llamáis antiguos, se hallan muchas especies de ella, y que no se sigue inmediatamente ser malo lo que es diverso, sino que por causa de malignidad humana lo viejo siempre se alaba, y lo presente nos fastidia. ¿Dudamos, por ventura, que hubo quien admirase más a Appio Ceco que a Catón? Bien sabido es que Cicerón tuvo también algunos que le mordiesen, a los cuales le parecía hinchado, hueco y no bastante exacto, redundante y superfluo con exceso, y poco ático. Tú bien has leído las cartas de Calvo y Bruto a Cicerón, de las cuales fácil es comprender que Calvo pareció a Cicerón sin jugo y deshecho, y Bruto lento y frío, y que, al contrario, Calvo habló mal de Cicerón, pareciéndole dislocado y sin nervio, y Bruto le motejó -direlo con sus palabras- de quebrado y sin fuerza. Si preguntas mi dictamen, todos me parece que dijeron la verdad; pero luego trataré de cada uno en particular, que ahora hablo solamente de todos en general.

XIX

Porque en cuanto a que los admiradores de los antiguos suelen establecer por término de la antigüedad hasta Casio Severo, del cual dicen que fue el primero que se desvió de aquel antiguo y recto camino de orar, yo insisto en que él, no por debilidad de talento, ni por falta de literatura, se mudó a este género de decir, sino con mucho juicio y discreción. Pues vio -como poco antes decía- que la forma y aspecto de la elocuencia debía mudarse con el estado de los tiempos y la diversidad de oídos; escuchaba fácilmente con paciencia este antiguo pueblo, como poco sabio e instruido, la duración larga de unas oraciones insustanciales, y aun se reputaba por digno de alabanza el que uno se estuviese orando todo el día. Así se tenía en mucha estima una larga preparación en los exordios, el tomar desde muy al principio el hilo de la narración, la vana ostentación de dividir el asunto en muchas partes, mil grados de argumentos y todo cuanto enseñan los aridísimos preceptos de los libros de Hermágoras y Apolodoro; y si alguno había gustado un poco la filosofía, e introducía en ella algún lugar en su oración, le levantaban hasta el cielo con sus alabanzas. Ni es de extrañar: todas estas cosas eran nuevas y desconocidas, y aun había poquísimos entre aquellos oradores que hubiesen saludado los preceptos de los retóricos ni las doctrinas filosóficas. Pero, en verdad, hechas ya vulgares estas cosas, hallándose apenas uno de los que asisten al circo que no esté, si no del todo instruido en los principios de estos estudios, al menos tinturado, es ya necesario tentar otras sendas de elocuencia nuevas y exquisitas por las cuales evite el orador el fastidio del oído, y, principalmente, en presencia de unos jueces tales, que más bien conocen en las causas por violencia o poder, que por ley ni derecho; que no reciben término de tiempo, sino que lo prescriben; que no tienen que esperar al orador a que hable del asunto por el espacio que parezca, sino que muchas veces le amonestan a su arbitrio, y que si se desvía del asunto, le hacen volver a él y le insinúan a que se dé prisa.

XX

¿Quién aguantará ahora a un orador que en su exordio hable sobre su quebrantada salud, cuyo género de exordios es frecuente en Corvino? ¿Quién escuchará con paciencia los cinco libros contra Verres? ¿Quién sobre la excepción y fórmula sufrirá aquellos inmensos volúmenes que leemos en favor de M. Tulio o A. Cecina? Ahora, en estos tiempos, el juez va delante del que ora, y si no se ve halagado y sobornado con la velocidad de los argumentos, colorido de las expresiones o brillantez y adorno de las descripciones, le odia. También el vulgo de los concurrentes, y el abundante y vago oyente, está acostumbrado ya a exigir gracia y belleza en la oración, ni en las causas puede sufrir ya la triste y desgreñada antigüedad, al modo que si en el teatro quisiera alguno imitar el gesto de Roscio o de Turpion Ambivio. Y aun los jóvenes que están al yunque de los estudios, y que para aprender acompañan a los oradores, quieren, no solamente oírlos, sino también volver a su casa instruidos con alguna cosa digna de atención y memoria. Y se lo comunican mutuamente, y lo escriben muchas veces a sus colonias y provincias, ora hayan visto brillar algún pensamiento con alguna aguda y breve sentencia, ora sobresalir con algún adorno exquisito y poético. Porque ya se pide a un orador también la elocuencia poética, no manchada con lo rancio de Atio o Pacuvio, sino sacada del divino tesoro de Horacio, Virgilio y Lucano. Condescendiendo, pues, con los oídos y juicios de estos los oradores de nuestra edad, resulta la elocuencia de ésta más hermosa y adornada. Mas no por eso son menos persuasivas nuestras oraciones, porque llegan con más deleite a los oídos de los que juzgan. ¿Acaso creerías que son menos fuertes los templos de estos días, porque no están construidos con piedras toscas y disformes tejas, sino porque brillan en mármol y en oro relumbran?

XXI

Porque os diré llanamente lo que siento. Yo apenas puedo tener la risa con alguno de los antiguos, y en otros ni aun impedir el sueño. Ni nombraré a uno del pueblo, como Canutio, o Arrio, o los Furnio, o los Toranios, o cualesquiera otros que están pudriendo huesos y esqueletos en el mismo hospital. El mismo Calvo, que dejó escritos veintiún libros, según creo, apenas me gusta en una que otra oracioncilla, ni veo que otros sean de distinto parecer que el mío; porque, ¿quién hay que lea la de Calvo contra Asitio, o la que hizo contra Druso? Y en verdad que andan en manos de curiosos las acusaciones tituladas contra Vatinio, especialmente la segunda; está adornada de palabras y expresiones acomodadas a los oídos de los jueces; tanto, que conocerás que el mismo Calvo entendió lo que era mejor, y que no le faltó voluntad para hablar con estilo magnifico y adornado, sino el ingenio y las fuerzas. ¿Qué diremos de las oraciones de Celio? Es claro, agradan por el artificio en general, ya por el de algunas de sus partes, en las cuales reconocemos la gracia y alteza de nuestros tiempos; pero la poca elección de palabras, la interrumpida composición y las frases sin arte huelen a antigüedad; ni reputo a nadie por tan amigo de lo rancio que alabe a Celio por la parte que es antiguo. Concedamos enhorabuena a C. César que en la elocuencia, por causa de la grandeza de las cosas a que tenía que atender y por sus ocupaciones, hubiese hecho menos de lo que requería su divino ingenio, del mismo modo que a Bruto, a quien dejamos en su filosofía, pues que en sus oraciones es inferior a su fama, como lo confiesan hasta sus mismos admiradores, a no ser que alguno lea la de César en favor de Decio Samnita, o la de Bruto en favor del rey Deyotaro, y los demás en quienes se observa la misma lentitud y tibieza o admire alguno de sus versos, pues los hicieron y los entregaron en las bibliotecas, no mejor que Cicerón, pero con más facilidad, porque muy pocos saben que aquéllos los compusieron. También Asinio, aunque nació en tiempos más cercanos a nosotros, me parece que estudió entre los Menenios y los Apios; él, ciertamente, imitó a Pacuvio y Attio, así en las tragedias que hizo como en sus oraciones: tanto es duro y seco. A la manera del cuerpo del hombre, es hermosa aquella oración en la que no se ven sobresalir las venas ni se le cuentan los huesos, sino bien contemperada la sangre, llena los miembros, y se releva en los morcillos, y a los mismos nervios cubre el rosor, y la gracia los recomienda. No quiero reprender a Corvino, porque no estuvo de su parte el que expresase el placer y brillo de nuestros tiempos y cuanto hubiera correspondido, a su juicio, la energía del ánimo o del ingenio.

XXII

Vengo a Cicerón, quien tuvo la misma disputa con los de su tiempo, que la que yo ahora tengo con vosotros, pues ellos admiraban a los antiguos, y él anteponía la elocuencia de sus tiempos, ni en otra cosa excede él a los oradores de aquella edad sino en el juicio. Porque él fue el primero que pulió el modo de orar; él fue el primero que echó mano de la elegancia de las palabras y dio arte a la composición, introdujo las digresiones gustosas, e inventó algunas sentencias de afectos, particularmente en aquellas oraciones que compuso ya viejo y cercano al fin de su vida, esto es, después que había hecho mayores progresos, y aprendido, por práctica y experiencia, el mejor género de orar. Porque sus primeras oraciones no carecen de los defectos de los antiguos: pesado en las digresiones, conmuévese lánguidamente, rara vez entra en calor, y tiene pocos afectos. Escasas son las sentencias que están dispuestas armónicamente y rematadas con brillantez; nada podrás escoger, nada notar, y como en un edificio tosco son firmes, a la verdad, y duraderas las paredes; pero no bastante amoldado y lucido. Mas yo quiero que el orador, como un rico y buen padre de familia, esté a cubierto de un edificio que, no sólo le defienda de las lluvias y vientos, sino también que agrade a la vista y a los ojos; que esté alhajado, no solamente de las precisas alhajas, sino que en sus aparadores haya también oro y piedras preciosas que por recreo puedan tomarse en las manos, y mirarse muchas veces, y algunas otras se guarden como gastadas y añejas; no hay palabra como amohecida, ni la sentencia esté formada con pesadez y pereza a la manera de los Anales; huya la fea e insulsa chocarrería, varíe la composición, y no acabe de una misma manera todos los periodos.

XXIII

No quiero motejar aquello de rueda de la fortuna y el caldo de Verrino, y a cada tres sentencias aquel esse videatur, que en boca de todos anda como estribillo, porque he traído todo esto bien a mi pesar, y he omitido otras cosas, las cuales únicamente admiran y las repiten los que se lisonjean de llamarse oradores antiguos. A nadie nombraré; me contento con notar el carácter de los hombres. Mas a vuestra vista están aquellos que leen a Lucilio en vez de Horacio, y a Lucrecio en vez de Virgilio; aquellos a quienes les da asco la elocuencia de Aufidio Baso o Servilio Noniano, en comparación de Sisena o Varrón; aquellos que repugnan y aborrecen los comentarios de nuestros retóricos, y admiran los de Calvo; aquellos a quienes, charlando ante los jueces a la usanza antigua, no tienen oyentes, no los escucha el pueblo, y apenas pueden sufrirlos los mismos litigantes, tan tristes y desaliñados, consiguen con la debilidad y ayuno aquella misma sanidad de que se glorian. A la verdad, los médicos no aprueban aquella salud que se adquiere con angustia de ánimo, ni basta que uno no esté enfermo; le quiere robusto, alegre y animoso; poco dista de la enfermedad aquel en quien sólo se alaba la mera sanidad. Mas vosotros, que sois elocuentísimos, ilustrad, como podéis y lo hacéis, a nuestro siglo con el más elegante género de orar. Porque veo, Mesala, que tú imitas lo más gustoso de los antiguos, y a vosotros, Materno y Secundo, que mezcláis con la gravedad lo más brillante y culto de la expresión que hay en vosotros: elección de la invención, orden de las cosas y copiosa dicción cuando la causa lo pide; brevedad cuando se requiere, decoro en la composición y claridad en los pensamientos, que de tal suerte expresáis los afectos y templáis la libertad, que aun cuando la malevolencia y la envidia impidan reconocer nuestro modo de pensar, os harán justicia nuestros venideros.

XXIV

Habiendo dicho esto Aper, replicó Materno:

-¿No habéis reconocido la vehemencia y ardor de Aper? ¡Con qué torrente, con qué ímpetu defiende nuestro siglo! ¡Con qué verbosidad y variedad censuró a los antiguos! ¡Con cuánto ingenio y espíritu, erudición y arte, tomó de ellos mismos aquellas mismas cosas con que los acometía! Ahora, Mesala, no debes dejar de cumplir tu promesa: no queremos ya defensores de los antiguos, ni comparamos con ninguno de los nuestros -aunque poco ha los alabamos- a aquellos que Aper ha motejado. Ni éste, a la verdad, lo siente como lo dice, sino que, a la usanza antigua, y por otra parte celebrada de vuestros filósofos, se tomó la parte de decir en contrario. Decláranos, pues, no la alabanza de los antiguos, a quienes bastante elogia su propia fama, sino las causas por que nos hemos alejado tanto de su elocuencia, principalmente cuando desde la muerte de Cicerón, hasta hoy día, no van más que ciento veinte años, como resulta por la serie de los tiempos.

XXV

Entonces, Mesala:

-Seguiré, oh Materno, la propuesta que me has hecho, ni he de detenerme mucho en refutar a Aper, que primeramente movió cuestión de nombre, como se llamasen con poca propiedad antiguos a los oradores que, según es sabido, vivieron hace cien años. No voy a discutir las palabras; llámeseles, pues, antiguos, antepasados o con cualquier otro nombre, con tal que quede sentado que en aquellos tiempos fue más sobresaliente su elocuencia. Tampoco me opongo a aquella parte de su discurso, en que se afirma que hubo muchas formas de elocuencia, no sólo en los mismos siglos, sino en diversos. Pero al modo que entre los áticos se da el primer lugar a Demóstenes, y obtienen el próximo Hypérides, Lisias y Licurgo, y por consentimiento general se celebra particularmente esta edad de los oradores, así entre nosotros Cicerón sobresalió entre todos los demás elocuentes del mismo tiempo. Mas Calvo, Asinio, César, Celio y Bruto, con razón son antepuestos a los que le siguieron más o menos cerca de nosotros, ni obsta que entre sí se diferencien en especie con tal que convengan en género. Calvo es más cortado; Asinio, más numeroso; César, más brillante; Celio, más mordaz; Bruto, más grave; Cicerón, más vehemente, más lleno, más enérgico; pero todos tienen la misma sanidad de elocuencia; de suerte que, si tomas en las manos juntamente los libros de todos, verás que aun en diversos talentos hay cierta semejanza y parentesco de juicio y voluntad; y en cuanto a que unos motejaron a otros, y quedan cartas suyas en que se nota algo por donde se descubre su recíproca malevolencia, es vicio, y no de oradores, sino de hombres. Porque creo que Calvo y Asinio y aun el mismo Cicerón, acostumbraron a tener envidia y malevolencia, y fueron poseídos de otros vicios de la humana debilidad. Solo Bruto, entre éstos, pienso que no estuvo tocado del odio ni envidia, sino que descubrió, llana e ingenuamente, lo interior de su ánimo. ¿Acaso tendría envidia de Cicerón, cuando, a mi parecer, no la tenía ni aun de César? En cuanto a Servio Galba, a Lelio y a todos los restantes antiguos que Aper censuró, no necesitan de defensor, confesando yo que faltaron algunas cosas a su elocuencia, como que aún estaban en su infancia y no era bastante adulta.

XXVI