Part 8
También Eva salió á sus despedidas, con un traje flamante, muy bonito; era de tonos claros y en las mangas y el escote llevaba guarniciones transparentes; el sombrero, jovial y gracioso, adornado con flores y cerezas, tendía sus alas con misterio sobre el bello semblante de la dama, y una sonrisa alegre, mucho tiempo extinguida en aquel rostro, le daba ahora más encanto y realce.
Hizo varias visitas, aquel día, y, después de algunas vacilaciones, ya casi anocheciendo, fué á despedirse de María Ensalmo.
Encontró á la puerta del hotel el coche en que María regresaba de paseo con Lali; pero Eva no se turbó, humillada y molesta como otras veces por el boato de su amiga, sino que, con mucho agrado y libertad, la saludó y besó á la nena.
Un poco recelosa se retrajo la niña hacia su madre, y ésta disimuló un movimiento de extrañeza viendo á la de Villamor tan solícita y engalanada.
Juntas subieron la alfombrada escalera de mármol orillada de palmeras frondosas, y cruzando un vestíbulo de lujoso paramento, entraron en la elegantísima pieza donde la señora de la casa solía recibir.
Desde su postrera visita, ya lejana, halló Eva en aquel recinto artísticas novedades; pero no puso en ellas con envidia los ojos, sino que las contemplaba con delectación, tal como si de ellas se adueñase ó se estuviese recreando en el propósito de adquirir unas preciosidades parecidas.
Entretanto, María buscaba mentalmente los motivos de la mudanza de Eva, y sin dar con ellos, la oyó decir:
--Quería darte las gracias por tus atenciones antes de marchar, y anunciarte que vamos á ser vecinas este verano; yo también voy á la Montaña, por fin. A Diego parece que se le van arreglando sus asuntos, y como los médicos dicen que es indispensable llevar al niño al campo, ya lo tenemos todo dispuesto para salir de aquí antes que arrecie el calor...
--Entonces, ¿ya Diego no se embarca?--interrumpió María alegremente.
Y Eva se apresuró á decir:
--Sí, sí; está decidido á emprender el viaje, pero aguarda que se reponga el nene.
Se quedaron silenciosas las dos, y Lali, que ceñía con un bracito el cuello de su madre, preguntó con mucho interés:
--¿Va Tristanito al pueblo, á la casa aquella que está cerrada siempre?
--Sí, preciosa; vais á estar muy cerquita; los jardines lindan por una tapia de madreselva y boj--le replicó María.
--Ya, ya me acuerdo; es por aquel lado donde tú dices que siendo chiquitina jugabas mucho... ¡qué contenta estoy! Me asomaré á llamar á Tristanito entre las flores...
Cortó la niña su gozoso discurso como si un repentino temor le acometiese, y, con viveza encantadora, se acercó á Eva, afirmando:
--Yo no tiré á Tristán aquella tarde...
--No, hija mía--repuso la señora sonriente--, él sólo se cayó, porque es muy torpe, y á ti el susto te hizo llorar, ¡pobrecita!...
Y muy halagadora la dió un beso. Luego dijo, teniéndola abrazada:
--Allí, en la aldea, jugaréis libremente el día entero. Tristán te quiere mucho.
Alegre la chiquilla, se soltó de los brazos de la dama exclamando:
--Ahora mismo se lo voy á contar á doña Cándida y á Rosa.
Y batiendo palmas corrió fuera del camarín.
--Ya sé--dijo María--que en el Retiro los niños suelen verse, y que el tuyo se cayó la otra tarde... ¿Se hizo daño?
--Nada, mujer; pero como está delicado y mimoso, llora por cualquiera cosita... Tu nena se asustó. Los dos se quieren mucho.
--Cierto. Lali habla constantemente de tu niño... Y, díme, Eva: ¿no puedes evitar que Diego marche?
--No lo intento siquiera; es su deber probar todos los medios de salir adelante con la vida... Ya es hora que le cumpla.
--Pero dicen que ha escrito una novela magistral, digna hermana de aquella que le dió tanto renombre. La publicación de esa obra sería para tu marido la consagración definitiva de su fama de literato, y pudiera en España...
--La literatura se paga en América mucho mejor que aquí. Ya ves cómo otros escritores de prestigio emigran también.
--Sí; sobre todo á la Argentina; pero van muchos en viaje de exploración para hacer propaganda de sus obras con el pretexto simpático de las conferencias internacionales... Preparan su mercado, conquistan un público y se vuelven á su tierra.
--Pero mi marido no está en situación de hacer excursiones artísticas que cuestan mucho dinero. Él fijará allí su residencia para trabajar.
--¡Pobre Diego!--murmuró María con acento levísimo.
Eva no había oído esta exclamación, ó fingió no escucharla. Con serenidad y reposo continuó diciendo:
--Algunos españoles, compañeros suyos, residen allá, le animan y le facilitan el viaje. No todos los artistas nuestros que han cruzado los mares vuelven tan pronto como tú supones... y Diego va para quedarse.
Indiferente, al parecer, preguntó María:
--¿Lleva mucho bagaje literario?
--Poca cosa... La novela, ya vendida, y un librito de versos.
--Serán muy hermosos--aseguró con devoción la dama rubia.
--No sé, porque á mi la poseía me causa tedio, en rimas, en paisajes y en amores.
--Yo, siendo de buena ley, la adoro en todas las formas.
--Pues yo--añadió Eva con desdén--estoy por lo positivo. No creo que las ilusiones, las quimeras y las sensiblerías puedan darnos la felicidad.
Con sosiego de meditación ó de plegaria, María murmuró:
--Acaso la felicidad es una quimera, acaso la ilusión es lo único cierto de la vida.
--Tú eres romántica; hubieras hecho con mi marido una buena pareja... En algún tiempo te hizo la corte; aun guarda muchos versos dedicados á ti.
Eva no advirtió que su amiga estaba un poco emocionada, porque se entretuvo pensando que de veras María y Diego se completaban mucho, y ella en cambio...
Paseó por el gabinete una mirada codiciosa, y en la sima profunda de sus ojos brilló una centella de perversidad. Lanzando á la conversación, sin cuidado ninguno, el nombre que tenía en los labios, preguntó:
--Y Gracián, ¿cuándo marcha á ese largo viaje al extranjero?
--Le ha suspendido para el otoño; dice que está cansado y va á pasar el verano en el campo con nosotros... Hará excursiones frecuentes á la ciudad y visitas á _Las Palmeras_ para no aburrirse tanto.
--La aldea es una cosa muy aburrida y triste.
--Así dice Gracián...
--La otra tarde le he visto en el Retiro con la niña.
--Nunca sale con ella; solamente esa tarde que dices fué á llevarla en busca de Tristán. Lali me dijo...
Un poco acelerada, á pesar suyo. Eva atajó las palabras de su amiga para explicarle su encuentro con Gracián y su detenida plática en el complaciente rincón del parque, suponiendo que la niña hubiese contado todos los detalles de la entrevista.
Pero Lali, sin malicia ninguna y atenta á sus antojos infantiles, refirió únicamente que ella misma le suplicó á su padre que la llevara al sitio donde otras veces encontraban á Tristán.
Y así, fué tan ociosa la explicación de Eva, que María, mirándola en silencio, sintió crecer la turbación extraña que en su espíritu dejaba siempre el trato con aquella mujer incomprensible.
XXI
En este punto embarazoso de la visita, Gracián se hizo anunciar discretamente, y á poco entró en la estancia con un feliz gesto de vanidad y triunfo.
Tomó entonces la conversación giros alegres, y recayó en el próximo viaje de ambas familias á un mismo pueblo montañés.
--Pueblo de pesca--exclamó Gracián, festivo--; yo creo, señoras, que debemos tomarle á pequeñas dosis, en clase de medicina corporal, pero con precaución, para que el ánimo quede ileso de nostalgias y enfermizos decaimientos... Debemos ir con frecuencia á la playa de la ciudad, que va á estar muy animada, según mis noticias.
--Yo estoy invitada en _Las Palmeras_ con mucho empeño--dijo la de Villamor, y dirigiéndose á María, que permanecía silenciosa, añadió:--Tú irás también.
--No le tengo cariño á aquella casa--respondió, la señora con un tono muy desusado en ella.
Eva, con intención astuta, se apresuró á decir:
--Creí que guardaría para ti adorables recuerdos...
Y dirigió á Gracián una mirada, viva y fugaz, como estival relámpago.
Después continuó hablando con su amiga:
--¿No estás con tus tíos en buenas relaciones?
--Ni buenas, ni malas... Siempre les he querido poco.
--Pues á ti bien te quieren.
--Me quiere Rafael.
--¿Y eres ingrata?--interrogó, muerta de risa, Eva.
Sin alterarse ni dejar de mirar atentamente la punta fina de su bota imperial, María dijo:
--No soy ingrata, que también le quiero yo.
--Ya lo oye usted, Gracián--exclamó Eva, un poquito burlona.
Y éste, con sorna, aseguró riendo:
--Me está dando un cuidado terrible esa noticia.
Indiferente á estas bromas punzantes, la dama rubia seguía contemplando con suma atención sus botitas menudas, y Eva, picada por aquella actitud y aquel mutismo, dijo de pronto, con penetrante acento:
--Pues yo iré á divertirme á _Las Palmeras_ si el niño sigue bien.
Y se levantó para marcharse.
--Procuraremos que se divierta usted--repuso con intención Gracián.
Y, muy galante, quiso acompañarla, porque era ya de noche, y una mujer bonita, sola por la calle en Madrid...
Aceptó Eva sin excusa la interesada oferta, y entonces á María se le ocurrió decir:
--También va á _Las Palmeras_ Casilda Manrique.
La miró Gracián con fijeza y encono, replicando:
--Y hará una excursión á tu casa del valle; en honor suyo daremos una fiesta.
La de Villamor, poco enterada de mundanas intrigas en aquel tiempo, sintióse llena de curiosidad por descubrir aquélla, cuyo velo se alzaba casualmente ante sus ojos.
María la preguntó, sin contestarle nada á su marido:
--¿Qué título le pone á su novela Diego?
--Uno muy triste: _Caminos de dolor..._
Ya en el vestíbulo, Rosita, un poco pálida, le presentó el sombrero al señorito y abrió la rica puerta de bisagras de bronce y esmerilados cristales.
Extremando los cumplidos con Eva, se la llevó del brazo el caballero. Bajaban la elegante escalera muy alegres, en ovante coloquio; y sola en su cuarto, María se acercó á la ventana abierta sobre un breve jardín lleno de flores, y alzó al cielo los ojos, murmurando:
--¡Caminos de dolor... crueles caminos!
LIBRO TERCERO
EL HIERRO DEL ESCLAVO
I
Fuera del radio de la villa, huyendo hacia la hoz, la casa de Ensalmo señoreaba el valle montañés, un valle triste y hermoso, acosado por nieblas y montes, cruzado por el ferrocarril en trágica senda lograda entre abismos y torrentes, que más parece alarde fantástico de la imaginación que obra posible de ingeniería.
La población histórica y blasonada que llama suyo á este valle, quédase á lo lejos tendida en más llano y espacioso terreno, con cimera de torres y de cruces que en conventos y torres gallardean, dándole al pueblo un carácter fuerte y vetusto, con algo de austeridad y mucho de altivez clásica.
Esta villa ilustre que vejeta orgullosa de sus recuerdos, ufana de sus escudos y blasones, nada quiso con el ferrocarril pregonero de modernas industrias, y bien hallada con su quieta vida de antaño, le vió pasar á la distancia sin importársele un ardite sus humos y sus silbidos, mirándole de soslayo, con grave ceño, zigzaguear por las montañas como un monstruo fugitivo que no hallase la salida en la cántabra cordillera.
Semejante á las que en la villa dormían solitarias esperando algún fugaz veraneo de señores caprichosos, la casa de María daba la impresión de haberse escapado del poblado recinto, curiosa de ver el tren, de atisbar la carretera ó de asomarse al Besaya en sus cauces tormentosos.
El azar ó el orgullo la pusieron como reina en el medio del valle, y en su clase de solariega fué conocida en la comarca con el nombre pomposo de «el palacio de arriba». Era antigua y severa como casona hidalga, con muros de avellanadas piedras, robusta puerta de toscos herrajes, grandes y recios balcones, volados aleros llenos de nidos de golondrinas, blasón raído por la lluvia y comido por el musgo, ancho zaguán y altiva portalada. En los callados aposentos del edificio flotaba el gran espíritu de antaño, ese aroma del tiempo que perdura en los vetustos muebles y en los gastados artesones como el soplo inmaterial de un alma. Y aderezando aquellas estancias silenciosas, mueblaje escaso y macizo de venerables tallas y oscuro color; antiguos cueros y sedas marchitas; lienzos crepusculares donde emergían un rostro pálido, unos ojos ardientes, una mano aristocrática; amén de muchos libros en pergamino, algunas armas ociosas, y viejos paramentos apolillados por cuyos desgarrones asomaban los hierros de un cofre ó los marfiles de un bargueño.
A esta grave mansión le hacían la corte, puestas á respetuosa distancia, algunas viviendas labradoras, y como dama de honor la acompañaba, muchos años hacía, una casita burguesa cuyo jardín mediaba con el parque de Ensalmo por un florido lindero. Era esta casa la única hacienda que Diego Villamor había podido salvar de las voraces manos de su esposa.
Por casualidad ó premeditación, las dos familias á quienes el campo separaba con una linde en flor, llegaron á la Montaña con pocas horas de diferencia, y desde luego los niños iniciaron tan íntimas y dulces relaciones, que el trato entre ambos matrimonios quedó abierto bajo los mejores auspicios. Eva lo procuraba así. Gracián, por su parte, apercibióse á conquistar la voluntad de Diego, que nunca muy cordial se la mostrara; y con la frecuencia de sus visitas é invitaciones, se manifestó con los de Villamor solícito y amable en alto grado.
Pero este vulgar sistema de congraciar al marido cuya mujer se persigue, pudo Gracián ponerle en juego muy pocos días, porque fué el caso singular que, estando Diego avaricioso de su amada tierra y contento con ver mejor que nunca al niño, dijo de pronto que tenía que volverse á Madrid inmediatamente. Dispuso su maleta, y tomó el tren en la estación que distaba un kilómetro apenas de la finca.
¿Por qué Diego se alejaba de aquel modo inesperado y brusco?... Iba conmovido, agitado, ¿qué fuerza le ahuyentaba?
Que eran celos creyó Eva, feliz con inspirarlos y orgullosa.
Gracián supuso que era una atroz cobardía de rival, abandonando la plaza apenas descubierto un enemigo formidable.
Algo decayó entonces su interés en conquistar á Eva, viéndose incapacitado en el papel del «amigo traidor»; que aunque la hazaña no era nueva ni airosa, á Gracián le sedujo como aventura jamás llevada á cabo, porque tal vez ni en lances amorosos ni en otras lides, fuése el portento aquel más que «un pobre hombre», afortunada parodia de Rostchild y _Don Juan_.
II
Nunca imaginara el poeta que aquel descanso apacible en el valle natal hubiera de ser tan breve. Mientras luchó en la corte, en lucha mezquina y triste, sostúvole la esperanza de dar reposo á su cuerpo y á su espíritu con la vida sedante de la montaña. Mas, apenas llegado al campesino hogar, vió deshecha la última ilusión, que ni aun entonces le consintió sosiego su mala fortuna.
Sucedió hallándose una tarde en el jardín las familias vecinas gozando la dulzura del ambiente.
--Yo no conozco el parque--dijo Eva.
Y Gracián, muy atento, la invitó á recorrerle.
--Quédate tú conmigo--rogó á Diego, María.
Él, un poco turbado y muy alegre, sentóse al lado suyo mientras la otra pareja se alejaba.
Absortos en la plácida quietud del paisaje parecían estar los dos amigos; pero no, que miraban fijamente, obstinados sin duda en una idea, el camino que seguían Eva y Gracián.
Ya tocaron los paseantes el lindero del bosque; se internaron en él... se borraron en la sombra.
--¡Qué silencio!--suspiró María.
--Sí; ¡qué paz y qué belleza la del valle!
--El valle tuyo y mío... ¿No te acuerdas cuando éramos aquí los dos felices?
Ni ella puso en duda que Diego fuése ahora desgraciado, ni él trató de negar que María fuera infeliz. La miró á los ojos mucho, mucho, como aquella sola vez que en largo tiempo se acercó á mirarla, y dijo únicamente:
--Siempre me acuerdo.
Sosteniendo la mirada del poeta se le llenaron á María los ojos de lágrimas.
--¿Sufres mucho? ¿es de veras?--interrogó él, con anhelo piadoso.
--No cabe en las palabras lo que sufro...
--¿Por qué no me lo cuentas y te alivias?... Como hermanos hemos vivido aquí; ten confianza en mi amistad; ya sabes cuánto te quiero.
--Tú también sufres...
--Pero soy hombre, y puedo con mi pena y la tuya.
--¿Y te vas á marchar lejos y solo, cargado con dos penas?... ¡Pobre Diego!...
--Si tú me compadeces ya no seré tan pobre... ¿Tienes lástima para mí?
--¿Lástima sólo?... Y cariño también; y admiración; llorando he aprendido á quererte... Ahora sé todo lo que vales...
--¡Qué alegría, que alegría tan loca!--exclamó Diego á solas con su alma.
--Ya no me compadezcas--dijo en seguida con expresión radiante--, soy dichoso.
Incrédula, María, replicóle:
--¿Dichoso?... No lo creo... Es que lo sueñas...
--¡Sueño divino del amor de un ángel!
--¿Amor?... ¿Amor?... ¡Ay, Diego, me da espanto esa palabra hermosa!... Yo te quiero como una hermana tuya; como tu compañera de infortunio...--Y en voz muy leve,--pero no con amor... de ese que dices--añadió suspirando.
--Pues yo--dijo el poeta, con un ímpetu entre plácido y fiero--yo te adoro desde que eras chiquita como Lali; creció mi amor contigo, y tus desdenes dormido le dejaron en mi pecho durante algunos años; ya despertó, María; está despierto, lozano como nunca, brota flores, lágrimas y cantares... Perdona si soy poco valiente y te lo digo en la primera hora bendita en que tus ojos me miran con piedad y con ternura... Perdona y no rechaces mi confesión...
--Tal vez te engañas, Diego--murmuró ella temblando.
--He querido engañarme suponiendo que esto que yo sentía eran sólo fuegos fatuos de la imaginación; el recuerdo personificado del valle montañés; algo de romanticismo nebuloso, de espuma sentimental; pero he sentido en el alma el estremecimiento de unas hondas raíces, la voz íntima y fuerte del verdadero amor, ese sublime arrebato de los sentimientos, ese alimento sobrehumano ansioso de la eternidad...
--Me das miedo; no hables así... Acaso yo misma provoqué tu confidencia... He sido una imprudente.
--No; mi secreto ha volado á buscarte no sé cómo, no te debe inquietar; él te revela que por encima de todo dolor y de todo obstáculo hay quien sigue con amor y respeto las huellas de tu vida, que hay un hombre en el mundo á quien le duele en el alma la injusta suerte de una mujer tan noble y tan hermosa...
Trastornada, con las manos cruzadas sobre el pecho, ella exclamó:
--¡Dios mío!...
--Díme que no te ofendo con amarte de esta manera delicada y pura.
--¿Ofenderme?... Si me obligas á una gratitud inmensa, á una devoción constante... Pero temo que ofendamos á Dios.
--No temas nada. Este es un cariño amasado con todo lo más exquisito y noble que puede haber en el fondo de mi naturaleza, y que tiene, para mayor santidad, la levadura del dolor; es un desinteresado cariño que nada quiere para sí, que sólo pide un poco de clemencia á cambio del consuelo que te ofrece.
--Mis desgracias te atraen...
--Y tus virtudes; la hermosura admirable de tu alma; la gallardía con que llevas la cruz que te atormenta...
--Es mi deber...
--Pero un deber en forma de suplicio; un deber que te oprime y te maltrata... Tú me has dado un ejemplo de fortaleza y de valor, tan grande, que me has cambiado en otro hombre útil y valeroso. La desesperación que me consumía es arrogancia ahora; ya me siento capaz de acometer las empresas más altas, de luchar y vencer en nobles lides.
--Calla, calla; parece que deliras...
--Mi elocuencia te parece un delirio. A mí también me asombra esta divina fiebre de inspiración que late en mis palabras. Todo el tumulto de mis sentimientos se me agolpa en el corazón, encendido en la eterna llama del amor, y me siento feliz y poderoso.
--Estás alucinado, estás enfermo... Me vas á contagiar con tu locura--balbució María, presa de ansiedad y emoción.
--Estoy redimido por ti; el aliento ideal de tu espíritu ha penetrado en el mío, y esta comunión de nuestras almas me ha dado la fuerza. Has despertado el profundo sentimiento religioso que en mí dormía, el anhelo del sacrificio... Me has revelado mi propio corazón, alumbrándole con la luz de la verdad.
--Y en tanto el mío, va quedando en tinieblas...
--¿En tinieblas el tuyo?... No, María, nunca la sombra te podrá oscurecer.
--Pues tus palabras caen sobre mi vida como una niebla que me envuelve toda.
--Puede ser una niebla que te oculte los abrojos fatales del sendero.
--O el abismo que me acecha traidor...
--¿Desconfías de mí?
--De esa pasión que cuentas desconfío... ¡y también de la mía!--clamó ella con la voz amargada y sollozante.
Entonces Diego, con exaltado acento de ternura, exclamó:
--¡Tu pasión!... ¡Bendito sea este divino hallazgo de dos almas! No me sorprende, yo le presentía; he venido á este valle tuyo y mío con la ilusión celestial de quien acude á una cita de amor siempre esperada.
Alzóse María de su asiento, demudada y tremulante.
--Yo no te he dado cita... ¿Cuándo?... ¡nunca!... De veras que estás loco...
--No me la dió tu boca, ni tu mano, ni tus ojos siquiera. Me la dió tu alma, no lo niegues; la mía te buscaba por voluntad de Dios, por impulso irresistible y santo; y la tuya, piadosa y obediente al supremo designio, me citó en este huerto memorable á la luz de la luna... ¿No te acuerdas?
Como evocado por el devoto acento del artista, un haz de luna espació en el paisaje su reflejo, heraldo de la noche.
Tendióse en las montañas la tristeza infinita del atardecer cántabro, esa lenta y profunda declinación del día, que produce en las almas sentimentales un sacudimiento de lágrimas y oraciones.
Señalándole á María el astro que bajaba por el cielo, Diego murmuró:
--Ya acude como testigo.
Y ella, seducida por la aparición encantandora, vacilante, repuso:
--Me haces perder el juicio. Eso que dices, ¿ha sucedido acaso, ó es un romance de los que tú inventas?
--Es un trozo de poesía palpitante que arranco de nuestra existencia, y te le ofrezco... Un romance parece por lo hermoso, y tú y yo le vivimos.
Sacudió la señora su cabeza rubia como para librarse de aquella fascinación, y afirmó luego:
--No se vive en romance; estamos hablando muchos desatinos... La vida es un tormento que hay que resistir con firmeza.
--¿Y si Dios nos envía el inefable consuelo del amor?
--Amor culpable Dios no le bendice.
--Yo no te ofrezco un amor condicional y transitorio, fiado á la hora presente, un amor de ocasión y de venganza que Dios no puede consentir; te estoy hablando de nuestra boda espiritual, del santo desposorio de nuestros corazones. El sufrimiento une las almas con lazos mucho más firmes que los de la dicha... ¡Deja que nos enlacen nuestras penas!
Sentada otra vez en el banco junto á Diego, con una voz adelgazada y lenta, María murmuró:
--¡Es imposible!
Y él, henchido de gozo al verla conmovida y vibrante.
--No tiembles--le decía--, no te asustes de mí; yo soy tu amigo y tu hermano, además de adorarte con toda mi alma de hombre y de poeta, con todo cuanto hay en ella de eterno y de divino... Estábamos predestinados el uno para el otro, y hemos peregrinado entre dolores para amarnos mejor y ser más buenos... Ya el destino se cumple y aquí estamos en la cita de amor, cita de boda...
María, con los ojos errantes en el cielo, abismada en deliquio sentimental, confirmó:
--Sí, se cumple el destino...
Ebrio de felicidad quiso el poeta besar las lindas manos de la dama, pero ella, volviendo de su éxtasis, le dijo con entereza y con dulzura:
--Ni siquiera la punta de los dedos.
Él entonces, humilde y reverente, se arrodilló á besarle el borde del vestido.
Hacia el lado del bosque se oyó rumor de risas y palabras, y María inquietóse murmurando:
--¡Ya vuelven!...
--¡Así nunca volvieran!--profirió Diego, y se levantó con el semblante húmedo, de lágrimas quizá, ó del rocío de algunas florecillas que al inclinarse acarició en la hierba.
Un suspiro de la noche se deslizó sobre los campos y aromó la vida.
En el celaje sereno se extendieron las estrellas con mansedumbre de bendición sacerdotal.
III