Despertar Para Morir (Novela)

Part 7

Chapter 73,918 wordsPublic domain

--Dicen que Diego se embarca...

--Y el chiquillo se les muere...

--Han sido desgraciados.

--Pues á ella no le faltarían consuelos si quisiera; á Gracián le gusta mucho...

--Todas le gustan á Gracián.

--Pero ahora la predilecta es Casilda Manrique.

Quedáronse un punto calladas las dos señoritas, y de pronto Benigna exclamó triunfante:

--Tengo una magnífica idea.

--A ver...

--Si Casilda viniera con nosotros á la Montaña, teníamos ya seguras las visitas y las diversiones. Ella serviría de gran reclamo á nuestra _tournée_; tal vez Rafaelito cayera en la tentación de pretenderla formalmente y al fin quedase roto su pertinaz idilio con Luisa, esa extraña afición con amenaza de boda, que á todas nos disgusta.

Dijo Isabel pesimista:

--La Manrique no irá á _Las Palmeras_, hija mía; tiene un plan de veraneo «que quita el sentido»...

Maliciosa y porfiada, Benigna insinuó:

--Si sabe que Gracián va por allí, irá contenta, de seguro.

--Pero él va solamente á dejar á María en su casa del valle.

--Si Casilda está en la playa, Gracián nos hará una visita.

--Tienes razón; eres maga.

Una risa pícara y sagaz comentarió el coloquio.

XIV

Sobre el cristal zarco de los cielos ni una nube pasaba.

La tarde, en su lenta caída, se desmayaba en el horizonte, como si el mirífico celaje la detuviese con un largo beso de despedida...

Gracián aparentaba dejarse llevar por Lali, que le tiraba del brazo con impaciencia, repitiendo:

--Es por aquí, anda; si tardamos un poco más se habrán marchado.

Sonreía el caballero, y tarareaba en voz queda una liviana canción aprendida entre los bastidores de un teatrillo.

Dieron la vuelta al estanque, tomaron hacia la derecha, y en el más adoselado y fragante rincón del Retiro, vieron á una señora y á un nene, sentados en un banco.

Ella parecía leer alguna cosa insulsa en un periódico, mientras que el nene parecía descifrar algún misterio tenebroso en la arena fina del camino, tanto sus ojos se fijaban en el suelo, inquisitivos y asustados.

Dos movimientos de distintos afanes se produjeron en el banco, cuando se detuvieron ante él, la niña y el caballero.

Maravillado y feliz, Tristán dijo únicamente:

--¡Lali!

Y tendió los brazos hacia su amiguita con un impulso de fascinación.

Eva exclamó con sincero asombro:

--¡Ah!...

Y se quedó confusa y risueña ante el rendido saludo de Gracián. El cual, á guisa de explicación, dijo con un acento insinuante:

--La niña me ha contado que usted viene todas las tardes á este sitio, y hoy he querido que ella me guiase hasta el lugar dichoso donde usted se esconde, cada día más bella y más esquiva...

Los dos pequeños, cogidos del brazo, se alejaban alegres, y su infantil confidencia se trenzaba en el dulce silencio de la fronda, con el perlado rumor de una fontana vecina...

Tardaba la señora en recobrarse de su sorpresa, y parecía indecisa en la manera que debía adoptar para responder al gentil caballero.

Era verdad que Eva, entonces, no se mostraba siempre halagadora y afable con sus amigos, como cuando Gracián la conoció. La natural dureza de su semblante hermoso habíase acentuado con un gesto arisco, y por la noche huraña de sus ojos pasaban con frecuencia relámpagos de amenazadora tempestad. Ponía la mirada como un puñal sobre todas las mujeres á quienes consideraba felices, y en los hombres que la admiraban vengábase con furioso desdén de aquellos otros galanes que siendo ella soltera y bonita, la habían dejado olvidada á un lado del camino, sola y pobre, arrojándola, al pasar, la limosna de una flor galante.

Y el rencor ardiente que la sociedad le inspiraba, iba defendiéndola, mejor que su escasa virtud, del acecho de algunos cortejantes, codiciosos de sus encantos.

Desamorada y ambiciosa, su alma pequeña se llenó de tentaciones y de iras, sin que á su honor le quedase más amparo que el escudo frío de la soberbia. Detrás de una defensa tan endeble, Eva pensó que entre aquellos que la deseaban, sólo uno merecía el sacrificio de su reputación; acaso el que menos la perseguía. Era Gracián.

La conquista de aquel hombre significaba para ella el triunfo, el poder y la venganza... Tres grandes ansias para un mezquino corazón.

XV

Cuando hubo meditado unos instantes, Eva, mirando de hito en hito á Gracián, se echó á reir entre irónica y burlesca.

Pero él, sin desconcertarse, muy gozoso y complacido, sentóse en el banco, mira que te mira á la señora.

Pasó el jocundo proceso de la risa, prevaleció el de las miradas, y las frases de una plática, ingeniosa y difícil, tendieron el vuelo con recato en el propicio rincón del parque.

Sutilizando mañosamente la intención de sus palabras con la habilidad de quien conociese á fondo las flaquezas de aquella mujer, Gracián desplegó ante ella todo un plan de conquista, cimentándole en una supuesta simpatía de muchos años y en una constante admiración.

Justificó el silencio que hasta entonces se impusiera con el profundo respeto profesado á la amiga y á la dama; y rellenó este párrafo sentimental con una porción de vulgaridades, que hallaron eco de novedad y de emoción, en su voz conqueridora y regalada.

Se lamentó de que la juventud fuera tan breve, de que las buenas horas amigas de la belleza y del amor tuviesen una duración fugaz... y de que hubiera tantos maridos indignos de tener mujeres hermosas, remisos y torpes para colmarlas de halagos y de placeres.

Tales maridos, á juicio de Gracián, no merecían fidelidad ni consideración ninguna.

Y al hablar así, con expresión mensurada y pía, el libertino caballero se mostraba ecuánime y razonador, como si pudiera escupir al cielo impunemente, y ejemplarizar con su vida el tipo admirable de un _perfecto casado_.

Quedó el discurso redondito y brillante, hinchado como un globo; y arrollada por él, se debatía Eva débilmente en las trincheras de su vanidad. Callada en los toques pasionales de la oración, asintió con amargura cuando las frases de Gracián iban contra Diego, ó contra la infelicidad de que ella se creía colmada.

Y engolfados en el malabarismo de aquel juego peligroso, vieron con extrañeza que la tarde se había muerto y que había nacido la noche.

Temerosos de la oscuridad creciente, volvían ya los niños, juntos y callados, despacito, porque Tristán se fatigaba mucho.

Eva, asombrada de su descuido, se levantó con presteza, y corrió á tocar la frente de su hijo, que ardía y se doblaba.

La crisis fatal del enfermo señalaba su hora cruel, y era preciso volver á casa en seguida.

Gracián propuso salir por el paseo del _Angel Caído_, que estaba próximo, y tomar un coche para que el niño fuése con reposo.

Al paso lento de Tristán, avanzando por la sombra del parque entre la desbandada de los paseantes rezagados, todavía el caballero halló manera de avizorar señales de su buena ó mala ventura en el comienzo de aquella andanza.

Presa en el embaimiento de tan finas redes, Eva no supo mostrarse impervia en aquella tentadora ocasión, y entre deslumbrada y satisfecha dejó caer una esperanza en los anhelos de su amigo...

Iba Lali muy pensativa y un poco pesarosa. Tristán tropezaba á cada instante, sin tino y sin fuerzas, y por los azules senderos de la noche paseaba su luz purísima el astro amoroso del silencio.

XVI

_Caminos de dolor_ se titulaba un libro que Diego estaba fabricando con pedazos de su corazón de poeta y rasgos admirables de su pluma genial.

Ya tocaba á su término el manuscrito, cuando Tristán, una noche, una noche azul de Mayo, al regresar de paseo con su madre, cayó rendido por abrasadora fiebre, agravado en su lenta enfermedad de una manera alarmante.

Consultada una vez más en el proceso largo de aquella cuita, la ciencia inexorable dijo su última palabra sobre la inocente cabeza del niño. Sólo un milagro le podía salvar, y la hechura de aquel milagro correspondía por derecho propio, en caso feliz, al aire libre y serrano de la campiña.

Con acrimonia insolente Eva preguntó á su marido, señalando al enfermo:

--¿Qué vas á hacer? ¿le dejas morir ó intentas salvarle?

Mirándole Diego con espanto, murmuró unas palabras incompletas, que sonaron á lamento y á rugido, y huyó á encerrarse en el escondite donde laboraba y sufría en sus horas inclementes de hogar.

Pero su mujer le persiguió implacable; entró en la habitación detrás de él, y afilando la voz y la mirada, como quien aguza un acero homicida, le dijo:

--Es que si no quieres salvarle tú yo le salvaré... Soy hermosa y... No lo olvides.

Diego, espavorecido, se llevó las manos al pecho y después á la frente; en seguida las apoyó en la mesa, buscando sostén para su cuerpo vacilante.

Estaba mudo y desemblantado; parecía un difunto puesto de pie en macabra ficción.

Avanzando hacia él con la feroz complacencia de aquel tormento que causaba, Eva insistió:

--¿No respondes?

Como si entonces recobrase la vida, Diego se estremeció y miró en torno.

Había tal expresión de sorpresa y novedad en su semblante, que hubiérasele creído despierto de un sueño ó vuelto de un desmayo en extraño paraje, y á punto de preguntar, como en las novelas:

_¿Dónde estoy?..._

Pero no preguntó cosa alguna, sino que dijo á guisa de réplica:

--Ya se acabó todo... Por fin, ya está roto; ya está deshecho, caído...

--¿Cuál está deshecho y caído?--preguntó Eva, creyendo que su marido se hubiese vuelto loco.

--El ídolo que un día levanté engañado por las melodiosas mentiras de tu boca... Me arrastré hacia tu belleza con bárbaro regocijo, con deseo tempestuoso; y te quise con tan insensato afán, que sólo ahora te desprecio bastante.

--¿Que me desprecias, has dicho?

--Sí; ya estoy libre de tus cadenas: ya soy otra vez mío... Ya no me inspiras más que lástima... Me acusas de pobreza, á mí, que tengo dos inestimables tesoros: sentimiento y arte... De indigente me tratas, á mí, que tengo una eterna fortuna: la gloria... ¿Y eres tú la que me culpas de necesitado, criatura mísera sin otro bien que tu carne hecha de tierra?... ¿Qué gracia inmarchitable posees, díme? ¿Qué don inmortal?... Me diste una deleznable hermosura á cambio de mi corazón, y ahora me amenazas con quitarme tu hermosura... Es que ya no la quiero, es tuya únicamente; puedes venderla si te place... Yo te la había pagado demasiado cara. Me has devuelto el precio que por ella te di; estamos en paz... Vete, mujer, vete y no temas mi enojo... Te compadezco.

Eva trataba de hablar, roja de furor; pero el marido asióla por un brazo con firmeza, y la condujo hasta la puerta de la estancia.

--Con un alma, con un corazón, con sentimiento y poesía no se come--pudo ella proferir sordamente.

--No es sazonado pan lo que te ha faltado; galas y trenes ambicionas, y yo, loco de mí, te daba el alma. ¡Un alma imperecedera por una terrenal hermosura no alumbrada por el divino soplo del amor!... Te haces justicia, mujer; me devuelves mi tesoro y te quedas con tu belleza... Véndela en su justo valor; por ella te darán lo que apeteces: piedras, metales, baratijas...

Abrió la puerta, y débilmente llegó hasta ellos una voz humilde y gemidora, como de cristal roto.

Era Tristanito que lloraba...

Entonces Diego, solevantado y tremulante, murmuró al oído de su esposa.

--Pero no pongas por pretexto de tu infamia la vida de ese ángel; si con dinero se salva, yo le salvaré.

--¡Mamá, mamá, tengo miedo!--clamó el nene.

Empujando suavemente á la madre, Diego añadió con acento profundo.

--Vete á sufrir al lado de tu hijo... Vete á llorar, criatura. La vida no es placer; sólo penando se vive plenamente... Deja que el santo dolor llene tu espíritu, para que no quede vacía la obra de Dios...

XVII

Y era cierto que el poeta había recobrado su libertad.

Las palabras imprudentes de Eva fueron como un hachazo decisivo que cortase á cercén la última raíz, ya enferma, de aquel amor hecho sólo de humano deleite.

Al sentirse redimido de su cautiverio, gozó el artista una exaltación triunfante y reparadora, el dulce halago interior de una paz profunda.

Su espíritu, atrofiado en la cárcel de la pasión sensual, se bañó de gracia pura y libre, y desatóse ligero de la tierra, asunto y glorioso, como antaño volara.

Tuvo un anhelo infantil aquella alma liberta; quiso volver á los abiertos caminos donde sufrió cantando y amó idealmente; añoró su primera musa, la casta ilusión de ojos azules y cándida sonrisa... Vestida con ropajes pulcros y nuevos, fuése á buscarla, peregrinante por los invisibles surcos que los grandes amores han dejado en la inmensidad.

Pero ¡ay! que el alma curiosa del poeta desconoció los amigos vergeles de otros días; y hallólos abandonados y mudos... Solitaria entonces, meditó.

Y no se puede meditar en las nubes sin grave peligro de caída... Allá por las altas veredas del ensueño, es preciso viajar, vuela que te vuela, sin detenerse un punto...

La cavilación del artista dió en tierra con sus afanes; y en la realidad de la vida, Diego hizo memoria...

La aldeana musa de su mocedad, rubia y sonriente como un arcángel, tuvo un corazoncito enamorado que se prendó de un hombre; y á la sazón aquel primer sueño del poeta, era una dama muy bella, un poco triste, festejada y poderosa, puesta por el destino á una enorme distancia del artista...

Ya tentado á reflexionar en las cosas irremediables y trágicas del mundo, Diego recordó que una vez, una sola vez en mucho tiempo, se acercó á la amada ilusión de su adolescencia, convertida en señora gentil, reina de salones; y la miró á los ojos tanto, tanto, que ella se ruborizó mientras él se asustaba de haber descubierto en las azules pupilas ideales un secreto dolorido.

Villamor se sorprendía de que al despertar él, sano y libre á la vida del arte bello y del sentimiento puro, despertase con tenacidad en su mente la dormida memoria de aquel suceso.

Y como los poetas tienen á menudo ideas muy extravagantes, quiso Diego festejar la asunción de su espíritu encarcelado, con un voto solemne que adunase su nueva existencia artística con aquel recuerdo punzante y las otras remotas añoranzas. Así juró, que ya para siempre su inspiración tendría la forma ideal de una dama esbelta de pensativos ojos zarcos y cabellera de oro; una criatura á quien se le pudiese llamar callandito: _¿María?..._ y que con seráfica voz sin sonidos, respondiera: _¿qué quieres?_; una mujer que mostrase la firmeza escultural de su carne bañada en beato resplandor de santidad; un ángel que llorar supiera los santos dolores del amor, con lágrimas llenas de aromas y rumores...

Y era lo extraño, que Diego hacía aquellos votos singulares y se recreaba serenamente en aquellas sutiles maquinaciones, velando el sueño doliente de su hijo en noche de vigilia y de pobreza.

Tenía apoyados los codos sobre su mesa de labor, la cara entre las manos, cerrados los ojos, y en torno desparramadas las últimas páginas de su novela _Caminos de dolor_.

El manuscrito, que era un primor de estilo y originalidad, una obra intensa y emocionante, dolorosa como la vida, estaba ya vendido á un editor afortunado que daba por él la suma precisa para que Tristanito fuése á pedir el milagro de la salud á las tónicas brisas de las montañas.

Diego esperaría que se decidiese la suerte de su hijo, y, salvándole ó perdiéndole, partiría á lueñes tierras americanas, errante y soñador con su lira y su arte, acompañado por aquella imagen dulce y hermosa á quien había jurado fidelidad romántica.

XVIII

Y á todo esto, la bella Rosita empezó á mostrarse distraída y contristada. Hasta se podía jurar que lloraba en silencio.

Cuando hacía de muñeca jugando con Lali, quedábase tan silenciosa y parada como el mismo _bebé_ de celuloide.

Corría la pequeña á sacudirla por los hombros, le alzaba la barbilla con sus manitas enanas, y decíale:

--¡Pero, mujer, te has vuelto lela; ya no sabes jugar!...

Ella entonces se disculpaba sonriendo para ocultar su turbación, pero no lograba componer con la placentería de otras veces la farsa pueril de la muñeca mimosa.

El rumor de ciertos pasos, el metal de ciertas voces, le hacían á Rosita ruborizarse y temblar; y doña Cándida, detrás de sus espejuelos escrutadores y de las erizadas agujas de su calceta, la observaba con recelo, murmurando:

--¡Ay, Dios mío!...

Una tarde de aquellas, cuando ya en el hotelito de la calle de Goya se disponía el anual viaje á la Montaña, Rosita se divirtió mucho con un pequeño suceso que la puso de buen humor, y durante algunas horas escampó de su frente la nube aciaga que la oscurecía.

Sucedió que, yendo la doncella á llevar á casa de los de Coronado una carta de la señorita, al subir la escalera de servicio encontróse de cara con uno que descendía; y este «uno», que era joven y malandante, por las trazas, la miró con despacio, y exclamó:

--¡Rosita!

A cuya voz la joven respondió con aire divertido y asombro en la mirada:

--¡Simón!... ¡Tú por aquí!...

Como si el pobre _Nenúfar_ fuera una planta exótica en casa de los marqueses, y aun en la populosa villa y corte...

Aunque Rosita llevaba algunos años avecindada en Madrid, y aunque por broma y risa deseara encontrarse con el poeta bohemio, no lo había logrado hasta aquel instante. Así que, muy risueña y picarilla, pegó con él la hebra con la mejor voluntad del mundo, y le baqueteó lindamente con burlas y compasiones, que para todo ello se prestaba el apocado y lastimoso aspecto de _Nenúfar_.

El cual contemplaba á Rosita con cierta emoción y con un embeleso que al crecer por minutos, se mezclaba con un recuerdo bochornoso, porque en el diogenismo del aventurero galán, aquella mala partida, dolosamente jugada á la niña montañesa, había dejado una extraña comezón de remordimiento.

No era malo _Nenúfar_; era sólo un mísero ambulante de la vida, propenso siempre á bajar mucho y á subir poco en las marejadas sociales. Como él mismo lo había confesado ingenuamente, su destino menguado le obligaba á «hacer de _Nenúfar_, de poeta modernista y de otras cosas peores»...

La aparición radiante de Rosita y su ingenioso palique le demostraron pronto que la joven había crecido en belleza y sagacidad de una manera sorprendente.

Y trató en vano de explicar los graves motivos que le habían obligado á dejar incumplidas sus promesas matrimoniales.

Ella le atajaba, pronta y zarandera, con réplicas agudas, tan burlonas, que el mozo, confundido, se sentía picado en su amor propio y abrumado. Así le tuvo preso y abatido largo rato la joven, hasta que humilde y fino como un guante, ofrecióle el trovero nuevamente su mano.

Por la escalera abajo rodó la risa franca de la moza, y _Nenúfar_, asido á la barandilla con la angustia del que se siente vacilar, le dijo:

--He dejado el periodismo y la poesía, que tienen muchas quiebras; pienso ahora trabajar seriamente... Voy á poner, en sociedad con otro, una gran sastrería...

--Pues ya sé yo--le interrumpió Rosita sin dejar de reir--quién será tu primer parroquiano...

Y le miraba con detención y condolencia el traje.

--Pero díme, Rosa hechicera--murmuró _Nenúfar_--, si serás mi mujer; ¡mi mujercita, mi consuelo y mi bien!...

--Cállate, hijo; para un sastre me parece muy florido el discurso... A mí los industriales no me gustan... Además, los tiempos han cambiado; ya soy otra...

--Dame, al menos, una leve esperanza...

--Voy de prisa... Me he detenido mucho... Si quieres dos pesetas...

Y se puso á buscarlas en su portamonedas elegante.

Dos chispazos de codicia y enojo se asomaron al famélico rostro del galán. Tartamudo y cobarde, profirió:

--Me tratas como á un pobre mendigo; no te molestes, no...

Pero tendía con avidez su mano avillanada.

Puso en ella Rosita la limosna, y con mucho donaire y garabato le dijo adiós, subiendo á todo escape, para ahorrarle el sonrojo de su dádiva.

En dos brincos _Nenúfar_ se plantó en la taberna de la esquina, y más hambriento que enamorado, se consoló de las ironías de la muchacha, gastando su moneda alegremente...

Ya Rosita no supo del bohemio desde aquel punto y hora...

XIX

Con el pretexto de preguntar por la salud de Tristanito, Gracián hizo una visita á la calle de Vicálvaro, escogiendo la hora en que solía Diego estar fuera de casa.

Eva le recibió con sobresalto; mas él, habilidoso y precavido, le habló muy finamente, sin descubrir del todo sus intentos; sólo se vislumbraban un poquito, como si el manto de razón y prudencia que los envolvía fuése alzado en descuido inconsciente por un soplo violento de pasión.

Pero, inquieta, luchando con el orgullo de su limpio linaje y sus instintos ambiciosos, tenía la hermosa todo el aspecto de una delincuente; y la culpa, ya esquiciada en su indefenso corazón, se le asomó á los ojos hechiceros con un fuego sombrío.

Como el nene seguía mucho mejor y estaba ya resuelto su traslado á la Montaña, se habló de este propósito con el tácito acuerdo de una deliciosa temporada de intimidad en el remoto valle.

La visita, que pudo bien pasar por una correcta fórmula de cumplido, tomó el aire malsano de furtiva confidencia, que dejó en el ánimo de Eva un estimulante amargor de aventura prohibida.

Aliviada en la pena de ver enfermo al niño, y disfrutando aquellos días de cierta holgura con el producto que Diego le entregó de la novela, se iluminó la vida, toda exterior, de aquella mujer, y un desatado anhelo de placeres la llevó á consentir en la idea del pecado.

La actitud indiferente y despreciativa de su marido la tenía suspensa.

Revelábase su vanidad ante el sumo desdén que en él veía, y un vago sentimiento indefinible la obligaba á bajar los ojos y la voz en su presencia.

Por primera vez desde su matrimonio tuvo Diego paz en su casa; pero la triste paz del desamor, una calma penosa y desabrida de hogar abandonado.

Para que Eva, á costa de todo, se lanzase al placer de la abundancia, con libertad y gusto, era preciso que su esposo partiese cuanto antes.

Ya Villamor había recibido de América ventajosos ofrecimientos como fruto de sus gestiones de literato emigrante. Desde Buenos Aires, un gran periódico español le prometía sueldo cuantioso, y otras publicaciones americanas solicitaban su firma que, mediante una lenta labor de periodismo, se iba haciendo un envidiable puesto en la prensa mundial.

Y al recobrar su confianza en el escritor, Eva creía muy prudente no romper en absoluto con el marido. Pero era menester que fuése Diego quien se humillase á ella.

A pesar del continente grave del esposo y del desdén supremo con que la trataba por la vez primera, ella suponía que aun el poder de su hermosura le pudiera rendir embelesado y dócil á todos sus designios...

Sólo las imprescindibles palabras cambiaban los esposos; cosas referentes al niño ó al viaje trazado á la montaña; pero Eva procuraba que aquellas frases suyas fuesen tanto comedidas y dulces como Diego las pudiera querer para mediadoras de una convencional avenencia. Su primera medida salvadora, en tan rara ocasión, fué empujar á Tristán hacia su padre y conseguir que el niño depusiera algo de la pasiva hostilidad que, por instigación de ella, le había manifestado siempre.

Diego, que adoraba á su hijo, al ver que el nene le demostraba afecto como nunca, sentíase abrumado por el terror de perderle, tal vez en breves días, y quedarse solo en el mundo, solo y triste en la cumbre lozana de la vida, sin ver colmado el insaciable anhelo de su alma sedienta de ternuras.

Entonces era cuando, velando el sueño de Tristán, ponía su atormentada frente entre las manos y cerraba los ojos para mirar su existencia interior llena de afanes, para jurar fidelidad y amores á una musa hecha con añoranzas, toda bella, un conjunto de arcángel y mujer.

XX

Llegó junio caballero, muy sofocado, pleno de alegría. Las familias veraneantes prodigaban sus visitas ó tarjetas despidiéndose de los amigos.