Despertar Para Morir (Novela)

Part 6

Chapter 63,898 wordsPublic domain

Apenas se extinguieron en el corredor los firmes pasos de Gracián, fuése la niña á levantar el tapiz medianero con el saloncito de su madre, y hallóla con el bordado caído sobre las rodillas y los ojos errantes y distraídos, embebecida en una meditación tenaz.

Corrió Lali hacia ella con los brazos abiertos, trepó á su regazo, y le dijo en un «escucho» ingenuo y fervoroso:

--A ti te quiero millones... mucho más que _á él_... montones de veces más... ¡Te quiero mundos y mares y cielos de cariño!...

Y nerviosa, vibrante, la besaba en los párpados sumisos, en la dulce boca enmudecida y en la aureola de los cabellos.

Cuando Lali se cansaba de hablárselo todo sola, cuando se aburría de la mudez de doña Cándida y de la inmovilidad de _Mimí_, solía preguntar á su madre:

--¿Dejas á Rosita jugar conmigo?

Siempre María contestaba que sí, y Rosita, aquella niña aldeana y hermosa que hemos conocido hace siete años en la quinta de _Las Palmeras_, convertida ahora en mujer garrida y lozana, hacíase pequeña y revoltosa como Lali, á fuerza de fingir que lo era, y de remedar con infantil regocijo llantos de nena castigada, acentos y mimos de nena mañosa.

En los días inclementes del invierno, cuando no llegaba muy arropada y valiente alguna amiguita á jugar con Lali, Rosa representaba á las mil maravillas su papel de muñeca viva y mimosa, en el gabinetito confortable, cerca de los vigilantes espejuelos de doña Cándida, que, entre uno y otro suspiro, sonreía con beatitud contemplando á su niña tan divertida y alegre.

Dos años llevaba Rosa al inmediato servicio de Lali, en descansada labor, que consistía únicamente en arreglar las habitaciones de la minúscula señorita, coser y planchar su ropa, y aun la de _Mimí_; ordenar sus armarios y sus juguetes; vestirla, desnudarla, y, en determinadas ocasiones, oficiar, como ya hemos dicho, de muñeca de carne, llorona y traviesa, á quien indefectiblemente había que encerrar en el cuarto oscuro.

Con tal acierto y adhesión cumplía la muchacha estos menesteres, que sus cuidados y compañía llegaron á hacerse indispensables cerca de la pequeña, y María cobró singular afecto á esta mocita hábil y donosa, que sabía con tan buena gracia complacer á Lali, obedecer á doña Cándida y poner en los más vulgares detalles de su obligación una nota de condescendencia y de dulzura, llena de solicitud, para la señora de la casa.

IX

Años atrás, cuando el poeta bohemio de nuestra historia dió impunemente un sablazo al bolsillo y al corazón de Rosita, quedóse la muchacha por algún tiempo alicaída y tristona y hasta un poco intercadente de salud.

Amustiáronse los colores ufanos de sus mejillas, y con aciaga nube se amortiguó en sus ojos gitanos el brillo rutilante.

Andaba taciturna por la aldea y desoía con creciente desdén los amantes requerimientos de los mozos que bien la querían.

Llegaron sus padres á preocuparse del aspecto adolecido de la joven, hablaron de llevársela al médico, y en voz baja se lamentaron:--¡Ay, la nuestra hija..., si nos la habrán dañado en la ciudad!

Más de cuatro mozas, envidiosas de la belleza de Rosita, subrayaron con sonrisa perversa el sentimiento con que se comentaba en el pueblo que á la muchacha le hubiese probado tan mal la buena vida entre señores.

Pero en cuanto una de estas sonrisas perniciosas hirió á la moza en pleno rostro, se le encendieron en las mejillas dos ruborosos claveles y se levantó su orgullo por encima de los achaquillos de su corazón.

Ya Rosa no hurtó á las romerías su gentil presencia, ni dejó de asistir por la noche á las deshojas, y los domingos al «corro».

Con vanidad nueva y vengativa se prendió sus galas finas de la ciudad, y era cosa admirable en los festivos días verla caminito de la parroquia, á la hora solemne de la misa mayor, con su falda oscura y ceñida, su mantilla de blonda, entoldando la cara morena, y su blusa plisada y elegante, como la de una señorita.

La diversidad de sonrisas que la persiguieron entonces ya no la hacían enrojecer, eran síntomas patentes de admiración en los mozos y de celos en las muchachas.

Halló Rosa un placer desconocido en la ostentación altiva con que se impuso en la aldea, y se distrajeron mucho sus pesares con aquel triunfante juego de femenil vanidad.

Como no era cosa grave el mal de su corazón, con aquellos estimulantes y aquellas diversiones fuése mejorando hasta sanar casi del todo, sin que le quedase otro daño, acaso incurable, que el de un aborrecimiento mortal á las toscas labores de la aldea y una afición fuerte y decidida á las cosas delicadas y bellas que había conocido en la opulenta casa de Coronado.

Aguda y espabilada, como buena montañesa, apenas se libertó del arrullo falaz con que _Nenúfar_ la había encantusado, reconoció que el bohemio era un contrabandista de amor, explotador profesional de mujeres crédulas.

Gozóse de haber sido con él cauta y previsora, y ni siquiera se dolió del timo rastrero de los cinco duros.

Pero de aquella exótica aventura de amores con «un poeta», le quedó á la pobre aldeana una exaltación sentimental que la despegaba con hastío profundo de su miserable existencia campesina.

A la vez que se le ajaban sus vestidos señoriles, veía con desconsuelo cómo las ásperas herramientas del campo encallecían otra vez sus manos menudas y aspaban su cuerpo floreciente.

Un rebelde sentimiento de protesta se alzó en su espíritu inquieto y ansioso. Miraba con terror á las mujeres, jóvenes de años, acabadas ya y envejecidas, segada en flor su belleza por los duros azares de la vida labradora. Con espanto volvía los ojos en torno suyo, y notaba que, de repente, se le había entenebrecido el camino antes risueño de su juventud. Antaño le parecía benigno y grato su mísero hogar, y, de pronto, hallóle todo negro por el humo de las paredes, todo tiznado de fealdad y de tristeza...

Y el sendero del monte, ¿no era antes azul?... Ella lo hubiera jurado así; pero ved cómo se le aparecía bruno y miedoso, serpenteando sin rumbo ni esperanza entre crueles malezas que desgarraban á tirones de bárbaro esfuerzo la gracia juvenil de las leñadoras.

Pues, ¿y las mieses?... Rosa las había conocido llenas de encantos; prometedoras en la primavera, granadas en el estío, pródigas en el otoño... Y se le volvieron otras; se le volvieron inhumanas y feroces, tendidas en el valle como implacable maldición que la obligase á vivir en acecho sobre la tierra; á vivir encorvada, sudorosa, jadeante, marchita sin haber florecido en toda su hermosura...

Ya Rosa no tuvo sosiego ni alegría.

El deseo de grandeza, sembrado en su alma, creció con la privación absoluta de los dones apetecidos, y determinó en aquel espíritu inculto y delicado un verdadero delirio, ambicioso de cosas bellas y sutiles, una loca pasión de arte que la enardecía y la martirizaba.

Mucho tiempo luchó la moza con aquella constante fascinación.

Quiso vencerla, y buscándole un remedio heroico, dió palabra de casamiento á un guijarreño mozalbete de las cercanías que andaba por ella perdido de amores. Era un bravo trabajador y tenía su poco de hacienda y su fama de «buen partido».

Gran contento causó á los padres de Rosa aquel suceso inesperado que rompía la terca obstinación con que la joven rechazaba todos los proyectos de boda que se le habían ofrecido; y aunque la vieron sobresaltada y ansiosa, achacáronlo á emociones propias del noviazgo.

Se aproximaba la boda rápidamente, cuando en una trágica hora de cobardía Rosa cayó en los brazos de su madre hecha un mar de lágrimas, confesándole que su novio le inspiraba una invencible repulsión, y afirmando entre sollozos:

--No me caso con él, madre, no me puedo casar... es imposible.

Se sucedieron lamentables escenas de dolor y despecho entre las familias de los apalabrados mozos; anduvieron sueltos por las callejas los chismes y los comentarios, y la bella Rosita, desesperada y confusa, intentó salir de la aldea, huyendo de una vida que se le había hecho insoportable y de un ambiente que le era contrario.

X

La montaraz aldehuela de Rosa colgaba en la serranía, en las inmediaciones del valle donde radicaba el noble solar de la familia de Ensalmo; y era, precisamente, la actual dueña del palacio quien llevó á la linda zagala en años anteriores á la quinta de _Las Palmeras_, durante un veraneo de los marqueses.

A despecho de las hablillas de los vecinos lugarejos, donde Rosa había cobrado fama de necia y de inconstante, agradábale á María aquella labradora despierta y agraciada, de finos ademanes y rápida comprensión, hábil y paciente para las prolijas labores de doncella.

Cuando al romper bruscamente su concertado casamiento, la muchacha acudió á María buscando su favor para salir del pueblo, halló á la señora fácil de conquistar y gustosa para otorgarle protección.

Finalizaba el verano, y admitida Rosa al servicio de Lali, bajo las órdenes inmediatas de doña Cándida, fuése la aldeanita aventurera muy alegre á Madrid con sus nuevos señores.

En un par de meses cortesanos volvió á ser Rosita la primorosa criatura que enamoró á _Nenúfar_ en el norteño arenal; su tez morena, artísticamente soleada, se suavizó con el buen trato y brilló sedosa en las manos chiquitinas y en el peregrino rostro; se le animó en los ojos y en la sonrisa el gozo de la libertad soñada, y, con el peinado moderno y el vestido elegante, toda su armoniosa figura quedó detallada y perfecta, seduciendo con una insinuante nota de frescura campesina, aroma sugestivo de silvestre flor.

Muchos golosos tuvo en la Corte aquel palmito gentil, y galanes de varias categorías cortejaron con rendimiento á la niña montañesa; pero, advertida por su señora con prudente discreción, y aleccionada por el desengaño, á ninguno consintió ella con palabras ni actitudes, y en la ronda de sus pretendientes cobró pronto renombre de arisca y orgullosa.

Lo que á Rosita le entusiasmaba en aquella existencia blanda y amable que tanto ambicionó, no era, por cierto, el despertar pasiones amorosas, sino el saber que las merecía y el sentir en su mimada hermosura el seductor halago de la lisonja.

Ella quería, sobre todo, verse linda y adornada en el espejo; tocar y mirar cosas bonitas, gustar manjares finos, aspirar olores delicados.

Sentíase dichosa con dormir en albo lecho, con pisar fonjes tapices, con escuchar un lenguaje escogido y galano.

Padecía una obsesión aguda de belleza, y donde quiera que la hallase--mejor ó peor definida, según su intuición artística se la hacía sentir--, allí posaba los ojos en recreo sutilísimo, tan largamente, que el objeto acariciado por sus admiraciones persistía en la ausencia del mismo, por mucho tiempo, surgiendo en el vacío, amorfo y tentador, á recibir el idólatra culto de la obsesa.

XI

Mayo triunfaba en un engarce de magníficos días, y Tristanito aterraba sus débiles ojos acobardados por la intensa luz de aquel cielo índigo y deslumbrador.

Todas las tardes le llevaba su madre al Retiro á respirar el aire embalsamado en la urbana fronda, pero Tristán ni reía, ni jugaba, ni hacía otra cosa que enlazar sus manos de cera en actitud de meditación y abatir la desmayada cabeza cuyos rizos de azabache parecían rendirle con un peso abrumador.

En el temblor angustioso de su mirada había un fúnebre señuelo, y sus labios descoloridos mostraban, al sonreir, una trágica mueca de sufrimiento y de fatiga.

Eva seguía con dolor desesperado el avance de aquella consunción invencible que aniquilaba á la criatura, y á menudo tenía arrebatos de protesta rebelde contra el destino, y hasta contra Dios y sus santos.

En su paseo cotidiano habían buscado la madre y el niño un paraje predilecto donde solían sentarse; y, á una hora habitual, Lali aparecía en la avenida umbrosa, corriendo hacia Tristán con júbilo manifiesto.

Al contemplarla, saltarina y alegre, sentía Eva un impulso de acometividad hacia la niña, tan ciego y airado, que hubiérase complacido en arañarle la cara de color de rosa y en desgarrarle á tirones el vestidito elegante.

Muchas veces la pequeña, con el vago presentimiento de un peligro, se detenía en su carrera hacia Tristán, y quedábase, temerosa y ruborizada, ante la extraña expresión de la señora.

En cambio, el enfermito había cobrado á Lali un cariño apasionado. Consentía en salir, por el sólo afán de encontrarla; hablaba de ella obstinadamente, y la nombraba, delirante, en sus ratos de fiebre.

La risueña hermosura de la niña constituía para Tristán una visión de magia encantadora; y Eva, por complacerle, soportaba el tormento de verlos juntos y de comparar, con amarguísimo despecho, el acuitado semblante de su hijo, con la ufana galanía de Lali.

Una tarde de estas que decimos, la diaria entrevista de los dos pequeños terminó borrascosamente por la iracunda intervención de Eva.

Engañado por una fugaz llamarada de alegría, quiso Tristán correr á la par de la nena, que parecía hermana de las mariposas y las brisas.

Flojo y torpe cayó de bruces, y levemente se hirió en una mano.

Volaba Lali á socorrerle, compungida y cuidadosa, cuando Eva acudió hacia ellos muy alterada. Empujó á la niña con violencia, y alzando al caído profirió duramente:

--Se acabaron los juegos con esa chiquilla; cada uno por su lado...

Con las dos manitas, confusa y desconsolada, se cubrió Lali el rostro sofocado, y fuése hacia doña Cándida, que más lejos se aparecía, y que sin saber de qué se trataba la recibió suspirando: ¡Ay, Dios mío! Y con sus manos cenceñas se puso á alisarle los cabellos, desordenados y sedosos.

Eva, entretanto, se alejaba por el medio de la arbolada calle, altivo el continente, veloz el paso. Como adorno de su sombrero, cimeando la altanera figura de la dama, balanceábase un ave hostil, que ofrecía en aquel instante un singular aspecto de fiereza: plumaje, garras y pico tomaban una actitud fosca y amenazante sobre la erguida frente de la dama.

Casi en volandas iba el pobre Tristán, aferrado al brazo redondo y firme de su madre; sollozaba con hondo sentimiento, y afanoso volvía la mirada hacia el sitio donde Lali se había quedado.

Después de andar buen trecho en esta forma, compadecida Eva de la aflicción del niño y temerosa de su cansancio, acortó la marcha y trató de consolarle.

--No llores más--empezó á decir--; te va á doler la cabeza y tendrás hoy mayor recargo..., no llores; yo te buscaré con quién jugar.

--Quiero á Lali--gemía Tristán sin consuelo.

--¿Y por qué á ella únicamente, hijo? Es una alborotada, no me gusta esa niña, te hace sudar y fatigarte siguiéndola, te hace caer, ya ves, te ha lastimado...

--Ella no, fuí yo solo, que tropecé.

--Pero, ¿por qué la quieres tanto?, díme...

Se detuvo Eva, se inclinó hacia el niño lloroso y con su pañuelo le enjugó las lágrimas.

Más calmado, con rara elocuencia y acento ferviente, Tristán replicó:

--Ella está hecha de alegría y de sol, sabe correr..., sabe reir..., parece que está toda llena de oro y de flores... ¡La quiero..., la quiero!...

Y tendía sus manos de lirio hacia el paraje, ya invisible, donde la niña solía buscarle.

Conmovida y absorta la madre, interrogó:

--Entonces tú, ¿cómo eres?

--Yo soy enfermo y triste; una pena que tengo no sé dónde me va creciendo y me hace llorar... ¡Voy á morirme!

--No, no, calla.

--Tú misma lo has dicho.

--¿Cuándo?

--Una noche... Dijiste que papá tendría la culpa, ¿te acuerdas?

Turbada y dolorida, murmuró la madre vagamente:

--De nada quiero acordarme...

Y ambos siguieron el camino desalentados y mudos.

XII

En casa de los marqueses de Coronado se discutían las ventajas de veranear aquel año en la quinta de _Las Palmeras_.

Había opiniones diversas y empate en la votación del proyecto, porque la marquesa y su hijo abogaban por la conveniencia de una temporada de reposo en la saludable y hermosa playa norteña, mientras que Isabel y Benigna, torciendo el gesto, preferían adolecer públicamente de alguno de los achaques de moda cuya curación se inicia en Vichy, avanza en Carlsbad, se consolida en Baden, y luego se reproduce al año siguiente como pretexto de una nueva peregrinación por los balnearios preferidos entre los incurables enfermos que el ocio y la abundancia producen.

Como no llegasen los de Coronado á una avenencia en sus discusiones, Benigna propuso con aire retozón:

--Podemos consultarle á papá el caso...

Todos, sin disimulo, rieron la gracia, y fué cierto que don Agustín recibió la consulta. Tomó en serio su intervención en las decisiones familiares, y galantemente votó en favor de la marquesa, que apoyaba sus deseos en el motivo poderoso de hallarse muy cansada y abatida para emprender un veraneo de lujo.

Era verdad que la dama había perdido su proverbial buen humor; mostrábase desmedrada y triste, y hasta un poco devota.

Decíase que, últimamente, desconfiando ya del poder de su hermosura, que iba en declinación, su íntima existencia licenciosa tenía horas de tormento desesperado.

Decíase que Luis Galán, después de haberla consagrado algunos años de constancia, había cortado traidoramente sus relaciones con ella, apenas logrado un importante favor en dinero de la «amorosa» incorregible, que no se llamaba en vano Generosa de la Dádiva.

Pero ¡suelen «decirse» tantas cosas!...

Sólo se sabía con seguridad que la marquesa rezaba mucho y estaba alicaída; y que Luis Galán había desaparecido del círculo elegante llamado la «buena sociedad madrileña», donde la sonrisa inalterable de aquel buen mozo mereciera privilegio de patente exclusiva.

Ya decidido el viaje á la Montaña, hubieron de resignarse á él las señoritas de Coronado y hasta trataron filosóficamente de buscarle atractivos.

Evocaron las risueñas jornadas de la quinta, que hacía siete años se habían deslizado como un sueño en la juventud inquieta y turbia de las dos hermanas.

Del tumulto de sus memorias surgía con extrañeza y singularidad aquel recuerdo de un solo estío, de playa modesta, entre jardines melancólicos y brava costa, y desfilaban con un penetrante aroma de juventud alegre las imágenes de todo aquel verano tranquilo y dulce, sin grandes cotillones, sin aventuras sonadas, meses raros y fugitivos que brindaron á la agitada vida de estas dos mujeres un alto apacible y una ráfaga bienhechora de salud y poesía. Desdoblando pensamientos y membranzas con una vaga tristeza y una remota ilusión, Isabel y Benigna quisieron á todo trance adornar de promesas el porvenir, y se miraron una á otra desconfiadas y marchitas, sin brillo los ojos y sin risa los labios.

Con el presentimiento de un fracaso, lentamente formaron las dos hermanas un plan de invitaciones y un programita de fiestas. Era preciso atraer hacia el arenal cantábrico un buen plantel de amigos alegres, y prepararse una agradable temporada en _Las Palmeras_.

El recuento de amistades disponibles para este caso suscitó desconsoladoras memorias y arrojó un total de nombres nuevos en nuestra narración. Ni uno solo de aquellos que en la hospitalaria quinta hemos conocido estaba al propicio alcance del iniciado convite.

Clara Infante, casada con un banquero catalán y separada de su marido al mes de la boda, viajaba á la sazón por el extranjero, bien acompañada, según decían procaces lenguas.

Pizarro, el famoso descontentadizo, había vuelto, desilusionado como nunca, de un largo viaje á las Américas y, en protesta bizarra á sus reniegos contra todos los países y todas las civilizaciones, trataba de tomar parte en una expedición al Polo Norte, y vivía encerrado en el cuarto de una fonda, sosteniendo fantástica correspondencia con unos señores noruegos y una dama rusa, que eran de la partida en proyecto. La sinrazón de sus antojos hacíale olvidar que tiritaba en el estío cantábrico y que hasta los más dulces climas eran hostiles á su intemperancia.

El poeta de ocasión, _Nenúfar_, no había logrado salir á flote de su reciente naufragio social y con prudente discreción se había eclipsado en el horizonte luminoso de sus amistades aristocráticas.

Las señoritas de Coronado no ornamentarían su salón montañés con la belleza rubia de María Ensalmo, ni con la morena hermosura de Eva Guerrero, y tampoco Teresita Vidal llevaría á _Las Palmeras_ la nota extraña de su juventud aburrida y achacosa. ¡Pobre Teresita!...

Cuando las hojas cayeron, dos años hacía, su entierro blanco y pomposo bajó lentamente por la calle de Alcalá buscando el cementerio de Nuestra Señora de la Almudena... Piando inquieta y saltarina como un pajarito, había dado el salto mortal una tarde de otoño, quedándose repentinamente inmóvil en el sofá donde se rebullía fastidiada y quejosa.

La trágica quietud dejó en su rostro aniñado una mueca de hastío, y en sus labios irónicos unas gotas de sangre descolorida.

Con más vanidad que misericordia la vistieron un traje de gala, espléndido en encajes y flores, tan escaso en el escote y en las mangas como sobrado en la cola... Encajes, flores y telas, junto con la carne mísera, todo ello se acomodó con desahogo en un metro de ataúd, porque el cuerpo de Teresita, que siempre fué endeble y menudo, entre las garras de la muerte quedóse tan pequeño y mermado, que era casi imposible suponerle veinticinco años de edad. Las amigas de la joven recordaban con terror aquella postrera visita que le hicieron al borde de la gran _cama imperial_, bajo la macilenta luz de los cirios crepitantes. Sobre el engalanado cadáver de Teresita, la mundana adulación, que ni á los muertos respeta, lanzó una frase en son de halago: «parece una novia»... Aquella lisonja servil sonó á comparación impía y burlesca, con crueldad de sátira, allí donde la muerte, abrazada á una miserable figurilla de mujer, ponía espanto y atrición en los más insensibles corazones. Isabel y Benigna no pudieron olvidar su pavor y su asombro al cerciorarse de que aquella muñequita de cera, encogida y helada, insensible y dura á la sérica delicia del vestido admirable, era la vivaracha y mimosa Teresita Vidal. Y al pensar en las invitaciones para un nuevo veraneo en _Las Palmeras_, en la memoria triste de las antiguas amistades quedó flotando la visión de aquel metro de ataúd lujoso, de aquel entierro blanco que en la dulce tarde otoñal pasó por la vida hacia el lívido misterio del sepulcro.

XIII

Arrancándose el recuerdo de tan medroso lance, dijo Isabel á su hermana:

--De aquel año feliz que memoramos, sólo una amiga encontraremos en la costa: Luisa Ramírez...

--Y un amigo, López--repuso Benigna sonriendo.

--Sí; queda López «todavía», y... ¿quién sabe?...--murmuró Isabel con singular acento. Cambiando de expresión, exclamó después:

--¿Sabes que Rafaelito acabará por casarse con Luisa?

--Así lo temo.

--Estoy pasmada de la duración de ese cariño.

--Es que el amor sentimental dicen que puede hacerse crónico...

--¡Ay, qué miedo, hija!...

--¿Pero tú creías á Rafael capaz de una constancia semejante?

--¡Qué había de creer yo, criatura!

--Ese amor es un milagro.

--Es una majadería. Rafael puede hacer una boda brillante; puede escoger entre la flor y nata de los buenos partidos; sin ir más lejos, Casilda Manrique, condesa y millonaria, está loquita por él.

--Y por Gracián...

--Calla, mujer, eso es aparte...

Hubo un silencio malicioso y risueño; luego, Benigna reanudó el palique.

--Oye; á mí se me figura que Rafael, á ratos, también se enamora un poco de María.

--Lo que has notado es lástima, no es amor.

--¿Lástima? ¿Y de qué?

--Cosas raras de ese chico. ¿No sabes que resulta romántico y piadoso?... Se le antoja que María es desgraciada.

--¡Si dijera que es boba!... Podía ser hoy «la primera» mujer de Madrid.

--Ya lo creo... Mira que ha tenido perseguidores...

--Y los que tiene.

--Pero es inabordable.

--Así lo afirma Rafael, que la admira mucho; pero no hay que fiarse de las apariencias. Esas señoras que al parecer no han roto un plato en su vida, no me inspiran simpatías ni confianza.

--También Eva es una virtud incorruptible.

--Tampoco es santo de mi devoción; la encuentro demasiado orgullosa y demasiado bonita.

--Y tiene un marido insoportable de poesía y sentimentalismo.