Despertar Para Morir (Novela)

Part 5

Chapter 53,823 wordsPublic domain

--Pero, ¿qué me pides?... He trabajado con perseverancia y con afán; si no he vencido siempre, si no he llegado hasta donde tú querías, no soy el responsable de mis fracasos... Tal vez si me hubieras alentado con ternura y con piedad... si me hubieran sostenido en la lucha tus manos con amor...

--Cúlpame de tu incapacidad, de tu apocamiento... ¡cúlpame... anda!--le interrumpió Eva provocativa.

También él le clavó entonces una mirada desafiadora; y de cerca, muy de cerca, echándole á la cara las palabras, atropelladas y punzantes, afirmó:

--Sí, te culpo... Te culpo del fracaso material de nuestra vida... del callado divorcio de nuestras almas... Yo quería ponerte tan en alto que ni un soplo de dolor ni de tristeza pudiera alcanzarte... Soñaba para ti una felicidad nueva, una vida colmada de goces... Al fundar este hogar, pensaba en mi hijo... en el hijo que ya presentía... quería hacer con él y contigo una obra de arte humano... Pero tú has roto mi corazón, has destrozado mi destino... has sido el enemigo malo aposentado en mi casa y alimentado con la sangre de mis venas. Buscaba en ti el calor de un alma profunda y escogida, la dulce compañera que me ayudase á caminar, que completase mi naturaleza y compartiese conmigo el pan y la sal de la vida... y sólo hallé en tus brazos desdenes y egoísmos... ambiciones, mezquindades... Sometiéndome á tus caprichos, erré en mis vocaciones artísticas... me desorienté y me perdí... Robaste mi serenidad para el trabajo, me empujaste, anulado y decaído, perdida la fe y la salud... Derrochaste el modesto patrimonio de mis padres... has sembrado en mi casa la discordia y en mi hijo la semilla del desamor... Y aun te quejas... aun te alzas contra mí como una víbora y me llenas el corazón de veneno...

Fuése la culpable respaldando en el sofá, y por un momento la sorpresa de aquella formidable acusación la contuvo silenciosa y despreciativa, hasta que de nuevo se refugió en el llanto como en la única defensa de su derrota.

Desahogando en lágrimas su coraje, lloraba con fuerza, lloraba con rabia, con el rostro bellísimo entre las manos.

El hermoso cuerpo, desmazalado sobre el diván, se estremecía con la dura congoja. Aquellos senos divinamente modelados, aquella cintura flexible, doblábanse bajo el peso del busto tembloroso. Toda la peregrina fábrica de la opulenta figura, libre y tremante bajo la suave estofa de la bata, se retorcía con angustia...

La desencadenada tempestad de gemidos despertó al niño de su letargo febril. Abrió los ojos asustado, y con incertidumbre de pesadilla levantó el pávido semblante sobre la escena dolorosa.

Diego, vuelto de espaldas, había entreabierto la puerta del balcón y miraba al cielo con el alma transida de dolor y de cólera.

En lo alto de la vidriera, al borde del vecino tejado, la luna pálida y redonda giraba en el pedazo de quimera azul...

III

Largos meses habían corrido sin que Eva y María se visitaran.

Recién casadas las dos, habíanse tratado con alguna intimidad en su primera temporada madrileña.

Después Eva fuése retrayendo de la amistad de María sin razón ni pretexto.

Veíanse con frecuencia en casa de los marqueses de Coronado, pero, en secreta hostilidad, Eva se distanciaba de su gentil paisana con débil disimulo.

A medida que aquélla consumía con irreflexivo alarde el pequeño patrimonio de su marido, dolíale con más acerba humillación la fastuosa existencia que disfrutaba María, y mal dormidas memorias de antaño levantaban entre ambas mujeres un sutil y firme valladar de pasiones.

En nadie como en María envidiaba la ambiciosa morena el lujo seductor y la aparente felicidad...

Al morir doña Manuela, con afectuosa compasión quiso María olvidar el inexplicable alejamiento de su amiga, y en las horas de duelo la acompañó, sencilla y buena.

Pero aliviado el luto de su madre, disculpóse una y otra vez Eva de asistir á fiestas ni reuniones en el primoroso hotelito de la calle de Goya, y encerróse también María en prudente reserva, sin menudear sus visitas á la calle Vicálvaro.

Ultimamente, la amable señora oyó en casa de sus tíos unas tristes lamentaciones sobre la situación de Eva y Diego.

Decíase que agotada en absoluto la herencia del esposo, había llegado la miseria á visitarles con todo su fatal cortejo de pesadumbres... Que Diego, acobardado ante la perspectiva de tener que sostener con la pluma una difícil apariencia de bienestar, trataba de emigrar á América en busca de mejores mercados para sus producciones literarias... En pugna con sus aptitudes artísticas, tentado por la codicia del lucro ó por el aguijón de la necesidad, había estrenado en el teatro obras ligeras y vulgares, que fracasaron sin ruido ni esperanza... Se agotaba y se consumía el poeta en la redacción de un periódico, oscurecido y afanoso, elaborando pacotillas amenas y efectistas informaciones, para llevar á su casa un pedazo de pan ingrato... Mostrábase Eva esquiva y ceñuda, y el niño, enfermizo siempre, decaía amorbado y mustio, cada vez más lastimoso...

Todo esto se habló en «un lunes» de los marqueses de Coronado, al extremo del salón donde se habían reunido algunas personas que conocían al desgraciado matrimonio.

Entre ellas estaba María, que escuchaba, callada y triste, el relato que la curiosidad glosaba con efímera condolencia: «¡Pobre mujer, tan hermosa!»... «¡Pobre muchacho, tan artista!»... Así decían unos y otros á flor de labio, maquinalmente, sin que ninguna frase naciera de un piadoso latido del corazón...

También Gracián, que se apoyaba negligente en una artística columna, lanzó á la conversación su breve comentario.

--Lástima de mujer--dijo.

Y un relámpago de ruin maquinación brilló en sus ojos atrevidos.

Sólo María, la silenciosa y bella, abrió el alma á la compasión de las relatadas amarguras.

Las saboreaba enternecida, pensando: Les falta lo que á mí me sobra, y yo carezco de lo que ellos tienen... pero mi pobreza no lleva remedio como la suya... Yo quisiera darles alivio y consuelo... Eva nunca me ha querido bien, pero sufre, sufre mucho y acaso podré alegrarla... Además, Diego es mi amigo de toda la vida... el buen amigo que en el alto valle me buscaba las rosas más bonitas, y para mí componía las más dulces canciones... Vivían entonces mis padres... yo era niña y feliz... ¡hace ya mucho tiempo!... Luego, él y yo hemos llorado tanto... ¡pobre Diego!...

Y esta final exclamación de su íntimo coloquio, la exhaló en un suspiro.

Pasaron sus manos un poco temblorosas encima de su frente, como plácida nube de bonanza que bajo los dorados rizos serenase un amago de tempestad.

También sobre el cielo de los ojos pasó «la nube» y los dedos largos y finos descendieron hasta la falda un poco húmedos.

Un vozarrón atronante le dijo casi al oído:

--¿Lloras, María?

Volvióse á sonreir á su primo Rafael, murmurando:

--¡Qué he de llorar!...

Y decidió en su corazón aquietado ya, y siempre generoso: Mañana, con motivo de la enfermedad del nene, iré á ver á Eva.

IV

Tenía Tristán una amiguita, una niña parlera y alegre que, cierta tarde, le fué á visitar acompañando á una señora joven y rubia, muy hermosa, que se llamaba María.

Cuando la dama y la nena entraron en el modesto gabinete de la calle de Vicálvaro, un sugestivo perfume de vida elegante se expandió en la estancia, y Eva se ruborizó con el bochorno de su pobre ajuar... Mirando en torno, quedó confusa y disgustada, sin agradecer la visita.

Abrazáronse las señoras con mutua cortedad, mientras los dos niños se amistaban con la mirada y la sonrisa, y se eclipsaban, cogidos de la mano, por la casa adelante...

Con alguna precipitación, dijo, al sentarse, María:

--He venido porque me dijeron que estábais preocupados por la salud del pequeño... como ya sé lo que es apenarse por los hijos, me acordaba mucho de vosotros y deseaba veros... quise traer á Lali para que jugase un rato con Tristán... pero le encuentro animadito... eso no será cosa de cuidado...

La timidez cariñosa y simpática de aquel exordio, suscitó en la conciencia de Eva un involuntario remordimiento; casi conquistada por la cordialidad de María, respondió:

--Pero va siendo muy larga esta dolencia y me inspira mucho recelo... Cada día está el niño más flojo... A las horas del recargo da pena mirarle...

--Un poquito de anemia... en cuanto avance la primavera ya verás cómo se repone...

--Al contrario, el verano de Madrid le daña mucho...

Quedaron silenciosas, como si ambas temiesen avanzar en la conversación. Al fin María, indecisa, observó:

--Tampoco este año podréis ir á la Montaña, si Diego no tiene vacaciones...

--Aunque las tuviera, no iríamos--dijo Eva, amargado el acento, fijos con tenacidad los ojos en la mezquina estera del piso.

Arriesgándose con precauciones en la dificultad de aquel diálogo, propuso María:

--En ese caso me podías confiar al nene; yo le llevaría con mucho gusto y le cuidaría como si fuera hijo mío...

Alzáronse vivamente los negros ojos y, puestos con asombro sincero en los azules, Eva contestó, conmovida á su pesar:

--Gracias..., gracias..., te lo agradezco...

--Y aceptas, ¿no es verdad?

--Tú no has pensado lo que me ofreces...; un niño enfermo y triste da mucho que hacer..., perturba y molesta en todas partes...

--Pues te aseguro que en mi casa no molestaría. Para mí sería un entretenimiento...; para Lali, un encanto...

--¿Y para tu marido?

--Gracián apenas estará con nosotras este verano..., tiene proyectado un largo viaje... Además, los niños le gustan, y él nunca interviene en las cosas que yo dispongo.

--Sí..., tú tienes libertad para todo..., tienes placeres y caprichos..., haces bien en aprovecharte de la felicidad...

--¡La felicidad!--suspiró María con una sonrisa indefinible.

--Yo--añadió Eva sordamente--no la conozco más que de nombre..., para mí sólo ha tenido una mueca burlona...

--Para muchos la tiene, hija mía..., no hables así, por Dios..., en tu casa hay un tesoro raro y envidiable...

--¿Un tesoro, dices?

--Sí..., tenéis amor...

--¿Amor?..., ¡qué inocente eres!..., ¿lo has creído de veras?... Amor... ¡no conozco á ese caballero!...

--Calla, calla, mujer, Diego te adora...

--Nada me importa de él.

--¿Qué estás diciendo, Eva?

--Me atormenta... Me hace desgraciada...

--Sufres y deliras... Diego es bueno...

Precipitada Eva en aquella insólita confidencia, irascible y desmesurada, arguyó:

--_¡Diego es bueno!..._ Esas mismas palabras las dijiste una noche en _Las Palmeras_, hace ya siete años..., las dos éramos solteras, ¿te acuerdas bien?... Entonces pude creerte; conocías á Diego mejor que yo... Hoy le conozco yo mejor que nadie y no me convence tu benevolencia...

Aterraba María la frente, angustiada y sorprendida.

Siempre creyó que Eva no amaba mucho á su marido, pero estaba muy lejos de suponer que le aborreciera.

Se repuso de aquella sorpresa en un triste silencio, mientras Eva deshilachaba, nerviosa, el fleco de su pelerina de punto.

Después, con paciencia y con dolor, habló María suavemente.

Su voz cristalina y dulce no encalmó el ánimo en borrasca de su amiga, pero fué tan discreta y tan afable que apaciguó, al menos, la adustez amenazadora del moreno rostro.

Sugestionada Eva por el fluyente caudal de aquella noble palabra, dejóse llevar por extraño sentimiento de confianza, único en la vidriosa amistad que profesaba á María.

Confesó la penosa estrechez en que se hallaban, y en los arranques de aquella impulsiva franqueza sintió un placer satánico en acumular sobre Diego quejas y culpas.

Tendióle María su mano pródiga en beneficios, y con exquisita delicadeza le ofreció en aquel trance el buen auxilio de su fortuna.

Soberbia la menesterosa, nada quiso aceptar, y aun sintiera, al cabo, un pesar repentino de haber confiado su lamentable secreto á la oculta rival de sus ambiciones.

El matiz velado y profundo de los consuelos que le brindaban, las inflexiones sentimentales de la voz hialina y triste, nada íntimo y personal revelaron á Eva, ignorante para descubrir pudorosos achaques de corazón, incapaz de leer duelos ocultos en una mirada empañecida ó en una sonrisa punzadora.

Muy hábil á la sazón María para adivinar cuitas ajenas, advirtió la turbación creciente de su amiga y apresuróse á enveredar la conversación por menos escabroso camino, tomándola otra vez en el punto donde había quedado rota y porfiando en invitar á Tristán para veranear en el Norte.

--Muchas gracias--repetía Eva--, pero no puede ser...

--¿Por qué te niegas?... Te lo ofrezco con toda mi alma. Y si Diego se embarcase pronto, como dices, tú también podías venirte con el niño..., me harías un gran favor. Voy á pasar el verano sola con Lali y doña Cándida... Piénsalo bien y decídete. Nos iremos en junio, hasta septiembre... Ya verás qué bien le prueba á Tristanito..., anímate... Le llevaremos á la playa y á la aldea, le cuidaremos mucho..., se pondrá fuerte...

Ingenua y efusiva, María dejaba suelto el corazón en su verbo piadoso.

Luchando entre la gratitud y el encono, Eva seguía diciendo...

--No puede ser..., gracias..., gracias...

V

También Tristán y Lali habían celebrado una íntima confidencia, una confidencia sensacional, hecha sin rodeos ni disimulos, con sedienta curiosidad de niños y llaneza infantil, encantadora y bárbara.

La primera en romper el fuego de preguntas fué la niña, vivaracha y comunicativa.

Mirando á su acompañante con mucha atención, le preguntó callandito:

--¿Te llamas tú Tristán, porque estás triste?

--No--dijo gravemente el niño--, yo estoy triste porque estoy malo... Me llamo Tristán porque es un nombre de novela, muy bonito.

--¿De novela?... No sé lo que es «novela»... Yo me llamo Eulalia, pero todos me dicen Lali... ¿te gusta ese nombre?

--Algo, ya me gusta...

--Y dí; ¿tienes muchos juguetes?

--Tengo pocos, ¿y tú?

--Yo tengo un palacio de muñecas y muchas cosas más... ¿No te acuerdas que una vez fuiste á mi casa y te lo enseñé todo?... Hace ya mucho tiempo... todavía «no estabas de pantalones»...

--Se me ha olvidado--pronunció Tristán, lentamente.

Habían llegado al comedor, y en un rincón, dentro de una caja de madera, fueron á buscar los juguetes del niño: una escopeta, un juego de bolos, un sable, dos carritos...

--Y caballos, ¿no tienes?--preguntó Lali.

--Caballos, no... se me han roto. Tengo un rompecabezas... mira.

Abrió una cajita cromada, y los dos se arrodillaron en el suelo, examinando con mucho interés los taquitos cuadriculados, con trazos en colores, de diversas figuras.

--¿Los armo, para que los veas?--interrogó Tristán, galante.

--Sí..., ármalos... debe ser muy difícil...

Y mirando las manitas exangües de su amigo, agitadas sobre los tacos, Lali añadió:

--Tienes las manos flacas... ¿por qué no te curan de ese mal que tienes?

Suspenso Tristán volvió hacia la niña su cara inteligente y dolorosa, murmurando:

--Ha dicho mi madre que me voy á morir...

Ondularon las tinieblas de sus rizos en torno al perfil trágico y puro, y Lali abrió con espanto sus dorados ojos sobre la desconsolada expresión del niño paciente.

Pronta y resuelta, determinó:

--Pues no te mueras aunque ella lo diga... Díle tú á Dios que no quieres morirte.

--¡Pero si mamá lo dice llorando!... ¡Si es Dios el que quiere!...

El pensamiento de la chiquilla saltó rápido á otra idea, con vuelo de mariposa, y exclamó Lali:

--¡Todas las mamás lloran!...

Hincados de rodillas, juntos y absortos, se miraron largamente, hasta que Tristán sentenció, con una lógica terrible:

--Cuando tú seas mayor... también llorarás...

VI

Ya no era María la niña tímida y curiosa que ávidamente secreteara con los celestes horizontes.

Los desengaños sufridos abrieron para ella á lo largo del camino, por encima del mismo cielo, alto y codicioso rumbo al vuelo de la fantasía.

A la inocente paloma del valle le habían nacido, por un milagro de penas, potentes y soberanas alas de condor...

El fracaso moral de su boda, aquel tremendo error de su inexperiencia, que la esclavizaba á una cadena perpetua de dolores, halló á María dotada de viriles energías, de arrestos portentosos, en aquella naturaleza tan femenina y dulce.

Era el vergel de su alma, donde las brisas de la ilusión entraron triunfalmente, un terreno feraz que las lágrimas habían fecundizado.

Se hizo fuerte en las trincheras de sus virtudes íntimas, y su mirada, pensativa y serena, no se posaba ilusa, como otras veces, en el mudable encanto del firmamento, avizorando señales de pasajeros goces, sino que, valiente y firme, caía al otro lado del celaje, más allá de la vida, detrás del secreto oscuro de la muerte, esperanzada con la suprema ambición de una felicidad desconocida, imperecedera.

Soñaba siempre María, soñaba mucho, altiva y divinamente... ¿qué alma descollante no sueña y delira en la humana prisión?...

Hizo el dolor descubrimientos prodigiosos en aquel temperamento esquisito; hirió cuerdas de callados sentimientos, y toda el alma excepcional de aquella mujer vibró en acorde infinito de sobrehumanos anhelos.

Entonces fué María santa, con una santidad romántica y secreta, que por adelantado le ofrecía el excelso placer de la inmortalidad. Fué artista con la sublime inspiración de un arte nativo, de superior linaje.

Su corazón, sediento de inextinguibles amores, ebrio de pesares, fabricóse una vida interior de refinada hermosura; una vida tocada con la púrpura gallarda del sacrificio, aureolada con rojas flores de pasión divina; rosas de calvario, galas inmarchitables del _eterno jardín_.

Vertidos en la inmensidad sus sentimientos, derramados en lo infinito, como incienso del mundo, escogido para Dios; descendían sobre los seres y las cosas en vórtice generoso, y se prodigaban á todo lo bello, á todo lo noble y triste del camino.

María amaba mucho, amaba insaciablemente los graves y sombríos misterios de la eternidad, los peregrinos secretos de la naturaleza... las humanas bellezas... los humanos dolores.

Había hecho de su intensa desventura un culto ferviente y extraño, y se entregaba á él con amarga voluptuosidad, con ese morboso placer, delirante y aciago, que se ha llamado muchas veces «la coquetería del dolor».

Y esta singular criatura, toda amor y tristeza, abrasada en oculta llama de ardientes sentimientos, divinizada en una interior obra de arte espiritual, pasaba por el mundo en traza gentil de mujer dichosa, escondiendo con rubores de alma púdica el doble fondo de su martirizada existencia.

Ocupaba con bizarría su puesto de honor en los salones madrileños, y se la veía con frecuencia en sociedad, donairosa y risueña, elegante y encantadora, muy bien avenida, al parecer, con los achaques de la vida mundana.

Era su aspecto el de una de esas mujeres infantiles, dispuestas siempre á perdonar y á sonreir, crédulas y sencillas; una discreta mujercita sin malicias ni pasiones, muy devota del bienestar exterior; buena y prudente, que sacrificaba su amor propio y hasta su dignidad de esposa á las dulzuras de la paz doméstica, y se conformaba con una felicidad decorativa.

Sólo una perspicaz observación, una ciencia maestra en desdoblar corazones, lograse descubrir detrás de aquella apariencia jovial y apacible otra segunda vida artística y doliente.

Ahora, en los celestiales ojos de María, la imperturbable mirada azul parecía llegar de muy lejos, de remoto paraje de maravilla, donde hubiese tomado un misterioso baño de emoción.

Fulgía la luz de aquellos ojos con encanto inefable y nuevo, y donde se posaba iba dejando el don de una gracia pura y triste, el jirón impalpable de una nostalgia divina, que pudiera llamarse «el mal del cielo»...

VII

Placíase Gracián en la buena suerte que le había deparado aquella boda afortunada con mujer encumbrada y rica, tan sumisa y complaciente.

Él también, como el vulgo, consideraba á María desde el punto de vista de una criatura pasivamente bondadosa, una esposa de lujo, inofensiva y bella.

Mirábala con cierto compasivo agrado y con una superioridad protectora que tenía mucho de humillante y despectiva.

La trataba con una cortesanía chabacana, entre galante y desdeñosa, algo irónica siempre y siempre glacial. A menudo la llamaba _pobrecilla_ y le acariciaba las mejillas como á una nena, paternalmente. Era con ella indiferente y rumboso, y no se tomaba el trabajo de ocultarle sus más escandalosos devaneos. Aquel gran cómico, ciego de soberbia, no podía suponer que _la pobrecilla_ le profesaba un absoluto desprecio y que, con una clarividencia extraordinaria, había profundizado todo el vacío de la fantástica existencia, ruidosa y deslumbrante, que tanto le envanecía.

Pocos meses de matrimonio le bastaron á la joven para conocer dolorosamente la fatuidad de su marido y descubrir, bajo aquella exterioridad fascinadora, un fondo de bastardas pasiones y un huero corazón. Tan cierta quedó la triste de su grave desventura, que ni siquiera soñó con hallarle algún remedio. Sumióse en ella con valentía y, siendo tan inmerecida y traidora, la supo disimular entunicada como una contrariedad cualquiera, de esas que ruedan sobre una florida juventud sin entorpecer el camino de la dicha.

Y cuando más engreído con sus triunfos huecos y falsos, Gracián se dignaba hacer á su esposa la merced de una caricia ó de una atención, celaba ella en sus encalmados ojos todo el desdén que le inspiraba aquel baratero de la vida, y con una disciplinada sonrisa hacía guardia á los pesares de su corazón abandonado.

VIII

En las constantes vigilias de aquel corazón, un rayo de luz brillaba misericordioso y alegre. Era el sol de los ojos de Lali, de la nena reidora y charlatana, ave graciosa que poblaba de trinos y vuelos, el bosque sombrío de los pensamientos de María.

Era Lali una encantadora criatura de seis años, hermosa como sus padres, traviesa y juguetona, dueña de un corazoncito angelical.

Rubios tenía los cabellos y dorados los ojos, llenos de luz temblorosa y riente, de cálida luz fulgurante como un gajo de sol.

Horas enteras se pasaba María arrullando sus ensueños tristes con la placentera vocecilla de Lali, que hablaba con su muñeca y con doña Cándida, indistintamente, en garla gentil.

Una dócil cortina de damasco separaba la habitación de la niña del saloncito donde su madre tenía siempre una labor interrumpida y un libro abierto y un búcaro con flores nuevas...

Aquella tarde llovía, y la nena, que no había podido hacer su habitual paseo, traveseaba incansable entre dos butacas próximas al balcón.

En una estaba sentada doña Cándida, meditabunda y suspirante, tejiendo una calceta erizada de agresivas agujas; en otra se recostaba el gran _bebé_ de celuloide, con los inmóviles ojos de turquesa muy espantados, y los bracitos extendidos, hirsuta la cabellera de lino pálido, y un poco chafada la seda rosa del traje. Sin duda estaba asustado de la riña que Lali dirigía sobre su inanimada persona.

Con la más sincera indignación, sermoneaba la niña:

--Si no me obedeces, te castigaré sin merienda... En ti mando yo, y no se me replica... Ya sabes que no tienes papá...

Cambió de tono, y comentarió rencorosa:

--Ni falta que te hace... Los papás son unos señores muy malos... muy tontos... muy feos...

Una voz varonil protestó á la puerta del gabinete, con risueña jactancia.

--¿Cómo es eso, mentirosilla? ¿somos feos todos los papás?

Se volvió la niña hacia el reproche insinuante; y saltando al cuello de Gracián, le respondió dentro de un beso mimoso:

--Tú eres guapo.

--Pues, ¿entonces?...

--Lo decía en broma, para engañar á _Mimí_.

--¿Cuánto me quieres?... A ver...

--Te quiero cientos... miles...

La acarició el padre con ufanía, orgulloso de la proceridad de aquella criatura, que era un alarde vivo de la existencia de él; y salió de la estancia engreído y jovial, tirándole besos á la nena, que le decía:

--Ven temprano... ninguna noche te veo... ¡Por las noches no tengo papá!...