Despertar Para Morir (Novela)

Part 4

Chapter 43,908 wordsPublic domain

Niño y poeta, Diego Villamor, entregado precozmente á la soledad y al silencio, cayó deslumbrado á los pies de Eva. Todos los sentimientos puros engendrados por la desgracia en su pecho sin hiel, fueron á decorar como devota ofrenda el pecho vacío de la hermosa. Y allí abatieron sus alas trémulos y heridos, sin hallar un asequible rincón de piedad en la altiva muralla de carne, hecha mármol. Su alma de artista quedóse rendida y suspensa delante de aquella escultura viva y lozana, que le era prometida en amoroso brindis de traidor beleño. Y en su sed de vivir, sintió el poeta, nacido, como todos los poetas, para sufrir y amar, estremecerse las dos raíces de la vida: el deseo y la esperanza.

La esperanza y el deseo rutilaban, también, en las azules pupilas de María Ensalmo, en aquellas sosegadas pupilas que sabían mucho de lágrimas. Un tumulto de sensaciones nuevas movía inquietudes y afanes en el quieto remanso de su espíritu, y, acaso, lenta y sutil, una brisa de orgullo mecía el plantel de ilusiones de su juventud en flor. Crédula y soñadora, las alas de su fantasía se quemaron presto en el halo de superioridad y grandeza que la alta crónica mundana ponía en las sienes de Gracián. Fué con alegría infantil su dama predilecta en el íntimo veraneo de la quinta; fué después con secreta delicia, su enamorada, y al fin, con férvida rendición, su prometida esposa.

Quería Gracián llevar á término el noviazgo con las ardientes prisas de una recia pasión, y el marqués de Coronado, como tutor de la novia, intervino complaciente en las negociaciones matrimoniales, acortando caminos y diligencias.

Así quedó cautiva al primer vuelo aquella blanca paloma del hondo valle montañés. Y así, cuando ya las florestas agonizaban y los días serenos eran idos, florecían los azahares en la pura meditación de una frente, y unos horizontes risueños se abrían á las preguntas curiosas de una mirada.

XV

Corría el mes de Octubre. Flotaba el celaje bajo y ceñudo; las gaviotas, agoreras y tenaces, volaban en anchas curvas sobre las olas, y el estruendo de la marejada confundía su voz en los pinares con el duro ventar. Balanceábanse entre las nieblas de la bahía las sombras de los barcos, trágicas sombras en la tristeza enorme de los crepúsculos.

Allá, en la playa, los hoteles parecían dormidos, con los párpados de sus persianas caídos encima de puertas y balcones; las vistosas casetas de los baños, desmanteladas ya, se aselaban en lo alto, apretadas y tímidas, contra las garras de espuma con que la mar subía por la arena. De la festiva decoración de aquellos lugares de placer sólo quedaban algunas toscas cifras grabadas en los troncos de los pinos, huellas de amoríos fugaces; el esqueleto ingrato de algún ramaje triunfal, ó el trapo roto de alguna flámula, oscilando al viento en la desolación de los arcos desnudos. Las tardes breves se desmadejaban con aflicción en la montaña y en la costa, sobre jardines marchitos y viviendas cerradas; muertas las hojas, gris la marina, y amarillo el paisaje.

Unicamente la quinta de _Las Palmeras_ daba señales de vida en aquella otoñal decoración. Los de Coronado aguardaban el próximo enlace de María, para asistir al dichoso acontecimiento antes de regresar á Madrid.

Rezongaban las niñas y renegaban de los novios; pero Rafaelito, el dios de la casa, se había puesto al lado de sus padres en aquel deseo, menos acaso por cumplir un deber de familia que por asonantar su vozarrón con la risa musical de Luisa Ramírez.

El marqués, muy interesado en el Casino con algunas serias partidas de _baccarat_, no se impacientaba gran cosa en aquella desapacible espera. Y su satélite _Nenúfar_, habíase convertido, con el mayor desenfado, en huésped de la quinta, apenas su protector se lo indicó al cerrarse las fondas veraniegas. También Clara se prestó generosa á compartir con las de Coronado la cruel prolongación del veraneo, en aquella dura soledad de _Las Palmeras_, sin excursiones ni tertulias, desatadas sobre la marina ribera todas las tristezas del Norte.

Huídas con septiembre las últimas veladas del estío, ya las niñas no tenían para divertirse ni siquiera las genialidades de Pizarro, el primer fugitivo de la costa, ni los dichos un tanto grotescos de doña Manuela, ni aun los suspiros lastimosos de doña Cándida.

A poco de esconderse María en su hidalga casona del valle á preparar sus desposorios, fuése Gracián á la corte con igual propósito, en apariencia; y desfilaron también otros íntimos de los marqueses, entre ellos Teresita Vidal. Eva y Diego se recluyeron en la ciudad vecina para tejer á solas, sin testigos burlones, sus magníficos proyectos. Y la graciosa y bella Luisa Ramírez se dejó galantear en su casa por Rafaelito, con más regalo y holgura que en la quinta de _Las Palmeras_, donde se halló un poco descentrada y recelosa cuando se fué iniciando en algunas intimidades de aquella gente cuyo trato era nuevo para ella. El más rezagado veraneante de la temporada había sido Luis Galán. Cuando la última puerta hospitalaria se hubo cerrado, blanquearon los dientes del buen mozo entre los disciplinados rizos de su barba, en sonriente despedida, y las desenvueltas niñas de Coronado hicieron en presencia de su madre algunas cínicas manifestaciones de duelo...

Sucedía esto á la hora en que una tímida puesta de sol inflamaba el confín remoto del Cantábrico; y aquel fugitivo rubor del horizonte llegó á la quinta mundana como un rojo destello de ira, como una protesta silenciosa, que la pureza del mar y del cielo mandaban á la tierra miserable.

XVI

Ignorado quedó el motivo que retuvo á _Nenúfar_ cerca de sus ilustres amigos, en la destemplanza otoñal de la ribera. Pudo ser una condescendencia de gratitud hacia el marqués, una doble exigencia de amor, ó un acoso inclemente del hambre. Díjose por entonces que había perdido en Madrid la plaza que tenía en un periódico, y que ya no le quedaban de sus glorias literarias más que el blando pseudónimo de _Nenúfar_, la gardenia contrahecha, y un traje de verano, á grandes rayas, un poco desvaído de color, y á trozos algo «sonriente»...

Lo cierto era que el pobre _Nenúfar_ andaba escalofriado y macilento por los desiertos parajes de la playa y por las estancias de la quinta, soportando estoico y glacial las mordaces cuchufletas de Rafael mientras le tendía la mano importuna en demanda de un cigarrillo.

Cuando más triste era su semblante, más apiadada y crédula se le mostraba Rosa. Hábil y falaz, arriesgaba él promesas de matrimonio que ya la moza iba encontrando llanas y hacederas. Desenmascarado Simón Ruiz, se le aparecía como un infeliz señorito de capa caída, humilde plañidero de salones, que se ganaba la vida «sacando de su cabeza» historietas y coplas, lo mismo que otro jornalero saca piedras de la mina ó las machaca en el camino real. Ya los mozos de su clase le parecían á Rosa ignorantes y soeces, y adiestrándose en traducir el pintoresco lenguaje de _Nenúfar_, hallaba insípidos y groseros los requiebros de los menestrales que se peinaban para ella. Su altanera cabecita urdió una quimera sensacional, y vióse emparejada con el poeta por la vida adelante, vestida de señorita estrafalaria, al estilo de su esposo, con guantes y sombrero, con entrada libre en las casas distinguidas, y con práctica donosa en el uso de raras y sonoras frases.

Admitido, al fin, el programa de boda, acordaron ambos realizarle en la próxima primavera, y, entre tanto, la prometida esposa exigió que su futuro dejase de obsequiar á la señorita Clara, con quien no quería ella compartir ni una sola mirada del poeta. A todo accedió él, muy rendido y complaciente; pero aconsejando á la niña un cuidadoso disimulo de aquellos planes, para que nadie en la quinta impidiese las furtivas entrevistas de los novios.

Embaída Rosita la bella, y astuto el cesante literato, buscábanse al anochecer bajo el mustio dosel de los pinares, desafiando con denuedo los gélidos rafagazos del vendabal. Estaba ella rebosando de orgullo como «novia formal» del señorito, y _Nenúfar_ ventilaba su mal humor con el aire mimoso de las palabras de Rosita.

--Háblame «en francés»... ó en lo que sea... ¡anda!--díjole, en una cita la muchacha, al truhán de su novio--Háblame en esa moda que dices se estila ahora en libros y en papeles...

--Impoluta y viripotente Rosita--contestó _Nenúfar_ con mucha seriedad--¡cuántome gustas!... ¡qué olímpico espectáculo me ofrendas en este lugar soledoso!...

--_Oso..._--repitió el eco en la concavidad de una peña vecina.

--Afinojado á tus pies en el lindor de la boscuria, yo olvidaría del mundo los aferes...

--_Eres_--resonó en la roca, apenas el galán se dió un respiro.

--Embeleñado con el monorítmico...

--_Mico_--dijo al punto el sonoro espacio.

Soltó Rosita los cascabeles de una jovial carcajada, y con sabia simplicidad objetó:

--El eco se está burlando de ti... Primero te llamó _oso_, bien clarito; y ahora, con mucha gracia, te ha espetado: _eres... mico..._

Quedóse la muchacha contemplando al tenorio, algo corrido por la singular bromita, y su agudeza de observación le sugirió rápidamente la idea de que, en efecto, _Nenúfar_ era un mico... Esmirriado, melenudo, vestido con vergonzante ridiculez... ¡era un mico!...

Pero la vena romántica de la muchacha lanzó á escape su cálido chorro de fantasía sobre la desnuda realidad, y con fervor de ilusa corrigió la inconsciente meditación, diciéndose: ¡qué ha de ser un mico... es un «poeta modernista»!...

Y aun temblaba en el aire la libre locura de su risa burlona cuando, tornando á su embeleso sentimental, susurró:

--De todo lo que hablaste, sólo entendí: _me gustas mucho..._

Tendió él la mano avara hacia la niña; pero ella, por instintiva delicadeza, tomaba muy en serio su papel de «novia para casarse» y esquivaba los atrevimientos del mozo, pensando con desdén que tales libertades eran para consentidas por una doña Clara, canija y fea, sin pudor ni esperanzas..., no por ella, la gentil Rosa, codicia de cien futuros maridos...

Vencedora y ufana, sin dejarse alcanzar, le fué diciendo:

--Se hace de noche, cuéntame pronto aquello que empezaste...

Muchas cosas le hubiera contado _Nenúfar_ en regalada intimidad, al encubridor amparo de los pinos, pero estaba seguro de que era imposible hacer entrar en su vereda de lobo á aquella cordera montesina. Chasqueado el muy pícaro, pensó ganar en la partida lo que buenamente cayera, y así, otra tarde, en el mismo lugar, le dijo á Rosa con grave continente:

--Vuelvo á la corte... Al despedirme de ti, preciosa, quiero jurarte que vivirás siempre en mi pensamiento.

--_Miento_--replicó implacable la irónica resonancia.

Azoróse Rosita, algo miedosa, y el embaucador empezó á hablar callandito, enojado con el eco.

--En mi pensamiento vivirás como reina absoluta, hasta que vuelva á buscarte con los papeles en la mano...

--¿Pero de veras te vas?

--Sí; parten ya los marqueses para la boda de su sobrina, y yo no puedo quedarme sin llamar la atención... Y lo peor es, que temo no recibir mañana el dinero que necesito para llegar á Madrid...

Hablaba _Nenúfar_ «en castellano», reposadamente, y miraba á Rosita con ansiedad.

--¿Y quién te manda ese dinero?

Tras una breve vacilación se hizo traviesa y divertida la expresión de _Nenúfar_, para responder:

--Pues... no sé si tú le habrás oído nombrar... un señor de muchas campanillas, un tal Don Homero... que hace versos conmigo...

--¿Don Homero?... No... no caigo... ¡Si fuera Don Honorio!... A ese le conozco mucho porque va á mi pueblo todos los veranos...

Recreándose en la credulidad de la muchacha, muy risueño, _Nenúfar_ dijo al punto:

--Este no ha ido nunca á tu pueblo... me parece... Es un señor muy distraído... _Aliquando dormitat..._ y si no se acuerda de mandarme á tiempo esos cuartos, voy á pasar mañana un sofocón...

--Yo tengo cinco duros... si fueran bastantes...

Pronto y alegre respondió el bohemio:

--Sí, con cinco duros ya me puedo arreglar... En cuanto llegue á Madrid se los cobro á mi socio, y te los remito...

Con la satisfacción del triunfo había levantado la voz el galancete, y la costanera roca se apresuró á repetir:

--_Mito..._

Quedó el eco prendido en el espacio como una advertencia ó como un reproche; pero Rosita no pudo recoger el extraño aviso, ignorando que «mito» fuése una palabra expresiva y útil, acaso sentenciada en los aires para ella.

Y _Nenúfar_ no estaba para reparar en coincidencias acústicas, gozoso de no sacar vacías sus aprovechadas manos, en aquella singular aventura veraniega.

XVII

Junto á la verja blasonada, el automóvil de los marqueses, un doble faetón magnífico, estaba dispuesto. Ocupáronle las señoras mientras el marqués montaba en el Panhard de su hijo, que esperaba también.

Partían camino del valle hermoso y triste donde María Ensalmo levantaba el altar de sus bodas. Iban las damas alegres porque muy pronto regresarían á su amado Madrid; parecía que la marquesa había envejecido un poco; mas la albura sutilísima del velo que nimbaba su semblante y la volubilidad graciosa de su palabra, dábanle en aquel momento una traza juvenil y placentera.

López, el incansable amigo provinciano, última visita de _Las Palmeras_, había acudido á despedir á los viajeros, y contempló á la marquesa con tan intenso arrobo, que hasta sus tercas muletillas le temblaron cobardes en los labios.

Loqueaban Isabel y Benigna embromando á Rafaelito, que estaba callado y mustio, y Clara Infante, un poco distraída, miraba con obstinación hacia el recodo lejano del jardín.

Por aquel lado apareció Rosita la doncella portadora de un ramillete de pálidas flores otoñales. Ella también partía aquella tarde para su aldea, á esperar en vano al andante caballero de sus quimeras. La preciosa carita de la muchacha estaba algo llorosa; bien temprano aquel día pagó la inocente cinco duros, casi todo su capital, por una burbuja de ilusión. Camino de Madrid iba _Nenúfar_ en un coche de tercera, dispuesto á sumergirse de nuevo en la oscuridad, hasta que una ventada de la suerte le trajese otra vez á los salones para escribir melosas crónicas y recitar versos.

Ofreció Rosita las últimas flores del jardín á la marquesa y á sus hijas, sin reservar ninguna para Clara.

Desde el lujoso tren, la señorita se inclinó hacia la moza, y le pagó el desaire con estas palabras crueles:

--Espérale sentada... ¡idiota!... ¡ya estás fresca!...

Vivamente, replicó Rosita á media voz:

--Vaya usted corriendo á ver si le alcanza... _que yo no le he dado más que cinco duros..._

Partió rápido el automóvil como si al conjuro de aquella réplica mordiente volase en pos de algo muy precioso y difícil de rescatar, perdido, tal vez bajo las hojas que en la arbolada ribera tejieron al amor dulces doseles, hojas agostadas ya como un despojo de muertas alegrías...

Quedaron solos, frente á frente, Rosita y López, á la par de la verja.

Dentro de la quinta preparaba el viaje á Madrid la servidumbre, precediendo á los señores, y las puertas se plegaban con estrépito en la muda quietud de las fachadas.

Por decir algo, acertó López á decir:

--Perfectamente...

Y bajo la densa brumazón del horizonte, flotaron, como un comentario maligno y sentimental, una sonrisa y un suspiro de Rosita la bella...

LIBRO SEGUNDO

CAMINOS DE DOLOR

I

--¡Qué guapa eres!--le decía el niño levantando hacia ella el pálido semblante--¿Por qué yo, madre, no tengo como tú la cara de color de rosa?... Cuando vamos por la calle todos te miran y te echan flores... ¡Eres tan linda..., tan alta..., tan fuerte!...

Y en la vocecilla apasionada del pequeño tembló con las últimas palabras una inconfesa ambición de fortaleza y poderío..., el oculto dolor de su debilidad enfermiza y achacosa.

No advirtió Eva que un acento apesarado lloraba secreto en las ponderativas frases de aquella infantil devoción.

Aceptó el homenaje de su hijo con sonrisa enigmática y, sin contestar á la pregunta triste, murmuró:

--Sí..., muy linda..., muy fuerte... ¡y muy elegante!... Hace un año que llevo puesto el mismo vestido...

Y rió con acritud, bajo una torva mirada que recorrió la estancia, posándose con hostilidad en el humilde mobiliario.

--Ya lo sé--dijo el niño con precoz razonamiento--, es que papá gana muy poco y somos pobres... Pero no te pongas triste, que si yo crezco ganaré mucho más que mi padre y te compraré muchos vestidos y muebles y adornos... Ya verás..., si yo me pongo bueno..., si me hago un hombre...

Y quebróse la voz prometedora en un silencio pensativo, como el compás de espera de una música doliente.

A los lados de la carita, bella y lánguida, los rizos nazarenos cayeron sobre los hombros débiles del niño, con una ondulación sombría, que hizo más intensa y lamentable la blancura anémica del rostro.

En los profundos ojos de Tristán, africanos y hermosos como los de su madre, brillaba una extraña ansiedad, mezcla de altivez y de miedo.

Atenta la señora á sus íntimas preocupaciones, tocada en el corazón por otros cuidados, no reparó en la macilenta expresión de la criatura ni se dolió de aquella traza lamentable más que para decir:

--Te pondrías bueno si fueras los veranos á una playa..., si tomaras los costosos reconstituyentes que te mandan los médicos..., si tuvieras regalo y diversiones como otros niños delicados... Así..., con la vida de mendigos que estamos haciendo..., te morirás...

--¿Que me moriré, dices?--clamó el niño--¿Es de veras, madre?... ¿Dices de veras que me voy á morir?... ¿cuándo?... ¿pronto?... Tengo miedo, mamá; mucho miedo..., mucho frío..., no quiero, no quiero morirme...

Y se refugió, loco de terror, en el regazo de su madre.

Dulcificóse en ella la fiera sonrisa y se amansó el acento indómito, al recibir al niño sobre su corazón.

Acariciándole, con blanda voz sumisa, le calmaba:

--No te asustes, hijo; lo he dicho... por decir... Tú sanarás... serás alto y fuerte como yo... ganarás mucho dinero, y entonces viviremos juntos y solos... seremos felices...

--¿Y papá?

--«Ese»--pronunció Eva con lenta voz cortante y helada--tiene bastante compañía con sus coplas... le dejaremos en paz con la poesía...

--¿Y no le daremos nada de nuestra riqueza?

--No le hace falta, tonto... Para soñar y llorar y componer poemas, con _una mesa de pintado pino_ ya es feliz tu padre... Nada le debemos; mira lo que él nos da... ya ves cómo nos abandona... Vivimos años hace en este horrible piso interior, sin sol y casi sin aire... yo no tengo ropa decente que vestirme... tú no tienes remedios eficaces para tu enfermedad... comemos mal... pasamos una vida miserable y odiosa...

Apenado el niño por aquel relato acusador, que ya de otras veces conocía, preguntó impaciente:

--¿Y por qué á mi padre le gusta soñar y llorar?... ¿Lo sabes tú?... ¿Estará también enfermo como yo, ó es que no quiere trabajar?

En vibrante discurso, que el niño era incapaz de comprender, la dama, enardecida en sus querellas, fué diciendo:

--¿Trabajar?... no sabe... no quiere... está fuera de este mundo... padece «el mal sagrado de los poetas», el estúpido «mal de Leopardi» y otros locos por el estilo... una enfermedad muy cómoda, sin duda, pero que debía estar penada por las leyes... por lo menos en los hombres casados... porque mientras ellos plañen y suspiran, y en traza de orates escrutan los misterios humanos y divinos, su casa se empobrece y su familia arrastra una existencia vergonzosa...

Hablaba Eva con furia mal contenida, con despecho mordiente, y sus magníficos ojos radiaban soberbios bajo un liviano cristal de lágrimas.

Iba entrando la noche despacito por la estancia; avanzaba sigilosa por los rincones, y prendía su manto invisible encima de los muebles y los muros.

Miraba Tristán muy pensativo cómo las impalpables tinieblas iban creciendo en torno.

Ya sólo á la vera del balcón se tendía, moribundo y cobarde, un retazo de claridad.

Levantó el niño la meditación de sus ojos sobre los vidrios descubiertos, y detuvo la tímida ansiedad de su mirada en un pedacito de cielo hermoso que aparecíase clemente, al borde de un tejado vecino.

También Eva, en inconsciente persecución de la luz, había vuelto su rostro enojado hacia la azul maravilla...

Todo el cuarto quedó en la sombra, y el niño se había dormido, escalofriado y suspirante, en los maternales brazos.

Alzóse Eva del sofá con la carga leve y penosa del hijo enfermo, y le acostó con cuidado en la cama, abrigándole solícita.

Inclinada sobre él, quiso observarle, un poco alarmada por el creciente abatimiento de la criatura, y por el febril sopor que le postraba, cada tarde atormentado y quejoso.

Era la oscuridad casi completa, y la madre sólo vió, bajo el manto sin pliegues de la sombra, blanquear la menuda carita como un exvoto de cera, yacente en un altar negro.

Apartóse de la cama con movimiento brusco y otra vez se dejó caer en el sofá, colérica y agitada. De nuevo su alterado rostro volvióse hacia el jirón celeste que se asomaba en lo alto de la vidriera.

Suspendido sobre la negrura del gabinete, el pedacito azul de la excelsa mentira, daba al silencioso cuadro una nota de luz y de alegría, tan lejana, tan pequeña, de tan desgarrador contraste, que Eva no pudo sustraerse al influjo de aquella intensa impresión, y rebelde al dolor sombrío de su pobre estancia, clavó con reto audaz sus endrinos ojos en la remota promesa celestial. Largo rato, con brava expresión, estuvo desafiando á la divina esperanza del horizonte. De pronto se levantó, brutal y amenazadora, y cerró con un golpe violento las maderas del balcón. A tientas volvió al sofá, hundióse en él desesperada, y rompió á llorar ruidosamente... Sentíase impotente contra la infinita tristeza que de aquel imposible azul descendía sobre su vida oscura.

II

Giró la puerta con precaución, y se encendió en el gabinete un globo de luz roja y tímida.

Demudado y ansioso, Diego preguntó en el dintel:

--¿Por qué lloras así?..., ¿qué sucede?, ¿está el niño peor?

Alzóse Eva altiva entre sus gemidos, y tras la cortina de su llanto brilló fugitivo el gozo cruel de verse sorprendida en aquella desolación que justificase una escena borrascosa entre ella y su marido.

--Pasa lo de siempre--contestó en son de guerra--, que esta vida es intolerable y que el niño se morirá por tu culpa.

--¿Por mi culpa?--balbució Diego--, ¿tú sabes lo que dices, mujer? ¿Tanto me odias que pretendes infamarme con el más horrible de los delitos?

Hablaba sorda y amargamente, y se le fué acercando bajo la indecisa luz de la lámpara, como magnetizado por el abismo de los tenebrarios ojos que le acechaban.

Cada vez más erguida y arrogante, Eva repuso:

--No, si yo no te odio... Si lo que yo tengo de ti es lástima..., mucha lástima... Me pareces sencillamente ridículo con tu aire de doctrino y tus debilidades infantiles.

--¿Pero qué es lo que quieres?..., ¿qué exiges de mí?... ¿No hice cuanto pude por darte la felicidad?...

--Buena felicidad la tuya... Un amor desharrapado y miserable que sólo sabe suspirar..., un hogar mustio y frío, asilo de toda pobreza..., un espíritu temblón y cobarde, lleno de preocupaciones y timideces... Guarda tu felicidad y saboréala tú solo... Yo no la quiero.

Retrocedió el artista avergonzado y trémulo, como si aquellas frases descomedidas le abofeteasen el rostro... Con herido acento murmuraba:

--¡Ah criatura malvada y pequeña!..., ¡cómo sabes meter el puñal en el corazón y apretarle allí clavado!... ¿Por qué antes no te conocí como te conozco ahora?... Te amé como un insensato... Tus ironías, tus burlas, me desgarraban el alma dulcemente... Te entregué el tesoro de mi fe y de mi amor para que tú lo arrojes con desprecio...

--Injúriame, ya que no puedes disculparte--gimió ella indómita.

De nuevo el marido avanzó desesperado.

--¿Injuriarte yo?... Si digo la verdad... la triste y tremenda verdad... ¡Cómo te he querido, mujer!... ¡Todavía te quiero!... ¡Si tú supieras lo que sufro... lo que sufro por ti!...

--Yo no tengo ventaja ninguna con tus sufrimientos sentimentales, inútiles... lo que quiero es no sufrir yo...