Despertar Para Morir (Novela)

Part 3

Chapter 33,817 wordsPublic domain

Aprovechando en aquellas gratas reuniones el conato de un silencio, la sonora voz de Gracián comenzaba con hábil estrategia un curioso relato; agrupábanse los señores complacidos en torno al orador, y al compás de un acento que repetía: «convenido... convenido...» las frentes varoniles se inclinaban en señal de aprobación; todas las atenciones quedaban sumisas al poderoso farsante, y todas las damas soñaban con ser la favorita de aquel galante taumaturgo...

X

Al fin, una noche presentó el marqués en _Las Palmeras_ á Diego Villamor. Era el poeta un muchacho de aspecto simpático, de facciones finas y aniñadas, el pelo rubio, los ojos zarcos, la boca sonriente, mediana la estatura, tímida la expresión. Había en su figura cierta nativa elegancia; pero el busto algo encorvado y la mirada indecisa dábanle un aire de prematura vejez, de cansancio ó de tristeza.

Al penetrar en el salón una picante brisa de curiosidad agitó las ligeras cabecitas de las niñas veraneantes. Clara fué la única que le miró con ceño; las demás le brindaron protectoras sonrisas y placentera conversación.

Diego no se mostró muy comunicativo, y el lisonjero recibimiento que se le hacía pareció acrecentar su natural timidez y envolverle en un amago de inquietante torpeza. Con graciosa amabilidad salió la marquesa al encuentro de aquel malestar embarazoso, y tomando gentilmente el brazo del poeta, fuése á iniciarle en la amistad de las muchachas, contándole, con llaneza señoril, las menudas intrigas y bagatelas de aquel salón de verano.

La insinuante benevolencia de la dama no logró disipar la turbación del artista, y sólo cuando entre los grupos bullangueros columbró la delicada figura de María, sintióse Diego acompañado en la tertulia y guiado hacia un rostro amigo.

Juntos compartieron ambos jóvenes en el mismo valle natal las plácidas intimidades de la infancia, y, más tarde, al abrigo de una amistad serena, Diego le había regalado á María muchos ramos de rosas en las lindes del huerto, muchas rimas sinceras, improvisadas con ese arte primicial y balbuciente de la adolescencia, inculto y bravo perfume del corazón. Fué María su primera musa, la reveladora de sus primeras emociones, un delicado ensueño hecho carne y belleza de mujer. Ella había sonreído siempre sin coquetería ni complicidad al embeleso encendido en los ojos miopes del poeta; y ahora, en el ambiente frívolo de aquella sala abierta al mundo, también le sonrió, ingenua y bondadosa, como en los solitarios caminos de la aldea.

Logró Diego sentarse á su lado y ofrecerle, un poco anhelante, la rosa pequeña y linda que llevaba en el ojal.

--No es tan bonita como las de nuestro valle, ¿te acuerdas?--le dijo.

--Sí... allá arriba tú me las buscabas muy hermosas--respondió levemente la muchacha.

Pero en vano Diego perseguía los celestes ojos absortos en la rosa. La niña blanca, de casta belleza, la musa de los lejanos senderos, alzó sobre la florecilla sus pupilas acariciadoras para dejarlas caer sin cautela en la sugestión de otras audaces. Siguiendo el camino de aquella mirada, comprendió el poeta que á su amiga la estaba Gracián enamorando.

Y se sintió otra vez solo en la tertulia, extraño y triste en aquella sociedad ligera...

También Eva se hallaba sola en aquel instante. Con frecuencia, al lado suyo hacíase un vacío desdeñoso por parte de las muchachas, que no acababan de perdonarle su hermosura, ni el orgullo con que la ostentaba. María en aquellas ocasiones acudía bondadosa cerca de la bella desairada, sin que Eva mostrase agradecer semejante favor, ni ofenderse con las otras crueles displicencias. Bajo el escudo de su recia altivez sonreía como una esfinge; atenta sólo á sus planes de conquista, contemplaba en silencio el «campo de batalla», como un experto general, y era precisamente María el blanco de sus temores. Delante de la niña rubia, desplegaba Luis Galán sus más necias y petulantes sonrisas; quemaba _Nenúfar_ el incienso de sus conceptuosos madrigales; modulaba su harmoniosa voz el «superhombre», y hasta la voz ronca del marquesito, al resonar junto á María, se apagaba dulcemente, como el suspiro de un violoncello.

Eva, despechada, conteníase á duras penas...; ¿iban á ser también para la «niña romántica» los obsequios de Villamor?...

Sin duda le nacieron inquietas alas á esta pregunta insidiosa, porque voló á lo largo del salón, posándose en los oídos de las señoritas veraneantes, y la alarma de esta sospecha llegó hasta la dueña de la casa que había puesto los ojos en Diego con la secreta intención de fraguar un desquite...

Por cierto que los ardientes ojos de la marquesa parecía que habían llorado...

Rosa, la doncellita gentil, le contó á _Nenúfar_ aquella tarde que el señorito Gracián había discutido acaloradamente con la señora marquesa en un escondido rincón del parque...

XI

--Sé que es usted un gran poeta... y un hombre excesivamente modesto--decía Gracián, clavando sus ojos de águila en los tímidos ojos de Villamor.

Bajo la cruda sugestión de aquella mirada vaciló el poeta, respondiendo con voz insegura:

--Muchas gracias..., usted me favorece demasiado.

Sonrió Gracián, un poco burlón, y repuso con aire entre protector y desdeñoso:

--La modestia excesiva, la timidez, es cómo una niebla del talento. _Audaces fortuna juvat._ Los hombres, amigo mío, para cumplir una elevada misión, necesitamos hacernos duros y valerosos. No basta con tener talento, se necesita fuerza para imponerle. Todo gran pensamiento es agresivo, cortante, eficaz como una espada...

--¿Es usted poeta?--murmuró Diego, embelesado por las palabras sonoras de Gracián.

--Sí..., algo poeta..., pero un poeta de acción... Yo no hago poesía..., la vivo. Los viajes, los negocios, las realidades, son mis poemas... ¿Qué mejor estrofa que un pensamiento dominador que en un instante se hace dueño del mundo? Aborrezco la vida sedentaria, y le confieso á usted que no admiro esa poesía del surco, ocioso canto de cigarras en la pereza del verano... Ya que tiene usted talento y es poeta de verdad, abandone el rincón de su provincia, láncese al mundo, suelte esa timidez un tanto rústica de su persona y... algún día me dará las gracias por el consejo. Es usted muy joven..., según parece. Vaya usted por de pronto á Madrid, escriba para la Prensa y los teatros, busque usted el gran público, la popularidad, los halagos de la fortuna, las grandes emociones de la vida, el dinero y la gloria. Roto el hielo, consagrado el nombre, todo lo demás le será dado por añadidura.

La tertulia del marqués hallábase pendiente de los labios de Gracián. Aquella voz limpia y armoniosa, aquel tono de energía y suficiencia, capaces de vestir con brillantes galas los conceptos más falsos y vacíos, producían un efecto seguro en el frívolo auditorio. Estaba el marqués radiante; triste y conmovida la marquesa; entusiasmadas las niñas y hecho un puro caramelo el optimista López. María callaba pensativa; á su lado Eva ponía una sonrisa en el duro semblante, y Pizarro, el eterno disidente, repetía en un rincón:

--Palabras... palabras... palabras...

--Yo no sirvo para la lucha--decía Diego con ingenua sencillez--, mi mundo acaba tras de las tapias de mi huerto. No me seducen otras glorias... El amor y la poesía se reducen á un nido... ¿Por qué buscar tan lejos lo que está dentro del corazón?

Las humildes frases del poeta causaron una emoción extraña. Decíalas con voz fina y temblorosa; los ojos miopes brillaban con ardiente luz.

Gracián, un poco sorprendido, refutó victoriosamente las razones del vate, volcando sobre el trémulo mozo un aluvión de frases elocuentes, y mortificándole de paso con algunas ironías poco piadosas. Diego intentó responderle; mas la sugestión de aquellos ojos, clavados en él con fuerza, cortóle las alas del discurso, y calló al fin, balbuciendo torpes y débiles disculpas, azorado al descubrir en los rostros femeninos ciertas sonrisas mal disimuladas. Huyó á esconder su derrota en un rincón de la sala, donde fué acogido cordialmente por el gruñón de Pizarro.

El _superhombre_, luego de haber «inutilizado» á Villamor, según frase de Clarita Infante, paseó con regalo sus finezas conquistadoras por todas las damas de la tertulia, y decidióse por fin, con seriedad extraña, á enamorar á María.

Con sus saltitos de pájaro y sus atrevidas intromisiones, Teresita Vidal descubrió el galanteo. Unos comentarios maliciosos volaron como dardos por la estancia cuando el descubrimiento «se hizo público», y sólo Luisa Ramírez tuvo para esta noticia sensacional un franco gesto de indiferencia que rodó en las murmuraciones como rara nota de bondad.

Pero en estos rumores sibilantes, levantados á la sombra de habituales sonrisas, no había tanto despecho ni tanto furor como en el maligno silencio con que Eva acogió la certidumbre de que Gracián se constituía en pretendiente «oficial» de María Ensalmo.

Durante algunos días acarició Eva la esperanza de aquella singular conquista; en el _flirteo_ galante de Gracián hubo para ella halagos y promesas, y atizada su vanidad, fomentada su ambición, vióse vencida de improviso por la mansa hermosura de aquella niña contemplativa y dulce.

Altanera y rabiosa--es porque tiene dote--había pensado.

La amargura del desengaño irreparable cinceló en su cara morena una mueca despreciativa, y fué un vaso henchido de cólera su corazón, mucho más combatido por los celos que el de la abandonada marquesa de Coronado...

En aquella tormenta de sus ilusiones, apremiada por los años y la vergonzante pobreza, Eva Guerrero miró frente á frente á Diego Villamor, aprovechando aquel instante en que el poeta, fácilmente vencido por Gracián, se sintió forastero y desorientado en la velada de _Las Palmeras_, sin más apoyo que la adusta cordialidad de Pizarro.

No era Diego un extraño para Eva; vecinos de la misma ciudad, conocíanse todo lo que el retraimiento del artista lo había consentido. Admirábala él siempre por hermosa; ella no le había prestado nunca gran atención por considerarle pobre, pero últimamente el nombre de Villamor había corrido por España con entusiasta elogio, y el triunfo de su reciente novela le abría dilatados horizontes. Se le auguraba un puesto eminente en el mundo literario, y esto ya no era grano de anís.

En aquella misma sala había dicho doña Manuela, con sobrada razón, que Diego era «un buen partido», y haciendo Eva un rápido recuento de los méritos del mozo en sus aptitudes «para ganar dinero», vióle poderoso y encumbrado en plazo breve, «figurando» en Madrid como un personaje, en salones, ateneos y academias, rota al fin la corteza de aquel pícaro carácter tímido y bonachón...

Muy armada con todo el poder de sus hechizos, fuése Eva Guerrero hasta el rincón del poeta; le desafió «á lucha brava y singular» tendiéndole traidoramente el lazo y asegurándole primero con palabritas de miel. Sitióle al fin, con formidable asedio, disimulando entre gorjas y burlas incitantes, y Diego, maravillado, engañado, seducido, rindió sin gran defensa su alma exquisita, su noble alma, soñadora de huertos y de nidos...

XII

Ya Gracián era novio de María. Las veraneantes en estado de merecer, dejando como cosa fatal aquellos graves casos de pasión, dedicáronse á otros menudos enredos, y consiguieron poner ceñuda y triste á la burlona Clara Infante, asegurándole que tenía una rival, y que _Nenúfar_ le era infiel en la misma quinta de _Las Palmeras_.

Teresita empezaba á divertirse un poco viendo errar sin destino la nítida sonrisa de Galán, y observando en Rafaelito síntomas alarmantes de locura amorosa.

Y cuando los dúos de las incautas parejas eran celebrados en el salón con ingeniosas travesuras, de aquel rincón del parque donde la marquesa y Gracián habían discutido airadamente, entró en la sala un viento de escándalo que impulsó á Benigna hacia su madre, para decirle, inverecunda y perversa:

--¿No habías tú pensado en Luis Galán... para un caso... como éste?

Miró á su hija la dama, sin pestañear siquiera, durante un largo minuto, y volviendo á otro lado la cabeza con aquel aire de altiva dignidad que le era propio, hallóse con el inofensivo semblante de López, que maquinalmente silabeaba:

--Convenido... perfectamente...

Y en el hueco de una ventana doña Cándida, adormecida y lastimosa, balbucía:

--¡Ay... Dios mío!...

* * * * *

En aquella mísera cárcel de su pecho tenía Rafaelito Coronado un compasivo corazón. A ratos sentía el mozo, por allá dentro, ciertos barruntos de hidalguía y hasta un poco de romanticismo sentimental.

Poseído de una de estas crisis interiores, halló á su prima sentada en la terraza y en propicia soledad. Se puso horriblemente feo para sonreirla, y acariciando con manso mirar la fresca hermosura de la niña blanca y dulce, estremecióla con su voz tonante.

--Maruja preciosa; díme si es cierto, de toda certeza, que tú seas novia de Gracián...

Ruborizada y sorprendida, quedóse María en silencio, con los divinos ojos un poco acobardados.

--Es cierto... por desgracia--tronó entonces el bronco acento.

--¿Por desgracia?--interrogó la niña, alzando vivamente la cabeza.

Aplació Rafael su voz todo lo posible, y tomando con fraternal confianza la breve mano de su prima, casi al oído, le rogó.

--Marujilla... eres buena... eres inocente... No te cases con Gracián... Desconfía de él... y de «ellas»... y de todos en esta casa, menos de doña Cándida y de mí...

Y apenas dicho esto, giró sobre sus pies deformes y desapareció en el vestíbulo.

Vióle á poco María en el jardín, como si buscara ó soñara alguna cosa... Arrancaba las flores, las mordía, las estrujaba y las iba sembrando muertas por los caminos.

Le miraba la niña, suspensa, con un vago terror, y sólo cuando le vió hundirse en el misterio del parque, suspiró aliviada, como si despertase de una lúgubre pesadilla.

Acodóse en el mármol de la recia balaustrada, y sus pupilas curiosas temblaron debajo del cielo y encima del mar, con una interrogante expresión llena de ansiedad inefable. Pero ni los cielos ni las aguas respondieron á la callada consulta.

La vasta llanura del Cantábrico era toda una mancha azul, cuajada de sol. Gozaba el mar de esas horas de reposo y de hermosura en que parece que está escuchando una inmortal querella. Su inmovilidad expectante y magnífica quebrábase en la orilla levemente, con blando embatir de olas y espumas que sonaban á rezo. Mar y cielo se besaban en el horizonte, con la majestad suprema de dos amantes inmensos que celebrasen paces y bodas delante de Dios...

Absorta en la grandeza del espectáculo, sintió María estremecerse su corazón en aquel beso colosal de aguas y nubes; volaba su fantasía con descansados giros de gaviota por la inmensidad azul, pero una voz grave y augural repetía en lo hondo de la conciencia «¡desconfía de él!»

--¿Por qué?, ¿por qué recelar siempre?--preguntábase la niña enamorada--¿Es acaso la vida una emboscada perpetua? ¿Es el amor tan ciego que ni valerse de las alas sabe? ¿Por qué temer cuando la tierra luce un espléndido traje de gala, y se está la mar dormida en excelsa quietud y tiene el cielo tan noble mansedumbre?...

--¿Por qué sufrir, Dios mío--suspiraba María--cuando la vida es una mañana de sol, y el alma una dulce llama de amores?

Pero la temerosa voz agorera no acallaba sus crueles profecías, y en las azules contemplaciones de la muchacha quedó flotando, trágica y amorfa, la negrura de un presentimiento fatal...

Debajo de la terraza se rebullían unas faldas y unos cuchicheos. Las hijas del marqués salían á la sazón con Clara y Teresa hacia el balneario.

Iban las cuatro vestidas en liviana desnudez, con unos trajes transparentes, muy bonitos y escandalosos.

Charlaban y reían, bajando por la escalinata, cuando Rosa las encontró, viniendo del jardín con una opulenta carga de flores para adornar los aposentos. Detuvo Clara á la doncella con desgarrado impulso y preguntóle, llena de cólera:

--Díme tú... muchachuela... ¿de veras te has figurado que los caballeros que vienen á esta casa te cortejan á ti?

Al oir tal, quedó la chica inmóvil y absorta, gentilmente abrazada á sus hermanas las flores. Después, un poco encendido el semblante y algo quebrada la voz, replicó altanera:

--El que viene á esta casa á cortejarme no es un caballero... es... Simón Ruiz.

Tornóse de cera el rostro de Clarita; pugnó iracunda por desatar su lengua dicaz, paralizada por el despecho, cuando sus amigas se la llevaron jardín afuera, ordenando á la moza, con fingida severidad, que callara y siguiera su camino.

Obedeció ella sin replicar, mas pisando, al subir, con valentía, los finos escalones. Agitada y trémula de celos y de orgullo, fué dejando caer, en su descuido, algunos de los ramos preciosos que llevaba. Y así, en la escalinata de honor de _Las Palmeras_, testigo de aquella escena bochornosa, quedó triunfante con un rastro de flores, en plena gloria de sol, la huella donosa de Rosita...

XIII

Al caer la noche sobre la costa, los contertulios de la quinta salían al jardín y se iban disgregando en galantes parejas, bajo el quieto dosel de los árboles.

Pálida la luna en un cielo de tersa limpidez, asomábase por los claros de la fronda, poniendo su gentil resplandor en los misteriosos andenes.

Había un perfil desasosegado en las sombras enlazadas bajo la fantástica luz; un perfil rebelde, que tan pronto parecía el de un sólo cuerpo que dulcemente ambulase en la paz de la senda, como partido en dos airadas figuras, simulaba un grupo combatiente y furioso, desesperándose en la calma enervante de la noche.

Eran _Nenúfar_ y Clara, que agriamente reñían, paseando por el jardín. Decíanse agravios y quejas, discutían con mal recatado enojo; mas luego, un rayo indiscreto de la luna los dibujaba en el césped, inmóviles, y amistados en lagotera plática...

Por la alameda central, á toda luz, discurrían lentamente María y Gracián, coloquiando en traza de novios, más atentos al rumor de sus palabras que á la tranquila belleza de la noche.

Cerca de ellos, Diego y Eva, sentados en rústico sofá, se decían amores quedamente, con apasionada unción.

Y en otra arbolada calle, un poco más sombría, la risa de plata de Luisa Ramírez hacía contrapunto al vozarrón de Rafael.

Las señoritas de la casa acompañaban á los demás amigos, y, al través de los grupos pintorescos, Pizarro protestaba del calor, de la luna y de los novios, mientras que á López le parecía todo de perlas.

Hojas, flores y brisas, refrigeradas por el aliento bienhechor de la noche, escuchaban curiosas las carcajadas y los diálogos de aquellos felices huelguistas de la playa... También con las brisas y las flores, Rosita la doncella andaba escuchando entre los árboles...

Sonaron lánguidamente las cuerdas de un piano. Por las ventanas abiertas del salón cayeron á la sombra del parque unas divinas notas de cristal. La silueta romántica de Schumann paseó un momento por el jardín umbroso, cantando con delicada voz sus _Lágrimas secretas_, sus _Noches de angustia_...

Era, sin duda, una mano de mujer, nerviosa y sentimental, la que pulsaba las teclas del piano.

Al escuchar aquellas notas alzóse Diego Villamor del escaño rústico, mirando con sorpresa hacia las ventanas de la quinta, que proyectaban en la sombra del parque la viva luz de los salones. De repente la voz de Schumann se apagó en un sollozo, y tras la pausa de un amplio silencio musical vibraron los acordes del _Claro de luna_, el triste _adagio_ de la sonata de Beethoven. Las graves y profundas armonías causaron al poeta una impresión conmovedora. Sacudióle aquella ráfaga como un latigazo inclemente recibido al desnudo en pleno corazón; todo el dolor y la tristeza de la vida lloraban en aquel _adagio_ como un _de profundis_ cantado á orillas de un lecho nupcial, á la luz piadosa de la noche...

Notando Eva la emoción de Diego, echóse á reir alborozada, burlándose del poeta con aceradas frases...

La vertiginosa rueda de sensaciones, que en vorágine silenciosa giraba en la arboleda, tuvo entonces un extraño engranaje de pensamientos, y también María sintió, alarmada, que un tremante acento de dolor se acordaba á los sones del piano con las cálidas ternezas de Gracián.

Una superstición callada y penosa dolió en dos corazones al mismo tiempo con lancinante acometida.

La marquesa, en tanto, sentada en el salón ante la clave, desgranaba las notas dulcemente y Galán, muy rendido á su lado, volvía con lentitud las hojas de la partitura, luciendo una sonrisa intensa y blanca, como la del teclado marfileño sumiso á los hábiles dedos de la señora.

XIV

Arreciaba el calor; todo el oro solar caído en cálidos torrentes durante el día caldeaba la arena de la playa y tostaba la densa copa de los pinares. En la costa bravía, y en los gayos jardines ribereños, yacían las flores con desmayo estival, desabrochados los hondos cálices, entregadas á la caricia ardiente de la luz.

Descendía la tarde sobre el Cantábrico con exquisita diafanidad; llegada era, sin duda, la solemne hora que inspiró al poeta los alados versos:

«Harto acaso de vidas serenóse ya el mar, las costas callan; cansadas ó dormidas sus turbulentas olas no batallan.

Y si la playa suena, si mueve el agua espumas y rumores, su voz sobre la arena no amaga muertes, que suspira amores»...

El salón de los marqueses abrió sus puertas de par en par sobre el parque frondoso, y la familia, con sus habituales amigos, buscaba en animados grupos la regalada sombra del boscaje.

En el palique de aquella gente ociosa y novelera, pasto de toda malsana curiosidad, eran tema favorito las bodas de Eva y de María. Juzgadas tales bodas como ciertas é irremediables, las mocitas casaderas que estaban en turno hiciéronse benévolas y afectuosas alrededor de los novios.

Decíase de ellos, no sólo que formaban dos gallardas parejas, sino que la conveniencia de ambos enlaces era visible y acertada. Con su hermosa cabeza de Apolo, su ciencia de la vida y su trato seductor, Gracián Soberano era el marido ideal para la noble niña acaudalada, indefensa y tímida paloma. Y la colmada hermosura de Eva Guerrero, su hidalgo linaje y su dominio de los salones, digna corona serían del poeta.

Ufana y ambiciosa, maquinando grandezas y esplendores, quiso Eva asomarse á las puertas del porvenir. Soñó una vida muelle y regalada en la corte; un trono para su belleza en aquella sociedad aristocrática; una existencia de triunfo y de placer... Y el novio artista, hechizado por el mismo sueño y abrasado por Eva en un incendio voraz de los sentidos, ponía sobre su cabeza todos los deseos desbocados del corazón de aquella mujer, duro corazón rebelde al dolor de la vida, sólo inclinado y dócil á la ambición y á la lisonja.

En la atormentada juventud de Diego, Eva ejercía una mortal fascinación. Con ser en sus novelas Diego un agudo psicólogo, carecía de todo sentido práctico. Hízole el dolor poeta, pero no le enseñó á vivir ni le adiestró en los crueles engaños del mundo. Empujado por la enlutada soledad de su niñez, cayó de rodillas en la negra noche del sufrimiento, delante del eterno manantial donde lágrimas y penas fluyen con el incesante lamento de la vida. Aplicó sus labios febriles al humano caudal, abierta el alma, sediento el corazón; y de sus años de abandono y pequeñez alzóse con la sagrada lira entre las manos, derretido el pecho en piedades y ternuras, llena la imaginación de luces y de sombras. Colmada su inspiración en el raudal saludable del llanto, sus canciones eran al propio tiempo viriles y sentimentales, tempestuosas á veces, á veces serenas y apacibles, impregnadas siempre en la poesía norteña, romántica y triste. Sollozaba en sus versos el Cantábrico, gemían los robledales montañeses, é iba la niebla prendiendo sus gasas de pena en pena por el mundo.