Despertar Para Morir (Novela)

Part 2

Chapter 23,672 wordsPublic domain

--Sí, hecho un cursi--criticó Isabel, implacable--, con monóculo y gardenia..., diciendo palabras _azules_..., recitando versos modernistas, con ripios _verdes_..., y quedándose á comer todos los días con un apetito _negro_... Pero, papá, ¡qué amigos tienes!

Con mohines de protesta acudió Clara á decir, fingiendo grande enojo:

--¡Vaya! No consiento que se calumnie á _mi_ poeta...

La voz melodiosa de Luisa Ramírez cortó los vuelos de algunos chistes equívocos que empezaban á brotar de aquellas boquitas maliciosas.

--Me habían dicho--refirió Luisa--que esta noche el marqués les iba á presentar á ustedes nuestro poeta..., un poeta de verdad...

Y resonó en la sala el bronco acento de Rafaelito, lanzando un nombre:

--Diego Villamor...

--Es cierto--afirmó el marqués--, á mí me encanta la amistad de los intelectuales... ¡Ah, señora! La literatura, el arte, la poesía... son... á no dudarlo... mis más preciados blasones... El talento... es mi flaqueza... Admiro mucho el talento de Villamor, y no esta noche, pero sí muy pronto, he de traerle aquí... ¡Oh los poetas!... Siempre fuí amigo de todos los poetas... Yo mismo hice versos en mi primera mocedad... Tuve el honor de ser premiado en algunos Juegos Florales...

Débilmente, saltando á otra silla, Teresita gimió:

--¡Cielo santo... una lluvia de poetas!... ¡Esto es intolerable!

Entonces, Eva Guerrero dijo con aires de suficiencia:

--Diego Villamor es también un gran novelista... Acaba de obtener un éxito ruidoso con su obra _Almas sedientas_. La alta crítica le ha consagrado maestro de la novela contemporánea... Dicen que va para académico... Le espera un porvenir brillantísimo... Ya lo habrán ustedes leído en los periódicos...

Casi todos los contertulios dijeron que sí, alabando mucho las altas cualidades del poeta cántabro.

Sólo Clara, con cierta hostilidad hacia la bella apologista del vate, murmuró desdeñosa:

--Yo estoy muy al tanto en cuestiones de _alta crítica_, pero no he oído nombrar nunca á «ese» Villamor...

Se iniciaron algunas sonrisas. Doña Manuela fué en apoyo de su hija para defender al paisano ausente, y como quien hace el más acabado elogio de un caballero, expuso:

--Es un buen partido.

Acentuóse el regocijo de la tertulia con estas ingenuas palabras, y para disimular la risa que le retozaba en los labios, dijo Luisa Ramírez:

--Aquí encontrará Villamor dos amiguitas... Eva y María...

Repuso Eva con aplomo:

--Es un muchacho de porvenir.

Y María, dulcemente, aseguró:

--Diego es muy bueno...

Otra vez se rieron las muchachas, al compás de la voz cristalina que sonaba á milagro en el salón de _Las Palmeras_, y Clara, como cosa indiscutible, pronunció en secreto:

--Esa chica es tonta...

Mientras se sucedían estos menudos acontecimientos, se estaba Galán atusando la barba con perezosa delectación; Pizarro gruñía desaforadamente, luego de discutir con la marquesa sobre el problema femenino; el marqués lanzaba su cómica elocuencia en medio del salón, diciendo herejías sobre cuestiones de arte; Rafaelito miraba á Luisa con sus grandes ojos de saurio, y López, el «buen López» repetía á cada instante sus predilectas muletillas:

--Muy bien... convenido... perfectamente...

VI

Llegó _Nenúfar_, al cabo, tal como le había descrito Isabel; vestido con presumida elegancia, luciendo unas románticas melenas, la gardenia y el monóculo.

Llevaba el rostro afeitado, un rostro moreno y triste, de expresión fatigada y viciosa, máscara de una vida bohemia y artificial.

Fué recibido con socarrón alborozo por la colonia madrileña; bajo la égida protectora del marqués, recorrió el salón en triunfo, perseguido por las miradas curiosas de las señoras provincianas. Comprendiendo y aceptando al punto su papel de histrión distinguido, sacó á luz el largo repertorio de encumbradas galanterías, derrochadas en verso y prosa durante su larga carrera de pícaro elegante y poeta de salón.

Esgrimiendo con insistencia su pertinaz monóculo, hízose lenguas de la noble hospitalidad de aquella casa:

--Ilustre hogar, en cuyo viejo escudo, su nido hicieron águilas caudales y su nido, también, los ruiseñores...

Dijo luego las excelencias de

...aquella costa bravía grande orquesta singular, que entona la sinfonía, la bárbara sinfonía de los vientos y del mar...

Según le explicó luego el marqués, la repetición de la palabra _sinfonía_ en estos versos era un alarde maravilloso de «instrumentación poética»...

Habló también del paisaje, del admirable paisaje montañés, «sonata patética en gris mayor».

... Melancolía de invierno, profunda melancolía, que adormece y extasía cual la imagen de lo eterno... Cielo gris, tierra mojada, silencio, tristeza, y una vieja torre abandonada, vieja torre enamorada de la luna...

Estos versos le parecían al poeta «la última palabra de la sensación», y así lo decía con gran orgullo y graciosa petulancia.

Disertó largamente sobre la poesía clásica y la poesía moderna; sobre los místicos y decadentistas; sobre Santa Teresa y San Juan de la Cruz, Verlaine y Rubén Darío; mezclando lo divino con lo humano, lo viejo con lo nuevo, la poesía con la extravagancia; mentando libros y autores con pasmosa intrepidez, deslumbrando al candoroso marqués de Coronado con las nuevas teorías del ritmo, del «color de las vocales» y otras por el estilo. Y como notase en el auditorio ciertos síntomas de aburrimiento, se dedicó á las damas, obsequiándolas con disparatados requiebros y frases conceptuosas.

Halló á María «albescente»; á Eva «rojeante», y á la de Ramírez «esmeraldina»; comparó á las niñas del marqués con «las hijas del Rhin», y á la marquesa apellidó _Walkyria_, «diosa inmune al crepitar del fuego», y tal lenguaje hubo de usar en la lírica expresión de sus admiraciones, que las señoras festejadas, ignorantes de aquella jerga modernista, se quedaron en ayunas del discurso.

Tampoco López entendió una palabra, pero, fiel á su costumbre, repetía embelesado:

--Muy bien... convenido... perfectamente...

Cuando se hubo encalmado el regocijo que produjeron las palabras de _Nenúfar_, recayó la conversación sobre la próxima llegada de Gracián Soberano, y el joven modernista ensalzó hasta las nubes la vida y milagros del viajero, menudeando los golpes de monóculo, dirigidos hacia la dueña de la casa.

--Gracián es un hombre extraordinario--afirmaba _Nenúfar_--, es el prototipo del _superhombre_. Tanto tiene del héroe como del discreto; tanto de valor como de cortesía; su pecho es de diamante y su palabra de oro... Veo en él cifrada la estrella de los antiguos «escultores de pueblos»... Gracián es la esperanza de la España joven...

Coronado y sus niñas unieron sus ponderaciones á los exagerados elogios de _Nenúfar_, y también Clara y Galán se contagiaron de aquella entusiasta apología. Hasta la displicente niña de Vidal soliloquió devota, trasladándose á otra silla:

--Gracián Soberano... ¡ya lo creo!...

La novedad del asunto tenía suspensos á los contertulios provincianos. Escuchaban Eva y Luisa con visible interés aquella letanía de alabanzas, á las cuales hacía coro la marquesa con naturalidad de consumada actriz. López colocaba á destajo sus muletillas, con la mayor satisfacción, y el contumaz murmurador, Pizarro, buscaba inútilmente un lado vulnerable por donde asaltar, con demoledora discusión, aquella bizarra fortaleza de flores, sobre la cual se engreían triunfantes una leyenda y un nombre.

--Gracián... Gracián...--murmuraba entre dientes--Todas las muchedumbres necesitan un ídolo... Y en España, cuando faltan hombres, se crean ídolos para mayor comodidad... Un héroe..., un superhombre..., ¡ahí es nada! Pero, después de todo, ¿quién es Gracián? Un aventurero afortunado, un hombre listo, un orador... ¡aquí donde todos vivimos á la aventura y somos grandes oradores y nos pasamos de listos!...

¡Pobre Gracián... y pobre España!

Unos soñadores ojos de cielo se abrían con infantil curiosidad encima de aquel nombre y de aquella leyenda, y Rafaelito balanceaba en la conversación su enorme cabeza de bufón velazqueño, un poco desmayada y reflexiva...

VII

Una tarde, sonó tras la _portière_ el nombre peregrino, que fué rodando de boca en boca iluminado por el brillo de todos los ojos.

Gracián Soberano apareció en la puerta. María no pudo reprimir un movimiento de instintiva curiosidad. Miró al forastero y experimentó de repente cierta desilusión. Tanto le habían ponderado á Gracián, que imaginó verle como á un sér extraordinario, semejante á un príncipe de los cuentos de hadas.

Era un hombre de mediana estatura, sencillo en apariencia, elegante sin afectación. Los cabellos negros y rizosos, los ojos oscuros y audaces, la nariz fina y recta, los labios fuertes y bien modelados, la tez morena y brillante, daban la impresión de una hermosura viril y enérgica, de una cumplida madurez.

Al entrar en el salón detúvose un instante para abarcarle de una ojeada. Avanzó con elegante soltura, se acercó á la dueña de la casa y, tomándole una mano, le hizo una gallarda reverencia. Luego saludó á las demás personas conocidas y se dejó abrazar por el marqués, que le decía enternecido:

--¡Dichosos los ojos!...

Fué presentado con toda solemnidad á los nuevos contertulios. Tuvo Gracián para todos ellos palabras y sonrisas de una exquisita urbanidad, probando cumplidamente que era un perfecto hombre de mundo.

--Vengo de Bilbao--dijo explicando su presencia en aquellos lugares--adonde fuí para estudiar un negocio de minas... Allí supe que estaban ustedes en _Las Palmeras_... Se me ofrecía nueva ocasión de ver á mis amigos predilectos... Pasaré unos días en esta playa; es un breve descanso que me permito.

--Siempre igual--repuso el marqués encantado--usted no puede estar ocioso.

--Me atrae la lucha, me tienta la acción, me enamora el riesgo... Siento la poesía de los viajes y los negocios, la fiebre de la actividad... He pasado una temporada en el extranjero buscando nuevas orientaciones á mis empresas; pero, al cabo, sentí el deseo de volver á nuestro país... ¡la pícara nostalgia!... Cuando estoy en mi patria, la aborrezco y cuando me alejo de ella, la amo; ¡sólo soy buen español fuera de España! Condición, al fin, de españoles, de espíritus inquietos que sólo adoran lo que no poseen...

Habló de sus viajes por el extranjero con amenidad extraordinaria, salpicando el relato de observaciones ingeniosas; contó algunas originales aventuras, recatando sus triunfos bajo el velo de una estudiada modestia. Parecía hombre de mucho saber y gran copia de lectura, y las palabras acudían á sus labios fáciles y sumisas, enfervorizadas por el fuego de una vibrante elocuencia.

--¿No le atrae á usted la política?--preguntó el marqués, que le escuchaba absorto.

--¡Psé! tuve algunos coqueteos con esa dama--respondió Gracián sonriendo--, pero me seduce más la vida de los negocios... La política es el arte de los pueblos viejos, y á mí me encantan los pueblos nuevos, enamorados del porvenir, resonantes de fábricas y de oro, coronados por las altas virtudes del trabajo y de la inteligencia... El mundo vive y progresa por razones económicas... Los hombres de estado son prisioneros de los hombres de negocios... En España, todo lo inficiona la política, y es preciso orientar á la juventud por los caminos de la libre actividad. Conviene despertar este gran pueblo, dormido á la sombra de sus catedrales, y lanzarle al galope en la vida moderna, en ese torrente de energías hermosas que corre por el mundo...

Acostumbrados los contertulios del marqués á la frívola charla de los salones, juego necio de frases con pretensiones de elegancia y de ingenio, sentíanse como sorprendidos por aquella palabra impetuosa, llena de imágenes y penetrada de emoción.

Comprendiéndolo así Gracián, y estimulado por la religiosa unción con que le oían, habló de política, de arte, de literatura, de negocios... No profundizaba gran cosa en tan distintas materias; pero las tocaba con habilidad y atrevimiento, poniendo en el discurso una fuerza admirable de persuasión. La palabra le enardecía; embriagado por su propio verbo, con los ojos brillantes y el rostro iluminado, hacía resaltar los más menudos pensamientos con el brío de la expresión y la gracia natural de sus maneras. Desde el primer instante captóse las simpatías de las damas; era Gracián un maestro en el arte de halagar á las mujeres, lisonjeándolas, y atacando como astuto psicólogo el punto flaco de la vanidad femenina.

--La mujer--decía con su sonrisa galante--no es sólo el ornamento de la vida, sino también la razón y el impulso de todas las grandes acciones. Detrás de todo héroe hay siempre una heroína; que no se mueve el corazón ni la inteligencia de los hombres sin que les ayude la mano delicada de una mujer...

Habíanse agrupado los contertulios en torno de Gracián, hechizados por su conversación. Unicamente Pizarro seguía con burlona mirada el vuelo audaz y voluble de la palabra conmovedora. Aquella gente superficial é impresionable, aunque no comprendiese gran cosa de los discursos de Gracián, no por ello estaba menos encantada. López tenía en los labios una sonrisa deslumbradora; Clarita, con los ojos encandilados, repetía en voz baja:

--¡Delicioso!... ¡delicioso!...

--¡Un gran artista!--decía Eva.

--¡Un ruiseñor!--pensaba la de Ramírez.

--_Eclatante_--aseguraba _Nenúfar_.

El marqués miraba á su esposa y á sus hijos como queriendo decir:

--¡He aquí los amigos que yo tengo!

Y el disidente Pizarro rezongaba entre dientes con aspereza.

--Oratoria «fin de siglo»... _pour épater les bourgeois..._

Generalizóse, al fin, la conversación; mas apenas abría la boca el forastero tornaban todos á escucharle con profundo interés...

María estaba de pie, junto á una de las ventanas. Caía la tarde; el sol, al ponerse, desgarrando el palio tenaz de las nubes, bañaba el parque de encendidos reflejos, dorando suavemente la mullida tierra mojada. Un opulento rosal escalaba el muro de la quinta y asomaba en los cristales la púrpura de sus rosas. Todo era bello y triste en aquella tarde estival.

--¡Qué hermoso paisaje!--murmuró Gracián, asomándose á la ventana--¿No es verdad que conmueve?--añadió, clavando sus ojos en María--Estos paisajes enternecen y llegan á lo más hondo del corazón... Al mirar ese horizonte el pensamiento vuela, como una golondrina, hacia el país del sueño... ¡Es tan dulce soñar!

Escuchaba la joven en silencio, y conmovida por la palabra acariciadora, le pareció ver en el rostro de aquel hombre un gran resplandor de juventud.

--¡Hermoso atardecer!--seguía diciendo Soberano--¡Tiene una tristeza y una dulzura! No sé por qué imagino que, al contemplarle, siente usted una ternura fraternal... Es usted bella y triste como ese crepúsculo... Algo del alma de usted flota en el alma de ese paisaje...

María no respondió; sentía una turbación inexplicable, algo muy dulce y profundo que le salió del pecho y le tembló en los labios y le brilló en los ojos, en los ojos azules y pensativos.

VIII

Las jornadas de _Las Palmeras_ se animaron desde que Gracián llegó á la playa, precedido de _Nenúfar_.

En el «elemento femenino» creció sordamente la lucha de pasioncillas en torno á las dos mujeres, gala de aquellas tertulias, Eva y María, que descollaban sobre las demás con fácil dominio. Luisa Ramírez, cuya juventud declinaba en una sabrosa madurez de estío, era precisamente la única en mirar sin enojos la triunfante belleza de las dos muchachas.

Era en María el don de la hermosura, gracia pasiva y melancólica, divina luz encendida en el semblante como un resplandor del alma; y era en Eva don agresivo y orgulloso, roja lumbre de soberbia, amenaza de esclavitud y de dolor.

Heredera de una copiosa fortuna, creció María en la triste paz de su casa solariega, hundida en el fondo de un valle norteño, cerca de una blasonada villa. Llorando la muerte prematura de sus padres, asomábase al mundo sola y niña, con un vago anhelo lleno de timideces y delicados asombros. Aliviaba con el blanco ropaje estivo el grave luto de sus dolores, cuando su tío, el marqués de Coronado, quiso que les acompañase unos días en _Las Palmeras_, sin abandonar la íntima tutela de doña Cándida, una bendita señora que cuidaba á la niña con maternal solicitud, vigilándola con su cariño desde cualquier rincón que la fuése propicio para rezar, suspirante y quejosa, diciendo en voz queda: ¡Ay, Dios mío!

Era ajeno á María el trato mundano de las gentes; ella sólo sabía las costumbres patriarcales de la buena sociedad aldeana, y, en sus breves visitas á la capital, habíase iniciado apenas en la vida de los salones. Pero de su nativa distinción emergía, con natural y elegantísimo alarde, un aroma aristocrático lleno de atractiva sencillez, y en el noble reposo de sus maneras, en sus mismos silencios observantes y pensativos, había una placidez romántica, un grave misterio señorial.

Sazonada su belleza por la madurez de los treinta años, diestra ya en lances de la vida, Eva Guerrero sabía del mundo todo lo que tranquilamente ignoraba su joven amiga María Ensalmo. Ni el paisanaje, ni las añejas relaciones de ambas linajudas familias, unieron á las dos muchachas más que con una débil amistad de buen tono, sin raíces y sin flores. La arrogante morena de ojos de sultana tenía un corazón rebelde y ambicioso. Creíase con derecho á la felicidad por haber nacido hidalga y hermosa; los quebrantos de fortuna, que pusieron en manos de su padre un arma suicida, irritaron el amor propio de Eva sin amansar su dura condición. Sólo por coquetería dominaba la destemplanza del carácter; mas, aun en los momentos en que su voz fingía blandas cadencias y melosas risas, fulguraba en sus ojos un destello implacable. Contaba algunos años más que María, nuevo motivo de rencor; miraba ya declinar su estrella y perderse en caminos de crepúsculo todo el cortejo de sus ardientes ilusiones.

Entre Eva y María, entre estas dos mujeres cuyas vidas iban á correr á la par en distintos caminos de dolor, alzábase una frontera de mal callados sentimientos. Los negros ojos profundos miraban siempre con secreta perfidia á los azules ojos, brillantes y apacibles como un girón de la calma del cielo...

Para el prodigioso viajero, que se llamaba Gracián Soberano, fueron aquellas dos mujeres una novedad tentadora, el «plato del día» en su insaciable apetito de galanteos.

No se cuidó Gracián de que apareciese como un capricho su prolongada estancia en aquellos cántabros arenales ó como una promesa que cumplía cerca de su complaciente amiga Generosa de la Dádiva, marquesa de Coronado. En la altivez majestuosa con que andaba por la vida á grandes pasos, sin tropezar nunca y siempre victorioso, tampoco se cuidó de ocultar que Eva, María y Luisa, las tres flores costaneras, le parecían adorables; y hasta se permitió declarar públicamente que en _Las Palmeras_ había otra provinciana encantadora, una doncellita muy peripuesta y gentil, que se llamaba Rosa.

También _Nenúfar_ lo había advertido, y apostado en el _hall_ de la quinta, mientras acomodaba lentamente el sombrero y el bastón, le había rezado á la moza una oración modernista, tan extravagante y pomposa, que la buena muchacha, creyendo que la hablaban en idioma extraño, roja y confusa, murmuró:

--No entiendo...

Fué perspicaz en cambio para «entender» el lenguaje atrevido de las manos del bohemio, y contuvo su «explicación» con tal agilidad y valentía, que el goloso, escarmentado, tornóse con ella prudente y humilde, y á hurto de las damas, en breves solaces deliciosos, le confesó que se llamaba únicamente Simón Ruiz, y que era un pobre vagabundo, un pícaro con talento, que sitiado por el hambre «hacía de _Nenúfar_»... y de otras cosas peores...

Su acento adolecido hirió el tierno corazón de la muchacha, que se fué humanizando un poco á los amorosos requerimientos del señorito; y sin tardar muchos días, delante de una sonrisa apicarada y suave de la moza, declaraba también _Nenúfar_ que Clara Infante era una caprichosa pervertida, y que á él sólo le gustaban las frescas amapolas del campo, las lindas mujeres de la aldea:

Flores de sangre y sol, en cuyos labios, la pura esencia del amor se bebe...

IX

Mientras _Nenúfar_ demostraba su sagacidad de hambriento solicitando los apetitosos favores de Rosita y cultivando los de Clara, más refinados y exquisitos, Gracián, que hacía las cosas en grande, se apoderaba, en el concurrido salón de _Las Palmeras_, de la admiración y el aplauso de todas las mujeres, derrochando sus artes y enamorándolas «por turno»...

Su apostura elegante, su continente varonil, su gracejo y su elocuencia le daban un indiscutible dominio en sociedad, donde jugaba con el propio prestigio como con una baraja, en temerarios alardes de buena fortuna, ganando siempre.

Al «mundo», á esa monstruosa entidad anónima que amedrenta á muchos hombres de talento positivo, le tenía Gracián deslumbrado con el brillo audaz de sus ojos, las vibrantes ondulaciones de su voz y el gallardo gesto de su persona. Y el terrible mundo, engañado como un niño, había tomado por admirable existencia la farsa seductora en que Gracián vivía. Mujeres fascinadas y hombres necios ó cándidos aseguraban que Gracián era un gran artista, un negociante genial, «un águila y un ruiseñor»; como decía _Nenúfar_, un _superhombre_...

Debajo de la estupenda fábula sólo había un perfecto comediante, un salteador de buenos caminos, disfrazado con arte de imaginarias virtudes. Cierto día apareció en la corte con aires de fortuna y distinción, diciendo que venía de París, en cuya Universidad había estudiado varias facultades. Como parecía rico y era guapo, y se decía «de buena familia», fué admitido en muy selectos círculos, logrando la amistad de personas influyentes. Tomóle bajo su protección la marquesa de Coronado, con harto detrimento de la honra y los dineros del marqués, y aquel mozo de origen oscuro subió como la espuma.

Graves disgustos costó á la de Coronado su flaqueza. Gracián no era lo que parecía. Hombre sin escrúpulos, dominante y codicioso, frío de corazón como la nieve, sólo atendía á su propio medro y á la satisfacción de su naturaleza inconstante y caprichosa.

La imaginación hacía en él las veces del sentimiento. Fabricábase un mundo de imágenes y ficciones, de rasgos fabulosos y aventuras fantásticas, y era en su pensamiento tan natural la mentira como un hecho vivo y presente. Mentía por necesidad y deporte, ejerciendo con la falsedad un arte sutilísimo, poseyendo de tal modo sus propias invenciones que las incorporaba á su vida haciéndolas reales á fuerza de creerlas y practicarlas.

Todo su poder estaba en la palabra, en aquella palabra encendida siempre en pasajeros entusiasmos; después de hablar mucho, embriagándose con ficticios ardores, quedábase como vacío. Desfloraba todas las cosas, hastiándose de ellas en cuanto las poseía.

Llegó la marquesa á conocerle á fondo cuando ya se hallaba hechizada por la sugestión de tan extraño carácter. Sufrió en silencio engaños y humillaciones, arrastrando como un castigo aquel amor culpable lleno de ingratitudes y amarguras.

Gracián no paraba mientes en tales cosas; dispuesto á la caza de «una buena dote» que supliese la vacuidad de su imaginaria fortuna, mariposeaba entre las mujeres aun en presencia de su amiga, la de Coronado, con una brillante y elegantísima insolencia...

Nutrióse con nuevos elementos la tertulia de los marqueses. La colonia madrileña de la playa encontraba desanimadas y «cursis» las veladas del Casino, y, tácitamente, acordaron los más distinguidos veraneantes asistir á las que en _Las Palmeras_ se habían improvisado, encadenadas con jiras y paseos por los alrededores del balneario.