Despertar Para Morir (Novela)

Part 14

Chapter 143,868 wordsPublic domain

Con súbita inspiración exclamó Eva:

--¡María!

Quedó el nombre dulcísimo en el aire, como bandera desplegada en alto, y la envidiosa, con acento sañudo, murmuraba:

--¡Ella siempre!

Pero no protestó. Quedó en silencio, escuchando la voz de su conciencia. La imagen burlona de Gracián cruzaba por su mente con resquemor de culpa.

Una ráfaga de orgullo la hizo, al cabo, levantar la cabeza. Había sido imprudente, pero no culpable hasta la infamia. Se quiso defender de una supuesta acusación que la envileciese á los ojos de su marido, y habló confusamente, un poco soberbia y un poco arrepentida. Pero Diego atajó sus explicaciones con dignidad y lástima; nada quería saber; todo lo perdonaba. Él la protegería con el fruto de su trabajo, él la daría ejemplo de valor y mansedumbre... todo lo demás estaba concluído entre los dos; estaba roto por ella hacía tiempo; estaba enterrado en el reino de las cosas marchitas...

Rebelde contra el peso de sus culpas, Eva quiso probar que la influencia dañosa de otra mujer era quien la alejaba de su esposo; mas él opuso tan fácil y elocuente defensa á la acusación, que el nombre de María quedó izado con gloria sobre la triste plática.

Acentuáronse en Eva los impulsos de arrojarse á los pies de su marido confesando sus yerros, pero su brava condición sellaba todavía los labios orgullosos, y, en altivez arisca, fué á esconderse, desesperada y muda, en apartada estancia.

Mientras tanto una mano chiquita empujó las vidrieras que celaban el cuarto de Tristán, y Lali, absorta, penetró despacito hasta la cama. Llevaba muy apretado un puño de florecillas lánguidas, los despojos del jardín otoñal. Medio dormida oyó Lali decir que su amigo se había muerto, y fácilmente burló la previsión de doña Cándida, para ir á visitarle. Sentía, aquella mañana, la nena una bárbara curiosidad de la muerte, con mezcla de una amargura grave y honda. «Estar muerto»--pensaba--¿qué sería? ¿Sería tener alas y volarse al cielo?... ¿Sería estar dormido en una caja muy preciosa?... Lali se puso de puntillas á los pies de la cama de su amigo, y no vió más que un paño sedoso, y encima unos zapatines muy tiesos, que parecían los de Tristán. En el suelo había unos candelabros enormes con velas encendidas. Dió la vuelta á la cama, muy curiosa, se acercó, y el espanto dilatóse en sus ojos dorados y apacibles.

Tristanito se había vuelto de cera; estaba acostado sin almohada, y tenía las manos cruzadas sobre el pecho como si estuviera rezando. Le llamó en voz de «escucho»:--¡Oye,... Tristán, Tristán!... No respondía... Se empinó para tocarle... ¡Qué miedo tan terrible!... ¡Virgen santa; Tristán ya no era un niño; era una piedra, una piedra de hielo que dejó dolorida y temblorosa la manita de Lali!... Lanzó la niña el puño de flores sobre el muerto, y corrió hacia la puerta mirando siempre con terror al nene. Detúvose allí un instante con rara fascinación; parecíale que Tristán se había movido... Tal vez quería hablarla y no podía; acaso pugnase por decirle adiós entre la dureza de sus labios amarillos...

Una piedad enternecedora se levantó en el pecho de la niña. Todo el sol de sus ojos, velados de lágrimas, cayó como una ardiente despedida sobre el ángel de piedra; alzó su mano en traza de saludo, y suspiró, aterrada y doliente:--Adiós Tristán... ¡Adiós!...

XXIII

No había llegado aquel «mañana» en que Rosa le contase á la señorita el secreto indicado en el jardín una noche de sueños y de luna. Desde que la muchacha poseía otro secreto profundo y hermoso como el mar, el suyo parecíale tan miserable y feo, que ya no osara nunca revelarle. No pidió María cumplimiento á la tímida promesa de la moza, y ésta se dedicó á estudiar y sorprender, con verdaderas ansias, cosas admirables en el rostro angelical de la señorita.

Tales progresos hizo en sus observaciones y tanto interés tomó su alma buena en aquellas sutiles adivinanzas, que, valiente y sufrida, como la mujer que tenía por modelo, se propuso cumplir su destino humilde, con intrepidez virtuosa, quebrantando de raíz todas las tentaciones violentas que la seducían.

Serena y firme en aquella resolución, abrió la ventanita de su cuarto á las cantigas de la ronda aldeana, que á menudo cruzaban el camino y se detenían á la vera del palacio... Ya los rondadores no cantaban allí coplas hirientes, ni amargas rimas de traiciones y celos; ya Manuel, el recio mozón siempre enamorado de la doncella, primoroseaba cantares tocados de esperanza, en las noches de ronda; y al través de una expresión pensadora y triste, la joven había recobrado su dulce sonrisa y su aire tranquilo. Vientos de resignación y de paz soplaban suavemente sobre las inquietas pasiones de la muchacha, cuando Gracián Soberano se presentó en el valle en busca de su familia, ya crecido Octubre y adusto el tiempo. Llegó como un huracán el señorito; pareció entrar con él una loca brisa del desconcierto y el bullicio del mundo; dentro del palacio silencioso y viejo, allí, en aquel rincón de la vega, donde todavía hallaban un eco los gemidos de Tristán, donde todos los semblantes mostraban huellas de melancolía, bajo un cielo nublado, dosel de veredas solitarias y huertos asolados... Gracián, con su atavío elegante, su voz sonora y su risa musical, sacudió audazmente aquella existencia pasiva y mustia de las dos casas vecinas. Nadie preguntó de dónde llegaba el fantástico viajero, y sólo él hizo preguntas, persiguiendo noticias que en la ausencia no le contaron las cartas insignificantes de su esposa. Nada nuevo averiguó Gracián, aparte la muerte de Tristanito, pero volvieron á nacerle inquietudes molestas ante las trazas de misterio y de encanto que viera en su mujer. Traía el caballero muy señalado su petulante tipo de conquistador, como si buscase desquites de algún íntimo fracaso en amorosa lid. A fuer de entendido, en aquella ocasión honró á María con sus preferencias galantes, olvidando, sin duda, lo extraña que ella quería vivir á tales obsequios. Y para distraer las desazones que le causaba el frío desdén de su esposa, acordóse de Rosita, compasivamente. Concediéndola merced de una bella sonrisa, la acechó y la dijo, con galán imperio de vencedor:

--Mañana por la tarde, desde las cuatro, te espero en el molino de Santacruz... estaremos solos.

Ella, confusa y agitada, sonrió sin responder, y el señorito se quedó muy seguro y satisfecho de sus planes.

Aquella noche era noche de ronda, por fortuna. Cuando los mozos se detuvieron al pie de la ventana de Rosita, rasgó el silencio del paraje un cantar ufano que rezaba:

«Tengo pena y alegría, tengo dos cosas á un tiempo; cuando la pena me mata la alegría dame alientos...»

La copla parecía inventada por un poeta sabio y animoso, un rústico poeta que con la voz llana y firme del rondador, deslizó su sana filosofía en unos cuantos corazones á la vez, desde los muros del palacio. Quedaron las estrofas valientes mecidas en la quietud de la noche sobre los callados dramas escondidos en aquel rincón del valle montañés, y más de un pecho suspiró conmovido por la rima alentadora, mientras Rosita llamaba quedamente á Manuel para decirle que á la tarde siguiente la esperase camino de Santacruz, al salir de la vega.

Y aquel día de citas misteriosas, fué muy raro el aspecto de la muchacha, que anduvo inquieta y zozobrante detrás de la señorita, mirándola mucho, hablándola sin tino y sin necesidad; besaba á Lali á cada momento y tenía en la voz un nudo de lágrimas que la hacía balbucir y truncar las frases. Al medio día, entró furtivamente en el cuarto de la señora y colocó un papeluco encima de la mesa; era un adiós ferviente y noble en que, expresando su gratitud á la dama, disculpábase de hacer su despedida en aquella forma, por la mucha pena que sentía al partir; contaba que la llamaban sus padres y que había decidido volver al pueblo para no dejarle ya nunca, tal vez para casarse... La carta era incoherente y tenía borrones do llanto; cuando llegó á manos de María ya Rosa caminaba al lado de Manuel por una agreste vereda empinada hacia el monte.

Pasmado iba el zagal, que nunca imaginase tan completa su dicha. Mentaba él proyectos de la boda, sin que Rosa dejase de sonreir y hablarle con benignidad; y aunque era cierto que ella tenía los ojos húmedos y empañada de pena la palabra, por su gusto iba al pueblo, asegurando que en él iba á pasar toda la vida...

Para escalar la sierra hasta el poblado, menudo y pobre, donde nacieron ambos caminantes, había que pasar, precisamente, por el molino de Santacruz, propiedad de la casa de Ensalmo, lugar de mala nota en los contornos, por servir de guarida, con frecuencia, á caprichos infames de Gracián.

Temblaba Rosa cuando puso el pie en el tablón crugiente tendido sobre el cauce molinero. El agua bienhechora iba cantando con galantes murmurios de caricia, y el cielo entristecido de Cantabria lloró una lluvia leve y dulce, como riego de flores. Detrás de los viajeros se sentía el ruidoso galope de un caballo, y Manuel, dominando la vega con su aventajada estatura, miró y dijo que el señorito Gracián venía por allí.

--Vendrá al molino--murmuró Rosita, pálida y afanosa; y apresurando el paso, con pretexto de la nube, ganó el «ansar», al lado de su novio, antes de que el caballero les alcanzase.

Entre los alisos deshojados buscaron la senda brava trepadora del monte, y, ya subiéndola, ambos volvieron hacia el valle la cara.

Manuel, indiferente á la dulzura de los llanos y á la mansa vida de los valles, sólo tuvo atención para decir:

--Al molino venía el señorito.

Tendió el brazo señalándole.

--Mira; dejó suelto el caballo, y trae la llave de la puerta... Se conoce que viene «de caza»...

--¿De caza?--exclamó Rosa.

Y el gañán, sonriente:

--Ya sabes que es mocero--repuso--, tendrá cita con alguna infeliz... A ti, por respeto á la señora, no te habrá cortejado, ¡que si no!

Turbada y descolorida se quedó la joven, mirando con demente afán al señorito que la esperaba, seductor y garboso, bien ajeno á su fuga.

Espesándose la lluvia en la montaña, una niebla torva cerraba el horizonte, descendiendo hasta el llano en calmosa nube, como un rocío, como una bendición.

El camino serrano, confuso y mazorral, se embravecía, brindándole á la moza la imagen bárbara de su vida futura. Allá abajo ondulaba la tierra blanda y fácil, y cantaban las aguas entre alisos, mientras el hombre, ideal para la moza, estaba atento á la cita de amor...

Puso Rosita en los ardientes ojos una inmensa ambición hecha pedazos, y su mano gentil, de ciudadana, hizo una breve cruz sobre la frente que latía en cruel borrasca de pensamientos. Dió cara al monte, y afirmó sus delicados pies sobre cantos y abrojos con fiereza.

Manuel, con su palo formidable, trataba de abatir la bravura del camino... Ambos, mudos y lentos, se esfumaron en la gris cerrazón de la montaña.

XXIV

Tormentosa aquella lunación, que nacía sobre la tumba de Tristán, clamaba el viento en los «ansares» desgajados, y las nubes, bajas y ceñudas, tendieron sobre la vega inclementes augurios.

Atardecido apenas, Diego vió flotar en el huerto de María un traje señoril; bajó á perseguirle, y un minuto hablaron los enamorados á la lívida luz de aquella hora. El breve coloquio rompióse en quejosa palabra, que parecía ensombrecer más el cielo, dilatando el horizonte en una inmensidad de pena.

--¡Adiós!...

--¡Adiós!...

Quedo la despedida palpitando en el silencio, suspensa entre las sombras, como trágica rasgadura de carnes ó supremo tremar de corazones...

Lo mismo que si huyera, perseguido de atroces amenazas, partió Villamor al día siguiente, muy temprano.

Tomó un tren hacia la capital montañesa, donde necesitaba arreglar algunos asuntos relacionados con su expatriación, y, aquella noche, volvería á cruzar por última vez su valle nativo, en viaje á La Coruña, para salir de allí con rumbo á la Argentina en un buque inglés, próximo á zarpar.

Sostuvo Eva una lucha terrible entre su vanidad y los deseos de suplicarle á su esposo confianza y compañía. Hubiera querido irse con él, abrazarse á él, pedirle por favor un poco de cariño. Pero en sus labios el freno del orgullo atajó las palabras; y volaron las horas, y la tragedia de aquellas vidas, jóvenes y fuertes, se consumó en silencio cruelísimo, sin el santo rumor de lágrimas y besos, que en los grandes dolores canta un himno de paz consoladora...

Humano y generoso el artista, le dejaba á su mujer medios para esperar nuevos socorros suyos, y libertad para residir donde quisiera, pero esto, que, unos meses antes, era todo el afán de la ambiciosa, al presente le causaba inquietud y desconsuelo. Viendo cómo aquel hombre se alejaba, tan solo, tan triste, tan vencida la frente genial y juvenil, una piedad doliente y nueva se despertó en el pecho de la esposa. Quedóse hundida en pensamientos negros donde brillaban súbitos resplandores de pasión. Una solicitud de hogar, una entrañable ternura, tomaban su corazón, tan ocioso y baldío para el bien. Con desvelos de madre se acordaba de lo mal preparado que iba Diego para una larga travesía. Llevaba un equipaje mezquino improvisado en pocas horas... Miró sobre su falda unos billetes que representaban, de seguro un sacrificio heroico, un acto de nobleza que ella no merecía.

Clara luz de los cielos alumbraba sus pasados errores; se confesó culpable; tuvo remordimientos y cuidados amorosos, tuvo, al fin, olvido de su merecida desgracia para pensar con pía compasión en la injusta suerte de su marido. Y lloró mucho, con un dolor hondo y sincero, como aquella tarde que viera la amenaza implacable sobre la frente pura de Tristán. Padecía un olvido de todo, lo que no fuése su arrepentimiento, cuando entró Lali, diciendo entre sollozos:

--Mi mamá no parece... se ha marchado...

Eva se levantó estupefacta.

--¿Que dices?... ¿se ha marchado?... ¿con quién?--inquirió con la sospecha encendida en los ojos y en la voz.

--No sabemos--decía la chiquilla, asustada y gimiente.

En la puerta apareció Gracián, que sin previos saludos ni preámbulos, dijo en tonos teatrales:

--Ya sabrá usted que mi mujer ha desaparecido.

En el colmo del estupor, Eva cubrióse la cara con las manos y pudo balbucir:

--Pero, ¿es de veras?

--De veras me parece: muy temprano, la vieron ir sola por el camino de Santacruz, ella que no sale jamás... Es la una de la tarde y no ha vuelto; la hemos buscado inútilmente... he mandado por los alrededores emisarios; nadie la encuentra...

--Yo sé quien la encontrará--exclamó bruscamente Eva, con desatada amargura.

--¿Quién?--preguntaba Gracián, curioso y un poco demudado.

--Mi marido.

--¡Villamor!--pronunció el caballero, deteniéndose en aquel nombre con trazas de haber dado en la clave de algún enigma. Y añadió con más sorpresa que indignación y duelo:

--¡Quién lo hubiera creído!...

Después, disimulando su pasmo y su rabia, con viles bromas murmuró:

--No irán muy lejos, y volverán demasiado pronto. Nada debe asombrarnos en el mundo, y usted y yo nos podemos consolar... mutuamente.

Se acercó á la mujer, encontrándola hermosa como nunca, con aquel aire sombrío y helado. Pero ella le detuvo con un gesto de repugnancia, ordenándole:

--¡Salga usted ahora mismo!

Lali, sin comprender aquella escena clamaba inconsolable:

--¡Madre mía!...

* * * * *

Nubes espesas como las del cielo se amontonaron dentro del palacio.

Doña Cándida, la niña y la servidumbre se confundían en lamentaciones y en inquietudes, sin atinar con una razonable explicación de la ausencia de María.

Gracián andaba á tumbos por la casa; recorría después los huertos y el bosque, y en infantiles pesquisas hurgaba con los ojos los pálidos macizos y la linde de arbustos, como si la ausente fuera una brisa ó una mariposa que pudiera volar entre la muerta hojarasca. Todo eran confusiones absurdas y pueriles delirios en la mente de aquel hombre liviano. Había aceptado sin la menor resistencia la traición de una esposa tanto tiempo modelo de virtud, y no sabía si estaba pesaroso ó le halagaba cierto insano placer, pensando en el ruido de aquella aventura, que iba á proporcionarle un desafío, un divorcio; una nueva fase de vida notoria y popular. Ya adoptaba gallardas actitudes, y elegía mentalmente huecas frases de honor y de venganza y severas palabras de justicia. Distraíase luego recordando el aspecto singular de su mujer en los últimos meses... ¡Y cuidado que estaba encantadora!... ¡Qué tristeza tan dulce... qué reposo tan noble... qué mirada la suya!... ¡Era un hechizo!... ¿Cómo aquel Villamor, tan callado y tan serio, lograría enamorarla?... ¡Vaya, vaya con el poeta!...

Se puso á silbar, y, de pronto, su pensamiento ambulario cayó en Eva con saña: la muy tonta, ahora quería darse tono de señora formal y mujer digna; ¡ja, ja, ja!... Toda aquella pamema era despecho de la conducta de él... ¡No se podía usar tanta crueldad con las mujeres!... Y la pobre María estaba siendo otra víctima de los desdenes suyos; olvidada, celosa, quiso vengarse, quiso un poco de consuelo. Volvería, de fijo, arrepentida, á implorar su perdón... ¡Y estaba tan bella! Lo peor era el escándalo de la escapatoria... Tendría que batirse... ¡Y que el tal Villamor debía de ser obstinado y valiente, detrás de su apacible timidez!... Se volvió á preocupar de las posibles consecuencias de aquel suceso, y erró con pasos inseguros, distraído de la lluvia que lenta caía. Bailaba el viento danzas otoñales con ropa de hojas crugientes, y alzaba tolvaneras en los caminos con siniestro aparato; las nubes corrían velozmente como si fueran á llevar una mala noticia.

Mirando aquella furia del paisaje, Gracián se refugió en la casona, entretenido en una fugaz meditación acerca del cambio de las estaciones y de la veleidad de las mujeres... María, Eva, Rosa... ¡qué sorpresas tan raras le habían reservado, y á qué cambios tan repentinos y tan interesantes las había sometido el amor que le tenían!... Se quiso ufanar de los estragos pasionales que su persona causaba en torno, pero un jirón de rabia mal cubierta contraía en sus facciones el hábito de orgullo; y vagamente, con arrastradas ondulaciones de reptil, corrió entre los criados la acusación que denotaba el semblante violento del señorito. El nombre de Villamor, unióse «de escaleras abajo», en infame ayuntamiento con el de la señora... Doña Cándida, que tal rumor oyó, medio muerta de susto, repetía muchas veces su férvido ¡Dios mío! y besaba á la niña sin cesar.

La tarde finaba lenta y turbia, sin que pareciese el rastro de María.

XXV

Temblando de humildad la siempre altiva, enamorado el duro corazón, toda supeditada á sus nacientes anhelos, Eva decidió salir á Santacruz cuando pasara el tren donde su esposo partía aquella noche.

Estaba muy confusa en su mente la idea de que María acompañase á Diego en culpable amistad. Las palabras fervientes con que él habló de aquella mujer, encumbrándola por encima de todas las pasiones y de todas las miserias humanas, se iban aposentando con dulzura medicinal en el corazón de Eva, abierto por el dolor á los nobles sentimientos.

No era posible aquello que en un instante de sorpresa pronunciaron sus labios, aquello que Gracián creyó tan fácilmente, para que toda villanía hallase abrigo en la perfidia de aquel hombre. Acaso María huyera de él, pero no con Diego... Las alas de la duda azotaban implacables los sanos pensamientos que nacían débiles y chiquitos en el alma enfermiza de la desventurada. Con esforzado espíritu resolvióse á afrontar todos los riesgos de una entrevista con su marido. Le haría detenerse; le hablaría de hinojos si era menester; le pediría perdón y caridad con todas las humillaciones que él quisiera... Eva no era la misma; acababa de nacer, ó despertaba de un largo sueño, de un sueño de mentira y egoísmo... Quería irse con Diego, trenzando una vida nueva y piadosa; lucharía con él; trabajaría con él; tendrían, acaso, otros hijos; serían suyos otra tierra y otro cielo...

--Sí... sí... iré en seguida--murmuraba con exaltación delirante, arrebatada, febril, combatida por incertidumbres y esperanzas. Como la tarde se tornara amenazadora, Eva quiso salir antes que cerrase la noche; en la estación esperaría hasta las ocho que pasaba el tren. Y salió, recatándose de la casa vecina; iba sola, veloz, envuelta en un abrigo, armada con un frágil paraguas ciudadano; sorteaba los senderos indecisos de la vega, borrados por el desuso de aquel tiempo de holganza labradora, y empapados de lluvia. Se hundieron muchas veces en el fango los pies de la viajera, impaciente al sentirse alcanzada por la sombra y por la tempestad. Arreció el viento, y el agua se condensó en granizo; y los truenos bajaron por el monte con lumbre de centellas cegadoras. A lo largo del camino los árboles sufrían y se desgajaban, y del río, furioso en su crecida, rodaba por el valle el ronco acento.

Eva hallóse mecida en los rigores de la nube, sentía un solo temor, el de perderse en el campo, raso por la tormenta, y no llegar á la estación antes que el tren pasara. Alzó una súplica vehemente á la hórrida negrura de los cielos, y siguió caminando con intrepidez sobre el fangal resbalalizo de la vega. En la desolación del llano, rompióse la maraña de la lluvia por una blanca línea; era la fachada del molino de Santacruz. La dama peregrinante se detuvo reconociendo el sitio, muy contenta de no haber equivocado su ruta. Al otro lado del cauce, cruzando el breve «ansar», una senda más frecuentada que las mieses, conducía hasta el pueblo, y en pocos minutos á la estación.

Había caminado de prisa la señora, á pesar de los cierzos inclementes; calculó que sería muy temprano y que podía descansar tal vez hasta que la nube se alejara. La fábrica en paro largos meses, tenía un cobertizo placentero; Eva atinó con él y se puso al abrigaño, conforme con la rusticidad de aquel asilo, como una recia campesina acostumbrada á tales aventuras. Sentíase fuerte y casi feliz; su naturaleza robusta, propensa á vencer, se adueñaba de la esperanza fácilmente. Después de las tinieblas espirituales en que había vivido, durante aquellos días, luchando con sus pasiones y con su ceguedad, gozaba en triunfar de sí misma, en domeñarse con soberano señorío; le parecía que afirmaba su paso en tierra sana y fecunda, que su horizonte se aclaraba con la aurora de una nueva existencia. No la inquietaban la adustez del nublado, ni la humedad de sus vestidos, ni la atroz amenaza de las aguas molineras, hirvientes en el cauce; la fuerza corporal de aquella mujer daba un empuje brioso y denodado al despertar de su conciencia y de su corazón. Con hambre de las nuevas emociones que en germen disfrutaba, ya sentía el afán de humillarse y de sufrir para lograr después premios divinos; cosechas de inmortales placeres... Sentada en un haz de leña, como en muelle sillón, y extraña á la bravura de aquella pánica soledad, amasó con rapidez una rara mezcla de pensamientos saltarines y varios. Lo menos dos minutos estuvo meditando en la rápida boda de Isabelita con Luis Galán... Pensó luego en la de Rafael. A propósito de aquella boda, recordaba cuando se dijo que la de Ramírez podía ser madre de su novio, y María replicó, seria y triste:

--Eso necesita Rafael; una madre...

María tuvo razón...--¡Una madre!--murmuraba Eva, con las entrañas estremecidas de una ternura inmensa y maternal--sí: cada mujer debe ser una esposa y una madre para el compañero de su vida...