Despertar Para Morir (Novela)

Part 13

Chapter 133,940 wordsPublic domain

En casos parecidos corría el nene á calmar á su madre con caricias, guardando para ella todos sus compasivos sentimientos; pero esta vez se refugió con susto en los brazos del artista, y con dulce piedad le consolaba en frases rotas de inocente pena. En el colmo del furor, la madre entonces, quiso arrancarle á Diego el hijo; mas el nene se aferraba á los brazos varoniles, y el padre defendía su tesoro. Porfiaron un instante con brutal insensatez, y el hombre, al cabo, temiendo lastimarle, soltó al niño.

Habló Diego de partir en seguida á lejanas tierras para nunca tornar; habló de la desgarradura de su alma dejando al hijo suyo en manos que atizasen odios horrendos contra el padre ausente... Tristán oía con mudo estupor los augurios amargos del poeta; le miraba anheloso, y, preso entre los brazos de su madre, no se atrevía ni siquiera á llorar.

Poco después temblaba como una hoja, sacudida por fatales soplos; los párpados caídos en cansancio de terror ó de lágrimas.

A la mañana siguiente avisaron al médico de la villa, que llegó, caballero en escuálido potro, á visitar al niño.

Examinóle con atenta bondad, moviendo lentamente la cabeza. Averiguó si la criatura era de genio triste, si estuvo siempre débil como entonces, si había tenido alguna emoción fuerte.

Con sus dedos suaves y piadosos, levantóle los párpados, tenaces en su pliegue fatídico. Encedió una cerilla, y se la paseó delante de los ojos, engañándole: Mira que preciosa luz... Mira otra vez... Más, un poco más...--Giraron débilmente las pupilas veladas; el médico descubrió el inmóvil cuerpecillo, y en el vientre le hizo una raya con la yema del dedo, observando con el mayor interés aquel signo de experiencia. Dispuso un plan de alimentación, y un gran cuidado en anotar, cada dos horas, las curvas de la fiebre. Recetó hielo para la cabeza, en aplicaciones continuas, y con acento reservado, dijo: Volveré á la noche...

A Diego, que ansioso le interrogaba, acompañándole hasta el portal, le confesó pesimista: Temo una meningitis; el temperamento del niño y los síntomas que presenta no me ofrecen mucha confianza... Pero puede ser un amago únicamente.

--¿Si fuera meningitis?--preguntó el padre aterrado.

--Si lo fuera... un milagro tal vez le salvaría.

Se estrecharon la mano los dos hombres, en un silencio grave y aflictivo, y el médico se alejó muy despacio en su potro consunto y valiente, de heroica traza.

Al volver Villamor al aposento de Tristán, Eva miróle interrogante, y en la pavidez de su esposo leyó el temible diagnóstico. Poseída de una zozobra inmensa, acobardó los ojos en el suelo, y con la voz tan blanda como nunca, balbució:

--Voy á prevenir todo lo necesario...

Quedóse el padre al lado de la cama donde el ángel amado padecía, y la mujer huyó ciega de ansiedad, pareciéndole insufrible la idea de volver cerca del niño á contemplarle inerte y estuoso, con los ojos cerrados como un muerto y la amenaza inexorable encima de la frente pura... Dió vueltas como loca por la casa; quiso en vano llorar, buscando una oración inútilmente. Llegó al despacho, y halló sobre el sofá juncos lacios y flores praderosas, muertas aquella noche en las redes de una coronita humilde. El hallazgo causóle un miedo supersticioso; floja y vacilante, se fué á sentar al lado de la mesa, y con las manos impacientes y frías se puso á revolver en los papeles y á escudriñar los libros. Entre pliegos en blanco, tropezaron sus ojos unos versos, sin principio ni fin, rimas truncadas. Y leyó con asombro de locura este hilván de renglones:

Mi destino eres tú. Yo te quería desde antes de nacer; yo te soñaba desde el remoto cielo donde moran, sin cuerpo todavía, nuestras almas. Fueron tus ojos candelitas de oro sobre los horizontes de mi infancia; fueron tu besos los primeros besos que soñando sentí. Yo te buscaba sin alcanzarte nunca. Desde niño mi pobre corazón te adivinaba, presintiendo las vivas emociones de nuestras horas dulces, de nuestras horas trágicas.

* * * * *

La historia eterna del amor humano recogerá en sus páginas, como oro en paño, nuestros nombres. Día llegará en que otras almas su sed apaguen en la fuente pura de nuestras lágrimas...

* * * * *

Nuestra vida será como un poema, nuestra muerte será como un hossana... No moriremos nunca; viviremos como un sueño de amor, en otras almas. No hay madrigal, cantiga ni querella, clavel ni pasionaria de viejo epistolario ó cancionero que guarde entre sus páginas aroma tan sutil como el aroma de nuestras horas dulces, de nuestras horas trágicas.

Trepidaba en las manos de Eva la cuartilla donde Diego escribió estas estrofas sentimentales y sinceras, inútiles al parecer, pues que holgaban en descuido, con una cruz de lápiz rojo atravesada en el pliego hasta las cuatro puntas. La imaginación de la curiosa giraba con ímpetu, ajena á todo lo que no fuése buscar la musa de aquel canto... No daba con ella... No existiría. Era, sin duda, una imagen de poeta. Diego, retraído, casi huraño con las mujeres, acaso no sabía amarlas más que en sus coplas, en sus delirios de artista... No. Diego no tenía pasiones violentas, ni antojos verdaderos... Era un anormal, un iluso, un soñador...

Pero los versos dolían en la memoria de Eva como un rasguño cruel. Mirando la cuartilla, salpicada con la letra menuda de su esposo, parecíale cada frase un grano de simiente que otra mujer feliz recogería en cosecha de flores inmortales... Las líneas rojas, tendidas en el pliego, eran un arañazo que sangraba... Sospechosa de análogos encuentros, siguió doblando libros y cuartillas con febril impaciencia. Halló notas, renglones inseguros, cárcel de altas ideas temblando como chispas de luz sobre la nieve ingrata del papel; y al cabo de su audaz inspección, halló un soneto, colocado á manera de registro entre versos de Fray Luis. Leyó con avidez:

Amor que en lo infinito se asegura y en la callada eternidad se enciende, es una noble llama, que trasciende más allá de la triste sepultura.

Brilla serena en la tiniebla oscura, en la lumbre inmortal su lumbre prende; ni el sol la apaga ni su luz la ofende, ni de los hombres ni los siglos cura.

Se apagará de nuestra vida el rastro y nuestras lenguas tornaránse hielo, y nuestra carne rígido alabastro,

mas, la llama de amor de nuestro anhelo, brillará con más fuerza, como un astro en la tranquila inmensidad del cielo.

Esta vez la furtiva lectora no dudó; un cálido soplo de sentimiento corría por aquellas estrofas, asegurándola que detrás de ellas había una mujer, una mujer apasionada que compartía con Diego aquel amor infinito y sobrehumano; amor que vence á «la triste sepultura»; amor que inmortaliza, fuego de llama perenne «como un astro»... Pero ¿existían aquellos amores?... ¿Acaso no eran ficiones de poetas, penitencias de mártires ó manías de locos?... Amar, para sufrir únicamente; vivir muriendo, y muriendo de amor nacer á la inmortalidad... ¿Qué misterio era aquel impenetrable á los ojos de Eva?... Sintióse poseída por un pavor extraño y luminoso, en el centro del cual ardía aquel inmenso amor que ella negaba, y la gloriosa lumbre calentó un instante su aterido corazón. En inquietud profunda atravesó la estancia varias veces como si buscase razones y verdades donde asirse para no caer al suelo. De pronto se volvió hacia la mesa, agitando papeles y libros en huracán de ansiosas pesquisas. Nada nuevo encontró, y el taller del poeta quedóse conturbado, en traza de terremoto. Eva se acodó en la ventana, esperando de la tierra ó del cielo lo que no halló al abrigo de las paredes...

Ya bajaba la noche por los campos, y temblaba un lucero en el azul.

En el jardín andaba Lali de puntillas, como por el cuarto de un enfermo; buscaba entre los pálidos macizos las últimas flores moribundas, y recogía, en su actitud de sigilo y de tristeza, toda la emoción de aquel instante.

El doliente recuerdo de Tristán hirió á la madre entonces, con punzada traidora, y del calor desconocido que poco hacía le tocara el pecho como ráfaga espiritual, se le subió á los ojos una nube de llanto.

A la par de sus lágrimas copiosas, en el callado valle palpitaba el quejido inconsciente y misterioso de la naturaleza.

XX

Se aumentaron las incertidumbres y el dolor en la humilde casa del poeta.

Tristán, presa de aguda meningitis, se debatía bajo la garra implacable de la muerte; flagelado por el duro martirio, gritaba con desgarradoras energías; toda su fuerza, su vida toda, se le escapaba en aquellos lamentos, agudos como puñales. Pedía socorro, pedía misericordia; el treno de su voz atormentada, corría por las habitaciones como un soplo de locura doliente, y se lanzaba al jardín agostado, y al huerto en deshoja, y aun llegaba á los campos y al camino, como un eco de espantable agonía.

Hecha pedazos su esperanza, Eva se tapaba los oídos en los rincones de la casa, huyendo de las quejas del mártir.

Entretanto María bañaba su corazón en las penas de Diego, y, con ternura y piedad, cuidaba al niño. También el poeta, romero del dolor, velaba en torno al sentenciado, con inútil afán.

Alejada en lo posible de aquella desoladora escena, supo Lali que su amigo estaba muy malo, y que se iba á marchar al cielo. Muy confusa y pasmada, la chiquilla abrumó á doña Cándida con preguntas: El cielo ¿no era un palacio de seda, con dulces y juguetes y angelines?... ¿Por qué, entonces, Tristán daba tantos gritos y se quejaba así?... ¿No quería irse?... ¿Y por qué le llevaban á la fuerza?... ¿Tendría miedo de ir solo?... Sería menester que ella le acompañara...

Inquieta y reflexiva, Lali espiaba las conversaciones y los sucesos, y escuchaba, temblando, los ayes que rompían el silencio de aquel drama.

Rezaba fervorosa, y la sal de sus lágrimas primeras, en la flor de los labios le amargaba, sazonando su sonrisa... Algunas veces, lograba penetrar en el cuarto del enfermo; asomaba los rizos y los ojos en el barandaje de la cama, y quedábase absorta en el espanto de aquella dolencia cruel. Su madre, acariciándola, permitía que besara á Tristán en una mano, para no molestarle; y Diego, dulcemente, la sacaba de la habitación, compadecido del dolor angustioso de la niña.

Mientras Tristán conservó el conocimiento, sólo el nombre de Lali le decidió á levantar el plomo de sus párpados ardientes. Trataba de mirarla y de sonreir, y tendía hacia ella las manos, con afanes devotos. Era menester llamarla para lograr que el niño tomase las medicinas y el alimento; la sentaban al borde de la cama, y la voz cariciosa de la nena, con música de llanto y de piedad, musitaba la petición:

--Toma esto, Tristanito; tómalo para sanar pronto y que juguemos juntos.

Y, dócil á la instancia insinuante, el enfermo desplegaba sus descoloridos labios para tomar todo cuanto le diesen.

Luego empezó á perder la vista y la memoria. Con breves intervalos de sopor, el ángel herido se retorcía en violentas convulsiones, y con temblorosos acentos suplicaba:

--Ven, Lali, corre; quítame esta corona que me aprieta... Estas flores tienen espinas que me han hecho sangre... Mira, ¿lo ves? estoy sangrando... me duele mucho... mucho...

Las manitas, temblonas y cobardes, subían á la frente, y, torpes, se enredaban en los rizos, como garras de cera en un crespón de luto. Quedábase trágico y lastimoso, y en convulsa plegaria repetía:

--Vámonos, Lali; vámonos á que me curen esta herida; llévame á otro camino donde las flores no pinchen; donde los trenes no me pasen por la cabeza... ¡Me están matando!... ¡Me estoy muriendo!... ¡Corre, Lali, por Dios, llévame de aquí!...

Una mañana, cuando Lali fué á verle, madrugadora, él volviendo la cara hacia la voz de la niña preguntó impaciente:

--¿Todavía es de noche?

--Es de día--repuso Lali con asombro--, ¿no ves el sol y el cielo?

Quiso el nene incorporarse, se pasó por los ojos con fatiga las mariposas blancas de sus manos, y con terror insuperable dijo:

--¡No veo!... No te veo Lali; y además no me acuerdo cómo tienes la cara... No digas que hace sol, porque todo está negro... mira... ¡todo!...

Agitaba los brazos en el aire, palpando las tinieblas de su vida, y, al desmayar la frente en la almohada, los rizos en desorden le formaron una aureola de negrura mortal. Sus pupilas sin luz, muertas y turbias, rodaban en la eterna noche... Acudieron á engañarle con ardides piadosos; pero ya ni el amor ni la ciencia eran capaces de aliviar las torturas del inocente. Pronto su oído, paralizado también por aquella muerte calmosa y cruelísima, le negó las palabras de consuelo que el amor le decía. En vano Lali gritaba:

--Tristán... Tristanito, ¿no me conoces? ¿no me quieres?...

El mártir, ciego y sordo, gemía sus quejas desesperadas, vivo para el dolor, muerto á una tregua de esperanza ó descanso. Se derretía el hielo en tibia lluvia sobre sus sienes caldeadas por el suplicio, henchidas de punzadas acerbas; y sus gritos imploradores se trocaron en lento borboteo de frases rotas, de llantos y delirios que en suprema fatiga se apagaban; pero el nombre de Lali se quedó estereotipado en su memoria y con mecánico acento le repetía á cada instante. Ya Tristán no era más que un despojo de la vida. La más conmovedora expresión del dolor humano había descompuesto sus facciones, con tan punzante intensidad de pena, que no había quien le mirase sin estallar en sollozos. En aquel trágico soplo de existencia el nombre de la niña, vibrando como un eco inextinguible, parecía una gota de luz, un hilo tenue, de memoria y de amor.

Ya inerte y frío--Lali... Lali...--balbucía el agonizante, con voz del otro mundo. En sus labios, agrietados por los lamentos, quedó impresa la dulce palabra cuando el santo corazón dejó de latir, y el respiro postrero se mojó con las postreras lágrimas en un amago de sonrisa... Fué una noche de Octubre, una noche apacible y romántica de luna. En la pesadumbre del dormitorio abríase la ventana dulcemente sobre el cielo como una quimérica flor de esperanza. Eva y Diego vigilaban al niño, abrumados de angustia. A los pies de la cama María, compadecida y generosa, despidiendo al moribundo, imploraba al Señor un divino consuelo para los tristes padres... Y ya sonó la hora. Un silbo ronco se alzó del pecho exánime del niño, con finales hervores de agonía; rodó en la almohada la lívida cabeza, coronada de rizos nazarenos, y un estremecimiento indefinible separó de la carne perecedera el alma gloriosa reclamada por Dios.

Con la voz consumida clamó Diego:

--¡Ya se fué... ya se fué!...

Y cayó de hinojos, escondiendo el semblante en las revueltas ropas de la cama.

Eva contemplaba el cadáver con terror; sus regaladas manos fueron á cerrarle los ojos y se agitaron en el aire con los dedos mojados en las últimas lágrimas del niño.

Los labios de María, ungidos de sacrosanta piedad, rociaron la estancia de oraciones y consuelos. La música de sus frases se acompasó con la brisa leda que suspiraba en el jardín, mientras que un retazuelo de luna se entró por la ventana á hacerle una caricia al niño muerto.

XXI

A orilla de aquel lecho donde el ángel quebrantó sus prisiones, un gran amor de dos almas buenas tuvo el postrer coloquio.

Mientras Eva, rendida de cansancio, se dormía en lejano aposento, María, infatigable en sus obras de compasión, con el auxilio complaciente de Rosa, vistió á Tristán por última vez y compuso su lecho de reposo con los improvisados ornamentos que en las arcas del palacio se pudieron hallar.

El poeta, sumido en profunda meditación, se paseaba desde su despacho hasta la estancia mortuoria, con la frente caída y los brazos cruzados sobre el pecho. Consideraba imposible su vida sin que un deber sagrado le encadenase á la tierra, y se dejaba seducir por las tentaciones del descanso final, del plácido sosiego del sepulcro, que rompiendo el arcano de las almas le abriese el camino sin fin donde el amor y la felicidad son eternos hermanos, á la sombra de Dios.

La humana pesadumbre le vencía; el dolor, ahora, le causaba una inquietud ardiente, un desasosiego que le obligaba á dar vueltas como si buscase el cansancio para caer en la tumba más á gusto, rendido de sueño y de fatiga, en supremo olvido de todos los pesares. En aquella andariega ansiedad, deteníase á menudo, contemplando el rígido perfil de Tristanito, acariciado por las piadosas manos de María.

Terminada su fúnebre tarea, replegóse la señora hacia la ventana, y en ella se apoyó, muda y doliente.

Discreta entonces Rosita, fué á reunirse con otras criadas del palacio, que velaban por orden de María, y que en el portal y en los pasillos formaban callados grupos con algunas aldeanas serviciales.

Con rápida resolución cerró Diego la puerta de la cámara triste, y acercóse á su amada, que le acogió con adivinadora impaciencia. Él, con acento opaco, alzó un murmullo que dijo:

--Ya nada me detiene... Sólo el niño tiraba débilmente de mi vida...

Sin dejarle acabar, medrosa la dama y suplicante, murmuró:

--Quiero una prueba, una prueba del amor que me has revelado.

--¿Una prueba?... Cumplida la tendrás dentro de poco, porque voy á morir...

--¡No!--gritó ella, blanca como Tristán, loca de espanto--, necesito que vivas; te lo ruego...

--Vivir muriendo á cada instante cruel de la existencia... Vivir sin esperanza de lograrte... ¿Eso me pides tú?

Transida de dolor:

--Eso te pido--balbució la infeliz.

Y Diego, sordamente interrogaba:

--¿Qué me ofreces en pago de una vida colmada de amargura?

--Te ofrezco otra vida semejante: la mía--gimió ella, desolada y humilde.

Condolido de aquella pena santa y valerosa, humillado por aquel sufrimiento heroico, el artista rindióse una vez más á la sugestión invencible que en su alma ejercía aquella mujer.

Vaciló al repetir:

--¡Vivir sin vida; errar muerto por el mundo!...

Y fué retrocediendo como si huyera de una visión temerosa; la visión de un camino, solitario y adverso, donde jamás llegase á arrancarle á la dicha un brote sano y dulce... Quedó frente á María, al otro lado de la cama del niño, en medio de dos hacheros que custodiaban el cadáver.

Albeaba en la cima de los montes, y una liviana claridad de aurora, luchando con la luz parpadeante de los cirios, daba al aposento extraños tintes de fantástica nube... ¡Aquel recinto de paredes blancas á medio iluminar, por resplandores de misterio y de pena..., aquel niño de mármol que dormía..., aquella mujer hermosa que lloraba!... Diego sintióse desasido del mundo en un instante de sagrada emoción. Ya todo en él fué espíritu, fué anhelo de sacrificio y de virtud, afanes de eternidad y de gloria infinita.

María, transfigurada en lucha de arrebatados sentimientos, se acercó al poeta tendiéndole las manos. Él las tomó entre las suyas por encima del cuerpo de Tristán; estaban frías, mostraban una mística trasparencia de idealidad. Ardían las de Diego, y aquella carne de alabastro que acariciaba en el niño y en la mujer, le produjo un temblor de muerte. Otra vez acobardóse de pena el corazón del hombre, y María, que le sintió temblar como una hoja, prometió en voz de rezo:

--Te guardaré fidelidad como si fueras mi esposo adorado... Siempre, siempre serás tú mi elegido... No estarás solo; mi corazón se va enlazado al tuyo... Pero, júrame que vivirás hasta que Dios te llame.

--Viviré--murmuró el poeta--te lo juro por mi alma que te ha de seguir como una sombra atormentada y dolorida.

--No; como un consuelo; como una promesa de celeste felicidad...

--Y entretanto, hasta que lleguemos al umbral de la eterna ventura ¿se besarán nuestras almas á todas horas, con labios de estrellas y de brisas, de flores y de versos?...

Las místicas manos de la mujer latieron como alas de paloma entre las manos varoniles... Ya bajaba el día por la sierra. Vibraron lentamente unas campanadas, y como si el reloj tuviese un toque despavorido y alarmante, Diego y María se separaron con un sacudimiento brusco y terrible. La cama de Tristán tembló al contacto de los cuerpos que huían, y la luz de los cirios alzóse en lenguas fragorosas, con lívido fulgor.

María, desolada, iba diciendo.

--Sí... sí... se besarán eternamente.

XXII

Corría la mañana lenta y gris. Las campanas, en tránsito de gloria, lanzaron en el valle sus clamores, que se esparcieron mansamente, abriendo en el espacio anchas ondas de música con ecos lejanos y añorantes. Aquel santo clamor despertó á Eva del fatigoso sueño de unas horas, y en su aturdida imaginación cayeron en tropel las sensaciones, luchando unas con otras fieramente. Abrió los ojos mucho, mucho: palpó su cuerpo vestido encima de la cama... Era verdad que estaba despierta; que estaba viva; que tocaban á gloria por su hijo; que Diego se marchaba para siempre...; que se quedaba sola en el mundo, sin la flor de un consuelo ni de una esperanza... Era cierto que se realizaban aquellos presagios suyos, de abandono y pobreza; que se abría á sus pies, como un abismo, aquella senda trágica de sus febriles visiones...

Ya no eran suyas ni el alma ni la carne de su hijo... ¡todas las seducciones de la vida la engañaban al fin! Su belleza no había conquistado ni dicha ni amistad, ni siquiera compasión. Sólo Diego la amó; ya no la amaba, porque ella nunca supo de aquellos hondos afectos inmortales cultivados por él en huertos de poesía... Divinos amores de «horas dulces y trágicas»; que lloran, que se sacrifican, que duelen, ¡y que «lucen eternamente como un astro en la tranquila inmensidad del cielo!»... Los versos de su esposo, enamorado de otra mujer, resonaban ahora en el oído de Eva como una música sugestionante jamás oída, y las repercusiones de aquellas notas, bellas y silentes, rodaban en el corazón de la desdichada con los acentos sonoros del tránsito de gloria...

Se levantó con un miedo invencible de entrar en el silencio de la casa, saturado en vago perfume de flores muertas. Por todos los rincos yacían amustiadas coronas de Tristán y de Lali... Los pasos de Eva en el corredor causaron una trepidación convulsa á todo el edificio. Asustada de sus propias huellas miró en torno con ansia, y al través de unos vidrios entornados vió unas gotas de siniestra luz, suspendidas sobre la cama de Tristán, como lágrimas de fuego. Huyendo de aquel llanto que ardía, refugióse en el despacho aceleradamente. Allí estaba Villamor, de bruces sobre la mesa, durmiendo ó llorando; inmóvil, silencioso.

Con un irresistible afán de protección le llamó Eva.

--¡Diego!

Alzóse el artista con lentitud.

--¿Qué quieres?

--Que no me abandones, que no te vayas, ten lástima de mí... Sufro mucho.

La miró él despacio:

--¿Sufres?--le dijo--pues ya estás en camino de redimirte. Sólo el dolor puede salvarte... ¡Despierta, alma dormida! Sal de tu oscuro sueño y bendice el golpe que te hace despertar...

--Las lágrimas me ciegan.

--Llora, llora... La vida no es un holgorio placentero, sino el duro y noble aprendizaje de la verdad... Escucha: llora el río... llora el viento... lloran las campanas... La existencia es un arroyo de llanto que fluye en corriente infinita, fecundizando el eterno paraíso de las almas...

--¿Cómo sabes todo eso?

--Llorando lo aprendí.

--Quiero yo saber algo que me sirva de alivio y de luz, algo que me ofrezca los secretos consuelos que tú gozas.

--Antes llorarás mucho. Sólo cuando el dolor llegó muy hondo á las raíces de tu corazón sentiste el sagrado temblor de la verdad en tus entrañas... ¡Despierta, alma dormida!

Hablaba Diego con fervor solemne; su frente de poeta aparecíase nimbada con resplandores de gracia espiritual, y Eva, seducida por aquel halo de linaje divino, le miró ansiosamente, lamentándose:

--Pero me quedo sola, sin amparo ninguno...

--Yo, desde lejos, te daré sostén y ánimos.

--Quieres á otra mujer--balbució la esposa.

Sin asombro ni disimulo respondió Villamor:

--Sí; á otra que llora muchos años hace, siendo inocente y santa.