Part 12
De una en otra concesión hecha á sí mismo, fué Diego adentrándose en su conciencia por rutas peligrosas, con menoscabo de firmes leyes de moralidad y de sanas costumbres sociales; y entre las encendidas llamas del amor divino, aparecieron también las ascuas rojas del amor humano, por una natural evolución. A la par del caballero y del poeta, el hombre, estremecido por las sordas voces de la vida, sediento de la amada, quería beber llena la copa del deleite; reclamaba su derecho á vivir en el goce pleno del amor, sin escrúpulos, sin reservas, afrontándolo todo, venciéndolo todo, hasta sentir la felicidad en su corazón convertida en esclava... ¡Pero el pobre corazón ambicioso le dolía de tanto querer y esperar!
En medio de estas crisis del sentimiento y la naturaleza, de estas luchas entre el instinto y el ideal, llegó á manos de Villamor una carta con sobre de María, algo temblona la letra, algo asustado el nombre del artista, escrito con menudos caracteres. Un pliego de líneas ondulantes señaladas por una escritura difícil, decía: «Papaíto: te quiero mucho; hazme unos versos y cómprame un caballo. Todos los días rezo por ti con Lali y su mamá, y para que veas que no te olvido te mando esta carta llena de caricias... Tristán.»
Piadosos renglones para Diego los que trazó la mano de María con la mano del nene. Eran símbolo y prenda de un recuerdo delicado y bendito, y abismábase el alma de aquel hombre en infinita gratitud hacia la autora de tan dulce milagro. El inocente corazón de Tristán, al impulso de una santa influencia, volaba hacia el padre sin ventura á quien hurtaron el amor del hijo, y las letras deformes y nerviosas que traían el regalo, pareciéronle á Diego una imagen viva y trémula del amor de la ausente.
XVI
Se remeció la linde de los huertos, y una sombra erguida y lenta, avanzando en el césped, tendióse á los pies de María, bajo el mando impalpable de la luna. Punzó el silencio un grito borbotante en los labios de la dama:
--¡Tú... tú!...
--Yo...; no tiembles ni me culpes--dijo el acento férvido y opaco de Villamor.
--Pero, ¿á qué vienes?... ¿por qué vienes, Diego?
--Porque es razón que venga; porque es justo... Porque estás sola y triste, en bárbaro abandono de tristeza... Y vengo á consolarte... y á quererte.
--Llegas como un ladrón; de noche, de improviso, rompiendo tus propósitos y mi serenidad... Me has asustado mucho.
Y la voz se apagó rendida y dulce, temblando en el sosiego del paisaje. La indulgente caricia del acento perdonó la osadía del poeta, que vencedor y ufano dijo:
--El amor es amigo de la noche, y llega así, callado, cuando menos se espera...
--¡Así llegan también las tentaciones!...--lamentaba la voz acariciante; y ardiente la otra voz, cantó su triunfo:
--Nada vengo á robar, porque me has dado lo mejor que tenías: el alma. Y porque es mía la quiero recibir de tus labios como una comunión.
--Ya vuelves á estar loco--murmuraba María ahogando sus reproches en un ritmo de pena--; ya olvidas nuestro pacto y la tranquilidad que me ofreciste.
--Algo loco estaré, ya que pretendo arrancarle á la vida, por fuerza si es preciso, toda la felicidad que nos esconde... Díme tú que me ayudarás; díme que me quieres sobre todas las cosas y que quieres ser mía en cuerpo y alma; díme que estás divinamente loca, como yo lo estoy, y que nada te asusta ni te detiene...
--Cállate por piedad... Tengo miedo... Un miedo horrible...
--¿De la dicha?
--De ti, que ya no sabes ser mi hermano.
--Yo sé adorarte con la sublime insensatez de la pasión que sólo atiende á sí mismo, sin importarle nada lo demás. Yo te adoro divina y humanamente, con cuanto hay en ti de espíritu eterno y de humana desventura, y quiero compartir contigo el mayor tesoro del mundo, que es el amor; nada vale tanto, nada merece tanto la pena de vivir. Merced á su admirable poder, le arrancaremos á la vida sus mejores frutos, y en nuestro paso por la tierra dejaremos una huella de poesía y de pasión que mañana encenderá otros corazones...
--¿Para que despierten y mueran?--interrumpió María con duelo.
--No; para que en ellos vivamos como en los nuestros vive la sagrada lumbre de los amantes de otros siglos... Es la antorcha eterna que, como en los juegos clásicos, pasa de corazón en corazón sin apagarse nunca... Cuando se acabe el mundo, yo imagino que sobre el planeta muerto esa antorcha arderá todavía como el símbolo de un amor inmortal...
--Y después de este mundo, allá en el otro, ¿que cuenta le daremos á Dios de estos amores?
--Él unió nuestras almas aquí abajo...
--¿Las almas?... Tal vez sí--balbució la mujer con zozobra infinita--. Pero las almas únicamente... Que hablemos de esta manera á favor de la noche, es una cosa mala... es un peligro...
Pero Diego razonaba á su modo.
--¿Por qué ha de ser malo que estemos juntos queriéndonos mucho y habiendo sufrido mucho también?... Lo malo es no quererse, es llevar el odio en el alma, causar la infelicidad de una criatura buena, ser ocasión de infortunio y de lágrimas, valerse del implacable rigor de un sacramento ó de la dureza de una ley para atormentar á los que tienen hambre y sed de amor y de justicia...
La fascinante voz sugestionaba el ánimo suspenso de María. Iba quedando en sombras aquel espíritu, y con afán de luz saltó á los ojos azules, todo entero, y fué á posarse en un retazo de luna caído al césped desde un jirón de las nubes. Un blando soplo llegó de la arboleda, acariciando un momento la agonía de las rosas, y en el fondo sombrío del jardín, acompasada como un corazón, latía una fuente.
Diego, enardecido y febril, lanzaba su copiosa elocuencia en el silencio, á la luz de los ojos pensadores impregnados de luna.
--¿Quién puede pensar que somos _malos_--dijo--porque nos queremos?... De estos pecados toda la naturaleza es responsable. Habría que ir destruyendo y aniquilando todos los gérmenes de la vida, desde la semilla de las flores hasta el corazón nuestro, para castigar los _delitos_ del amor... ¿Qué culpa tenemos nosotros, pobres seres dolientes y apasionados, de que el mundo haya sido hecho de esta manera?... ¿Es que nos vamos á arrancar el corazón, lo único verdadero que hay en nosotros?... ¡Qué ridículas deben parecer desde «allá arriba» todas las preocupaciones humanas, las leyes, las conveniencias, los disimulos, las hipocresías, todas estas prohibiciones con que se pretende sujetar todos los fueros del amor!...
Cielo y luna en los ojos de María escuchaban cautivos; un robledal oscuro, con música de fronda suspirante, charlaba con el río en coloquio feliz, y la noche, perfumada y serena, seguía caminando por el valle.
Con indómito afán se acercó Diego á la oyente pensativa, y rogó:
--No me esquives tu corazón... Díme lo que meditas, lo que sufres...
Ella, condesciendo, le contaba:
--Pienso que te extravían los pesares, que todo lo que dices es dañoso... El valor de la felicidad está en que jamás puede ser poseída; si la estrecháramos en nuestros brazos como á una criatura, perdería su divino perfume... La felicidad, como la belleza, como todas las altas y graves cosas inmateriales, rechaza toda posesión, todo contacto...; es un aroma, una luz, una brisa que pasa...; la sentimos, la gozamos tal vez... ¡pero no la poseemos! Si de ella sabe algo nuestra vida, será á condición de que respetes el juramento que nos separa.
--Yo haré lo que tú mandes--dijo Diego alcanzado de angustia punzadora--; prometí obedecerte y sé cumplirlo; pero así castigamos nuestro amor con sutilezas crueles, asustándole con fantasmas invencibles... Somos unos pobres ilusos, y, en vez de amarnos con todo nuestro corazón, nos fatigamos estérilmente en un torneo de razones locas, cuando la razón suprema que nos ampara es el amor mismo... ¡Y no se vive más que una vez!...
Con exaltado acento de tortura le replicó María:
--Una vez... en la tierra... El sacrificio tiene también sus goces y hermosuras...
--Pero cuando es estéril, lleva forma de orgullo, y á veces de crueldad. Esta mansedumbre pasiva no tendrá la grandeza que tú supones... Mi amor te ofrece otra clase de sacrificio, activo, fecundo, lleno de misericordia y de consuelos, mucho más noble y hermoso que todos los tormentos inútiles y solitarios de tu abandonado corazón.
--¡Inútiles mis tormentos!--gimió la valerosa, amargamente.
--Los tuyos y los míos... Aceptamos el hierro de la esclavitud á placer de nuestros verdugos... ¿Lo harían ellos por nosotros así?
--Ellos... ellos...--murmuró dolorida la voz mansa. Y después con transporte en que temblaron dos amores rivales.--Por ti--dijo--pudiera olvidar lo que soy, sacrificar mi honor... si fuése mío...
Y Diego, ronco, huraño, terminó:
--¡Pero es de _él_!
--¡No!... es de ella... de mi hija.
--¡Ah!... sí... ¡Lali!--balbuciente clamó el poeta, con respeto humilde.
Y tan absorto se quedó en su desventura, que la mujer, con suma piedad santa, fué á decirle muy bajo:
--Ni tú ni yo somos dos amantes ciegos; nuestro amor no está hecho de pasión ni de instinto, es el dulce fruto del sentimiento y del dolor; no le amarguemos con la culpa... dejémosle vivir muriendo, como un atisbo de la suprema felicidad que por él se nos dará algún día.
--¿Cuándo?--sollozó el hombre, hambriento de aquella promesa, impaciente y quejoso como un niño.
Ella, con el poema de sus lágrimas, fué tejiendo una esperanza remota.
--Pronto--dijo--, allá donde todo es posible y todo es bueno; cuando la carne se hace polvo en la tierra.
Y él, la miraba en éxtasis de inefable ternura, asegurando:
--A mí tu cuerpo me parece hecho todo con alma...
Apretó en sus manos fuertes las manos de María, húmedas por el llanto, blancas y temblorosas como jazmines que la lluvia doblase. Pero ella, desprendióse con terror de la caricia pura, y lloraba:
--Pues á mí nuestras almas... me parecen de carne...
Luego, imploradora, trémula, suplicó:
--Vete... vete... Hasta mañana.
Obedeció él, sumiso, y como un eco repitió con pavura:
--Hasta mañana...
Bajo el cendal bendito de la luna sollozaba María, desgarrándose en triunfo doloroso, y la figura gentil de Rosita se alzó en un escondite por detrás de la señora. Deslizábase la doncella hacia la casa con un susto inaudito en el semblante, y en el alma un fervor y un asombro que la hacían pisar con leve paso sin rozar casi el suelo.
Se remeció otra vez la linde del jardín; la sombra del poeta, huyendo entre macizos, se tendía en las flores del otoño... Estaba la noche como adormecida de placer, y se agitó el paisaje con un escalofrío de pasión.
XVII
¿Cuántos días? ¿uno? ¿mil?... ¿La vida toda?... ¿Un minuto?... La sublime demencia del amor inmovilizó el tiempo en el valle, para los enamorados inertes en su idilio, todo niebla y dulzura, todo inseguridad y dolor. ¡Era un correr entre sombras y resplandores, un vagar por los cielos y la tierra, un delirio tan puro y tan humano!...
A nadie le extrañó que Diego se hubiese aparecido en su casita, ni que se encerrase á escribir tenazmente, ó á pasear á lo largo de la estancia horas enteras, sin dejar su retiro más que para hacer la diaria visita á la señora del palacio.
La zafia sirviente del poeta contó que el señorito había llegado en el tren de la noche, sin preguntar por la señora ni por el nene, porque sabría, sin duda, que no estaban en casa... Contó que apenas comía el caballero, que hablaba solo y que le daba gran tarea á la pluma.
Para Tristán fué una sorpresa alegre la de ver á su padre una mañana en el balcón, gozando con el asombro de los dos amiguitos, que corrieron á abrazarle.
Con el franco egoísmo de la infancia, el niño dijo al hombre:
--¿Me traes un caballo?
--No pude... Estaban las tiendas cerradas cuando vine...
--¿Y los versos?
--¡Ah! sí, traigo muchos, para ti y para Lali.
--Versos--dijo la niña charlatana--son unos regloncitos chiquitines que «caen» bien unos con otros... Son cantares.
--Sí--repitió Tristán con maravilla--; son cantares, y valen el dinero... lo ha dicho tu mamá.
Villamor escuchaba embelesado el gracioso palique de los nenes, y un tierno gozo le inundaba, viéndolos tan unidos en la gloria envidiable de la inocencia.
Sin el ropaje de los disimulos siguió Tristán diciendo sus antojos:
--Papaíto; yo no quiero quedarme en esta casa; vente tú al palacio también, porque mamá se ha ido no sé á dónde...
--Donde está mi papá--saltó la niña resolviendo el problema fácilmente.
Diego endulzó una sonrisa muy amarga besando á los pequeños, y les dijo que él se estaría solo y ellos juntos con la mamá de Lali; que le irían á ver los dos á cada rato, y que todas las tardes les llevaría á paseo y les haría una visita.
Se quedaron conformes los chiquillos, y cumplieron por su parte el programa de tal modo, que á cada media hora gritaban á la puerta del despacho: Abre, que una mariposa se nos muere; á ver si tú la curas... Que nos cuentes un cuento... Que nos hagas un cantar... Mira, traemos flores...
Algunas veces encontraban al artista con los ojos llenos de lágrimas.
--¿Lloras?--le dijo Lali en una ocasión.
Y Tristán, conmovido, saltó á los brazos de su padre, murmurando:
--No llores, que ya te quiero mucho.
--¿Y antes no?--preguntó Villamor entre caricias.
--Antes... poco.
--¿Desde cuando me quieres?
Encarnado y confuso balbuceó el niño con elocuente verdad:
--Desde que la madre de «ésta» me ha dicho que eras bueno...
Lali, absorta, miraba aquella escena con sus pupilas de oro dilatadas en una compasión profunda. Le daba mucha lástima aquel señor tan triste, que la besaba siempre en los ojos con unos besos cálidos y dulces, largos, largos... suavísimos. Y el poeta, prendado de la niña, gozaba sobrehumanas emociones cada vez que la luz de aquellos ojos entraba en su conciencia, refrigerante y pura, como el sol de los cielos...
Acosado por un tropel de ideas inefables y ardientes, Villamor quería condensarlas en renglones felices, en estrofas de gallardía inmortal, centella de perenne fuego eternizado en el arte con romántica lumbre de pasión. Quiso poner su alma, deshecha en tempestad, bajo la pluma, y estrujarla encima del papel, y dejarla en un canto á María ardiendo para siempre con llamas de gloria inextinguible en el amor infinito. En sus horas de emoción solitaria, le parecía que todo el universo vibrase dentro de él, y se quedaba en éxtasis, sin hallar más digna elocuencia que la del llanto; sus nervios, como el cordaje de una lira inmensa, se estremecían temblorosos, y las sensaciones le envolvían en olas de luz, de música y de color. Mas en aquellos instantes de plenitud vital y estética, no lograba arrancar al corazón sus secretos mejores; torpe la pluma, remisa la palabra, encarcelados los pensamientos en la exaltación sentimental, caía el poeta en frenesíes morales, en accesos de tristeza y de lágrimas, que le llevaron al dintel de la locura. Entre sus montones de cuartillas rotas en aquel tiempo, sólo alguna por azar quedó en olvido, menospreciada por la desesperación del hombre artista, que no acertó á verter en ellas el aroma de su alma.
XVIII
Arbolada como el mar estaba la quinta; parecía que la borrasca de las olas alcanzase al salón, á la terraza, al jardín ya marchito y al parque derrotado por el otoño. Bajo la rasgadura de la fronda, paseábase Rafael nervioso y ceñudo, pisando con cruel complacencia la crujiente hojarasca. El marqués buscaba inútilmente á su hijo por los aposentos de la quinta.
--¡Rafael... Rafaelito!--iba diciendo--¿En dónde estás, muchacho?... Todo se arreglará, no te disgustes. Estas son nubecillas familiares, caprichos de mujeres...
Abría don Agustín las puertas, atravesaba las estancias, y su acento, sonoro y reposado, se apagaba entre muebles y cortinas, tapices y molduras. Al final de su inútil excursión, una vidriera del piso bajo le permitió ver, peregrina en el parque, la ruin catadura de su hijo. Fuése el prócer hacia su heredero con prontitud conciliadora y grata, y en paternales tonos, un poco altisonantes y campanudos, le habló de transigir con sus deseos de matrimonio; él había hecho las veces, en obsequio suyo, cerca de las señoras, encaprichadas contra Luisa Ramírez... Las bodas por amor, eran siempre un asunto poético y hermoso, digno de simpatía; por eso, como padre y como romántico, apadrinaba don Agustín los ideales amores de Isabel y Galán...
Nada, nada: dos casamientos «altruístas», dos alardes de aristocrática insurrección contra los convencionalismos de alcurnias y talegas, ¡y á ser felices por muchos años!... No olvidaba el marqués aquel adagio de «casa á tu hija como pudieres y á tu hijo como quisieres»; pero él también se casó sin más estímulo que el de una pasión desinteresada, y su felicidad conyugal era un ejemplo elocuente de cuántos premios reciben en el mundo el puro amor y los nobles sentires.
Extendióse Coronado en otras consideraciones sentimentales, y su discurso, cómico-lírico, tuvo el don de plegar con difícil sonrisa el gesto bravo de Rafael. El padre fué diciendo que Isabelita, como enamorada, habíase puesto de parte del hermano, en defensa de su boda con Luisa; y que, siendo ya dos en apoyarle contra el parecer de Benigna y la marquesa, iban ellas cediendo en su oposición, y ya querían paces francas y prontas con el predilecto...
Todo se arreglaría; las señoras, ya avanzado el otoño y desapacible la playa, volverían á Madrid inmediatamente, y él se quedaba acompañando al novio en un hotel de la ciudad para prevenir con solícito interés todos los menesteres de la boda, á la cual, en el día señalado, vendrían la marquesa y las niñas; luego, todos asistirían cordialmente á los desposorios de Isabel, en la corte...
Para que no viajaran solitas las señoras, López, «el buen López», el amigo constante y bondadoso, se prestaba con gusto á acompañarlas; quedaríase con ellas unos días, hasta la fecha de la boda, y en ambos viajes les sería muy útil su compañía... ¿Eh?... ¿Qué tal?...--interrogaba don Agustín muy satisfecho, en triunfo de proyectos y soluciones. Rafaelito mordíase los labios, entre compadecido y burlón, y el marqués se le llevó del brazo hacia la casa, donde fué recibido el heredero con caricias de la mamá y mimos de las niñas... De Isabel sobre todo, que, hacía un rato, oyera del furor de Rafael una amenaza:
--Si tú sigues conspirando contra mi casamiento, yo desbarato el tuyo en diez minutos... Hablaré á papá de tal modo, que, por cándido y ciego que sea, se opondrá á que te cases con ese...
--Comprendido--interrumpió la avisada señorita; suprime los epítetos, hermano, y cuenta con mi apoyo... y tranquilízate; nos casaremos los dos muy pronto... ¡Ya lo creo!...
Isabel y Benigna conferenciaron después de la amenaza de Rafael; luego, las dos, se encerraron con su madre en una discusión agria y triste, y, por fin, la marquesa, llamando á su esposo á un coloquio trascendental, le despidió al instante hecho una malva, ufano en su papel conciliador en busca del terco Rafaelito, que impusiera ya definitivamente su resolución de casarse con Luisa Ramírez sin tardar más de un mes...
Aplacada aquella tormenta familiar, muda la casa en crisis de descanso, todos los gritos que se oían eran del viento y de las olas, y del ropaje roto de los árboles.
Pero en la terraza de la quinta estallaba otra tempestad, asomándose á los ojos profundos de una mujer. Ascuas y tinieblas, relámpagos y huracanes, pasaban por aquellos endrinos ojos que miraban desafiadores la intumescencia del mar en su pujante bravura. Olas más crueles que aquellas del Cantábrico furioso, se deshacían verberantes en el corazón de Eva.
La curiosidad aciaga, y el despecho que la empujaron hacia la quinta, en castigo implacable se tornaron, porque Gracián, engreído como nunca en vanaglorias del rendimiento de ella, la utilizó como estímulo para lograr á la condesita, y cuando la de Manrique se marchó á Vichy, segura de no encontrar marido en _Las Palmeras_, él quiso hacer una pública ostentación de la supuesta conquista, acompañándola en el viaje, olvidado de cuanto no fuése aquel empeño altivo en afirmar su fortuna de tenorio. Con la humillante ofensa de Gracián coincidió para Eva una carta de María, dando buenas noticias de la salud del niño y añadiendo que, «aunque estaba allí Villamor, ella tenía mucho gusto en retener al nene á su lado». Aquel regreso, sin aviso ni explicación, fué para Eva un asombro más en la extraña conducta que á Diego atribuía. Por primera vez se le ocurrió que su marido, despreciándola en realidad, se había marchado en un momento de hastío, y regresaba á disfrutar del valle aprovechando la ausencia de la menospreciada... Era cierto, entonces, que ya ella no inspirase cariño ni admiración, que ya no tuviese poder sobre alma ninguna...; que el abandono y la soledad la ponían sitio con incansable ardid... De nuevo padeció el terror de la llanura solitaria, el indómito espanto del desierto sin orillas, sendas tortuosas y estériles donde la fatalidad la empujaba, sola y pobre, sin juventud y sin belleza, sin poder asirse ni á su propio corazón, que, callado y cobarde, parecía muerto... El pálido rostro de Tristanito cruzó por su memoria vivamente, como estrella fugaz en noche oscura. Al recuerdo del nene, irguióse Eva con indomable orgullo, poniendo enfrente de su gesto bravo la imagen dulce y bella de una niña.
--Me le quieren quitar--rugió sañuda--; es Lali que le lleva á su casa, que le tiene hechizado y me le roba... ¡la quiere más que á mí!... Un maretazo fiero de pasiones agitó á la mujer atormentada por su propia ruindad. Contemplando al Cantábrico en borrasca, á las flores en derrota, y aislada su existencia, sin consuelo ni rumbo, llegó á pensar, obsesa en sus espantos, que Tristán, su único tesoro, padecía un secuestro maléfico en poder de un hada diminuta con los ojos de sol, las mejillas de rosas, y la risa arpada; una hechicera, de nombre Lali, carne de la mujer feliz á quien todos los halagos del mundo le pintaron un cielo en los ojos de ardiente azul...
Eva quiso volver al valle inmediatamente. Habiendo prolongado su estancia en _Las Palmeras_ muchos más días de lo que se propuso, parecía demasiado significativo su deseo de marchar tan pronto como Gracián lo hiciese; pero la llegada de su esposo la sirvió de justificante en la repentina determinación. Nadie la detuvo, porque la vuelta á Madrid revolvía ya la casa de los marqueses en ajetreo formidable. En aquel regocijo entraba López, frotándose las manos y mascullando el glorioso «perfectamente» que hizo época en las crónicas galantes de la playa...
Prendido en las pálidas nieblas de la costa, el Cantábrico, en furia, se despedía á grandes voces de aquella caravana de viajeros. Gritos, sollozos, ventadas, salivazos, una acusanza dura y arrogante mandaba á la ribera la tempestad marina... No de otra suerte, en salmos inmortales, nos cuenta el Evangelio que al pueblo escandaloso:--_Avergüénzate, ¡oh Sidón!_--le dijo el mar...
XIX
Tristanito tenía mucha fiebre y una gran cobardía en la mirada. Hubiérase dicho que no quería abrir los ojos á la luz, desde la hora en que oyó á sus padres hablarse con palabras durísimas y crueles, lo mismo que en Madrid hacía tiempo, igual que en otras ocasiones inolvidables para el niño... Fué en la tarde que Eva llegó; fué en aquella salita blanca y alegre donde Diego escribía y paseaba, donde Tristán y Lali trenzaron juncos y margaritas para fabricar coronas, alzando con su charla infantil castillos maravillosos, bajo la acariciante mirada del poeta...
El niño entre los dos, Eva iracunda apostrofaba á Diego, como si ella no fuése la culpable de la distancia de sus corazones, del secreto divorcio de sus vidas.
Con déspota altivez, pedíale razón de sus desdenes, noticia de sus planes y cuenta de sus horas. Decíase abandonada y ofendida, y no daba tregua á los reproches ni respiro al discurso acusador.