Despertar Para Morir (Novela)

Part 11

Chapter 113,937 wordsPublic domain

En la noticia, que no era cierta, tuvo mucha parte la jactancia habilidosa de Gracián, á quien tentó la codicia de añadir un laurel á su mote de «irresistible», comprometiendo con alardes fementidos á la festejada señora; y cuando supo que la condesa había llegado á la playa, apresuróse á cumplimentar á los marqueses con una visita que se prolongó entre lances placenteros. Dejóse la de Manrique, con fácil travesura, obsequiar por Soberano, pero con pruebas palmarias de que deseaba marido mucho más que galanteador. Era caso curioso y sorprendente ver á la viudita aprovechar las pocas ocasiones en que Rafael se le acercaba, para enconfitarse con el hombrecillo encanijado, y dejar al buen mozo con un palmo de narices.

Gracián se ponía frenético á favor de su radiante careta, y las de Coronado se desesperaban viendo la risa con que Rafael iba á contarle á su madura novia aquellos éxitos, para que le sirvieran de solaz y de orgullo...

López, el impertérrito asentidor, el amigo complaciente y simple, soportaba con bendita conformidad la charla insulsa del marqués, contemplando á la marquesa con unos ojos pícaros y lánguidos, que á Benigno le hacían sonreir.

Y, de repente, como llovido del cielo, cayó en la playa Luis Galán, muy elegante, muy ufano, con los dientes blanquísimos... y con una cara de tonto, que no había más que pedirle. Pero ya dijo la marquesa en otra ocasión, que no era tonto, aunque lo parecía. Una insolente frescura fué lo que demostró presentándose en casa de Coronado «como si tal cosa» y con el decidido intento de hacerle la corte á Isabelita. Fué lo grave del caso que la muchacha se hacía un caramelo con Galán, y que don Agustín María Celada y Osorio acogió estos amores bajo su égida con tales entusiasmos, que la boda se daba por segura al poco tiempo...

Así cruzó el verano por la quinta, luminoso y florido. En el mar el rumor era un arrullo; en la ribera el viento una bendición; la luz en el celaje era una gracia ardiente y generosa.

XII

La calma del valle y su silencio llegaron á ser para Eva una tortura. Su corazón vacío no le daba compañía en la soledad, ni mansedumbre en la tristeza; estaba sola con sus pasiones, en la más horrible de las soledades. Obstinándose en la suposición de que todos la traicionaban, la poseyó el terror de ver su cuerpo abandonado de la belleza, ídolo material de aquella mujer, único goce que la dió su fruto de dulzura falaz, amargo al fin... Se contemplaba en el espejo horas seguidas, escrutando la euritmia de sus formas y de sus facciones, con ojos agresivos, rencorosa y zahareña recordando las frases crueles y proféticas con que Diego una noche la llamó «pobre criatura sin más tesoro que su carne mísera»... Aquellas palabras le parecían ahora una maldición que empezaba á cumplirse, y loca de miedo, desde el fondo turbio de su conciencia, diera ya por seguro que todo le era infiel, que todo huía entre sus manos débiles y ansiosas, á no alzarse la imagen de su hijo mirándola, mirándola con muda y triste reconvención... ¡Su hijo que la adoraba, que era todo de ella, carne suya, alma suya!... ¿quién la había llamado pobre?... Ceñuda y dominante, con un placer torvo sin sonrisas, buscaba al niño y estrechábale en un abrazo duro que á Tristán le hacía gemir:--¡Mamita, me haces daño!...--y temeroso, hurtábase á la ardiente caricia de la madre, para correr con Lali á sus juegos...

Una noche de aquellas de Septiembre, ya largas y aun apacibles, Eva se despertó á las altas horas, soñando que tenía arrugado el semblante, mortecinos los ojos y blancos los cabellos; dió una voz lastimera, y echóse de la cama despavorida á buscar el espejo en la oscuridad del dormitorio. Le halló con tino de sonámbula, y se quiso mirar en él sin luz, con una obcecación desesperante.

Desorbitados los ojos en la negrura del vacío, con un santiguamiento febril y supersticioso, clamó horrorizada:--¡Estoy ciega, Dios mío, estoy ciega!...

Temblorosas las manos, frías y torpes, buscaron encima de los ojos, y á gritos como una poseída, Eva imploraba:--¡Luz... luz... misericordia!...

Despertó el nene lleno de susto, y su acento llorante cayó en la penumbra de la estancia como plañido de recental:

--Mamá, tengo miedo; estamos á oscuras...

Fué una brisa de clemencia para la desolación de la madre aquel aviso. Con desatinado aceleramiento encendió una vela, y sin atender al asombro del chiquitín, fuése al cristal del tocador, que, indiferente al trágico ademán, la ofreció una imagen tan bella como pávida y dura. La llama de la bujía, envolviendo á la mujer en nimbo tembloroso, prestóle tal encanto en el espejo, que ya desensoñada, conmovida por el goce de hallarse siempre hermosa, Eva lanzó un prolongado suspiro de bienestar.

Medio desnuda, con la sérica mata de pelo desmandada sobre los hombros, blanca por la emoción, la tez morena, sonriente un minuto, la señora exclamó triunfante.--¡Aun tengo mi hermosura!...

--Mamá--lloraba el niño--¿por que hablas sola, y gritas y no duermes?

Vuelta á su lado la madre, serenóse para dormirle. Le besaba, y mentalmente decía: tengo también á mi hijo; aquí está, le tengo para siempre... Y al ceñirle entre sus brazos fuertes y desnudos le hacía lamentarse:

--¡Me lastimas!...

Aflojando la cadena amorosa, logró la madre que durmiese el niño, mas con un sueño leve y anheloso, sueño de pesadilla ó de enfermedad.

Contemplábale Eva con angustia; su orgullo maternal herido estaba sobre el cuerpo inocente de aquel ángel, siempre en lucha con el dolor, ¡pobre ángel triste, con las alas caídas hacia la tierra!...

Sólo en aquel estío, ya expirante, había disfrutado Tristanito un poco de salud. Y al pensar esto, el recuerdo de Lali, alegre y sana, acometía como un dardo al corazón de Eva.

El rosicler indeciso de las mejillas, era en Tristán como un sonrojo del que pintó las rosas en la cara de Lali; la voz del niño, un eco de la garla gentil con que la nena cantaba el goce sano de la vida...

Todo en Lali era alegre y placentero, y al verla junto á Tristán comalido y atónico, diríase que era el sol de los ojos de la niña quien le daba un piadoso calor para vivir, y que el soplo tenue de su existencia era un aroma de la salud de Lali... Nunca Eva como entonces deseó aquel hijo que dormía en sus brazos, lastimoso y yacente como el ángel de mármol de un sepulcro.

En el pecho endurecido de aquella madre, los ocultos senos de la ternura se dilataron con una ansiedad desgarradora; había temblado la mujer con el terror de que su belleza fuése de cierto carne mísera, fruto amargo y doloroso; y tembló también por la carne flaca del hijo, fruto deleznable de una mentira de amor...

Como si reanudase su reciente sueño con un epílogo fúnebre, vióse lanzada por devastados caminos, hermosa y desnuda, con un tesoro en los brazos. Anduvo, anduvo en la vastedad de aquel desierto sin orillas, y halló una cosa reverberante que la atraía; era un cristal ó un lago, una lámina tersa que reproducía las imágenes. Acercóse trémula á descubrirlo, y se vió en un espejo vieja y ceñuda, á la luz de una llama tembladora... Su preciado tesoro era un ángel de mármol, duro y frío... Estaba pobre, sola, cargada con su carne marchita y con su niño muerto...

Amaneció en las cumbres de la cordillera cántabra, y aun Eva sentía pesar sobre sus párpados la cerrazón espantosa de una noche sin fin.

XIII

Al palidecer el paisaje con una ligera marchitez de otoño, la casona de Ensalmo hallóse lejos, moralmente, de la casita de Eva; sólo el cariño de Tristán y Lali las enlazaba, tendido como un cable de socorro entre dos náufragos que agonizan.

María, encerrada en los dulces pesares de su amor, traspasaba apenas los linderos del parque ó del jardín; pero los nenes, siempre juntos como hermanitos bien hallados, eran entre las madres ocasión de algunas visitas y conversaciones, lo bastante para que la frágil amistad de las dos señoras no se rompiera por completo...

Un día, Lali dijo:

--¡Cómo tarda en volver mi papá!

Y se estremeció María con una sorpresa dolorosa, como si hubiese olvidado que Gracián estuviera en el mundo... Amedrentóse con la certidumbre de aquel retorno, y el yugo de su cautiverio la hirió con implacable castigo. La pobre esclava apetecía la libertad con unas ansias tan hondas y tan fuertes, que toda su existencia era un impulso errante, un vuelo roto... Del sopor de su vida despertaba para que la felicidad muriese entre sus manos; muchas veces, viéndola morir tan hermosa y risueña, estaba á punto María de perder la razón, y el arroyo de sus dolores, desatado y rugiente, desbordábase en llanura sin término.

La dama rubia y triste gustaba como nunca de la noche, que es novia del dolor. En su banco predilecto del jardín--en aquel de «la cita» inolvidable--, ó en su sillón de mimbres en la solana, abismábase en cavilaciones dolientes y dulces á la par. Tenían aquellas horas en el valle montañés un alarde raro de tristeza y de calma. El perfil altanero de las cumbres, recortado sobre apacible toldo celeste, daba un marco de encantadora irrealidad á la hondura de las hoces, toda envuelta en pálidos desfallecimientos de luna; un soplo tibio, como aliento del ábrego, mecía en el ambiente aromas bravos y penetrantes de hierba recién segada, y rezaban los bosques, lueñes y misteriosos, con lánguido rumor de brisa ó deshoja.

En aquel cuadro de meditación y de magia, la figura interesante de la enamorada yacía como en su propio lecho, en divino abandono; muchas veces, radiando en los azules ojos una santa luz de inmolación, susurraban los labios reverentes palabras de sacrificio y acatamiento, y una fugaz sonrisa renunciadora aplacía el bellísimo semblante. Mas, á poco, la hermosura de la mujer se humanizaba con resplandor ardiente de pasiones. Quedábase María escuchando con ansiedad los graves secretos del paisaje pensativo, y la aspirada fragancia del jardín la hacía estremecer; con el rostro oculto en sus cabellos y en sus lágrimas, musitaba entonces una súplica loca, sin que el pobre corazón implorante supiera por cuáles caminos había de llegar al cielo su amarga voz...

Durante sus deliquios amorosos solía ver la dama una silueta que erraba en el jardín como embriagada en el grato embeleso de la noche; maravillándose de tal descubrimiento observó, recelando del fantasma, y pudo descubrir que era Rosita aquella aparición triste y aventurera, desvelada entre las flores. Una de aquellas veces la doncella acertó á cruzar junto al escaño donde María trenzaba sus ensoñaciones en un completo olvido de la moza sonámbula. Alzóse de su asiento la señora viendo avanzar aquel perfil errante, y la muchacha lanzó un grito espantoso á la gentil figura de la dama, que imaginóse justiciera sombra. Con acento dolido, como una elegía, de hinojos murmuraba--¡Perdón, perdón!...

--¿Qué dices?... ¿perdón, de qué?

Y la albura del señoril ropaje se meció como nube serena sobre el abatimiento de la joven.

--¿En qué me has ofendido?--preguntó con asombro la señora. Y, dulcemente, le tendió sus manos, que en las manos morenas de Rosita semejaron dos lágrimas de luna.

--En todo, en todo--sollozó la moza, humillada y tremante.

--¿En todo?--repitió María con incrédula expresión--cuéntame, á ver...--Pero la muchacha, contemplando la apacible actitud de la señora, temió apenarla con el cruel secreto, y llena de rubores y de susto, balbució:

--Mañana se lo contaré á la señorita...

Y la besó las manos con ternura tan honda, que María, sintiendo la emoción de los instantes sublimes, puso los labios con benignidad sobre la frente de la doncella... Por diversos caminos del jardín se alejaron las dos hacia la casona, conmovidas y desconsoladas.

El rostro pálido y sobrenatural de la luna las estaba mirando desde el cielo con trágica sonrisa...

XIV

Al medio día cruzó con estrépito la carretera un automóvil, que giró por un camino vecinal entre las mieses, y se detuvo en la portalada orgullosa de la casa de Ensalmo. En el grave edificio hubo un revuelo de curiosidad, y la casita de Eva conmovióse también con la rápida trepidación de unas persianas. Rafaelito, disfrazado ventajosamente con el saco flotante y la carátula de automovilista, descendió del carruaje con una señora que, despojada de gasas, túnica y sombrero, resultó ser Benigna. Con alborozo y gritos asaltaron la casa los dos hermanos, pidiendo su cubierto en la mesa, y asegurando que llegaban con un hambre feroz, y que el heno en tendales de los campos les había dado una gana terrible de pacer...

Lali estaba muerta de risa, y María, recibiendo á sus primos, cariñosa, ordenó que la comida se sirviese pronto.

Expusieron los de Coronado con aceleramiento su propósito de llevarse á María y á Eva, aquella tarde, con los niños; venían por ellos decididamente; era menester sacar un poco á las dos señoras de aquel abismo de hoces y de torrentes, de campos agostizos y lánguidas arboledas... La playa estaba hermosa todavía; los nenes tenían que bañarse... Pero, ¿qué reclusión era aquélla? ¿Acaso un voto?... ¡Y los maridos por esos mundos!...

--Gracián divirtiéndose como un muchacho soltero--aseguró Benigna, sonriente y perversa.

Luego, insinuante, añadió:

--¿Por qué no has de venir tú con nosotros?

La cabeza rubia de la señora giró en dulce negativa; María, aquel año, se propuso no salir del valle hasta regresar á Madrid á fines de Octubre, ó algo después si el otoño se presentaba benigno... Agradecía mucho aquel empeño...

Y una firmeza singular se acentuaba en sus frases de gratitud, dejando á los solicitantes pocas esperanzas de éxito.

Siguió Benigna, sin embargo, obstinada en su convite, mientras los ojos de Rafael celebraron una fiesta de admiración sobre la dama; y en tanto que sirviesen la comida quisieron los de Coronado visitar á Eva. Por el lindero complaciente del jardín pasaron los tres á la casa vecina. Ya la de Villamor los aguardaba, adiestrándose en previsiones múltiples de aliño, indagaciones y disimulo. Estaba hermosa; satánicos los ojos, profundas las ojeras, y la tez más pálida que de costumbre. Agasajada por una invitación cordialísima, dejóse rogar, titubeando; pero al saber que María se quedaba en el valle, pareció decidida á consentir.

--Nada, nada, está resuelto--declaró Rafael--, usted y el niño se vienen con nosotros esta tarde; ahora es necesario que conquistemos á María para quedar victoriosos.

La rubia cabeza de querubín, en movimiento firme dijo otra vez--No... no...

Ardiendo en impaciencias, Eva quiso enterarse.

--¿Tienen ustedes muchos invitados?

--En nuestra casa--contestó Benigna--sólo quedan la de Manrique y su madre, Gracián, y la chica de Alfaro, íntima de Isabel; pero en los hoteles hay aún mucha gente de Madrid, y lo pasamos admirablemente.

--La condesa se marcha un día de estos--aventuró el acento profundo de Rafaelito. Y Benigna dirigiéndose á la de Ensalmo:--También Gracián--dijo--emprenderá desde _Las Palmeras_ una excursión antes de venir á buscarte... ya sabrás...--Con discreta mesura, la voz musical de la esposa, que ignoraba los proyectos del infiel, repuso:

--Sí; ya sabía...--y un aire de sutil indiferencia envolvió estas palabras como en un tul vaporoso que flotó con misterio en la plática... Los ojos de María estaban parados en remota meditación, al borde de una mesa escritorio llena de papeles y libros. Aquella sala alegre, con balcones á la casona y al jardín, era la habitación preferida del poeta, su taller literario en otro tiempo; ¡tiempo distante, huído para siempre!

Las azules pupilas soñadoras tornáronse infantiles, de tan cándidas, al rimar los recuerdos de una adolescencia compartida fraternalmente con el hombre, amado ahora, en la desventura... Benigna y Eva discutían los inconvenientes de llevar al niño á la playa; resistíase de pronto la de Villamor, con nuevos escrúpulos, en aceptar la invitación para el nene, tan delicadito, tan mimoso... Era una fatiga salir con él fuera de casa...

--Pero le vendrán muy bien aquellos aires; quizá los baños... los de este mes son los mejores--anunciaba Benigna.

--No, no; es mucha molestia para ustedes.

--De ninguna manera...

Intervino María con prontitud:

--Déjamele á mí; con Lali estará muy contento.

Y el chiquillo, que se había deslizado en la visita y escuchado al lado de su madre, susurró:

--Sí; estaré muy contento.

Eva, inclinada á ceder, con jovial tono se querelló del nene:

--Yo voy á estar celosa de tu Lali... La quieres más que á mí...

Luego, irresoluta:--No sé que hacer--decía--, ¡le ha probado tan bien la aldea!

María insistió.

--Déjale...

Y Tristán, muy bajito:

--Sí... sí... me quedo con Lali.

--Dos ó tres días, si acaso--fué concediendo la mamá.

Todos quedaban satisfechos. En _Las Palmeras_ el niño no hacía falta; sólo Eva para divertir á Gracián, ó María para contenerle, á ver si librando á Casilda de su asedio, arreciaba ella en las insinuaciones en torno á Rafael, y antes de partir la condesa dejaba comprometido con una declaración categórica al constante enamorado de Luisa Ramírez... Todo un plan de enredos y artificios, fraguándose en el ocio de la quinta...

Avisaron de la casona que la comida esperaba; y Eva se quedó con sus preparativos de viaje, inquieta, febril, dudando si sería una locura dejar á Tristán para correr á divertirse cerca de aquel hombre extraño y pérfido, que se burlaba de unas cuantas mujeres á la vez. Reteníala su orgullo, pero la empujaba una ardiente curiosidad de conocer á la de Manrique, y sentía un diabólico antojo de rivalizar con ella, de vencerla acaso, en aquel frívolo torneo de vanidades, que era el encanto de su vida... Al revolver su vestuario olvidó al niño; y destemplada, rabiosa, halló mezquinas todas las prendas de su ajuar, y tuvo la certidumbre de ser ella la criatura más desgraciada del mundo... Faldas, cuerpos, dijes y tocados, sufrieron tirones y sacudidas durante una hora cruel que pasó sobre Eva como un suplicio. Al cabo de perplejidades acerbas, quedó preparada una maletita con lo mejor que la vanidosa pudo elegir entre sus galas, y después de dar algunas órdenes á la sirviente única de la familia, y escribir una breve esquela á su marido, Eva en traje de excursión, bella siempre, presentóse en la casa de Ensalmo.

Ya Benigna se impacientaba por el regreso; no así el marquesito, á quien la tarde se le hizo un soplo en compañía de la dama rubia.

Tristán y Lali celebraban con júbilo inocente el goce de vivir juntos bajo un mismo techo, y María quedó libre, por fin, de la tenaz invitación de sus primos, porque Rafael interrumpió de pronto una nueva consulta de su hermana, diciéndole:

--No porfíes más; hace bien María en quedarse en el valle--y miraba con raro enternecimiento los ojos azules, que también le miraron agradecidos.

Llegó la hora de la marcha, y todos juntos salieron á buscar el automóvil que esperaba rodeado de chicuelos pasmados y curiosos.

La de Villamor despidióse muy azorada de María; hubiera querido estar amable con ella, agradecerle con acento cordial el hospedaje que brindaba al nene, pero sentía rubor de su conducta, remordimientos de aquel viaje furtivo. Al besar á Tristán tembló un instante con intensa inquietud; mas el pequeño, gozoso y animado, le devolvió los besos sin aflicción ninguna, y la madre sintióse ya calmada.

--Vamos sin que anochezca--rogó Benigna, mirando con asustados ojos hacia el triste camino de Reinosa--. Por allí--añadió señalándole--deben llegar los trasgos, y los lobos y los ladrones... ¡Qué sé yo cuántas cosas horribles!... El Besaya parece que está loco, con los gritos que da... Yo me moría, si tuviera que estar un mes en este valle.

Y volviéndose hacia su prima, que estaba sonriendo, preguntaba:

--¿No te da mucho terror cuando llega la noche?

--Al contrario, me alegro...

Resonó con trágico placer la respuesta valiente, y Rafaelito, al oído de la dama murmuró:

--¡Quien pudiera acompañarte en esta soledad toda la vida!...

Acomodados en el raudo tren: Adiós, adiós...--dijeron--Hasta muy pronto--añadió la voz de Eva extinguiéndose en la distancia. Partieron, trepidantes y veloces, carretera abajo, y fueron á perderse en un recodo violento del camino...

Los nenes corrieron hacia casa, de la mano, y quedóse María en el dintel de la portalada, sola y muda, de relieve en la piedra, como el ángel tenante de un escudo. Los ojos de la hermosa subieron á la cumbre de los montes arropados de niebla, y desde allí á los cielos en busca de algún signo de esperanza; pero estaban cerrados los confines con pálidas cortinas, y ni luces, ni rumbos, ni señales de una consolación halló la triste.

XV

«Me voy á _Las Palmeras_, con Benigna y Rafael, que vienen á buscarme. El nene queda al cuidado de Doña Cándida y de María; está muy bueno y contentísimo con Lali.»

Así leyó Diego en unos lacónicos renglones, patrón de extraña correspondencia; no se asombró gran cosa de la audacia de su mujer, y aunque ella colocase en segundo término á María como guardadora de Tristán, aquel detalle de imaginar al hijo cobijado por la bien amada, causóle viva emoción.

Un periódico, muy pretencioso y algo cursi, publicado en la playa con el título de _Revista Veraniega_, le había dicho á Villamor, á su tiempo, que Gracián estaba en la quinta de los marqueses; y en las almibaradas crónicas de aquella misma publicación, leía el poeta á menudo el nombre sonoro de Soberano. Luego María estaba sola con los niños, sola con sus pesares y su mansedumbre. ¿Pensaría mucho en él?... ¿Le olvidaría?... Si olvidarle fuése ventura para ella, Diego con heroico afán hubiera deseado aquel olvido. Pero no; vivir era amar; María no dejaba de amarle, porque despertó con él á una vida intensa de sentimiento... Mas, ¿acaso un amor sin esperanza no es una muerte cruel?... Amarse de aquel modo ¿no valía tanto como despertar al borde de la tumba?... Y la vida era un don amable, el supremo don que tenemos derecho á defender; por ella son lícitas todas las batallas y buenos todos los caminos...

Diego, pensando así en sus terribles horas de infortunio, rebelábase con dementes razones, contra el dolor sublime de la amada. Sentía una lástima desgarradora de ella, una ternura llena de caridad, una misericordia infinita. Quisiera abrirse el corazón para meterla en él, para abrigarla en él, para tenerla siempre consigo, amparada, defendida por el recio muro de su carne, por el torrente impetuoso de sus venas, como un niño en el seno maternal. Gozaba y padecía en pocos minutos mil torturas y placeres, lanzado todo su sér en locas vueltas de la imaginación. Embebido en sus ansias, percibía de la adorada voz el metal dulcísimo, y olvidaba cuanto le hacía temer y sufrir, para soñar que habían vuelto á nacer los dos amantes, el uno para el otro, y que iban juntos por la vida, muy cerca los ojos y los corazones...; y hasta en la calle, entre el bullicio de la gente, María se acercaba á Diego, en ilusión, hermosa y enamorada, como un divino milagro.

Poco después, la ansiedad y la impaciencia devoraban al soñador; tendía las manos en la sombra, y la dicha se le escapaba, hallando sólo el vacío, el vacío de una eterna caída irremediable... De pronto renacía á una inefable confianza, creyendo firmemente que un amor conquistado á fuerza de dolor tenía que florecer en rosas de felicidad, con la más santa de las justicias. Una lógica de enamorado le llevó á admitir la idea de que las almas superiores tienen el derecho y el placer de redimirse con valentía de todos los dominios extraños, juzgando en el tribunal sumo de las conciencias sus propios sentimientos, y hurtando el cuello, hasta por dignidad, al fallo de una sentencia injusta... Sobre la vida y la hacienda--pensaba el artista--han podido pesar la voluntad de un hombre ó el mandato de una ley; pero sobre las almas, ni antes, ni ahora, ni nunca, ¿quién sino Dios puede mandar? El amor tiene también sus fueros, y cuando es de calidad altísima y no está manchado con impurezas, se levanta sobre todos los códigos y todas las prohibiciones...