Part 10
--Todavía me quiere Manuel...
Después sus ojos, nublados de tristeza, se pusieron á rezar en el altar solemne de los cielos.
Bajo el rezo sin voz de su mirada, el corazón sincero de la moza se confesó con Dios, lanzando con valentía un gran secreto al espacio infinito.
Ella creyó que al rodar en la noche aquel secreto iba á quedar envuelto en una nube ó preso en una estrella, ó perdido, tal vez, en un repliegue del firmamento azul.
Pero fué el caso que la contrita confesión de Rosa se extendió por el cielo con una claridad nueva y extraña que no era de los astros, y que pudiera ser únicamente luz milagrosa y pura de una conciencia honrada.
Vió entonces, la infeliz, cómo en la luna y en un lucero claro y rutilante, que ella llamaba suyo desde niña, y en las estrellas todas, por el terso cristal inmaculado, resbalaba la imagen de su culpa; una culpa moral, involuntaria, pero negra y odiosa como la ingratitud.
Tremante y angustiada se llevó las dos manos á los ojos cargados de rocío, del rocío del alma que es el llanto; y después de enjugarlos con presteza, tornó á mirar ansiosa hacia la altura, creyendo hallarla limpia de su revelación.
Pero, más claros los cielos de su cara, mejor vieron cómo todo el dosel peregrino de la noche estaba empañado del terrible secreto de su vida...
Cayó Rosa de hinojos en la media penumbra de su cuarto, y en el acusador espejo del celaje vió pasar, luminosa y desnuda, toda la historia de su traición.
Era cierto que, olvidando gratitud y lealtad, como una loca, amaba tiempo hacía al señorito Gracián, al esposo de la mujer tan santa como bella que había sido su ángel protector años enteros.
Aquella pasión desordenada, nació de sus aficiones á seres y cosas brillantes. De amar lo portentoso y deslumbrador, llegó á enamorarse del hombre más galán de cuantos conocía, de aquel afortunado y apuesto, osado y triunfante como ninguno de los que la moza viera.
Cuando quiso pensar la sin ventura que aquel caballero podía ser para ella, perdición solamente, causa cierta de ingratitud y deshonor, ya era tarde, ya la pasión fatal se había ganado corazón y sentidos, y un incendio de amor le consumía con llama inextinguible.
Pero esta cuita, tan dolorosa y grave, no era un pecado para el ánima en pena de la moza.
Fué lo tremendo en el percance aquel, que anduvo ella propicia y diligente para hacerse notar del señorito; el cual, muy atareado en diversos problemas de su vida, apenas se había detenido á confirmar que la doncella era guapa, según él, á la vez que _Nenúfar_, lo había dicho allá abajo en la playa, siendo Rosa una niña.
Sin duda el mismo Lucifer le inspiró á la muchacha perversos planes, que sin meditación ni consciencia fueron puestos en práctica audazmente.
Ella, que sólo de cuidar á Lali tenía obligación, mostrábase solícita para entrar en el cuarto de Gracián con hábiles pretextos, y servirle con una asiduidad tan extremosa como llena de pérfidas coqueterías.
Y el ángel que guardaba á Rosita fué, de seguro, quien preocupó á Gracián con tan arduos asuntos económicos, ó tan altas conquistas amorosas, que sus muchos cuidados le pusieron una venda en los ojos.
VIII
Pero el ángel, al cabo, se cansó de tomar precauciones salvadoras en favor de la pobre enamorada, y el caballero la miró de pronto, con la sorpresa de encontrarla nueva para su admiración y su codicia...
Rosita se quedaba asustada al recordar ahora, con una claridad mortificante, los esfuerzos que hizo para producir en Gracián la admirativa sorpresa... ¡Qué atrevimiento el de aquel peinado ondulante, hecho con tenacillas y postizos... Pues, ¿y la blusa azul, toda calada sobre el pecho y los brazos?... Con la intención de aparecer hermosa, ella le había preguntado á la modista:--Diga usted, ¿cuál color «me sentará más»? Y la modista, sin titubear, le respondió.
--El azul pálido, que es un hechizo en las morenas...
Luego de fabricar el peinado y la blusa, una tarde, cuando la luz caía, entró en el cuarto del señorito á cerrar las persianas.
Era la hora en que él solía llegar para mudarse de ropa y para anunciar probablemente, que no se quedaba á comer. Rosa esperó al pie de una ventana, fingiendo que muy distraída contemplaba el jardín; y cuando sintió en la estancia pasos, se volvió con aire asustadizo, lo mismo que en la escena hubiera hecho una cómica hábil.
Con aquel ingenioso efecto teatral, toda su belleza tentadora y madura se le entró al señorito por los ojos.
Como los cortejantes que la moza había visto en las comedias, Gracián se le acercó, muy inflamada la mirada y la voz, para decirle:--¿No sabes que me gustas y te quiero?... ¿No sabes que te has hecho una mujer preciosa?...--Y le cogió una mano entre las suyas, y el talle luego, con un brazo firme. Sonaron en la puerta, muy discretos, un par de golpecitos, y un acento, como el de doña Cándida, angustioso, dijo:--Rosita, ¿estás aquí? Lali te llama...--¡El ángel de la guarda, compadecido de la ciega moza, todavía la quiso proteger!...
Después de aquella tarde, otros milagros de compasión divina envolvieron á la joven como en un manto protector. Gracián hizo un viaje rápido y misterioso como todos los suyos; luego, la nena estuvo algo malita, y Rosa no dejó de cuidarla ni un momento. Después... los convexos cristales inclinados siempre sobre la inacabable calceta de doña Cándida, se posaron encima de la muchacha con tal persistencia, que los veía, atisbadores y penetrantes, persiguiéndola hasta en sueños, como una lente mágica, al través de la cual Dios mismo leyera en su turbado corazón.
Huyendo, entonces, el reflejo obstinado de aquellos cristales, Rosa se retrajo modesta y acobardada, evitando todo encuentro á solas con el señorito, hasta que él acechó una ocasión para decirle:
--Tengo que hablar contigo muchas cosas...
Y la quiso abrazar. Desasióse Rosita del abrazo, suplicando con miedo.
--Déjeme usted, por Dios.
Pero muy cariñoso, repitió el señorito:
--Hemos de hablar; ya te diré yo cuándo; nada temas, hermosa.
Era esto en vísperas del viaje á la Montaña, y una vez en el valle, Gracián muy fácilmente buscó á Rosita sola, en los amplios locales de la casa, y le notificó sin más ambages:
--Una noche de estas subiré á tu cuarto; no te asustes, y espérame.
Nada repuso ella, conmovida por el espanto y el amor, y desde aquel instante vivía en la confusión terrible de un mal sueño, midiendo con pasos de sonámbula aquellas tumultuosas jornadas de su vida, tan apacibles en apariencia.
Lo más extraño del oculto lance era que el caballero, tan enamoradizo y caprichoso, no acudiese á la cita en doce noches; doce, largas y crueles, que Rosita le aguardó medio loca de pasión y de remordimientos. Ella tan esquiva y de mármol para cuantos la quisieron, ya con honrados propósitos, ya con finuras galantes; la que sólo una vez, por romántica fantasía, prendió su imaginación de un hombre que se dijo poeta; la mujer altanera y soñadora; la aldeana artista, allí estaba sacudida por el espasmo de la pasión, destrozada por el brusco despertar de su rústica naturaleza, que, protestando de un largo cautiverio bajo el señorío espiritual, se revelaba en todo su arrogante poder, bravía y ardiente, como en el estío la sierra donde nació Rosa.
Celos y rabia sumaban un tormento mayor á la espera de la joven.
Sus sagaces ojos de enamorada habían visto delante de Gracián la figura altiva y donosa de otra mujer. Era la misma á quien él acompañó en Madrid una noche reciente, desde el hotel cuya puerta abrió Rosita, ya sintiendo una celosa sospecha hacia aquella que aceptaba, con tan patente agrado, la obsequiosa compañía del señorito.
De tiempo atrás la conociera Rosa, y mucho mejor al caballero poeta que le dió su nombre, oriundo del valle y bien querido en la comarca.
También conocía al hijo de ambos, aquel niño macilento y quejoso de quien tanto hablaba Lali; y la niña le había contado muy alegre, que aquellos señores, dueños de la casa contigua al palacio, iban también á la Montaña.
Las malas sospechas de la moza se aumentaron cuando observó que la dama gentil y morena coqueteaba lindamente con el señorito Gracián, apenas llegaron al valle ambas familias.
Juntos paseaban por la mies y por la selva: juntos subían á la montaña en traza de cazadores, ó charlaban en el jardín bajo los jazmines de un cenador mientras los niños jugaban. Juntos habían hecho á caballo una larga excursión, hundiéndose en la hoz adusta, por el camino de Reinosa.
La señorita María los miraba ir y venir, con glacial indiferencia, en tanto que Rosita concebía un mortal aborrecimiento por aquella señora que embelesaba á Gracián, hasta el punto, sin duda, de hacerle olvidar que había dicho á otra mujer: «espérame...»
Y esperando, ya desesperada aquella noche de su confesión, después de llorar de rodillas en el suelo, lavada su conciencia por el llanto, se vió Rosa tan culpable de consentimientos y de ansias, que un bochorno ardiente le enrojeció las mejillas con ascua dolorosa.
Llamó á Dios en su ayuda y mentó con fervor á la Virgen del Camino, la patrona del valle.
Miró al lucero suyo, y su luz blanca estaba un poco roja; ¿qué sería?... Con impulso vehemente la muchacha fuése á cerrar la puerta con cerrojo, y se dijo: Aunque llame cien veces no he de abrir; quiero ser buena, quiero tener en el cielo una luz blanca siempre, una luz mía...
Sintió un rumor, apenas perceptible, cerquita de la puerta.
Escuchó ansiosa, y el rumor fué creciendo. ¿Pasos quizá?... Sí; unos pasos muy leves que se detenían... ¿Llamaban?... Sí; ya lo creo; llamaban despacito.
Rosa prendió la luz y abrió la puerta con júbilo demente.
Un gato negro hizo _fu_, muy arisco, delante de la moza, y echó á correr con un galope avieso, encandilados los ojos y el rabo erguido...
Despeinada y llorosa, Rosita se durmió mucho más tarde, cansada de gemir y de rezar sobre su lecho, por divino milagro defendido.
Había dejado su ventana abierta, y la noche, gozosa, entraba por el cuarto, toda llena de un vago son de vida; voz de espumas fluyentes en el río, de besos de las hojas en el bosque, de amores de la brisa con la flor...
El pobre amor humano allí dormía, rendido de pesar, y el lucero de Rosa, blanco y puro, temblaba en la llanura de los cielos.
IX
Era indudable que Gracián se aburría, una estancia en el campo de cerca de un mes, era mucho poema geórgico para aquel gran artista multiforme, aun contando con el aliciente de perseguir un par de conquistas amorosas. Por logradas las tenía el famoso cortejante, y con cinismo y jactancia clasificábalas en su imaginación de este modo: «Eva, que se hará desear para hacerse valer... equivale á decir que me costará un pico... Rosa, que espera mis órdenes rendida á discreción... «de balde y con gracia»... Total, dos empeños de poca monta, sin dificultades ni riesgos... Dos mujeres conseguidas sin más que extender la mano, como quien dice...»
Y al hacerse estas cuentas galanas, la triunfante sonrisa de Gracián se convertía en un bostezo prolongado y fastidioso. Trataba de ocultarse á sí mismo, que si algún lazo le detenía en el valle con deseo creciente y mortificador, era su propia mujer, la abandonada y ofendida esposa que ahora le parecía más bella y codiciable que nunca. La encontraba diferente á cada momento, y siempre encantadora como jamás se le había parecido. Algunas veces era María la niña novia de cándidos ojos y actitudes infantiles, pero más altiva, más arrogante y desdeñosa que cuando Gracián la enamoró en _Las Palmeras_, en facilísima escaramuza de pretendiente; en otras ocasiones adquiría una expresión ideal de Dolorosa, y con las azules pupilas rasas de llanto, las menos de azucena entrelazadas y el nimbo dorado de los cabellos, rutilante á modo de corona, le parecía á Gracián haberla visto cubierta de luctuosa túnica, con un puñal clavado en el corazón, conducida en andas por las calles en un cortejo de lágrimas y oraciones. Y aquel incrédulo, que no tenía firme en su alma ni una sola idea religiosa, contemplaba con extraño respeto, como una cosa nueva y fascinante, el santo dolor de la mujer que él llevó al altar, con engaño y perjurio, para marcarla con el hierro de la esclavitud, en martirio irremediable. Pero, de pronto, aquella pura frente contraída, aquel mirar nublado, aquella boca crispada, se aplacían en súbita transformación, y todo el semblante bellísimo tornábase dulcedumbre y alegría, como cuando en la mar arbolada y tormentosa salta una mano de viento bonancible.
Quedábanse entonces los ojos de María suspensos de alguna divina aparición, y en los labios le temblaba una sonrisa, colmada de promesas, que á Gracián le hacía estremecer. Estos cambios bruscos y peregrinos dábanle al esposo mucho cuidado, y le causaban un desasosiego que iba convirtiéndose en amorosa tentación. Tan menguadas consideraciones había guardado él á su esposa y en tan ruin estima la tuvo siempre, que la indiferencia ó la culpa le impidieron protestar de la tácita separación que entre ambos inició María, y que se consumaba en discreto disimulo, con todo el aparato de una avenencia cordial.
Y en aquella rara situación, Gracián el victorioso, el siempre feliz enamorado, sentía una singular inquietud al acercarse á su mujer con leves insinuaciones de íntima plática.
Sabía ella detenerle de tal modo en aquel camino, inútil hacía tiempo entre los dos, que sin hablarle, con una mirada, con un gesto, le hacía retroceder intimidado. Sin querer confesarle la derrota, calmaba el _super-hombre_ su vanidad inmensa suponiendo que María, en silencioso culto, le adoraba, y que los insistentes y rendidos galanteos que él prodigaba á Eva, la tenían enojada y celosa.
Varias veces, dentro de su propia casa, soportó María enredos amorosos de Gracián y ofensas imperdonables; pero él se esforzaba en pensar que entonces no se había fijado como ahora en el efecto que el impudor de sus hazañas producía en aquella mujer paciente y noble. Quiso creer que la casualidad, y no una afición que despertaba, le ponía al descubierto aquella supuesta condición celosa de María, y ahogando con soberbia terrible su malestar interior, acariciaba con protectores ojos á la esposa, murmurando compasivo: ¡pobrecilla!...
Para distraerse de aquella sorda irritación que le sublevaba, esforzábase en cortejar á Eva sin recato ninguno, improvisando cacerías y paseos á los más pintorescos lugares de la comarca; y aunque siempre invitaba á su mujer á que tomara parte en aquellas excursiones, ella se disculpaba de asistir, invariablemente, con pretextos tan fútiles y poco justificados, que Eva, molestada por aquella displicencia mortificante, aceptaba los proyectos de Gracián con espíritu de venganza hacia María, y lanzábase en imprudentes holgorios con su galanteador, escandalizando aquella vecindad tranquila y timorata.
Se quedaba María muy á gusto en la dulce soledad de su jardín ó de sus habitaciones, libre para saborear la felicidad dolorosa de su alma, y mientras tanto los dos excursionistas disimulaban difícilmente su mutuo aburrimiento.
Eva sentía ya un verdadero asombro ante el silencio obstinado de su marido, y Gracián perdía terreno en el ánimo de la hermosa, á medida que la preocupaba aquella terca actitud del ausente y la dolía como una humillación injusta la indiferencia de aquel á quien para siempre creyó su esclavo.
Por su parte Gracián se fatigaba en las alternativas de resistencia y alientos á que Eva le tenía sometido, y suponiéndolas ajustadas á planes de astucia femenil, sentíase impaciente y disgustado.
Así pasaban los días tejiendo paradojas alrededor de nuestros personajes. Rosa, en acecho de los pasos del señorito, desfallecía en atroces luchas de insensata pasión. Su pobre corazoncito, macerado por la pena, se rasgaba en cauces de remordimientos cuando los ojos de la moza contemplaban á la señorita María, tan abandonada y tan bella, con el semblante divinizado por una apacible luz que á veces parecía de resignación y á veces de felicidad...
X
Una de aquellas mañanas agostizas, cálidas y radiantes, tempranito llamaron á la puerta del gabinete donde Eva dormía con Tristán. Acababa de vestirse la señora, cuando una voz infantil preguntó--¿se puede?... Y sin esperar contestación, la cabecita rizosa de Lali asomóse en la estancia.
--Ven, ven--gritó con afán Tristanito--¿me traes flores?
--Sólo traigo un clavel--dijo la niña, alzándole, rojo y húmedo, en su mano diminuta. Acercóse á la cama donde el niño se había sentado, muy contento, y añadió con delicioso aire maternal:
--He venido muy deprisa; luego te cogeré más flores, monín; ahora están llenas de rocío...
--¡Mucho has madrugado!--la dijo Eva amablemente.
Muy pizpireta, saltó la niña:
--Porque hoy hemos madrugado todos en casa; á mi papá se le ha ocurrido marcharse ahora á _Las Palmeras_ en el tren correo, y como pasa á las ocho, desde el amanecer están en danza las maletas y los armarios... yo no sé las cosas que ha revuelto... ¡y eso que va por dos días!...
Eva se quedó estupefacta, y con un vago terror, murmuró entre dientes:
--¡Otra huída!...
Igual idea tuvo Tristán, que recordó con misterio asustadizo:
--También mi papá se fué de repente una mañana, con su maleta... ¿A dónde irán tan deprisa todos los papás?
Lali se echó á reir.
--¡Qué tonto eres!--dijo sentenciosa--Van deprisa porque el tren no espera. Mamá me ha contado que tu papá ha ido á Madrid á escribir versos y libros que valen mucho dinero, y después te va á comprar muchas cosas... muchísimas... Mi padre ha ido á _Las Palmeras_... ¿sabes dónde es?... Pues allá abajo, en una playa... ¿sabes lo que es playa?... La arena donde llegan las olas... El mar es como un río grande, grande... como un cielo todo de agua... ¡Da algo de miedo!... Pues allí tienen mis tíos una quinta, y en el periódico que escriben en aquel pueblo «leímos» anoche que había llegado á visitarlos una señora muy guapa de Madrid, que se llama condesa de Manrique... Y mi papá ha ido á verla.
Centellearon los africanos ojos de la dama, y Tristán levantó hacia ellos los suyos encendidos de ansiedades, para interrogar:
--¿Cómo dices que los versos son una tontería y que papá no sabe ganar dinero?... ¿No oyes que me va á comprar muchas cosas?...
No. Eva oía solamente aquellas palabras del parlamento de Lali, «una señora muy guapa, condesa de Manrique». Recordaba la breve escena enigmática entre Gracián y su mujer el día que en Madrid se despidió de ellos... Hablaron de Casilda Manrique con singular entonación. Seguramente era una mujer de quien María estaba celosa; una rival «de cuidado» también para las ilusiones de Eva...
Se puso á vestir al niño maquinalmente; luego le mandó con Lali al jardín para que allí le sirvieran el desayuno, y nerviosa, agitada, comenzó á peinarse delante del espejo.
En su endrina cabellera se asomaban con timidez las primeras canas, tan pocas y con tal precaución, que sólo ella las había advertido; aquella mañana le parecieron á Eva muchas más que otras veces; iba entreabriendo la madeja sedosa, y con mueca iracunda, al descubrirlas, renegando de la edad y de la suerte, golpeaba el suelo con el tacón agudo de su bota. Aquel día todo le salió á disgusto; el peinado, dificultoso y lento como nunca, se malogró en ondulaciones que á su parecer «no la sentaban». Halló su rostro descolorido y vulgar, señalado con las huellas del tiempo; sus modestos vestidos de diario, le parecían túnicas indecorosas; sus zapatos, inservibles; su habitación, miserable... Se creyó abandonada y vendida, víctima de estupendas traiciones y de infames atropellos... Como una furia se debatió en su cuarto contra imaginaria tormenta de infortunios, y, al medio día, salió de su encerrona con la repentina esperanza de que, torpe la sirviente, no le hubiera transmitido algún recadito galante de Gracián. Pero se frustró su presentimiento. Ni una palabra de cortés despedida tuvo para ella su ferviente adorador del día antes... Aun pretendió disculparle, imaginando que volvería pronto y no habría querido comprometerla con cartas ni avisos. Pero el nombre sonoro de la condesa de Manrique cayó sobre la débil disculpa como un sarcasmo cruel. Pasó toda la tarde en desesperada actitud, y, ya al anochecer, incapaz de resistir sola aquella silente meditación del crepúsculo, fuése de visita á la casona de Ensalmo. En la solana halló á María jugando con Lali y con Tristán como una nena; estaba hermosa y sonriente, con un aire juvenil, encantador. La figura amenazante de Eva avanzó sobre el grupo alegre como una sombra trágica, y su voz, impregnada de reproches ocultos, fué apagando las risas en silencio fatal.
XI
En la quinta de _Las Palmeras_ sucedíanse las emociones más varias y curiosas, ocultas, en lo posible, bajo sonrientes hábitos de bailes, paseos y demás estivales holgorios.
Todas las caras, menos la del marqués, tenían puesto un antifaz deslumbrador.
El que usaba la marquesa solía rasgarse á menudo con un rebelde gesto de amargura, tan congojoso y desesperado, que movía á misericordia.
Desde que la ilustre familia llegó á la playa, parque, jardín y salones, tomaron en la quinta un continuo aspecto de fiesta. Veraneantes forasteros y familias visibles de la capital norteña se apresuraron á nutrir con brillante concurso la aristocrática mansión de los marqueses. Se extrañaba en aquellos regocijos la ausencia de Rafael, que, engolfado en su interminable dúo con Luisa Ramírez, deteníase apenas en los festejos familiares. La graciosa provinciana, que, con tan invencible poder atraía al marquesito, estaba siempre bella, con un encanto crepuscular, dulce como un recuerdo hermoso. Su risa seguía fluyendo, cantarina y saludable, á modo de arroyada bienechora. La afición que esta mujer inspiraba á Coronado, habíase convertido en un sentimiento profundo, lleno de dulcedumbre y simpatía; una mansa ternura algo filial, algo romántica y piadosa, que insensiblemente iba dignificando la existencia del mozo. Al influjo de aquel cariño noble, refrenadas las licencias de su juventud, llegó Rafael á pensar en los serenos placeres matrimoniales; pero iniciado vagamente este plan de boda, la familia de Coronado le opuso serias razones de apellidos, linajes y fortunas, íntimos problemas de suma importancia confiados todos á la descendencia del futuro marqués. Grave parecía el asunto, pero á Rafaelito le estimularon las dificultades, encendiendo con llama fuerte su propósito de consagrar marquesa á Luisa. Para hacerle desistir de aquel antojo, llegaron sus hermanas á asegurarle que Casilda Manrique, la diosa de la aristocracia madrileña, le prefería á todos sus adoradores--que eran muchos y escogidos--, pero él celebró su feliz suerte con una carcajada jocunda que le puso espantoso de feo.
--¿Casilda Manrique?--dijo con su voz cavernosa--¡muchas gracias!... Yo quiero una mujer para mí solo...
Como era tan hábil y tan bonita aquella celebrada condesa, las de Coronado se hicieron ilusiones de rendir á sus pies al marquesito, y lograron, con artes ingeniosas, llevarla á _Las Palmeras_ una temporada. Todo eran halagos y funciones para detener allí á la beldad «de moda», una viuda tan verde y tan magnífica, que se había adueñado de los más finos homenajes de la dorada sociedad. No estaba el prestigio de la condesa muy lustroso, pero las máculas de su reputación no eran obstáculo para que los próceres herederos atisbasen sus millones, que, según se decía, disfrutaban de limpieza cabal.
La de Manrique aceptaba pleitesías y cumplidos con una omnipotencia soberana, y tenía pendiente de su elección amorosa á un lucidísimo rebaño de aristocráticos borregos. Pero, cuando mayor era el ansia de conocer la voluntad de la condesa, susurróse en crítica elegante de salones, que Casilda tenía un amor, ó cosa así, y que el favorecido por la suerte se llamaba Gracián Soberano.