Desde mi banquillo

Chapter 7

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Durante mucho tiempo, uno de los extremos del proceso educativo, el magisterio, ocupó el centro de las actividades pedagógicas. Pero a partir de este siglo, después de intentos, ha llegado a constituirlo el educando. No obstante, el educador ocupa dentro del fenómeno de la educación un lugar importante, puesto que él es el encargado de realizar en las nuevas generaciones los propósitos formativos e informativos; mediatos e inmediatos; directos e indirectos que hoy se persiguen en las taxonomías recientes. Al señalar este último hecho, puede uno percatarse de la posición real que ha de tener el magisterio en la gran tarea de educar. No se debe continuar la antigua creencia del catedrático erudito, tomador de clases, a veces reprimido y digno de lástima (¡Ah! Es maestro de escuela.). Cada vez es más trascendente su labor, porque sin él se estacarían las sociedades en todos los aspectos de la vida, porque sin él, la educación quedaría transformada en desorden*. Sin embargo, no me refiero al profesor común, sino al maestro que debe palpitar en cada uno de quienes han hecho de esta profesión, las más humana (si los médicos salvan la esfera biológica, el maestro debe salvar la esfera psíquica) y la más desprestigiada a la vez. ¿Pero quiénes han provocado estas ideas negativas? Sin duda aquellos que nunca debían haber llegado a ser dirigentes de juventudes, pero que por circunstancias de frustración en otras profesiones vinieron a caer dentro del magisterio sin que les importara para nada ello. Y aunque tengamos que reconocer que existen en gran cantidad, no vamos a remediarlo de un tajo. Todo es cuestión de tiempo, de trabajo, de constancia para restaurar a la carrera magisterial la admiración que debía tener, porque a pesar que en discursos se la elogia, en la mente de las mayorías existe un recelo, una cierta desconfianza. Algo ha vaciado a los maestros de poder moral, cuando en otros tiempos era una de las fuentes vivas más apreciadas del saber. Hoy la información circula tan densamente en los medios masivos de difusión que el profesorado no alcanza a competir con ellos. Lo arrasan y lo que dicen locutores, cantantes, cómicos, actores, actrices, suele tener más atractivo y repercusión que lo que un devaluado profesorado intenta enseñar. Para rematar el cuadro, muchos padres de familia muestran una cultura muy desarrollada, producto de la difusión periodística, y suelen tratar de corregir a los maestros con aires de pedagogos. Con todo ello, el respeto a la presencia del maestro como profesional se ha deteriorado. Y luego las manipulaciones políticas… Sin embargo, ¿cómo es posible comprender que si no existe otra profesión tan comprometida con el futuro de la humanidad, las autoridades no incrementen sueldos y cursos eficaces y bien planificados, impartidos por el profesorado normalista de excelencia que sin duda existe en nuestro país, para que el maestro enfrente los retos de la actual sociedad que amenaza ser más compleja ante el advenimiento de impresionantes tecnologías de la información y la comunicación? ¿Qué se espera del nuevo magisterio para enfrentarlo con éxito? Los grandes maestros normalistas de toda la Nación, pueden tener la respuesta. Ellos sí han estado frente a los grupos durante años y no son investigadores a distancia o en línea. De aquí la importancia de integrar al proceso educativo, exclusivamente maestros. Y no me refiero a quienes tienen estudios pedagógicos muy completos, sino a los que en verdad llevan ese inmenso amor por depositar en su acción cotidiana, la entrega hacia lo más limpio de la humanidad: los niños, los adolescentes, los jóvenes. Maestros o maestras de vocación en el esplendente significado de la palabra. La misión que el educador tiene, no puede compararse a nada y consiste simple, sencilla, difícil y trabajosamente en dirigir hacia las actividades susceptibles de enriquecer y armonizar las facultades intelectuales y morales del individuo, mas no con frialdad mecanicista, sino con el amoroso calor de la vida, con la vibración sensible y espiritual de todas las capacidades en una entrega hacia lo sano del hombre. Lógico es que para ello, necesite una preparación, a pesar de que lo más importante es la vocación, porque existen tantos que en admirable situación realizan tan gran labor. Mas si el individuo está enriquecido con el auxilio de la ciencia, de la técnica y del arte, su magisterio será más firme, más valioso y más frecuente en éxitos. Es necesario cambiar el modelo encajonado que la sociedad tiene del profesorado y para esto en nosotros mismos radica la transformación. A pesar de problemas personales debemos tener siempre buena disposición hacia los alumnos, gentil humor y comprensión enérgica: poseer un gran sentido de justicia sin prejuicios, ni favoritismo; demostrar un enorme interés por nuestros discípulos, por sus inquietudes, por sus deseos de superar dificultades. Así como se habla de escuela nueva, debe hablarse de maestro nuevo, consciente de la época que vive, colocado en la situación progresista de nuestro tiempo, alejado de arcaísmos negativos, dispuesto a convertir el trabajo en algo claro, interesante y útil para los educandos. Un maestro acorde con el dinamismo de esta era que atravesamos. Sin embargo, no se crea que pregono un maestro consentidor. Saber controlar la disciplina es la proyección de la capacidad del educador para entusiasmar a los jóvenes en la alegría de vivir y saber, pero con el propio dominio. Es decir, mantener un orden con energía, mas nunca con despotismo, sólo basado en la comprensión hacia los alumnos y alumnas, pero también con la exigencia resultante de un conocimiento del niño o del adolescente. Cuando el muchacho se da cuenta de que el maestro o maestra reúne las características mencionadas, le sigue fielmente y atiende, aunque sea en un mínimo, a lo que su educador ha demostrado en su bien. Sin embargo, por la propia psicología adolescente, lo mismo que construye; el ídolo de barro se rompe con facilidad y en ocasiones se le juzga con mayor rudeza. De aquí que antes de otras cualidades, propugne la más importante de ellas: EL EJEMPLO. ¿Cómo vamos a exigir a nuestros alumnos que sean esforzados, constantes, trabajadores, estudiosos, optimistas, rectos, gentiles, bondadosos, justos, si nosotros no lo somos? Esto es una de las claves de la nueva educación. El maestro debe ser ejemplo para despertar en el alumnado la confianza, el interés, la vehemencia de superación. El éxito de una institución, o de una sesión didáctica, se debe en un 80 por ciento al maestro. Así sea la materia más hermosa y se tengan los recursos didácticos mejores del mundo, si el maestro no se comporta a la altura de su gran misión educativa nada podrá esperarse. El magisterio es factor para que el alumnado ame la cultura. Si es abúlico, desinteresado, grosero, impreparado, sin preocupación por el destino del joven, indefectiblemente que el rechazo de los discípulos será uno de sus más estruendosos fracasos. Cuando los niños y adolescentes ven a un maestro, como debían ser todos los que dedican a esta noble profesión, que se entrega con pasión a su labor dignificadora, y nada de lo que se hace sin ella, logra perdurar, y se da cuenta de la calidad de quien lo dirige, la transformación opera de inmediato. Si hay entre niños y adolescentes la idolatría a quienes, debido al bluf comercial, nada valen en lo moral, en lo intelectual, en lo artístico, qué mejor que el maestro, pleno moralmente, artista y científico a la vez, se convierta en el ejemplo para seguir. El niño y el adolescente tratan de ser como el maestro que sabe serlo y repugna, inclusive con majadería y venganza calladas (dibujos pornográficos, caricaturas despiadadas, apodos burlones, maltrato a las propiedades de los profesores) a quienes son falsos educadores y los hieren, sin haber investigado antes, la causa de su comportamiento y creen poner remedios con expulsiones y afrentas. Así como el niño debe ser respetado, el adolescente también necesita de ello; la enérgica comprensión ha de sustituir al consentimiento infantil y a la ofensa adulta, porque sólo con el respeto mutuo se llega a logros eficaces. Antes que nada está nuestra labor de maestros en el amplio y sublime concepto de entrega al mejoramiento de los seres humanos a través de niños, adolescentes y jóvenes, simiente sana del hombre. Y si abundan aún por hoy, los adultos corruptos, llenos de convencionalismos, hipocresías, podredumbres, envidias e intereses creados (resultados de una educación antihumana y retrógrada) no permitamos que las nuevas generaciones, al llegar a la adultez, continúen por los caminos de quienes aún no se han liberado de su origen bestia. El maestro o maestra contemporáneos requiere ser, aparte de lo dicho, alguien interesado y afanado en entrenar a sus educandos en los procesos de aprender significativa y funcionalmente. Hacerlos practicar las conexiones que se dan entre lo que saben y los nuevos aprendizajes e integrándolos hacerlos que resuelvan, gradualmente, situaciones problemáticas que se les presenten con fuertes niveles de excelencia. Su guía, su orientación, es mejor que horas pontificando sus saberes personales. El único que aprende o repasa sus conocimientos es el maestro y lo único que logra en su alumnado es o admiración o indiferencia. Memorizar para pasar el examen. El profesorado no debe dedicarse a competir con la internet como administrador de datos, debe adiestrar a sus educandos en seleccionarlos y organizarlos con creatividad. Para ello debe saber caminar por todos los terrenos de los conocimientos actuales y darles el formato que la clase disponga. El desarrollo de sus competencias básicas es fundamental para estos nuevos desplazamientos de su profesionalidad. Debe saber trabajar en equipo con sus demás compañeros y mostrar habilidades comunicativas, una sobria inteligencia emocional y habilidades interpersonales: saber escuchar, respetar opiniones y ser capaz de comprender a los demás para llegar a acuerdos. Así, el nuevo maestro o maestra requieren incrementar su profesionalidad para que aporte soluciones a problemas que surjan en el ámbito escolar, sepa planificar con adecuación sus tiempos en pos de realizar organizadores didácticos adecuados a lo que se propone la escuela hoy: incrementar las competencias del alumnado de manera integral desde situaciones reales y significativas. Ahora bien en lo que se refiere a nuestra clase se torna más difícil enunciar al profesor. Además de lo antes expresado, el maestro de lenguaje ha de reunir otras capacidades de realización eficaz. No cualquiera puede ser maestro de español. Se requiere un tipo especial. Es necesario sensibilidad artística. Manejar una lengua no equivale a poder dirigir psico pedagógicamente una clase sobre ella; se hace necesario reunir una profunda y concisa preparación científica y estética. Y no sólo la especialización requerida, sino también una gran cultura global que le permita ser un conductor didáctico que oriente a los educandos por los caminos de esta sociedad del conocimiento y de la información. Aunque algunos lo niegan, acaso por incompetencia, es indispensable que el profesorado intente tener el mayor saber enciclopédico que pueda (por supuesto que el maestro no puede conocerlo todo, pero sí ignorar lo menos posible para el nivel escolar donde labore, porque el alumno, activado de acuerdo con la escuela nueva, preguntará sobre los más variados aspectos de la ciencia, de la técnica y del arte para plasmarlos por escrito o en forma oral ante su grupo). Si el maestro o maestra siempre falla ante los requerimientos de sus educandos, sin duda perderá confianza para ellos. El maestro de español, no importa su edad, está obligado a tener un dominio, si no completo, por lo menos firme, de las materias lingüísticas, literarias y semióticas, aunadas a sus conocimientos psicopedagógicos, siempre actualizados con los últimos avances de la investigación y experimentación científicas. Si fuéramos investigadores, sólo nos bastaría con lo primero; las universidades preparan para ello; pero como somos maestros, necesitamos con urgencia todo lo mencionado antes; las escuelas normales deben ser las encargadas de hacerlo, como urgente consecuencia, los nuevos planes que las rijan, han de atender a todo lo dicho: preparar a los nuevos maestros que requiere la pedagogía actual. El maestro, el verdadero maestro, entrega plena, comprensión enérgica, artista y científico, debe aprovechar lo que los investigadores educativos realizan para ponerlo al servicio del alumno y cumplir así lo más grande de su misión: Educar, en el sentido eterno de conducir a los discípulos hacia la realización competente de sus capacidades innatas para la mejor transformación personal en pos de la justa vida sociocultural de la humanidad. EL PLACER DE LEER.