Chapter 6
LAS POSIBILIDADES FORMATIVAS DE LA CLASE DE ESPAÑOL.
La época que nos ha tocado vivir, maquinística, vertiginosa, individualizadora hasta lo absurdo, trae como consecuencia la obligación de conocer los recursos mínimos para poder convivir de manera eficaz en la civilización actual. Hoy es indispensable que el hombre de la calle, el hombre trabajador, el empleado, el obrero, el campesino, posea los medios suficientes de cultura, de hábitos, de actitudes, de capacidades y habilidades para aumentar la potencialidad social y enfrentarse a una sociedad de la información y del conocimiento; una sociedad globalizada, interconectada y multicultural. Hoy se requiere, así, que la escuela prepare, a los jóvenes para enfrentar un mundo saturado de informaciones que cada rato cambian; por tanto, prepararlos para un mundo socialmente heterogéneo donde surgen nuevos empleos y nuevas formas de trabajar constituye el reto educativo de estos inicios del siglo XXI. Por ello es necesario que para constituir una humanidad armónicamente desarrollada, enmarcada entre la comprensión y el respeto mutuos, la importancia del fomento de las posibilidades expresivas de cada uno de los individuos que la integran, ocupe un primer plano comunicativo. Cuando se analiza la historia de los grades conglomerados humanos aparece de inmediato la importancia del lenguaje, fenómeno universal, dentro de la evolución del conjunto y se observa que el progreso de todo pueblo está aliado con la lengua que habla, particularización del lenguaje; la cual constituye una sólida piedra dentro de los cimientos que fortifican un grupo social determinado. El lenguaje-lengua se constituye en generador del pensamiento e interioriza la vida sociocultural del ser humano conduciéndolo hacia el desarrollo de las funciones superiores de la mente. Los pueblos y sus lenguas se transforman de manera semejante. Forman un paralelo en su dinámica psico-socio-cultural. Según sus momentos históricos, toman los vocablos que más les interesan, desechan los que ya no son útiles o crean voces para llenar los huecos existentes debidos a necesidades expresivas de reciente aparición. La lengua es dinámica. Los usuarios en su ir y venir la producen, la crean, la recrean. En esto, la gente culta únicamente rehace y restructura el idioma porque la gente común, de modo inconsciente, lleva en sí misma la evolución, las trasmutaciones, la madurez, en fin, los cambios diversos que la lengua sufre. Los términos, el vocabulario, las ideas se reacomodan innovándose y al igual que la vida, avanzan en su manera de percibir y concebir el mundo circundante. Las palabras ayudan al hombre a explicar el entorno y el interno. Sin embargo, esta misma mecánica se constituye en un problema de incomunicación generacional, pues, sin un control educativo, se corre el riesgo de destruir los logros culturales a través de una lengua, si quienes la utilizan no cultivan su estructuración adecuada. Pensemos en el latín y su fragmentación; pluralidad de lenguas que produjo el divisionismo geográfico y la falta de inmediata comprensión educadora. La variación lingüística afecta con frecuencia la comunicación y la clase de español debe encontrarse alerta, no para impedir los cambios, sino para hacer reflexionar sobre sus motivos y dar opción a sus hablantes de elegir lo mejor para su expresión. Hablar una lengua y escribir un idioma, no es únicamente enlazar series de palabras para explicar o pedir algo, es más que eso. Hablar y escribir equivale a establecer una serie de relaciones intelectuales y sensibles para obtener un fin de comunicación. Equivale a expresar un contenido psíquico con la belleza y eficacia que todo individuo, unos más que otros, puede ser capaz de manifestar por medio de enunciados organizados en textos de diversas tipologías. Hablar y escribir es saber recrear la capacidad lingüística, innata y característica del ser humano conforme con la emoción que se experimenta, según los estímulos diversos que la vida nos presente para tomar contacto con los enunciatarios virtuales. Pero, además, y esto es de suma importancia, escribir y hablar llevan consigo la idea de creación; renovación de cada instante vivido, fluir de vibraciones internas que transformen el mundo conocido en desconocido y un universo confuso, en transparencia. Para ello, quienes nos hemos especializado en el dominio de las lenguas, aunque nos falte mucho para lograrlo, debemos conocer los vericuetos, las combinaciones de las mismas desde sus orígenes hasta la actualidad. Y por otro lado, como consecuencia, vemos también surgir los problemas de la lectura, de la investigación y de la interpretación que fundamentan una sociedad letrada. ¿Cómo hacer que el mundo de los niños y adolescentes comprenda y practique este complejo fenómeno exclusivo del ser humano, lo aproveche para su maduración y lo manifieste en sus culturas juveniles? En un país como el nuestro en el cual debido a la tradición de centurias y a la huella de milenios, abundan aún seres marginados, trascendente es el anhelo de inculcar en cada educando el deseo de superación, de avance y de amor a la cultura, ya que la ignorancia hunde a los individuos en la esclavitud ideológica, en el fanatismo irracional y los deshumaniza enajenándolos. Y si la lengua puede ser el medio para que mujeres y hombres se comprendan mejor y construyan pensamientos creativos y su reflejo en acciones, debemos procurar luchar porque la lengua española que hoy hablamos, desde la escuela contribuya, con su potencia y con su ritmo, a la solidaridad humana, al ser utilizada en todo el abanico de funciones que los lingüistas han descubierto: comunicativa, expresiva, emotiva, apelativa, conativa, referencial, fática, poética, metalingüística, interpersonal, textual, etc. En cuanto podamos aumentar, robustecer, perfeccionar, regenerar y acrecentar nuestra particular manera de expresión, de su negociación de significados, acaso más fluido, menos difícil será cada instante de nuestra existencia sociocultural. Y he llegado a otras interrogantes emergentes: ¿Cómo y dónde poder realizar una labor tan agotadora? ¿Dónde enseñar al individuo a utilizar sus propios recursos expresivos? ¿Cómo hacerlo sin que se continúe la estéril rutina de siempre en lo relativo a la estructuración idiomática con base en normativismos momificados e inconexos, distantes de su práctica real? La respuesta es obvia: Indudablemente que en las escuelas y en la sociedad que las genera; en ellas están los caminos. Desde el jardín de niños hasta los planteles de enseñanza superior ha de establecerse una graduación, como hoy se pretende con la reforma integral de la educación básica, que parece pasar inadvertida por las mayorías, para conducir al educando, en una dinámica apoyada en las investigaciones actuales, hacia la habilidad expresiva. Cuántos adultos hay que guardan sus experiencias intelectivas o emocionales porque no saben cómo trasladarlas al idioma. La lengua, que constituye un reflejo vital de las sociedades, como lo he mencionado, une relacionando a los individuos y todo el sistema escolar debía cultivarla plenamente. Una sistematización de sus prácticas socioculturales desde preescolar hasta bachillerato debía presidir la educación básica para ir desarrollando las capacidades innatas al ser humano, hasta volver competentes a los educandos en la solución de los problemas comunicativos imprevistos que la vida personal, social y laboral les vaya presentando. Ahora bien, dentro de esta grande organización educativa, la escuela debe contribuir a ese esfuerzo, sin apartarse de su finalidad prístina: educar a niños y adolescentes, enseñarles a vivir sus respectivas edades y prepararlos para las posteriores. Y dentro de la escuela, sea primaria o secundaria, sujetas aún moldes tradicionales que se niegan a transformarse, muy respetables sin duda, porque le dieron origen, la clase de Español, con tan grandes elementos: hipersensibilidad del alumno, lengua y vida misma, rompiendo con la rutina de erudiciones inútiles acostumbrada, que por otro lado la internet tiene a la orden para los buscadores necesitados de saber, debe dar un nuevo giro a la enseñanza lingüístico-literaria, centrándola en la comunicación y en prácticas socioculturales, con el propósito de relacionar íntimamente sus recursos para forjar la madurez completa, intelectual, emocional, sensible y social del adolescente. Desde el salón de clases, el maestro o la maestra de español pueden y deben realizar una verdadera íntegra gama de actividades en las cuales se promueva el entusiasmo creativo de los jóvenes y en las que tomen conciencia de los medios lingüísticos para su propia superación como seres humanos creadores. Si los niños revelan una curiosidad sorprendente que los activa para disfrutar de los resultados que ella les da al buscar respuestas a sus inquietudes, ¿por qué aún determinadas escuelas aún insisten en dictados, carretillas (deformación a la que ha llegado las viejas cartillas), lecturas inmotivadas y obligatorias a destajo, copias y memorizaciones sin razón (esto no quiere decir que no hay que usar nuestra memoria, sino que ha de llegarse a ella, por medio de la práctica reflexiva que la fije en articulaciones de aplicación competentes ante problemas comunicativos cotidianos. Si ignoramos algún dato, pueden resultar incompletos nuestros intercambios comunicativos) Y si el adolescente es inseguro por naturaleza, aunque aparente lo contrario, ¿por qué hacerlo sentirse más, si podemos desde nuestra clase ayudarlo a tener confianza en sí mismo, que no es el atrevimiento que ellos fingen? ¿Por qué no enseñarle a transmitir con precisión sus ideas, a sentir seguridad en sí mismo, a crecer en sus posibilidades y a meditar en sus limitaciones? ¿Por qué no modelar la exaltada sensibilidad que le perturba mediante la dirección artística del educador? ¿Por qué no hacerlo sentirse capaz de expresarse sin miedo y con eficacia? ¿Por qué no conducirlo para que venza sus rubores, sus miedos y sus dudas? A la clase de español, primordialmente, le corresponde contestar a estas preguntas. Ella maneja una rama cotidiana del lenguaje, la lengua; utiliza la flexibilidad de la emoción creadora, inyecta potencia dinámica al alumno para capacitarse en su expresión y usa lo más humano: el arte y la afectividad: la ciencia y la intelectividad; el bien y la solidaridad. Ya sabemos que nuestra labor es ardua, áspera y en ocasiones, lo más frecuente, ingrata, pero no por ello vamos a desfallecer. No ignoramos que existen múltiples problemas de hondas raigambres emocionales, familiares y sociales. El tiempo, el trabajo burocrático, las autoridades incomprensivas y algunas incompetentes, productos de la cultura esponjada de la superficialidad pregonada por los facilones; los mismos adolescentes que debido al periodo de inestabilidad afectiva por el que atraviesan se comportan rebeldes, desconfiados y apáticos, son los factores de un rendimiento engañoso. Los chicos saben en ocasiones mucho más que sus maestros en los distintos ámbitos sociales por donde navegan en su vida real. Es evidente que ante tal panorama, muchos se desalienten, otros continúan siendo profesores que dan simplemente su clase, y aunque existan cuestiones de trascendencia positiva o negativa para el alumnado, en cualquier momento el más importante en el proceso educativo, las soslayan por no crearse enemistades o enojos. Sin embargo, ¡y qué bueno!, aún existen maestros que procuran hacer lo mejor por sus discípulos, pues llevan sin fraudes su conciencia activa de educadores. La clase de Español, por lo que ella misma conlleva, ofrece una gran ventaja sobre las demás asignaturas, porque nada hay que no tenga sus bases en el lenguaje. Y al hablar de lenguaje, nos referimos a cualquier sistema de signos, incluida la lengua, que sirva de soporte a la comunicación. Por tanto, nuestra asignatura es la que más se acerca al espíritu del educando y puede impulsarlo tanto a la práctica de lo cognoscitivo como de lo sensible al poner al alumno frente a la ciencia, que le da firmeza a su concepción de la vida, y ante lo supremo de la humanidad: el arte, que lo hace vibrar, despertar en él inquietudes y proyectarlas en conducta creadora y plena de valoraciones. Por ello la clase de Español, ante sus inmensas posibilidades educativas, tiene que variar su eterna, y aún innegable rutina de asignatura informativa que tan de modo exagerado todavía se descubre en las escuelas de este siglo XXI: gramaticalismo preeminente y ficheros de nombres y de títulos como “literatura”. Se olvida que todo esto que conforma los contenidos básicos de nuestra clase, puede ser embonado de modo propicio y significativo como hipervínculos reflexionados durante un proceso didáctico integrador y no se les da la importancia requerida. Se arroja así a los niños y adolescentes al acabóse cultural. Ignorancia de lo que antes nuestros abuelos y aún bisabuelos, sabían al dedillo como joyas de su cultura. Verdadera catástrofe educativa que día con día da evidencia del fracaso de las ocurrencias pedagógicas que se dicen asentadas en investigaciones profundas y que se reducen a planteamientos elaborados con unos cuantos conejillos de India que no son las masas juveniles con las cuales nos enfrentamos los maestros de banquillo. Desde los escritorios es fácil imaginar currículos; la realidad muestra lo contrario. Y del fracaso, siempre se echa la culpa de manera injusta, al magisterio. Parece no comprenderse que una gramática mal descubierta en la práctica lingüística cotidiana y nunca vuelta a aplicar, sin sistematizarse en la construcción de textos reales (acaso porque muchos profesores ignoran cómo hacerlo o piensan que debe realizarse de manera muy estricta), produce el natural aburrimiento y desprecio en los estudiantes; por lo cual éstos suelen detestar todo hecho gramatical. Lo mismo sucede con el acercamiento a los textos literarios centrados en un leer por leer, donde se ocupa un espacio permanente que deviene vacío, y más cuando se hace con la absurda rapidez exigida por los teóricos cuantitativos, pues no se indaga, por la prisa avasalladora de cumplir tiempos de los obsesionados del quedar bien con juicios precipitados, en las causas que produjeron tal obra y no se la ubica como producto de su contexto socio histórico; ni se atiende a los rasgos que la demarcan ideológicamente, además de no descubrir su organización estructural ni analizar los valores contenidos y que tanto interesan a los jóvenes para su interpretación. En pocas palabras, no se goza de la fruición de leer “saboreando” el placer de la lectura, que siempre es lento y que nos inspira la admiración por la construcción de determinado mundo literario. Sólo de pensar que esas son las clases a las que casi todos los alumnos han estado acostumbrados, sin atractivo, sin funcionalidad, sin transferencia, sin el gusto por el hallazgo sorprendente, se comprende el porqué de los fracasos lectores y de la incompetencia comunicativa; así como los estallidos de una variación lingüística impuesta, de modo general, por los medios de difusión informativa que fulguran de irresponsabilidad educativa y de inopia cultural. Si acaso uno que otro maestro se atreve a darle un poco de vida a las cajas mortuorias que vienen siendo las clases de español y hace aprender los mecanismos gramaticales de manera funcional, razonada, científica y aplicada directamente a los problemas de expresión oral y expresión escrita que surgen de investigaciones o requerimientos comunicativos de los educandos; pocos educadores logran que sus muchachos hablen y escriban, que dramaticen, que reciten, que expongan sus dudas y sus inquietudes, sus ilusiones y sus sueños en el admirable caudal de la lengua mediante discusiones, polémicas, debates, análisis; esto es, a partir de actos de habla interaccionales que lleven a la creatividad personal reflejada en evidencias concretas: un periódico ficción, una revista, una radionovela, una fotonovela, una canción, un video-clip, una antología, una monografía, un libro colectivo, etc. No sólo un repetitivo folleto, un tríptico, una antología, una monografía trillada o una exposición común Una asignatura que debía ser ágil, fluida, capaz de despertar el ansia de vivir en los chicos y chicas se la encierra en una concepción escolar aún del Medioevo: el catedrático habla y explica para que el alumno solamente repita después como fonógrafo, aunque se insista en las prácticas sociales del lenguaje. Mas no quiero decir que la clase de Español deba ser sólo risas y falsas apreciaciones de la escuela nueva, ¡tan encanecida ya!, que muchos han tomado como pretexto para que, como los alumnos deben ser los activos, los profesores se sientan a esperar que los educandos construyan lo que sus “intereses”, mal concebidos y peor considerados, les dicten. Y convierten a la libertad en irresponsabilidad; lo funcional, lo transforman en desorden y la educación retorna al caos de siempre. Este activismo distractor no es el que nos interesa promover, sino aquél que conlleva reflexión conceptual y voluntad creativa Una posición equilibrada es lo que propongo. Tener la idea clara, precisa, de lo que significa nueva escuela, no desbarajuste y holgazanería ni simples cambios de moblaje y tecnicismos, sino esfuerzo nacido del propio brío por aprender de parte del educando (aunque para algunos trans- esta palabra les parezca anticuada), y esto convenientemente despertado, orientado, dirigido por el maestro, verdadero entrenador para una gimnasia del aprender a aprender. Quien por eso, debe ser energía comprensiva y un líder del saber en esta sociedad del conocimientos y de las tecnologías, en vez de gritos autoritarios y casi militarizados. Disciplina verdadera, resultante de la actividad bien encauzada: creativa. Maestros capacitados, competentes, libres de conflictos, dispuestos a no rehuir la curiosidad científica de chicos y chicas, preparados con una gran cultura global y de especialización, dispuestos al trabajo fecundo y conscientes de su responsabilidad y de su ejemplo. Esto, sencillamente, es lo que hace falta para mejorar el medio educativo. Y la clase de español ofrece tantas posibilidades. Si el niño y el adolescente quiere conocer la vida, qué mejor medio para explotarla que por medio de la práctica de los lenguajes. Estos le brindan la oportunidad de expresar los más variados matices anímicos que eclosionan en ellos. ¿Qué otro instrumento tan extenso y tan intenso proporciona semejantes atractivos que no han sabido ser aprovechados? Si el educando anhela saber sobre la existencia, démosle el más grande recurso para saber vivir: los lenguajes, que son formación, creación, vida misma y su práctica sociocultural creativa. Todos hablamos y también todos podemos cantar, pero lo haremos mal si no realizamos estudios apropiados, con excepción de quienes tienen dotes geniales, y por la misma razón, indefectiblemente, si hablamos mal, hemos de practicar nuestra habla en variadas situaciones socioculturales hasta hacerlo de forma eficaz. Para lograr esto, debemos cultivar en nuestro alumnado, las capacidades expresivas (competence-performance en términos chomskianos) que cualquier ser humano posee. Quien tiene pobreza de vocabulario o de giros idiomáticos, siempre ha de sentirse insatisfecho por no poder comunicarse como sus deseos lo impulsan a hacerlo; la práctica lo enriquecerá hasta mejorar su competencia comunicativa; lo mismo, quien siente una obra artística y aunado a este placer, la entiende reflexivamente, mayor será el goce estético que disfrute. Y un educando pleno, máxima aspiración educativa de nuestra concepción didáctica, desarrollado armónicamente en todas las líneas del pensamiento, lo que hoy se denomina inteligencias múltiples para las cinco mentes del futuro, según Gardner, integrado biológica, emocional y socialmente, es sin duda un hombre o una mujer consciente de su evolución. Desde nuestra clase tratemos, pues, aunque suene a Utopía, de construir la humanidad dichosa del futuro, a pesar de que muchas veces tengamos que sentirnos solos, abandonados en nuestra labor, perseguidos, sin comprensión y hasta derrotados. No desmayemos, al contrario, como maestros para la vida, ahondemos en el alma de los jóvenes y hagámonos partícipes de sus dudas y de sus confusiones para guiarlos a que las comuniquen sin temores en pos de su mejoramiento y de su renovación. Hagamos de nuestros anhelos, el propio anhelo, ambición y angustia, de niños y adolescentes y guiémoslos hacia la estructuración de su personalidad: responsable, potente, solidaria, sensible, creativa a través de una lengua cuidadosa y conceptualmente profunda. La clase de Español, fundamentada así, proyecta infinidad de matices educativos sobre los estudiantes, pues rompe los cartabones áridos de su rutina para transformarla en lo que debe ser: alegría, esfuerzo, constancia, razonamiento, formación, sensibilidad, vida, verdad, belleza, responsabilidad, libertad, creación, conciencia humanística; o neohumanística, diría yo.
EL NUEVO MAESTRO COMPETENTE PARA LA CLASE DE ESPAÑOL.