Chapter 17
En todas las versiones que han existido de la nueva escuela, o nueva educación, desde el siglo pasado, y aún antes, se ha intentado convertir al educando en el eje alrededor del cual deben girar planes de estudio, asignaturas, programas, actividades, en fin, todo el currículo, y por ello, los enfoques han ido cambiando. Desde los conductistas aplicados en México en los setenta hasta los constructivistas recientes, inmersos en lo comunicativo o en la práctica social del lenguaje, se han visto intentos de lograr la calidad educativa que sin embargo, suele tener gran distancia en sus niveles de excelencia. Dígase lo que se diga, el alumnado parece ir de mal en peor. Su gusto lector no asciende como se ha planificado; la ortografía es pésima (hoy patrocinada por el chateo); la redacción se vuelve ininteligible y la cultura, los conocimientos obligados (históricos, literarios, filosóficos, artísticos, científicos) que toda persona con un grado escolar específico debe dominar, se ha vuelto, a decir de algunos, anticuado. ¿De qué sirve ser sabio? Eso de ir ascendiendo escalones del saber, resulta para muchos demodé. No se ha logrado aterrizar la concepción heredada de los viejos y grandes educadores, pues de pronto, como el alumnado tiene que ser el activo, todo se reduce a una inducción instruccional que con frecuencia carece de modelaje y de referentes, y conduce a los chicos al vacío intelectual y sensible, sin siquiera llegar a una eficiente educación pragmática. Los gustos del alumnado, sus necesidades e intereses reales, son falseados por planificadores educativos que creen tener la clave del ser humano nuevo que requiere la futura sociedad y la distorsión en la que caen se revela en todos esos jóvenes que prefieren los antros a las escuelas, pues ahí aprenden por la vida para la vida, aunque tales aprendizajes después deparan facturas muy caras. Individuos y sociedad se encuentran naufragando en el mercado de la mano de obra barata. Es por eso urgente que el maestro contemporáneo, maestro nuevo también, adquiera el absoluto conocimiento del sujeto a quien ha de guiar rumbo a la armonía afectiva, intelectual y social de lo futuro que con frecuencia nos rebasa. En este primer decenio del siglo XXI la situación de los jóvenes inmersos en los medios masivos de difusión informativa, han irrumpido en sus conductas colegiales y de modo general, el profesorado enfrenta muchos problemas psicopedagógicos en el trato con ellos. La clase de español no es la excepción. ¿Qué se pretende lograr con ella en escuelas repletas de adolescentes programados por la televisión, el “star system”, la internet y los video juegos? Es entonces importante volver a reflexionar en lo que los educandos de trece a diecisiete años juzgan como faltante a su personalidad y atender a una búsqueda de soluciones donde la clase de español se encuentre conectada con ellos y realmente les sirva como instrumento de expresión, información y comunicación. Generalmente se han considerado en la vida humana cinco grandes edades: infancia, adolescencia, juventud, adultez y vejez. De acuerdo con este ciclo, la escuela, como encargada de conducir al individuo al goce pleno de cada una de las etapas mencionadas para logros de madurez, debe adaptarse a ellas para crear conciencia de nuestra misión en la vida natural y social. Después de la educación básica proporcionada por el hogar durante la primera infancia, al jardín de niños y a la escuela primaria corresponde exclusivamente la educación de la segunda y tercera infancias respectivamente. A la secundaria el período de la adolescencia; a las escuelas de bachillerato o preparatoria, el de la juventud, y a las de licenciatura o especialización a quienes están capacitados para ello, en su mayoría, los adultos profesionales. No obstante, por diversas circunstancias, sobre todo económicas, no se cumple el proceso antes mencionado y en ocasiones la escuela creada para determinada edad tiene que adaptarse a otras. Y así, por abulia técnica y administrativa, la enseñanza primaria suele impartirse a adultos con las mismas bases y conocimientos que la destinada a niños. Igual sucede con la secundaria, la vocacional o la preparatoria, no se atiende a las características psíquicas del educando ni a los intereses positivos de los mismos. Quien vive intensamente cada una de las edades mencionadas, jamás las añorará insatisfecho ni verá frustrada su existencia, por tanto, misión verdadera, no burocrática, de las instituciones educativas es ayudar al alumno a vivir cada estadio biológico- afectivo-emocional e intelectual de acuerdo con los más altos rasgos humanos: Conciencia, afán de saber, voluntad, creatividad y solidaridad, atentos a las particularidades que los enmarquen. La escuela secundaria y los educadores que la forman, por consecuencia, necesitamos conocer al adolescente, sus motivos y sus reacciones, los medios apropiados para su encauzamiento formativo e informativo. Pero, ¿qué es un adolescente? ¿En verdad quienes trabajamos o estamos en contacto con ellos lo sabemos con exactitud? ¿Es un niño adulto o un adulto niño? Muchos hablan y hablan de él. Afirman, niegan, refutan, dignifican, desprecian, convencen, explican, mas en verdad, ¿alguna vez se han adentrado sinceramente, tras su conocimiento, en el mundo de la adolescencia? ¿Han logrado compenetrarse en las muchas veces angustiosa confusión de quienes comienzan a descubrir su propio ser? ¿O sólo los conocen por lo que aparentan sin haber convivido jamás con ellos en sus alegrías o en sus desencantos? ¡Cuántos hay que fustigan a los muchachos sin comprender lo difícil de la edad por la que atraviesan y tal parece que olvidaron ya los días en los cuales fueron también adolescentes! y, lo que es peor, abanderando un enfermizo y dudoso afán moralizante, sin información científica, retrógrado y aún esclavo de terrores inquisitoriales, se humilla, en vez de estimular apropiada y positivamente a quienes están a la búsqueda de originalidad, lucha por situar su yo en el mundo externo. No se orienta con tino, o se le sobreprotege o se le abandona, y muy pocas veces se respeta la personalidad de quien está sembrado de dudas, pues sólo encuentra, o comparaciones y reprimendas, o excesivas facilidades que lo prostituyen. ¿Y por qué? Porque los que tratan con ellos, además de los maestros, no todos por fortuna, carecen de tacto y de preparación psicopedagógica y filosófica, para hacerlo, además del eros que tanto pregonan, pero poco practican, los pedagogos de escritorio. Un adolescente es un ser con características propias: expectación, duda, ingenio, atrevimiento, ocurrencias geniales, poemas de amor, ensoñaciones, osadía, malicia inocente, vergüenza, erotismo, sed de ternura, anhelo de comprensión, deseo de conocer, ser tomado en cuenta, llevar la contraria, ensimismamientos, lágrimas furtivas, ansias de impregnarse con la vida, de rebelarse, de cantar, de gritar, de correr, de bromear, de aventurar, de probar sus fuerzas, de investigarse. Un adolescente es desgano, rabia oprimida, acción, pereza, preguntas, inquietud, darse a conocer como sea, dinamismo, gritos, grosería, heroísmo, diarios, cartas apasionadas, recaditos celosos, lenguaje obsceno, escandalosa alegría, desorientada sexualidad, insulto, burla, odio, llanto, entrega. Un adolescente es prueba continua, enfrentamientos fingidos, desafíos, altanería, procacidad, miedo, angustia, temor al ridículo, verse en el espejo, olor acre, arrepentirse, orgullo, egolatría, exhibicionismo, inseguridad a carcajadas o en sonrisas despectivas. Un adolescente es búsqueda de emociones, enamorarse del amor, noviazgos, flirteos, a ver qué se siente y afán por saber conceptos: bueno, malo, justo, bello, verdadero. Un adolescente es un necesitado de compresión y de ayuda sin que se dé cuenta, es un hallarse indefinible, es un querer mucho y sentirse impotente, es vehemencia de triunfo rápido, de fama. Es quien está aprendiendo a ser humano; es un hombre o una mujer en proyecto, y algo más, es el principal sujeto en nuestra vida como maestros de adolescentes. Por lo anterior, comprendemos que este manojo de emociones será imposible tratarlo en la inmovilidad de una disciplina equivocada, inútil y por tanto destructiva; de ahí que ésta deba convertirse en la auténtica, la surgida de la potencialidad del adolescente, la brotada de su propia energía en ajuste y transformada en actividad constructora, modeladora de conducta creadora, generadora de un adulto maduro: honesto, responsable, libre. Aprovechando las inquietudes adolescentes, dirigirlo en actividades planificadas, transformadoras, hacia las zonas proximales que superen la edad afectiva emocional en la que tantos se han quedado. Y es indudable que el adolescente tiene sus causas para ser así: las profundas transformaciones fisiológicas que experimenta al llegar a la pubertad. La pubertad es, como sabemos, una de las más características manifestaciones de la adolescencia en la cual los llamados caracteres sexuales secundarios muestran su aparición, esto es, las diversas transformaciones físicas que los asombran o los avergüenzan, aunado por tanto a la generación de los primeros espermatozoides u óvulos, según el sexo, entre los 12 y 15 años aproximadamente. Estos cambios biológicos se reflejan en la esfera psíquica del joven y van transformando a su vez la vida interior del adolescente. Surge poco a poco una nueva concepción del mundo, de la naturaleza, de los fenómenos, de la vida, de la sociedad. Y si en el niño todo es objetivo, concreto, en el adolescente esa mirada objetivadora adquiere valores y capacidad subjetivos, porque lo que observa o desea descubrir no sólo es el misterio de la realidad, sino lo íntimo, el “yo”. La adolescencia así, tiene una tarea por cumplir, como cada etapa de la vida humana: la adquisición de un conocimiento de sí mismo y de sus funciones vitales y sociales latentes. Tal vez por esto a la adolescencia se le han conferido diversos nombres, desde el de enfermedad hasta el de milagro. Generalmente se recuerdan los años comprendidos entre los doce y diecisiete, como los más felices o como los más desconcertantes y tristes. Es una edad en la que se revelan y activan las emociones y las capacidades recién descubiertas; un periodo de ansiedad y de cambios en el que se siente el placer y el dolor de crecer y de madurar. La causa fundamental de estos fenómenos, por tanto, reside en las profundas transformaciones orgánicas del adolescente, en las nuevas fuerzas que lo invaden como resultado del nuevo metabolismo producido por la falta de hormonas dominantes en la infancia y por la iniciación de la sexualidad que lo propulsará con frecuencia a caer en múltiples trampas que pueden evitarle trascendencias culturales y quedarse a tan temprana edad en un sujeto más de trabajo, con asiduidad explotado por inmisericordes. Esta actividad interna hace del adolescente un individuo hipersensible. Todo lo que ve, siente escucha o palpa, produce efectos perdurables en su espíritu. Su aguda sensibilidad y su naciente conciencia de sí mismo convierten en una pequeña crisis cualquier cambio corporal. La preocupación por su apariencia es tan grande que oscurece todo lo demás. Sólo cuando ha llegado a aceptarse tal como es, libera su abundante energía y la encauza hacia otros fines y actividades. Por lo mismo, el adolescente carece de estabilidad emocional. Actúa en un momento determinado como un completo adulto y un minuto después se comporta infantilmente. La inseguridad se prende del alma del joven y se torna en miedo y rebeldía. En ocasiones se angustia ante la soledad que suele experimentar y se muestra deseoso de ser considerado como parte de un algo, de alguien, de quienes lo rodean. Quiere sentirse tomado en cuenta y por lo mismo se vuelve exhibicionista y lleno de posturas: malcriado, pedante, gritón, peleonero, fantasioso, flirteador o mal hablado. Se encuentra en un estado particular de sensibilidad afectiva y necesita responder a la sucesión rápida de nuevas exigencias que la vida le plantea. De aquí que la clase de español, y la escuela en general, debe ayudar a esta tremenda lucha interior del adolescente para liberarlo y hacerlo nada menos que un pleno ser humano, en el amplio sentido del vocablo. No olvidemos que en la adolescencia, según los psicoanalistas, el subconsciente encuentra la última oportunidad para resolver los conflictos adquiridos en la infancia. Así que, para no entorpecer la evolución de muchachos y muchachas y contribuir a hacer más sano su desarrollo afectivo, la educación debe aprovechar las ocasiones que le proporciona esta etapa de integración psicológica mediante el uso planificado, funcional y preciso de las disciplinas artísticas, científicas, técnicas y deportivas, perfectamente equilibradas que permitan el correcto encauzamiento del espíritu adolescente hacia un desenvolvimiento armónico, integral, de sus aptitudes para colocarlo en el camino de la plenitud humana que no se reduce, aunque pueda escandalizar, al matrimonio y su sostén. El educador ha de saber cuáles metas son las que los muchachos requieren alcanzar por su propio esfuerzo antes de llegar a la edad adulta y no ha de ignorar, mucho menos serle indiferente, la forma cómo puede sacarse provecho para el propio alumno, de la sensibilidad manifiesta durante la adolescencia y lograr la eliminación de defectos anteriores. A la mayoría de los adolescentes le gusta comprobar los límites de sus nuevas transformaciones; sienten la necesidad de poner a prueba su resistencia física, de llevar una idea hasta sus más peligrosas conclusiones, de desafiar convencionalismos, de realizar experiencias, de lucir su inteligencia. Por eso desconciertan con tanta frecuencia a los mayores, sus bruscos y violentos accesos de pereza y de actividad, de sumisión y de rebeldía. El adolescente se esfuerza así por conocer sus propias capacidades y sus propias limitaciones, sin embargo, corre el riesgo de perder la confianza en sí mismo, si se encuentra en un medio donde no puede medir sus fuerzas y como consecuencia no pueda conocer el éxito o el fracaso. Por tanto, desde un punto de vista didáctico, ha de procurarse siempre el conocimiento de los resultados de su actividad y los propósitos de la misma. Las ambiciones, la impaciencia y el orgullo de los adolescentes deben ser confrontados con la realidad, por escabrosa que parezca, para que así adquieran una conciencia cada vez más clara de su personalidad y de la de los demás, de modo que tomen un vivo interés por las relaciones humanas enaltecedoras: las que producen beneficios colectivos: ética, política, arte solidario, ciencia y técnicas clarificadoras para un mejor ecosistema. Esta adquisición de conciencia, la búsqueda angustiante de los adolescentes que los lleva a experimentar toda clase de comportamiento, rasgo esencial de ellos, ha de ser facilitada por la escuela secundaria y por los maestros que la integran; y mejor dicho, conducida con inteligencia y comprensión, apoyada en la razón científica y en la belleza artística. La gran mediadora de todo esto es la clase de español. La clase de español debe ayudar deliberadamente a muchachos y muchachas a aprender mediante diversas situaciones, prácticas socioculturales, cómo han de comportarse en sus relaciones con el prójimo y cómo desenvolver cada una de sus posibilidades como hombres y mujeres sanamente logrados, conscientes de sus obligaciones sociales y de su derecho, de sus valores y de sus ideales. Frente a este sujeto educativo, la clase de Español, que encierra ciencia y arte a la vez , debe adoptar una postura altamente educativa. La gran sensibilidad de los jóvenes ha de ser dirigida hacia la clarificación del mundo adolescente mediante la actividad expresiva de su universo personal para ir logrando con ello el desarrollo de su madurez adecuada a su nivel: habilidad para enfrentarse a la realidad, concepto adecuado de sí mismo basado en la auto comprensión reflexiva, realización satisfactoria de sus propias capacidades, aceptación de sus limitaciones, disposición de amar más allá de sí propio y de convertir la experiencia personal en experiencia humana, poder de transformación del ambiente que le rodea en forma activa para el bienestar colectivo. Desde nuestra clase de español podemos guiar al adolescente hasta el encuentro consigo mismo, que no es otra cosa que seguridad en sus posibilidades y conciencia de su valor dentro de la humanidad. La adolescencia, etapa hipersensible, la crisis más grande en la vida de hombres y mujeres, con sus características específicas, requiere por tanto una atención especial por parte de la escuela. A las instituciones de enseñanza secundaria les corresponde esta labor y a la clase de Español colaborar en tan noble acto: ayudar al adolescente en sus proyectos de vida para convertirse en un ser pleno, pujante, vigoroso de cuerpo y de mente, digno de la superioridad del homo sapiens sapiens y no el ente reducido y energúmeno que la manipulación ideológica del comercialismo vulgar pretende inculcar en nuestros jóvenes a través de publicidad, la televisión y el sistema de estrellas. La clase de Español debe ser así, una especie de catapulta que ayude al alumnado adolescente a desenmascarar los signos del engaño y al contribuir a su conciencia semiótica, sígnica, prepararlo en pos de la razón crítica que lo fortalezca en sus decisiones solidarias.
EL ARTE EN LA EDUCACIÓN DE LOS ADOLESCENTES