Desde mi banquillo

Chapter 16

Chapter 162,598 wordsPublic domain (Wikisource)

LA PRODUCCIÓN DE LOS LIBROS DE TEXTO GRATUITOS DE ESPAÑOL Hubo un tiempo en el que las escuelas solían utilizar un solo libro de alguna asignatura como texto para todos los grados y el profesorado se encargaba de ir decidiendo lo que de ahí debían aprender los educandos de acuerdo con la edad que tenían. Por ello, hace ciento veinticuatro años, el Maestro, a veces injustamente olvidado, pero con frecuencia rescatado por esta revista, Carlos A. Carrillo, escribía en uno de sus artículos pedagógicos: “¿Hay alguna persona que crea que el mismo traje que usa un niño de siete años, podrá continuarle sirviendo hasta que cumpla quince? Ciertamente que no, porque todos saben, y algo más que saben, ven que el cuerpo crece a medida que corren los años. Yo ruego a los maestros, a los padres, a las autoridades, a los lectores, todos de este artículo, que se dignen detenerse dos minutos a reflexionar sobre lo absurdo de la práctica que censuro. Dos minutos de atención solamente bastan para condenarla definitivamente y sin apelación. ¿Qué debe hacerse, pues? Dar a cada niño el texto que necesite; tener tantos textos en cada materia, cuantos sean los años escolares. Ya no quiero tanto, me conformo con que se varíe el texto cada dos años. No faltarán adoradores de la rutina que estimen descabellada tal idea. Lo siento mucho por ellos, y si son maestros, por los pobres discípulos a quienes cupo la inmensa desgracia de tener tales maestros.” Y más abajo continúa hablando como novedosamente se cree disertar hoy, año diez del siglo XXI: “Los libros, como los maestros, no han de decir todo al alumno, sino más bien provocar las reflexiones y pensamientos de éste. Antiguamente el maestro explicaba y exponía por sí mismo las doctrinas; hoy, con mejor acuerdo, sostiene casi siempre un diálogo con sus alumnos. Otro tanto ha de hacer el libro, y si no llena tal requisito, deja mucho que desear”. Y citando un libro escolar de Aritmética, comenta “bien se ve que el libro va ordenando al alumno las figuras que debe construir, y éste va construyéndolas; que el libro propone problemas y el alumno los va resolviendo. Siempre en continua actividad el espíritu infantil; nunca por largo rato en actitud pasiva de oyente. Tal es el carácter de los textos modernos, reflejo fiel del espíritu que anima a la educación en nuestros días”. En nuestros días novoseculares se hablaría de enfoque, digo yo. Esta cita*, acaso extensa, pero muy anticipadora de lo que la SEP pretende lograr con la producción de los nuevos libros de texto gratuitos correspondientes a la reforma integral de la educación básica, revela una inquietud acumulada por decenios de un siglo que pasó en lucha por llevar a la práctica lo que brillantes pedagogos de todo el mundo, y Don Carlos A. Carrillo está considerado uno de ellos, querían ver aplicado en la escuelas como novedad del siglo XX; sin embargo, todo intento se vio eclipsado con frecuencia por variadas causas que aquí sería largo enumerar y analizar. Las innovaciones programáticas de la oficialidad educativa, así como llegaban, de pronto desaparecían y daban apertura a otras que pretendían superarlas. Al arribo de un nuevo sexenio gubernamental los nuevos ideólogos pedagógicos del régimen, que parecían ignorar que todo en educación se ha dicho, pero no hecho, en vez de continuar con el remoto enfoque de educar para la vida, para aprender a saber, para aprender a hacer, para aprender a ser y a convivir en una sociedad creativa y democrática que marcaban todos los movimientos educativos hasta entonces conocidos (el hilo negro, tesoro, descubierto en La Fontaine, les denomina pilares de la educación), parecía dar pauta a lucimientos burocráticos que pocas veces aterrizaban con éxito total en sus planificaciones. Acaso porque sólo lo “planeaban”. Hoy nos encontramos, por fortuna, ante un nuevo intento de recuperación e integración didácticas para dar a los educandos las herramientas que requieren durante su desarrollo personal, sin descuidar la concientización de sus lazos socioculturales, aunque sin recargarlos, por no volverlos contraproducentes; sino abiertos a la sociedad de la información y sus tecnologías avasalladoras. Se desea lograr un flujo didáctico acorde con los reales intereses y necesidades de los educandos que formarán parte de los ciudadanos responsables del futuro, no sólo de nuestro país, sino del mundo. Por eso los libros escolares requieren presentar nuevos formatos y han de romper con las presencias tradicionalistas de acumulación cognitiva de acuerdo con el gusto y preferencias de algún autor. Los libros escolares gratuitos de hoy, hechos por un equipo de expertos, se han desarrollado como guías conductoras de procesamientos que impulsan a los educandos a no encerrarse como único apoyo de aprendizaje, en ellos, sino constituirse en detonadores didácticos para indagar conocimientos, destrezas, habilidades, competencias, desde el mundo activo de experiencias directas: encuestas, entrevistas, investigaciones de campo, producciones textuales, etc. fortalecidas en la consulta de variadas bibliotecas tanto impresas como en línea. Por ello suelen parecer muy instruccionales para algunos críticos que aún piensan que un libro de texto debe contener una mini enciclopedia al no existir posibilidades de otras fuentes. El libro de texto, piensan, ha de contener todo lo que se sepa de algo y convertirse en una especie de factotum; verdad relativa en otras épocas cuando no existía la internet. Así en la asignatura de Español, denominada en otras épocas Castellano, Lengua Nacional, Lenguaje o Lengua y Literatura Españolas el sumo privilegio de las clases hasta los sesenta, inclusive, lo tenía el libro de Gramática. El enfoque gramaticalista de entonces lo requería; los libros de texto de entonces estaban prácticamente forrados de gramática en su sentido tradicional académico y normativo. Su virtud era intentar, y lo lograban a menudo, que todo mundo escolarizado, se expresara bien. Hoy se habla como cada quien quiere, o puede, porque los puntos de vista de la variación sociolingüística llevan cierta fundamentada batuta, aunque su excesiva permisividad haya tolerado abusos en los usuarios de los influyentes medios masivos de difusión informativa que imponen modos vulgares del habla. Después, la gramática tradicional fue sustituida por los avances de la lingüística tanto estructuralista como generativo transformacional y las respectivas versiones de sus gramáticas revolucionaron nomenclaturas, más precisas, sí, pero de confusa aplicación que continuó con una incomprensión de lo que las nacientes ciencias de lenguaje enarbolarían como necesario: la producción textual. Los libros de texto se volvieron gramáticas estructurales, pero no aprovecharon la bisagra que la gramática generativo transformacional permitía para ascender a la lingüística textual. Sin embargo, ésta abrió fuego en los nuevos libros de texto de los noventa. No obstante, resultaba complejo construir textos desde una ocurrencia autoral, impuesta como magister dixit, aunque se basara en el mundo de significaciones de los educandos y promoviera un enfoque comunicativo y funcional. Algo faltaba. No fue sino hasta el triunfo de algunas de las, ya arriba mencionadas, ciencias del lenguaje, como la sociolingüística, la etnolingüística y la psicolingüística sociocultural, cuando se cayó en la cuenta de la importancia del lenguaje, no sólo la lengua, en la sociedad y de cómo la escuela parecía separarlo fragmentado de ella y no rescatarlo de todas las prácticas que los humanos efectúan para proyectarlo a las actividades escolares, donde se requería preparar a los educandos con la interconectividad que le es característica. ¿Qué puede hacerse sin lenguaje? Todas las asignaturas se valen del lenguaje para manejar sus contenidos, por tanto, la clase de español ha de volverse lo que siempre ha sido, instrumental de investigación, de expresión, de información, de comprensión, de relación y más. Debe darse pues al enfoque que rija la clase de español un enfoque de adecuadas prácticas sociales donde el alumnado maneje su habla y su idioma en función de sus relaciones con los demás: sus compañeros, sus maestros, su familia y la comunidad, en general. El chico ha de pensar y hablar lo que interese al grupo social donde se desenvuelva y así ha de prepararse para ser competente en los usos donde el lenguaje intervenga: conversaciones, discusiones, debates, informes, minutas, resúmenes, foros, seminarios, congresos, periodismo, goce literario y artístico, entre otros; el educando no puede permanecer indiferente ante el mundo cambiante que le rodea y su intervención reflexiva y creativa se hace necesaria. Los objetos lenguaje que se produzcan como evidencia de toda esa actividad socio comunicativa, resultan las evidencias de los aprendizajes logrados y de sus competencias adquiridas. No resulta, sin embargo, muy sencillo unir la escuela a las prácticas sociales donde se encuentra inmersa y embonarlas a la realidad escolar cotidiana; el profesorado requiere mucha perseverancia, conocimiento, experiencia e intuición, además de creatividad. Si los docentes no han comprendido este enfoque integrador, holístico o globalizador social y no lo aprenden con la práctica, en la práctica, o no se les enseña, pueden resultar confusiones que distorsionen, como siempre ha sucedido, los beneficios de este enfoque colectivista. Por tanto, los nuevos libros escolares deben promover la participación del grupo con el propósito de que los chicos se acostumbren a convivir con sus semejantes y nazcan en ellos, sentidos de solidaridad, de cooperación, de colaboración, de aportación, de comprensión que los conduzca al logro de acuerdos concretados en productos evidentes (objetos lenguaje) que los beneficien a ellos e incluso a su comunidad. Digo todo esto, porque después de cuarenta y siete años de docencia y como miembro en activo del Consejo Consultivo Interinstitucional de Español, donde represento a la Escuela Normal Superior de México, he podido ser testigo del enorme esfuerzo realizado para producir los libros de texto gratuitos actuales con el enfoque sociocultural de las prácticas sociales del lenguaje donde se imbrican a la vez, las competencias que deben ser adquiridas por medio de tales prácticas y sobre todo, ver cómo se enfrenta el recuerdo de los libros de texto gratuitos anteriores con la realización de otros que no desmerezcan los antecedentes desde los años sesenta por lograr cambios y que además marquen un avance psico pedagógico de acuerdo con el progreso de hoy y las necesidades de un mundo cada vez más deteriorado que requiere frenar los excesos irresponsables de los egoístas. Como observador en sombra, testigo semana tras semana de las mesas de discusión que revisaban los materiales que se iban produciendo, pude detectar los esfuerzos efectuados por los equipos académicos, los ejecutivos editoriales, las críticas de instituciones superiores, las autoridades comprometidas y otras entidades y representantes públicos para conciliar desacuerdos, enmendar errores, corregir o repetir mil veces algo, mejorar textos, detallarlos, dejarlos casi en un nivel neutro, discutir hechos didácticos y apoyos socio psicológicos. Nada fácil, me dije. Y pensar que siempre los libros de texto por sus dosis de fugacidad escolar, por ser considerados elementales, a pesar de todo, y aún, los de empresas editoriales, por su comercialidad, de modo general, no son valorados por muchos intelectuales, quienes olímpicamente ignorantes, no se dan cuenta del grande esfuerzo que hay en ellos. Los textos gratuitos que produce la SEP no escapan a estos rangos de crítica injusta y si bien, los libros reflejan ideologías, ¿qué no?, su presencia en las escuelas constituye la guía cotidiana del trabajo docente. Los de hoy no quieren reducirse al único libro, sino, como lo he dicho, impulsan tanto al docente como a los educandos y los padres de familia, a activarse y desde sus páginas, abordar otros instrumentos del saber para conjugarlos en una educación para la vida; no importa cuál sea esa vida. Si un libro escolar de texto funciona bien, esa vida será propositiva, creadora, solidaria. Así descubrí las siguientes tácticas empleadas en la elaboración de los libros de texto gratuitos de este año escolar 2010-2011: -Se seleccionó un enfoque adecuado con los progresos de la educación mundial, y una vez adoptado este punto de vista, los equipos de diseño curricular comenzaron a producir los programas correspondientes para un plan articulado de educación básica, donde se percibiera la coherencia y la cohesión de los propósitos educativos que se pretenden. No objetivos cerrados y mecanicistas; sino propósitos abiertos y dialécticos. -Se discutió en mesas de trabajo, formadas por especialistas, profesorado de grupo, expertos en la materia y autoridades de la SEP los contenidos adecuados y la distribución de los mismos, así como la necesidad de libros de consulta para satisfacer las necesidades de una información precisa cuando se requiriera. Las páginas de la internet fue una de las recomendaciones surgidas. -Se decidió cómo articular las secuencias programáticas con prácticas sociales que hagan significativo el proceso de aprendizaje y permitan que de la propia acción constructiva o creativa, los educandos puedan ir aprendiendo guiados por el docente. -Se valoraron las prácticas sociales seleccionadas dentro de millares existentes y se les ubicó en ámbitos de uso y acción, para detonar así la secuencia de aprendizajes deseados en bloques para los educandos y analizar las conexiones que pueden darse con otros posibles. -Una vez formulados los programas que constituyeron la concreción del currículo, se seleccionó a maestros en servicio cuyas competencias psicopedagógicas eficaces en sus respectivas escuelas y grupos, fueran evidentes y testimoniadas para ser los autores. Se evitó en lo posible el muestreo por recomendaciones subjetivas y se planificaron reuniones de trabajo para ir analizando el desarrollo de los bloques, los ámbitos elegidos para la práctica, los proyectos detonadores que podrían contener, las actividades conductoras y los posibles temas pragmáticos o cognitivos sobre los cuales se podrían hacer reflexiones que precisaran aprendizajes. Se eligió trabajar en proyectos porque la realización de ellos, permite una buena práctica social del lenguaje, pero sobre todo, se les asignó el calificativo de didácticos, pues lo que pretenden es el logro de aprendizajes y centrar al educando en los procesos de tal adquisición, más que en el producto que se obtenga como evidencia. -Gradualmente el profesorado que iba construyendo los libros de texto gratuitos de español fue revisado por diversas mesas críticas y su trabajo se fue ajustando, puliendo, mejorando, recortando o ampliando hasta tener un nivel preciso. -Se aportaron ideas sobre las ilustraciones, el diseño gráfico, las secciones que debían hacerse evidentes para maestros y educandos; punto importante fue discutir las definiciones que se aportaban en el decurso del libro. Algunas fueron eliminadas y se dejaron para consulta por parte de los educandos; otras se confrontaron en diversos autores hasta lograr una síntesis aproximada de su referente. -El trabajo fue arduo, constante y de noches y días. Se pretendió corregir las fallas de edición anterior y se mejoró todo lo que se pudo. Ahora bien, si tantas mesas de trabajo, con sus largas horas de discusión y realización, no convencen a determinados críticos, sería conveniente que también ellos participaran en la realización de unos libros que acaso entonces, les harían notar que no todo cabe en un jarrito, sino que se requiere saber navegar por el vasto universo de informaciones, hoy inabarcables, mientras no tengamos el chip de la sabiduría incorporado en nuestro cerebro, y que constituyen el reto para los futuros alumnados y profesores. Además, parafraseando, quien quiere aprender, aprende con un libro de texto, sin libro de texto y a pesar del libro de texto. Para eso somos libres, independientes y democráticos. Ojalá que ahora sí, la encanecida nueva educación, ¡más de un siglo de promovida!, pueda rebasar los fracasos escolares que se comprueban en los variados actos de habla y cultura que cotidianamente se observan en muchas personas aparentemente certificadas con educación básica (primaria, secundaria) y aún con bachillerato, como herencia de un pasado educativo no muy remoto. Yo sí creo en el magisterio nacional y en la talentosa realización de su poder: educar.

LOS ADOLESCENTES Y LA CLASE DE ESPAÑOL