The Autobiography of a Journalist, Volume I

Chapter 2

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Después de descansar algunos días, levaron anclas los atrevidos aventureros y dirigieron las proas al polo meridional.

Pronto perdieron de vista la tierra... ¡Quizás había terminado ya la costa occidental de África!...

Viran a babor para cerciorarse, y el mar los repele.

-¡Adelante! -exclama Díaz-; corramos algunas leguas más hacia el Sur.

Pero pronto se apoderan de los barcos unas corrientes tan impetuosas, que es en vano pensar en dominarlas.

Arrastrados, arrebatados, girando en diversas direcciones, ya avanzando hacia el Mediodía, ya hacia el Oriente, pasaron tres días y tres noches.

La tripulación, espantada, cree que ha llegado la hora de que Portugal purgue su atrevimiento de un siglo, y que el Océano va a vengarse de cuantos secretos le habían arrancado aquellos impertérritos nautas.

Al fin, una mañana, el viento y las olas los arrojaron en una bahía baja y arenosa, que denominaron de las Vacas por las muchas que allí vieron.

¡Habían doblado el Cabo tan deseado! ¡Habían encontrado el límite del África! Pero lo ignoraban todavía.

Continuaron, pues, caminando al Este, siguiendo la inclinación de la costa, y temiendo a cada momento que ésta se dirigiese de nuevo al Sur, como aconteció en el golfo de Guinea.

Así llegaron a Lagoa.

Allí se sublevó la tripulación, pidiendo a Díaz que se volviese, pues el barco de las provisiones se había perdido, y ya se encontraban a más de mil ochocientas leguas de la patria; pero Díaz obtuvo que le dejasen correr otras veinticinco leguas más, prometiendo que, si en aquel espacio no se inclinaba la tierra hacia el Norte, daría por terminada la expedición y regresaría a Lisboa.

Pocas horas después, la costa de África se presentó a los ojos de los portugueses tendida hacia el Norte en toda la extensión que alcanzaba la vista.

-¡Compañeros! -gritó el comandante-: ¡hemos triunfado! ¡Hace tres días que doblamos el último cabo de África!... ¡A Portugal! ¡A Portugal!.

Y recordando que en aquel cabo estuvieron tan expuestos a perecer, llamáronle desde luego el cabo Tormentorio.

Arribaron entonces a una pequeña isla, que denominaron de Santa Cruz, situada en la frente de Cafrería; y reparadas las averías de las naves, y hechas algunas provisiones, levaron anclas, volvieron las proas hacia el camino que habían traído, y emprendieron la vuelta a Portugal, adonde llegaron en diciembre de 1487, diecisiete meses y medio después de su partida.

Inexplicable fue el júbilo del rey, de la corte y de toda la nación al saber la fausta noticia de que se había encontrado el fin de África; y como dijera Díaz que había llamado Cabo de las Tormentas a aquel promontorio tan deseado, «No quiera Dios -replicó el monarca- que conserve un nombre de tan mal agüero. Que se le llame CABO DE BUENA ESPERANZA».

Y dijo esto por la que abrigaba de llegar a la India por aquel camino.

VII: VASCO DE GAMA

Pasaron diez años desde la vuelta de Díaz sin que el rey de Portugal, ¡asómbrense nuestros lectores!, pensase en ultimar aquella extraordinaria empresa. Lejos de eso (¡parece increíble!), dedicóse a buscar al Preste Juan de las Indias por la parte de Egipto; y esperando noticias de este soñado personaje, pasó el resto de su vida, que tuvo fin en 1495.

Ya había descubierto Colón la América, y sólo este estímulo pudo sacar de su apatía al nuevo rey don Manuel el Grande y el muy feliz, a quien inútilmente animaba su esposa doña Isabel (repárese en esta coincidencia de nombre) para que mandase una expedición a la India por el Cabo de Buena Esperanza.

Decidido al fin el monarca, encomendó la dirección y equipo de la armada a un noble de Synis, llamado Vasco de Gama, hombre de unos cuarenta y siete años y marino de gran reputación por su destreza y valor extremado.

Cuatro naves compusieron la nueva expedición. En una iría Gama, como comandante; en otra su hermano Pablo; en la tercera, Nicolás Coello, y en la última los bastimentos, al mando de Gonzalo Núñez. El total de la tripulación era de unos ciento ochenta hombres.

De este modo se dieron a la vela en Belem, puerto situado a una legua de Lisboa, el día 8 de julio de 1497.

Por dichosa casualidad poseemos un mapa portugués muy antiguo, obra de un fraile de San Jerónimo, donde está trazada escrupulosamente la ruta que siguieron esta vez los expedicionarios.

Auxiliados, pues, por esta importante carta, podemos asegurar lo que tantas dudas ha ofrecido a los diversos autores que tratan de este viaje.

Gama tocó en la isla de la Madera donde, apagado el incendio, se habían plantado sarmientos de Chipre y echado los fundamentos de algunas poblaciones; luego pasó a tres leguas O. de la isla de Hierro, la más occidental de las Canarias; detúvose en la de Santiago, que es la principal del archipiélago de Cabo Verde, y vi no vio tierra hasta llegar a la isla de Santo Tomás. De allí fue siguiendo el mismo rumbo que sus predecesores, cuyos rastros encontró más de una vez, y aun a muchos de ellos establecidos ya en aquellas privilegiadas regiones. El día 3 de octubre desembarcaron en la bahía de Santa Elena, e hicieron agua en un río que llamaron de Santiago; y habiendo saltado Gama a tierra con el fin de tomar la altura del sol, atacóle una horda de bosgemanes y salió levemente herido.

Quisieron sus compañeros vengar aquella ofensa; pero como el número de los salvajes crecía sin cesar, Gama no quiso entrar en una refriega peligrosa cuando ya se veía a cincuenta leguas del Cabo de Buena Esperanza. Levaron, pues, anclas y siguieron su camino.

Pero si resistencia puso el terrible cabo al paso de las primeras naves portuguesas, mayor y mucho más prolongada fue la lucha que sostuvo con la escuadra de Vasco de Gama. El viento SE., que reina allí todo el estío, y las corrientes indomables de las olas, con más de una tormenta magníficamente cantada por Camoens, parecían cerrar a su osadía las puertas del codiciado Oriente.

Al fin, después de largas horas de agonía hundióse para siempre en los abismos del mar aquella figura robusta e valida de que habla el poeta citado, aquel gigantesco vigía del Tormentorio, colocado por Dios entre ambos hemisferios.

Gama entró en el Mar de las Indias.

Cinco días después saludaba el último padrón puesto por Bartolomé Díaz en la isla de Santa Cruz.

El 25 de diciembre, día de Navidad, pasaron por una hermosa costa que llamaron Natal (en recuerdo de la festividad religiosa que celebraba en aquel instante la Iglesia cristiana), nombre que conserva todavía.

Hicieron agua en un río que denominaron del Cobre, en cuyas orillas permanecieron hasta el 18 de enero que partieron hacia Mozambique, adonde llegaron el 7 de marzo.

Tocaron sucesivamente en Mombasa y Melinda, pero no en Quiloa, por recelar que allí les preparaban una traición.

El día 26 de abril pasaron nuevamente la línea equinoccial, y habiendo tomado la altura del sol, como lo hicieron al pasarlo por el otro lado del África, dedujo Vasco de Gama que la anchura de esta parte del mundo no excedía por aquella latitud de unas setecientas leguas. ¡Era la primera vez que se hacía este cálculo!

Finalmente: el día 18 de mayo de 1498 fondeó el buque de Gama delante de las costas de la India, a dos leguas de Calcuta.

La dorada esperanza de don Enrique el Navegante se había cumplido treinta y ocho años después de su muerte.

VIII

Vasco de Gama volvió a Portugal en septiembre del siguiente año, cerca de treinta meses después de su partida.

El rey, loco de júbilo, lo nombró almirante de aquellos mares, permitióle llamarse don, y le señaló mil ducados de renta.

Su sucesor, don Juan III, lo hizo marqués de Vidigueira y virrey de la India.

A Bartolomé Díaz lo olvida la Historia: prueba evidente de que la corte de Lisboa hizo otro tanto con los merecimientos del verdadero vencedor del Gigante en quien personifica el poeta al terrible cabo Tormentorio.

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