Descripción de la Patagonia y de las Partes Adyacentes de la América Meridional
Part 6
Los Tehuelches, que habia desde el levante al poniente del rio de los Sauces, donde aun hoy dia habitan, confinan por el nord-este con los Checheheches, y por el este con un gran desierto, que empieza á cerca de 40 leguas de la boca del Rio Negro hácia el sur, y se extiende casi hasta el estrecho de Magallanes: por el poniente lindan con los Guilliches, que habitan las costas de Chiloé, y se extienden á 44 grados de latitud meridional. Todo su país es montuoso con valles profundos, pero sin rios considerables, por lo que los habitantes están obligados á surtirse del agua de las fuentes y riachuelos, que terminan en lagunas, donde bajan sus ganados. Cuando estas lagunas se secan (lo que sucede en el rigor del verano) van por agua al Rio Negro, ó á otra parte. Esta nacion no siembra ni planta, siendo su principal alimento los guanacos, liebres y avestruces, de que abunda esta tierra; y la carne de yeguas, cuando la pueden lograr.
La falta de este alimento hace que estén en perpetuo movimiento, de un país á otro para buscarlo, de manera que van en grande cuadrillas algunas veces al Casuhatí, otras á las montañas del Vuulcan, ó Tandil, y otras á las llanuras cerca de Buenos Aires, distante 300 ó 400 leguas de su país. Entre todas las naciones del mundo no se hallaria otra mas inquieta, ni mas inclinada á vagar que esta; porque ni una extrema vejez, ceguera, ú otro cualquier mal, es capaz de contenerlos; son fuertes, bien hechos, y no tan cetrinos como los otros indios. Algunas de sus mugeres son tan blancas como las españoles: son corteses, civiles y de buen natural; pero muy inconstantes en guardar sus palabras y contratos; son robustos y guerreros, y no temen la muerte. Su número es mucho mayor que el de las otras naciones, y casi igual al de todas las que habitan estas partes. Son enemigos de los Moluches, á quienes temen mucho, y á quienes, sin embargo de ser tan terribles á los españoles, ha tiempo habrian arruinado, si hubiesen estado tan bien provistos de caballos como ellos, sin que los Diviheches, ni los Tehuelches pudiesen resistir á sus fuerzas.
Al sur de estos viven los Chichilau-cunis y los Sehau-cunis, que son los indios mas meridionales que andan á caballo. _Sehau_, significa en lengua de Tehuel una especie de conejo negro, del tamaño de una rata del campo; y como su país abunda de estos animales, talvez tomaria de aquí su nombre: _cuni_, significa gente.
Parécense mucho estas dos naciones á los Tehuelches, con tal cual diferencia en su idioma, lo que se puede atribuir á la comunicacion con los Pay-yus, y Rey-yus, que viven sobre los costas orientales y los estrechos.
Todos los Tehuelches hablan diferente lengua de los otros Puelches y Moluches; y esta diferencia no solamente incluye palabras, sino tambien las declinaciones y confusiones, aunque usan algunas de las dos naciones; por egemplo, de una montaña, llaman _calille_, y los Moluches _calel_, pero los Puelches _casu_. Pichua, en lengua de Tehuel, es el nombre del guanaco, pero no tiene semejanza con _luchan_ ó _huan_, de la de los Moluches, ni _yagip_, agua con _coni yagui_, aguaducho; con _cohue_, ni _cani_, gente, con _che_ ó _het_. Inclinome á pensar que estas naciones de Tehuelches son los que los misioneros de Chile llamaban Peiyus, respecto que viven en el parage de este nombre mismo, aunque es verdad que se acercan ya á la costa.
La última de estas naciones de Tehuel, son los Yacana-cunis, que significa gente de á pié, porque como no tienen caballos en su país, caminan siempre así: confinan por el norte con los Sehau-cunis. Por el poniente con los Rey-yus, de quienes se dividen por una hilera de montañas, por el este con el Océano, y por el sur con las islas de la Tierra del Fuego, ó el mar del sur. Estos indios viven cerca del mar, sobre los dos lados del Estrecho, y se hacen muchas veces la guerra unos á otros. Usan de unas flotas ligeras, como las de Chiloé, para pasar el estrecho. Son atacados algunas veces por los Guilliches, y por los otros Tehuelches, que los llevan consigo, como esclavos, como que no tienen nada que perder mas que la libertad y la vida. Viven principalmente del pescado que cogen, ya zambulléndose, ó echándole dardos: son muy ligeros y atrapan guanacos y avestruces con sus bolas. Su estatura es igual á la de los otros Tehuelches, excediéndose rara vez de siete pies, y algunas no pasan de 6: es gente inocente y de buena intencion.
Cuando los franceses ó españoles iban (como frecuentemente lo hacian) á la Tierra del Fuego á buscar leña para quemar en la colonia de Malvinas, esta gente les daba la asistencia que podia; y para convidarlos, y que fuesen conocidos, colgaban una bandera blanca, porque tenian tal horror á la encarnada de que usan los ingleses, que inmediatamente huian. Los franceses y españoles atribuyen esto á haberse tirado cañonazos de algunos navios ingleses, con cuyo ruido espantaron de tal modo á los indios, que jamas se atreven á bajar, cuando vén la bandera colorada. Esto pudiera muy bien ser; pero es cierto que se han usado varios artificios, para que esta gente no tuviera comunicacion con los ingleses. Un cacique de esta nacion, que vino con otros Tehuelches á visitarme, me dijo que habia estado en una casa de madera que andaba sobre el agua. Como dijo esto pocos años despues que el Almirante Anson habia pasado el mar del sur, concebí que el cacique estaria en uno de los navios pertenecientes á esta escuadra.
Todas estas naciones de Tehuelches se llaman por los Moluches, Vuck-Guilliches, ó la grande gente meridional. Los españoles los llaman Monteces, aunque no saben de donde vienen: los demas de Europa los llaman Patagones.
He visto caciques de todas las naciones de indios, habitantes en la parte meridional de la América, y observado que los Puelches ó indios orientales eran altos, pasando alguno de ellos de siete pies y medio de alto, siendo de la misma raza de los que no tienen mas que seis. Los Moluches ó indios occidentales que viven en las montañas, son generalmente de baja estatura, pero gruesos.
Los moradores de las montañas nubladas de la Cordillera, se matan frecuentemente á si mismos, lo que no hacen los indios orientales.
Llamábanse sus caciques Cacapol, Cangapol, Yampalco, Tolimichiuya, Guelmen, Saasimiyan, Yepelche, Marique, Chuyentura, Guerquen, Clusgell, Millarsuel y Tamu.
La noticia de que hay una nacion en estas partes, descendientes de los europeos, ó del resto de los que naufragaron, es como ciertamente creo falsísima, y sin el menor fundamento, causada de no entender la razon que dan los indios: porque si se les pregunta en Chile, concerniente á alguna colonia interior de españoles, responden que hay villas, y gente blanca, entendiendo por esto Buenos Aires &a., y así vice versa, sin tener la menor idea de los moradores de estos dos paises distantes, sean conocidos los unos de los otros.
Haciendo yo á los indios alguna pregunta sobre esta parte, ví que mi congetura era cierta, pues reconocieron, nombrándoles Chiloé, Valdivia, &a., que estos parages eran los que ellos entendian bajo la descripcion de colonias europeas.
Lo que hace mas increible haber esta colonia de los Cesares, es la misma imposibilidad moral, de que 200, á 300 europeos, casi todos hombres, pudiesen sin tener comunicacion alguna con un pais civilizado, penetrar por medio de tantas naciones belicosas, y mantenerse como una república separada en un pais que no produce cosa alguna, y donde los moradores subsisten solo con la caza, y todo esto por espacio de 200 años, (segun nos dice la historia); sin haber sido estirpados, muertos, ó hecho esclavos por los indios, ó sin perder las apariencias de europeos, entremezclándose con ellos: fuera de que no hay un pié de tierra de este continente, por donde las gentes vagabundas, no pasen cada año; pues aun el desierto inhabitado que está á la orilla del Océano Atlantico, es frecuentado como paso, así para enterrar los huesos de sus difuntos, como para coger sal. Sus caciques y otros de reputacion y crédito entre ellos, me aseguraron que no habia gente blanca en todos aquellos parages, excepto los que son muy conocidos de toda Europa, á saber, los de Chile, Buenos Aires, Chiloé, Mendoza, &a.
_De la religion política y costumbres de los Moluches y Puelches._
Los indios creen en dos potencias superiores, la una buena, y la otra mala. A la buena llaman los Moluches Toquichen, que quiere decir gobernador de la gente. Los Taluheches, y Diviheches, la llaman Soychu, que significa en su lengua el Presidente de la tierra, de la venida fuerte. Los Tehuelches, Guayava-cuni, esto es, Señor de los difuntos.
Han formado un número de deidades, creyendo que cada cual preside sobre una raza, ó familia de indias, de quien se supone haber sido el Criador. Unos le hacen de la raza de los tigres, algunos del leon, otros del guanaco, y otros del avestruz &a. Imaginan que estas deidades tienen sus moradas separadas debajo de alguna laguna, montaña, &a., y cuando algun indio muere, vá su alma á vivir con aquella deidad, que preside sobre su particular familia, y que goza la dicha de estar enteramente borracho.
Creen que sus buenas deidades crearon el mundo, y que primero criaron los indios en sus cuevas, dándoles á cada uno una lanza, arco y saetas con sus bolas de piedra para pelear y cazar, y echándolos luego al mundo para proveerse á si mismos. Imaginan tambien que las deidades de los españoles hicieron otro tanto con ellos, pero que en vez de proveerlos de lanzas, arcos, &a., les dieron escopetas y espadas, y suponen que las bestias, aves y animales menores fueron criados; que los mas ligeros salieron inmediatamente de sus cuevas; pero que los toros y vacas, siendo los últimos, espantaron de tal modo los indios, por razon de sus astas, que inmediatamente taparon las bocas de las cuevas con piedras grandes, á lo cual atribuyen la falta de ganado vacuno en aquel país, hasta que los españoles lo llevaron allí, quienes con mas cordura los dejaron salir de sus cuevas.
Formaron tambien otra creencia, que despues de la muerte han de volver otra vez á sus cuevas divinas, añadiendo que las estrellas son los indios antiguos, y que la via láctea es el campo donde van á cazar los avestruces, cuyas plumas son las dos nubes meridionales. Llevan la opinion de que la creacion aun no se ha acabado, ni que todo haya venido á la luz del dia en este mundo superior.
Sus hechiceros, tocando sus tambores, y haciendo ruido con sus calabazas llenas de conchas, pretenden ver debajo de la tierra hombres, ganados, &a., con tiendas de aguardiente comun, cascabeles, y otras varias cosas: pero estoy bien asegurado que todos ellos, ó la mayor parte, no creen en esta tonteria, porque el cacique tehuel, llamado Chechuentuya, me vino á ver una mañana, y darme razon de un nuevo descubrimiento hecho por uno de sus hechiceros de paises subterraneos, que estaban debajo del lugar donde viviamos. Pero riéndome de él, y exponiéndole su simplicidad de dejarse engañar de tales fábulas, respondió Epucungeigu, esto es, cuento de viejas.
La mala potencia se llama por los Moluches Huecusú, esto es, el vagador; por los Tehuelches y Checheheches, Atikan, Nakannatz, y por los otros Puelches, Valichu.
Confiesan haber un gran número de demonios vagando por el mundo, á quienes atribuyen todo el mal que se hace, sea á hombres ó á mugeres, y aun á bestias; estando tan obstinados en esta creencia, que aseguran que todo el cansancio ó fatiga de sus largas jornadas ó trabajo, viene de estos demonios. Suponen que cada uno de sus hechiceros tiene dos demonios familiares, que les asisten continuamente, y les avisan todo lo futuro, y aun lo que pasa al presente, á gran distancia de ellos; que los ayudan á curar sus enfermos, peleando y echando fuera, ó apaciguando los otros demonios que los atormentan. Creen tambien que las almas de estos hechiceros, despues de muertos, son otros tantos demonios.
Dirigen enteramente su culto á esta mala potencia, exceptuando algunas ceremonias particulares que usan con respecto á sus difuntos. Para practicar su culto se juntan en la tienda del hechicero, el cual está escondido en un rincon de ella, donde tiene un pequeño tambor, una ó dos calabazas rodeadas de conchas, y algunas bolsas de piel pintadas, en que guarda los materiales de sus encantos: comienza la ceremonia haciendo un gran ruido con el tambor y calabazas; finge luego una epilepsia en que lucha con el diablo, que supone entra en él, teniendo los ojos levantados, las facciones torcidas, echando espuma por la boca, y sus coyunturas descompuestas; hasta que despues de varias y violentas mociones, queda recto y en disposicion de un hombre que se halla con epilepsia: despues de lo cual vuelve como que ha ganado la batalla contra el demonio, fingiendo dentro de su tabernáculo una voz desmayada, chillona y dolorida, como si fuera de un mal espíritu que se supone vencido; y finalmente, tomando una especie de asiento en tres pies, responde de allí á todas las cuestiones que se le proponen: que sea bien ó mal nada quiere decir, porque en caso de suceder lo último, se echa la culpa al demonio. En todas estas ocasiones se pagaba bien al hechicero.
Sin embargo, la profesion de estos hechiceros es muy peligrosa, porque sucede muchas veces que cuando muere algun gefe indio, matan algunos hechiceros, y especialmente si habian tenido disputa con el difunto, respecto que los indios echan por lo comun la culpa á estos hechiceros, y á sus demonios. En caso de haber pestes y epidemias, de que mueren muchos, tambien lo pagan los hechiceros. Por las viruelas que sucedieron á la muerte de Mayupilqui-ya y su gente, que casi destruyeron enteramente los Checheheches, Cangapol mandó matar todos los hechiceros, para ver si por este medio cesaba el mal.
Los hechiceros son de ambos sexos. Los hombres están obligados (por decirlo así) á dejar su sexo, y vestirse de muger, no siéndoles permitido casarse, aunque si á las hechiceras. Son elegidos para este oficio desde niños, dándose la preferencia á los que estan mas dispuestos desde su primera edad á condicion femenina. Vístense muy temprano en trage de mugeres, y se les dá un tambor y matraquillas, como pertenecientes á la profesion que han de seguir.
Los que padecen el mal de epilepsia, ó chorea sanabita, se eligen inmediatamente para este oficio, como si fuesen los demonios mismos, de quienes se suponen estan poseidos, causándoles las convulsiones, y contorciones comunes en los parasismos epilépticos.
El entierro de sus difuntos, y reverencias supersticiosas hechas en su memoria, tienen muchas ceremonias. Cuando un indio muere, una de las mugeres mas distinguidas, es nombrada inmediatamente para hacer el esqueleto del cuerpo, sacándole las entrañas, y quemándolas hasta que se hagan cenizas; descarnando los huesos, y enterrándolos luego, hasta que la carne esté del todo consumida, ó hasta moverlos, (lo que se debia hacer al año de su entierro, aunque algunas veces lo ejecutan á los dos meses), al lugar propio en que fueron enterrados sus antecesores.
Los Moluches, Talhueches y Diviheches, guardan fielmente esta costumbre. Pero los Checheheches, y Tehuelches ó Patagones, ponen los huesos en alto, sobre cañas entretejidas, hasta que se sequen, y se blanqueen con el sol y la lluvia.
Durante la ceremonia de hacer los esqueletos, se visten los indios de mantos largos de pieles, cubriendo las caras con ollin, y andando al rededor de la tienda, con unas adargas ó lanzas en las manos, cantando tristemente, ó hiriendo la tierra para espantar los valichos, ó demonios. Algunos van á visitar y consolar á la viuda, ó viudas y parientes del difunto, esto es, si hay algo que ganar, porque nada hacen sin interes. Durante esta visita de pésame, lloran, aullan y cantan de una manera muy dolorosa, forzando las lagrimas, y punzando los brazos y muslos con espinas agudas, hasta sacar sangre. Por esta muestra de dolor se les paga muy bien, con cuentas de vidrios, cascaveles de bronce, y otras niñerias que tienen grande estimacion entre ellos. Los caballos del difunto se matan inmediatamente, para ir á caballo á Alhuemapu, ó pais de los difuntos, reservándose solo unos pocos para adornar la pompa funeral, y transportar sus reliquias á sus propias sepulturas.
Las viudas estan obligadas al llanto, y al ayuno, por todo un año despues de la muerte de sus maridos, reduciéndose á estar encerradas en sus tiendas, sin comunicacion con persona alguna, á no salir de ellas sino para lo necesario de la vida, á no lavarse las manos ni la cara ennegrecidas con el ollin, y abstenerse de carnes de caballo y vaca: y tierra adentro, donde no hay abundancia de las de avestruz y guanacos, aunque pueden comer cualquiera otra cosa.
No pueden durante el año casarse mientras el luto, pues si en este tiempo ha tenido alguna viuda comunicacion con algun hombre, los parientes del difunto matan á ambos, si no resulta haber sido ella violentada. No he descubierto que los hombres estén obligados al mismo llanto en la muerte de sus mugeres.
Cuando transportan los huesos de sus parientes, los ponen en una piel, sobre los caballos mas favorecidos del difunto, que dejan vivos á este fin, adornándolos á la moda, con mantos, plumas, &a., y caminando de esta manera muchos dias, hasta que llegan á la sepultura propia, á donde hacen la última ceremonia.
Los Moluches, Tahueches y Divieches, entierran sus difuntos en hoyos grandes y cuadrados. Juntan los huesos y los guardan, atando cada uno en su respectivo lugar, y cubriéndolos con las mejores telas que pueden encontrar, adornadas de cuentas, plumages, &a. Todo lo cual se limpia ó muda una vez al año. Estos hoyos están cubiertos de vigas, árboles ó cañas entretejidas, sobre lo cual echan la tierra. Escogen una matrona antigua de cada tribu, para cuidar de sus sepulturas; por cuya razon se tiene este empleo en gran veneracion. Su oficio es abrir cada año estas tristes moradas, cubrir y limpiar estos esqueletos, echando entonces en ellas algunas vasijas de chicha que hacen, y de que beben á la buena salud de los difuntos. Estas sepulturas no son siempre muy distantes de sus ordinarias habitaciones: colocan alrededor de ellas los esqueletos de sus caballos muertos, en pié, apuntalados ó sostenidos con palos.
Los Tehuelches ó Patagones meridionales, se diferencian en alguna cosa de los otros indios. Despues de haber secado los huesos de sus difuntos, los llevan á gran distancia de sus moradas al desierto, y poniéndolos en su propia forma con los adornos ya dichos, los dejan en una choza erigida á este fin, con los esqueletos de sus caballos al rededor.
En la expedicion de 1746, algunos soldados españoles, caminando cerca de treinta leguas al poniente del puerto de San Julian, encontraron uno de estos sepulcros, que contenia tres esqueletos, y los de tantos caballos apuntalados al rededor.
No es facil figurar una forma regular de gobierno ó constitucion civil entre estos indios. El poco que tienen parece que consiste en un pequeño grado de sugecion que deben á sus caciques. El oficio de estos es hereditario y no electivo, teniendo todos los hijos de un cacique derecho para tomar esta dignidad. Se encuentran algunos indios que la dejan por su poca importancia.
El cacique tiene poder de proteger á cuantos se le acogen; de componer, ó hacer callar en cualquiera diferencia, ó disputa, ó de entregar al ofensor para ser castigado con pena de muerte, sin estar obligado á dar razon de ello, porque en estos casos su voluntad hace ley. Generalmente es susceptible de cohecho, entregando sus vasallos, y aun sus parientes cuando le pagan bien. Segun sus órdenes acampan, y marchan los indios de un país á otro para morar ó cazar, ó hacer la guerra. Frecuentemente los cita á su tienda, donde les hace sus arengas relativas á su conducta, las exigencias del tiempo, las injurias que han recibido, y las medidas que se deben tomar, &a. En estas ocasiones ostenta, y exagera sus proezas, y mérito personal. Si tiene elocuencia es muy estimado, pero si le falta este talento, emplea por lo comun un orador que supla sus veces. En casos de importancia, especialmente de guerra, cita un consejo de los principales indios y hechiceros, con quienes consulta sobre lo conducente, ya para defenderse, ya para atacar á sus enemigos.
En una guerra general, cuando muchas naciones se alian con su comun enemigo, eligen un Apo, ó Comandante en gefe de entre los viejos, y mas celebrados caciques, cuyo honor aunque electivo, ha muchos años que en alguna manera se ha hecho hereditario en la familia de Cangapol, quien va á la cabeza de los Tehuelches, Checheches, Guilliches, Peguenches y Diviheches, cuando se unen sus fuerzas. Acampan regularmente á 30 ó 40 leguas del pais de los enemigos, para no ser descubiertos, y enviar sus espias á examinar los parages, y plazas que quieren atacar. Escóndense de dia, y salen de noche para señalar todas las casas y quintas de los lugares que se proponen atacar, observando con la mayor exactitud su disposicion, número de sus moradores, y modos de su defensa. Informados bien de todo, lo participan al grueso del ejército, para que luego que se pase el plenilunio, y tengan la luz necesaria para su trabajo, marchen al ataque. Al punto que se acercan al parage señalado, se separan en diferentes cuerpos pequeños, teniendo cada uno determinado á su ataque sobre tal casa, ó tal quinta. Empiézanle á pocas horas despues de media noche, matando á todos los hombres que se les oponen, y cautivando á todas las mugeres y niños. Las de los indios, siguen á sus maridos armadas con porras, varas, y algunas veces espadas, para desbaratar y robar cuanto encuentran en las casas, como vestidos, utensilios domesticos, &a. y cargadas con su presa, se retiran lo mas presto que pueden, sin pararse de dia ni de noche, hasta hallarse á gran distancia, y fuera del peligro de ser alcanzados por sus enemigos. Aquí paran, y reparten su presa, lo que rara vez hacen sin perder las amistades, terminando por lo comun en riñas, y efusion de sangre.
Otras veces hacen una especie de guerra volante, con cuadrillas de 50 ó 100 hombres en cada una; pero entonces no atacan sino las quintas ó casas de campo, manejándose con mucha aceleracion, tanto en el ataque, como en su retirada.
Sin embargo no tienen los caciques poder de imponer contribuciones, ni quitar cosa alguna á sus vasallos, ni aun obligarlos á servir tal ó tal empleo, sin que se les pague, debiendo por el contrario tratarlos con la mayor benignidad, y algunas veces aliviarlos en sus necesidades, si no quieren que se sometan á algun otro. Por esto, muchos Ghúlmenes, ó hijos de caciques, no quieren tener vasallos, costándoles caro, y sirviéndoles muy poco. Ningun indio, ó cuerpo de ellos puede vivir sin la proteccion de algun cacique, segun la ley de aquellas naciones, y si algunos de ellos se atreviesen á hacerlo, le matarian, ó cautivarian al punto que fuese descubierto.
En caso de recibir alguna injuria, la parte agraviada usa de todos los medios posibles para hacerse justicia, sin embargo de la autoridad del cacique. No conocen mas castigo, ó satisfaccion que la de pagarles ó remitirles la injuria ó daño hecho, con alguna cosa de valor en su estimacion, porque no usan dinero, ni castigan de otro modo que quitándoles la vida. No obstante, cuando la injuria es despreciable, y el ofensor pobre, se contenta el ofendido, con solo castigarle en las espaldas con sus bolas de piedra. Si el ofensor es poderoso, le dejan, á menos que el cacique no medie, y le obligue á dar satisfaccion.
Las guerras, que estas diversas naciones tienen unas con otras, y con los españoles, nacen algunas veces de las injurias recibidas, porque son inclinados á la venganza, aunque mas frecuentemente provienen de la falta de viveres, ó deseo del pillage.