Descripción colonial, libro segundo (2/2)
Part 9
El Visorrey, oído esto, pidió parecer al padre fray García de Toledo, de quien habemos dicho ser hombre de muy bueno y claro entendimiento, que un poco apartado de nosotros tenia su silla, diciéndole: y á vuestra merced, señor padre fray García, ¿qué le parece? No respondió palabra al Visorrey sino vuelto contra mí, dice: con el de mi Orden lo quiero haber; yo púseme un poco sobre los estribos, viendo ser una hormiguilla, y mi contendedor un gigante, y dijo: ¿cómo dice vuestra reverencia lo afirmado? ¿no sabe que Dios envió un ángel á Cornelio? Respondí: Sí sé, y sé tambien que antes que se lo enviase, ya Cornelio (dice la Sagrada Escriptura) era varon religioso y temeroso de Dios, y cuando llegó San Pedro hacia oracion al mismo Dios. Luego nos barajaron la plática, é yo quedé por gran necio y hombre que habia dicho mil disparates, sin haber quien por la verdad ni por mí se atreviese á hablar una sola palabra. Es gran peso para inclinarse los hombres, aun contra lo que sienten, ver inclinados á los príncipes á lo que pretenden, por ser necesario pecho del cielo para declararles la verdad. No digo lo tuve ni lo tengo, mas dióme Nuestro Señor entonces aquella libertad cristiana.
CAPITULO XXXIII
HACE EL VIRREY INFORMACION DEL MILAGRO
Persuadido el Visorrey don Francisco de Toledo que los indios Chiriguanas le tractaban verdad, para más en ella confirmarse y confirmar á otros determinó hacer una informacion de todo lo dicho por los indios que trujeron las cruces, y los testigos que tomaba y examinaba eran los mismos que dijeron la fiction, y algunos de los que estaban acá; hízose la informacion con esta solemnidad; hallóse presente á ella el mismo Visorrey, el Presidente de la Audiencia, Quiñones; el dean de La Plata, el doctor Urquiza; el licenciado Villalobos, vicario general por la Sede vacante, un hombre gran cristiano; tres secretarios: el de gobernacion, Navamuel; el del Audiencia, Pedro Juares de Valer; el de la Sede vacante, Juan de Losa; tres lenguas: un religioso nuestro nacido y lego en el Rio de la Plata, llamado fray Agustin de la Trinidad; Mosquera, de quien habemos tractado, y el mestizo Capillas. La hora señalada era de las cuatro de la tarde hasta las ocho de la noche; yo me hallé á toda ella, porque iba por compañero del religioso lego, y así lo pedí para ver en qué paraba esta fiction. Los indios que vinieron con las cruces fueron los primeros examinados, y declararon como habian referido en su embajada. Luego llamaron á otros de los que estaban acá que decian saber lo propio, y nunca tal dijeron hasta venidos los de las cruces; declararon tambien el don Francisquillo, y sucedió lo que diré: declaraban dos juntamente, y disparaban de lo que los otros habian declarado; á este tiempo el don Francisquillo, haciendo fuerza al portero del Virrey, como lo tenian por medio truhan, y el Visorrey gustaba de verle tartamudear en nuestra lengua, entró dentro de la sala donde el Visorrey y los demás estábamos, y arrimóse á la pared frontera de donde era el examen; el cual, oyendo cómo disparaban de lo quél y los demás examinados habian declarado, díjoles: Hermanos, ¿no os dije ayer todo lo que habiades de decir? ¿cómo decís al contrario? y todos tres lenguas fueron tan cortos, que no advirtieron al Visorrey de lo que aquel don Francisquillo les dijo, para que se entendiera la fiction destos. Dijéronlo ya que nos veníamos á nuestras casas acompañando al dean, porque era todo camino entonces, y aun más de una cuadra; lo dijeron porque veniamos tractando que era fiction y mentira, y ellos para confirmarlo dicen lo que el Francisquillo dijo á los que disparaban de los demás encaminados, y fué promision de Dios, porque aunque lo dijeran, no fueran creidos. Con mi poco talento yo me deshacia viendo lo que pasaba, y que el Visorrey nos detuviese allí tanto tiempo, y otra noche siguiente díjele: Suplico á Vuestra Excelencia sea servido oirme; respondióme: Decid; Señor, dije, si es verdad lo que éstos dicen que aquel ángel les predica, y afirman que unas veces le ven, otras no, y cuando le ven entra en la iglesia muy resplandeciente y hermoso, no hay duda sino que, para confirmacion de que es ángel, ó Sandiago, como ellos dicen, enviado de Dios, que para que le crean habrá hecho algun milagro. Porque esta es orden de Dios, como consta de Moisés, con los hijos de Isrrael, que para que le creyesen hizo milagros delante dellos, y lo mismo hicieron los apóstoles y otros muchos sanctos para confirmacion de la fe y predicacion evangélica; mande Vuestra Excelencia se les pregunte si ha hecho algun milagro. El Visorrey dijo: Bien decís; pregúntenselo. Pregúntanles las lenguas si aquel ángel ó Sandiago ha hecho algun milagro; responden haber hecho tres; el primero fué que le llevaron una yegua picada de una víbora, que era de un curaca, para que la sanase, y la sanó; este buen milagro es, porque convenia no se perdiese la casta de los caballos en los Chiriguanas. El otro, que á un muchacho picado de otra víbora, llevándoselo, lo sanó. El tercero fué, que no queriendo unos Chiriguanas salir de las casas donde estaban, á oirle su predicacion, les dijo: ¿así, no quereis oir la palabra de Dios? pues yo haré venga del cielo fuego y os abrase, y descendió fuego del cielo y los abrasó; y aun añadieron otro, que son cuatro: que en un pueblo llamado Cuevo, no le queriendo oir, les dijo: Pues yo me iré, y os dejaré; é se fué, y la cruz que estaba en la plaza de la iglesia se levantó y se fué en pos de Sandiago y se plantó en la plaza del otro pueblo. Examinando á otros dos indios, y preguntándoles destos milagros, en los dos primeros confirmáronse; en lo del fuego de la casa, dijeron haberse quemado acaso, pero que dentro della nadie pareció; y lo de la cruz de Cuevo no hobo tal, sino que allí está, y en el otro pueblo los indios dél pusieron una cruz delante de la iglesia; y con todo esto se pasó adelante con la fiction, y se creyó, y en la informacion se escribieron ochenta hojas, ó pocas menos; empero, cuando se huyeron los Chiriguanas (como en el capítulo siguiente diremos), ya entonces se creia la fiction ser mentira, é yo me atreví á hablar cerca desta materia y que habia salido verdad lo por mí dicho, que no querian sino engañar al Visorrey, y á la primera noche que sucediese tempestuosa, huirse á sus tierras, como lo hicieron.
CAPITULO XXXIV
LOS CHIRIGUANAS SE HUYEN
El Visorrey don Francisco de Toledo, hecha la informacion, fué deteniendo á los indios Chiriguanas, sin dejarles volver á sus tierras, lo cual ellos sintiendo determinaron de huirse; esto fué descubierto, y el Visorrey mandó que de una casa que les habia dado, un poco apartada del pueblo, en la parroquia de San Sebastian, se mudasen á otra dentro del pueblo, donde se tuviese un poco de más recaudo con ellos, y si se huyesen luego fuese sabido; subcedió, pues, así, que venida una noche muy tempestuosa, como las suele hacer en aquella cibdad y en toda la provincia, se huyeron todos los que habian quedado, y entre ellos Baltasarillo y el Chiriguana llamado Inga Condorillo. Sabido en casa del Visorrey por sus criados, antes que amaneciese dispiertan al Visorrey, á quien ni en aquella hora ni en otra, como durmiese, se atrevian á despertar, y dícenle: ¡Oh! señor, los Chiriguanas se han huido; entonces díceles: No me quede ninguno de vosotros en casa que no los vaya siguiendo y me los traya; sale la voz por el pueblo, de donde algunos de los criados del Visorrey y otros de la ciudad, con sus vestidos negros, sin esperar á más, toman sus caballos, y aun los ajenos, que hallaban á las puertas de sus amos, y sin más detenerse, unos por una parte y camino, otros por otra é por otro camino, se parten en busca de los Chiriguanas, sin saber el camino que llevaban; dióse aviso luego á los chacareros de los valles por donde necesario habian de pasar, y á los que á las riberas de los rios tenian sus haciendas, que velasen é procurasen haberlos á las manos. Prendieron al Baltasarillo y á otros tres, que trujeron al Visorrey. El Inga Condorillo con los demás aportó al valle do Oroneota, donde hay un poblezuelo pequeño de los indios llamados Churumatas; en el paso estaban un mulato con dos indios, á donde llegando el Inga Condorillo con sus compañeros, con un cuchillo carnicero hirió al mulato, que luego huyó, y luego acometen á los indios, hiérenlos á ambos, al uno de muerte, de que dentro de breves dias murió; al otro más livianamente, con lo cual se escaparon hasta hoy, de suerte que lo que yo dije salió verdad; pero primero que saliese andaba como corrido, sin atreverme á hablar, ni haber quien se atreviese de los pocos que conmigo concordaban y sentian, aunque despues que los recogieron á la cibdad, algunos libremente decian su parecer.
CAPITULO XXXV
EL VISORREY DON FRANCISCO DE TOLEDO DETERMINA IR Á LOS CHIRIGUANAS EN PERSONA
Sintió gravemente el Visorrey la huida de los Chiriguanas, como á quien unos indios bárbaros así burlaron, por lo cual, y porque convenia hacerles guerra, subjectarlos, ó echarlos á lo menos de aquellas montañas y carnecerias donde vivian, dende á pocos dias determinó él en persona ir á castigarlos, y de allí entrar en Santa Cruz de la Sierra y sacar á don Diego de Mendoza y justiciarle, como lo hizo despues, y de un tiro matar dos pájaros; sacó tiendas, las cuales armaron delante de su casa, en la cuadra de la iglesia mayor; nombró por capitan general á don Gabriel Paniagua, vecino de la ciudad de La Plata, hombre muy rico, comendador de Calatrava; por maestre de campo, á don Luis de Toledo, su tio. Antes de se determinar tuvo muchos acuerdos y consejos, en los cuales por el Audiencia siempre fué contradicho su parecer de ir en persona, y se lo requirieron, porque para aquella guerra era suficiente un capitan general con ciento y cincuenta soldados y tres capitanes, á quien mandase ir al puesto del rio de los Sauces, dond'el capitan Andrés Manso tuvo poblado, y de allí hiciese la guerra como convenia hacerse á estos come hombres, lo cual mejor que otro lo haria Pedro de Segura, de nacion vizcaino, cursado en guerra contra los Chiriguanas, á quien ya tenia perdido el miedo; envióle á llamar, que vivia pobremente con su mujer y hijos en un valle llamado Sopachui, más de veinte leguas de la ciudad de La Plata, el cual venido y ofreciéndose á servir á Su Majestad y al Visorrey en lo que le mandase, conforme á su obligacion de hijodalgo; empero pidiéndole algun socorro para dejar á su mujer y hijos, no se le dió, y le despidió diciéndole se volviese á su casa.
Determinóse, pues, el Visorrey, contra el parecer del Audiencia y de los demás vecinos y hombres que tenian experiencia cómo se habia de hacer aquella guerra, de ir en persona, y así aderezó y mandó aderezar las cosas necesarias.
CAPITULO XXXVI
EL VISORREY DON FRANCISCO DE TOLEDO PIDE PARECER SI DARÁ POR ESCLAVOS Á LOS CHIRIGUANAS
Determinado el Visorrey de entrar en persona contra estos come hombres, enemigos comunes del género humano, llamó á consulta al Audiencia, Sede vacante, Cabildo de la ciudad de La Plata y á las Ordenes, y en particular á estas, y letrados, si podia lícitamente dar por esclavos á los Chiriguanas que se prendiesen en aquella guerra; juntos á la hora señalada, y pidiendo parecer, y dando las causas que le movian á poderlo hacer, hablando primero el doctor Urquizu, dean, le dijo que en la guerra justa, como era la presente, era lícito al rendido captivarle, por ser ya Derecho y comun consentimiento de las gentes, porque si á un enemigo, en la tal guerra, teniéndole rendido, le puedo quitar la vida, gran beneficio le hago, dándosela, hacerle mi esclavo; empero porque él habia visto una cédula del Emperador y rey nuestro señor Carlos V, en que mandaba que á ningunos indios, por delictos gravísimos que tuviesen, ni porque se hobiesen rebelado contra su corona Real, ni por comer carne humana, ni por otros ningunos de sus Virreyes, gobernadores, ni capitanes generales, les pudiesen dar por esclavos, ni á los ya reducidos á su servicio, ni á los que de nuevo se reduciesen, y así ponia en su libertad á todos los indios que como esclavos servian, vendidos y comprados; por lo cual, conforme á esta cédula, usada é guardada, no era lícito darlos por esclavos, por ser ley de nuestro Rey y príncipe, en la cual para con estos indios moderaba la ley y Derecho de las gentes de que arriba hicimos mencion que en la guerra justa al rendido justamente se hace esclavo; á esto respondió el Virrey, aquella cédula haberla Su Majestad despachado y establecido aquella ley para los vecinos de México, donde el Visorrey don Antonio de Mendoza tuvo muchos esclavos indios con sus ingenios, y que no se entendió en estos reinos. Oído esto por el doctor Urquizu, dijo: Si Vuestra Excelencia esa ley puede así interpretar, con justo título los puede dar Vuestra Excelencia por esclavos. Con este parecer fueron todos los demás prelados de las Ordenes, y casi concluida la consulta, y en este parecer resuelta, viéndome el Visorrey, mandóme decir lo que sentia, y es cierto que no siendo yo sino un muy simple y sencillo religioso de mi Orden, era compañero de mi prior, me habia asentado muy abajo, y aun casi me escondia, porque ni me viesen ni me preguntasen, pareciéndome ya en este particular de los Chiriguanas me tenian por sospechoso. Pero no me pude esconder qu'el Visorrey no me mandase decir mi parecer, al cual dije (no parezca á nadie alabo mis agujas; tracto verdad _coram Deo et Christo Jesu_): Señor, si la ley del Emperador y rey nuestro señor, de gloriosa memoria, no se entiende en estos reinos, lo que á Vuestra Excelencia se ha respondido se puede justísimamente hacer; pero aunque sea así, Vuestra Excelencia debe mandar se modere este rigor desta suerte, pareciendo conviene que los niños y mujeres inocentes, excepto las viejas, porque éstas son malditas, por cuyo consejo estos Chiriguanas van á la guerra, no se den totalmente por esclavos, sino que el que los captivare se sirva dellos toda su vida como de tales, no los pudiendo vender ni enajenar, y que si algun otro se los hurtare ó sosacare, sea castigado como si cosa propia se le hobiera hurtado; los demás inocentes queden libres como vasallos de Su Majestad, para que Vuestra Excelencia los encomiende á quien fuese servido. Muévome á esto, porque todos estos reinos se han de reducir á la corona de Castilla, y en contorno de los Chiriguanas hay indios, y lejos dellos, que no están reducidos. Pues si estos tales oyeren decir que los cristianos han hecho esclavos, compran y venden y han destruido á estos come hombres, no sabiendo la razon é justicia de parte de Vuestra Excelencia para mandarlo, tenernos han más aborrecimiento del que nos tienen, y el nombre de cristiano se hace más odioso. El Visorrey dijo era piadoso parecer; empero, no lo queriendo admitir, mandó al general don Gabriel saliese á la plaza y con la solemnidad acostumbrada publicase á fuego y á sangre la guerra contra estos Chiriguanas, declarándolos y dando por esclavos á todos cuantos en ella se rindiesen y prendiesen; lo cual hizo luego, y en la plaza públicamente se publicó y pregonó como el Visorrey lo mandaba.
CAPITULO XXXVII
EL VISORREY MANDA AL GENERAL DON GABRIEL ENTRE CONTRA LOS CHIRIGUANAS POR EL CAMINO DE SANTA CRUZ.
Publicada la guerra á fuego y sangre, y dados por esclavos los Chiriguanas, mandó el Visorrey al general don Gabriel que con 120 soldados, sin la gente de su casa, entre contra estos enemigos comunes por el camino que va á Santa Cruz de la Sierra, y procure allanar al cacique Vitapue, que está en medio del camino, ó á lo menos impedirle que no pueda ir á socorrer á los demás contra quien el Visorrey entraba. Apercibióse el General de lo necesario, y con los soldados dichos, muy buenos y bien aderezados, tomó su camino. Lo que le subcedió diremos cuando hobiéramos concluido con lo que _aconteció_ al Visorrey.
CAPITULO XXXVIII
EL VISORREY NOMBRA CAPITANES Y ENTRA EN LA TIERRA CHIRIGUANA
Nombró tambien otros capitanes: por la ciudad de La Plata, á don Fernando de Zárate, vecino della; por la villa de Potosí, á Juan Ortíz de Zárate, su criado. Mandó que todos los vecinos del Pueblo Nuevo viniesen á servir á Su Majestad en esta jornada, ó enviasen personas en su lugar con sus armas y caballos; los más vinieron; los otros enviaron soldados á su costa; otros muchos hijosdalgo, conforme á su obligacion, se ofrecieron á servir y fueron sirviendo sin interés ni socorro alguno. Partió, pues, el Visorrey llevando en su compañía los lanzas y arcabuces para la guarda de su persona, y para hacer lo que se les mandase. Por justicia mayor del campo, al licenciado Ricalde, con buena casa de soldados vizcainos y mucho gasto. Salieron con él de la ciudad de La Plata pocos más de 400 soldados, todos deseosos de concluir con esta maldita canalla y de vengar la injuria hecha al Visorrey, engañándole como le engañaron; fueron tambien con él otros soldados que tenian sus haciendas en los valles fronteras desta gente, y que aquella tierra la habian visto muchas veces.
La primera jornada fué legua y media de la ciudad, á un valle llamado Sotala, á donde se acabaron de juntar las cosas necesarias de mantenimientos, y carneros para llevarlos; vinieron tambien allí indios de servicio y de los Chichas, que es gente buena y bellicosa, con sus arcos y flechas. En este valle quisieron algunos criados del Virrey saber qué tan fuerte era el arco Chiriguana, y tomando una cota la pusieron en un costal de paja y á los indios Chiriguanas que llevaban para guias hiciéronlos tirasen á la cota, y á los Chichas; los Chichas desembrazaron primero, pero sus flechas resurtieron. Los Chiriguanas desembrazando pasaron la cota y costal de banda á banda, de lo cual fueron no poco admirados; es el Chiriguana bravo hombre de arco y flecha, como dejamos dicho: y aunque es así que se llevó gran cantidad de comida, porque siempre se temió hambre, y temiéndola, los cursados en aquella tierra y el camino que llevaban, dijeron al Virrey que para tal tiempo proveyese, á lo menos dejase proveido, que de la ciudad de La Plata y sus términos, en el rio de los Sauces, ó asiento de Condorillo, le tuviesen comida, porque seria necesaria; no los quiso oir, y subcedió así como diremos, que si lo dejara proveido, no se viera el campo en la necesidad que se vió. Llegando, pues, á las puertas de las montañas Chiriguanas, luego despachó al capitan Juan Ortíz de Zárate con su compañía de cincuenta soldados, sin otros diez que le dió viejos y cursados, á un pueblo, creo llamado Tucurube, el primero por aquel camino; el cual llegó á tan buen tiempo, que no halló indio en él que le pudiese hacer resistencia, sino las mujeres y niños, por haber tres ó cuatro dias se habian partido á cazar indios chaneses para su carniceria, y entre las mujeres vivia una mestiza que dijimos haberse quedado en los Chiriguanas cuando mataron al capitan Andrés Manso y á todos los que con él estaban, la cual con las demás indias se huyó al monte, y conocida por algunos, llamándola, no quiso volver, tiró su camino con las demás y hasta hoy se quedó hecha chiriguana. Hallóse aquí mucha comida de maíz, frísoles, zapallos, yucas y otras suertes de mantenimientos de que se sustentan y hacen sus brevajes en mucha cantidad; oí certificar á algunos que con él fueron serian de todas comidas más de 3.000 fanegas. Apoderóse del pueblo, que no era más de tres casas como las usan, muy anchas y más largas. Los del pueblo _van_ al monte _y_ avisan á los Chiriguanas den luego la vuelta, porque los cristianos se han apoderado de las casas y comidas; los cuales dentro de pocos dias volvieron y entraron como de paz, no todos, sino los más principales, que á escondidas preguntaban quién era el capitan; si era conocido dellos, viejo ó chapeton, ó si por ventura era el capitan Hernando Diez de Recalde, que allí como soldado iba. El capitan Hernando Diez era dellos muy conocido por muchas y muy buenas suertes que habia hecho con ellos; temianle y deseaban haberle á las manos; mas como supieron era chapeton, y dellos no conocido, luego le tuvieron en poco y engañaron, comenzándole á servir y traer agua y leña y lo que les pedian. El capitan Juan de Zárate despachó luego al Visorrey un soldado con la nueva de la presa de la comida que tenia; el capitan alojó sus soldados á lo largo de los buhios, de suerte que por las espaldas estaban seguros; empero los Chiriguanas le persuadieron se metiese en uno dellos, porque las indias que traian leña y agua y demás cosas para guisar de comer tenian miedo de los soldados, y no venian de buena gana, ni se atrevian á entrar dentro del buhio; persuadióse á ello, aunque por algunos soldados le fué rogado no lo hiciese ni desamparase su alojamiento; con todo eso se metió dentro de la casa, á donde por algunos dias le aseguraron los Chiriguanas sirviéndole con mucho cuidado. Empero no eran tan recatados que los que tenian alguna experiencia de sus malas costumbres, por los ademanes y otras cosas, entendianles los pensamientos, por lo cual avisaron al capitan se velase y no hiciese tanta confianza de aquella gente sin Dios, sin ley y sin rey; no quiso admitir este buen consejo, diciendo no era él hombre á quien los Chiriguanas habian de engañar, no se acordando habian engañado al Visorrey, con todo su buen entendimiento. Los que se recelaban, que fué el capitan Hernando Diez de Recalde, con un hijo suyo y un negro, y otros tres ó cuatro que se le llegaron, no dormian en el buhio, sino fuera, las espaldas seguras con unas piruas de maíz juncto al buhio (pirua es un cercado como de dos varas y media, redondo, de cañas, donde se encierra el maíz), y la noche de cierto dia que conocieron lo que habia de hacer la gente enemiga, se repararon lo mejor que pudieron y estuvieron apercebidos velándose; esta noche, el capitan descuidado, dan los Chiriguanas en él y en los demás que dormian á sueño suelto y sin centinelas; mataron á un español y á uno ó dos mulatos, y no sé cuántos indios, y hirieron á otros, y á soldado hobo, y lanza, que le pasaron un muslo con una flecha, revuelto con su frezada. Los que estaban fuera, éstos detuvieron á los indios que no entrasen tan de golpe, y mataron algunos con sus arcabuces, porque los que hicieron daño en el buhio fueron los que allí se habian quedado, como ellos decian, á dormir, y á la hora señalada tomaron las armas que entre la leña metieron, y con ellas hicieron el daño dicho, y al capitan hirieron livianamente en una mano. Los Chiriguanas, como los de fuera les daban priesa, huyeron al monte; llegó el dia; curaron los enfermos y enterraron los muertos, y el capitan fué á buscar los enemigos, pero no hallándolos, se volvió; los cuales se entiende haber recebido no poco daño, por la sangre que á la mañana se vió juncto á la casa. Dende á pocos dias determinó el capitan dejar el pueblo y comidas, y dar la vuelta en busca del Visorrey, á donde llegando, y sabido el subceso, no lo quiso ver ni hablar por muchos dias, y no sin mucha razon, porque si el capitan Juan de Zárate siguiera el parecer de los expertos en la guerra Chiriguana, casi la habia acabado; pero, como dijimos arriba, los que vienen de España tiénennos por más que bárbaros; dijéronle no desamparase la comida sin órden del Visorrey, ni el pueblo, la cual, si no dejara, era fácil llevarla al real y no se padeciera la hambre que despues se padeció, á lo menos no tanta.
CAPITULO XXXIX
EL VISORREY NOMBRA CAPITAN Á BARRASA, SU CAMARERO, Y LO ENVIA AL PUEBLO DE MARUCARE
Prosiguiendo la tierra adentro el Visorrey con su campo, lo asentó en cierta parte cómoda, de donde nombrando por capitan á Francisco Barrasa, su camarero, le mandó escogiese cincuenta hombres en todo el ejército, y con ellos fuese á un pueblo del curaca Marucare, que dijimos haber salido á la cibdad de La Plata con Mosquera, pero el Visorrey le dió licencia para volverse á su tierra.