Descripción colonial, libro segundo (2/2)

Part 2

Chapter 24,015 wordsPublic domain

En su tiempo, gobernando el marqués de Cañete, de buena memoria, una moza liviana se fingió endemoniada, la cual alborotaba la ciudad, y como era fiction, los conjuros y exorcismos de la iglesia no aprovechaban más que en una piedra; llevábanla á la iglesia mayor á los curas con gran copia de muchachos tras ella, en cuerpo, con un rostro muy desvergonzado. El Arzobispo afligióse; mandó que se la llevasen al hospital de Santa Ana, donde la mayor parte del tiempo vivia; lleváronsela, exorcizóla, como quien exorciza á una piedra. Sucedió que un dia le fué á visitar y besar las manos un religioso nuestro, gran predicador y de mucha opinion, llamado fray Gil Gonzales Dávila; hallóle muy afligido y lloroso, y preguntándole la causa respondió: ¿No me tengo de afligir, que sea yo tan desventurado que en todo mi arzobispado no haya quien pueda echar un demonio del cuerpo de una moza, é yo propio la he exorcizado y no aprovecha más que si exorcizase á un poste? ¿No me tengo de afligir? El religioso nuestro le dijo: Suplico á vuestra señoría mande que me la lleven mañana á casa; yo la exorcizaré, y mal que la pese la compeleré á que me responda en la lengua que yo le hablare. Hízose así, y otro dia mandó llevasen la moza á nuestro convento, y llamado el padre fray Gil á la capilla de San Hierónimo, donde estaba la endemoniada fingida, en viéndole entrar díjole ciertas palabras afrentosas llamándolo capilludo, ¿qué queria? ¿qué buscaba? El religioso luego conoció ser fiction y maldad, y al cura que la llevaba, llamado el padre Valle, dícele: Diga vuestra merced al señor Arzobispo que esta desvergonzada no tiene demonio, y el que tiene se le han de sacar del cuerpo con muchos y crudos azotes; y acertó en esto, porque volviéndola á su casa no fingió más el demonio, y se conoció que por usar de su cuerpo deshonestamente con un hombre fingió aquella maldad y remaneció preñada. En hacer órdenes era muy recatado, como es necesario, aunque al principio, por haber falta de ministros, no sé si ordenó á algunos no muy suficientes, pero de buenas costumbres y lenguas, para que lo que en la sciencia faltaban en las costumbres y buen ejemplo supliesen. Nunca tractó de pedir cuarta á los clérigos de su obispado, como despues acá se ha pedido y puesto; á las Ordenes la quiso pedir, empero no salió con ello, y esto creemos lo hizo insistido por los prebendados, que por otra cosa. Tuvo con ellos algunos recuentros; presto los fenecia, y no por eso dejaba de comunicarlos y hacerles cuanto bien podia, y con su prudencia y cristiandad en breve eran concluidos. Muchas cosas, si de años atrás fuera mi intento hacer este breve compendio, se pudieran escrebir; por ventura otros las ternán notadas, las cuales, si por extenso se hubieran de tractar, requerian un libro entero; para nuestro intento sea suficiente decir que fué un prelado en toda virtud consumado, y que la majestad de Nuestro Señor provea de que los sucesores suyos sean como este ilustrísimo señor; finalmente, lleno de buenas obras dió su ánima al Señor, y está enterrado en Los Reyes, en su hospital, en la capilla mayor, llorado de todo el reino, pobres y ricos.

CAPITULO III

DEL ILUSTRÍSIMO MOGROVEJO

Sucedió en la silla arzobispal el ilustrísimo don Toribio Alfonso Mogrovejo, que al presente loabilísimamente vive; varon consumado en toda virtud, celosísimo de sus ovejas, y en particular de los naturales, por el bien de los cuales nunca deja de andar visitando su arzobispado con admirables obras, dignas de ser imitadas. El cual no creo que ha vivido, en más de 26 años que tiene la silla, los tres en la ciudad de Los Reyes, ocupado en caminos bien ásperos, confirmando á los niños y desagraviando á los indios que halla agraviados de los sacerdotes que entre ellos residen. Es gran limosnero; porque le ha sucedido llegar á pedir limosna un buen cristiano que en la ciudad de Los Reyes se ocupa en tener cuidado de buscar de comer, llamado Vicente Martines, para los pobres, y de acudirles con limosnas de lo que pide desde los Virreyes abajo, llegar y decirle: Señor, los pobres no tienen que comer, y librarle buen golpe de plata en don Francisco de Quiñones, casado con una hermana del señor arzobispo, en cuyo poder entran las rentas; y respondiendo no tener plata, porque se ha dado en limosnas, llegar el mismo arzobispo y echar mano de la tapiceria y mandar se descuelgue, se venda y dé la plata á los pobres; otras veces mandar sacar las mulas, y que asimismo se vendan; libérrimo de toda avaricia y cobdicia, castísimo y abstinentísimo; no es amigo de comidas regaladas, ni en los caminos, donde se requiere algun regalo, por su aspereza y destemplanza, porque es varon muy preeminente, de mucha oracion y diciplina. Las penas en que condena á los clérigos descuidados y que su oficio no lo hacen como deben, las aplica para un colegio que hace en la ciudad de Los Reyes, que será cosa principal; con limosnas que ha pedido á todo género de hombres, indios, españoles, negros, mulatos, ha hecho un monasterio llamado Sancta Clara, etc. En ordenar es, como se requiere, escrupulosísimo; los interticios se han de guardar al pie de la letra, y han de pasar los que pretenden ordenarse por examen riguroso de vida, costumbres y ciencia. Cuando reside en Los Reyes, pocos domingos ni fiestas deja de se hallar en los oficios divinos, amicísimo de que todos los domingos del año haya sermones en todas partes. Con el marqués de Cañete el segundo tuvo no sé qué pesadumbres sobre las ceremonias que á los Virreyes se hacen en la misa, por lo cual huia de venir á la ciudad; más queria vivir ausente della en paz, que en ella con pesadumbre; finalmente, hasta agora hace su oficio como un apóstol.

CAPITULO IV

DE LOS REVERENDÍSIMOS DEL CUZCO

La catedral del Cuzco tambien ha tenido bonísimos prelados. El primero el reverendísimo fray Juan Solano, de nuestra sagrada religion, el cual, gobernando don Hurtado de Mendoza, de buena memoria, marqués de Cañete, se fué á España y de allí á Roma, donde vivió muchos años y acabó loablemente en buena vejez, con admirable ejemplo de virtud, haciendo crecidas limosnas. Sucedióle don Sebastian de Lartaum, dotor por Alcalá de Henares, guipuscuano, varon doctísimo y por sus letras nominatísimo en aquella Universidad, y de allí por la buena fama de su cristiandad fué promovido á esta silla; gran eclesiástico, amigo de toda virtud, temido de los que no la seguian; tuvo muchos trabajos en este reino, en que Nuestro Señor le ejercitó, así con sus prebendados como con otras personas; empero el mayor fué un falso testimonio que le levantaron, diciendo que en el Cuzco habia hecho compañia para sacar un tesoro con el licenciado Gamarra, médico, y segun fama con el capitan Martin de Olmos, vecino encomendero de la misma ciudad, del hábito de Santiago; los cuales todos tres lo[2] sacaron y ocultaron por defraudar al Rey nuestro señor de su parte y quintos, y cupo á cada uno trecientas y sesenta y tres cargas y media de oro, el cual se sacó en casa (segun afirmaron) del licenciado Gamarra; esta fama llegó á oidos de don Francisco de Toledo, Visorrey, y luego envió al Cuzco al licenciado Paredes, Oidor de la Real Audiencia de Los Reyes, el cual procedió contra el licenciado Gamarra; prendiólo, y á su mujer doña Catalina de Urbina; dióles tormento, y al capitan Martin de Olmos tuvo preso: no pareció nada. ¿Cómo habia de parecer lo que no era?

[2] En el ms., _los_.

Al reverendísimo mándanle bajar á Lima, y no pudo hacer otra cosa; decian que debajo de una torrecilla edificada junto á la escalera de la casa del licenciado Gamarra, de allí lo habian sacado, y por eso la derribaron, y es cierto que yo me hallé en el Cuzco cuando la torrecilla se cayó, por ser el año de muchas aguas, y entonces no se dijo tal ni estaba el reverendísimo en el pueblo, y dende á dos años adelante se publicó el falso testimonio; fueron, si no me engaño, tres clérigos los autores desto, y todos tres pararon en mal. El uno, estando preso en un navio en el puerto del Callao de Lima, se quemó, con otras muchas personas, en él. El otro, saliendo de su casa en un pueblo de indios que doctrinaba, cayó un rayo y lo mató; no habian pasado tres dias que pasando yo pocas leguas de aquel pueblo por el camino de Potosí á Arica, así lo referian, y así pasó. El otro tambien acabó en mal, y porque la honra del dicho señor obispo no perezca, porné aquí lo que al tiempo de su muerte mandó para defensa suya se hiciese, y la sentencia que por el Concilio provincial de Lima en su favor se dió el año de 83 pasado.

«Alonso de Valencia, scrivano público de la ciudad de Los Reyes, da fe cómo ante el reverendísimo de Tucumán, don fray Francisco de Victoria, de la Orden de Santo Domingo, y ante el mismo Alonso de Valencia, Alonso García Salmerón, vicario de Ariquipa, Beltran de Sarabia, Bartolomé Ximenez y Pero Lopez, sacerdotes, el reverendísimo del Cuzco don Sebastian de Lartaum hizo una declaracion en ocho de octubre del año de 83, estando enfermo, de la cual enfermedad murió, del tenor siguiente:

»Item que por cuanto en el santo Concilio provincial que se celebra en esta ciudad se han tractado y tractan muchas causas civiles y criminales de parte de muchas personas contra su señoria reverendísima, y su señoría contra ellos, en defensa de su honra y auctoridad episcopal, quiere y es su voluntad que las dichas causas se sigan y fenezcan en cuanto toca á la defensa de su honra y fama, y la difinicion dello quiere se lleve ante Su Santidad y del Rey nuestro señor, si fuere necesario, para que conste de su limpieza, y en lo demás, que su señoría perdona de muy buen corazon y voluntad á todas aquellas personas que le han ofendido é injuriado, por escripto ó por palabra, ó de otra manera, por que Dios Nuestro Señor le perdone sus culpas y pecados, y les pide perdon si los ha injuriado».

Siguiéronse sus causas despues de muerto, por sus procuradores y partes contrarias en el dicho Concilio, y finalmente por los señores obispos jueces nombrados por el Sancto Concilio, conviene á saber, don fray Francisco de Victoria, obispo de Tucumán; don Alonso Dávalos Granero, obispo de la ciudad de La Plata; don fray Alonso Guerra, obispo del Paraguay, por otro nombre del Rio de La Plata, cuya sentencia es la que se sigue:

«Fallamos que la parte del bachiller Sanchez de Renedo, fiscal, no probó cosa alguna de lo contenido en su acusacion y capítulos della, fecha por la dicha delacion del dicho Diego de Salcedo y puesta contra el dicho reverendísimo del Cuzco; damos y declaramos su intencion por no probada, y que el dicho reverendísimo del Cuzco y sus procuradores en su nombre probaron sus ecepciones y defensiones bien y cumplidamente, y así lo declaramos; en cuya consecuencia debemos dar y damos al dicho reverendísimo obispo don Sebastian de Lartaum por libre de todo lo contra él pedido y acusado en esta causa, y declaramos haber sido injustamente acusado, por estar inoscente y sin culpa do lo contenido en los dichos capítulos y querellas que le fueron puestos, los cuales parece haber sido calumniosos, y con odio y enemistad contra él puestos, y así lo declaramos y damos por libre dellos y de la dicha acusacion, condenando, como condenamos, al dicho delator y al fiador por él dado en las costas y gastos por el dicho reverendísimo obispo hechos, cuya tasacion en nos reservamos por esta nuestra sentencia difinitiva, etcétera.»

Dióse esta sentencia en Los Reyes, á 7 de Noviembre de 83; notificóse á las partes y pregonóse en la plaza públicamente con trompetas en 12 de Diciembre del dicho año; fué secretario del Concilio en esta causa Hernando de Aguilar, sacerdote.

Los seglares que persiguieron al reverendísimo del Cuzco fueron Francisco de Valverde, que le mató un clérigo en su propia casa; el dicho Diego de Salcedo, que murió excomulgado, y otro vecino del Cuzco.

Era varon de buenas y loables costumbres; vestido de pontifical parecia admirablemente de bien; alto de cuerpo, bien proporcionado, con unas venerabilísimas canas que adornaban mucho el rostro; hablaba cerrado como si no hobiera estudiado, ni criádose en escuelas, pero en las cosas de Teologia y lingua latina no se echaba de ver; hizo una ampla limosna al reverendísimo del Paraguay luego que llegó al Concilio, por ser muy pobre; acabó sus dias en la ciudad de Los Reyes; mandóse enterrar en nuestro convento; diósele sepultura junto al altar mayor, á la peana del altar al lado de la Epístola, porque en el otro lado tiene la suya el reverendísimo de los Charcas, fray Tomás de San Martin, como diremos en el capítulo siguiente; fué su muerte muy sentida, y con mucha razon, particularmente de la nacion vizcaina.

Sucedióle el reverendísimo fray Gregorio de Montalvo, de nuestra sagrada religion, obispo primero de Yucatan, en los reinos de México, varon religioso, muy docto, bonísimo predicador, de quien no sé qué poder decir, porque vivió poco y con pesadumbres con sus prebendados. Quién tenia justicia, no es de mio definirlo; dióle Nuestro Señor una enfermedad trabajosísima, que le llevó desta vida, como se cree, á gozar de la eterna.

Al presente acaba de llegar á Los Reyes, venido de España, el reverendísimo de la Camara y Raya; no le conozco; su fama es mucha de cristiandad y todo género de virtud. Nuestro Señor le conserve por muchos años.

CAPITULO V

DE LOS REVERENDÍSIMOS DE LA PLATA

El primer obispo nombrado para la ciudad de La Plata fué el Regente fray Tomás de San Martin, de nuestra Orden, de quien, tractando en el libro precedente de nuestro convento de Los Reyes, dijimos alguna cosa; varon de mucho pecho y valor, muy docto, gran predicador, de bonísimo y acendrado ingenio, de mucha prudencia, con la cual, despues de vencido[3] el tirano Gonzalo Pizarro, y repartida la tierra, hallándose muchos descontentos, por haber quedado sin suerte, de los servidores de Su Majestad, temiéndose otra rebelion peor que la pasada, en un sermon[4] los quietó, diciéndoles que lo menos que habia que repartir se repartió; porque habia tal y tal descubrimiento y conquista, de noticia y riquezas nunca oidas; que esto se dejaba para los ánimos valerosos, con lo cual y con otras razones quietó los ánimos que estaban ya medio rebelados. No le alcancé, porque cuando llegué á la ciudad de Los Reyes habia poco era muerto; pero lo que dél se decia es que en el tiempo que duró la tirania de Gonzalo Pizarro, el cual siempre lo tuvo por sospechoso, y aun le quiso matar, y despues de llegado á estas partes el presidente Gasca, andando siempre en el ejército de Su Majestad, más soldados y capitanes le acompañaban que al Presidente, ni al ilustrísimo de Los Reyes; tan bien quisto era de todos, y tanto le amaban. Diré lo que á personas que le oyeron el sermon dijo hablando con el presidente Gasca en favor de un caballero de Cáceres que habia servido bien, y habia quedado sin suerte; llamábase el caballero Mogollon; quejósele que no le habian gratificado sus servicios, y rogóle con el presidente Gasca fuese parte para ello; prometióle hacerlo, y en un sermon que se ofreció, presente el Presidente, muy á propósito trujo: Agora, señor, cosa es digna de que nos admiremos que coman todos de mogollon, y que Mogollon muera de hambre; no es de vuestra señoría consentir tal cosa. Esto fué bastante para que se le diese un repartimiento, creo en Arequipa, y así fué. Predicó á Su Majestad del emperador Carlos V, de gloriosa memoria, Rey y señor nuestro, en Flandes, domingo, en las octavas de Nuestra Señora de la Asumpcion, y el dia propio de Nuestra Señora habia predicado un religioso del seráfico Francisco, y hecho una escalera de doce gradas por donde habia subido Nuestra Señora; dejó admirada á la corte la fama del regente y provincial de las Indias; además de la presencia del Emperador y cortesanos, concurrió todo el mundo, y refiriendo en breve las gradas de la escalera que habia traido el presidente de San Francisco, dijo: pues más gradas faltaron, y añadió otras ocho más, con lo cual todos quedaron pasmados. Allí le hizo Su Majestad merced por sus méritos, y porque más merced merecia, del obispado de La Plata, dividiéndolo del Cuzco, de donde se partió para estas partes, habiendo dado primero larga relacion de todo lo pasado en la rebelion de Gonzalo Pizarro (fué con el presidente Gasca) á Su Majestad, y Su Majestad, teniéndose por muy servido, le dió licencia para volverse. Llegó á la ciudad de Los Reyes, donde en breves meses dió el ánima al Señor y fué enterrado en nuestro convento é iglesia, que siendo provincial habia hecho, en la capilla mayor, al lado del Evangelio, con gran sentimiento de toda la ciudad, y mayor de nuestros religiosos, sin llegar á sentarse en su silla. Todo lo que tenia dejó al convento.

[3] En el ms., _venido_. [4] En el ms., _que los_.

Quedando vaca esta silla, Su Majestad del Rey nuestro señor Filipo II hizo merced della al padre fray Domingo de Santo Tomás, maestro en sancta Teologia, doctísimo, gran predicador, gran religioso, gran celador del bien y conversion de los naturales, y no menos de las conciencias de los españoles, varon benemérito desta silla y de otra mayor; debia haber un año ó poco más habia venido de España, donde siendo provincial habia ido á un capítulo general en que se juntaron todos los provinciales de la Orden, y con traer recado del General de la Orden para ser vicario general y visitador suyo, nunca quiso usar deste poder, ni mostrarlo hasta haber aceptado; vivia en el convento de Lima, con título solamente de la Universidad que entonces en nuestra casa estaba, y en las con conclusiones generales, particulares y conferencias se hallaba y presidia: entonces era yo estudiante de _Súmulas_. Llegadas las bulas y cédulas de Su Majestad, no queria aceptar, aunque el conde de Nieva y comisarios le daban priesa aceptase; retrújose á nuestra chácara, que dista de la ciudad una legua pequeña; finalmente, allí aceptó; aunque algunos religiosos nuestros, particularmente un buen viejo que vivia en Chincha, le persuadia no aceptase, y finalmente aceptó, y el propio dia, viniendo de la chácara al convento acompañado de muchos caballeros y religiosos, en el camino le dió un tan gran dolor de ijada, que llegando á la ciudad, y habiendo de pasar por el convento de San Augustin, que es donde agora está la iglesia y parroquia de San Marcelo, no le dejó el dolor llegar á nuestro convento, sino que allí se quedó hasta que se aplacó, y aplacado se vino á casa. Sabido por el buen viejo en Chincha, escríbele y dícele: Señor, ¿no persuadí á vuestra señoria no aceptase el obispado? Advierta bien á lo que le sucedió el dia que aceptó, y sepa que no le han de faltar grandes trabajos. Parece le fué profeta el buen religioso, porque, como luego diremos, tuvo muchos, y la orina é ijada le acabó. Ello es cierto que _honores afferunt secum dolores_, que es decir: los cargos traen consigo muchos trabajos. Acordábase muchas veces el buen obispo de la carta de su amigo.

Aceptado el cargo, luego le consagró el ilustrísimo y reverendísimo de Los Reyes con mucha pompa y aparato, donde concurrió á la iglesia mayor todo el pueblo, por ser el primer obispo que en ella se consagraba; hizo la fiesta y gasto el ilustrísimo de Los Reyes, con mucha magnificencia; luego se celebró un Concilio provincial; acabado, fuese á su iglesia, donde fué recibido solemnísimamente, y en el primer pueblo de indios de su obispado, creo ser Paucarcolla, por el camino de Arequipa, viéndolo sin iglesia, la mandó hacer á su costa, con ser los pueblos y indios ricos, buena, de una nave de adobe, sus portadas de ladrillo; el enmaderamiento es lo más costoso, porque se traen de lejos las vigas; no reparó en eso. Llegado á la ciudad de La Paz, el primero pueblo en su camino de españoles, dió priesa á la labor de la iglesia mayor, á la cual ayudó de su renta un tanto cada año, aunque no se acabó viviendo, pero despues años; llegando á la ciudad de La Plata, fué recibido con gran aplauso de la ciudad é indios de toda la marca, y de los que vinieron de Potosí; amábanle como padre, y visitado su obispado, bajó otra vez á Lima, á otro Concilio provincial, y volviendo á su silla y llegando á ella dióle Nuestro Señor un purgatorio, ó por mejor decir dos: el uno con sus prebendados (no con todos) que yo conocí, no agora tales como su estado requeria, y favorecidos por la mayor parte de la Audiencia, á los cuales queriendo corregir no podia. El otro fué el mayor, pues le acabó la vida: una enfermedad, por muchos meses, de ardor de orina (con ser templadísimo en comer y beber) que en fin le llevó á la sepultura. Dos meses antes que moriese, sintiendo ya se le acercaba la hora de su partida para el Padre, pidió al padre prior de nuestro convento, que no está más que la calle en medio de su casa, le fuésemos allí á servir y acompañar cada uno ocho dias, hasta que Nuestro Señor fué servido de llevarle; fuimos de muy buena gana, donde yo serví las semanas que me cupieron. El Padre de misericordias que le dió aquel purgatorio le doctó de una paciencia admirable, porque todas las veces que habia de orinar, y eran más de cuarenta entre noche y dia, cuando los dolores más le afligian, y la orina más le abrasaba, nunca le oimos decir otra cosa más de: _Pecavi, Domine; pecavi, Domine_; que es decir: Señor, pequé; Señor, pequé. Lo cual muchas veces repetia, y descansando un poco decia: Ah, Señor, ¿á un hombre miserable enfermedad de caballeros? _Fiat voluntas tua._ Desabrirse con el servicio de su casa, ni tener la menor impaciencia del mundo si no se acudia tan presto con lo que pidia, ni por imaginacion. Esto es don de Dios y merced que á los suyos hace; cuando les da trabajos, los provee de fuerza y virtud para con alegría llevarlos. Viéndose ya cercano á su partida, reconcilióse; confesarse hacialo muchas veces; mandó se le trujese el Santísimo Sacramento; diré lo que le ví hacer, y todo el pueblo presente: trújolo el cura, llamado el padre Prieto, que despues fué religioso de San Francisco, y acabó loablemente en Tucumán; esforzose cuanto pudo, mejor diré, esforzóle Nuestro Señor; levantóse de la cama, vistióse su hábito de religioso, el cual nunca mudó, con su capa negra. Cerca del altar en que se habia de poner el Santísimo Sacramento se hincó de rodillas sobre una alfombra; quisiéronle poner un cojín; mandólo quitar; púsosele un escabelo corto sobre que se recostase, la enfermedad no le dejaba hacer otra cosa. Pues como llegase el cura y pusiese el Santísimo Sacramento sobre el altar, volvióse para este gran varon, comenzóle á hablar con la cortesía y reverencia que se debe á un obispo, y díjole: ¿no veis, hermano, que está presente el Señor de los señores, Rey de reyes, Señor del cielo y de la tierra? no me habeis de tractar sino como á uno de los del pueblo, delante del Rey no hay señoría; y así le dió el Santísimo Sacramento como si fuera el menor del pueblo, con tantas lágrimas de todos los presentes, cuantas era justo allí se derramasen. Poco antes que expirase recibió el Sacramento de la Extremauncion, y expirando, con ser un poco moreno de rostro, y la nariz aguileña, pequeño de cuerpo, quedó tan hermoso que parecia otro; era cierto maravilla verle y vestido de pontifical; parecia vivo. A cosa de su casa ninguno de sus criados llegó antes ni despues, más que si estuviera vivo, lo cual pocas veces suele suceder en las muertes de los obispos, como sucedió en la muerte de otro que luego diremos.