Descripción colonial, libro segundo (2/2)

Part 19

Chapter 193,871 wordsPublic domain

El primero, aunque no se consagró, fué don Rodrigo González, clérigo que se halló en la conquista deste reino con don Pedro de Valdivia, y fué su confesor; varon afable y predicador; murió de gota rescebidos los Sanctísimos Sacramentos; á quien subcedió el obispo Barrionuevo, de la Orden de San Francisco, varon religioso, de muchas y buenas partes; tambien murió en buena vejez; á quien subcedieron dos obispos, porque se dividió este reino en dos obispados; en el de Sanctiago, que llega hasta los Cauquenes, seis ó siete leguas adelante del rio de Maule.

En el de Sanctiago subcedió Fr. Diego de Medellin, deudo nuestro, varon gran religioso de la Orden de Sanct Francisco, que fué provincial en el Perú de su sagrada religion, de gran ejemplo y cristiandad, así en España como acá; acabó de hacer la iglesia mayor de Santiago y el coro, y feneció en buena vejez, casi sin calentura, hombre ya de noventa años.

El otro obispado se llamó de La Imperial, desde los términos de los Cauquenes hasta Chilué; fué proveido en él por primer obispo Fr. Antonio de Sant Miguel, de la misma Orden, varon de muchas y loables virtudes; gobernó con mucho ejemplo y cristiandad y fué casi como profeta del castigo que Nuestro Señor, por nuestros pecados, lleva adelante en estos reinos, predicando los españoles que en ellos viven y vivian se volviesen á Dios y hiciesen penitencia y enmendasen sus vidas, porque le adivinaba su corazon habia de caer la mano pesada de Dios sobre las cibdades que agora están despobladas, como ha caido; fué promovido al obispado de Quito, en cuyos términos, veinte y cinco leguas antes de allegar á su silla, murió loabilísimamente en un pueblo llamado Riopampa.

Subcedióle en el obispado de La Imperial don Agustin de Cisneros, arcidiano, varon docto en cánones y muy principal, de buenas y loables costumbres; gobernó cinco ó seis años con muy buen ejemplo de vida y acabóle una enfermedad de gota; á quien sucedí yo, sin merecerlo[57], en este tiempo tan trabajoso, donde era necesario un varon de grandes partes y virtudes para ayudar á llevar los trabajos de los pobres y socorrerlos en sus necesidades; empero falta lo principal, que es la virtud, y el pusible, por ser el obispado paupérrimo, que apenas me puedo sustentar, y no tengo casa donde vivir, que si en Sanct Francisco no me diesen dos celdas donde vivir, en todo el pueblo no habia cómodo para ello; con todo esto, tengo más de lo que merezco, porque si lo merecido se me hubiera de dar, eran muchos azotes.

[57] Al margen: Fr. Reginaldo.

CAPITULO LXXXII

DE LOS PERLADOS Y RELIGIOSOS DE LAS ORDENES

La primera religion que pasó á este reino creo fué de Nuestra Señora de las Mercedes; no sé qué calidades tuviesen los religiosos, porque dellos hay poca memoria. Despues vinieron religiosos de la Orden de Sanct Francisco, y entre ella el padre Fr. Cristóbal de Rabaneda, predicador, que fué provincial, con otros de buen ejemplo que comenzaron á poblar en los pueblos de los españoles y á doctrinar á los naturales desde Coquimbo hasta Chilué. El padre Fray Francisco de Montalvo fué varon muy religioso, buen predicador y provincial, á quien subcedió el padre Fr. Domingo de Villegas, religioso de buen gobierno y esencial; despues del cual subcedió el padre Fray Joan de Tobar, á quien los indios mataron con dos compañeros cuando al gobernador Loyola; agora esta provincia está subjeta á la de Lima; gobiérnala con título de Vicario provincial el padre Fr. Joan de Lizárraga, loablemente, muy buen pedricador y deudo nuestro. Nuestra religion vino la postrera, y el primero que de nuestros religiosos entró en este reino con don García de Mendoza fué el padre Fr. Gil González Dávila, varon docto, gran pedricador, muy esencial, de muy buen ejemplo, con un compañero llamado Fr. Luis de Chaves, el cual, aunque no era docto, sus buenas costumbres suplian la falta en esto; despues le sucedió el padre Fr. Lope de la Fuente, muy buen religioso y gran lengua en la del Perú, y llegado acá en breve tiempo deprendió la de los naturales y les predicó con mucho ejemplo de vida, así en el distrito de Sanctiago como en esta Concepcion, en Arauco y Tucapel y en las demás ciudades; vino este religioso padre por Vicario provincial, á quien en el mismo cargo sucedió el padre Fr. Jerónimo de Valenzuela, buen predicador, y cumplido su término se volvió al Perú; á quien sucedió y vino por Visitador el padre Presentado Fr. Diego de Niebla, religioso muy docto; despues de lo cual el Rmo. General de nuestra Orden, desde Lisbona, sin yo imaginarlo ni pedirlo, dividió esta provincia de la del Perú, y me nombró Provincial della, sin merecerlo; hice lo que se me mandó y vine por tierra desde la ciudad de Los Reyes, donde era prior de nuestro convento, por tierra, que como dicho tengo arriba, son más de ochocientas leguas, las más de las trescientas despobladas y de diversos temples; llegado á Sanctiago, hice lo que pude, y no lo que debia, porque soy hombre y no puedo prometer sino faltas; acabado mi provincialato me subcedió el padre Fr. Francisco de Ribero, buen predicador, á quien sucedió[58] el que agora gobierna, Fray Acacio de Naveda, hijo deste reino, que hace bien su oficio y ha poblado en la provincia de Tucumán y del Rio de la Plata cuatro ó cinco conventos, de pocos frailes porque la pobreza de la tierra no sufre más.

[58] En el ms., _susedió_.

CAPITULO LXXXIII

DE LOS GOBERNADORES DE CHILE

El primero de los gobernadores de Chile y el que lo conquistó fué don Pedro de Valdivia, hombre hidalgo de guerra y ánimo, de gran conocimiento, y en particular para elegir y poblar cibdades; su fin y muerte no lo trato, porque otros ya lo han hecho. El segundo fué don García de Mendoza, agora marqués de Cañete, hijo del valeroso y gran limosnero don Andrés Hurtado de Mendoza, que domó la soberbia araucana cuando la tierra hervía con indios, soberbios por la muerto de Valdivia y victoria que contra él y otros capitanes nuestros alcanzaron por justo castigo de Dios, con los cuales entrando más de veinticinco veces en batalla, siempre los venció, subjetó y dejó la tierra tan llana como la del Perú, gastando en menos de cuatro años que fué gobernador de aquella tierra mucha hacienda que su padre desde el Perú le enviaba, no de Su Majestad, sino suya propia, con los soldados que traia en su ejército, Pobló la cibdad de Osorno, y pobló la provincia de Cuyo, como habemos dicho, y hechas otras cosas como de su sangre se esperaba; salió de Chile pobre y necesitado, dando en aquel reino bonísimo ejemplo y olor de su persona, porque ni en cohecho ni deshonestidad, ni en otro vicio que los cargos traen consigo, se le conoció falta notable.

En los trabajos, el primero; en los recuentros y batallas, no el postrero; en proveer contra los pensamientos de los enemigos de Arauco, providentísimo, como si los tuviera delante de los ojos; porque si enviaba algun capitan á correr la tierra, luego[59] proveia otro con gente bastante para que ocupase los malos pasos por donde el primero capitan habia de volver, para que los enemigos allí no le hiciesen daño, con lo cual felicísimamente acabó aquella guerra y allanó, que en cuarenta y cuatro años que salió della y los indios se tornaron á rebelar, no se ha podido reducir al estado en que la dejó.

[59] En el ms., _luego, luego_.

Sucedióle, proveido por Su Majestad, Francisco de Villagrán, desgraciadísimo capitan, y para gobernar no sé si de tanto talento, en cuyo tiempo la tierra se tornó á rebellar, desbaratándole no pocas veces, y principalmente en la cuesta que llaman de Villagrán, y tambien en diferentes ocasiones á sus capitanes, y así se ha quedado; á quien sucedió el doctor Sarabia, Presidente de una Audiencia Real que se fundó en La Concepcion, con título de capitan general, la cual no permaneció veinte años; halló la tierra tal que con su mucha prudencia no la pudo remediar, antes succedieron algunas desgracias y victorias de los indios, no por culpa suya, sino de confiados capitanes y mal proveidos.

A quien succedió, deshecha la Audiencia, Rodrigo de Quiroga, caballero de hábito y de bonísimas partes y que tuvo á los araucanos muy apretados y casi para ponerlos en la subjection antigua, sino sucediera la entrada por el estrecho de Magallanes del capitan Francisco, azote deste reino, á quien por seguir deshizo el ejército, y despues acá no se ha puesto la tierra y fin de la guerra en aquel estado.

Dende á poco succedió su muerte, y en su lugar Martin Ruiz de Gamboa, á la sazon mariscal, casado con hija del gobernador Rodrigo de Quiroga; gran soldado, gran capitan, gran trabajador en la guerra, amigo de los soldados, liberalísimo con ellos, de mucho brio y de gran consejo para las cosas de la guerra de Chile, y muy caballero de la buena ó mejor casa de Vizcaya; mas hallándose pobre y no con tanta gente como era necesaria, y la tierra muy necesitada, no pudo hacer mucho en dos años ó poco más que tuvo el gobierno de aquel reino; pobló, como dijimos, á San Bartolomé de Chillán, con que refrenó la soberbia de los indios comarcanos, y aseguró el paso para La Concepcion y Ongol; en cuyo tiempo del gobernador Rodrigo de Quiroga, ó poco antes, fué proveido por teniente general por Su Majestad para las cosas de justicia el licenciado Lopez de Azoca, hombre hidalgo, cuya ejecutoria he visto, bonísimo juez, porque en once años que fué teniente general, ni cohecho, ni barateria, ni cosa deshonesta se le conoció; amigo de hacer justicia, y la hacia con toda rectitud. El cual, residiendo en esta ó aquella cibdad podian los vecinos dormir á sueño suelto, las puertas de sus casas abiertas, sin que nadie les inquietase; tasó los indios de Osorno, lo cual ningun gobernador habia hecho; fué con su residencia á España, donde en breve tiempo fué vista por el Consejo Real de Indias, y dado por buen juez.

CAPITULO LXXXIV

DEL GOBERNADOR DON ALONSO DE SOTOMAYOR

Al mariscal Martin Ruiz de Gamboa succedió don Alonso de Sotomayor, caballero de hábito, el cual desembarcando en Buenos Aires con su gente, algunos se le quedaron en aquel pueblo, pero con pocos menos de cuatrocientos hombres, habiendo padescido grandes trabajos en los despoblados hasta llegar á la cibdad de Córdoba, de la provincia de Tucumán, llegó á ella; de allí á la de Mendoza, en su gobernacion, de donde pasando la cordillera en buen tiempo llegó á la ciudad de Sanctiago (donde yo me halle á la sazon), con cuatrocientos soldados (como habemos dicho), pocos menos, destrozados del camino, todos desnudos y descalzos, á los cuales los vecinos con mucha liberalidad hospedaron en sus casas, vistieron y regalaron con su pobreza y ayudaron con caballos; el cual, con venir con buenas intenciones de proseguir luego la guerra, á persuasion del general Lorenzo Bernal de Mercado, valentísimo capitan, que á la sazon se halló en Santiago, de gran conocimiento en la guerra de los indios, muy temido dellos, de los cuales ha alcanzado famosas victorias con muy pocos soldados, los indios muchos y aun algunas veces solo, y ha hecho cosas dignas de memoria; le dió 120 hombres para que fuese á descubrir unas minas de plata en la cordillera, á las espaldas de Ongol, no faltando quien al gobernador se lo contradijese, é yo fuí uno dellos, que entonces era á mi cargo aquella provincia; con todo eso la despachó. Partió con ellos de la ciudad de Sanctiago á la ribera del rio Biobio arriba; llegó á la cordillera, halló famosas minas de guijarros, pedernales, peñascos y breñas; llevaba picos, almadanas, fuelles y lo demás necesario para la fundición, y un hombre de Potosí gran fundidor y conocedor de metales, por nombre Pedro Sandi; pero como aquellas minas no llevaban plata, ninguna halló. Pasó la cordillera, que por ser por Enero y Febrero no tenia nieve, ni por allí es muy áspera de pasar; de la otra parte halló algunos indios Poelches ó de aquellos llanos algarroberos; tomó cuatro ó cinco á las manos, uno de los cuales, ó todos, por verse libres dél, le dijeron que ciertas jornadas de allí, no pocas, hacia la mar del Norte, habia otros españoles como nosotros, vestidos á nuestro modo, pero con pieles de venados y con barbas; que si le daba gusto, uno dellos iria y volveria y daria noticia á los otros españoles, de nosotros; como en Chile se tiene aquesta noticia, segun habemos referido, dióle una mano de papel y escribióles la noticia que aquel indio dellos habia dado, y que sin duda entendia ser españoles como nosotros, y por parecerle no tenian comercio con gente cristiana, lo que en España habia les hacia saber: que en la Sede Apostólica residia Gregorio XIII, y que teniamos tantos de Aureo número; la letra dominical era tal; en España reinaba Filipo II, hijo de Carlos Quinto; en el Perú era Visorrey don Martin Enriquez; en Chile gobernaba don Alonso de Sotomayor, y para que le respondiesen les enviaba aquella mano de papel, diciendo quiénes eran, donde vivian y prometiéndoles todo favor, saliendo al reino de Chile para dárselo, y la respuesta diesen aquel indio, el cual se habia preferido traerla á Ongol para el mes de Marzo; dióse todo este recaudo al indio, mas hizo la ida del cuervo; no queria más que verse libre de las manos de los nuestros. Lo que yo tengo por más cierto es que los indios son enemigos nuestros capitales, y por una via ó por otra querian dividirnos para echarnos de sus tierras y matarnos, como dijimos haber hecho los Chiriguanas con el capitan Andrés Manso, y por eso inventan semejantes fictiones y mentiras; y que no haya memoria de españoles en el Estrecho, ni los que allí se perdieron, aunque saliesen á tierra, no sean vivos, es argumento eficaz lo que en Córdoba de Tucumán me dijo un vecino de aquella cibdad, por nombre Montemayor, el cual en la armada en que vino por general Alvaro Flores de Valdés, y por poblador del Estrecho, Pedro Sarmiento, con gente, y labrada madera para las casas é iglesias, y en ella tambien vino don Alonso de Sotomayor, gobernador de Chile, venia por escribano del armada, el cual[60] despues que el general Alvaro de Valdés, destrozado de la mar, sin poder embocar por el Estrecho, volvió á Buenos Aires y allí echó en tierra á don Alonso de Sotomayor con casi 400 hombres, para Chile. El capitan Pedro Sarmiento quedó con dos navios para proseguir su viaje en ellos, y este Montemayor; prosiguiendo, pues, su viaje, para hacer lo que habia prometido á Su Majestad, de poblar en el Estrecho y hacer[61] fuerzas donde pusiese artilleria para que los enemigos ingleses no pasasen sin echarlos á fondo, qu'es imposible, porque lo más angosto del Estrecho es de tres leguas, embarcaron con viento muy próspero, pero á la mitad del Estrecho les dió un Sur tan desatinado que les compelió cazar á popa y volver á arribar, pero no arribó mas que la nao donde iba el capitan Sarmiento: la otra era mejor velera, iba delante, y en una ensenada se metió y guareció del Sur; la capitana, digamos, arribó hasta tornar á desembocar en la mar del Norte por donde habia entrado, y llegó al puerto donde habia salido á la boca del Estrecho.

[60] En el ms., _lo cuales_. [61] En el ms., _hacer y hacer_.

Aquí aguardó algunos dias á la otra nao, y no viniendo, determinóse con 25 ó 30 soldados arcabuceros ir en busca della, entre los cuales iba Montemayor; tomaron la costa en la mano, y á una ó dos jornadas salieron á ellos trece indios vestidos de blanco, manta y camiseta, con sus arcos y flechas; el cabello largo, criznejado, y en las criznejas flechas largas, y los arcos grandes; ellos poco menos que gigantes, tanto y medio de más cuerpo que nosotros, uno de los cuales tomó una flecha y metiósela por la boca casi la mitad; sacóla y á vueltas unos cuajarones de sangre, que entre ellos debe ser valentía; el capitan Sarmiento, enfadado y asqueroso de aquello, hizo un ademan que los indios entendieron era de menosprecio; dejólos; pasó adelante en busca de su navio la costa adelante, unas veces por la playa, otras metiéndose la tierra adentro media legua y una, y por camino de la gente que allí vive, donde hallaban huella de pies grandes como de aquellos indios, y de otros como los deste reino. Los indios quedáronse un poco atrás como bufando; alguno de los soldados dijéronle: señor capitan, aquellos indios parece se quedan para hacer alguna traicion; mande vuestra merced que se enciendan las mechas de todos los arcabuces, _y_ si dieren en nosotros no nos hallen desapercebidos; solo un soldado en la vanguardia llevaba una encendida, y el cabo de escuadra, en la retaguardia el último. El capitan, con palabras ásperas los reprehendió, llamándolos de gallinas, y que ¿de qué temian? mas no pasaron mucho adelante cuando los medios gigantes con gran alarido dan en los nuestros disparando sus flechas á montones; el cabo d'escuadra de la retaguardia volvió el arcabuz, puso fuego, no prendió, y dánle un flechazo de que murió dentro de pocas horas. El que iba en la avanguardia vuelve al ruido, y quiso Dios que disparara y al medio gigante que venia delantero dale un pelotazo y tiéndelo; los demás, como lo vieron en el suelo, con grandes alaridos métense en la montaña y nunca más los vieron. Preguntéle: en ese viaje qué hiciste hasta hallar el navio, ¿vistes ó hallastes algun rastro de cristianos? díjome: Padre, lo que pasa es que pasando adelante de la playa, hallamos una media ancla y una sonda y pedazos de tablas y un medio mástil, y más arriba, poco apartadas de la playa, como media legua, en el camino encontramos una peña grande, en la cual estaba cavada una cruz y tres renglones y medio de letras cavadas en la misma peña; escarbamos con las puntas de las dagas para ver si podiamos leerlas; solamente podimos conocer una M y una O y una D, por más que trabajamos. Preguntéle: ¿Vistes más? respondióme: Sí; más adelante, antes de llegar al navio, seria como al tercio de lo estrecho, el navio estaba á la mitad, un poco apartado del camino, descubrimos un cerro redondo, no muy alto, y en medio de la plaza de la coronilla vimos como un árbol de navio, hincado, y el cerro cercado de una pared; fuimos allá, y llegando, la cerca era de la estatura de un hombre, poco más, de piedras de mampuesto sin barro, y el árbol era de navio, como de mezana, hincado en medio de la placeta del cerro que la figuraba, tan grande como una cuadra, y á la redonda de todo el cerro estaban unos colgadizos de la pared que dijimos le cercaba, y dentro dellos y de aquellas casillas muchos huesos mondos y calaveras que parecian de españoles, de donde colegimos que algunos cristianos se recogieron allí y los indias los tuvieron cercados, y murieron todos, ó de hambre, ó de sed, ó de lo uno y lo otro; y otra cosa no hallaron, ni más rastro de cristianos, hasta que volvieron al navio, en el cual entrando se volvieron al puerto donde estaba la Capitana, y de allí, no dándoles el tiempo lugar, al Brasil, donde algunos soldados se quedaron, no pudiendo sufrir la condicion del capitan Pedro Sarmiento, y entre ellos este soldado Montemayor, y de allí se vino á Buenos Aires, y dende á Córdoba, donde vive casado y honrado. Lo más cierto es que la noticia que dan los indios son de los españoles que viven en el Rio de la Plata; de donde se colige claramente que desde Buenos Aires á la boca del Estrecho no hay tierra poblada, sino muy poca, y esa barbarísima, aunque de la otra parte del Estrecho, antes de embocar, se han visto muchos humos, qu'es señal haber poblacion; y el mismo Montemayor, que me refirió y certificó lo arriba dicho, tambien me referia que un indio qu'el capitan Pedro Sarmiento habia tomado cuando desembocó por este Estrecho y lo llevó á España con otros dos ó tres, y volvió consigo, decia al mismo Sotomayor que en aquella tierra donde vian los humos nació, y era muy poblada, y habia allí un señor muy rico y de mucha gente que no comia carne humana como aquellos indios grandazos del Estrecho.

Volvió despues el General Lorenzo Bernal antes que las nieves le cerraran el paso, porque si se detuviera quince dias más no volviera tan presto, y el camino, que cuando entró estaba bueno, á la vuelta le halló peinado, sin ser posible pasar sino era despeñándose en el rio Biobio, y arriba en el cerro estaban los indios con unas galgas las más peregrinas v extrañas que se han inventado; eran unas vigas largas, en cuyas cabezas y medio tenian atadas livianamente muchas piedras grandes; dábanlas con los pies, venia la viga rodando y despidiendo piedras á montones; fué Dios servido quel capitan Joan Ruiz de Leon, valiente capitan, que llevaba la vanguardia, llegando aquel paraje unos peñascos donde con su gente _estaba_ haciendo alto, se tendió por el suelo y las galgas pasaban por cima dando en el rio, de lo cual avisó al General Lorenzo Bernal, por quien visto, despachó algunos soldados arcabuceros que por una cuchilla arriba subiendo echasen de allí á los enemigos; hiciéronlo, y aderezando el camino los nuestros con las picas y azadones que llevaban para las minas, y para esto fueron provechosos, pasaron todos; algunos caballos volaron al rio; la gente y el capitan general Lorenzo Bernal aportó á Ongol, el cual desde entonces comenzó á perder su crédito con el Gobernador, y no hizo caso alguno dél ni él le encomendó la menor cosa del mundo, y viéndose así se recogió á Ongol, donde era vecino, y allí acabó sus dias pobremente; hasta este no buen subceso se puede comparar con los buenos y venturosos capitanes de todas las Indias, y esto no es de admirar, porque todas las cosas debajo de la luna tienen su crecimiento y mengua, si no son los amigos de Dios que de virtud en virtud crecen.

Despues de salida la gente que fué con Lorenzo Bernal, don Alonso Sotomayor se ocupó en la guerra todo el tiempo que se puede hacer, qu'es el verano, permaneciendo en su gobernacion; lo que en particular le succedió no es de mi intento escrebirlo; los que á su cargo lo han tomado lo escribirán. Sólo diré que tuvo muchas y muy buenas ocasiones, pero no por eso habemos de culpar á los que dellas no se saben aprovechar, porque les parece lo hecho en aquella coyuntura es bastante para lo que se pretende, y tienen sus razones que les convencen para no pasar adelante.

Gobernando el mismo don Alonso de Sotomayor se descubrieron en el paraje del puerto de Sanctiago de Chile, en 32 ó 33 grados, dos ó tres islas grandes despobladas, los puertos llenos de pescado, de mucha arboleda y gran cantidad de aves que se dejaban tomar con las manos: tórtolas, palomas torcazas y otros, de donde se á traido mucho pescado y bueno; los puertos no son muy seguros de las travesias; distan de tierra poco más de cient leguas.

CAPITULO LXXXV

DEL GOBERNADOR MARTIN GARCIA DE LOYOLA