Descripción colonial, libro segundo (2/2)
Part 17
Este ganado se ha multiplicado tanto en aquellos llanos que á los chapetones les parece montañas de árboles, y así cuando caminan y no hay un arbolillo tamaño como el dedo paraleno, viendo las manadas dicen: ¿Pues aquella no es montaña? vamos allá á cortar leña, y son las manadas de los caballos y yeguas. Salen á caza dellos como á venados; están gordos, que al primer apretón quedan estancados; á los que son potros atan, doman y hácenlos caballos; he visto en Córdoba muy buenos caballos destos. Pero con ser este paraje á su tiempo muy frio se crian muchas víboras. Los venados en todo el Rio de la Plata son muy grandes y no de menores aspas; las pieles curan y hacen dellas cueras que parecen de ante, y algunos por de ante las venden. En el camino de Córdoba á Buenos Aires, y desde Santa Fee por tierra, es necesario ir muy apercebidos de armas y arcabuces, y en las dormidas velarse, porque salen algunas veces indios cazadores de venados, y fácilmente se atreven contra los nuestros; sus armas son arco y flecha, como los Chiriguanas, y demás desto usan de unos cordeles, en el Perú llamados aillos, de tres ramales, en el fin del ramal una bola de piedra horadada por medio, por donde entra el cordel; estas arrojan al caballo que va corriendo, y le atan de pies y manos con la vuelta que dan las bolas, y dan con el caballo y caballero en tierra, sin poderse menear; destos aillos usan para los venados; pónense en paradas, y como va el venado corriendo lo ailla fácilmente.
De la otra parte del rio hay una provincia de indios llamados Charrucas, no muy bárbara en algunas cosas; son hombres que guardan palabra y quieren se le guarde. Traen continuamente guerra con otros indios comarcanos Chiriguanas, aunque no caribes, y la guerra es sobre las comidas. Los Chiriguanas no labran la tierra, sino cuando están maduras las sementeras júntanse en cantidad, y con mujeres y hijos cogen lo que no sembraron. Los Charrucas, de un navio que dió á la costa en la cual habitan, cativaron á dos españoles, uno ya hombre y otro muchacho, que con su padre venia, de edad de ocho años. Los demás todos perecieron en la costa y se perdieron con los demás navios en que venia por marqués Juan Ortíz de Zárate, de una tierra que prometió descubrir muy poblada al rey Felipe Segundo, de inmortal memoria, el cual antes que cumpliese lo prometido murió cerca de Buenos Aires en una isla llamada Santa Caterina, por lo cual no cumplió lo prometido, ni cumpliera, por no haber las poblaciones que imaginaba. El marqués Juan Ortíz de Zárate fué vecino de la cibdad de La Plata, á quien conocí en el Perú cuando se iba á España muy rico, á donde llegó en salvamento, y llegado á corte trató hacer este descubrimiento, con que Su Majestad le hiciese gobernador del Rio de la Plata y marqués de más de 30.000 indios que habia de conquistar, y poblar tres ó cuatro cibdades á su costa. Empero, como fué edificio sobre arena, ó por mejor decir, imaginacion, así paró todo. El muchacho arriba dicho, ya hombre de 22 años, poco más, me dijo lo que referiré, al cual hallé quince leguas de Santiago del Estero, cuando yo iba á Córdoba, y le llevé comigo dándole de comer y caballo hasta aquella cibdad. El pobre muchacho cautivo servia á su amo de traerle leña, agua, trabajar en la chácara y en lo que le mandaba.
Desta suerte sirvió más de catorce años, ó pocos menos; certificóme que hasta entonces sus amos convidándole con mujeres, y aun con sus hijas, Nuestro Señor le habia hecho merced que con infiel no se habia ensuciado ni con otra. Este, viendo el daño que los Chiriguanas (nombraba la nacion, que no me acuerdo, por eso los nombro Chiriguanas) hacian, un dia que todos los más de los Charrucas estaban muy tristes porque los otros indios les habian llevado las comidas, _dijo_ que si le daban licencia él vendria á Buenos Aires y pediria favor á los españoles, los cuales lo darian luego, y con ellos se podian vengar y destruir á sus enemigos; sobre esto hubo entre los Charrucas muchos dares y tomares, y los más eran de parecer no le diesen licencia; finalmente se la dieron y él les dió su palabra de volver á su amo pasado el invierno, porque estaba desnudo y habia de buscar con qué vestirse. Salió á Buenos Aires; trató con el capitan y cabildo á lo que venia; prometiéronle al tiempo favor, y con esto despachó á dos indios que con él vinieron, tornando á dar su palabra que con los españoles ó sin ellos, teniendo salud, no dejaría de volver. En Buenos Aires no halló cómo vestirse; venia á Santiago del Estero á buscar limosna para su vestido, y encontrándole yo le persuadí se volviese conmigo, pues sabia el camino, que yo le ayudaría de mi pobreza y le haria la costa; hízolo así, y vino conmigo hasta Córdoba, y es cierto que le persuadia yo, si no habia jurado (decia que no) que se quedase por acá, y siempre me dijo no dejaría de volver, ó con los españoles, ó sin ellos, porque entre aquellos indios es gran falta faltar la palabra, y más porque á los de Buenos Aires les convenia tener amistad con los Charrucas, y desde Córdoba en la primera ocasion se volvió; lo que ha subcedido no lo sé, y preguntándole de cosas particulares de aquellos indios, me decia que los viejos de cuando en cuando junctaban los mozos y les avisaban no hiciesen agravio ni mal á nadie, no fuesen holgazanes _y_ viviesen de su trabajo. Es entre estos indios gran maldad el adulterio; empero conciértanse con el marido, y fácilmente da licencia á su mujer que vaya á servir por tantos dias al que se la pide; esta es mucha ceguera, y no nos habemos de espantar que hombres sin lumbre de fe no tengan el adulterio, con esta condicion, por[49] pecado, ni infamia.
[49] Tachado: _que_.
CAPITULO LXX
DE LA PROVINCIA DE CUYO, EN TÉRMINOS DE CHILE
De la cibdad de Córdoba al primer pueblo de españoles del reino de Chile, desta parte acá de la cordillera, llamado Mendoza, hay cien leguas tiradas, todas despobladas y llanas, camino carretero, en el cual hay algunos rios, al tiempo de las aguas, grandes. Al rio de Córdoba llaman el Primero; al que sigue, Segundo; al otro, Tercero; al otro, Cuarto, y al último, Quinto; Tercero, Cuarto y Quinto son de bonísimas aguas. El Tercero y Cuarto, poblados de indios apartados del camino real, llamados Comechingones, bien dispuestos y valientes, subjetos á la cibdad de Córdoba; sirven cuando quieren; cuando no, izquierdean. En los términos desta cibdad, á lo menos. Cuando yo pasé por ella, no habia más sacerdotes que un cura clérigo, y un fraile de San Francisco en su conventillo, gran conjurador de nublados; los indios subjectos no sabian qué cosa era Ave Maria, ni Pater noster.
En el rio Quinto hay indios de guerra que no se han reducido; aquí hallé tomillo salcero, y solo este de todos estos rios entra en el Rio de la Plata; los demás se empantanan y hacen unas lagunas grandes donde se cria mucho pescado y aves de diferentes géneros en gran abundancia; los llanos abundantísimos de pastos, que si como desto son fértiles lo fueran de aguas y rios, creo fuera la más fértil tierra del mundo. Críanse en ellos todas las sabandijas que habemos dicho arriba, con muchos venados, vicuñas y guanacos, perdices y otros pájaros y avestruces. Vimos una cosa que nos admiró: llegamos á un arroyo á sestear, donde pensamos no hallar agua; acaso habia llovido y hallámosla; llevaron los bueyes á beber, que eran mas de sesenta, porque lleuamos doce carretas; entre los bueyes, saliéndose de beber, metióse una cierva que habia llegado á beber, pero bebio tanto, que á manos la tomaron los indios; cuando la vimos con tanta barriga, pensamos estaba preñada y por eso no habia escapádose corriendo; ábrenla, y toda era agua; admirados, preguntamos á los indios de qué procedia aquello; respondiéronnos que al tiempo del verano los venados beben de una vez para ocho y diez dias, por la falta de las aguas, y así aquella cierva habia bebido tanto. Hay en este camino algunos indios de guerra, pocos, en la Rinconada, términos de Córdoba, y en la puncta de los Venados, términos de Chile; empero pocas veces salen á hacer daño, porque luego son castigados por los nuestros, como se hizo poco antes que por esta Rinconada pasásemos. Nosotros uno ningun indio vimos, y si como dicen se ha poblado la puncta de los Venados, no hay que temer, ni antes lo habia, como no les hiciesen daño. En este camino hay despoblados sin agua de á quince leguas y más, de la puncta de los Venados adelante, y casi uno tras otro, y si ha llovido no hay falta de agua; por el camino hay unas hoyas hechas á mano por los indios que allí habitaban, donde se recoge el agua; hallámoslas llenas, y el agua muy sabrosa y fria, con ser más de mediado diciembre, donde los calores son crecidos. Salimos de Córdoba á primeros de diciembre, y llegamos con nuestras carretas á Mendoza, dos dias antes de Navidad, antes de la cual corre el rio de aquella cibdad, que en este tiempo es muy grande y extendido; augméntase de las aguas que corren derretidas de la sierra Nevada, y ensánchase tanto, que debe tener más de tres cuartos de legua de ancho, en brazos; pasámosle por 37, unos con más agua que otros, y de piedra menuda; si en un brazo se juntara, era imposible vadearle; yo hobiera de correr un poco de riesgo en un brazo, que acertó á ser el mayor; iba delante; echéme al agua; el caballo era bueno, que desde la cibdad de Los Reyes casi caminé en él; tenia buen camino; sacóme en paz, pero no era tanta el agua que nadase; los que venian en pos de mí bajaron más abajo y pasaron más fácilmente, y las carretas sin mojarse cosa de las que en ellas venian. Pasado el rio, á medio cuarto de legua está la cibdad de Mendoza.
CAPITULO LXXI
DE LA CIBDAD DE MENDOZA
Fundó esta cibdad el general Juan Jofre, vecino de la cibdad de Santiago de Chile, por órden de don García de Mendoza, que es agora Marqués de Cañete y fué Visorrey destos reinos, de quien habemos tractado, en una provincia llamada Cuyo; no se pasó mucho trabajo, ni hobo batallas con los indios para reducirlos, porque ellos mismos vinieron á Santiago de Chile á pedir á don García de Mendoza les enviase españoles y sacerdotes porque querian ser cristianos; fué el general Juan Jofre con soldados que habian quedado sin suerte despues de llano Arauco, y pobló esta cibdad, á quien llamó Mendoza por respecto del gobernador; otro pobló veinte leguas más adelante, al Norte, llamado San Joan de la Frontera, en el mismo paraje que Mendoza, á las vertientes destas sierras nevadas; la cibdad es fresquísima, donde se dan todas las fructas nuestras, árboles y viñas, y sacan muy buen vino que llevan á Tucumán ó de allá se lo vienen á comprar; es abundante de todo género de mantenimiento y carnes de las nuestras; sola una falta tiene, que es leña para la maderacion de las casas; los indios comunmente se llaman Guarpes, mal proporcionados, desvaidos; las indias tienen mejor proporcion; es la gente que más en breve deprende nuestra lengua y la habla de cuantas hay en el mundo; las indias que se crian entre nosotros hilan el lino tan delgado como el muy delgado de Vizcaya; los indios grandes ladrones y no menos borrachos; á nuestra costa nunca se ven hartos; á la suya comen poco, como los demás del Perú; de sus juegos, grandes tahures; en sus tierras andan medio desnudos, y cuando les dan de vestir por su trabajo, luego lo juegan unos con otros; cuando están junctos se alaban de lo que han hurtado á los españoles; así son los deste Perú, que se alaban de que nos han mentido y engañado y hurtado lo que pueden, y lo cuentan como por gran hazaña. Es abundante toda la provincia de víboras y demás animales ponzoñosos, y de las hitas, importunísimas, grandes y pequeñas; las mismas calidades tiene San Joan de la Frontera. De ambos estos dos pueblos, de cada uno por su camino, salen indios todos los años para ir á trabajar á Chile; los de San Joan á Coquimbo y los de Mendoza á Santiago, del cual trabajo pagan á sus amos parte del tributo, y á ellos se les da el cuarto; en su tierra no tienen de qué tributar. Es gente poca, subjecta á sus curacas, y bárbara; túvolos el Inga subjectos, y algunos hablan la lengua del Perú, general, como en Tucumán, si no es en Córdoba, donde no alcanzó el gobierno del Inga.
CAPITULO LXXII
DEL CAMINO DE MENDOZA Á SANTIAGO DE CHILE
Desde estos dos pueblos (como habemos dicho) se camina para el reino de Chile, de cada cibdad por su camino, por donde se pasa la cordillera Nevada, que es la misma que llamamos en el Perú Pariacaca, y si no se aguarda á tiempo que las nieves sean derretidas, es imposible, so pena de quedarse helados. Comiénzase á pasar casi á mediado Noviembre, y dende en adelante hasta fin de Marzo, y pocos dias de Abril, porque luego se cierra con las nieves; yo la pasé á fin de Diciembre sin alguna nieve; tomase el camino desde Mendoza á Santiago, que son cincuenta leguas, y ándase en ocho dias por sus jornadas, todas despobladas, si no es la última; pasadas dos jornadas, que estamos ya á las vertientes de las faldas de la cordillera, encontramos á mano derecha el camino Real del Inga; dejelo á mano derecha antes de llegar á Salta siete ó ocho jornadas, y á la misma mano le hallé, el cual vamos siguiendo casi hasta Santiago de Chile; el camino no es malo, ni tiene despeñadero, ni es de mucha piedra; en las dormidas no faltan pastos para los caballos, ni leña; en hallando el camino del Inga vamos subiendo un valle arriba hasta nos poner al pie de la cordillera que habemos de doblar, antes de la cual, pocas leguas, no creo son cuatro, hay una fuente famosa que terná[50] de largo más de treinta pasos, toda de yeso, por debajo de la cual pasa el nacimiento del rio de Mendoza.
[50] En el ms., _toma_.
Esta fuente Nuestro Señor allí la puso; será de ancho más de tres varas; fuí á verla de propósito, porque está del camino Real un tiro de arcabuz apartada, y como el rio no llevaba agua, no pasamos por ella. Puestos al pie de la cordillera, donde se hace noche al reparo de unos peñascos grandes, saliendo dellos, luego casi se comienza á subir la cordillera, que no tiene una legua de subida, no agria, antes arenosa y fofa, por las nieves que tienen quemada la tierra, las cuales derretidas y seca la tierra queda casi como arena muerta. Lo alto de la cordillera que encumbramos no tiene medio cuarto de legua de llano, por lo cual en llegando arriba y comenzando á abajar, todo es uno. Por muchas partes en este reino he atravesado esta cordillera, pero por ninguna es tan buena en tiempo de verano; en ivierno ya he dicho, por las nieves, no se camina. El bajar no es dificultoso ni malo, más de que es más larga la bajada que la subida; por este camino que voy siguiendo, de cuando en cuando, á trechos, damos en unas mesas llanas, como descansaderos, y como bajamos se va moderando el tiempo hasta llegar á la dormida, siete leguas buenas, que llaman El Camarico, pero no hallaréis de comer si no lo llevais.
De unos ojos de agua que están á dos leguas ó tres encumbrada la cordillera, nace el rio del valle de Quillota, por la ribera del cual vamos prosiguiendo nuestro camino, pasándolo por poca agua, despues destos ojos de agua, el cual desde su nacimiento corre por muchos peñascos, y como va bajando se va haciendo mayor y augmentando con otros arroyos que se le llegan, de suerte que al Camarico no se puede vadear, no tanto por el agua que en este tiempo lleva, cuanto por las piedra grandes; vadéanle los caballos descargados, y con riesgo de se quebrar las piernas; este rio ya grande á cuatro leguas más abajo, ó poco menos, del Camarico, s'ensangosta mucho entre dos cerros, que no debe ser la angostura de cuatro varas en ancho, por donde todo él pasa acanalado. En esta angostura hizo el Inga una puente que hoy vive con este nombre, la Puente del Inga, pero para pasar por ella es necesario ir el hombre confesado; para bajar ha de ser por una peña tajada, y para subir lo mismo, tan tajada que se pasa desta manera: á pie con alpargates, porque no se deslice el pasajero, atadas á la cintura unas sogas, una adelante, otra atrás; la trasera tienen los que quedan atrás, y vánla largando poco á poco, porque el que pasa no resbale y dé consigo en el cárcabo del rio, y en pasando arrojan la soga delantera á los que están de la otra parte; estos indios pasan más liberalmente que nosotros, sin estas sogas, porque parecen tienen diamantes en las plantas de los pies; y así le aizan arriba, de suerte que el pasajero lleva dos sogas atadas á la cintura: una delante para subir, otra detrás para descendir, y por aquí pasan y han pasado mujeres y ninguna se ha despeñado; yo no pasé por esta puente, sino por otra de madera que se habia hecho poco más arriba, mas dende á breve tiempo la mandó el Gobernador quemar, porque no se le huyesen los soldados á la provincia de Cuyo, permaneciendo aquella puente. Ya pasada esta cordillera, no hay animal ponzoñoso en todo lo descubierto de Chile, y es tan limpia tierra cuanto de las vertientes á Tucumán es sucia. Desde esta puente á Santiago se camina en tres dias, ya por tierra apacible y fértil.
CAPITULO LXXIII
PROSIGUE EL CAMINO DE COPIAPÓ Á COQUIMBO
Esto en breve he dicho, cuanto ha sido posible. Habemos de volver al otro camino de Chile que corre por la costa, hasta llegar á la misma cibdad de Santiago. Dijimos que Morro Moreno era como término del Perú y Chile, dividiendo los linderos, desde donde vientan Nortes, y mientras más arriba más recios. El primer pueblo de la juridicion de Chile es uno de indios, en el valle llamado Copiapó, y el pueblo así se llama, donde los que vienen cansados del largo despoblado de Atacama descansan y se rehacen; es valle angosto y pequeño; el rio, fértil de mantenimientos, y se dan en él cañas dulces de donde el amo saca buena miel. Nunca tuvo muchos indios; agora tiene menos; fueron bellicosos y lo son, por ser casi parientes de los de Calchaquí, mas como se han apocado, tambien sus fuerzas; los pocos, poco pueden. De aquí á Coquimbo ponen sesenta leguas á arbitrio de buen varon, todas despobladas, si no es un valle llamado el Guasco, diez leguas de Coquimbo, de pocos indios. El valle, fértil y para viñas bueno, cuyo vino es muy bueno; todo el camino hasta este valle es falto de agua; hay en las dormidas jagüeyes de agua salobre, pero á falta, bebedera. Del Guasco en dia y medio se ponen en Coquimbo los que van de espacio.
CAPITULO LXXIV
DE LA CIBDAD DE COQUIMBO
La cibdad de Coquimbo es la primera del reino de Chile, puerto de mar capacísimo; el surgidero á dos leguas del pueblo, y seguro; carece de agua y de leña, todo se lleva en carretas. Fundóse sobre una barranca, no media legua de la playa, donde la mar es de tumbo; es el mejor temple que creo hay en el mundo, porque ni hace frio ni calor, en ningun tiempo, que sea penoso; cuando el ivierno llueve tres veces, es milagro. El rio, de bonísima agua, que riega la campiña, dende se dan todas las fructas nuestras, viñas y aceitunas, en unas partes mejores que en otras; no son tan gruesas como las de los llanos del Perú, pero muy buenas, mayores que la manzanilla grande de España; si en esta tierra lloviera, abundara en ser riquísima de oro, porque diré lo que allí me afirmaron, y no es fábula; en los vientres de las lagartijas se halla oro, y descubrióse desta manera: un indio de aquel pueblo pagaba muy descansadamente su tributo, seis pesos en oro cada año, sin ir á las minas, ni trabajar sino en su chacarilla y casa; apretáronle de dónde sacaba su tributo; dijo que de las lagartijas del campo, y es así que llegando el tiempo de pagarlo, se iba á caza de lagartijas al campo, no lejos de la cibdad, y abriéndolas sacaba cuatro ó cinco tomines de oro (y si no me engaño) estando en aquella cibdad me enseñaron el indio, y no es milagro, porque el oro no se criaba en las barrigas de las lagartijas, sino, como de tierra se mantengan, á vuelta della comen algunos granillos de oro. Las minas que á poco más de quince leguas desta cibdad se labran, de oro, desde el tiempo del Inga, por una perdiz se descubrieron; y esta es tradicion: llegando el capitan general del Inga que iba conquistando, cerca destas minas, que se llaman Andacollo, y asentando su real, trujéronle unas perdices, que son muy buenas, en cuyos papos hallaron unos granillos de oro (los indios de Chile no conocian oro ni plata); trujéronselo al capitan general; preguntó donde habian muerto aquellas perdices; respondiéronle: en aquel asiento; mandó lavar y lavar; sacó mucha cantidad, y perseveró en esta riqueza muchos años, aun en tiempo de los españoles, y hoy persevera no en tanta cantidad; es muy fino, porque sube de la ley; este asiento sólo se labra en los términos desta cibdad un poco adentro de la cordillera, donde hace muy buen frio, y labran en él todos los años nueve meses pasados de ducientos y cincuenta indios, y cada año se sacan 75.000 y 80.000 pesos, sin lo que los indios aplican para sí; y en tres meses que dejan holgar aquella tierra, se torna á criar y producir otro tanto oro, lo cual á los que no lo han visto les parecerá fábula, y es verdad lo que habemos dicho.
Esta cibdad es abundante de pescado muy bueno; péscanse algunos atunes; no andan en cuadrillas como en España, sino de uno en uno; sale el indio pescador en busca dél, dos y más leguas á la mar con su balsilla de cuero de lobos; lleva su arpon, físgale, dale soga hasta que se desangra; desangrado le saca á la costa; vienen desde Arica á este puerto, que son más de 250 leguas costa á costa, barcos á hacer sus pesquerías de tollos, que son muy buenos y en cantidad; lizas y corvinas. He visto en este puerto cuatro barcos de pescadores venidos de Arica, poco menores que bergantines. Por cima del pueblo pasa una acequia grande de agua para todas las casas de la cibdad, y para regar las haciendas que están cerca dellas; las casas tienen sus huertas dentro, con naranjos, limos, membrillos, etc. Los vecinos viejos ya se han acabado y los hijos son como los del Perú; los vecinos desta cibdad son afables y bien partidos; no tienen las condiciones que los de puerto. Es pueblo de mucha recreacion, por la caza de perdices, y de pesca en unas lagunas juncto á la mar, do se crian lizas y otros peces, y patos de agua; los indios pescan graciosamente; unos con volantines arrojadizos, en los[51] cuales empalman los anzuelos grandes, y en ellos el cebo, que sacan de las conchas, atado con un hilo; arrójanlo cuanto pueden en la mar, ellos en el rebalaje de las olas á la rodilla, el volantin atado á la muñeca, y no parece si no que ven el pece que pica, y con la mano derecha dan un golpe en el volantin, y luego halan; pescan desta suerte lizas grandes, corvinas, y tollos, y lenguados. Ví una vez á un indio así pescar, y el pece que picó debia ser grande, porque se llevaba al indio al tumbo de la ola; quiso Dios se rompiese el volantin; si no, corria riesgo de ahogarse; no tenia con qué cortar el volantin. Otros entran casi hasta la ola donde quiebra, con sus fisgas de tres harpones, y en el tumbo de las olas vemos las lizas y demás peces; arrojan la fisga, y es cosa de ver qué ciertos son á dar en el pece; luego halan á fuera y sacan su pescado. Aquí se descubrieron minas de cobre de lo bueno del mundo, lo cual se trae á Los Reyes, y dello se ha labrado el artilleria para la defensa del puerto, para armar las galeras y demás navios de armada.
[51] En el ms., _las_.