Descripción colonial, libro segundo (2/2)
Part 12
Una tarde, pues, tocase un arma á mucha priesa, que el enemigo se habia descubierto con sus navios y parecia traia su derrota de entrar en el puerto entre la isla y la tierra firme, lo cual no le pasó por el pensamiento; toda la gente de guerra salió á la plaza y estuvo en escuadron; empero el luterano siguió su viaje la mar abajo, por detrás de la isla, de donde las atalayas le vieron muy claro, y pasando con su viaje, luego las atalayas vinieron diciendo el enemigo habia pasado. Con esto se deshizo el escuadron; ya no era necesario. Sabido por el general de las dos galeras, Pedro de Arana, el enemigo haber pasado, hizo un chasqui que en menos de media hora llegaba al Visorrey á la cibdad, como el mismo general Pedro de Arana, acabado de despachar, me lo vino á decir, avisando al Conde cómo el enemigo era pasado, y que agua arriba irle á buscar, teniendo el barlovento, no convenia, como se habia hecho; pero ya habiendo pasado, iba perdido; que Su Excelencia le diese licencia para salir en pos dél, con sus dos galeras, que él se lo traeria ajorro al puerto, y si no, le cortase la cabeza, porque el enemigo buscaba dónde tomar agua y leña, y ésta no la podia tomar sino en el puerto de Guarmey, donde necesariamente le habia de hallar, cuarenta leguas del puerto del Callao, y allí con sus dos galeras le maniataria; yo le pregunté si las galeras estaban con el aderezo necesario, y respondióme: La grande puede ir de aquí á México y volver; la pequeña (era vieja) hasta Paita. El Conde, recebido este despacho, mandóle no se moviese hasta ver mandato suyo, el cual nunca llegó, y es cierto si sale el general Pedro de Arana con las galeras, le halla en Guarmey como lo habia imaginado; allí surgió el enemigo y tomó agua y leña sin que nadie se lo estorbase. Luego otro dia que pasó el enemigo tractan de enviar dos navios, los mayores que habia en el puerto, tras él; mas como no habia artilleria ni municiones, cesó todo. El luterano siguió desde Guarmey su viaje, y prosiguiendo la costa, más abajo de Trujillo encuentra con uno ó dos navios que de los valles venian para Lima cargados de azúcar, sebo, corambre y otras cosas; desbalijólos y dejó á sus dueños perdidos. En este mismo paraje, sobre el puerto de Zaña, llegó un navio llamado la _Anunciada_, cargado con más de 200.000 pesos de mercadurias, que venia de Tierra Firme para el puerto de la cibdad de Los Reyes, y el piloto é pasajeros, deseosos de saber nuevas del Perú, no conociendo al navio enemigo, arribaron sobre él, el cual les disparó muy cerca una pieza de artilleria, diciendo: Amaina por la reina de Inglaterra; y como se iban llegando y oyeron las voces que amainasen, viéndose en un peligro tan grande, amainando las velas ya al medio de los mástiles se encomendaron muy de veras á Nuestra Señora del Rosario, la cual les hizo merced que sucedió una refriega de viento, embarazó las del navio luterano y las del navio católico pareció que las habia aizado arriba, y en dos palabras se vieron libres de aquel peligro, el navio enemigo á sotavento y el nuestro poniéndose á la bolina prosiguió su viaje y en breve tiempo llegó al puerto de la cibdad de Los Reyes, en la cual á uno de los pasajeros oí lo referido, y los demás decian lo mismo, dando gracias á Nuestro Señor que por intercesion de su Sanctísima Madre les habia librado.
Con el despojo de los dos navios dichos, que le fué no de poco momento, pasó adelante y llegó á la isla de la Puna, donde descargó sus navios y dió lado. Aquí tuvo una refriega con los vecinos de Guayaquil, donde le mataron 15 ó 16 hombres y quemaron parte de la jarcia, y si fueran hombres de guerra, ó tuvieran capitan experto, le quemaran los navios; pero como éste venia por azote para los mexicanos, contentáronse los nuestros con este pequeño efecto, como los vecinos de Santiago de Chile, que sabiendo habia llegado un poco más arriba del puerto, salieron contra él, y con la gente que habia echado en tierra pelearon; matáronle otros 16 ú 18 hombres, sin salir ni herido uno de los nuestros; prendieron tres ó cuatro, los cuales si, como se trató aquella noche, se quedaran emboscados, les mataran muchos más, porque hobo quien dijo al corregidor, que era el capitan: Señor, quedémonos emboscados esta noche, que los enemigos han de salir á enterrar sus muertos y á tomar aguas y darémosle otra bativa arma, mayormente que ni de dia ni de noche el artilleria no nos puede hacer daño; no se recibió este consejo, y subcedió así, que los enemigos salieron en tierra y enterraron los muertos, y en el arena, por no se atrever á ir al rio, temiendo daño, hicieron hoyos para sacar algun agua medio salobre. El capitan contentóse con lo hecho y no quiso pasar una mala noche.
Salió este pirata de la Puna; siguió su camino hasta el puerto de la Navidad, en la costa de México, adelante de Guatulco, donde vienen á reconocer los navios de la China; allí vino uno muy grande; dicen traia oro de mercaderia; como venia descuidado sin armas, facilísimamente le rindió, y dejando azotado al reino de México, volvióse á su tierra con mucha más hacienda que llevó Francisco Draque.
Despues desto, pasado casi año y medio, no sé qué se les antojó á los del Callao, ó algunos dellos, que á las diez de la noche habia visto un farol cerca de la isla por sotavento della; tocan arma en el Callao; despachan al Conde á poco menos de media noche; tocan arma en la cibdad; alborótase toda. El General de los navios de la armada que estaba en el puerto, sin órden del Visorrey levanta anclas y parte con sus dos navios en busca del farol, y así se lo escribió al Visorrey. El Visorrey, á las tres de la madrugada parte de la cibdad para el puerto con lo mejor della, dejando echado bando que todo el pueblo le siguiese. A la sazon yo era prior de nuestro convento de Los Reyes; fuime al puerto; llegué ya que era amanecido, y al Conde ofrecíle ochenta religiosos, si fuesen necesarios, para seguir al enemigo ó defender el puerto, que ni pasasen de cincuenta años ni bajasen de 25; agradeciómelo mucho, y dijo: Con tan buen socorro no hay que temer aunque toda la Inglaterra venga, y cumpliera mi palabra, porque vivíamos en el convento 120 religiosos; de otras religiones no sé que saliese nadie.
Quiso Dios, y no fué nada, ni tal farol hobo, sino que al que hacia la guardia aquella hora, un planeta se ponia al Poniente un poco más encendido que otras veces, y parecióle farol, ó los ojos los debia tener encendidos, y alborotó el puerto y la cibdad, y al buen viejo conde del Villar hízole llevar una mala noche en peso, que no durmió en ella ni media hora.
Antes desto, estando el Conde en el Callao, habiendo despachado el armada con la plata para Tierra Firme, subcedió un temblor de tierra muy grande, que arruinó muchas casas en el Callao, y en la cibdad hizo lo mismo; fué uno de los mayores que se han visto en este Perú, y tras él en el Callao se siguió retirarse la mar y luego volver con tanta vehemencia é ímpetu, que saliendo de madre anegó muchas casas y derribó, y el Conde, que estaba á la sazon, como habemos dicho, en el puerto, corrió mucho riesgo de la vida, porque las casas donde posaba, que eran de Fulano Trujillo, dieron consigo en el suelo, y la mar llegó y entró por ellas, y si no fuera por buena diligencia, y principalmente porque Nuestro Señor le quiso guardar, allí pereciera, porque en acabando de salir huyendo de lo uno y de lo otro, la escalera y lo alto dió consigo en el suelo.
Gobernó muy bien, poco más de cuatro años, aunque sus continuas enfermedades no le daban tanto lugar; tenia muy entero el entendimiento, con ser muy viejo; á sus importunaciones, el Rey nuestro señor le dió licencia para dejar el cargo; fuese á España, y como era viejo en breve tiempo acabó sus dias en buena vejez.
CAPITULO XLIX
SU MAJESTAD PROVEE Á DON GARCIA DE MENDOZA POR VISORREY DESTOS REINOS
El conde del Villar, viéndose enfermo, cargado de años y cuidados del gobierno deste Perú, con cartas suplicaba á Su Majestad le librase de tan pesada carga; libróle della y dióla á don García de Mendoza, hijo del gran limosnero y amigo de pobres marqués de Cañete, de felice memoria, Visorrey que fué destos reinos, el cual vino con su padre ya conocido en toda esta tierra, y dende su tierna edad dió muestras de lo mucho que habia de ser y valer, y aunque cuando llegó á estas partes no habia heredado el marquesado, y gobernando acá lo heredó, siempre le llamaremos marqués de Cañete. La nueva de su proveimiento causó mucha alegría en los ánimos de cuantos vivíamos en estas regiones, porque se entendió habia de ser para gran bien dellas (como lo fué), siguiendo las pisadas de su padre. Con próspero viaje llegó á Tierra Firme, y de allí al puerto del Callao; no quiso desembarcarse en tierra ni venir por ella, por ahorrar de gastos á los indios y á los españoles. Trujo consigo á la ilustrísima señora doña Teresa de Castro y de la Cueva, su mujer, señora de grandes virtudes, gran cristiana, de quien en breve no se puede tractar, dejándolo para otra cojuntura, y á don Beltran de la Cueva, su cuñado, caballero de admirables y grandes virtudes, que les son como naturales á la sangre de donde descienden. Fué recibido el Marqués solemnísimamente con mucho aplauso y gasto de los vecinos, estantes y habitantes; halló en la cibdad al conde del Villar, á quien tractó con la cortesanía y respecto que se le debia, y el Conde hizo lo mismo como nobilísimo y generosísimo caballero. Quitó luego algunos gastos excesivos que se hacian en el puerto del Callao, de la hacienda de Su Majestad. Certificáronme eran más de 300.000 pesos cada año; tractó de hacer las casas reales; hízolas muy buenas y estrados para el Audiencia, sin llegar á quinto ni á otra hacienda de Su Majestad, sino mandando aplicar condenaciones. Halló la ciudad un poco hambrienta; en el tiempo que gobernó, casi seis años, siempre la tuvo muy abastada de pan y de lo necesario. Tuvo ánimo y valor para hacer lo que ninguno de sus antecesores, desde don Francisco de Toledo acá, se atrevió á hacer, ni el mismo don Francisco de Toledo con ser tan temido, que fué asentar las alcabalas; mandábaselo así Su Majestad expresamente. Oí decir á un criado suyo, y fidedigno, que muchas noches se le pasaban en blanco, no pudiendo dormir, antes que las pregonase, buscando unos y otros medios cómo sin riesgo del reino se asentasen, y viendo las dificultades que se le ofrecian, todo era sospirar. Por una parte temia alguna rebelion; por otra, si no lo hacia, perdia mucho de su crédito con Su Majestad, que le mandaba con los mejores medios que pudiese las asentase, y no las dejase de asentar; finalmente, dióse tan buena maña, que las publicó, asentó é hizo recebir, y aunque se temió algun escándalo, no en la ciudad de Los Reyes, sino en las demás del reino, fué Nuestro Señor servido se aceptasen como justísimo derecho debido á Su Majestad, y no se paga sino á dos y medio por ciento.
CAPITULO L
QUITO NO QUIERE RECIBIR LAS ALCABALAS, Y MEDIO SE REBELA
Entre todas las cibdades destos reinos, sola la de Quito no quiso acudir á lo que al servicio de su Rey debia, en la cual no sé cuántos criollos (así llamamos á los acá nacidos) de poco juicio, particularmente al que tomaban por cabeza, un muchacho de treinta años, de poca cordura y menos experiencia, que no sabia limpiarse las narices, encomendero y de buena renta y bastantes haciendas, casado, hijo del contador Francisco Ruiz, á quien conocí, conquistador y gran servidor de Su Majestad en la tirania de Gonzalo Pizarro. Estos, con otros nacidos en España, no quisieron recebirlas, y casi se pusieron en arma, á los cuales el Audiencia Real no fué poderosa para refrenarlos, no sé si por faltar el ánimo al Presidente, doctor Barros, y á los demás Oidores, ó por otros respectos de atraerlos por bien.
Tuvieron éstos más que necios hombres por muchos dias nombrados sus oficiales de guerra, y cada dia su escuadron en la plaza de 1.800 hombres, los más arcabuceros.
El que los bandeaba y por cuyo consejo particularmente se regian _era_ un Fulano Vellido, hombre bajo y atrevido, muy adeudado, lo cual le sacó de juicio á ser el autor deste disparate; empero, viendo el Audiencia que el todo deste dependia, dió órden cómo en secreto, en una reseña que ellos hacian, le matasen, en la cual le dieron dos arcabuzazos, de que murió en su cama, sin saber los demás quién se los dió. Era cosa de muchachos y como muchachos se perdieron.
El Marqués, con cartas y mensajeros y con todos los buenos medios posibles, prudentes y amigables, les rogaba se quitasen y no quisiesen ir contra el servicio de Dios Nuestro Señor y de Su Majestad, y no se señalasen ellos solos, habiendo el Cuzco, la cibdad de La Plata y Potosí, con las demás del reino, admitido las alcabalas, enviándoles testimonio de todo; y no aprovechando cosa alguna, antes cada dia se iban desvergozando más, determinó el Marqués enviar allá con título de capitan general y justicia mayor al General de las galeras, Pedro de Arana, con cincuenta lanzas y arcabuces, el cual partiendo del puerto y llegando á Guayaquil, de donde sacó alguna más, convocó tambien de la ciudad de Cuenca otra poca, y con toda ella se puso á 25 leguas de Quito en el pueblo de Riobamba, amonestándoles se redujesen al servicio del Rey, deshiciesen la gente, no saliesen cada dia en alarde á la plaza y despidiesen los oficiales de guerra que tenian nombrados, y á la Audiencia dejasen libremente hacer justicia, no la teniendo opresa; pero todo era cantar á sordos, porque á un regidor de Quito, llamado Francisco ó Pedro de Arcos, enviaron á un pueblo llamado Llactacunga, doce leguas de la cibdad, hombre de más de 80 años, á hacer pólvora, que es la mejor del mundo (son los materiales bonísimos), el cual, llegando, luego quitó la vara al corregidor del Rey, puso otro en su lugar, hizo su pólvora, y desde allí enviaba cartas de desafio al general Pedro de Arana, diciéndole se volviese, y si no queria, que ya ambos eran viejos y podian vivir poco, que los dos en campo averiguasen la justicia deste negocio; mas el General disimulaba y reiase de la locura del regidor; este buen hombre escribió tambien á los de Quito le enviasen ducientos arcabuceros, que él echaria de la tierra al General Arana, aunque con otras palabras, llamándole vejezuelo; los de Quito no se atrevieron, ó por no acabarse de declarar ó por otros respectos. Si lo hacen, se declaran totalmente, y declarados teniamos la guerra civil en casa.
Mas el General Pedro de Arana fué madurando y esperando, y cansándolos, con mucha prudencia, hasta que vinieron á deshacer la gente y á no salir, ni estar en escuadron en la plaza, en el cual, si no eran algunos vecinos viejos, los oficiales de la Audiencia y los del Sancto Oficio, todos los demás entraban en el escuadron cada dia, y el comisario de la Inquisicion con sus ministros, uno de los cuales es hermano mio, que sirve el oficio de notario, salió de la cibdad y fué hasta Riobamba, donde estaba el General Arana, á ofrecerse á todo lo que les mandase, como servidores de Su Majestad; recibiólos muy bien y mandólos se volviesen á la cibdad para que le avisasen de lo que pasaba. Así, deteniéndose y madurando las cosas con mucha prudencia, el mismo que habia de ser cabeza, Juan de la Vega, se le vino á rendir y á excusar; mandóle tambien con otros no sé cuántos mozos que con él vinieron, se volviesen y quitasen; volviéronse y quitáronse; ya no habia estruendo de armas en la cibdad, en la cual fácilmente entró; puso en libertad al Audiencia, su gente apercebida en la plaza; haciansele las ceremonias de guerra que se suelen hacer á los Generales cada dia; prendió, procedió contra los culpados; á los que pudo haber á las manos ahorcó, y entre ellos al vejezuelo Arcos, dándole por traidor, derribándole _su_ casa y arándosela de sal; fueron 24 ó 25 los que justició, y justiciara á más si el Marqués no le fuera á la mano, teniendo y usando de misericordia con los presos; á Juan de la Vega no le pudo haber; vínose á escondidas á la cibdad de Los Reyes; confiscóle los bienes y dióles por perdidos; quitóle la encomienda de los indios; perdió su casa, hacienda y el nombre que su padre habia ganado. El marqués[25] no supo estaba en Lima escondido; los que le tenian escondido[26] dieron órden cómo se fuese á España y presentase delante de la Majestad del Rey nuestro señor, ó de su Consejo Real de Indias, que teniendo atención á los servicios de su padre, que por ser conquistador y servidor del Rey en la tirania de Gonzalo Pizarro le quitó los indios y sus haciendas, y le hizo ir huyendo á México, le perdonaria; mas el miserable de su hijo, por querer ser traidorcillo, perdió cuanto le dejó su padre; argumento eficaz que confirmó aquella verdad: No gozarán los terceros herederos los bienes mal ganados. No sabemos si Su Majestad ha usado con él de su acostumbrada clemencia. Los religiosos de las Ordenes mostraron lo que debian en servicio de Dios Nuestro Señor y de su Rey, si no fué uno á quien sus prelados castigaron rigurosamente con justicia.
[25] Tachado: _sabiendo_. [26] Tachado: _dió_.
Los nuestros, entre los demás, cuando tenia esta desbaratada canalla á los Oidores como presos y opresos, sin consentir se les diese de comer, rompiendo por el escuadron entraban en las casas reales, y les llevaban la comida en las mangas de los vestidos. Si estos traidorcillos se declararan de todo puncto, mucho era el riesgo que se corria de perderse el reino, porque ni por mar ni por tierra les podian hacer daño; tiene pasos fortísimos aquella provincia para entrar en ella, los cuales ocupados, no dejaran entrar un pájaro, y _de_ asentadero pueden derribar á los que contra ellos fuesen, y mientras más fueran, más perdidos; por lo cual ni el Marqués ni el General Pedro de Arana tienen que atribuirse mucho en esta pacificacion, sino atribuirla toda á Nuestro Señor, como lo hicieron, y á las oraciones y diciplinas de todos los conventos de la cibdad de Los Reyes; soy testigo que en el nuestro todas las noches despues de maitines habia oracion comun, y en la casa de novicios tres dias en la semana tambien disciplina y oracion comun sin la que habia en la iglesia de los padres sacerdotes, que en ella se quedaban en oracion particular, y despues andaba la disciplina, todos suplicando á Nuestro Señor no nos castigase con guerra civil. Nuestro Señor dió la paz, que no se esperaba por manos solas de hombres poderse alcanzar.
Lo mismo se hacia en los demás monasterios; yo escribo lo que en el nuestro vi, y fué la Majestad de Dios servida se apagase aquesta centella, por hacernos á todos merced. Ganada esta paz, llana la cibdad, castigadas las cabezas y otros que se habian desvergonzadamente señalado, el Visorrey proveyó por corregidor y con título de capitan general á don Diego de Portugal, caballero muy conocido y de partes muy necesarias para aquella cibdad, mandando se viniese el General Pedro de Arana á la cibdad de Los Reyes para hacerle merced, en nombre de Su Majestad, por sus servicios. El cual llegando al Callao por la mar, donde el Marqués estaba despachando contra un inglés, como luego diremos, que ojalá llegara un mes antes, le recibió muy bien y dióle 6.000 pesos de renta por dos vidas; empero, como era muy viejo, gozólos poco: dentro de breves meses murió. Otras sombras de rebelion hobo en el Cuzco, de gente muy baja, que es asco tractar sus oficios, ni ponerlos en historia: un botijero y un no sé qué más, pagaron su desvergüenza en la horca, porque otro lugar mejor no merecian.
CAPITULO LI
EL MARQUÉS TIENE AVISO DE CHILE QUE UN PIRATA INGLÉS HA LLEGADO AQUELLA COSTA
Acabado con tan buen subceso lo que de Quito se temia, dende á pocos meses tuvo el Marqués aviso por un navio, despachado del puerto de Valparaiso de Chile, que un pirata luterano inglés habia, sin se haber descubierto en otra parte de toda aquella costa, entrado en él con un solo navio[27] de 300 toneladas, muy fuerte y bien artillado, y una lancha, y como entró de repente habiase hecho señor de los navios, donde halló matalotaje bastante de vino, tocino, biscocho y otras cosas, y luego puso bandera de paz y de rescate; rescatáronse los navios, aunque dicen Su Majestad tiene mandado no se haga, mas entonces fué necesario, porque si no se rescataran los quemara, y no se avisara de Chile su entrada, como se avisó; porque en anocheciendo, el un navio alzó anclas y velas, y cogió la delantera al enemigo y vino á dar el aviso con tiempo.
[27] Tachado: y una lancha.