Descripción colonial, libro segundo (2/2)

Part 11

Chapter 113,641 wordsPublic domain

Los que tenian registradas sus barras, que eran no pocos, luego con sus armas caminaron al puerto, mas cuando á él llegaron hallaron sus barras en tierra y el enemigo partido. Sola una barra de más de 1.200 faltó, de un soldado que en mi compañia habia venido desde Potosí á aquella ciudad, para se ir á España con 3.500 pesos que en breve habia ganado. La barra valia más de 380 pesos ensayados; el cual para cobrar su barra fué discreto: hizo un anzuelo de cincuenta pesos de plata; echólo á la mar y halló su barra, que es decir dijo públicamente: mi barra no se puede esconder, el que la tomó dela á tal persona; yo no quiero saber quién es, y he aquí cincuenta pesos, que él dará luego los cincuenta pesos; diólos á la persona señalada, y otro dia pareció su barra. De aquí del puerto se despachó otro español por tierra por la posta que diese aviso al Visorrey en la ciudad de Los Reyes, que son 160 leguas tiradas; fué con toda la brevedad posible, y en todos los valles luego le daban recado de cabalgaduras para pasar adelante, hasta dos leguas de Los Reyes, en un pueblo llamado Surco, donde halló al corregidor, que no debiera, llamado Puga, portugués, ó gallego, el cual diciéndole á lo que venia, y que le diese un caballo para _ir_ de allí á Los Reyes para avisar al Visorrey, le tuvo por loco y que venia borracho, y aun dicen le echó en la cárcel; finalmente, no le dando recado, un dia que le detuvo y más, en este tiempo llegó el capitan Francisco con su navio; no pudo antes, porque en este tiempo que navegó por nuestra mar á Los Reyes era verano y hay muchas calmas en la mar, y por esto llegó el mensajero por tierra primero que él por la mar; si el corregidor le diera crédito, el puerto estuviera apercebido, y no se fuera el enemigo riendo, ni robara lo que robó; pero era azote de Dios, y habia de azotar. El Puga tenia en casa del Virrey amigos que ataparon la boca al mensajero para que no dijese nada al Visorrey. Llega, pues, el capitan Francisco al Callao, y aunque le vieron sobre tarde, entendióse era navio que bajaba principalmente de Arequipa, á quien aguardaban por momentos; fué cuerdo, entró de noche por no ser conocido y se atrevió á mucho á entrar aquella hora por el estrecho, que será de una legua, que hace la isla con la tierra firme, porque aunque es limpio y fondable, han de entrar por cuatro brazas de agua casi al medio dél. Pero es fama traia desde el paraje de España un portugués por piloto, que lo habia sido en esta mar; de otra suerte no se atreviera á entrar; porque yo he venido de Arica al Callao, y con ser el piloto muy bueno y muy cursado, llegando á boca de noche no se atrevió á entrar, y nos quedamos mar en través á la boca de la isla; finalmente, él entró, y anduvo picando cables, y aun preguntando si el navio de San Juan de Anton estaba en el puerto, que no sabemos quién le dijo se habia fletado en él la cantidad de plata que le tomó. Pero de un maestro ó piloto fué conocido, el cual de su navio echándose á nado salió á tierra diciendo: ¡arma, arma! Alborótase toda la gente, que seria poco menos que á media noche; luego despáchase al Visorrey, no diciendo ni sabiendo si eran luteranos, ó si era navio de tiranos, alzados en el reino ó en Chile. El Visorrey, oida la nueva, y la ciudad, tocan cajas, y en las calles ¡arma, arma! sin saber contra quién, y como no habia armas en la ciudad, hallóse grandemente confuso. Con todo eso, al amanecer entró en el puerto, y toda la ciudad con él, sin arcabuces ni artilleria, que ni en la ciudad, sino una poca y sin municiones _habia_. Pero ¿qué habia de hacer? y es así que en toda esta costa en todo tiempo, en anocheciendo, casi cesa el viento, y no torna á ventar hasta las ocho de otro dia. El Francisco no se atrevió, ni le convenia, saltar en tierra, porque en las ventanas de las casas, rompiendo sábanas, y por las puertas, hicieron mechas y las encendieron para que el luterano creyese eran arcabuces; habiendo picado muchos cables, y los navios sin amarras andando de aquí para allí, él se apartó y pretendió salir del puerto, y seguir su viaje, sino que le faltó el viento, y cuando el Visorrey llegó al Callao le vió y todos los demás, en calma, las velas pegadas á los mástiles. Empero, como no tenia armas ofensivas más que espadas, cotas pocas, no se atrevió á enviar contra él algunos bateles grandes y barcos de pescadores; que si hobiera con qué esquifarlos y arcabuces para ofender al enemigo luterano, armando cinco ó seis contra él, antes que viniese la marea, pudiera ser le rindieran y le hicieran pedazos el timon; pero no habiendo un grano de pólvora en la ciudad, no se podia hacer esto. El enemigo, á vista de todo lo mejor del reino, en comenzando la marea sigue la mar abajo su derrota. Los mercaderes que en el navio de San Juan de Anton, que habia pocos dias se habia partido del puerto para Tierra Firme, que enviaban en él sus barras, así para aquel reino como para España, dijéronle al Virrey; Señor, en el navio de San Juan Anton enviamos nuestras haciendas; dadnos licencia para que despachemos de aquí un barco grande destos de pescadores á avisarle; ya nos habemos concertado con el señor del barco, y dice él irá y avisará por dos ó tres barras que le demos; con vuestra licencia lo enviaremos á nuestra costa, porque el Rey no pierda 300.000 pesos que allí iban ni nosotros nuestras haciendas. El Visorrey no quiso dar la licencia; por ventura entendió era imposible que el enemigo alcanzara al navio de San Juan Anton; esto á uno ó dos de los mercaderes que allí enviaban su plata, y al mismo pescador que se ofrecia á ir, lo oí como lo tengo referido, y es así. No siendo, pues, avisado el navio de San Juan de Anton, como se fuese deteniendo por los puertos, y el enemigo en busca suya, finalmente le alcanzó en la punta llamada de San Francisco, ya que queria atravesar para Tierra Firme, y aunque nuestro navio le vió, no imaginó tal, antes, creyendo era navio de los que quedaban en el puerto del Callao, que bajaba tambien á Tierra Firme, le aguardó.

El capitan Francisco, llegándose cerca dél, dispárale una pieza de artilleria y dícele: Amaina, por la tierra de Inglaterra; los nuestros pensaron ser burla, y dijéronles una palabra afrentosa, sin saber eran luteranos; entonces el enemigo afierra con el navio nuestro; entró, ni llevaban armas los nuestros para ofender ni defenderse; ríndense, roba el luterano cuanta plata en él habia, más de 400.000 pesos ensayados; á los nuestros no les hizo otro daño que quitarles las haciendas; no venia por más. El Visorrey, como mejor pudo despachó uno ó dos navios contra el enemigo, y metió en ellos los vecinos criollos sin armas, sin artilleria, sin municion, con sus capas negras y medias de punto y vestidos de ciudad; siguieron al enemigo sin verle dos ó tres dias, al cabo de los cuales volvieron al puerto; el Visorrey mandólos poner en carretas, y así los trujo á la ciudad afrentosamente, y no sé si con prisiones, y los tuvo algunos dias en la cárcel.

Despues de lo cual armó dos navios como mejor pudo; nombró por capitan á un criado suyo llamado Frias, y por almirante al capitan Pedro de Arana, con órden que siguiese al enemigo hasta la costa de la Nueva España; salieron del puerto, y muy buenos soldados y hombres de vergüenza en ellos; pero como el enemigo habia pasado adelante, sin hacer otro efecto se volvieron al Callao.

El capitan Francisco Draque prosiguió su viaje á la costa de México, donde tomó otro navio que del puerto de Guatulco habia salido para estos reinos cargado de mercaderias, y como no venia por ropa, sino por plata, dejóle seguir su derrota, tomando algunas cosas de que tenia necesidad, cuales eran velas y jarcias, y sus soldados tomaron algunos fardos de ropa, no en mucha cantidad, y pasando adelante siguió la derrota á la China; de allí, la que hacen los portogueses, y la volvió á entrar en el mar Occéano, y de allí á Inglaterra, cargado de barras de plata.

CAPITULO XLV

LA INQUISICION VINO Á ESTE REINO

Al mismo tiempo que Su Majestad proveyó por Visorrey destos reinos á don Francisco de Toledo, proveyó tambien Inquisidores que residiesen en la cibdad de Los Reyes; un proveimiento acertadísimo y necesarísimo, en lo cual se manifestó cuánta verdad sea que el corazon del Rey está en las manos de Dios. El mismo Dios, para bien de todos sus reinos, muchas veces le pone en el corazon cosas necesarísimas, que se hagan, las cuales estaban como olvidadas, y si no olvidadas, no parecia haber necesidad de hacerse; fué, pues, mocion del muy Alto que la majestad del rey nuestro señor en aquel tiempo se acordase de inviar Inquisidores á estos reinos y al de México, en la misma flota que vino el Visorrey don Francisco de Toledo; vinieron proveidos por Su Majestad dos varones tales cuales convenian para asentarla y para las cosas que subcedieron: Licenciado Bustamante, que murió en Tierra Firme, y el licenciado Cerezuela; al licenciado Bustamante subcedió el Inquisidor Antonio Gutierres de Ulloa, todos en sus facultades muy doctos, grandes cristianos, celosísimos de las cosas de la fe, de mucho pecho y no menos prudencia, dotados del mismo Dios de las partes requisitas para el oficio; vino fiscal el licenciado Alcedo; secretario, Ambrosio de Arrieta; todos cuales se requerian. Entraron en la cibdad de Los Reyes, hizóseles el recebimiento cual convenia conforme á lo ordenado por Su Majestad; asentaron la Inquisicion prudentísimamente, y comenzaron á hacer su oficio con tanta rectitud y cristiandad cuanta se requiere, y todo el reino conoció y conoce. Luego se vió la necesidad que della habia, y cómo fué inspiracion de Dios que Su Majestad la enviase, porque si no, corria gran riesgo la cristiandad en estas partes, como pareció por las personas luteranas, y no sé si me diga peores, que luego prendieron, y por el primer aucto de la fe que hicieron, donde se vió claramente el riesgo de todo el reino, de lo cual no es de nuestro intento tractar agora, más de lo que habemos dicho, que fué providencia admirable de Dios que en este tiempo la enviase, la cual es imposible falte para el buen gobierno de toda la cristiandad.

Hecho el primer aucto, que fué famoso, el licenciado Cerezuela, proveyéndole Su Majestad á una silla episcopal de Las Charcas, por su mucha humildad y cristiandad no la aceptó, antes pidió licencia para se volver á España, la cual alcanzada, llegando á Cartagena, dentro de pocos meses loabilísimamente acabó sus dias. Quedó por algunos años el Inquisidor Ulloa justísima y prudentísimamente haciendo su oficio, hasta que vino el doctor Prado, varon realmente humanísimo, benignísimo, afabilísimo y humildísimo, y dotado de una gravedad, que se hace amar de todo el reino y reverenciar, por Visitador de la Inquisicion, y Presidente en ella mientras hacia su oficio, la cual visitó con admirable rectitud, como ha parecido y parecerá en todos siglos, con la cual volvió á España, y allá, aprobándola, volvió con su presidencia, donde murió; antes que el doctor Prado volviese de España llegó á la cibdad de Los Reyes el licenciado don Pedro Ordoñez Flores, por Inquisidor, varon no menos loable que los referidos, integérrimo en toda virtud; trajo recados para que el Inquisidor Ulloa fuese á visitar el Audiencia de la cibdad de La Plata; quedó solo en el oficio hasta que vino el doctor Prado, gobernándolo con la prudencia, discrecion y justicia que todo el reino ha conocido y conoce. El Inquisidor Ulloa partió de Los Reyes; fué á visitar el Audiencia, de donde bajando á la cibdad de Los Reyes, dentro de pocos dias, no fueron seis, con gran sentimiento de la cibdad, y aun del reino, pero con gran conocimiento de Dios, recebidos todos los sanctos sacramentos, murió; hízosele solemnísimo enterramiento, donde se hallaron presentes Virrey, Audiencia, Inquisicion y todas las Ordenes; así honra la Majestad de Dios á sus siervos que en las cosas de la fe le sirven. Tambien murió antes el secretario Arrieta, y el licenciado Alcedo, fiscal; ambos acabaron loablemente; en lugar del secretario Arrieta los Inquisidores nombraron por secretario, mientras de España venia otro, á Melchor Perez de Maridueña, suficiente para el oficio por su mucha virtud y cristiandad, y en lugar del licenciado Alcedo á don Pedro de Arpide, el cual murió en Cartagena de camino para España; en lugar del secretario Arrieta vino de España proveido Jerónimo de Eugui, por secretario, varon de muchas y muy buenas prendas y loables costumbres, con las demás partes que para el oficio se requieren, como la experiencia lo ha mostrado y lo muestra.

CAPITULO XLVI

DE LAS VIRTUDES DEL VISORREY DON FRANCISCO DE TOLEDO

Al Visorrey don Francisco de Toledo dotó Dios Nuestro Señor de muchas y muy buenas calidades y partes, como quien lo habia criado para gobernar; dióle bonísimo entendimiento, presto y subtilisimo, sino que á los de no tan bueno parecia confuso. Los de tales entendimientos en breves palabras incluyen mucho, y á los que no lo alcanzan parece confusion, por lo cual el principio de proponérsele habia de cogerle intento, porque despues parecia confundirse é implicar muchas cosas. Amigo, como los demás señores, que en una palabra le propusiesen, ó respondiesen, y aunque lo que proponia fuese árduo, no le daba gusto le pidiesen espacio para responder; decia que, pidiéndole término, era querer consultar al vulgo y á la plaza. En su tiempo, como habemos dicho, se descubrió el beneficio del azogue; envió mucha plata al Rey nuestro señor, así de los quintos como de otras cosas, y de un año para otro prometia más y lo cumplia. Era hombre casto y amigo de la castidad; comia como señor, su mesa abundante. Trujo buena casa de criados y pajes, y el primero de los Virreyes que llevaba, yendo á caballo, los pajes delante de sí destocados. Fué libérrimo en no admitir dádiva, ni cohecho, ni nadie se le atrevió á tal; fué muy amigo de que se administrase justicia, y encargaba grandemente la ejecucion della. Labró en este reino abundancia de plata, y mandó esculpir particularmente en una mesa la guerrilla del Inga. Sacó la Universidad que en nuestro convento[20] por[21] cédula del invictísimo Carlos Quinto, de gloriosa memoria, en él habia fundado, y púsola, como dijimos, en el lugar donde el Visorrey, de buena memoria, don Hurtado de Mendoza, marqués de Cañete, fundó el regimiento de San Juan de la Penitencia. Dábale mucho gusto se dijese dél deshacia motines y alzamientos, y sobre esto mandó dar tormento á dos españoles que de la cibdad de La Paz le trujeron presos á la de La Plata; no sé si tenian ánimo para ello; conocílos. Fué el primero Visorrey que mandó le predicasen en Palacio. Salia pocas veces á pasearse á caballo por la cibdad, lo cual era frecuente en sus predecesores, el buen marqués de Cañete y el conde de Nieva. Reformó muchas cosas dignas de reformación, y cuando no hobiera hecho otra cosa sino reducir los indios á pueblos, habia alcanzado bonísimo nombre de gobernador, y celoso de la policia y cristiandad destos indios. El cual, habiendo gobernado once años, si no fueron trece, se fué á España, donde en Lisbona besó las manos á Su Majestad; mandóle ir á descansar á su casa, que se cree lo sintió demasiado, en la cual dentro de poco tiempo dió el alma á Dios de una apoplejia que no le dejó testar.

[20] Tachado: se fundó. [21] En el ms., _que por_.

CAPITULO XLVII

DON MARTIN ENRIQUEZ, VISORREY DESTOS REINOS

Importunado Su Majestad del rey Filipo nuestro señor por don Francisco de Toledo, Visorrey, proveyó en su lugar á don Martin Enriquez, Visorrey de México, el cual vivió en este reino poco más de dos años; gran gobernador, gran cristiano, gran limosnero; su salario, que son 40.000 ducados, repartia en tres partes: la una tercia parte para pobres; la otra, para su plato; la otra, para sus hijos. Era pequeño de cuerpo, delgado, el rostro un poco blanco. No consintió que ningun religioso que fuese á negociar con él, ni sacerdote, l'esperase mucho tiempo, porque tenia mandado á sus criados y pajes que en viendo en la sala alguno deste género luego le avisasen, como no estuviese durmiendo ó rezando. Luego que llegó á la cibdad hobo cierto rumor de ingleses, ó nueva venida de Chile, y luego, por que no le hallasen desapercibido, nombró cuatro capitanes de infanteria, todos nacidos en Los Reyes, hijos de conquistadores de los más principales: al capitan Diego de Agüero, capitan Juan de Barrios, capitan don Josephe de Ribera y capitan Pedro de Zárate, con 150 soldados cada compañia, y por capitan de los hombres de á caballo al licenciado Recalde; mandó en un domingo se hiciese la reseña; salieron los capitanes muy aderezados. El Visorrey fuese á las ventanas de Palacio, por debajo de las cuales pasaron los capitanes y soldados disparando sus arcabuces y haciendo su salva. Repartió la cibdad entre estas cuatro capitanias, mandando cada uno tuviese sus armas prestas y acudiese con ellas al tiempo de la necesidad á su bandera. La tierra, en el poco tiempo que gobernó gozó de mucha paz, y la cibdad de hartura; mas como Nuestro Señor fué servido llevarle para sí, á todo el reino dejó en gran tristeza; fué muy llorada y sentida su muerte de toda la tierra en general, y en particular de los pobres; murió recebidos todos los sacramentos; hízosele solemnísimo enterramiento en el convento de San Francisco.

CAPITULO XLVIII

EL CONDE DEL VILLAR, VISORREY DESTOS REINOS

Por la muerte del excelentísimo y gran limosnero don Martin Enriquez, Su Majestad proveyó á don Francisco de Torres y Portugal, conde del Villar, bonísimo caballero y de acendrado ingenio para gobernar; amicísimo de hacer justicia y que ninguno de sus criados se oliese recibia la menor cosa del mundo; el cual, al que traia de España, por un no sé qué que dél se dijo le despidió en Tierra Firme y mandó volver á España; servíale despues otro criado suyo mozo, llamado Cabello, al cual por ser comprehendido en ciertas dádivas que recebia le descompuso con gran infamia, y á un soldado, que se decia era el trujamán, llamado Gatica, le mandó, ó por mejor decir condenó, al remo de las galeras, que estaban en el Callao, donde fué castigado valientemente; las cuales dos galeras, teniendo á cargo dellas el general Pedro de Arana, estuvieron muy bien tripuladas, particularmente la mayor, y otros dos navios gruesos con su general llamado...[22]. Sucedió, pues, por el estrecho de Magallanes entró el capitan Candelin, luterano inglés, y desembocó en esta mar con tres navios, el uno de alto bordo, los dos pequeños, y descubriéndose en la tierra de Chile, luego el gobernador don Alonso de Sotomayor en un navio[23] despachó, avisado de lo que habia, á un muy buen soldado llamado Verdugo, el cual llegando á la cibdad de Los Reyes dió aviso al Visorrey, el cual se lo agradeció mucho, y aun prometió hacer mercedes; la cibdad se puso en armas, y el Callao; los capitanes nombrados por don Martin Enriquez, de buena memoria, quedáronse con solo el título, porque el Conde nombró otros; envió á Huánuco y aun á todas las cibdades los vecinos viniesen con sus armas y caballos, de las cuales vinieron de muy buena gana; pero como se tardó más de ochenta dias que no pareció en la costa el enemigo, burlaban en Palacio y fuera dél del pobre Verdugo; ya no habia quien le quisiese dar de comer, si no era el licenciado Ulloa, á quien siempre le pareció ser verdadero el aviso. Los demás decian que alcatraces eran los que habian visto, y no navios.

[22] En blanco en el ms. [23] Tachado: aviso.

El enemigo, del largo viaje traia sus navios destrozados; dióles lado en la bahia Salada, entre Caquimbo y Copiapó, en la costa de Chile, donde el capitan Francisco Draque dió al suyo y hizo su lancha; detenerse en esto fué causa no se mostrase en la costa, donde en las partes convenientes habia sus atalayas.

No sabiendo nueva del enemigo en este tiempo (éralo de enviar la plata á Tierra Firme, así la de Su Majestad como de particulares), en[24] dos navios que habia gruesos en el puerto, de Su Majestad y de armada, cargan toda la plata con la artilleria en los navios; despáchalos á Tierra Firme; despachados, y cerca ya de aquel reino, segunda la nueva que el enemigo habia parecido sobre Arica, donde no se atreviendo ni á surgir, siguió su camino la costa en la mano, buscando leña, agua y mantenimientos, que ya le faltaban, pero en ningun puerto se atrevia á saltar en tierra para buscarlo; llegó al puerto de Pisco, á donde la villa de Ica y el corregimiento, con la gente que en él habia, y en los valles comarcanos, habia venido; tampoco aquí se atrevió á saltar en tierra. El conde del Villar ya habia proveido lo necesario en el puerto, donde habia más de 600 infantes y más de 200 hombres de á caballo, con muy buenas ganas de venir á las manos con el enemigo; empero no teniamos navios gruesos para le buscar ó seguir, ni artilleria gruesa.

[24] En el ms., _y en_.

Nombró el Visorrey por General á su hijo don Jerónimo de Torres, de 22 años ó 24, caballero de grandes esperanzas. A la sazon yo vivia en el convento de Los Reyes, y pidiendo licencia al Provincial me fuí con un compañero al nuestro del Callao, donde vi todo lo que pasaba, y con ánimo, si se siguiera al enemigo, _de_ embarcarme con los nuestros.