Descripción colonial, libro segundo (2/2)
Part 10
Antes que pasase más adelante, se me podria preguntar por qué el Visorrey no quiso recebir el consejo de los vaquianos. A esto respondo lo que oí á un personaje con quien el Virrey tractaba lo íntimo de su corazon, que era el padre fray García de Toledo: el Virrey se persuadió á que viendo los Chiriguanas la pujanza con que entraba él propio en persona, y que por ninguna via se podian huir de sus manos, se le habian de venir á entregar sin tomar armas; que no se pudiesen huir, era como demostracion, porque _los de_[16] Vitupue habian de caer en las manos de don Gabriel, general del campo; si _huían_ á Santa Cruz, en las de don Diego de Mendoza, á quien mandó saliese hasta tal puesto con sesenta soldados y algunos amigos indios, cual lo hizo; si la tierra adentro, habian de dar en los Tobas, que dijimos ser gigantes y enemigos capitales de los Chiriguanas; persuadido con estas conjeturas no hizo caso de los buenos consejos; digo tambien que la gloria de la conquista de los Chiriguanas se la quiso atribuir á sí y á los suyos, y no á los capitanes y soldados viejos, como la del Inga, porque al mismo padre fray García oí decir que si los chapetones no fueran á ella, no se hiciera el efecto que se hizo, porque éstos se echaron el rio abajo, pidieron y sacaron al Inga y á sus capitanes.
[16] En el ms., _porque á_.
Volviendo á nuestra historia, el capitan Barrasa escogió los más principales del ejército en linaje y no en trabajo, ni en ejercicio de guerra, que fueron á los vecinos de la cibdad de La Paz y otros. Desta suerte salieron en sus caballos hasta el pie de una cuesta por donde no se podian aprovechar dellos, y el pueblo estaba fundado en lo alto della; la cuesta agria y larga, el calor mucho, los cuerpos cargados de armas y no acostumbrados á traerlas, hobo algunos que dieron señal, y muy baja; finalmente, llegaron á lo alto; los indios, que antes que subieran la cuesta los habian visto, no se atreviendo á resistirlos se metieron en la montaña con sus hijos y mujeres, dejando las casas desamparadas; los nuestros, cuando llegaron ya llevaban alguna hambre, y entrando en las casas buscaban qué comer; dieron en una olla grande llena de maíz cocido; metian las manos y á puñados sacaban el mote (mote es maíz cocido), lo cual con mucho gusto comian; empero uno, metiendo la mano un poco más adentro, encontró con un brazuelo de un niño; sacólo á fuera sin saber lo que sacaba; en viendo los nuestros la carne humana, fué tanto el asco que recibieron, que lo comido y lo que más tenian en el cuerpo, con grande asco lo lanzaron fuera, y sin hacer otro efeto se volvieron al real. No hallaron alguna comida porque los indios la tenian en la montaña puesta en cobro, y si fueran hombres de guerra y dieran sobre los nuestros cuando andaban sin órden buscando la comida, no sé cómo volvieran.
CAPITULO XL
DE LA HAMBRE QUE COMENZABA EN EL REAL Y ENFERMEDAD DEL VISORREY
De aquí partió el Visorrey, donde tenia alojado el campo, la tierra adentro, y prosiguiendo su camino dió en el rio llamado de Pilaya, á quien algunos llamaron el rio Incógnito, no lo siendo; muchos iban en el real que le habian visto antes. Ya en este tiempo se comenzaba á sentir falta de comida en el real, porque la tierra no la lleva sino en los lugares donde los Chiriguanas siembran sus comidas, y siendo la tierra montosa, los árboles son infructíferos, si no son unos llamados cañares[17] que son los azofeifos nuestros; otros no sé que lleven fructa, sino muchas garrapatas, á los cuales arrimándose, á un hombre caen tantas que le cubren de arriba abajo. Los Chiriguanas sus comidas habíanlas metido en la montaña, y aunque las buscaban los nuestros, no las hallaban. El Visorrey, ó por la destemplanza de la tierra del mucho calor ó por otras causas que descomponen los cuerpos humanos, comenzó á enfermar de unas bravas y recias calenturas que le iban creciendo y enflaqueciendo mucho, por las cuales é no poder caminar el Virrey en su literilla de hombros (la tierra no sufria litera de acémilas que llevaba) se detenian en los alojamientos más de lo necesario para pasar adelante; su médico todo lo posible hacia para su salud, y dia de Nuestra Señora de Agosto, cuando se pensó tener acabada la guerra, le desafució, y con todo esto el Visorrey no queria sino proseguir su jornada. Lo cual visto por el licenciado Recalde, entrando á visitarle en la tienda le dijo el estado de su enfermedad, y que si Nuestro Señor disponia dél en aquella tierra, allí le habian de sepultar, aunque esto no hacia al caso, porque la comun sepoltura de todos los hombres es la tierra. Lo que más se habia de advertir, y por lo que más se habia de mirar, era que todos se perderian cuantos con él entraron, y el reino del Perú corria mucho riesgo (como era verdad) de perderse con alguna tirania, y subcediera así si Nuestro Señor otra cosa no ordenara. Tambien le puso delante de los ojos la hambre que se augmentaba en el real, y quien más la padecian eran los pobres indios; por tanto, le suplicaba mirase los grandes inconvenientes que se siguieran, irremediables, por los cuales perderia el crédito que con Su Majestad habia ganado hasta allí, y no permitiese que los miserables indios, á quien sacó de sus tierras, tan miserablemente murieran, porque acosados de la hambre se huian del real, sin saber camino, los cuales cayendo en las manos de los Chiriguanas, luego eran comidos, y cuando no, daban en manos de tigres, de que es aquella tierra poblada, y los despedazaban; lo cual siendo como era así, Su Excelencia mandase dar la vuelta al Perú, pues ya se habia hecho todo lo posible, y los Chiriguanas no parecian en el mundo.
[17] Tachado: _camotes_.
CAPITULO XLI
EL VISORREY MANDA VOLVER EL CAMPO AL PERÚ
Viendo, pues, el Visorrey su poca salud, y lo que el licenciado Recalde le aconsejaba era lo justo, bueno y sancto, y el riesgo qu'el reino corria, determinó mandar se diese la vuelta al Perú, ya todo el campo muerto de hambre, y los que más la padecian eran los pobres indios, los cuales si encontraban con algunas sillas se comian los cordobanes y guarniciones; los más se aventuraban á salir á este reino, y salieron algunos; vi un indio en la cibdad de La Plata, del repartimiento del capitan Hernando de Zárate, que á su ventura se atrevió á salir y llegó á la cibdad, y fuese derecho á casa de su amo, donde á la sazon estábamos dos religiosos; doña Luisa, mujer del capitan don Fernando, cuando le vió compadecióse grandemente y todos nos compadecimos; regalóle, acaricióle, mandó que le diesen de comer; no parecia sino la estatua de la muerte, en los puros cueros y en los huesos; al cual preguntándole el estado de los nuestros, dijo lo que habemos referido. Preguntámosle más: ¿cuántos Chiriguanas traian en colleras? lleváronlas Chichas de acá. Respondió estas palabras: Ni solo una uña de chiriguana traen los cristianos.
Todo el real casi venia á pie, porque los caballos, pasaron de más de 1.600, se quedaban estacados de cierta yerba que comian, haciendo espumarajos; salieron cual ó cual, y como no habia en qué traer la ropa, quedábanse los toldos armados y las petacas llenas.
El licenciado Recalde se mostró gran cristiano para con los indios, y Nuestro Señor se lo pagó, porque encontrando al indio animado ó á la peña, transido de hambre, le hacia dar de comer, lo traia en su compañia, y si no podia caminar, en sus caballos ó mulas lo mandaba subir; dejando su caballo, y quitándolos á sus criados y á los de su casa, los daba á los indios; albergábalos, curábalos en sus toldos, con lo cual libró no pocos de la muerte y sacó á esta tierra; finalmente, sus toldos eran las enfermerias de los pobres indios. Con mucho trabajo salió el Visorrey y el campo á la tierra del Perú, á un valle llamado Tomina, sin que en el camino recibiese algun daño de los Chiriguanas, que fué no poca merced que Nuestro Señor hizo á todo el reino, y si bien se considera, confesaremos que el mismo Dios puso[18] en las manos de los nuestros á los Chiriguanas, y los cegó para que no conociesen la oportunidad, creo por la gran soberbia con que entraron.
[18] Tachado: á los nuestros.
Si el capitan Juan de Zárate siguiera el consejo que le daban, habria preso y captivado muchos de los principales Chiriguanas, enseñándoselos con el dedo en el pueblo donde dijimos llegó y no halló resistencia alguna. Fué señor de la comida, y si no la desamparara no se padeciera en el real la penuria que della hobo, ni hobiera hambre, y la guerra casi era acabada, y si no acabada, se habria puesto en término de acabarla presto. Puso tambien Nuestro Señor á los españoles en las manos Chiriguanas; empero, usando de su acostumbrada misericordia con ellos, cegó á los Chiriguanas para que no conosciesen el tiempo, ni se aprovechasen dél ni de sus propias costumbres de pelear, porque con ser gente que no pelea sino á traicion y de noche, con nosotros pocas veces de dia, sí de noche; si fueran dando arma en el campo, de suerte que los desvelaran y hicieran estar en arma toda la noche, hambrientos, sin fuerzas para tomar armas, y desvelados, ¿cómo volvieran á este reino? ¿por qué camino?
Abriéndolo venian; cególos Dios, y olvidáronse de su órden de pelear. Del campo dióse aviso al Audiencia y á la cibdad cómo salian y cuán destrozados y hambrientos. Salió con la brevedad posible el Presidente Quiñones á les llevar refresco, el cual llegando al valle de Tomina y sabiendo cuánta más necesidad traian de la que en las primeras cartas se habia significado, y que los gastadores estaban cerca, ya casi arrimados á los árboles, tomando su mula y en ella unas alforjas, y los demás que con él iban haciendo lo mismo, con la priesa posible llegaron donde los gastadores estaban, entre los cuales hallaron dos ó tres ya arrimados á unas peñas, los ojos vueltos en blanco, de hambre; animóles y dióles el refresco que llevaba, con lo cual los volvió en sí y avisó al campo cómo habia llegado con bastimentos y otro dia seria con ellos; con esto los unos y los otros se animaron y llegaron al valle nombrado Tomina, sin que se perdiesen tres soldados, á donde fueron muy caritativamente recebidos de los que en él habitaban, españoles chacareros, que con gran liberalidad daban de comer á todo el campo, vaca, ternera, cabritos, ellos y sus mujeres amasando de dia y de noche el pan para los que á sus casas llegaban con no poca pérdida del crédito español.
CAPITULO XLII
LO QUE SUBCEDIÓ AL GENERAL DON GABRIEL PANIAGUA
El general don Gabriel Paniagua, prosiguiendo su viaje por donde le fué mandado, con 120 soldados (como dijimos), entró en la tierra Chiriguana sin que los indios se le atreviesen á salir al camino, ni estorbar el paso; solo un dia, en un pajonal crecido, le tenian armada una celada, que si no se descubriera acaso, le hicieran algun daño; llegó á este pajonal ya tarde, donde, alojando la gente, ya comenzaban á armar sus toldos, atar los caballos y el bagax ponerlo en medio del alojamiento; un soldado iba en busca de su caballo, que se le habia apartado un poco de trecho del alojamiento, el pajonal adelante, y era hacia aquella parte donde los enemigos estaban acachados y escondidos, para en comenzando á cenar, ó al primer sueño, dar en los nuestros.
Los indios como vieron que el soldado iba para ellos con su escopeta al hombro, pensaron ser sentidos, levántanse y descúbrense de la emboscada. El soldado, vistos, disparó su arcabuz contra ellos y volvióse al campo tocando arma.
A esto los demás tomaron sus escopetas, y puestos en órden, como mejor pudieron se defendieron y ofendieron al enemigo, sin que ellos recibiesen en la persona daño alguno; al ruido de los arcabuces, los caballos, que no estaban atados, se metieron en la montaña y se desaparecieron, pocos de los cuales volvieron á la compañía; esta fué la mayor pérdida que subcedió al general don Gabriel, ni tuvo otro encuentro. Puesto, pues, en medio de las montañas Chiriguanas, no sabia cosa alguna del Visorrey; no le avisó, ni pudo, como estaba concertado; indios no le molestaban ni los hallaban; el tiempo del verano era acabado; las aguas comenzaban, hasta que desde un cerro le dijeron los enemigos todo lo que pasaba en el campo del Visorrey: la enfermedad, la hambre, y que ya el Visorrey habia dado la vuelta al Perú; que se saliese, por ser ya tiempo de sembrar, y no les impidiese las sementeras, porque si aguardaba á las aguas ni él podria salir, y le faltarian las comidas, ni ellos sembrar, y así perecerian todos; el consejo no fué errado.
El general, pues, viendo, y sus capitanes, ser posible lo que los Chiriguanas decian, considerando el tiempo y lo demás, determinó de dar la vuelta al Perú, y saliendo sacó toda su gente sana y salva, sin más pérdida de aquellos pocos caballos que se huyeron en la refriega dicha; en llegando á tierra de paz, luego fué cierto de lo que los Chiriguanas le habian dicho ser verdad, y viniéndose para la cibdad de La Plata halló en ella dias habia al Virrey muy enfermo.
CAPITULO XLIII
DESPIDE LOS SOLDADOS EL VISORREY Y LLEGA Á LA CIBDAD DE LA PLATA
En este valle de Tomina despidió los soldados, dándoles licencia, en donde descansó el Visorrey hasta adquirir unas pocas de fuerzas, las cuales, en dándole los aires del Perú comenzó á recobrar, y la enfermedad á disminuírsele, pero no de manera que se pudiese tener en pie ni andar un paso; mas sintiéndose ya con algunas fuerzas se puso en camino para la ciudad de La Plata, adonde llegó en una literilla de hombros en que le traian dos lacayos, tan flaco y desfigurado, que se tuvo muy poca esperanza de su salud; mas Nuestro Señor se la dió enteramente, y todo el pueblo dió muchas gracias á la majestad de Dios porque le sacó vivo. Alcanzada esta salud y compuestas algunas cosas tocantes al buen gobierno de aquella provincia, dende á cinco ó seis meses tomó el camino para Potosí, á donde, hallando que muchos de los que tenian indios para sus ingenios se habian ocupado más en recoger metales de los desmontes, y en traspasar la ordenanza por él hecha (como dejamos dicho), que en beneficiar y labrar sus minas, los condenó á tres tomines ensayados por quintal, con los cuales enteró la caja Real de lo que della habia sacado para la guerra chiriguana, y lo demás repartió en los que más habian gastado, como fué al licenciado Recalde aplicó cierta cantidad y á otros.
Pudiera escrebir otras cosas particulares que en esta provincia sucedieron, mas déjolas porque no paresca se tratan con alguna manera de pasion, de la cual estamos muy lejos; empero la verdad de la historia no se ha podido dejar. Partió de Potosí, asentado todo lo necesario para su buen gobierno, para la ciudad de La Plata; de allí á Arequipa, de donde se fué á embarcar, creo son 22 leguas, á la playa de Quilca; embarcado, en breves dias llegó al puerto del Callao, de la ciudad de Los Reyes, adonde fué muy bien recebido.
CAPITULO XLIV
DEL CAPITAN FRANCISCO DRAQUE, INGLÉS, QUE ENTRÓ POR EL ESTRECHO DE MAGALLANES
El año de 77, así como en España y toda Europa, pareció en la media region del aire el más famoso cometa que se ha visto; tambien se vió en estos reinos á los 7 de Octubre con una cola muy larga que señalaba al estrecho de Magallanes, que duró casi dos meses, el cual pareció ser anuncio que por el Estrecho habia de entrar algun castigo enviado de la mano de Dios por nuestros pecados, como sucedió; que dende á dos años, poco más ó menos, que se acabó, y el Visorrey don Francisco de Toledo residiendo en la ciudad de Los Reyes, entró en el puerto della un navio inglés, enemigo, con un capitan llamado Francisco Draque, de noche, sin que hobiese imaginacion que tal pudiese subceder, en el cual tiempo en la ciudad de Los Reyes no habia un grano de pólvora, ni gentilhombre lanza que tuviese lanza, ni gentilhombre arcabuz que tuviese arcabuz, por se los haber comido y no les haber pagado lo situado por el marqués de Cañete, de buena memoria. El ejercicio de las armas se habia olvidado, no sólo en aquella ciudad, sino en todo el reino, por haber mandado el Visorrey ningun hombre caminase con arcabuz, so pena de perdido, y á los corregidores de los partidos tenia mandado lo ejecutasen. En esta sazon, pues, llegó este pirata, que robase y afrentase y le diese un bofetón de los grandes que han recebido, ni creo recibiran tan presto los leones del Perú.
El capitan inglés, luterano, con órden de la reina Maria, inglesa, tambien luterana, una de las malas hembras y crueles que ha habido en el mundo, se aventuró con tres navios _á_ salir de Inglaterra y venir á estos reinos á robarlos y á hacerse señor de la mar, caso jamás imaginado, y de ánimo más que inglés, porque salir de su tierra y venir por mares y temples tan contrarios al temple inglés, y seguir derrota que tantos años no se seguia, ni otra que la nao _Victoria_ no habia hecho, porque de las que con ella salieron sola ésta volvió, las demás se perdieron, y de las del obispo de Plascencia don Gutierre de Caravajal, ni una sola se salvó: atreverse este capitan inglés á renovar esta navegacion, ya casi olvidada, y á meterse en las manos de sus enemigos, como se metió, tan apartado de donde le pudiese venir socorro, fué más que temeridad, sino que como venia para castigo destos reinos por nuestros pecados, todo le subcedia bien. Partió, pues, de Inglaterra con tres navios, segun algunos referian habérselo oído; piérdense los dos á la entrada del Estrecho, ó á la salida; sólo él desembocando de la vuelta sobre mano izquierda, costeando la tierra y costa primera de Chile, donde en el puerto Valparaiso, viniendo falto de comida, halla dos ó tres navios con oro, aunque poco; no fueron 30.000 pesos; halla comida, y vino, y proveyéndose de lo necesario, costeando, sondando los puertos y las caletas, sin que hallase resistencia alguna, viene hasta el puerto de Coquimbo, adonde, no hallando qué pillar, treinta leguas de allí, ó poco más, llegó á la bahia. Salada, donde estuvo dos meses y más dando carena á su navio y haciendo una lancha, sin que le diesen la menor pesadumbre del mundo, pudiéndosela dar y facilísimamente. No parece sino que todo le subcedia al sabor de su deseo, y á los nuestros les faltaba el consejo, como es así realmente. Era azote enviado de Dios; habia de azotar. En Chile, á la sazon, Rodrigo de Quiroga, de quien tractaremos adelante, bonísimo caballero, estaba en Arauco con la gente de guerra; despacha al capitan Gaspar de la Barrera, y deshace el campo, pero no fué de ningun efecto, porque se tardó mucho (y no pudo ser menos) en aprestar el navio, y cuando llegó á Coquimbo ya el capitan Francisco habia salido de la bahia Salada con su navio y lancha, y no fué seguido porque el capitan Gaspar de la Barrera no llevaba más comision de hasta los términos de Chile. Sale de la bahia Salada y llega en breve al puerto de Arica, donde halla tres navios, y como tal no habia caido en entendimientos de los nuestros, viéndole venir de arriba, que es decir de Chile, alegráronse todos los del puerto diciendo: ¡navio de Chile, navio de Chile! de donde habia dias ninguno bajaba; solo un piloto, nombrado maese Benito, en viéndole dijo: No, aquel no es sino navio enemigo. Hacian todos burla dél, y él más se afirmaba en decir era navio enemigo. Conocióle, como dijo despues, en las velas; las nuestras son blancas mucho, las de los ingleses son pardas, no son tan blancas como las nuestras. Pues como el navio enemigo se viniese llegando al puerto, antes de surgir dispara una pieza de artilleria; luego se entendió ser verdad lo que decia Maese Benito. La poca gente del pueblo, con el corregidor y tesorero del Rey, Pedro de Valencia, pusiéronse en arma para se defender; á las mujeres enviáronlas la tierra adentro, pero el enemigo no curó saltar en tierra (ni supiera, porque, como habemos dicho, no tiene sino una caletilla muy angosta para desembarcar; lo demás es costa brava, llena de peñascos); en surgiendo con la lancha y batel llenos de gente armada vase á los navios, que sin gente estaban, y en el del pobre maese Benito, que habia tardado del puerto del Callao hasta Arica más de seis meses y no habia aun descargado el vino de Castilla que llevaba; entra en él y halla 150 botijas de vino de Castilla; en los otros dos solamente halló; en el uno, 12.000 pesos en barras que habia embarcado un buen hombre, llamado Céspedes, que con su mujer se embarcaba para se ir á España; tenia embarcada la plata, y él con solos 500 pesos estaba en tierra, y su mujer, aguardando á que el maestre con el navio se partiesen; llevóse el capitan Francisco esta plata y vino; los navios quemólos, no curando de saltar en tierra; no le convenia.
Luego el corregidor despachó un hombre al puerto de Arequipa, que por la posta fuese á dar aviso de lo que pasaba, y si algun navio habia en el puerto, avisase luego alzase velas y se fuese, y si tenia algunas barras, las echase en tierra; fué Nuestro Señor servido que, con no ser de viaje por la mar más de un dia natural de Arica al puerto de Chile, así se llama el de Arequipa, por falta de tiempo tardase el capitan Francisco Draque tres dias; llegó el aviso por tierra; en el navio, que era de un Fulano del Rio, donde yo estaba fletado para bajar á Los Reyes, estaban embarcadas 1.200 barras del Rey y de particulares. Luego á gran priesa las desembarcaron, y á la última batelada el Francisco con el navio, y la lancha con el batel, el cual con la mayor priesa que pudo se metió en la caleta, en la cual echó todas las barras, que eran las últimas, por miedo de la lancha, que le venia ya en los alcances, la cual no se atrevió á entrar dentro de la caleta. La caleta es angosta, fondable, y el agua tan clara que parece _se_ pueden contar las arenas, y muy segura[19].
[19] En el ms., _seguras_.
El capitan Francisco entró en el navio, y no hallando sino el casco, lo tomó y llevó consigo, y en alta mar lo dejó con sus velas altas y prosiguió su camino y viaje para el puerto del Callao. Del puerto de Chile luego dieron mandado á la ciudad, que son 18 leguas, y no de buen camino, y sin agua, la cual se alborotó grandemente, y el corregidor despachó tres ó cuatro vecinos en muy buenas mulas al puerto, para que viesen lo que habia y avisasen; creyeron que el otro habia de ser tan necio que habia de saltar en tierra y venir á robar la ciudad.