Descripción colonial, libro primero (1/2)
Part 2
Alusiones contenidas en esta obra, permítenme inducir dónde escribió su libro el obispo de la Imperial. Don José Toribio Medina, historiador de la literatura colonial de Chile, afirma sin vacilación que la escribió en aquel país.
Yo creo, sin embargo, que la obra fué en su conjunto formada con notas de diversas épocas de la vida de Lizárraga, reunidas con el ánimo de imprimirlas en España. Dicha obra, según su edición reciente, fué dedicada al señor conde de Lemos y Andrada, Presidente del Consejo de Indias. Procuraré dilucidar ahora la prueba y el lugar en que los varios fragmentos de la obra pudieron ser escritos, aunque lo haré con todas las reservas del caso, dada la precaria información que se posee sobre Lizárraga y sus obras. Con iguales reservas aparece esta edición, y si me he decidido á darla, es por lo interesante de las noticias argentinas que contiene y por la frecuencia con que esta obra ha empezado á ser citada por nuestros historiadores.
Fray Reginaldo de Lizárraga realizó dos viajes á Chile: uno entre 1586 y 1591, como visitador de la órden; otro en 1602, para ocupar el obispado de la Imperial. En 1591, término de su primer viaje, regresó de Chile á Lima para desempeñar el cargo de maestro de novicios. Creo que fué despues de 1591, en el Perú, donde escribió la primera parte de su obra y algo de la segunda. Despues de 1603, en el suelo de Chile, habria escrito los quince capítulos que se refieren á aquel país, y que complementan la memoria ó _descripción_ de sus viajes. Me fundo para ello en el capítulo LXXVI de la primera parte, donde dice:--«Yo confieso verdad que en dos años que vivo en este pueblo de Chongos»[9], etc.--Luego estos capítulos eran escritos en el Perú. Esto se ratifica en otros pasajes como el LXXVIII, donde al hablar de la ciudad de Guamanga, dice:--«Edificó aquí un vecino desta ciudad, llamado Sancho de Ure», etc.--La segunda parte de la obra, da la impresión de que cambia de asunto, al acometer la cronología de los gobernantes y virreyes, pero sin cambiar de lugar. Esa impresión persiste en todos los capítulos, incluso en los que tratan del Tucumán, cuyos lugares aparecen como aludidos ó recordados desde el Perú. No ocurre lo mismo en los capítulos finales, referentes á Chile, donde nos encontramos con expresiones como la siguiente:--«En este estado dejó la tierra Alonso de Ribera á Alonso García Ramón, que vino á este reino», etc. (LXXXVII). Asimismo al tratar de los prelados y religiosos de las órdenes:--«La primera religion que pasó á este reino (Chile) creo fué de Nuestra Señora de las Mercedes», etcétera (LXXXII).--Y no sólo el cambio de lugar se advierte en la yuxtaposición de dichos fragmentos, sino el cambio de la época en que uno y otro fueron escritos: aquéllos en el Perú, entre 1591 y 1602, antes de ser obispo de la Imperial; éstos, en Chile, entre 1603 y 1607, año en que fué trasladado de la Imperial á la Asunción, donde Lizárraga falleció[10]. Así al hablar del último obispo de la Imperial, don Agustín de Cisneros, «á quién sucedí yo--agrega--en este tiempo tan trabajoso», «...empero, falta lo principal, que es la virtud, y el pusible, por ser obispado paupérrimo, que apenas se puede sustentar, y no tengo casa donde vivir, que si en San Francisco no me diesen dos celdas donde vivir, en todo el pueblo no habria cómodo para ello, con todo esto, tengo más de lo que merezco, por que si lo merecido se me hubiese de dar, eran muchos azotes» (LXXXI).--Tales alusiones, de tiempo presente, prueban que los escribió siendo obispo, y en la Imperial; pero tal cosa ocurre sólo en los contados capítulos adicionales de tema chileno, probándose por todos los anteriores (más de 150 párrafos) que no solamente los escribió en el valle de Chongos, sino que lo hizo antes de ser obispo. De suerte que cuando Fray Reginaldo describe las ciudades de Santiago del Estero y Mendoza, ó pinta los paisajes de la llanura cuyona, se refiere á aquellos lugares tal como los viera en su primer viaje de 1589, cuando pasó para Chile como visitador de los conventos de su órden, y no como pudo verlos en 1602, si es que pasó por tierra argentina, cuando fué á tomar posesion de su obispado trasandino. El viaje que describe es tan penoso por lo largo de las jornadas en el desierto y lo precario del hospedaje en los tambos indios, que sólo pudo realizar aquel viaje terrestre por necesidad de visitar los conventos. Parece probable que el viaje episcopal, libre de ese deber, lo realizara por la costa del Pacífico. Creo haber esclarecido, con las propias palabras de Fray Reginaldo, la cuestión bibliográfica que el señor Medina plantea, sin resolver definitivamente.
III
Cuando Lizárraga vino á nuestro país, dicen cronistas como Menéndez, que practicó su viaje á pie desde Lima hasta el Tucumán, más ó menos. Habia salido del Perú con sus alforjas y su bastón de caminante por precario avío. Acompañábale un fraile de su convento; pero cansado del camino, éste, menos santo que aquél, tornóse á Lima donde mentó las privaciones y asperezas que iba sufriendo el visitador en su larga jornada. Estas condiciones del viaje han sido puestas en duda por Medina[11]; pero sabemos que otros prelados como San Francisco Solano, Alonso de Barzana ó Luis de Bolaños, los realizaban habitualmente. Cierto que los biógrafos ó cronistas de las órdenes emulaban en su afán hagiográfico ó en su ilusión milagrera, pero no debemos extrañarnos de que los evangelistas realizaran por necesidad ó voto de virtud, lo que tambien á veces realizaban los conquistadores militares. Lo cierto es que el relato de Lizárraga, sobre todo en la parte del camino que media entre Santiago del Estero y Córdoba, abunda en observaciones que parecen propias de un caminante á pie, pues habia llegado á familiarizarse con el secreto de las tierras que recorría. El paisaje no se le presenta sólo como un espectáculo visual, accesible á los ojos extraños del observador, sino como un recuerdo de cosas vividas en la intimidad de nuestros desiertos. A tal pertenece el siguiente pasaje en que muestra á los avestruces de la llanura argentina, visto al ir hacia Córdoba:
«En toda esta tierra y llanuras hay cantidad de avestruces; son pardos y grandes, á cuya causa no vuelan; pero á vuelapié, con una ala, corren ligerísimamente; con todo eso los cazan con galgos, porque con un espolón que tienen en el encuentro del ala, cuando van huyendo se hieren en el pecho y desangran. Cuando el galgo viene cerca, levantan el ala que llevan caída, y dejan caer la levantada; viran como carabela á la bolina á otro bordo, dejando al galgo burlado» (LXV).
Otro pequeño cuadro rústico de la llanura santiagueña, se lo inspira la vida de los pájaros y su casa ingeniosa, que tres siglos más tarde dictó una bella página á Sarmiento[12].
«Es providencia de Dios--dice Lizárraga--ver los nidos de los pájaros en los árboles: cuélganlos de una rama más ó menos gruesa, como es el pájaro mayor ó menor, y en contorno del nido engieren muchas espinas; no parecen sino erizos, y un agujero á una parte por donde el pájaro entra, ó á dormir ó á sus huevos, y esto con el instinto natural que les dió naturaleza para librarse á sí y á sus hijuelos de las culebras» (LXV).
Cierto pasaje de este mismo capítulo LXV, da á entender que una parte de la jornada la hubiera hecho á caballo, pues hablando de sus pantanos y tremedales, dice: «_se sumen el caballo y caballero en el cieno_». Otro pasaje del capítulo LXVI, da á entender que de Santiago á Córdoba y de Córdoba á Buenos Aires, se hacía ya la travesia en carretas:--«_El camino, carretero; y así caminé yo desde Estero_ (sic) _á esta cebadad, que son poco menos de 200 leguas, si no son más, y desde aquí se toma el camino á Buenos Aires, tambien en carretas, que son otras 200, pocas menos; toda la tierra llana, y en partes tan rasa, que no se halla un arbolillo_». Por el mismo transporte, en convoy de doce carretas cuyanas, pasó de Córdoba á Mendoza, que ya era estación carretera del tráfico andino. Los ferrocarriles actuales han seguido las rutas de 1590.
Pasajes de tal género, pudiera yo citar numerosos. Otros hay en que caracteriza á nuestros indios ó á los gobernantes españoles que vinieron á reducirlos. De los juries[13] dice, por ejemplo: «Son haraganes y ladrones» (LXXI); y de los guarpes[14]:--«Son mal proporcionados, desvaídos» (LXXI). De don Francisco de Aguirre dice:--«Varon para guerra de indios, bravo», y del licenciado Lerma:--«En Tucumán, unos le alaban, otros le vituperan» (LXVII).--Muéstrase, como se ve, capaz de caracterizar los hombres con un rasgo lacónico. Asimismo, logra á las veces caracterizar un paisaje, haciéndolo visible por una comparación, como cuando retrata las salinas de la Puna, ya explotadas entonces por los indios Cochinocas y Casavindos:--«De lejos, con la reverberación del sol--dice--no parece sino río, y á los que no lo han visto nunca, espanta, pensando que han de pasar río tan ancho; llegados, admira ver tanta sal» (LXII).--Y cuando retrata la estructura de aquellas nacientes sociedades argentinas, elige rasgos que han subsistido. Por ejemplo, de Mendoza, fundada «á las vertientes de estas sierras nevadas» dice su libro:--«_La cibdad es fresquísima, donde se dan todas las frutas nuestras, árboles y viñas, y sacan muy buen vino que llevan á Tucumán ó de allá se lo vienen á comprar_»[15]; _es abundante de todo género de mantenimiento y carnes de las nuestras; sola una falta tiene, que es leña para la maderación de las casas_» (LXXI).--Así van sucediéndose en el libro, anécdotas de cautivos, paisajes de la cordillera, asaltos de indios á las carretas, noticias sobre conventos y vecinos, hasta hacer de su libro un cuadro sugerente y muy completo de lo que fué el embrión de nuestro país en el siglo XVI, al terminar la primera conquista militar de los españoles. Así tambien el viaje de Concolorcorvo, realizado por aquellos mismos caminos que dos siglos antes recorriera Lizárraga, iba á ser el cuadro más completo de esa misma embrionaria sociedad argentina al concluir la colonización española, en las vísperas de la emancipación americana...
IV
No fué esta _Descripción_ el único libro que escribió Reginaldo de Lizárraga. Menéndez, el cronista de los dominicos, le atribuye además de esa obra (que ese cronista conoció y aprovechó), estas otras sobre cuestiones religiosas: _Los cinco libros del Pentateuco_; _Lugares de uno y otro Testamento que parecen encontrados_; _Lugares comunes de la Sagrada Escritura_; _Sermones del tiempo y Santos_; _Cartas y Comento á los Emblemas del Alciato_. Hoy se dan por perdidos estos libros; pero yo no suelo abandonar jamás la esperanza de que vayan reapareciendo todos estos antiguos códices coloniales, á medida que las investigaciones paleográficas avanzan y se perfeccionan, mucho más si se tiene en cuenta que Lizárraga dejó preparados dichos papeles para su publicación, y que á los papeles de un religioso como él les han alcanzado menos las vicisitudes temporales de viajes y guerras, pues siempre tuvieron quien los guardara, ya en la órden en que fué provincial ó visitador, ya en las diócesis donde fué obispo. Pero aun perdido el texto, esos títulos bastan para revelarnos que Fray Reginaldo fué un hombre sabio en ciencias sagradas, que apasionaban en su tiempo; y acaso en letras clásicas, instrumento inherente á la cultura teológica[16]. Pero nada de todo ello se advierte en la _Descripción_ que se ha salvado, sin duda porque á esta otra la caracteriza, por su género, un tono familiar, fluyente á la deriva de sus recuerdos espontáneos, tal que á la disertación abstracta y erudita, roban su sitio anécdotas expresivas, paisajes característicos, intencionadas etopeyas, mientras pasan por el espejo del recuerdo, tanto cosas, hombres y sitios como conoció en sus duras andanzas por las Indias.
El «estilo» de Lizárraga es casi siempre desaliñado, pero su observación es siempre aguda; su memoria, feliz; su sentimiento, plástico para su época. El temperamento belicoso de los conquistadores militares y el ascético temperamento de los conquistadores evangélicos, no dejaba mucho lugar á la contemplación sensual de las cosas mundanas, fuente de forma y de color en el arte. De ahí que estos libros de Indias no abunden en pasajes de verdadero valor literario. Cuando quieren describir, enumeran; cuando quieren narrar, enumeran tambien; y sus temas son siempre de utilidad para la acción perentoria ó para el arrobamiento extraterreno. En la _Descripción_ de Lizárraga, yo he encontrado, sin embargo, pasajes que traducen su relativa delectación, como aquellas dos líneas, en las cuales, describiendo la ciudad de Arequipa, sus edificios, sus aguas, sus temblores, dice:--«Continuamente, la puesta del sol es muy apacible, por la diversidad de arreboles en los celajes, á la parte del Poniente» (LXVI). En el capítulo LV, diserta sobre las cualidades de «los criollos» («así les llamamos»), y entonces dice de las limeñas:--«_De las mujeres nacidas en esta ciudad, como en las demás de todo el reino, Tucumán y Chile, no tengo que decir sino que hacen mucha ventaja á los varones; perdónenme por escribirlo, y no lo escribiera si no fuera notísimo_». Ese juicio continúa siendo verdad; pero sorprende encontrarlo bajo la pluma de un cronista primitivo. Ni el sentimiento de la naturaleza ni el de la belleza femenina, asoman con frecuencia en la prosa colonial del primer siglo. En tal sentido, Lizárraga es una excepción en el Plata. Su libro es uno de los documentos más humanos de la primitiva literatura colonial, por su acento sincero, y por la profusión de noticias personales que enriquecen sus páginas. Entre tantas piezas cartularias, dogmáticas, protocolares, esta _Descripción_ es un oasis de cosas vistas y sentidas, un espejo de vida verdadera. A los áridos testimonios de las «informaciones» y «probanzas», él les da forma: á los episodios oficiales de las «relaciones» y las «actas», él les da color de anécdota novelesca. Tal, por ejemplo, aquel pasaje en el cual habla del Cuzco y del convento de Santo Domingo en esta ciudad: «Nuestra casa es lo que antiguamente se llamaba, gobernando los Ingas, la Casa ó Templo del Sol»;--así dice Lizárraga.--Pinta despues cómo eran las murallas; cómo una fuente de piedra donde evaporaba el sol la chicha que bebia; cómo «una lámina de oro, en la cual estaba el sol esculpido» y que servía para tapar la chicha en la fuente litúrgica. Y á eso agrega su anécdota personal: «Cuando los españoles entraron en esta ciudad, le cupo en suerte (la lámina) á uno de los conquistadores que yo conocí, llamado Mansio Sierra, de nación vizcaíno y creo provinciano; gran jugador: jugó la lámina y perdióla: verificóse en él que jugó el Sol»... (LXXX).
Otra anécdota de carácter más novelesco que histórico, refiere, por ejemplo al hablar de los Andes del Cuzco; anécdota de color ciertamente salvaje:
«Estos Andes del Cuzco son fértiles destas víboras y de culebras que llaman bobas: éstas son muy grandes y muy gruesas; no hacen daño, si no es cuando, como dicen, andan en celos. Porque en aquellos Andes sucedió lo que diré: tres soldados volvíanse á sus casas de las chácaras de la Coca, á pie: no es tierra para caballos. El uno quedóse un poco atrás á cierta necesidad corporal; acabada, siguió su camino solo, pues los compañeros iban un poco adelante; prosiguiéndolo, ve atravesar una culebra destas que tienen de largo más de 16 pies y gruesas más que la pantorrilla de un hombre, silbando, y otra culebra en pos de ella, de la misma calidad; la postrera, viendo á nuestro soldado, cíñele todo el cuerpo, y la boca encaminaba á la garganta; el pobre, que se vió ceñido y la boca de la culebra cerca de su garganta, con ambas manos afierra de la garganta de la culebra con cuanta fuerza pudo, no dejándola llegar á su garganta; la culebra, sintiéndose apretada de las manos del soldado, apretábale con lo restante de su cuerpo fortísimamente, de suerte que le hizo reventar sangre por la boca, ojos, narices y orejas; el pobre, viéndose de aquella suerte, gemia; no podía gritar, sino bramar. Los compañeros, pareciéndoles que tardaba, pararon un poco, oyeron los bramidos; vuelven corriendo en busca de su compañero; halláronle de la suerte que lo hemos pintado. Uno sacó una daga que traía en la cinta y metiéndola entre el sayo y la culebra la cortó; luego aflojó la culebra hecha dos partes, y acabáronla de matar. El soldado quedó como muerto; lleváronle y albergáronle; volviósele la color del rostro y cuerpo amarilla como cera; vínose al Cuzco, y dentro de tres meses murió. Oí esto á hombres que le conocieron» (LXXXI).
Combates singulares de hombres con víboras gigantescas debian ser frecuentes en la conquista. Las crónicas nos refieren de algunos. En este mundo virgen, semejante confrontación de una terrible fauna nueva y de la cenceña imaginación de los soldados, exaltada por la reciente caballería, tales animales se les antojaban dragones algunas veces. Ulrich Schmidel en su «Viaje» y Barco Centenera en su «poema», nos han dejado el recuerdo de combates análogos con las temibles serpientes y yacarés del Paraná[17]. Pero esta descripción de Lizárraga es más realista, más animada y plástica que todas las otras. Esta podria pintarse. Por eso, aunque incorrecta, la trascribo, como muestra de su estilo y de sus facultades de descriptor y narrador, primitivas por cierto, pero apreciables en su tiempo, cuando los cronistas coetáneos carecían de ellas. Lizárraga mira con simpatía la naturaleza y los hombres, los campos y las ciudades, los gestos y las palabras, los españoles y los indios, los brillantes acontecimientos gubernamentales y las humildes anécdotas dramáticas, los virreyes y los obispos, los árboles y los animales. De ahí el interés humano de toda su obra, de ahí la prueba de su sensibilidad literaria, siquiera incipiente. Y no sólo se la cultivó á sí propio, sino que hubiera querido difundir la cultura entre los demás. Cuando estuvo en Guamanga, quiso fundar allí Universidad. Encontraba en ésta mejor clima que en la Ciudad de los Reyes, y no la alcanzaba el peligro de los temblores. «No sé yo--nos dice--si en lo descubierto se hallará mejor temple ni más sano para fundar una universidad, porque ni el calor ni el frío impiden todo el año que no se pueda estudiar á todas horas. Yo tuve casi concertado con un hijo de un vecino, hombre principal, fundase con su hacienda en nuestra casa, un colegio con que ennobleciese su ciudad. Sacóme la obediencia para este asiento (Chongos) y quedóse. Fuera obra heróica y de gran provecho para todo el reino; la ciudad se aumentara, y de todo el reino vendrian á oir Teología, porque los nacidos en la Sierra corren mucho riesgo de su salud en Los Reyes» (LXXVIII). Tal superioridad espiritual trasciende, desde luego, en esta _Descripción_, que no sólo nos dan el hilo de su vida, sino la visión de los pueblos que recorrió, haciendo de ella una valiosa fuente de pequeñas noticias locales, que empieza á ser explotada ya por nuestros historiadores. Datos no siempre guardados por documentos oficiales, los conocemos por ella; tales como la clase de vecinos que habitaban los pueblos, la índole de los indígenas comarcanos, la manera como estaban construídas las casas de los encomenderos y magistrados, los alimentos de que se proveían, la forma en que se realizaba el comercio, la dificultad de los viajes, los precios de las cosas, las pasiones de los hombres, el ambiente precario de los conventos, la epopeya instintiva de los indios, todo cuanto constituye, en fin, la vida argentina del siglo XVI, la primitiva conciencia del drama histórico en el vasto escenario virgen donde comenzaba entonces á fundarse nuestra civilización. He ahí por qué me ha parecido tambien que este libro tenia derecho á figurar en una BIBLIOTECA ARGENTINA, como otros de su índole, que más adelante publicaré.
RICARDO ROJAS
[1] Lizárraga dice que nació en Medellín (I p. 121)
[2] Dada la índole de esta obra, omitimos en este volumen la nota biográfica sobre el autor, que hemos dado en los anteriores. Lo que de Lizárraga se sabe, y que lo debemos casi exclusivamente á Fr. Juan Meléndez en sus _Tesoros verdaderos de las Indias_, va incluido en esta «Noticia preliminar». Falta asimismo el retrato del autor, por no haber encontrado iconografía de Lizárraga, no conociéndose ni siquiera tradición sobre algun retrato suyo.
[3] Es bien sabido que éstos finalizaron trágicamente sus gobiernos.
[4] Sobre estos y otros detalles de la muy fragmentaria biografía de Lizárraga, puede verse la _Literatura colonial de Chile_, por D. J. Toribio Medina, y los cronistas eclesiásticos en que él se apoya: Menéndez, Errázuriz, etc. Especialmente el P. Menéndez, parece haber servido de fuente principal á Medina.
[5] Esta ciudad de Esteco, es la del mismo nombre que poco más tarde fué destruída por un cataclismo, y sobre la cual los cronistas eclesiásticos de la colonia han tejido una leyenda muy impregnada de reminiscencias bíblicas.
[6] De acuerdo con la tendencia popular que abrevia los títulos bibliográficos por su palabra más significativa, hemos puesto simplemente _Descripción_ en la carátula de este volumen, por ser muy extenso su título auténtico y porque no hacemos con ello sino anticiparnos al pueblo, que lo abreviaría en este caso, como lo ha hecho con _Bases_, _Facundo_, _Hamlet_, _Quijote_, etc. Nos hemos atrevido á llamarle _Descripción Colonial_, para definir su carácter, y nos hemos creído con derecho á hacerlo, porque toda variante de ese género va advertida en el texto ó en las «Noticias preliminares» de nuestra BIBLIOTECA, y porque no sabemos cuál fué el título auténtico de esta obra, no editada en vida del autor, ni impresa sobre sus originales. Alude á esta obra don Toribio Medina en su ya citada _Historia_, pero no sabemos si se atiene sólo á las citas fragmentarias del cronista Meléndez, ó á cierto manuscrito atribuído á Lizárraga con el nombre de _Descripción y población de las Indias_ ó _Descripción y población de los reynos del Perú_. De ese manuscrito, existente en la Biblioteca Nacional de Madrid, copió los pasajes interesantes para Chile, el señor Barros Arana. El todo era un infolio de 308 páginas. Una nota dice: «Concuerda este escrito con el libro original de donde se sacó el año 1735, que está archivado en la librería de San Lázaro en la ciudad de Zaragoza». Serrano y Sans, en su edición de 1909, se habria valido de la copia de Madrid, ó del original de Zaragoza. Los fragmentos que copia ó alude Medina (tomados á Meléndez ó á Barros Arana) coinciden algunos con la edición de Sans; otros concuerdan en el fondo y no en la forma. Tal cosa pudiera provenir de las variantes explicables en estos antiguos códices manuscritos, á menos de aceptar que Lizárraga escribiera dos obras de asunto análogo. Pero mi impresión es que la obra inédita aludida por Medina, es la misma que yo comento sobre el texto de este volumen. La presente edición (hecha literalmente sobre la española de 1909) es la primera que se publica en volumen especialmente destinado á esta obra y la primera que aparece en América.
[7] Garay fué á La Plata, enviado por los españoles del Paraguay, para arreglar con la hija de Ortiz de Zárate la sucesion del gobierno, vacante por la muerte de su padre en 1578.
[8] El texto de Serrano y Sans dice _Francisco de Trejo_, pero es, evidentemente, un error de copia. Alusiones á cosas de actualidad entonces, como este obispo Trejo y Sanabria ó el gobierno de López de Velasco, me han servido tambien para inferir la fecha en que este libro pudo ser redactado.
[9] Chongos, lugar del Perú, cerca de la villa de Oropesa, ó Guancavélica, y cerca de Jauja.