Del Plata al Niagara

Part 3

Chapter 33,483 wordsPublic domain

Es así como las leyes naturales de territorio y situación han creado las variedades sociológicas que con el tiempo, factor omnipotente, tendrán que acentuarse más y más. Mientras que la Argentina podía esperar los resultados de su evolución social por la mezcla é infiltración europeas, en Chile la necesidad desarrollaba en el propio seno, y casi con los solos elementos nativos, las aptitudes industriales, las virtualidades materiales é intelectuales, que forman la compleja estructura indispensable para la vida de un moderno organismo político. Siendo Chile una faja «de gran longura» y mediocre extensión entre la cordillera y el mar, tuvo su pueblo que procurar laboriosamente su desarrollo, ocupando la costa, surcando el océano civilizador, atacando la montaña receladora de tesoros ocultos, apropiando, por último, la zona intermedia y los valles centrales á la alimentación del grupo entero. Todo fachada sobre el Pacífico, ha sido marino, dedicado al tráfico internacional, y, á las veces, preparado para las conquistas litorales; al hacerle minero, la cordillera, que protegía su espalda é invadía su territorio escaso, le impuso también la obligación, como le enseñó los medios, de cultivar intensamente el suelo ingrato, abriendo sendas y canales, cortando, cavando, nivelando, luchando victoriosamente con la estéril arena y la roca enemiga. El aislamiento y la pobreza, por fin, acostumbrándole de antiguo á bastarse á sí mismo, fomentaron su tendencia fabril; y este propietario de las islas de Juan Fernández parecía en verdad predestinado á realizar en América el tipo nacional de Robinson. Agricultor, marino, industrial: sin influencias externas ni mezclas exóticas, ascendió rápidamente á una situación sociológica superior á la de otros pueblo más ricos, casi exclusivamente pastores ó expendedores de productos preciosos.

Al propio tiempo que las leyes permanentes de la raza y del medio delineaban los rasgos fundamentales de la fisonomía chilena, la ausencia de la gran inmigración europea, innovadora y perturbadora de la tradición, permitió conservar casi intacto el edificio colonial, sin más que cambiar la inscripción de su portada. La revolución chilena quedó exterior en sus causas y sus efectos: un ejército argentino cortó definitivamente el cordón umbilical que ataba la colonia á su metrópoli; y esta rápida operación, lejos de arrasar con lo existente lo mantuvo en pie, reduciendo el cambio de estado á un acto de emancipación y á la toma de posesión del país por los nativos. El dictador O’Higgins casi pudiera creer que recibía y administraba la herencia política de su ilustre padre, el fundador de Santa Rosa y Vallenar. Todo concurría, pues, á perpetuar la dualidad originaria del pueblo chileno: una clase dirigente en la punta de la pirámide, una masa anónima y sumisa abajo, con una faja de separación casi insalvable: así, en el cerro de Aconcagua, la zona amorfa de arenisca impide que se confunda el conglomerado de la base con las estrías del vértice. De suerte que, después de un breve extravío democrático y un experimento único de federalismo que produjeron la anarquía y bastaron á demostrar su falta de adecuación, elaboróse una constitución resueltamente centralista,—tan poco democrática, que las dos fracciones del grupo dirigente se han sucedido en el poder sin alterar la forma constitutiva; tan poco republicana en el fondo, que las facultades del presidente, unidas á la reelección indefinida—antes de la reforma de 1871—y á su irresponsabilidad inmediata, eran más importantes y absorbentes que las de un monarca constitucional.

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Conviene insistir en este consorcio armónico de la raza y la estructura originaria con las circunstancias y las instituciones políticas, en esta feliz apropiación del pueblo chileno al medio ambiente, porque ello da la clave de esa evolución ulterior, que, con la colonia más lejana y pobre del dominio español, ha hecho al pueblo más civilizado y fuerte del Pacífico: á la nación que en cincuenta años de labor incesante y administración honrada, tenía ya alcanzada la legítima hegemonía moral en esta vertiente de los Andes, mucho antes que la conquista militar le agregara su sanción brutal. Votada sin grandes disidencias, después del sangriento conflicto que diera el triunfo al partido conservador, la constitución unitaria del año 33 ha quedado subsistente en sus grandes lineamientos, precisamente porque no era más que la consagración legal del orden político históricamente establecido. La accesión al poder del partido liberal no ha sido la señal de destrucción de la constitución conservadora: han bastado algunas reformas parciales y paulatinas para completar su adaptación. En lugar de las veinte constituciones de papel que, en el pueblo vecino, se volaban arrebatadas por cada tormenta anárquica, se ha podido aquí, una vez por todas, esculpir en el granito la carta fundamental; porque ésta no era una concepción artificial y postiza, una ley teórica encargada de modelar las costumbres de todo un pueblo, sino la reglamentación de los hábitos y tendencias seculares. Es posible que el molde ideado ó copiado por los legisladores argentinos fuera superior al chileno; pero éste fué hecho por medida y, sin esfuerzo ni sufrimiento, han podido vaciarse en él las generaciones sucesivas.—Una población centralizada y relativamente compacta; un grupo superior apoyado en el clero católico, muestra y modelo de las jerarquías, y apoyando á la vez sus pretensiones tradicionales; un gobierno elegido periódicamente en la sola clase privilegiada, rica y noble, que llevaba al poder sus tradiciones domésticas de honradez administrativa, y que no podía buscar en el mando la fortuna ó la satisfacción vanidosa que poseía desde la cuna; la existencia originaria de dos partidos antagónicos, pero extraídos de la misma clase superior y cuya rivalidad abierta era menos un peligro que una garantía; abajo, la muchedumbre innominada, vinculada al terruño, á la mina, al taller, sin más sentimiento común con la aristocracia que el mismo patriotismo exaltado é intransigente, tan pujante en el patricio que sacrifica fortuna y vida por la grandeza nacional, como en el _roto_ humilde que vierte su sangre por una tierra que nunca le perteneció, y pelea por instinto de raza como sus antepasados del Arauco: tales son las grandes estratificaciones de la masa chilena, que la organización política y la historia han contribuído á solidificar.

No hay aquí espacio ilimitado, ni horizonte misterioso y tentador; nada, por tanto, que se parezca á la libre y feliz vagancia del gaucho argentino en sus desiertos pampeanos ó en sus montes «arribeños». Cada hombre del pueblo nace obrero, inquilino, peón, _roto_ del campo ó del suburbio; todos tienen patrón, son moléculas de un fragmento compacto, pertenecen á una _gens_ urbana ó territorial. Para mantener incólume contra la infiltración externa tan anticuado edificio, no bastaban los tradicionales hábitos de sumisión, fomentados por las supersticiones y la ignorancia popular, hasta hoy tolerada fuera de las ciudades: era necesario que todas las influencias ambientes y todos los resortes internos conspirasen al mismo fin. Por el lado extranjero: la distancia de Europa, la pronta ocupación del suelo, la escasez de buenas tierras disponibles y el desarrollo industrial criollo, mantenían desviada hacia el Plata la gran corriente inmigratoria é impedían la formación de una numerosa clase media; por el lado popular: la raza enérgica, el clima tonificante, la labor penosa de la montaña y del mar habían forjado una masa proletaria sufrida y ruda, capaz de disputar el suelo al inmigrante agricultor ó sostener contra el obrero europeo la lucha por la vida,—instrumento excelente en la guerra como en la paz, siempre que su arrojo brutal encontrara el saqueo como premio y corolario de la victoria, y se le permitiera devastar las comarcas opulentas que sus dueños enervados ó disolutos no sabrían defender. Por el lado dirigente, por fin: junto al lujo, á las pretensiones nobiliarias, á las distinciones de clase, á los mayorazgos y las vinculaciones, á las preocupaciones de raza y religión, á todas las vanidades prestigiosas que van desapareciendo,—han subsistido las verdaderas condiciones y salvaguardias de las aristocracias: el voto restricto; la ilustración y la autoridad moral; los grandes fundos productivos; la concentración del grupo gobernante en una capital mediterránea, lejos del contacto europeo y comercial; la ausencia casi completa de clase media, por exclusión, no como en otra parte, por confusión y mezcla de los rasgos sociales. Tal es la fuerte organización histórica que ha hecho al Chile actual, ó más exactamente al anterior á las últimas guerras: es decir, al primer pueblo de Sud-América, si se tuviera sólo en cuenta el desarrollo normal y la estructura coherente de la nacionalidad.

Advertid que este pueblo ha llegado al período adulto antes que todos sus vecinos, bastándose á sí propio casi completamente en su territorio, primitivamente el más pobre del dominio español. Ha creado con su propia substancia ó la rápida é inteligente iniciación, su administración moralmente ejemplar, su ejército y su marina, cuyas campañas han despertado la atención del mundo; sus industrias mineras y agrícolas, durante un medio siglo de orden interno que le ha conquistado en los mercados europeos, antes que la gloria militar, esa gloria económica que se llama el crédito. Además, ha llevado á las especulaciones más altas y desinteresadas que constituyen propiamente la civilización, sus cualidades nativas de conciencia juiciosa y paciente laboriosidad. Sin duda, hanle faltado, no sólo el genio, la llama sagrada, la originalidad soberana,—como á los otros pueblos americanos,—sino la gracia elegante y el mismo gusto artístico: el numen de Bello, descolorido y frío como el agua, ha presidido á sus inspiraciones. Pero en las ciencias aplicadas, en la historia y en el derecho ha seguido con paso mesurado y seguro las huellas de los maestros. Su propia escuela de pintura y escultura revela cualidades y aptitudes de disciplina poco comunes en América. Sus Facultades profesionales é Institutos superiores ó secundarios parecen igualmente dignos de aprecio por su administración y sus estudios. En suma, este país posee en pleno desarrollo todos los órganos necesarios al funcionamiento social: los que han quedado embrionarios ó faltan por completo no son indispensables. No está demostrado que una nación, aun en América, tenga que ser una democracia ateniense, ni siquiera una república; y si Chile hubiera de continuar siendo una aristocracia utilitaria más ó menos abierta, convendría estudiarlo imparcialmente desde ese punto de vista, sin tener desde luego por inferioridad lo que sólo revela al pronto una diversidad.

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Las líneas generales y las deducciones abstractas no pueden forzosamente representar más que el esqueleto de un organismo tan vasto y complejo como lo es una sociedad; no dan cabida á los accidentes que alteran más ó menos profundamente el trazado teórico de la historia. En anatomía y fisiología, por ejemplo, se dibuja el esquema rectilíneo de un órgano ó aparato para explicar con eficacia mayor sus formas ó funciones; la «fisiognomonía» caracteriza el juego de los músculos expresivos de las emociones con rasgos precisos y rígidos, bosquejando una cara humana con cuatro ó cinco rectas esenciales: claro está que con ello no se pretende representar la imagen exacta y compleja de una fisonomía ó de un órgano, los cuales jamás contienen el elemento rectilíneo. Lo propio ocurre en estos ensayos de síntesis sociales: se acentúa un rasgo característico y se omiten los accesorios, en gracia de la sencillez y brevedad, pero sin pretender á la semejanza completa. Además, en estos bosquejos provisorios, es fuerza fijar é inmovilizar un estado general correspondiente á un período preciso y significativo, descuidando las lentas deformaciones que son obra incesante del tiempo y constituyen la evolución de un grupo nacional.

Por distante y aislado que estuviera, Chile no vivía solo en el continente: de ahí ciertas influencias y modificaciones que nacían de las infiltraciones vecinales, cuando no de las guerras de invasión ó conquista. Á pesar ó en razón misma de su concentración mediterránea en lo político y social, no podía dejar de fomentar el movimiento comercial europeo que le traía los elementos vitales de que carecía, en cambio de las materias primeras, cuya explotación y exportación eran su fuente de recursos: de ahí el desarrollo material de Valparaíso y demás ciudades litorales, cuyo contacto y corriente exótica introducían en la masa colonial un fermento transformador. Entre Santiago y Valparaíso la diferencia de naturaleza era tan profunda, que debía mantener vivo por mucho tiempo el antagonismo. Irresistiblemente, la «democratización» había de penetrar por la vía marítima; y la comunicación con el extranjero ó la incorporación del forastero al grupo nativo tenía que crear la clase intermedia, contigua al pueblo por su origen humilde, mezclada á la aristocracia nativa por su fortuna. Activarían este movimiento «igualitario» la difusión inevitable de la educación, las propagandas del libro y de la prensa, los compromisos y promiscuidades imprescindibles de las contiendas electorales.—Por otra parte, las consecuencias sociales de las dos últimas guerras, exterior y civil, serán probablemente mucho más considerables que las políticas. Podría desde luego demostrarse que la primera ha traído á la segunda; y que la militarización, unida á la brusca inflación de las rentas fiscales por la anexión del territorio salitrero, ha generalizado el espíritu de ambición y aventura, junto al gusto del agio y de las satisfacciones materiales en una proporción antes desconocida. Sin aceptar las exageraciones é injusticias partidarias, creo que la administración Balmaceda señala un acceso de megalomanía nacional, fomentada por el gobierno, pero cuyos estragos morales sobrevivirán al desgraciado dictador. ¡De esa convulsión terrible no es sólo el papel de banco el que sale quebrantado! Tal vez la misma conquista peruana contenga el desquite futuro de los vencidos, y, guardadas las proporciones, pueda aplicarse en cierto modo al vencedor el verso terrible de Juvenal:

_Luxuria incubuit, victumque ulciscitur..._

Todo ello, y mucho más, habría de considerarse en una síntesis de la sociología chilena, para redondear los ángulos agudos de una apreciación tan somera como la que vengo ensayando. Sin embargo, todas las variaciones adventicias no alcanzan á destruir los caracteres fundamentales y específicos. Si los elementos arriba indicados son realmente característicos, tienen que ser duraderos, aunque no absolutamente fijos; y á despecho de todas las modificaciones subsiguientes, Chile debe aparecer en conjunto al observador imparcial, tal cual he podido inducirlo por su historia evolutiva que nuevamente resumo. Políticamente: un pueblo centralizado, con un poder ejecutivo predominante, una clase dirigente emanada de la aristocracia de raza y fortuna territorial. Socialmente: un pueblo amigo del orden y sometido á la autoridad legal, con fuerte estructura orgánica y todas las cualidades y defectos de un patriotismo exagerado, casi español; práctico por el espíritu y la conducta; probo y severo en su administración; con horizontes intelectuales proporcionados á los materiales; concienzudo, laborioso, perseverante; económico, primero por necesidad y luego por hábito. En suma, una nación más intrínsecamente completa que sus hermanas del continente,—es decir, que ya ha pasado para ella el período de mayor crecimiento;—predestinada por su organización y fibra viril á ser vencedora de su vecina del Pacífico, cuya riqueza al alcance de la mano era una tentación tanto más irritante cuanto más segura era la presa. Un pueblo de tanta sensatez nativa, sin embargo, que contempla él mismo y confiesa ya la influencia perniciosa de la conquista, y que, prudente en los límites del honor nacional, parece sincera y verdaderamente curado de nuevas veleidades invasoras.

En sus grandes líneas fisonómicas, tal había visto al pueblo chileno antes de rozarme con él. Si, lo repito, mis inducciones son exactas, han de concordar con mis actuales observaciones. Bien sé que no he podido verlo todo ni estudiar nada bien; por más que en un país centralizado el estudio de la capital sea de importancia incomparable, comprendo que éste no basta, aunque le agregue rápidas correrías en los departamentos vecinos y algunas visitas á Valparaíso y demás pueblos litorales del tránsito. Con todo, los sondajes esparcidos en una vasta extensión del país y multiplicados en su centro pueden suministrar una base no despreciable para el estudio. No pueden tacharse de erróneas las conclusiones por el mero hecho de no corresponder sino á una proporción muy reducida de experimentos parciales respecto de la totalidad. Si hay mil bolillas de diversos colores mezcladas en una urna, y, extrayéndolas al azar, se obtiene una serie de diez bolillas iguales, puédese afirmar matemáticamente, sin más averiguación, que las de dicho color constituyen la inmensa mayoría.

En las páginas siguientes presentaré al lector algunos resultados de mi extracción.

II

CHILE

EXPERIMENTOS Y COMPROBANTES

Como un islote en una laguna, el cerro de Santa Lucía levanta en el corazón de Santiago su cono basáltico, frenéticamente adornado, tallado, acicalado, compuesto y descompuesto por el ilustre intendente Vicuña Mackenna, cuyo mayor defecto, así edilicio como literario, no fué precisamente la sobriedad. Esta giba municipal es el orgullo de los santiaguinos; todas las descripciones del país celebran la octava maravilla; no hay compendio escolar que omita su mención; y si os toca, al apearos del tren de los Andes, la fortuna de caer en brazos de un amigo chileno, tened por cierto que allí será la primera estación. Es la visita de etiqueta y estreno; pero se la repite cuatro ó cinco veces en una estancia de tres semanas. Hay un teatro de verano con su palpitante repertorio de zarzuela española, una terraza en belvedere, un _restaurant_ francés servido á la chilena ¡todos los atractivos! Por fin, después de conocer la ciudad y sus alrededores, si queréis, al despediros, resumir en una hora veinte días de impresiones fugitivas, volved solo, una tarde, á trepar el peñón de Huelen. No hay observatorio más sugestivo: los accidentes del paisaje cobrarán ahora su real significado, como que serán efectivamente otros tantos _signos_ materiales de ideas allí anidadas, síntomas visibles de una tendencia social y, para el transeunte, como el toque de llamada de las sensaciones dispersas.

Este mismo cerro, desde luego, es un precioso documento. Nada extraño sería que hubiera perpetrado su afeamiento arquitectónico un improvisador incoercible; lo importante es que tal adefesio haya sido consagrado como una reliquia nacional, hasta el punto de no poder criticarlo sin cometer un sacrilegio y ser declarado enemigo público. «De Santiago al cielo, y desde allí, etc.»: ya conocéis la fórmula. Hemos visto y veremos que tienen los chilenos muchas virtudes de perseverancia y energía impulsiva; pero la elegancia no es una virtud, ni el gusto una dependencia de la voluntad. Y en sus palacios de canto dorado, lo propio que en sus tentativas artísticas y preferencias intelectuales, notaremos tendencias parecidas á las que se ostentan en su querido peñasco.

Desde la rampa en espiral de su base hasta el mirador de su vértice, el cerro primitivo desaparece bajo una granulación postiza de piletas y rocallas, acueductos romanos con almenas medievales, grutas basálticas alumbradas con gas, precipicios de juguete con escaleras bien niveladas y molduras en las barandillas: un hacinamiento pretencioso al par que ingenuo de todas la cursilerías de cualquier estilo y edad, cuyo conflicto se continúa hasta en el contraste de la vegetación. Las enredaderas exóticas y sedientas se enlazan á los pimientos vulgares; por sobre los ingratos eucalyptus se erizan la cácteas, palmeras y demás plantas «literarias». Á guisa de puntuación de ese poema churrigueresco, pululan á cada paso las chucherías cerámicas odiosamente pintorreadas, las columnitas pseudo-griegas soportando jarros símili-etruscos y «monos» de baja alfarería. Ese baratillo ornamental evoca no sé qué recuerdos de vendedor de _tutilimundi_, cuyo ambulante escaparate se volcara en el jardín de un tendero romántico. Y el resultado de tanta orgía decorativa es pequeño, disparatado, mezquino, como un banquete de burgueses cicateros, un día de natalicio, cuando se echa la casa por la ventana. Á medida que se va subiendo, los contrastes grotescos se multiplican con verdadero ensañamiento. El cañón «de las doce», ó del _merodiano_, como dice mi cochero, queda tan cerca de la inevitable estatua de Valdivia, que me pregunto si no estará encargado de su disparo este ilustre inválido. Otra efigie, también vecina, la del obispo Vicuña, pariente del Cerrero mayor, parece bendecir la parroquia poco severa de las glorietas. Complemento patético: el zócalo de la estatua trae un soneto ilustrativo y firmado ... por otro pariente ¡naturalmente! ¿Quién duda que para ser buena, como dice el refrán, ha de ser la ... cuña del mismo palo? Por fin, el creador en persona no podía faltar á esta cita de familia: como para subscribir eternamente su obra maestra, que los trepadores no vacilarán en declarar de largo aliento, ha querido descansar en una capilla de la cumbre, que completa (geodésicamente hablando) la triangulación del teatro de tandas y del alegre fondín.—Desde el kiosko oriental que corona tanta belleza se contempla todo el valle de Santiago.

(Tal me ha parecido el famoso cerro de Santa Lucía. No hago por ahora comparaciones: declaro simplemente que, al lado de este desborde de lirismo municipal, me parecen austeras todas las grutas y cascadas de nuestros intendentes bonaerenses. Ello no se opone á que sea la pasión sincera de los chilenos, su nostalgia incurable cuando lo dejan de ver y, como tal, el verdadero «rasgo prominente» que el poeta argentino Domínguez debería mencionar, entre «el sol ardiente»—¡tan característico del Brasil!—¡y el imponente ombú de nuestra «pampa grandiosa»! Sospecho que algunos lectores argentinos y muchos chilenos encontrarán que, por esta vez, carezco de entusiasmo. Basta á mi conciencia honrada saber que hago lo posible por ver bien las cosas y describirlas como las veo. Otros habrá que me declaren lince cuando prodigo elogios, y topo cuando formulo críticas: y éstos siquiera serán ingenuos. ¿Cómo no escribir de vez en cuando _cum grano salis,_ si es en viaje, sobre todo, donde un hombre de gusto recibe cien heridas por día antes de devolver una por mes?)