Del Plata al Niagara

Part 10

Chapter 103,668 wordsPublic domain

Ejemplo al caso; este deplorable oficio de «corresponsal» y futuro autor de «impresiones», que tan de ligero me he impuesto, no tiene sino una faz agradable: el no cumplirlo. Entonces se vuelve encantador. El más insípido vagar cobra sabor de fruta prohibida. Decid al soldado en campaña que su fatigosa requisición de víveres es libre merodeo, ¡y le veréis volar á la _corvée_! ¿Quién osaría comparar las delicias de una «rabona» á la tibia satisfacción de un asueto legítimo? He descubierto, pues, este remedio—que me permito recomendaros—contra el pesado aburrimiento de las horas de viaje: el tener siempre por delante un programa de trabajo que no se ejecutará jamás. Así, al perder en cualquier chata partida, ó en la sola ociosidad, el tiempo que se debiera «consagrar» á la escritura, se experimenta una sensación de triunfo: «¡Otra que te raspé!» Este condimento del pecado es lo que llaman los moralistas el «remordimiento». Reflexionad: en la vida no hay más cosas buenas que las prohibidas,—las contrarias á la convención social, á las reglas de la prudencia, á la salud. La _obligación_—la misma palabra lo dice—es todo lo que _liga_ al hombre, coartando su independencia y soberbia altivez. La santa Bohemia, ignorada de los burgueses y filisteos, sería en verdad la tierra de promisión, si éstos no fueran los más fuertes y no nos impusieran su ley.

Confieso, por otra parte, que esta filosofía de turista no sería inatacable, considerada «bajo el prisma» de la pedagogía ortodoxa. Pero ¡en viaje! Como el _Maître Jacques_ de Molière, que cada uno de nosotros lleva consigo, trocaré mañana la sonrisa del escéptico por el gesto convencido del educador, de «uno de nuestros más autorizados educacionistas»! Aunque, en el fondo, no sabemos mucho más respecto de la virtud de nuestra pedagogía, que los médicos acerca de su terapéutica. Andamos á tientas: _obscuré cernimus_. Apenas si comenzamos á sospechar que los preceptos del catecismo y los sermones carecen de eficacia; y que la real educación del sér joven no modifica perceptiblemente el elemento innato de la raza y el atavismo, sino por la acción prolongada del medio, el choque diario de la experiencia, la presión brutal de la necesidad que elabora las ideas útiles y crea los poderosos hábitos ... Pero, queden para mañana los negocios serios!...

* * * * *

Guayaquil.

Reconocemos al pasar la histórica ruina de Túmbez, en su arenal, que amojona la frontera peruana por el norte, y ya estamos en la bahía de Guayaquil, remontando el amplio estuario. En esta hora matutina, la costa baja parece encantadora, con su isla y aldea de Puná, abigarrada de blanco y rojo, que se destaca netamente del verde intenso.—La primavera, la aurora, la infancia: todo ello se muestra hechicero bajo los trópicos: más tarde, muy pronto, la gracia se evapora con el fresco cendal de la mañana, los rasgos se espesan ó se entumecen bajo el clima disolvente y el sol abrasador.

Las riberas del caudaloso Guayas se aproximan lentamente; piraguas afiladas, canoas y jangadas cubiertas huyen delante de nosotros, traqueadas por el violento oleaje de nuestra singladura. Hacia el nordeste, adonde vamos, lindas colinas arboladas se desprenden del claro cielo, desenrollando hasta la ría sus tupidos vellones de follaje. En torno de las cabañas brotadas entre los acuáticos paletuvios, algunas vacas rojizas, potros airosos, dispáranse por la fresca pradera, húmeda todavía del rocío nocturno que el sol naciente absorbe en una hora. Garzas y cigüeñas blancas hunden en el légamo sus zancos rígidos; loros y cotorras salpican su color vivo en el paisaje; azuladas tórtolas revolotean en las esbeltas palmeras, se posan en las gruesas raíces adventicias de los mangles, que, bañándose en el agua inmóvil, remedan una imagen reflejada de su ramaje. Oigo cantar los gallos en los vecinos cortijos; y esta alegre diana que hace un año no escuchaba, transporta mi pensamiento muy lejos, á otras llegadas matinales entre la algazara y la risa de los niños bajados del tren medio dormidos: las temporadas de la estancia, los galopes á caballo por aquellos bosques balsámicos y amigos, cuyas sanas emanaciones, en vez de esta pérfida sombra tropical y su envenenada espesura, traían efluvios tonificantes, devolvíanme con la reposada existencia independiente la fuerza y la salud ...

La alta barrera de los Andes ha prolongado la breve aurora ecuatorial; pero, al punto de emerger el disco del sol sobre la cordillera, derrámase el incendio sobre el paisaje bruscamente iluminado; parece que el lejano Chimborazo estuviese en erupción de llamas y rayos ofuscadores; á poco se agita y hierve el río Guayas, haciendo espejear su epidermis resplandeciente, chapeada de escamas metálicas. En breve espacio, casi sin transición, hemos saltado del alba al mediodía, del clima templado al tórrido, del dulce floreal al ardiente termidor. Á medida que penetramos en el puerto fluvial, Guayaquil desarrolla su hilera pintoresca en la margen derecha. Por entre la caldeada atmósfera, cuyo espejismo hace vibrar las barcas en el río y las casillas de madera en sus orillas, cual si estuvieran en vías de derretirse, las manchas verdes de las palmas y los inmensos penachos de los plátanos distantes envían la ilusión de la frescura y de la sombra. Las casas sobre pilotes, con sus altos en desplome, se alinean interminablemente, confundiéndose con las balsas cubiertas que obstruyen el puerto, y remedan una pequeña Venecia tropical—sin historia ni monumentos.

Bajamos á tierra al medio día,—«en esta tierra, diría Tennyson, en que es siempre medio día»[4];—recorro el malecón y la calle del Comercio, en busca de la Casa de Correos. Encuentro una tienda obscura y estrecha, amueblada con un mostrador; un mocito con cara de terciana me vende una estampilla, y se retira tras de una mampara donde adivino un catre tentador. Al notar que la estampilla no está engomada, esbozo al paño un reclamo tímido. Sale una voz de la trastienda: «¡Ahí tiene el tarro de goma!». Efectivamente, está un enorme tarro de cola sobre el mostrador con un pincel descomunal. ¿En qué estaba pensando? Procuro realizar la operación,—sin éxito, probablemente, pues del centenar de cartas que durante esta media vuelta al mundo he de escribir, la de Guayaquil, con tarro y todo, será la única que no llegue á su destino. ¿Será cierto que el servicio de correos es correlativo del estado de civilización?

Echo á vagar por la ciudad. Casi todas las construcciones son de madera, desde las iglesias recargadas de florones y pinturas hasta las aceras de tablones escuadrados. Á la sombra de los portales en arcada, adorno y refugio del malecón y calles adyacentes, el hormigueo de los negros y mestizos, los puestos chinos con sus empalagosas emanaciones, las carnicerías criollas, las pirámides de piñas y bananas, las cocinas al aire libre, las tiendas con sus muestras vistosas tendidas en los largueros: todo eso y lo demás, ya muy visto y conocido, rehace para mí el cuadro sabido de memoria de todos los puertos tropicales. Ningún movimiento, ninguna vida aparente en las habitaciones de los pisos altos; ventanas y balcones tienen bajadas las celosías, como párpados cerrados.

Fuera de estas calles próximas al puerto, donde se mueven las exportaciones de caucho y cacao que convergen á Guayaquil, un vasto y pesado silencio amortaja el emporio ecuatoriano: el reino de la siesta. Entro en el principal bazar de la calle del Comercio: está vacío. Me enseñan «curiosidades»: esculturas á cuchillo postizamente bárbaras, adornos y chucherías de marfil vegetal, mamarrachos al óleo que remedan el arte quiteño—indios mascando el _chonta-ruru_, etc.,—y que, desde los quince pasos, huelen á baja factura italiana; y luego: pieles de fieras, cocodrilos embalsamados, sombreros de jipijapa,—todo el desembalaje cursi para turistas en demanda de color local ...

Me meto en un tramway vacío, tirado por dos mulas éticas que andan paso ante paso, respetando el descanso de su cochero y mayoral. Las afueras de la ciudad se muestran ya invadidas por la vegetación tupida, espléndida, inquietante, que exubera y chorrea savia nutricia. En la bóveda rebajada del cielo gris, la espesa colgadura de nubes se desprende á trechos, como cortina mal fijada, mostrando parches de lapislázuli. Se respira un tufo de sudadero romano, un denso vapor caliente, saturado de miasmas y fragancias vegetales que se arrastran por el suelo, entre los charcos de la lluvia de ayer y la atmósfera cargada y ya húmeda de un chaparrón cercano. Ya se desploma, circunscrito y local, en tanto que, acá y allá en torno nuestro, sigue el sol derramando sus cascadas de fuego. Sin un rumor, sin un hálito de brisa, las gruesas gotas tibias se aplastan en el camino, quedan en glóbulos de cristal sobre las anchas plumas verdes de los bananos. Junto á sus ranchos ó bohíos de bambú techados de palma, algunas mujeres y muchachos, sin inquietarse por el aguacero que gotea en su hamaca suspensa de una enramada, dejan correr la lluvia en su cutis de bronce. «Si va á pasar ... ¡Quién se toma el trabajo!...» ¡Sabia economía criolla del esfuerzo, religiosamente observada en Sud-América!

Volvemos á los barrios centrales; me bajo del tranvía para andar más á prisa. Visito la catedral de «estilo» jesuítico-español, cuyo frente cuajado de molduras y rosetones encubre un interior suntuosamente lúgubre; el colegio monumental y despoblado; el palacio episcopal, advenedizo y cualquiera. En la plaza de San Francisco, una estatua del presidente Rocafuerte—¿por Aimé Millet?—parece montar la guardia delante del convento. Esta capilla es parecida á sus congéneres de Santiago ó Lima, sencilla é interesante en proporción de su relativa desnudez. En la penumbra de la nave rectangular, tres ó cuatro mestizas arrodilladas forman un grupo confuso tras de una joven que reza, con la cabeza envuelta en su mantilla. La veo salir, bajo la plena luz del atrio, y quedo estupefacto ante su esplendor, que contrasta maravillosamente con todas las caras pálidas y marchitas que hasta ahora he visto en esta tierra envenenada. Rubia, fresca, de esbelta robustez, esta legítima flor ecuatoriana tiene el pelo de oro y los ojos azules de una wili, con la carnación divinamente transparente de la _Santa Catalina_ del Correggio. ¡Extraño misterio, que en todos los pasajeros del _Imperial_ producirá el mismo asombro! pues será nuestra compañera de viaje hasta Panamá, con su marido, rico comerciante francés que vuelve á la patria ¡extenuado por este clima fatal! Ella evoca el recuerdo de esas espléndidas orquídeas de las selvas natales, cuya mágica florescencia extrae frescura y brillo de una atmósfera de fuego. Con su pobre marido carenado por una estación en Vichy, la volveré á ver en París, indiferente y pasiva en los Campos Elíseos lo mismo que en el atrio de San Francisco, irradiando su belleza inalterable y fría como una gema,—á manera de esos témpanos cristalizados que su Cotopaxi arroja á la distancia, y son trozos de hielo salidos del cráter en ignición.

Al cruzar la plaza, leo en una pared blanca, con letras enormes como de muestra comercial, el nombre de un diario guayaquileño, y recuerdo que traigo una carta de Lima para su director. Falta una hora para levar anclas: aprovechémosla, puesto que viajo para instruirme.

En un cuarto bajo y blanqueado con cal, delante de la clásica mesa de redacción, más revuelta que un cuévano de trapero, me recibe un joven esbelto y pálido, de modales corteses y aspecto simpático; parece convaleciente, como casi todos los indígenas. Al ver mi carta, que viene de un antiguo dictador—ó poco menos,—el periodista me considera afiliado á su liberalotismo de oposición y me encuentro lanzado en plena corriente de política ecuatoriana, en las polémicas de campanario y las batallas liliputienses del papel—misterios todos que conozco al igual que los combates de los trogloditas. Felizmente, mi amigo flamante—«¡Cuente usted con un amigo!»—es otro pequeño Cotopaxi oratorio: escucho el desfile previsto de la vida y milagros del déspota del día—idénticos á los del déspota de ayer, y aun de antes de ayer. El gobierno actual es, por supuesto, una tiranía apenas disfrazada, y el clericalismo más subido impera en la capital. Guayaquil es la única ventana abierta sobre el mundo civilizado: aquí la mayoría es independiente, liberal, radical. Está en elaboración la próxima revolución, inevitable, triunfante, destinada á realizar todos los ideales, todos los progresos,—probablemente en nombre de Alfaro ó de Veintemilla, de quien creo que es pariente mi emancipador.—Poniéndonos en lo peor, la ventana sirve también para decampar ... Por lo demás—seamos justos—el tiranuelo actual, hombre de letras, no gasta medios violentos; deja á los periodistas libres, en Guayaquil; ni siquiera suprime los periódicos: se contenta con cortarles los pies, como hacían los déspotas orientales con sus cautivos, permitiéndoles arrastrarse por el suelo, en torno de su mesa. De acuerdo con el obispado—¡foco del obscurantismo!—el gobierno se limita á confiscar sin ruido todos los ejemplares de los diarios opositores que se envían por correo. Como el «avaro Aqueronte», el buzón no devuelve su presa. (¿Allí quedaría mi carta de marras?)—Pero todo está á punto de concluir, de reformarse: la próxima constitución—anexa á todo vuelco gubernativo—será perfecta y definitiva. Etc., etc ...

En tanto que el tórrido tribuno—sin duda, sincero—asesta en el vacío su «ecuatorial», miro la susodicha estatua por la ventana abierta; y aquella figura convencionalmente meditativa del caudillo guayaquileño, evoca por asociación las de sus predecesores y sucesores, cuya historia recorría á bordo, y no por cierto en autor adverso al tan hueco y estéril cuanto celebrado liberalismo[5].

¡Lúgubre y carnavalesco desfile de revoluciones sangrientas, de pactos y traiciones vergonzosos, de manotones «sorpresivos» y dentelladas famélicas, con el acompañamiento repugnante de esa fraseología jacobina, medio siglo después que en Europa ha sido arrojada á la espuerta de la basura! Figuraos una opereta en cien actos cuyas escenas trágicamente cómicas fueran reales, con asesinatos, envenenamientos, saqueos y orgías de verdad: las peripecias del _Príncipe_ de Maquiavelo puestas en acción, no por Malatestas y Castruccios, elegantes en su misma corrupción y ferocidad, sino por mestizos lúbricos y ébrios, y al compás de la bámbula ... Más sencillamente: imaginad nuestra anarquía sanguinolenta de una década, prolongada por más de medio siglo—todavía dura—y, en lugar de nuestra franca barbarie provincial de vincha roja y chiripá, una parodia nauseabunda de constituciones deformes y proclamas idiotas, que parecen eructos á la libertad[6]!—Cada capítulo de esa historia repite el anterior con insoportable monotonía, tan sólo amenizada por lo grotesco del estilo.—Los anales del Ecuador ostentan la uniformidad abrumadora de su clima sin estaciones. Siempre la violencia impulsiva en el pueblo, como el estío implacable en la tierra; el atentado brutal ó la usurpación insidiosa para asaltar el efímero poder, que de antemano justifican y atraen las anárquicas represalias. Una sola década hace excepción en más de sesenta años: la de García Moreno, cuya mano de hierro se enguantaba de terciopelo clerical, y que fué bárbaramente sacrificado, no por su despotismo y más ó menos justificadas crueldades, sino por su energía autoritaria que creyó posible fundar el orden en el catolicismo intransigente. En suma, aquella dictadura, con sus errores y violencias connaturales, representa el único esfuerzo intentado para domesticar el anarquismo ecuatoriano. Con ella la nave nacional, bien ó mal orientada, seguía un rumbo fijo, en lugar de ser juguete de las olas embravecidas, como antes y después de la famosa Constitución de 1869 ...

Un tanto hipnotizado por el runrún oratorio, he seguido mi pensamiento, dejando vagar la mirada en torno de la estatua de Rocafuerte, ahora más que nunca meditativo, pues por efecto del vibrante miraje, paréceme que cabecea de pie. En un resuello de mi «amigo», murmuro distraídamente, designando al presidente de bronce:

—García Moreno ¿era de Guayaquil?

El periodista liberal me mira estupefacto: leo la indignación y el escándalo en su boca abierta, y aprovecho la coyuntura para esquivarme, después de las «cortesías de estilo», como dicen los repórters criollos: «¡Cuente V. con un amigo!».

Si escribiera para lectores europeos, no me sería perdonado el dejar á Guayaquil sin hacer mención de los cocodrilos del Guayas. Podrían servirme de disculpa mis sendas alusiones á los yacarés políticos ... En puridad, nada tengo que reprocharme. Caudillejos aparte, y á pesar del sol rajante (2° de latitud), habíamos fletado—seis ingleses y yo—un vaporcito armado en guerra para remontar el Guayas hasta la región de los saurios. Todo estaba pronto: provisiones, armas,—una colección de spencers, winchesters, etc., con que despoblar el reino de los caimanes,—hasta un aparato fotográfico, _ad perpetuam rei memoriam_ ... El tiempo de entrar en mi camarote para cerrar mi baúl, y ya los amables ingleses se habían marchado, capturando el bote como un simple pedazo de Venezuela.—Por lo demás, este rasgo de forbantes no les ha sido de provecho. Tres ó cuatro horas después volvían al _Imperial_, trayendo á uno de los cazadores con una insolación. La aventura, felizmente, no ha tenido mayores consecuencias, merced á la intervención enérgica de la ciencia. El médico de á bordo, un mestizo rechoncho con cabeza de batracio, acude al pronto, arremangándose con convicción, seguido por el comandante cargado de frascos. Sinapismos, compresas heladas, friegas á brazo partido ... ¡nada! El enfermo, tendido en un banco sobre cubierta, no se movía: ya en camino, al parecer. Por fin, el doctor destapa un frasco azul, murmurando: _agua sedativa_, y echa una dosis en las manos del capitán puestas en escudilla sobre el pecho desnudo del paciente ... ¡Doble rugido del capitán que larga todo y del enfermo que recibe el chorro en el estómago! Era ácido fénico. El efecto ha sido maravilloso, y quedará, sin duda, como la curación más notable que haya perpetrado este descendiente de los brujos incásicos. Con semejante médico á bordo se puede viajar tranquilo: si se atreviere á nosotros el vómito negro ¡dará con la horma de su ojota!

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Panamá.

La entrada de Panamá por el Pacífico es un encanto: parece una reducción de la de Río de Janeiro; sólo que aquí conviene llegar al alba, en tanto que la portentosa bahía brasileña necesita del sol declinante para resplandecer en toda su gloria magnífica y teatral. Desde la aurora estamos en pie—y no es mucho esfuerzo dejar cuanto antes el sudadero del camarote.—Con lentitud y precaución, por entre el dédalo invisible de los bancos de coral, el «steamer» da sus últimas vueltas de hélice para fondear á pocos cables de la isla Tobago.

Á nuestra izquierda, los conos arbolados de Naos y Flamenco surgen con deliciosa audacia del círculo espumante de los escollos. El viejo Panamá,—sombrío y erizado de rocas abruptas, que fueron bastiones y parapetos en tiempos de Morgan y Pointis,—y la ciudad nueva, un poco al oeste, pintoresca y alegre cual estampa iluminada, se yerguen contiguos bajo las puntas agudas del cerro de Cabras. Un oficial me enseña las torres cuadradas de la catedral, de ese recargado estilo hispano-colonial que no parece vulgar en este paisaje; la ensenada del canal interoceánico en la Boca; al pie de la colina de Ancón, el hospital de la Compañía, innumerable serie de pabellones elegantes, lujosos, escalonados en la falda, como _chalets_ de recreo á la sombra de cedros y naranjos. El sol naciente y tibio apenas alza su disco sobre las islas verdes, arrojando en el paisaje el oro y la púrpura de la mañana; por doquiera, una vasta erupción de follajes y flores que alegran la vista y hasta rejuvenecen los arruinados terraplenes que la menguante deja en seco; la brisa fresca nos trae rumores de campanas entre ráfagas de fragancias forestales y perfumes de magnolias ... Y bajamos á tierra con esta impresión de alegría y bienestar, después de una pesada travesía. Todo parece arreglado para seducirnos, hasta este privilegio de puerto franco, que nos ahorra el enervamiento del equipaje trastornado por la inquisición aduanera. Estoy á punto de encontrar que Panamá, ciudad y clima, es adorable: un verdadero «paraíso terrenal», como lo llamaban los Wyse, Turr, Lesseps, Zavala: todos los del reclamo gigantesco que cruzaron el istmo á vuelo de buitre ...

Por su aspecto exterior, la ciudad no difiere mucho de las antiguas poblaciones peruanas; pero, sobre el antiguo fondo colonial, se encuentra á cada paso el contacto de las dos influencias rivales, yankee y francesa, que se han combatido ó yuxtapuesto. Muchos avisos y muestras comerciales están en las tres lenguas. El tramway eléctrico, el pavimento y las aceras de las calles centrales, la bonita plaza de la Catedral—donde hacen buena vecindad el _Grand Hôtel_, la Agencia del canal, el Banco del judío Ehrmann y el obispado; el alumbrado público y hasta los uniformes modernos de la policía: todos los adelantos materiales de la ciudad nueva son regalos más ó menos directos de la opulenta Compañía. La era de las obras del canal ha sido la edad de oro de esta provincia de Colombia, y, por rechazo, de todas las otras.—El cochero negro que me hace dar mi primer vuelta de Panamá me toma por un ingeniero, y me pregunta con vivo interés si los trabajos no volverán á seguir. Le afirmo que sí ¡palabra de ingeniero!

Por lo demás, este paseo es encantador. Vamos rodando desde las callejuelas de la ciudad vieja, con sus volados balcones de bastidores, hasta las espesuras umbrías de la colina que desciende á la Boca. El ambiente está delicioso: acá y allá, algunas gotas de lluvia, anuncio de la primera tormenta que caerá mañana, como estreno de la estación húmeda. Á derecha é izquierda del camino arenoso, en que las ruedas abren susurrante estela como en el agua, los ranchos de cañas dejan ver hamacas colgadas, catres de palo en los cobertizos; y en sus contornos, mangos, cocoteros, plátanos, sandiares: la vida abundante y fácil para la indiada ociosa y feliz. De éstos, muy pocos han quedado en los cortes y terraplenes del canal,—¡fuera de los jamaiqueños conchavados por centenares! Pero, como estos anónimos se enterraban en zanjones que se rellenaban después, á estilo de la langosta saltona, sería injusto achacarles mayor recargo en las estadísticas.

Todos los enterrados no han guardado el incógnito;—desde luego, los «celestes». Acaso este cementerio chino, tan característico, desprenda con su ínfima y muda protesta de los ignorados efímeros contra el olvido, una melancolía más intensa que los otros. Hasta en la tumba persiste la tendencia encogida y achaparrada de la chuchería chinesca: los túmulos uniformes y microscópicos se componen de piedrecitas verticales que rematan en una bola, en el lugar de nuestra cruz, enseñando cada cual su extraño jeroglífico negro que parece un coleóptero aplastado.