De varios colores

Chapter 13

Chapter 133,996 wordsPublic domain

Pasaron años, y marido y mujer vivían aun muy dichosos. El hechizo de su vida era la niña, que iba creciendo y era el vivo retrato de su madre, y tan cariñosa y buena que todos la amaban. Pensando la madre en su propia pasajera vanidad, al verse tan bonita, conservó escondido el espejo, recelando que su uso pudiera engreír a la niña. Como no hablaba nunca del espejo, el padre le olvidó del todo. De esta suerte se crió la muchacha tan sencilla y candorosa como había sido su madre, ignorando su propia hermosura, y que la reflejaba el espejo.

Pero llegó un día en que sobrevino tremendo infortunio para esta familia hasta entonces tan dichosa. La excelente y amorosa madre cayó enferma, y aunque la hija la cuidó con tierno afecto y solícito desvelo, se fue empeorando cada vez más, hasta que no quedó esperanza, sino la muerte.

Cuando conoció ella que pronto debía abandonar a su marido y a su hija, se puso muy triste, afligiéndose por los que dejaba en la tierra y sobre todo por la niña.

La llamó, pues, y le dijo:

--Querida hija mía, ya ves que estoy muy enferma y que pronto voy a morir y a dejaros solos a ti y a tu amado padre. Cuando yo desaparezca, prométeme que mirarás en el espejo, todos los días, al despertar y al acostarte. En él me verás y conocerás que estoy siempre velando por ti.

Dichas estas palabras, le mostró el sitio donde estaba oculto el espejo. La niña prometió con lágrimas lo que su madre pedía, y ésta, tranquila y resignada, expiró a poco.

En adelante, la obediente y virtuosa niña jamás olvidó el precepto materno, y cada mañana y cada tarde tomaba el espejo del lugar en que estaba oculto, y miraba en él, por largo rato e intensamente. Allí veía la cara de su perdida madre, brillante y sonriendo. No estaba pálida y enferma como en sus últimos días, sino hermosa y joven. A ella confiaba de noche sus disgustos y penas del día, y en ella, al despertar, buscaba aliento y cariño para cumplir con sus deberes.

De esta manera vivió la niña, como vigilada por su madre, procurando complacerla en todo como cuando vivía, y cuidando siempre de no hacer cosa alguna que pudiera afligirla o enojarla. Su más puro contento era mirar en el espejo y poder decir:

--Madre, hoy he sido como tú quieres que yo sea.

Advirtió el padre, al cabo, que la niña miraba sin falta en el espejo, cada mañana y cada noche, y parecía que conversaba con él. Entonces le preguntó la causa de tan extraña conducta.

La niña contestó:

--Padre, yo miro todos los días en el espejo para ver a mi querida madre y hablar con ella.

Le refirió además el deseo de su madre moribunda y que ella nunca había dejado de cumplirle.

Enternecido por tanta sencillez y tan fiel y amorosa obediencia, vertió él lágrimas de piedad y de afecto, y nunca tuvo corazón para descubrir a su hija que la imagen que veía en el espejo era el trasunto de su propia dulce figura, que el poderoso y blando lazo del amor filial hacía cada vez más semejante a la de su difunta madre.

EL PESCADORCITO URASHIMA

VIVÍA muchísimo tiempo hace, en la costa del mar del Japón, un pescadorcito llamado Urashima, amable muchacho, y muy listo con la caña y el anzuelo.

Cierto día salió a pescar en su barca; pero en vez de coger un pez, ¿qué piensas que cogió? Pues bien, cogió una grande tortuga con una concha muy recia y una cara vieja, arrugada y fea, y un rabillo muy raro. Bueno será que sepas una cosa, que sin duda no sabes, y es que las tortugas viven mil años: al menos las japonesas los viven.

Urashima, que no lo ignoraba, dijo para sí:

--Un pez me sabrá tan bien para la comida y quizás mejor que la tortuga. ¿Para qué he de matar a este pobrecito animal y privarle de que viva aún novecientos noventa y nueve años? No, no quiero ser tan cruel. Seguro estoy de que mi madre aprobará lo que hago.

Y en efecto, echó la tortuga de nuevo en la mar.

Poco después aconteció que Urashima se quedó dormido en su barca. Era tiempo muy caluroso de verano, cuando casi nadie se resiste al medio día a echar una siesta.

Apenas se durmió, salió del seno de las olas una hermosa dama que entró en la barca y dijo:

--Yo soy la hija del dios del mar y vivo con mi padre en el Palacio del Dragón, allende los mares. No fue tortuga la que pescaste poco ha, y tan generosamente pusiste de nuevo en el agua en vez de matarla. Era yo misma, enviada por mi padre, el dios del mar, para ver si tú eras bueno o malo. Ahora, como ya sabemos que eres bueno, un excelente muchacho, que repugna toda crueldad, he venido para llevarte conmigo. Si quieres, nos casaremos y viviremos felizmente juntos, más de mil años, en el Palacio del Dragón, allende los mares azules.

Tomó entonces Urashima un remo y la Princesa marina otro; y remaron, remaron, hasta arribar por último al Palacio del Dragón, donde el dios de la mar vivía e imperaba, como rey, sobre todos los dragones, tortugas y peces. ¡Oh que sitio tan ameno era aquel! Los muros del Palacio eran de coral; los árboles tenían esmeraldas por hojas, y rubíes por fruta; las escamas de los peces eran plata, y las colas de los dragones, oro. Piensa en todo lo más bonito, primoroso y luciente que viste en tu vida, ponlo junto, y tal vez concebirás entonces lo que el Palacio parecía. Y todo ello pertenecía a Urashima. Y ¿cómo no, si era el yerno del dios de la mar y el marido de la adorable Princesa?

Allí vivieron dichosos más de tres años, paseando todos los días por entre aquellos árboles con hojas de esmeraldas y frutas de rubíes.

Pero una mañana dijo Urashima a su mujer:

--Muy contento y satisfecho estoy aquí. Necesito, no obstante, volver a mi casa y ver a mi padre, a mi madre, a mis hermanos y a mis hermanas. Déjame ir por poco tiempo y pronto volveré.

--No gusto de que te vayas, contestó ella. Mucho temo que te suceda algo terrible: pero vete, pues así lo deseas y no se puede evitar. Toma, con todo, esta caja, y cuida mucho de no abrirla. Si la abres, no lograrás nunca volver a verme.

Prometió Urashima tener mucho cuidado con la caja y no abrirla por nada del mundo. Luego entró en su barca, navegó mucho, y al fin desembarcó en la costa de su país natal.

Pero ¿qué había ocurrido durante su ausencia? ¿Dónde estaba la choza de su padre? ¿Qué había sido de la aldea en que solía vivir? Las montañas, por cierto, estaban allí como antes: pero los árboles habían sido cortados. El arroyuelo, que corría junto a la choza de su padre, seguía corriendo: pero ya no iban allí mujeres a lavar la ropa como antes. Portentoso era que todo hubiese cambiado de tal suerte en sólo tres años.

Acertó entonces a pasar un hombre por allí cerca y Urashima le preguntó:

--¿Puedes decirme, te ruego, donde está la choza de Urashima, que se hallaba aquí antes?

El hombre contestó:

--¿Urashima? ¿cómo preguntas por él, si hace cuatrocientos años que desapareció pescando? Su padre, su madre, sus hermanos, los nietos de sus hermanos, ha siglos que murieron. Esa es una historia muy antigua. Loco debes de estar cuando buscas aún la tal choza. Hace centenares de años que era escombros.

De súbito acudió a la mente de Urashima la idea de que el Palacio del Dragón, allende los mares, con sus muros de coral y su fruta de rubíes, y sus dragones con colas de oro, había de ser parte del país de las hadas, donde un día es más largo que un año en este mundo, y que sus tres años, en compañía de la Princesa, habían sido cuatrocientos. De nada le valía, pues, permanecer ya en su tierra, donde todos sus parientes y amigos habían muerto, y donde hasta su propia aldea había desaparecido.

Con gran precipitación y atolondramiento pensó entonces Urashima en volverse con su mujer, allende los mares. Pero ¿cuál era el rumbo que debía seguir? ¿quién se le marcaría?

--Tal vez, caviló él, si abro la caja que ella me dio, descubra el secreto y el camino que busco.

Así desobedeció las órdenes que le había dado la Princesa, o bien no las recordó en aquel momento, por lo trastornado que estaba.

Como quiera que fuese, Urashima abrió la caja. Y ¿qué piensas que salió de allí? Salió una nube blanca que se fue flotando sobre la mar. Gritaba él en balde a la nube que se parase. Entonces recordó con tristeza lo que su mujer le había dicho de que, después de haber abierto la caja, no habría ya medio de que volviese él al Palacio del dios de la mar.

Pronto ya no pudo Urashima ni gritar, ni correr, hacia la playa, en pos de la nube.

De repente, sus cabellos se pusieron blancos como la nieve, su rostro se cubrió de arrugas, y sus espaldas se encorvaron como las de un hombre decrépito. Después le faltó el aliento. Y al fin cayó muerto en la playa.

¡Pobre Urashima! Murió por atolondrado y desobediente. Si hubiera hecho lo que le mandó la Princesa, hubiese vivido aún más de mil años.

Dime: ¿no te agradaría ir a ver el Palacio del Dragón, allende los mares, donde el dios vive y reina como soberano sobre dragones, tortugas y peces, donde los árboles tienen esmeraldas por hojas y rubíes por fruta, y donde las escamas son plata y las colas oro?

ESTRAGOS DE AMOR Y CELOS

DRAMA TRÁGICO

ESTE drama, tan excesivamente trágico, carece de todo valer literario, pero se publica aquí para satisfacer la curiosidad de no pocas personas que deseaban verle cuando se representó y no lo consiguieron a causa de la pequeñez del salón que sirvió de teatro. El autor compuso el drama a petición de la graciosa y discreta señorita doña María de Valenzuela, que prescribió determinadas condiciones a las que debía sujetarse la obra. El drama no había de durar más de catorce o quince minutos, la acción había de ser tan tremenda como rápida, y, salvo los comparsas y personajes mudos, sólo habían de figurar en él seis interlocutores, tres varones y tres hembras, todos los cuales habían de morir de desastrada y violenta muerte en la misma escena. Tan espantoso desenlace no había de tener por causa ni peste, ni hambre, ni fuego del cielo, ni ningún otro medio sobrenatural, sino que todo había de ocurrir sencillamente por efecto del truculento frenesí que el amor y los celos producen en el alma de una mujer apasionada. Yo creo haber cumplido con las condiciones que la mencionada señorita me impuso y de ello estoy orgulloso. Reconozco, no obstante, que mi drama no hubiera sido tan aplaudido y celebrado a no ser por el mérito de los actores y de las actrices que me hicieron la honra de representarle. Fueron éstos la simpática señora doña Rosario Conde y Luque de Rascón, las dos señoritas doña María y doña Isabel de Valenzuela y los Sres. D. Alfonso Danvila, D. Javier de la Pezuela y D. Silvio Vallín. A ellos, y no a la menguada y pobre inspiración del poeta, se debe el éxito pasmoso que obtuvo el drama, en el precioso teatro que el Sr. D. Fernando Bauer improvisó en su casa, y cuya magnífica decoración mudéjar pintó lindamente el Sr. Conde del Real Aprecio. Debo añadir aquí que no se prescindió de medio alguno, ni se excusó diligencia para procurar que los trajes y la pompa y aparato escénicos correspondiesen y hasta realzasen la grandeza y solemne majestad del argumento. Despojada ahora mi producción de todos los primores que entonces le prestaron valer, será muy difícil que agrade. Yo, sin embargo, me atrevo a insertarla aquí, confiado en la indulgencia del público y para complacer a varios amigos y conocidos míos que desean tenerla en letra de molde.

ACTO ÚNICO

Magnífico vestíbulo del Castillo. Gran puerta en el fondo. Puertas laterales. Es de noche. Ruge la tempestad. Obscuridad profunda, iluminada a veces por relámpagos vivísimos. Mucho trueno.

ESCENA PRIMERA

Entra _D.ª Brianda_ vestida con traje de mediados del siglo XV, y con un candil en la mano.

_Doña Brianda_.

¡Ay que noche, Dios mío! Siento a veces calor y a veces frío. Truena y relampaguea, y con furor tan bárbaro graniza que el cabello en la frente se me eriza, y tengo el corazón hecho jalea. Y eso que soy valiente cual ninguna: bien lo conoce D. Ramón, mi hermano, que me abandona en noche tan fatal y sale, confiado en su fortuna, con todo el escuadrón fuerte y lozano que manda y rige cual señor feudal. Lo que piensan hacer es un misterio, pero debe de ser lance muy serio. A media legua de esta casa fuerte está ya el reino moro de Granada, donde estragos y muerte van a llevar entrando en algarada. Mas bien puede en el ínterin venir a este castillo el moro, y darme que sentir, y hasta faltar un poco a mi decoro. ¡Grandes son mis recelos! (Dan fuertes aldabonazos a la puerta de entrada.) ¡Qué horror! ¿Quién llamará? ¡Divinos cielos! (Suena desde fuera una voz.)

_Voz._

¡Ah del castillo! ¡Hola!

_Doña Brianda_.

(Que se ha acercado a la puerta y ha mirado por el agujero de la llave.) Voz de mujer parece y está sola. (Vuelve a mirar por el agujero.) Mas no, que un negro bulto la acompaña. ¿Quién es?

_Voz de fuera_.

¡Ábreme!

_Doña Brianda_.

¡Cielos! ¿Qué maraña es aquesta? ¿qué voz ora me saca el corazón de quicio? o he perdido el juicio, o esta es la propia voz de doña Urraca.

_Doña Urraca_.

Yo soy. Abre, Brianda.

_Doña Brianda_.

Entra. Ya estoy como la cera blanda.

ESCENA II

Dicha. _Doña Urraca_ y el moro _Tarfe_ embozado en su capa hasta los ojos.

_Doña Brianda_.

¿Tú por aquí a horas tales? ¿Qué sucesos fatales te hacen vagar en tan horrible noche, sin pajes, sin caballos y sin coche por esos andurriales?

_Doña Urraca_.

Decirlo todo quiero, mas tu favor y tu indulgencia pido. Es mi padre, D. Suero, el padre más ruin y cicatero que en el mundo ha nacido. Por no dar dote no me da marido. Para empapar dinero, mas no para soltarle, es una esponja; y en lugar de buscarme un buen partido, se empeña cruel en que me meta monja. Yo al vendaval de mi pasión amante me doy sobreexcitada a todo trapo, y con un novio tierno y arrogante de la casa paterna al fin me escapo. Con él huyendo voy a morería, pero la tempestad nos extravía. El bagaje, una tropa de malhechores nos robó en la vía. De mi amigo el valor me ha libertado, mas hasta aquí con pena hemos llegado cada cual con la lluvia hecho una sopa y en lastimoso estado.

_Doña Brianda_.

¿Y quién, oh mi señora, es el tal novio con que vas ahora?

_Doña Urraca_.

Es Tarfe, un mahometano, mas me promete que se hará cristiano.

_Doña Brianda_.

Entonces menos mal. (El moro se desemboza. Doña Brianda le acerca el candil y le mira con detención.) ¡Es muy buen mozo!

_Doña Urraca_.

Ya lo creo.

_Doña Brianda_.

Yo aplaudo tu alborozo. (Suenan clarines y se oyen muchas voces.) ¡Ay Dios de los ejércitos! ya llega mi fiero hermano de la atroz refriega. Él considerará grave delito fugarse con un moro, e infelices seréis los dos, si os coge en el garlito. Le cortará a tu moro las narices, y a ti te mandará bien escoltada de tu padre D. Suero a la morada.

_Doña Urraca_.

Pues escóndenos pronto, cara amiga.

_Doña Brianda_.

Venid a un escondite.

_Doña Urraca_.

Puede que así se evite el presentido mal que me atosiga.

(Queda por un momento la escena vacía. Vuelve a poco doña Brianda y abre de nuevo la puerta principal. La trompetería ha sonado más cerca. Entra D. Ramón con toda su hueste, armada de brillantes armas, y dos personas cubiertas de negros capuces. Algunos de la comitiva traen antorchas o candelabros, que colocados en lugar conveniente iluminan la escena.)

ESCENA III

_Doña Brianda_, _D. Ramón_, la hueste y los encubiertos.

_D. Ramón_.

Ya estás en salvo en mi casa. Valientemente reñías cuando acudí con mi hueste y rechacé a la morisma, haciendo tremendo estrago en sus apretadas filas.

_D. Tristán_.

(Sin descubrirse.)

Mucha gratitud te debo. Sin ti perdiera la vida.

_D. Ramón_.

Descúbrete y di quién eres.

_D. Tristán_.

A estar oculto me obliga la prudencia, mas a solas te descubriré en seguida quién soy y de dónde vengo. Despide a tu comitiva.

_D. Ramón_.

¡Despejad!

(Vanse todos los guerreros y solo quedan los dos de los capuces y doña Brianda.)

_D. Tristán_.

Aún queda alguien.

_D. Ramón_.

Esta es mi hermana querida.

_D. Tristán_.

Pues aunque sea tu hermana haz que se vaya.

_D. Ramón_.

Hermanita lárgate.

_Doña Brianda_.

Me largaré. (Ap.) ¡qué sospecha, suerte impía! ¡Qué fatal presentimiento en mi corazón se agita! La voz del encapuchado, la de D. Tristán imita. ¿Será D. Tristán acaso? Yo me quedaré escondida atisbando y escuchando para descubrir la intriga. (Vase.)

ESCENA IV

_Don Tristán_, _D. Ramón_ y _Zulema_. _Doña Brianda_ entre bastidores atisbando lo que pasa y asomando de vez en cuando la cabeza.

_D. Ramón_.

Solos ya, satisface mi deseo: desembózate.

_D. Tristán_.

¡Mira!

_D. Ramón_.

¡Ay, Dios! ¡qué veo! Don Tristán eres tú, mi amigo caro. ¿Por qué caso tan raro te encontré solo en la tremenda lid, más valiente que el Cid, entre fieros paganos?

_D. Tristán_.

Yo me volvía a tierra de cristianos después de estar en la imperial Granada, de donde traigo a esta mujer robada. Es mi dicha suprema, es mi esposa, es mi bien, es la hermosa Zulema, hija mayor del rey Muley Hacen. Contempla su hermosura.

(Don Tristán se dirige a Zulema, le quita el negro capuz y ella aparece deslumbradora, con rico traje oriental, todo cuajado de oro y de piedras preciosas.)

_D. Ramón_.

(Mirando a Zulema y como en éxtasis.)

¡Un sol en el zenit se me figura! ¿qué vas a hacer con tan sin par doncella?

_D. Tristán_.

Me casaré con ella cuando esté en mi lugar y busque al cura, que de antemano le dará el bautismo: Ya una esclava católica le enseñó el catecismo. Ella está melancólica porque deja a su padre y a su grey en la maldita ley del Profeta Mahoma, que sin fallar los llevará al infierno.

_D. Ramón_.

Harto pesada broma das tú entretanto al rey con hacerte su yerno.

_D. Tristán_.

Déjate de discursos y razones.

_D. Ramón_.

Me callo, pues. Di tú lo que dispones.

_D. Tristán_.

Aquí pernoctar quiero hasta que raye el matinal lucero. Entonces prosiguiendo en mi camino me volveré al castillo de D. Suero, mi padre muy amado, conduciendo a mi dueño idolatrado sobre las ancas de mi fiel rocino.

_Zulema_.

¡Ah! sí, vámonos pronto, D. Tristán. Temo que aún nos ocurra algún desmán.

_D. Ramón_.

No tema Vuestra Alteza, que está segura en esta fortaleza. Venid, pues, al mejor de mis salones a descansar del hórrido combate, y a lavaros también. Después os servirán el chocolate, con bollos de manteca, mojicones, buñuelos y otras frutas de sartén. (Vanse.)

ESCENA V

_Doña Brianda_ sola.

_Doña Brianda_.

¡Malvado! ¡traidor, infiel! Por esa perversa mora me deja quien me enamora en abandono cruel. Palabra de casamiento me dio el impío hace un año. ¡Espantoso desengaño! ¡Todo se lo lleva el viento! Pero no; ruda venganza tomaré de ese salvaje. Daré a la mora un brevaje que le destroce la panza y la vida le arrebate. Mi criada, que es ladina, esta esencia de estricnina verterá en su chocolate.

(Enseña un pomo que tiene en la mano y se va por donde ha entrado.)

ESCENA VI

Sale _D. Ramón_ por el lado opuesto, después de haber dejado lavándose a sus dos huéspedes.

_D. Ramón_.

(Meditando.)

Confieso que me escama el empeño que tiene D. Tristán de ocultar a mi hermana que el galán es él, en esta novelesca trama. Catástrofes barrunto; pero será mejor no cavilar. A mis huéspedes quiero agasajar. Haré que lleven chocolate al punto.

(Vase por el otro lado. Queda un momento la escena vacía.)

ESCENA VII

Aparece la criada con una bandeja, dos jícaras de chocolate y bollos, y pasa de largo. Entra _Doña Brianda_.

_Doña Brianda_.

El veneno vertí ya en la jícara espumante, y dentro de breve instante la mora le beberá. De fijo reventará, dando así satisfacción a mi burlada pasión y a mis espantosos celos, y cumpliendo mis anhelos de hacer a Tristán tristón.

ESCENA VIII

Dicha y _D. Tristán_ que trae entre los brazos medio desmayada a _Zulema_.

_D. Tristán_.

¡Qué espanto! ¡Qué maravilla! Apenas bebe Zulema el chocolate, se quema cual si comiese morcilla de la que echan a los perros para darles cruda muerte. ¡Qué bien castiga la suerte mis enamorados yerros!

_Zulema_.

¡Ay, D. Tristán! Yo reviento, ¿qué chocolate endiablado es el que ahora he tomado? ¡Fuego en mis entrañas siento!

_Doña Brianda_.

¿Qué es esto, señor, qué pasa?

_D. Tristán_.

¡Que Zulema se me muere!

_Doña Brianda_.

Pues me alegro. Ella me hiere y mi corazón traspasa de los celos con la punta. ¡Infiel Tristán, asesino, de ti me venga el destino al dejártela difunta!

_Zulema_.

¡Yo me muero!

(Hace una horrible mueca, se desprende de entre los brazos de don Tristán y cae muerta en el suelo.)

_Doña Brianda_.

Ya espichó. (Con júbilo feroz.)

_D. Tristán_.

¡Muerta está! ¡Trance funesto! (Tocándola.)

_Doña Brianda_.

Pues no me basta con esto. Mi furia no se calmó, y para vengarme más, te haré saber que tu hermana más que esa mora liviana y peor que Barrabás, se ha escapado con un moro de la morada paterna y está locamente tierna ofendiendo tu decoro.

_D. Tristán_.

¿Qué me dices? ¡Maldición! ¡Ha de costarle la vida! ¿Dónde se encuentra?

_Doña Brianda_.

Escondida la tengo en esta mansión. Ella y el alarbe juntos se esconden en el granero.

_D. Tristán_.

Voy a buscarlos y espero que pronto estarán difuntos.

(Desenvaina la espada y echa a correr.)

ESCENA IX

_Doña Brianda_ sola.

_Doña Brianda_.

Muertes hoy y guerra ruda los celos producirán. Ya habrá subido al desván, y habrá encontrado sin duda al moro y a doña Urraca. Ya está la pobre aviada... Tristán no envaina la espada sin sangre, cuando la saca.

ESCENA X

Entra huyendo _Doña Urraca_, y _D. Tristán_ persiguiéndola con la espada desnuda.

_Doña Urraca_.

¡No me mates, hermano! Tarfe se hará cristiano y será mi marido: Así quedará todo corregido.

_D. Tristán_.

No puedo perdonarte tu pecado. ¡Tú mi honor has manchado con un perro sectario de Mahoma! ¡Toma el castigo que mereces! ¡Toma!

(Le da una tremenda estocada y doña Urraca cae muerta.)

_Doña Brianda_.

Mi agradable venganza va adelante.

ESCENA XI

Dichos y el moro _Tarfe_ que entra furioso y con el chafarote desenvainado.

_Tarfe_.

¿Dónde está ese tunante, que por el intrincado laberinto de esos mil corredores se escabulló siguiendo a mis amores?

_D. Tristán_.

Aquí me tienes, moro majadero, y ya en la sangre de tu amiga tinto está mi fuerte acero.

_Tarfe_.

¡Pues vivo no saldrás de este recinto! Pague tu desalmada sangre, la que vertiste de mi amada.

(Riñen. Don Tristán atraviesa al moro de una estocada y el moro cae muerto.)

ESCENA XII

Dichos y _D. Ramón_ que entra apresurado.

_D. Ramón_.

¿Qué ocurre aquí? ¡Qué estruendo! ¡Qué horror! ¡cuántos cadáveres!

_D. Tristán_.

¡Oh, dura inevitable ley del hado horrendo!

_Doña Brianda_.

¡Ay don Ramón! El mostruo que estás viendo me burló con infame travesura. Su palabra me dio de matrimonio, y engañándome luego, de ángel que fui, me convirtió en demonio, y del infierno me lanzó en el fuego. ¡De mi horrible venganza estoy ufana!

_D. Ramón_.

(Dirigiéndose a D. Tristán.)

D. Tristán, o te casas con mi hermana, o tu maldad te costará muy cara.

_D. Tristán_.

No puedo: un mar de sangre nos separa.

_D. Ramón_.